Día III
Capítulo XI: Cisma
Quedan cinco días para el final
La contoneante figura de Lerín-san apareció en el umbral de la puerta.
–¿Estás dormido, Longi-san? –dijo con voz seductora.
Sin esperar respuesta entró a la habitación. La luz de la luna la bañó permitiendo ver que sólo vestía con una holgada camisa blanca. En su cara sonriente llevaba unas pequeñas gafas que le hacían parecer más adulta.
Longinus creyó que se le iba a salir el corazón del pecho ante aquella maravillosa visión que se le antojaba un prodigio de la naturaleza. Se intentó incorporar, pero en ese momento Lerín-san tropezó y cayó sobre él. Longinus trató de ayudarla a incorporarse, pero repentinamente se encontró con el sonrosado rostro de ella tan cerca que se apartó de la impresión. Ella... estaba tan cerca... olía tan bien... Despertaba sus sentidos. Todos sus sentidos.
Por fin se decidió. No tenía sentido hacerla esperar más. Alargó la mano para atraerla hacia él y...
–¡Maldito cerdo¿Pero qué coño haces¡Menudo susto me has dado! –gritaba furiosa Patri.
Longinus abrió los ojos de par en par. ¿Dónde se había metido Lerín-san?
–Eh... esto... ¿Patri? –consiguió balbucear.
–¡Déjame en paz, pervertido¡A saber qué querrías hacerme! –siguió protestando ella mientras se zafaba de las manos de él.
Longinus miró a un lado y otro, y al fin localizó a Lerín-san. Ésta le estaba mirando con expresión de enfado desde la entrada de la estancia que de repente estaba totalmente inundada de luz matutina. No podía ser¿qué era lo que había pasado? Hacía un instante estaban ellos dos solos en un momento íntimo y...
Longinus se centró al recibir el impacto de una silla en plena cara.
–¡Así aprenderás a no aprovecharte de la gente que va a despertarte! –se justificó Patri mientras salía malhumorada de la habitación.
Mientras él estaba en el suelo tratando que calmar el dolor de la cara con un somero masaje, Lerín-san se le acercó y sacó de una manga del kimono el botiquín. Le aplicó un ungüento en la cara a Longinus. Éste se tranquilizó, todo había sido un sueño al fin y al cabo. Aún así, mientras ella le curaba se sentía tan bien. Hasta que vio su rostro. Esa expresión tan seria. No cabía duda. Lerín-san se había enfadado.
–Esto... Lerín-chan... –comenzó a decir Longinus.
–Lerín-san, si no te importa –rectificó ella–. Lerín-chan sólo lo usan mis amigos.
Y diciendo esto, se incorporó y salió de la estancia dejando al pobre shinigami desolado. Maldita sea, le habían malinterpretado ¡y todo por un sueño!
Cuando acudió al comedor, las chicas ya habían terminado de desayunar, y... tal y como esperaba, no le habían preparado nada. Por todo saludo recibió miradas frías. Mientras fisgoneaba en una de las cámaras frigoríficas para ver qué podía prepararse comenzó a decir:
–En serio, chicas, yo sólo estaba soñando. No pretendía hacerle nada a Patri.
–¡Eso no se lo cree nadie, salido! –gritó Patri-. Está claro que un tío como tú no puede convivir con una mujer¡estaría en continuo peligro!
–Si es que los hombres sois hormonas con patas –continuó Aira.
–Bueno, pero eso es normal¿no? –justificó Yuki-san–. Al fin y al cabo, todos los chicos son así. ¡Cómo monos! No hacen más que pensar en el sexo y a la mínima ¡zas! Nos hacen mujeres... Ay, es el ciclo de la vida. Creo que es por eso que todos se levantan empalmados...
Lo que Longinus pensaba que sería su defensa, terminó siendo una losa más sobre él.
–Joder, en serio, no sé lo que estaría soñando –mintió él–, pero no tenía intención de hacerle nada malo a Patri. Joder, lo hace Yuki-san y no pasa nada, lo hago yo y soy un cerdo. Además... ¡Si ni siquiera es mi tipo¡A mí me gustan las chicas más femeninas!
