ESTADO: REEDITADO
Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Suzanne Collins. Esta historia forma parte del Intercambio "Debajo del árbol" del foro El diente de león. Regalo para Elenear28.
CAPÍTULO 6: BOMBARDEO
POV KATNISS
Boggs nos guía a Finnick y a mí, fuera del Comando, a lo largo del pasillo hasta una puerta, y por una amplia escalinata.
Flujos de personas convergen para formar un río que fluye sólo hacia abajo. Nadie grita o trata de empujarse. Incluso los niños no se resisten. Descendemos, tramo tras tramo, sin hablar, porque ninguna palabra se oiría por encima de este sonido. Busco a mi madre y a Prim, pero es imposible ver a nadie que no sean las personas inmediatamente a mi alrededor. Sin embargo, las dos están trabajando en el hospital esta noche, por lo que no hay forma en que puedan perderse la instrucción.
Mis oídos retumban y mis ojos se sienten pesados. Estamos en una profunda mina de carbón. Lo único positivo es que cuanto más nos adentramos en la tierra, menos estridente es el sonido de las sirenas.
Es como si ellos quisieran alejarnos físicamente de la superficie, lo que supongo que hacen. Los grupos de personas comienzan a desviarse en los portales marcados y Boggs aun nos dirige hacia abajo, hasta llegar finalmente al final de las escaleras a la orilla de una enorme caverna. Comenzamos a caminar directos allí y Boggs nos detiene, nos enseña que debemos marcar nuestros horarios frente a un escáner, lo que sirve para que se aseguren que no falta nadie. Los dos lo hacemos después de Boggs. Y yo sigo a Finnick hacia la caverna sintiéndome repentinamente descompuesta.
El lugar parece incapaz de decidir si es natural o artificial. Algunas zonas de las paredes son de piedra, mientras que las vigas son de acero y hormigón fuertemente reforzadas. Las literas para dormir han sido labradas directamente en las paredes de roca. Hay una cocina, baños, una sala de primeros auxilios, al menos lo que está a la vista, debe tener más espacios para distintos usos. Este lugar fue diseñado para una estancia prolongada. Signos blancos con letras y números están situados en intervalos en torno a la caverna. Boggs nos dice a Finnick y a mí que informan de la zona que coincide con nuestro alojamiento asignado. Plutarch camina dentro.
—Ah, aquí estas —dice. Los acontecimientos recientes han tenido poco efecto en el estado de ánimo de Plutarch. Él todavía tiene un brillo alegre por el éxito de Beetee en el Asalto En Antena. Con los ojos en el bosque, no en los arboles. No sobre el castigo de Peeta o sobre el inminente bombardeo del 13—. Katniss, obviamente este es un mal momento para ti, por el revés de Peeta, pero necesitas ser consciente de que otros te están mirando.
— ¿Qué? —digo yo. No puedo creer que realmente haya rebajado las circunstancias extremas de Peeta a un revés. Finnick vuelve a tomar mi mano con más fuerza de la necesaria y mirarme de reojo para que me contenga y no le suelte todo lo que tengo atravesado en mi garganta a punto de salir, por su desinterés por lo que hicieron a quien querían que fuera el Sinsajo y minimizar su situación.
—Las otras personas en el bunker, ellos estarán siguiendo tu ejemplo sobre como reaccionas. Si eres tranquila y valiente, otros intentaran serlo también. Si entras en pánico, esto podría extenderse como un reguero de pólvora —explica Plutarch. Yo solamente me quedo mirándole.
—El fuego es contagioso, por así decirlo —continua, como si yo estuviera siendo lenta en captarlo.
— ¿Por qué no pretender que estoy delante de una cámara, Plutarch? —digo sin poder evitar sonar fría.
— ¡Sí! Perfecto. Uno es siempre mucho más valiente delante de una audiencia —dice—. ¡Mira el valor que mostró Peeta!
Hago todo lo que puedo para no abofetearle con mi mano libre, para después irme a donde me corresponde y poder llorar.
¿Por qué casi todos actúan tan insensiblemente hacia mí sabiendo lo mucho que me afectan sus palabras? ¿Por qué no se preocupan por él?
—Tengo que volver con Coin antes del bloqueo. ¡Sigue con el buen trabajo! —dice, y luego se aleja.
