NdA: ¡casi un año escribiendo en la sombra! Me está costando, pero en su día me comprometí a no subir nada hasta que lo tuviera terminado y he aquí las consecuencias. Quiero pedir perdón a la gente a la que jamás respondí su review. He leído todos y cada uno de los que me habéis escrito, y tenía una lista con el nombre del user y la historia en la que lo había dejado, pero la perdí allá por marzo y no había tenido la oportunidad de decirlo. Si alguien quiere que le conteste solo tiene que decirme "shurmana, me debes una respuesta" y me pongo a ello :)
Poco más que decir; este mito se lo debo a Kaori Higarashi. La idea es suya y aquí va el intento de desarrollarla. Kaori, soy de Gran Canaria, así que me pillas cerquita :D
¡A leer!
[Mito 12º] El hermano mayor coge antes su primera borrachera que el pequeño
A pesar de que causa una euforia explosiva y vibrante y que afecta al sistema nervioso hasta el punto de hacerlo perder la languidez para cambiarla por una penosa exhibición de movimientos bruscos y torpes, el alcohol es de esas cosas que Gaara no puede evitar si pretende que lo tomen en serio. Es una prueba de fuego que debe superar para hacerse valer, su forma de decir "si puedo con esto puedo con todo".
El alcohol es, francamente, una sustancia que le provoca pánico en estado puro. Más que cualquier demonio milenario, mucho más que la arcilla de Deidara y las marionetas venenosas. Ron, whisky, vodka negro. Da igual la graduación. Le suelta la lengua, deja sus secretos en carne viva y solo queda un chico con carencias y serias dificultades para mantener el equilibrio. A la vista de todos.
Y eso es algo que Gaara no puede permitirse y que necesita aprender a controlar. Con un poco de mentalización previa antes de la primera copa. Preferiblemente en espacios cerrados. En su casa. Esta vez no le ha dado tiempo, ni de prepararse ni de inventarse una excusa -habitualmente, Gaara necesita horas para idear una y poder soltarla sin tartamudear. Kankuro las llama batatas. Sí, como la hortaliza. ¿Ya me estás contando una batata, Gaara?-. Ha sido culpa de Kankuro, que ha insistido en salir a despejarse, tomar algo y reclamar su derecho a ser un vago repugnante y adolescente que no puede concentrarse en su trabajo durante más de tres horas seguidas.
Siempre empieza igual. Por una cena con los dirigentes de la constructora de la última escuela para niños con alguna discapacidad que les impide ser ninjas (es por una buena causa, Gaara, DIS-CA-PA-CI-TA-DOS, venga ya, ¿qué será lo siguiente, robarle el paraguas a las viejas de Suna mientras te ríes como un psicópata y ondeas tu capa?), o con un brindis por los nuevos lazos políticos que ha creado con una figura influyente del País del Fuego (a Naruto le va a decepcionar este feo…), o por el éxito del festival de música de Minyuku, que mezcla los ritmos tradicionales con los instrumentos más extravagantes que uno pueda imaginar. Panderetas de piel de anaconda del desierto, que sisean cuando uno les da con la palma, flautas que aúllan como chacales, timples que reproducen la melodía feroz de las tormentas de arena… y también trompetas que sueltan bocanadas de fuego de verdad, violonchelos fabricados con hielo que no se derrite, maracas rellenas de agua y perlas y tambores hechos a partir de hayas y secuoyas ancestrales. El de Minyuku es un festival internacional. Con chicas de todos los países, sin excepción.
Podría ser una perspectiva interesante para Kankuro si solo fueran chicas. Normalmente a Kankuro le encanta verlo borracho, porque los arranques de sinceridad de Gaara no suelen pasar de poner a caer de un burro a los vejestorios del Consejo y declarar que la última reunión fue un rollazo de los que marcan época, Kankuro, es que te lo cuento y flipas. Lo mejor es que habla con mucha más fluidez que estando sobrio. Un espectáculo digno de ver.