Patri dio un golpe en la mesa más cercana que hizo que todos fijaran su atención en su semblante lleno de ira.
–¿Qué... has... dicho?
El tono de Patri hizo que la sangre de las venas de Longinus se helara. Estaba a punto de estallar un huracán.
–Que...
Si Longinus tenía una respuesta magistral para contestar a aquella simple pregunta, sus compañeras nunca lo supieron, pues en el momento en que él abría la boca el puño de Patri impactó en su mejilla proyectándole contra la pared y, como resultado final del impacto, dejándole inconsciente.
Momentos después se despertaba gracias a las sales que Lerín-san le estaba aplicando en sus fosas nasales.
–Joder, Patri... eres una burra –se quejó sin abrir los ojos.
–Patri no está –le explicó Lerín-san–. Se ha ido junto a Aira y Yuki-san.
Longinus abrió los ojos y comprobó que estaban solos. Su ritmo cardíaco se aceleró.
–¿Dónde...?
–Han dicho que se pasarían por sus respectivas divisiones a ver si sus capitanes les podían informar de alguna novedad sobre el caso.
–¿Estaban muy enfadadas? –preguntó él con cara de preocupación.
–No, no te preocupes. Ya les expliqué que en realidad Patri lo había malinterpretado todo y que tú de verdad estabas dormido cuando las dos entramos en la habitación.
Aquella última frase alivió a Longinus, pero a la vez le hundió un poco la moral. Al final, aquella visión sí que había sido un sueño.
–Así que nos hemos quedado tú y yo –dijo alegremente Longinus.
–Yo... esto... creo que también iré a preguntar en mi división –se excusó Lerín-san sin mirarle a los ojos, nerviosa.
Longinus se hundió definitivamente. Intentó decir algo para impedir que se fuera, pero ella ya había salido del comedor antes de que siquiera reaccionara. Qué perra vida, cuando se las prometía felices y podía pasar un día completo con ella, todo iba y se torcía. Era la historia de su vida.
Alicaído como estaba decidió que lo primero que haría sería visitar a Ailios, para hacerle un reporte de la investigación. Al fin y al cabo, estaba haciéndola para él.
La sala de espera estaba vacía y dentro del despacho no se escuchaba ruido alguno que hiciera pensar que el capitán estaba en una reunión. Aún así le hicieron esperar en ella. Pasado un rato, cansado de estar sentado, Longinus se paseó por la sala inspeccionándola. Se le estaba yendo la mañana con aquella visita. Parecía que el capitán de la primera división estaba demasiado ocupado desde que habían encerrado a prácticamente toda la octava división. Longinus supuso que Ailios estaba haciendo todo lo posible para que aquel estúpido encierro terminase lo antes posible. Mientras divagaba percibió una presencia que pasaba cerca de él a gran velocidad. Cuando se volvió no vio nada. La sala seguía completamente vacía. Aún así juraría que había entrado alguien en aquella sala sin que él se diera cuenta. Decidido a descubrir este nuevo misterio, dado que el tedio había empezado a apoderarse de él tras tanto tiempo esperando, se dirigió hacia donde aquella aparición debía de dirigirse: el despacho de Ailios.
Asió el pomo de las grandes puertas y empujó la puerta hacia dentro. Las bisagras cedieron sin emitir ruido alguno. Longinus introdujo la cabeza lentamente para ver el interior de un amplio despacho bien amueblado. En el centro había un gran escritorio que aún así parecía diminuto ante la gran cantidad de montañas de papel que se apilaban encima y alrededor de éste. Cuando se disponía a entrar unas voces a su espalda llamaron su atención.
–¡Capitán, por favor, hágame caso! –era la voz de Pedro, el fukutaicho de la primera división–. Aún tenemos muchos asuntos que atender. Desde que la ocho está entre rejas nosotros tenemos que hacernos cargo de todos sus asuntos.