-Vamos, Katniss. –Me dice Finnick.
-Lo escuchaste. –Suelto entre dientes. – ¿Un revés? ¿Valentía? ¿Es que acaso no vio el estado de Peeta? Él estaba… -Me cuesta decirlo en voz alta, porque eso significaría reconocerlo y eso lo haría aún más real y angustiante.
-Lo sé. Pero a él no le importa. Nada le importa realmente, salvo triunfar. No pierdas tus energías en él.
-Si le sucede algo, me muero. –Reconozco.
-Te entiendo, pero no le pasará nada.
Cruzamos la gran letra E colocada en la pared. Nuestro espacio –el de mi hermana, mi madre y yo –se compone de un cuadrado de cuatro por cuatro metros con suelo de piedra marcado por líneas pintadas. Talladas en la pared hay dos literas —uno de nosotros duerme en el suelo—y un cubo al nivel del suelo para el almacenamiento. En un pedazo de papel blanco, recubierto de plástico transparente, se lee PROTOCOLO DEL BUNKER.
Miro fijamente a los puntitos negros en la hoja. Durante un tiempo, están oscurecidos por las gotas de sangre residual que parece que no puedo borrar de mi visión. Poco a poco, enfoco las palabras. La primera sección se titula "Al llegar".
1. Asegúrese de que todos los miembros de su compartimiento se tienen en cuenta.
Mi madre y Prim no han llegado, pero yo fui una de las primeras personas en llegar al bunker. Ambas están probablemente ayudando a reubicar a los pacientes hospitalizados.
2. Vaya a la Estación de Suministro y asegure un paquete para cada miembro de su compartimiento. Prepare su sala de estar. Devuelva su paquete(s).
Miro a Finnick que continua a mi lado a pesar de tener asignado otro sector. Debe seguir preocupado por mi estado y no quiere dejarme sola, al menos hasta que llegue el resto de mi familia.
Exploramos la caverna hasta que localizamos la Estación de Suministro, una profunda sala situada fuera con un contador. La gente espera detrás de ella, pero no hay mucha actividad allí. Me acerco, doy nuestra letra de compartimiento, y solicito tres paquetes. Un hombre mira una hoja de control, toma los paquetes determinados de una estantería, y los sostiene sobre el mostrador. Después de deslizar uno sobre mi espalda y conseguir un control sobre los otros dos con las manos, me vuelvo para ver que rápidamente se ha formado un grupo detrás de mí.
—Disculpe —digo mientras llevo mis suministros a través de los demás. ¿Es una cuestión de tiempo? ¿O Plutarch tiene razón? ¿Las personas tratan de imitar mi comportamiento?
Cuando salgo entre la multitud de gente, espero a Finnick, que me sigue algunos momentos después porque la gente apenas deja pasar a los demás.
Nuevamente en mi espacio, ambos nos sentamos al costado de una de las literas.
-¿No deberías ir a tu compartimento?
-¿Estas echando a Finnick Odair?
Su intento por parecer ofendido parece cómico y me hace reír. Él también se ríe.
-Bien, eso es. –Me felicita. Es la primera vez que río en varios días.
-No te estoy echando, pero seguro te mandarán a tu sector en cualquier momento. Creo que debe haber alguien haciendo controles.
-No hasta que lleguen todos. Además, me da miedo dejarte sola. No te he visto asi desde que a Peeta se le paró el corazón y yo lo reviví; cuando te enteraste que fue tomado prisionero por el Capitolio; o aquella entrevista que vimos en el hospital aquí.
-Tengo miedo por él. –Reconozco.
-Lo sé. Yo también, pero no creo que le hagan mucho más de lo que ya le hicieron. Te lo dije, lo necesitan.
No se me ocurre que decir a eso. Él rodea mis hombros con su brazo y yo recuesto mi cabeza en su hombro.
-Gracias. –Le digo.
-Para eso están los amigos. –Me contesta sonriendo.
-No, para eso está Finnick Odair. Mi amigo. –Bromeo. –El mejor de todos. –Porque después de Peeta, él se convirtió en la persona que más aprecio.
-Vaya. No hagas que me ruborice. –Bromea entre risas. –Es un honor, Chica en Llamas. –Dice en el mismo tono que me hablo cuando nos conocimos oficialmente.
