Nuestra Dulce Aventura

La princesa Shiori y el juglar

Inuyasha y Kagome caminaban apresuradamente intentando seguirles el paso a las eufóricas mujeres. Finalmente, observaron a lo lejos, un portón inmenso, perteneciente a una edificación que se podría catalogar como castillo a pesar de su arruinada fachada.

- ¿Es aquí? – Preguntó Kagome.

- Oh, sí, me imagino que querrán que le diga a un guardia para que les abra y… - Empezó a decir una de las mujeres.

- ¡No! – Dijo Kagome alarmada viendo como luego la confusión en sus interlocutoras era evidente. – Es decir…todo esto se ha hecho para que pasemos desapercibidos por un plan que incumbe a los de la realeza, realmente, se lo agradecemos, les aseguro que poseerán nuestra gratitud y disposición siempre.

- Ah, entiendo. – Contestó la segunda mujer. – Entonces quieren que los llevemos a la puerta trasera.

- Y de preferencia que nos refirieran a los sirvientes, de manera que nos dejen entrar, pues, el plan no puede ser descubierto por nadie.

- Entonces, por acá. – Señaló otra encaminándose a una dirección determinada.

Inuyasha y Kagome se miraron cómplices y las siguieron. Rodearon gran parte del castillo, y llegaron cerca de una oxidada y pequeña reja que daba entrada a un jardín lleno de maleza.

- Entren por allí, digan que vienen de parte de la servidumbre del Sr. Niwa. Es el nombre de mi marido. Así les dejarán entrar, ya lo demás queda por ustedes, lamentamos no poder hacer más.

- No se preocupe, agradecemos todo lo que han hecho por nosotros, espero que sean capaces de perdonarnos al haberlas molestado con nuestros triviales asuntos. – Dijo Inuyasha en modo galante viendo como Kagome se azoraba y se cruzaba de brazos. Las mujeres exclamaron pequeños grititos de emoción y Kagome no pudo menos de desear que algún día obtuvieran un cerebro en mejor estado.

Cuando las aldeanas se retiraron, empezaron con el siguiente paso del plan.

- ¿Y ahora? – Preguntó Inuyasha entrando por la pequeña reja siguiendo a Kagome.

- Debemos escabullirnos hasta ese jardín. – Le contestó ella maquinando en su cabeza las posibles estrategias para lograrlo.

Cuando llegaron hasta la cocina, que era la primera habitación luego de la puerta. Un hombre tosco y robusto se les cruzó en el medio, al parecer, el cocinero.

- ¿Qué se les ofrece?

- Venimos de la casa del Sr. Niwa. Traemos un mensaje para el rey. – Dijo Kagome rogando que en ese palacio hubiera un rey. El hombre los miró escéptico.

- ¿Son gitanos, brujos o adivinos? – Preguntó el cocinero con una mano en su gorda cintura.

Kagome iba a decir que no, pero Inuyasha respondió primero.

- Pudiese ser. ¿Por qué lo pregunta? – Cuestionó tranquilo mientras Kagome lo miraba incrédula. El hombre sonrió de medio lado y les miró suspicaz.

- Ya veo. La princesa otra vez volvió a llamarles. – Dijo meneando la cabeza negativamente. – Esa jovencita va a tener que buscarse algo mejor que hacer. – Musitó haciéndole seña a una de las sirvientas para que se les acercara. Le susurró algo a ella y presurosa salió del recinto.

- Efectivamente nos ha llamado. ¿Podemos ir con ella ahora? – Preguntó Inuyasha.

- Esperemos su respuesta. Y si es afirmativa, entonces la sirvienta que acaba de venir los conducirá hasta los aposentos de ella. – Dijo volviendo a su faena de cocinar.

- Amm… - Musitó Kagome pensativa, pues, debían engañar a la princesa para que les dejara entrar al jardín. Aunque no podía ser tan difícil, pensó.

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Finalmente les habían dado respuesta afirmativa y en ese momento eran conducidos a la habitación de la princesa de ese castillo. Quedaron frente de unas inmensas y elegantes puertas blancas, la cual, la sirvienta abrió cuidadosa y silenciosamente para luego hacerles un ademán a Inuyasha y Kagome de que la siguieran. Al entrar, dieron con una espaciosa y hermosa habitación donde en el medio, en una grande y mullida cama se encontraba una persona vestida totalmente de blanco, que poseía la piel morena y ojos violeta. Los estudió en silencio mientras ellos avanzaban hasta ella.

