¡Bueno, señores! ¡Que esto se acaba! Hoy es mi cumpleaños y mi beta ha hecho el favor de leerse el epílogo de este fic para que pueda subirlo, cosa que me hace súper feliz~
Me voy a despedir aquí y a dejaros con el final; seré breve, porque ya lo hice extensamente en el final del capítulo anterior. Gracias a todo el mundo que ha leído esta historia, le ha dado una oportunidad, la ha recomendado y/o me ha dado su opinión sobre ella. Han sido bueno años, he aprendido muchas cosas y me habéis hecho feliz.
Disclaimer: Hetalia y todos sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya. La idea de esta historia salió sólo de mí.
La Foule
Epílogo
—¡Pero fratello! —se escuchó una queja infantil— Per favore!
—Ni per favore ni per favoro. Lo tengo yo y punto.
Antonio se acercó a la mesa en la que Feliciano y Lovino discutían, al parecer, por la posesión del periódico.
—¿Se puede saber qué pasa? —preguntó, sirviéndoles más café.
—Que mi hermano es un abusón —dijo Feliciano con mohín de fastidio, apoyando la barbilla sobre la mesa.
—Tienes más de treinta años —contestó el aludido, untando un bizcocho crujiente en el café sin levantar la vista del diario—, si no te habías dado cuenta hasta ahora es que tienes un problema.
—¿Lo ves? Es malo —susurró mirándole con los ojos entrecerrados.
Antonio rió por la nariz.
—Lo sé, lo sé… Tu hermano siempre ha sido un viejo amargado en el fondo de su corazón, ¿verd-…? ¡Voy!
Un cliente llamó al moreno, acudiendo él a la llamada al instante. Feliciano dejó escapar una pequeña risa, y la ceja izquierda de su hermano mayor se alzó por encima del periódico a modo de aviso. Exasperado, le cedió a Feliciano la hoja de pasatiempos, a fin de que cejase en sus insufribles quejidos y suspiros. Además, pensó que si lo mantenía ocupado de seguro comería menos. Le hería en lo profundo tener que compartir la comida.
El español atendió a su cliente y volvió un momento tras la barra; miró a la gente variopinta de su cafetería con satisfacción. Había pasado algo más de un año desde el fin de la Segunda Gran Guerra y parecía que, por lo menos en París, las cosas iban volviendo a la normalidad.
Siete años atrás, lo había perdido y recuperado todo en un día. Perdió al que consideraba sin ninguna duda sería el gran amor de su vida, y Lovino volvió de entre los muertos de la mano de su hermano, como si se tratase de un milagro.
Lo cierto es que fue un milagro que se encontraran ya que, como pudieron comprobar después, la dirección que el español escribía en el campo del remitente era incorrecta; un pequeño error le ubicaba en un distrito mucho más alejado del real. Siempre que pensaba en aquella posibilidad, en lo cerca que había estado de no encontrar a quienes consideraba su familia, su corazón comenzaba a latir fuertemente dentro de su pecho como un eco del miedo que seguía acudiendo a él. Pero no; había ocurrido. Había ocurrido, y todo gracias a él.
La vida ahora tenía un color diferente. Cuando los italianos llegaron a París, un punto de partida fue fijado. Se establecieron en el apartamento de Antonio, que a ojos de Lovino resultó ser, por cierto, demasiado extravagante. Emma ofreció trabajo al español, a quien instruyó deprisa y pacientemente en el arte de la pastelería a pesar de las quejas de su hermano –que no era otro que el tahúr de bufanda rayada de los billares. Al cabo de pocos meses el negocio resultó considerablemente más eficiente y próspero, a medida que las habilidades de Antonio se iban puliendo. Fue entonces cuando surgió la idea en la mente del español, y creó una cafetería anexa al local. Quedó ésta completamente en manos del de ojos verdes, consiguiendo un negocio decente con el que salir a flote y ganar una digna cantidad de dinero para vivir.
En cuanto a los hermanos Vargas, demostraron su instinto nato para los negocios: abrieron una sastrería en una muy buena calle de la ciudad, en la cual Feliciano trabajaba como sastre principal y Lovino se encargaba de las gestiones del local y ventas de accesorios como cinturones o zapatos. Ningún asunto económico escapaba del astuto olfato del mayor para el dinero.