Ambos nos dedicamos una sonrisa. Solo él consigue animarme en un momento así.
Y tal como están las cosas, Finnick es el único amigo que tengo. Con Gale tomamos caminos diferente desde que llegue al Trece e incluso mucho antes cuando estábamos en nuestro hogar, y salvo esa primera vez que fui a la misión de ir al Doce para que yo viera los daños que el Capitolio provocó en mi hogar e ir a buscar algunas de las pertenencia de mi familia, incluyendo al asqueroso gato de mi hermana, casi no hemos vuelto a cruzar palabra o vernos desde entonces y no va a las misiones. Él está demasiado metido en temas oficiales y en ser la mano derecha de Coin y yo demasiado deprimida como para hablar con alguien más que no sean Finnick, mi hermana o incluso mi madre.
Supongo que ahora entiendo lo que ella sintió al perder a mi padre, y el porqué de su estado. Comparándolo con mi rutina diaria en el Trece, mi estado no es muy diferente, a excepción de las veces que me toca asistir a reuniones que no me interesan en absoluto y excursiones por los distritos. Mi rutina se convirtió en levantarme comer, huir de mis actividades marcadas en el Trece, no asistir en los entrenamientos, salir alguna que otra vez a cazar con un guardia siguiendo mis pasos para asegurarse que no me suceda nada, hacerle compañía a Finnick que se pasa la mayor parte del tiempo en el hospital, hablar con él, aprender a hacer nuevos nudos que él me enseña, distraernos entre nosotros; y pasar el resto del tiempo encerrada en un armario con la única compañía de mis propios pensamientos hasta la hora de la cena y luego de nuevo a mi compartimento junto con Prim y mi madre, claro eso sólo ocurre cuando no me tengo crisis, vomito, me desmayo y me siento descompuesta. Me ha sucedido bastante seguido en estas semanas y la persona que está conmigo se queda cuidándome en mi habitación o en casos como desmayos me llevan directo al hospital y paso un día o dos allí.
Aún cuando duermo no puedo sacar de mi cabeza a Peeta. Tengo pesadillas donde lo pierdo una y otra vez, donde lo veo morir frente a mis ojos de miles de maneras diferentes y yo no me puedo mover para salvarlo, como si mi cuerpo fuera de piedra y estuviera fijo sobre la tierra. Escucho sus gritos, siento su desesperación, veo su cara llena de sufrimiento, pero no puedo salvarlo y me siento frustrada, dolida, como si una parte muy grande de mí muriese junto con él en ese sueño. Al despertar lo hago llorando y gritando y mi familia intenta calmarme con poco éxito.
-Tercera regla: Esperar más instrucciones. –Dice Finnick leyendo el protocolo que no me moleste en ver nuevamente. –Tu familia debe estar por llegar.
-Deben estar por llegar con el resto de los enfermeros. –Agrego. –Tal vez les toque otro sector, y tengan que pasar la noche con sus pacientes.
Mi madre aparece unos minutos después en el pasillo, con dos pacientes en batas detrás de ella.
-¿Dónde está tu hermana? –Pregunta ella buscando algo más que a mí o Finnick, ni siquiera parece sorprendida al vernos prácticamente abrazados.
Mi corazón da un vuelco y levanto la cabeza del hombro de Finnick, hacia ella.
-¿Cómo que donde está Prim? ¿No viene contigo? –Grito entre asustada y furiosa. Mis cambios humor o el sentir cosas contradictorias al mismo tiempo se han vuelto una costumbre muy mala, puedo llorar en un momento y minutos después estoy insultando y gritando a todo el mundo por mis problemas. El doctor Aurelius dice que es normal, he pasado por un momento traumático y no todos reaccionan igual, yo me volví voluble, a mi carácter habitualmente explosivo, se le ha sumado la depresión.
-Se suponía que venía directamente aquí desde el hospital. Ella se fue diez minutos antes que yo. Le dije que se viniera directamente aquí con algunos de los doctores. ¿Dónde ha ido?
Aprieto mis parpados cerrados por un momento, siguiendo su pista como hago con las presas de caza. Mi madre llora por un momento. Pero ¿por qué? Mis ojos se abren de repente.