- Su majestad… - Dijo Kagome mientras, que al igual que Inuyasha, hacían una reverencia sorprendiéndose de encontrarse con una niña no mayor de 10 años.

- No les conozco… - Musitó confundida.

- Así es. – Aseveró Kagome. – Somos sus nuevos consejeros y oráculos. Mi nombre es Ahome y él es…. – Kagome movía sus manos desesperadamente mientras miraba a Inuyasha de forma inquisidora.

- Soy Inu no Taisho. – Dijo teniendo como único nombre falso disponible el de su padre.

- Yo soy Shiori… - Dijo con su suave y dulce voz. – Princesa de este reino… el cual, me toca llevar sobre mis hombros desde esta edad… - Agregó tristemente.

Kagome se compadeció de ella y olvidando todo tipo de protocolo, se acercó a la princesa y se sentó a su lado y le abrazó. La niña la miró sorprendida con sus grandes y expresivos ojos.

- En realidad me llamo Kagome y él es Inuyasha. Somos de otro país. Por tanto, no estábamos al tanto de tu situación. – Dijo apretando el abrazo. – Pero no entiendo… ¿por qué nos necesitas?

Inuyasha abrió sus ojos mirando a Kagome como si quisiera matarla, pues, si ella hablaba tan honestamente, iba a arruinar el plan.

- Yo quiero tener seguridad en que… podré ayudar a mi pueblo y quiero que mis decisiones sean verificadas por ustedes para saber que no haré nada mal.

Kagome sintió pena e Inuyasha lo notó.

- Entonces déjeme decirle que será una gran soberana…- Dijo Inuyasha sonriendo. La niña lo miró poco convencida. – ¿Sabe algo?... – Preguntó arrodillándose a su altura. – Escuche, no podemos mentirle, nosotros también somos príncipes…- En eso sacó su sello real y se lo mostró viendo lo sorprendida que quedó la niña. – Venimos de otro mundo y queremos que nos ofrezca su ayuda para poder volver…

- Pero como….

- Fue por un hechizo… - Prosiguió Kagome al notar que Inuyasha estaba seguro de lo que hacía contándole la verdad. – Necesitamos el Kimono de Sakura que al parecer se encuentra en su jardín.

- Es una leyenda. – Respondió ella planamente. – Si es real, le hubiera pedido tener conmigo a mis papás.

- Sin embargo, poseemos habilidades que… posiblemente nos ayudarán a conseguirlo, no perdemos nada con intentarlo. – Dijo Kagome sonriéndole a la pequeña.

- Está bien, les llevaré…- Musitó asintiendo débilmente.

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Rin y Sesshomaru habían terminado con esos monstruos sin ningún problema y rápidamente. Aunque uno de ellos había huido, y seguramente los demás ya estarían avisados de su presencia allí. En su mundo, ya la noche había caído hace rato y Rin había vuelto a su apariencia habitual.

- ¿Cómo te transformaste así? – Preguntó Sesshomaru pues hasta donde sabía, Rin era humana.

- Es un hechizo, invoco el espíritu de un determinado ser y él me brinda sus poderes. Me costó manejarlo pero hace unos… dos años, aprendí a manejarlo por completo. – Se explicó ella abrazándose así misma por el frío que se empezaba a sentir.

- Él castillo de esas criaturas… ¿cuánto falta para llegar allá?

- No lo sé, pero no es cercano. Además, tengo hambre, frío y sueño, no quiero pelear más, en realidad no me gusta… - Dijo suspirando cansadamente.

- ¿Y para qué viniste? – Cuestionó Sesshomaru, sentándose bajo el cobijo de uno de los árboles. Rin le imitó y se sentó a su lado.

- En realidad Urasue no es mi abuela… ella me recogió cuando unos lobos mataron a mis verdaderos padres…entonces, desde ese momento he sido su discípula.

En ese momento, Sesshomaru se quedó mirando fijamente al frente. Al ver, salió de entre los arbustos un pequeño gato, relajando casi imperceptiblemente sus facciones.

- Tú duerme. Yo vigilaré. – Anunció ante el asombro de Rin, la cual, le sonrió calidamente antes de recostarse en su hombro, para incredulidad de él.