–Vale, vale, Pedro, eso ya lo sé –Ailios parecía tan jovial como siempre, aunque al ver a Longinus en la entrada de su escritorio se irguió y con tono regio dijo:–. No te preocupes, en cuanto haya acabado con ciertos asuntos de importancia seguiré con el papeleo. Mientras tanto ocúpate tú un poco.
Pedro quedó abatido ante aquella dejadez por parte de su capitán. Ailios, por su parte, se acercó con gran porte hacia Longinus, que hacía todo lo posible por no reírse ante aquella pantomima.
–Longinus-san –comenzó a decir Ailios fingiendo tono de desagrado–, es de muy mala educación fisgar en las dependencias de los capitanes.
–Lo lamento, oh, gran capitán –respondió Longinus recitando como si estuviera leyendo un verso–, pero es que pensé que ya estabais dentro esperando. Ruego que su merced me perdone.
–Perdonado estáis. Ahora pasad conmigo, noble amigo.
Longinus se dejó conducir por el capitán al interior del despacho. Tras cerrar la puerta Ailios se dirigió al fondo de la habitación donde había un gran ventanal bañado por la luz del sol. Se quedó contemplando a través de él, dándole la espalda a su visitante. Aquellos aires grandilocuentes que gastaba el capitán Ailios cuando quería parecer importante ante los demás siempre le alegraban el día a Longinus.
–Habla –dijo escuetamente el capitán sin moverse ni un ápice.
–Lamento tener que decir que apenas hemos avanzado nada, Ailios –respondió Longinus.
–¿Seguro? Ayer compañeras de investigación parecían haber dado con algo...
Longinus no comprendió al principio a lo que se refería el capitán, pero luego recordó que el capitán había estado con Aira y Yuki-san en el momento del incidente con los dos Enmascarados.
–Ah, eso... –repuso él–. Veamos, es que la noche después de que mi división fuera acusada alguien entró a robar al despacho de mi capitán.
Ailios se giró sorprendido, perdiendo toda la compostura.
–¿Alguien entró en el despacho de Naeros?
Ailios no escondía su asombro, incluso parecía casi exagerado.
–Eso me temo.
–¿Y robaron algo?
–Afortunadamente conseguimos impedírselo –respondió orgulloso Longinus.
–¡Bien hecho! –afirmó Ailios dándole una palmada en la espalda–. ¿Qué era lo que querían robar?
–Un... trapo.
Ailios miró con expresión de circunstancia a Longinus.
–Deja de vacilarme, tío –dijo muy seriamente el capitán.
–No, en serio. Ese Enmascarado quería robar un trapo.
–¿Qué trapo¿De qué me estás hablando?
–Uno que resulta ser parte de las reliquias que están robando esos Enmascarados.
–¿Una de las reliquias¿Naeros tenía escondida una de las reliquias en su despacho? –repitió asombrado Ailios.
Longinus se arrepintió de habérselo dicho. Aquella afirmación podía traerle más problemas a su capitán si aquella conversación salía de aquel despacho.
–¿Y dónde está la reliquia ahora?
–Escondida –respondió dubitativo el joven shinigami.
–¿Dónde? –insistió Ailios.
–Esto... no lo sé. Le pedí a alguien de confianza que se hiciera cargo y que no me lo contara.
Ailios le miró severamente. Luego sonrió y amistosamente le dijo:
–Muy bien, Longi, bien hecho. ¿Algo más?
–Creo que... no. Por ahora no –respondió Longinus.
–Bien, puedes marcharte, y en cuanto tengas algo avísame, por favor.
Longinus salió algo turbado de aquella pequeña entrevista. ¿Había hecho bien en contarle todo aquello a Ailios¿De verdad estaba investigando para salvar a sus compañeros o aquello les precipitaría aún más a una condena de por vida? Estaba claro que no resolvería nada si a cada paso le asaltaban dudas. No podía cambiar el pasado, pero al menos podía ser más precavido en el futuro. Todavía no sabía en quién podía confiar plenamente en aquel entuerto.