— ¡El gato! ¡Fue a buscarlo!
—Oh, no —dice ella asustada.
Finnick me suelta y ambos nos ponemos de pie al mismo tiempo. Los tres –incluida mi madre –corremos entre el mar de gente, las puertas siguen abiertas pero no lo estarán por mucho tiempo más. Los soldados nos detienen diciéndonos que no podemos salir.
-Tengo que buscar a mi hermana, todavía esta fuera. –Les grito.
-Señorita Everdeen, las órdenes que nos dieron son: que nadie puede salir bunker una vez que entra. Va a tener que esperar a que su hermana llegue.
-¡No! –Grito furiosa.
-En menos de diez minutos cerraremos si se quedan fuera, nadie les abrirá.
-¡No me importa! Iré por mi hermana.
Y antes de que puedan impedirme seguir corro, empujo a uno de los soldados y paso por ese espacio. Siento a alguien corriendo detrás de mí.
-Katniss, espera. Iré contigo.
Me detengo unos segundos y volteo a verlo hasta que él me alcanza.
-Finnick, si cierran nos quedaremos fuera y… No voy a poner tu vida en riesgo.
-Pero vas a poner la tuya en riesgo ¿no? –No contesto. Lo que hago es prácticamente un suicidio, pero no puedo dejar a mi hermana desprotegida, y no quiero que Finnick venga conmigo para exponerlo. –Vamos, no podemos desperdiciar tiempo hablando. Tu madre se quedó convenciéndolos que no cierren hasta que volvamos. Y si llega a suceder encontraremos un modo de resguardarnos, este lugar tiene muchos escondites. Me toma del brazo y me indica que avancemos. –Me resisto al comienzo, pero Finnick ya está avanzando y él cuando quiere puede ser muy terco.
-¿Por qué lo haces?
-Porque eres mi amiga y también el Sinsajo, debemos protegerte. Y porque cuando Peeta regrese te necesitará entera. No tiene a nadie más que a ti.
-Annie también te necesitará.
Su expresión se descompone al escuchar su nombre.
-Peeta y Annie. Razones más que suficientes, para intentar volver vivos al bunker ¿no te parece? Ahora, apúrate. ¿Dónde crees que esté? ¿Qué camino toma habitualmente tu hermana para ir del hospital al compartimento?
-Ya sé a dónde ir.
Subimos al ascensor para ir más rápido, llegamos al piso de mi compartimento unos minutos después. Cada segundo se nos hace eterno, el tiempo está corriendo rápidamente.
-¿Diez minutos?
-No tienes idea de que serían capaces de hacer por ti. Te dijeron eso para que te echaras atrás. Pero no dejarán a su Sinsajo morir en pleno bombardeo. Y cuando digo esto, quiero decir que nadie lo permitirá, porque casi todos te vieron salir. Esa horda de personas no permitirá que cierren las puertas, estarán esperando que llegue sana y salva. Plutarch tiene razón cuando dice que tú influencias a los demás. Te toman como modelo a seguir.
Las palabras de Peeta se repiten en mi mente junto con las de mi amigo:
"No lo entiende. No entiende el efecto que ejerce en los demás."
Sin embargo pensar en eso me lleva a recordar sus gritos y la sangre esparcida en el suelo. Me obligo a mantenerme fuerte. Prim me necesita ahora mismo.
-Es una estupidez. Yo no quiero ser modelo de nadie.
-Pero para tu pesar lo eres. Deberías aceptarlo.
-Todos me usan, en el Capitolio y aquí. Peeta tiene razón. Nadie está a salvo, ni siquiera yo.
-Desearía negarlo, tal vez para traerte algo de paz. Pero pienso igual que él y tú.
-¿Asi que no piensas que él es un traidor? Luego de las últimas entrevistas… –Dije recordando las palabras hirientes de casi todos los rebeldes desde la primera entrevista, incluyendo las de Gale, él también lo considera un traidor que está del lado del Capitolio y lo dejó claro frente a todos ese día en la sala de comando. Peleé con él y grité tanto, que alarmé a Finnick y él volvió nuevamente a la sala para ver que sucedía y me sacó de allí. Me llevó a su compartimento y dejó que me descargará en las siguientes horas. No le importo si yo gritaba, lloraba, descargaba mis penas por lo que estaban haciendo a Peeta y por lo mucho que lo extrañaba y necesitaba, o me quejaba. Él estaba ahí con sus brazos alrededor de mi cuerpo consolándome, aconsejándome, y no dejándome caer.