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Kagome e Inuyasha habían hecho una relación muy buena con la princesa de ese mundo. La pequeña era muy dulce pero aún no estaba preparada para batallar y mantener todo un reino. Ella les había ofrecido comida, techo y descanso, algo muy necesario para ellos y que por lo tanto, supieron aceptar.

Ya había amanecido y Shiori había llegado al cuarto de Kagome, despertándola emocionada, diciéndole que no se podía perder un acontecimiento que estaba a punto de empezar. Kagome aún con sueño, le sonrió, se levantó y logró vestirse con uno de los vestidos que la princesa le había regalado cuando la pequeña hubiera salido, al parecer a despertar a Inuyasha. El traje era de tela muy fina, color verde oscuro, lo cual, realzaba más su blancura y que poseía un escote levemente sugerente. Calzaba unas zapatillas negras y se había hecho de peinado una cola baja. Vestía sencilla pero a la vez, su elegancia propia de toda una princesa, se notaba.

Cuando la pequeña soberana despertó a Inuyasha, recibió por respuesta varios gruñidos. Cuando los ojos color del sol de él se clavaron en ella con intenciones iniciales de matarla, la mirada se suavizó e Inuyasha se forzó a sonreír, aunque fuera a medias. Shiori hizo el mismo proceso que había hecho con Kagome y salió presurosa de la habitación. Inuyasha de mala gana se levantó y se puso lo primero que alcanzó que fueron unos pantalones y una camisa propias de la época, junto con sus respectivas botas y un extraño sombrero que necesitaba para tapar sus orejas. Sin embargo, a pesar de no ir precisamente muy elegante, su porte le delataba la sangre real que llevaba en sus venas.

Cuando ambos protagonistas estuvieron listos, salieron de las habitaciones y se encontraron en el pasillo. Inuyasha se quedó asombrado pues tenía ya bastante tiempo que no veía las curvas de Kagome tan finamente enmarcadas en un caro vestido. Se obligó a despertar del letargo y le saludó. Ella le respondió el saludo y por su parte, también le gustó lo que vio.

Shiori se encontró con ellos, la niña llevaba un fino vestido rosado, muy hermoso y costoso con sus zapatillas a juego y sus dos lacitos en la cabeza. Sumamente adorable.

- ¡Que bella estás! – Exclamó Kagome agachándose para abrazar a la pequeña. Inuyasha sonrió enternecido al ver esa escena tan maternal.

Luego de ello, fueron afuera y observaron como en uno de los numerosos jardines del lugar, estaba un joven, posiblemente un juglar que cantaba una historia con toda la inspiración innata en esas personas.

Los tres se acercaron para poder observar mejor cuando el joven empezó a entonar su canción.

Él era de no más lejos del horizonte

De donde madre natura nunca se esconde

Donde se ve el ocaso tan claro como el amanecer

Él era sólo campesino, sólo un camino.

Él era de los que tienen mucha paciencia

Estaba saliendo ya de su adolescencia

Y miraba a las damas que se reunían de la ciudad

Con elegantes camisones que de vacaciones allá lo iban a pasar

Shiori jaló de la mano a Kagome y se acercaron más, empujando a algunos en el proceso. Inuyasha sin perderlas de vista, iba detrás.

De esa manera el juglar pudo observar a Kagome y al verla quedó prendado de ella, sonrió y continuó su historia.

Ella era fina y sencilla

Ayer la vio en la capilla

Que diferente a toda la gente de la ciudad

Su pelo brillaba en la noche callada

Sus ojos brillantes, estrellas danzantes de luz

La dama de la ciudad

El sueño te va a quitar

Inuyasha se dio cuenta del interés del juglar hacia Kagome y cruzó los brazos malhumorado observándolo con reticencia.

Y así pasaron los días

Ella ni caso le hacía

Más de repente

Con toda su gente se fue

La dama de la ciudad

De seguro no vuelve más

Y el era de los que siempre de madrugada

Estaba más que muy listo para la ordeñada

Cuentan las malas lenguas que por el llano no se le ve

Desde el día en que se fue,

En el mediodía allá no se le oía nombrar

Ya no requiere de más

No quiere ya verla más

En eso el coro de la gente se unió a él y finalizaron la canción.

La dama de la ciudad…

El hombre ya había colocado su guitarra bajo su hombro pero Shiori se soltó de la mano de Kagome y corrió hasta él.

