Epílogo
Si alguien no puede oírte, te acercas. Si tus palabras no le alcanzan, coges su mano
El crujido de las hojas bajo sus pies levantaba la calma que reinaba en el cementerio. Como en las películas, la niebla evitaba que se pudiera ver algo más allá de la tercera fila de tumbas. Makoto avanzó con pies de plomo, cuidándose de no pisar ninguno de los tantos rectángulos de tierra fresca que tapaban cuerpos recién enterrados. Hacía seis años que no pisaba Tokio, desde que cualquier cosa que lo atase a la capital había desaparecido.
Un llanto agudo que duró dos segundos lo hizo pararse en seco. Estiró una mano, ayudando a Gou a no trastabillar con sus propios pies, de tobillos aún hinchados. Caminaron entre los cuerpos sepultados hasta llegar a las dos tumbas que adornaban el rincón más nuevo y alejado del cementerio. La lápida de Haru estaban limpia y tenía encima flores que Makoto sabía que Reina había dejado allí. La lápida contigua, de la misma piedra gris, no tenía ningún nombre gravado en ella. Tampoco tenía flores.
Cogió a Gou del brazo para ayudarla a que se pusiera de rodillas sin ayuda de sus manos y se agachó a su lado. Viendo por segunda vez la tumba de su mejor amigo todo lo que acudía a su mente era la madre de Haruka, llorando de forma tan desgarradora que nadie hubiera imaginado que unos días atrás había estado matando gente. Hiroki ya no estaba con ellos. Se había quitado la vida horas después de acabar con la de su hijo, usando su propio quinque.
Toda guerra tiene mártires.
Pero Haruka y Rin ni siquiera habían sido eso. Su muerte no había cambiado nada. Tal vez incluso lo había empeorado. En una época en la que estar desconectado del mundo parecía tarea imposible Makoto y Gou no tenían televisión y no leían el periódico por ningún medio, intentando mantenerse alejados como su nueva forma de evitar conflictos.
—Hermano —la voz suave y rota de Gou la hizo mirarla. Tenía los ojos aguados, como él. Más fuerte, el mentón de Gou no temblaba mirando la tumba sin nombre—. Quiero presentarte a alguien.
Makoto no apartó los ojos del bulto de mantas que Gou protegía entre sus brazos. Cuando apartó todas las capas unas manos tan pequeñas que eran aún incapaces de sujetar nada se estiraron al aire, queriendo jugar con su madre. El ambiente no la afectaba; no sabía dónde estaba. Gou tomó sus dos manos con una de las suyas y encaró a la niña hacia las tumbas. La pequeña hizo una pompa de saliva que se rompió enseguida.
—Se llama Sakura. —La voz de de Gou era más aguda de lo habitual por retener el llanto—. Tiene seis meses. Se parece mucho a ti.
Makoto supo que no hablaba más porque, de hacerlo, las lágrimas terminarían cayendo. Apoyó las manos en las rodillas y repasó cada línea que formaba el nombre de Haruka y unas fechas demasiado tempranas. Gou seguía hablando a su lado, en voz tan baja que era apenas audible, pero como quien tenía que escucharla no podría hacerlo por mucho que gritase, no importaba.
—Nunca le diste importancia a demasiadas cosas —empezó él, también en un susurro. Gou se calló un momento, pero luego continuó—, pero te vi tan dedicado a esto. Sé que no querías cambiar nada y sólo pretendías que todo cambiase a tu alrededor. A mí también me hubiera gustado que fuese así. Todavía es extraño. Saber que no estás.
Extendió los brazos y tomó a Sakura entre ellos. La niña rio e intentó atrapar los mechones de pelo marrón que caían desordenados sobre la frente de Makoto. La voz se le cortó cuando una lágrima le golpeó directa en la frente. Makoto se apresuró a secarse los ojos y abrazó a su hija.
—No puede ir al colegio todavía —explicó con la voz rota y arrugada—, pero cuando sepa controlarse queremos apuntarla. Queremos que sea una niña normal, que tenga la oportunidad de conocer a gente como lo hicimos nosotros.
Tú a Rin, yo a Gou.
Querría haber dicho "gracias". Había ido hasta allí con esa intención, la palabra en la boca, pero una vez frente a las tumbas le era imposible agradecer sus vidas cuando ya no las tenían. Sintió la mano de Gou apretando su brazo. Con una sonrisa dulce y rota tomó a Sakura de nuevo entre sus brazos y se acercó a él hasta abrazarlo. Makoto enterró el rostro en su hombro.
—Puedes llorar —le susurró.
—Lo sé.
La apretó contra su cuerpo, teniendo cuidado de no hacer daño a su hija. No había pasado un día desde la muerte de Rin y Haru que no pensase la suerte que tenía de no haber perdido a Gou, de haberla podido mantener a su lado a pesar de todo lo que había ocurrido hasta ese momento.
Se habían apoyado el uno al otro cuando decidieron cortar cualquier relación con sus familiares y sus amigos para no ponerlos en peligro. Cuando el segundo aborto de Gou casi se la lleva con él. Cuando había discutido por no intentarlo una tercera vez, hasta el punto de no verse durante dos semanas, y al final, a pesar de su reticencia, ese tercer embarazo les había dado lo mejor que tenían en la vida.
La besó en el hombro, en la mejilla y en la frente. Gou y él tenían una fortaleza distinta y complementaria, y cuando Makoto se desmoronaba ella estaba allí para alzarlo de nuevo, un poco más fuerte que antes. Suspiró, tomó aire hasta calmarse y se incorporó de nuevo. Sakura lo miraba con los ojos grandes y entristecidos. Makoto se secó las lágrimas y la cogió en brazos, poniéndose en pie para acunarla.
Escuchó a Gou despedirse de Rin. Habían pensado comprar flores, pero no podía dejar rastro de su paso por allí. De todas las cosas que podían pasar, Haruka y Rin nunca hubieran querido que los encontrasen. A ninguno de los tres.
—Tenemos que irnos —susurró Makoto—. Sakura tiene hambre.
Tras depositar un beso en sus dedos e imprimirlo en la piedra, Gou se levantó y miró a su hija. El único ojo negro y rojo quedaba especialmente tétrico en la cara tan pequeña de un bebé. Le subió la capucha y dejó que Makoto la resguardase en su pecho.
Estaban en la verja de entrada cuando le pareció escuchar un sonido lejano, el frufrú de un arbusto agitado. Se giró con el ceño fruncido.
—¿Pasa algo?
Gou aguzó el oído. El viento le erizó el vello de los brazos.
—No es nada.
Y *suenan trompetas* se acabó. Ahora sí que sí.
He reescrito tantas veces esto que parece mentira que sea tan corto. Le he dado mil vueltas a cómo había podido evolucionar la situación hasta que me he decidido por lo que me ha parecido más realista: sigue igual, por desgracia.
Al menos Makoto y Gou son todo lo felices que pueden ser. Y tienen una pequeña.
¿Qué puedo decir? Me sigue pensando lo mucho que te tardado en acabar este fanfic, pero estoy orgullosa de haberlo hecho.
Muchísisisismas gracias a quienes me habéis seguido hasta aquí, a pesar de la eterna espera que os he dejado a veces. Sois el alma de este fanfic. Espero que, a pesar de lo trágico, os haya gustado el punto final.
¡Espero que nos leamos en un futuro! (L)