Con todo, la guerra terminó desencadenándose, y si bien al principio todos trataron de calmarse ante lo que parecía el pánico general, las cosas sólo parecían ir a peor. Alrededor de un año después de reencontrarse, los alemanes aún continuaban su expansión por el continente, comenzando a hacerse con parte de Francia. La gran familia de Antonio huyó a Suiza una noche desesperada, llevándose tan sólo un saco con lo imprescindible –en el caso de Antonio, con las cartas de Francis, un libro y algunas fotografías. Adèle decidió quedarse en París a pesar de las quejas de todos, mas no hubo manera de separarla de las chicas. Así, los hermanos flamencos, los hermanos italianos y el español abandonaron el París que tanto les había dado, para no volver hasta que pasaran 5 años.
Fue durante la vida transcurrida en Suiza cuando Antonio por fin se atreviera a contar cuanto le había ocurrido en la ciudad a Lovino. Había hablado y aún hablaba mucho de Francis a los dos, aunque nunca se llegó a confesar del todo; no podía mirar a Feliciano a los ojos y hacerle saber de la vida díscola que había llevado en el tiempo de desesperación en Francia. Pero con Lovino era diferente; habían pasado mucho tiempo juntos desde muy jóvenes, siempre el uno al lado del otro. El sentimiento de unión entre ambos era tan fuerte que ninguna palabra bastaba al español para describirlo. Lovino le entendería.
Y lo hizo. Sorprendido al principio, pero aceptándolo finalmente, fumando los dos en el porche mientras veían caer la nieve. Expulsó el italiano el aire del tabaco y el vaho mirando al infinito.
—¿Sabes? Feliciano me dijo que lo que sientes por ese francés es amor.
Antonio lo miró con pasmo, sintiéndose descubierto.
—Me costó creerlo al principio, pero luego pensé que tenía razón —continuó—. No pongas esa cara; él no sabe nada de tu "trabajo". Ya sabes que a ese lelo todo lo que sea amar le parece maravilloso. No dirá nada.
Y, por fin, fue invadido por una gran paz de espíritu.
No pudo escribir a Francis desde Suiza. La última carta que había recibido del fotógrafo rezaba en una de sus últimas líneas un "te escribiré para facilitarte mi nueva dirección; procura no escribir más a ésta" que separaba sus mundos, puesto que él había desaparecido de su vivienda sin poder avisarle y no habiendo recibido jamás aquella nueva dirección. Era como si su destino fuese estar inevitablemente lejos del francés.
Pero, poco a poco, lo que era un dolor amargo se fue transformado en abundantes y dulces recuerdos, mientras la vida se iba abriendo camino.
El regreso a París fue un drama de sabor agridulce. Pudieron comprobar los tres mediterráneos que su casa, el edificio en el que el tan querido estudio de Francis estuvo algún día, había caído en el transcurso de la guerra. El golpe fue duro; pensaba el español que hallaría su buzón repleto de correspondencia, y aun así era como si en el fondo de su corazón supiera que encontraría algo que le impidiera acercarse a su gran amor. No había buzón; no había estudio; todo era polvo y piedras.
Sólo hubo una cosa que logró evitar que se derrumbara: descubrir que Adèle seguía con vida. Fue un poderoso reencuentro. Ella seguía teniendo su local, aunque confesó haberlo tenido algo descuidado un tiempo (ya que, como descubrió el moreno después, estuvo trabajando como espía durante la guerra); recibió a todo el mundo con los brazos abiertos, llenándose sus vidas de alegría y alivio. Además, la cafetería de Antonio aún seguía en pie, junto a la panadería de Emma. La sastrería sí hubo de ser reubicada, ya que el antiguo local había desaparecido por completo; de todos modos, la buena fama de los Vargas en su trabajo no tardó en recuperar su estabilidad. De este modo, todos juntos, dieron inicio a un nuevo comienzo.
Las cosas no habían cambiado mucho desde entonces. Lovino se fue a vivir con Emma, a quien había conquistado en Suiza venciendo la batalla contra su hermano, a una gran casa en un barrio residencial. Al final acabaron mudándose los otros tres; así habían vivido durante todos los años en el país helvético, y ahora resultaba difícil, especialmente para los del sur, romper la unión familiar. Quien más tiempo pasaba fuera era Vincent, el hermano mayor de la rubia, que viajaba y vivía durante largas temporadas en Holanda. Todas las mañanas Antonio salía a abrir su cafetería, despertando antes de marchar a Feliciano y, en ocasiones, a Lovino. Solía encontrarse con la pastelería de Emma abierta al llegar, cuya jornada comenzaba increíblemente temprano –costumbre que ahora había relajado ligeramente debido a su prolongado estado de embarazo. A media mañana o mediodía, los italianos se acercaban a comer a la cafetería, sentándose a leer el periódico o a departir sobre las trivialidades de su día a día con el resto.
Y así, poco a poco o quizás rápidamente, pasaban los días.