- Por favor, una más… - Pidió la niña.

El juglar sonrió y asintió.

- Lo que sea por su majestad…- Musitó amablemente volviendo a sentarse y acomodarse la guitarra. En eso, el hombre se dio cuenta que Inuyasha se había parado junto a Kagome y a él le miraba con desconfianza. Entendió que esos dos debían ser unos enamorados y de ese dato decidió que canción cantar.

Al lado, en el portal de tu imaginación,

Se encuentra un príncipe azul

Que lleva en su estatura tus ganas

De vivir enamorada de tus sueños.

Estoy tan lejos de ser lo que tú quieres,

Pero tú corazón se mueve

Al pulso de mi voz que más quisiera yo

Que ser la musa de tus pensamientos.

A Inuyasha le gustó la canción, era una melodía muy hermosa y la letra también. Kagome simplemente estaba extasiada.

Eres más que hermosa

Eres casi preciosa

Lo más bello que mis ojos han podido mirar

Y aunque no es imposible,

No parece creíble

Que algún día yo pueda llevarte al altar.

Inuyasha ladeó el rostro y se quedó mirando a Kagome mientras la canción continuaba.

Déjame quererte un poco

Déjame volverme loco por ti (loco por ti)

Pretendamos que es nuestra primera vez

Y entre mil mariposas y lluvia de rosas

Ofrecerte mi alma, mi cuerpo y mi ser.

Kagome se encontraba escuchando con deleite la letra tan romántica e Inuyasha lo notó. Sonrió al verla mostrar tan múltiples facetas, primero era toda una guerrera y ahora se comportaba como una niña soñadora.

Eres más que hermosa

Eres casi preciosa

Lo más bello que mis ojos han llegado a mirar

Y aunque no es imposible, no parece creíble

Que algún día yo pueda llevarte al altar.

Ciertamente se veía bastante remota esa posibilidad pero, ¿Qué pasaría si así fuera…?

Déjame quererte un poco

Déjame volverme loco por ti

Pretendamos que es nuestra primera vez

Y pedirte entre orquídeas y lirios que te cases conmigo

Ese príncipe azul que tanto esperas

Al lado, en el portal de tu imaginación pueda ser yo

- Pueda ser yo… - Repitió Inuyasha en un susurro inaudible.

Finalizando la canción así, el juglar se despidió de su pequeña soberana con una reverencia y se marchó satisfecho. Shiori en ese momento, le habló a Kagome.

- Ahora cumpliré mi promesa… les llevaré hasta el árbol de Sakura a ver que pueden hacer.

Inuyasha se había quedado en su mundo interior, divagando en sus pensamientos y ni siquiera escuchó cuando Shiori les dijo que ya se iban. Por ello, Kagome le jaló de un brazo.

- ¿Qué te pasó? – Preguntó sonriendo al ver que Inuyasha la miró confundido.

- Creo que me aislé por un momento. – Respondió volteándose para partir. Kagome volvió a sonreír y se apresuró a alcanzar a la princesita mientras Inuyasha miraba en silencio cada uno de esos momentos, disfrutando de la compañía de Kagome y aceptando por primera vez que era así.

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Está más corto que el capítulo anterior pero ya me cansé de escribir. No coloqué a Miroku y a Sango porque me centré bastante en la pareja de InuxKag pero me parece que valió la pena porque así no se me va la idea, xD. Y bueno, muchas gracias por sus reviews, con respecto a la pregunta que me hizo Laura Black de los ataques de Rin, es que yo leí hace mucho tiempo un fic de Sesshomaru y Rin, pero en el que Sesshomaru era la figura paterna y entrenaba a Rin y a ella se les dio unas dagas. Ahora esto va para todas: ¡NO ES PLAGIO! En lo absoluto, sólo tomé de referencia el tipo de arma, absolutamente más nada. Es más, yo creo que si ese fic se lo entregan a su papá el Día del padre, él llora porque la verdad terminó muy triste pero fue buenísimo el fic. Por tanto, no robé ideas ni nada, vuelvo y repito, sólo usé el ejemplo de arma que mostraban ahí. Y pues, las canciones son de Frank Quintero (aún sigo con él hasta nuevo aviso, xD) la primera es de "La dama de la ciudad" y la segunda es "Casi preciosa" Bueno, ahora sí, sayonara.