Él le salvó la vida a Peeta una vez y a pesar de lo molesta que estuve con él en un principio, me di cuenta que estaba siendo muy injusta, que quiso salvarlo y sacarlo de la arena, pero Peeta fue más fuerte y logró escapar pensando que él y Beetee lo matarían, cuando únicamente querían quitarle el rastreador, del mismo modo que Johanna hizo conmigo. Decidí perdonarlo, porque nada de esto fue su culpa y porque estaba sufriendo tanto como yo.
-No. Es una víctima como tú, yo y todos los vencedores. Somos peones que el Capitolio mueve a su antojo para su beneficio personal. Aunque aseguren que es por el bien de la Nación. Sólo que la gente de aquí, jamás lo entenderá. Desconfiarán de él, cuando sea rescatado. Aunque tal vez lo que hizo hace un rato ayude a que con el tiempo lo terminen aceptando. Porque si esto resulta ser verdad, salvará las vidas del Distrito entero.
Justo en ese momento el ascensor se detiene. Ambos dejamos el tema por el momento, porque lo que importa es encontrar a Prim y no tenemos tiempo.
-¡Prim! ¡Primrose Everdeen! ¡Prim! ¿Dónde estás? –Comenzamos a gritar en pasillo.
-¿Quieres que nos separemos? –Me pregunta Finnick luego de no obtener respuesta.
-No. Quedémonos juntos, al menos hasta asegurarnos que no está en nuestro compartimento. Si no la encontramos, nos separamos.
-De acuerdo.
Pero no nos tenemos que separar, porque la encontramos en el compartimento tratando de agarrar al gato y buscando entre nuestras pertenencias.
-¡Prim! –Grito y me lanzo a abrazarla entre lágrimas. -¡Primrose nos asustaste mucho! No puedes hacernos esto a mí o a mamá ¿Entendiste?
-Lo siento, Katniss. –Dice ella también llorando. –Pero no podía dejarlo atrás, no dos veces. Deberías haberlo visto entrar por la ventana y corriendo por la habitación y maullando. Volvía para protegernos.
Desearía decir que la entiendo, pero se trata de Buttercup, el gato al que siempre odie y no puedo imparcial. Aún así, el dolor en la voz de Prim cuando dijo que no podía dejarlo atrás, me resulta tan familiar que no consigo hacer salir la voz.
Peeta. Yo tampoco quería dejarlo atrás, pero acabó pasando.
-Podrías haber muerto, Prim… si no veníamos a buscarte con Finnick. No puedo perderte.
Primero mi padre, luego Peeta y casi perdí a Prim. Las tres personas que más amo en el mundo. Perderla a Prim me acabaría de destruir por completo, luego de las dos primeras pérdidas. Me aterra pensar que Peeta podría estar muerto ahora mismo.
-Lo siento.
-Debemos salir de aquí. Los animales son muy perceptivos. Si sintió el peligro o vio algo extraño afuera, volvió por eso. Apúrense. Yo acabo de guardar todas sus pertenencias en esa bolsa marrón.
-¿El paracaídas también? –Le pregunto mirando con la bolsa de caza colgando de su hombro.
-Hasta eso. –Me responde. –Un libro, unos frascos, unas fotografías de tuyas, de Peeta y de tu padre, ropa y el paracaídas.
-Gracias.
Tal vez es bueno haber vuelto es mi compartimento, no quería perder las cosas que me regalo Peeta, o los recuerdos de mi familia.
-De nada.
Nos ponemos de pie con Prim. Finnick me tiende la bolsa y él alza a Prim, con la explicación de que cuanto más rápido vayamos mejor será. Yo me agacho para alzar al gato, que ahora no se resiste a que lo agarre, ni siquiera me lanza bufidos.
Debe estar demasiado asustado. Pienso.
No puedo evitar lanzarle una mirada molesta a la bola de pelos que tengo entre mis brazos, sus ojos me miran con desconfianza, pero no me importa. Yo lo miro con odio.
