Luna Lovegood se tocó los labios con la yema de sus dedos. Hacía solo un minuto que Neville se había despedido con aquel beso apresurado, dejándola sola en la tienda de campaña. Con aquella paciencia que era innata en ella, envolvió su cuerpo semidesnudo en las pesadas mantas, y se tumbó en la litera mirando hacia el techo.

Estiró el brazo, alcanzando el bolsillo de su abrigo de Hogwarts. Extrajo un objeto cilíndrico y largo, de color marrón cartón y con dos extremos ahuecados. Era un caleidoscopio, el primer presente que Neville le había regalado.

Asomó uno de sus ojos grises por el extremo más estrecho del objeto y luego le dio vueltas. El techo se llenó con las sombras de los colores pares, desdoblados por el interior de espejos.

Luna era quizás la única persona en todo Hogwarts durante el último año que podía dormir sin pesadillas. Y no era que no tuviera motivos, al contrario, tenía más razones que la mayoría para estar aterrorizada. Había sido secuestrada en las vacaciones de Navidad, y había pasado semanas en los oscuros sótanos de Malfoy Mannor, a la merced de la rata de Pettigrew y siendo testigo de las torturas que Voldemort perpetraba en el Sr. Ollivander.

Sin embargo, el miedo nunca había sido parte de ella. Durante su tercer año el falso Profesor Moody la había colocado delante de un Boggart, para enseñarle a contrarrestar el miedo con la risa, pero el espectro se mantuvo sin forma.

Confundidos y sorprendidos, sus compañeros siguieron burlándose tachándola de anormal y lunática. Aún en el tercer año seguían escondiéndole sus cosas, o ignorándola en el mejor de los casos.

Como siempre, a Luna no le había importado. Es más, la mayoría de veces no parecía ni siquiera darse cuenta de los sobrenombres pintorescos que sus propias compañeras de casa le otorgaban y si acaso lo hacía, optaba por ser paciente y esperar a que le devolvieran sus cosas.

El tiempo transcurrió. A veces se le veía en compañía de Ginny Weasley, pero lo regular es que anduviera sola, leyendo las publicaciones que su papá producía para El Quisquilloso, alimentando los Thestrals en el bosque prohibido o pescando Pimplies de agua dulce en el lago Negro. A pesar de todo esto, y del hecho de ser huérfana de madre, había tenido una infancia maravillosa. Su padre se había encargado de sembrar su corazón de fantasías desde que tuvo la suficiente edad para entender, dedicándole a Luna todo el tiempo necesario y mas, tanto así que -aunque nunca tuvo un amigo- jamás se sintió sola hasta el momento de llegar a Hogwarts.

Todo eso cambió al finalizar el verano de 1994. La marca tenebrosa sobre el cielo nocturno en el mundial de Quiddicth se le quedó tatuada en el cristal de la retina. Recordaría siempre la palidez en el rostro de su padre, sus ojos grises ensombrecidos al observar la calavera y la serpiente grabada a en fuego verde. Solo una vez lo había visto así, la tarde que regresó de su trabajo en la imprenta para encontrarse con el cadáver de su mujer en el piso de la cocina, y su pequeña hija lívida del llanto mientras acariciaba los cabellos platinados de su madre.

—Si alguna vez vuelves a ver esa marca— le susurró su padre mientras las demás personas corrían atemorizadas y ellos se refugiaban varita en mano debajo de una de las gradas— Corre, corre y no mires atrás, es la marca Del que no debe ser nombrado... es el signo de la muerte.—

Luna asintió. No podía imaginar cuantas veces volvería a ver el mismo símbolo desgraciado, ni cuántos de sus amigos, incluyendo su propio padre caerían por la misma razón.

El resto es una historia que todos ustedes ya saben, salvo por el hecho de que esa guerra no tuvo un final feliz. Ninguna guerra los tiene, pero en esta no salieron victoriosos los partidarios del bien. Los hechos continuaron como estaban destinados a suceder, con el regreso ante todos del Heredero de Slytherin, la muerte de Dumbledore y la consiguiente rendición del Ministerio de Magia tras la muerte de Rufus Scrimgeour.

El primero de septiembre de 1997 Luna Lovegood abordaría el tren que la llevaría a su último año en Hogwarts.

Neville, Ginny y ella se sentaron juntos en el ultimo compartimiento de un vagón.

Mientras la pelirroja suspiraba mirando el campo de malvas que se extendía por todo el camino a Escocia, y Neville fingía ojear un libro de Herbologia, Luna se dedicó a leer un nuevo ejemplar del Quisquilloso que era la única publicación que aún estaba sin censurar por parte del Ministerio.

Las horas habían pasado, cuando el conductor del tren se vio obligado a detenerse. Una humadera negra se apoderó de los pasillos, mientras Neville se levantaba de un salto de su asiento, empuñando su varita. Luna y Ginny hicieron lo mismo.

La puerta del compartimiento se abrió, dejando ver la silueta de un mago en ropajes oscuros. Neville se interpuso entre el mortífago y la chicas.

—El no está aquí—espetó con voz desafiante. Las chicas comprendieron que se refería a Harry.