Y, como la mayoría, hoy Feliciano tampoco consiguió el periódico. Hizo un mohín a pesar de verse rápidamente imbuido en la búsqueda de las 7 diferencias, si bien se distraía constantemente, perdiéndose su vista en la ventana. Entre la ocupada multitud que se dirigía a un lado y a otro de la calle, hizo inesperado contacto visual con unos ojos azules conocidos sólo para él, quedando absorto. Al de unos segundos recompuso su gesto y saludó alegremente, y el hombre de perfectamente peinado cabello rubio y gesto hosco pareció salir de su propio ensimismamiento para comenzar a caminar algo azorado; a pesar de su imagen tosca, le sabía un hombre elegante. Ojalá tuviese más oportunidades de hablar con él pronto. Lo vio perderse entre el gentío.
Se escuchó la puerta.
—¿Buenas?
El rostro del italiano se iluminó, y Lovino bajó el periódico sorprendido.
—¡Matthew! ¡Sabía que vendrías!
Se abalanzó Feliciano corriendo a abrazar al canadiense, que tímidamente había entrado en el local.
Los chicos y el fotógrafo habían trabado amistad el mismo día de su reencuentro. Confesó el de lentes haberlos seguido hasta el local de Monmartre donde se sentaron a tomar algo, y allí les contó acerca del impulso inevitable que sintió en la estación y que le llevó a sacar una foto de un momento tan delicado. Exudaba inexperiencia profesional, pero tal era su parecido con Francis que a Antonio se le antojó enormemente enternecedor. Antes de querer darse cuenta, se había convertido en un gran amigo de la familia.
Les regaló la foto que perpetró su primer encuentro, foto que los tres guardaban con cariño. Marchó poco antes de que empezara la guerra, siendo un joven aventurero con muchas ganas de viajar. Verle entero de vuelta y de una pieza era toda una alegría.
—¿Y cómo así le esperabas? —rumió el mayor de los Vargas a su hermano, con el ceño fruncido.
—Me pareció leer en el periódico que había una importante exposición de fotografía en París, y que el primer premio era de Alguien Williams, pero Lovino no ha querido dejármelo —dijo haciendo burla a su hermano.
Pronto, toda una celebración se organizó en la cafetería, colmando a Matthew de comida y bebida, como hace todo buen mediterráneo. Se sentaron los cuatro a la mesa, decididos a, entre risas, ponerse al día de los últimos eventos en sus vidas.
—¡¿Cómo?! ¿Te casas?
—Sí, sí —sonrió el canadiense, mientras Feliciano parecía explotar de felicidad ante un nuevo amor—; de hecho, mi prometida está a punto de llegar. Le he dicho que si no volvía en media hora era que había encontrado el lugar —confesó.
—Estoy donde siempre —rió Antonio, no resistiéndose a revolverle el pelo.
—Me cuesta orientarme en el nuevo París —asumió dando un sorbo a su taza—. Además, fui a vuestra casa, pero ya no está…
—Cierto... —un pequeño gesto de nostalgia nubló el rostro del español— Bueno, en cualquier caso, es maravilloso que estemos juntos otra vez.
—Y dime, dime, ¿cómo es ella?
Matthew sonrió enamorado, sonrojándose ligeramente y elevando la mirada al cielo.
—Perfecta.
—Cuidado con eso… —rumió Lovino por lo bajo, aprovechando que su mujer no estaba en el lugar— Que luego se les desata el carácter.
—No, no, si carácter tiene, y mucho.
—Ah bueno, sin falsedades pues —rió el napolitano—; entonces todo en orden.
—¿Y a qué se dedica?
—Estudia para ser enfermera; nos conocimos en Inglaterra, coincidiendo ambos en un viaje. Estuvo ayudando a los heridos de guerra siendo casi una niña, y la verdad, pienso que es un milagro que nos encontráramos de nue-… ¡Ah! ¡Allí viene!
El rubio se levantó y se acercó a paso rápido hacia la puerta del local. La abrió y tendió la mano a la esperada invitada, que entró al lugar mirando atrás y exclamando con voz clara:
—¡Papá, aquí!
Los otros tres se levantaron de la mesa; Antonio avanzó con piernas temblorosas hacia la puerta.
—Amigos, os presento a mi prometida: Anne Marie Bonnefoy.
Porque amar nunca puede ser un error.
Epílogo - Fin
La Foule
FIN
Si esta historia ha logrado llegar a alguien y cambiarlo de alguna manera, habré conseguido lo que me proponía.
Gracias a todo el que me lo ha hecho saber.
Bou.