-¡Gato estúpido! ¡Debí haberte ahogado cuando tuve la oportunidad!
-¿Lo intentaste ahogar? –Pregunta Finnick sorprendido con las cejas arqueadas mientras salimos del compartimento.
-Él se salvó por poco. –Suelto en un gruñido. El cuerpo del felino se arquea, pero no lo suelto. Parece que al final no esta tan asustado porque también me lanza un leve gruñido.
-Me sorprendes, Katniss Mellark. Nunca creí que fueras tan cruel con un indefenso animal. Pensé que únicamente matabas animales para comer. Ahora entiendo, porque Buttercup te odia.
-¡Cállate, Finn! –Le grito.
Además creo que ya no me odia tanto, se muestra más pacífico y amable. Incluso cuando me siento mal se recuesta cerca de mi vientre hecho una bola y su cabeza en mi vientre. Mi madre y mi hermana están muy sorprendidas, pero me siento tan cansada, triste y descompuesta que no me quejo cuando Buttercup toma esas actitudes realmente extrañas. Incluso se acerca a mí al mínimo dolor que siento, a veces me espera recostado o sentado del otro lado de la puerta cuando me baño, y al salir levanta la cabeza y me observa moviendo la cola. Parece que me estuviera protegiendo todo el tiempo mientras estoy en la habitación. No sé porque nuestra relación ha mejorado, desde que Buttercup se mostró diferente conmigo. ¿Estará agradecido que lo haya traído con su ama? Su actitud me desconcierta francamente.
-De acuerdo. Tranquila, gata.
-No me digas así. –Lo golpeo en el hombro.
Finnick continua riéndose al notar lo molesta que estoy. Yo lo fulmino con la mirada, y eso solo parece incentivarlo más, nos metemos al ascensor y noto a Prim conteniendo risas por su parte hasta que no las puede contener.
-Así qué ahora los dos se confabulan para burlarse de mí.
-Sí, gata. –Reconoce mi hermana entre risas con sus brazos alrededor del cuello de Finnick ambos se miran como dos cómplices y eso me enfurece.
-Dicen que los que se pelean, se aman ¿Será el caso, Prim? ¿Ella y Buttercup?
-Yo sé que en el fondo se aman. –Contesta riendo mi hermanita. –Sobre todo en estas últimas semanas, Buttercup se ha vuelto muy cariñoso con ella.
Fulmino con la mirada al asqueroso animal. ¿Yo amando a Buttercup? Ni en un millón de vidas. Y no importa lo que haga el gato ahora, siempre me odio. Siento su cola moverse y rozar mi vientre. ¿Qué manía tiene con esa parte de mi cuerpo? No le doy importancia.
Vuelvo la mirada a mi amigo y mi hermana. También los miró seria.
-No tenía idea que se llevaban tan bien. –Digo con ironía.
-Tu hermana es divertida. ¿Cómo crees que soporto pasar días enteros en el hospital? Soy un chico activo, odio aburrirme. –Me sonríe del modo que lo hizo el dia que lo conocí en persona durante el Desfile de Tributos. Por unos momentos veo al antiguo Finnick aquel que no está afectado por la ausencia del amor de su vida y por el temor constante que le ocurra algo. Me alegra que sea así, que al menos por unos minutos no esté consumiéndose por el dolor, igual que yo. –Y también odio la monotonía del Trece. Hasta resulta deprimente. Podemos estar más seguros, pero eso no lo hace mejor.
-Tal vez podríamos arreglar ese asunto. A veces salgo a cazar, supongo que si lo exijo pueden dejarte venir conmigo alguna vez. Un poco de aire puro, no te vendría mal.
-Suerte con eso, no me dejan hacer nada, aún me consideran mentalmente desorientado. Con suerte me dejan ir a algún entrenamiento de principiantes o salir a grabar propos, o quedarme algunas noches en mi compartimento.
-Lo intentaré.
Él asiente.
-Eso estaría bien, si logras convencer a Coin.
-Yo creo que lo permitirán, si vas con Katniss. –Agrega mi hermana. –Podemos darte un permiso como médicos, para que salgas a la superficie. A Katniss le ayudó, seguro a ti también.
-Gracias, Prim… Katniss. –Nos dice sonriendo.