Luna tomó la mano de Neville en un impulso, apuntando su varita hacia el recién llegado, quien esbozo una sonrisa lobuna y divertida y desapareció sin decir más nada. El tren siguió su marcha, y los chicos volvieron a sentarse.

Al llegar a Hogwarts las cosas estaban como era de esperarse, y el infierno que había vivido hasta la fecha le pareció poco comparado a las nuevas torturas por manos de los Hermanos Carrow. Algo que sufría en especial este nuevo trío, ya que eran expertos en meterse en problemas, como el intento de robo que hicieron con la espada de Gryffindor, y los constantes crucios que recibía Neville porque no podía quedarse callado ante los abusos cometidos y las doctrinas absurda de Alecto y Amicus Carrow.

Ese año fue el peor.. y también uno de los mejores de su vida porque pudo descubrir, después de muchas noches de insomnio, lo que es realmente tener un amigo. Neville solía acompañarla de noche, a leer entre susurros y comentar todas las nuevas noticias, preguntarse si algún día volverían a ver a Harry, a Hermione o a Ron. Luna ya no recorría los pasajes del castillo caminando dormida, las pocas horas que su mente se permita descansar la pasaba al lado de él, durmiendo abrazada sin pudor alguno como los animalitos, en la sala de Menesteres, que era el único sitio en todo el castillo que parecía ser solo de ellos. En las vacaciones de Navidad, tomaron el tren de regreso a casa sin saber si se volverían a ver.

El mismo día de Navidad, mientras Luna y su padre compartían la cena, los mortífagos allanaron su morada en St. Ottery y se llevaron a Luna entre los gritos que suplicaban piedad de su padre. Esa fue la última vez que Luna vería a su padre.

Prisionera en la mansión Malfoy, Luna recurrió a su único refugio, la inocencia y la bondad que la caracterizaba. El pobre señor Ollivander compartía el sótano con ella. Ambos crearon una relación de dependencia durante el tiempo que duró el encierro, ella necesitaba que él le hablara de la manera en cómo se fabricaban las varitas, y él se aferraba a los retazos de historias sobre criaturas fantásticas que rayaban en lo imposible, mientras ese sádico lo torturaba sin miramientos buscando las respuestas sobre el fallo de su varita.

Fue precisamente en esas semana de encierro que Luna comprendió cuanto necesitaba estar con Neville, cuanto anhelaba esas conversaciones que se prologaban durante horas y horas, mientras él le hablaba de las propiedades de las plantas, o de lo que pensaba que estaba haciendo Harry fuera del colegio, o simplemente acerca de las reglas elementales de Quidditch. Luna escuchaba en silencio, sin decir ni una sola palabra, había descubierto que la voz de él alejaba los malos recuerdos y su cercanía disipaba las secuelas dolorosas de los crucios. Cuando llegó el día de la batalla, el mismo en que volvería a ver a Harry por última vez, Neville la había arrastrado entre la sombras de un armario de escobas.

Entre los ruidos de pisadas de los estudiantes, maestros y mortífagos que corrían enloquecidos por los pasillos, la besó con la fuerza y la determinación de alguien que espera la muerte. Le dijo un montón de cosas que se ahogaban entre los truenos y maldiciones de la batalla. Lo único que fue claro entre todo eso, fue la frase "me traes loco" y "si sobrevivo quiero que seas mi novia". Luna sonrió por primera vez en más de un año, y solo asintió antes de que un haz de luz desbaratara la puerta del armario donde estaban escondidos, y los apremios de la batalla los obligaran a separarse.

Lo amaba, y se le había entregado sin reservas desde que volvieron a encontrarse por caprichos del destino en ese lugar olvidado por los Dioses. Todas las noches lo sentía, pegado a su cuerpo, aferrándose a su piel con ansias, sin ningún recato ni pudor. Todos en el campamento sabían que dormía en la tienda de campaña de él, pero a nadie le importaba en lo mas mínimo, porque no tenían tiempo para puritanismo, y el amor era la única fuerza que les permitía luchar por los que aun quedaban con vida.

Luna se perdió entre las luces que dibujaba el caleidoscopio en el techo de la tienda. Era muy tarde, y aún faltaba un buen trecho para que amaneciera. Despacio cerró los ojos y volvió a caer entre sueños, sin imaginarse que unos metros más adelante, en la tienda del profesor Lupin, Neville acababa de desentrañar el enigma que desde hacía meses los mantenía desvelados.

Xxx

Muchas Gracias por seguir leyendo. Este capítulo está dedicado a Brujaverde, porque ella me recordó que faltaba la voz de Luna en este fic, como protagonista principal.

Gracias a Ayra16 y Cristal, y también a todos los demás que me comentan. Aunque suene repetitivo, me da algo así como un cosquilleo en la panza cada vez que veo uno de sus comentarios. Perdón por durar tanto para actualizar, pero la depresión de la película me ha dejado en ascuas, creo que nunca mas volveré a verla de nuevo, ni a leer el último libro. Un beso, los quiero mucho.

Pd: Para equilibrar las cosas, el próximo capitulo será desde el punto de vista de Neville.