Estamos por llegar a la planta donde se encuentra el bunker. La sirenas y no han dejado de sonar en ningún momento, se empiezan a sentir ruidos extraños y Buttercup empieza a tiritar de miedo y maullar. En un pequeño momento de compasión lo acerco a mi pecho. Y él se tranquiliza. Prim se sujeta con fuerza de Finnick como una niña pequeña e intenta mantener el control aunque se nota que está muy asustada. Finnick y yo también nos asustamos ante la idea de no llegar a la zona segura.
-Tal vez, Buttercup si era el indicador de que algo estaba a punto de suceder muy pronto. Pensé que Peeta dijo que atacarían por la mañana.
-Tal vez decidieron adelantar el ataque, porque él los puso en evidencia. –Me contesta él. Y lo más probable es que tenga razón. Porque las sirenas cada vez se sienten más fuertes y la voz de Coin se escucha por todo el distrito, dando indicación por los altavoces. –Y tenían a gente preparada cerca por si acaso.
-Como en el Doce. –Comenta Prim. –No nos dieron tiempo de evacuar. Parecía que todo estaba planeado con mucha anticipación. Sospecho que hubieran atacado, aunque tú y Peeta hubieran muerto.
Es extraño hablar de esto con Prim, yo ni siquiera quise tocar el tema con ella. Siempre que hablaba de algo relacionado el bombardeo, era con mi madre.
Finnick no se sorprende por la iniciativa de Prim a iniciar la conversación.
-Ustedes causaron muchos problemas sin darse cuenta. –Dice Finnick. –Seguramente, lo hubieran hecho aún sin los rebeldes del Trece y espías del Capitolio interviniendo.
-Venganza. –Murmuro.
-Exacto. –Me dice Finnick. –Simplemente era algo que no se podía evitar. Era demasiado tarde.
Cuando el ascensor se detiene salimos rápido y corremos. Finnick aún carga a Prim. Sabemos que esto no soportará mucho más, el bombardeo empezó en los pisos superiores y debemos ir a nuestro refugio tan rápido como podamos.
Doblamos entre los pasillos, nos quedan cerca de unos doscientos metros para estar a salvo, espero que Finnick tenga razón y nos estén esperando. Sé que una vez que esté cerrado el bunker no nos abrirán, tal vez porque eso está fuera de su control, o porque tras las gruesas paredes de piedra y metal no nos puedan escuchar.
Faltan unos metros cuando sentimos los gritos de varias personas diciendo que no cierren. Doblamos en una esquina y estamos a veinte metros de la entrada. Al fin podemos suspirar aliviados, las puertas están levemente abiertas, lo suficiente para que hasta Finnick pueda pasar.
-¡Esperen! ¡Estamos llegando! Los tres. –Grito.
Finnick también grita en voz aun más alta, para que nos escuchen.
-¡Son ellos! –Grita una voz femenina, que reconozco como la de mi madre. Levanto la mirada y la veo pegada a la puerta. Buttercup se deshace de mis brazos, salta hasta el suelo con un maullido y corre hasta donde se encuentra mi madre, que lo toma en brazos. Odio reconocerlo, pero el gato no es nada tonto. La gente nos hace espacio una vez que nos encontramos cerca y entramos rápidamente al bunker, unos segundos antes que las puertas se cierren de forma definitiva. Finnick deja a Prim en el suelo y mi madre se acerca a nosotros tres.
-¡Casi me matan del susto! ¿Dónde estaban? –Mi madre parece fuera de sí. Imagino como debió sentirse con sus dos hijas cerca del peligro.
-En nuestro compartimento. –Le digo. –Prim estaba allí.
-Escuchamos explosiones, creí que las perdería a las dos. –Ella nos abraza a ambas llorando. Estoy tan sorprendida por el gesto que no me aparto. Esperamos a que ella lo haga. Acaricia nuestros rostros cuando lo hace. -¿Están bien?
Ambas asentimos.
-Cuando empezaron las explosiones ya estábamos bajando por el ascensor. A mitad de camino. —Explica Finnick. –Estamos bien, señora Everdeen.
-Me alegro de escuchar eso. Gracias, Finnick. Por estar con ellas.
-No es nada. –Le contesta él con su sonrisa patentada.
Pero esta muy cansado por lo que se sienta en el suelo contra la pared para recomponerse, yo hago lo mismo porque siento que mis piernas ya no tienen fuerzas y apenas consigo respirar y estoy casi ardiendo de calor por la carrera. Veo que Finnick no esta tan diferente de mí, y peor con el peso extra que llevaba a cuestas.
-¿Estás bien? –Le pregunto, porque él sigue temblando con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás contra la pared y mechones de cabello rubio rojizo pegados a su frente por el sudor, que se nota en todo su rostro.
-Sí. –Me contesta. –Solo agitado. Pero me recuperaré, solo dame algunos minutos. ¿Tú? –Abre sus ojos y se da cuenta que estoy a su lado a pocos centímetros.
-Supongo que también.
-Esto fue lo más divertido que hice en mucho tiempo. –Me comenta en voz baja.
-¿Divertido? Era casi un suicidio. –Le contesto.
-Pero ahora estamos a salvo ¿no? Eso lo convierte en casi una aventura.
-Sí que eres extraño. –Comento.
-Gracias. –Me contesta orgulloso, como si de un cumplido se tratará. Empiezo a reír y siento la vista de todos, fija en nosotros cuatro –en mi madre, Prim, Finnick y yo –. Creo que dimos un espectáculo interesante de valentía al salir del bunker sin pedir permiso.
De repente me siento más descompuesta que antes, y tengo nauseas. Me sujeto el vientre llorando como si pudiera desaparecer el dolor con ese movimiento. Mi madre lo nota y rápidamente me alcanza un recipiente de metal medio oxidado que hay a un costado de la pared en la que estoy apoyada. Devuelvo todo lo que comí en el día. Es algo tan normal que no me extraña. Odio las nauseas, los vómitos, los estúpidos desmayos, la depresión, la bipolaridad de mis actitudes… Todo. Odio que Peeta no esté conmigo.
Una enfermera que me ha atendido algunas veces, se acerca a nosotros, a Finnick y a mí nos dan una botella de agua para cada uno. No noto la sed que siento hasta que bebo los primeros tragos de mi botella. Finnick bebe sin parar hasta vaciar la vaciar la mitad de la pequeña botella, yo hago lo mismo. Luego de eso me siento un poco mejor, y el calor desaparece casi por completo. Aún así, mi madre y Prim nos limpian y humedecen el rostro y el cuello con trapos mojados. Se siente bien.
Prim esta salvo una vez más, conmigo, a mi lado y cuidando de mí.
-Prim…
-¿Qué?
Le sujeto la muñeca y ambas nos miramos a los ojos. Gris contra azul, ambas con los ojos llorosos.
-No me lo vuelvas a hacer, por favor. No vuelvas a ponerte a peligro nunca más, y menos sin avisar.
-Katniss…
-Promételo. –Le exijo.
-Lo prometo. No volverá a suceder. Es que Buttercup no aparecía y me preocupe.
-Lo entiendo. –De nuevo la imagen de Peeta llega a mi mente. –Pero no puedo permitirme perderte ¿lo entiendes?
-Sí, lo siento. Lo siento mucho, hermana. –Y comienza a llorar.
-Está bien… Está bien. –La atraigo hacia mí y le siento en mi regazo, ella esconde su cabeza en mi pecho y yo acaricio su cabello y su espalda. –Te quiero, patito. –Susurro en su oído en un intento de tranquilizarla.
-Yo también te quiero. –Murmura ella y yo sonrió.
No esperaba otra respuesta.
Nos quedamos abrazadas en el suelo, escuchando las explosiones de fondo y la gente hablando de forma desesperada o en silencio, llenos de miedo, mientras la voz de Coin nos dice que mantengamos la calma, y que en este bunker estamos a salvo. Abrazo a Prim con más fuerza, como si temiera que desapareciera de un momento a otro como mi padre; o que me la roben como Snow hizo con Peeta, al alejarlo de mí y mantenerlo fuera de mi alcance, solo para castigarme.
Y unos minutos después mi cuerpo empieza a temblar al cavilar que mi esposo puede estar siendo asesinado por los Agentes de Paz o el presidente y todo se vuelve oscuro.
Lo último que escucho es un grito generalizado:
-¡Katniss!