Normalmente, Gaara nunca pasa de ahí.
–Hola, encanto –Sonrisa peligrosa, llena de curvas. Acento y bandana del País de la Lluvia. No debe tener más de veinte años. Se sienta junto a Gaara en el banco de madera, dispuesto frente a un puesto de chupitos de canela y licor de plátano–. ¿Cómo te llamas?
Gaara le devuelve una sonrisa atontada, perezosa. Le ha llamado "encanto". Qué cosas, ¿encanto no es un piropo para chicas? Kankuro le ha dicho que no hable con desconocidos (pero si soy el Kazekage, hablo con desconocidos todos los días), pero Kankuro también le dijo cuando era pequeño que las dunas del desierto eran en realidad montículos de migas de galleta, que Lee es el hijo secreto de Gai, que el objetivo legítimo de Orochimaru es acumular el chacra suficiente para hacer que le crezcan pechos (permanentes y naturales, y Kankuro no dijo pechos exactamente, pero Gaara ha modificado el recuerdo para que sea un poco menos horrible e indecoroso) y que detrás del velo que tapa la mitad de la cara de Baki hay un botón rosa con un geranio pintado en el centro. Así que no hacerle caso parece el mecanismo lógico. Y el chico le ha llamado encanto. Y tiene unos ojos azules bastante simpáticos, y si se esfuerza quizá podría imaginar que es Naruto el que está flirteando con él (y sentirse patético al despertar, compuesto de resaca y escalofríos).
Es tentador. Abandonarse a la ilusión de que podrían darse la mano, y esperar unos meses para poder decirle que lo quiere y lo admira y lo quiere, darle ese margen para que Naruto sienta lo mismo y no se vea agobiado y abrumado por lo claro que lo tiene. Podrían pasear y hacer excursiones. Ver películas en algún proyector viejo. Desayunar pan requemado con mantequilla salada y bañar a la gata (que Gaara se sorprende llamando Naruto) entre los dos.
Gaara podría regalarle flores, si quisiera. Si a Naruto le gustaran, a Gaara no le avergonzaría comprarle un ramo gigantesco, ni escribirle una tarjeta con su caligrafía más esmerada (y eso que de por sí ya es elegante y fina, una mezcla entre florituras y patas de araña). Ni darle un beso, ni ser el segundo que lo hace. Estaría bien porque lucharía con todas sus fuerzas por ser el último.
Solo que en fin, llega un poco tarde. Sabe que no puede ser. Sabe que puede prometerle todo, pero que a Naruto le faltaría lo más importante, y Gaara no va a humillarse pidiéndole que intente conformarse con él, porque no funcionaría.
–Gaara. Del Desierto. ¿Y tú? –las palabras se funden como el caramelo unas con otras, dentro de su boca. Es medianoche y el calor pegajoso de la muchedumbre no puede tumbar al frío glacial del desierto. Gaara confía en la seguridad que ha organizado para el evento y no lleva su túnica magnánima y blanquísima de Kage, sino unos sencillos pantalones beiges, unas botas negras de piel de escorpión, un tupido suéter color jade y una confortable gabardina azul marino. Estornuda dentro de su vaso, al que dirige una mirada contemplativa, antes de dejarlo entre sus pies.
El tipo, que en algún momento le ha pasado un brazo por los hombros, da un respingo y palidece considerablemente. Luego recobra un poco la compostura, pero la comezón de la culpabilidad y la vergüenza ya le pican en la nuca a Gaara. No está lo bastante pasado para no entender su reacción.
–S-shobi Rosziatti.
A Gaara se le escapa un ronquido de risa.
–Tienes un apellido gracioso.
–¿Eres… eres ese Gaara?
Gaara se encoge un poquito, como si le estuvieran regañando, y nota el bochorno subiendo por la garganta a borbotones. Borracho y todo, sabe lo que encierra esa pregunta. ¿Eres ese Gaara, el que asesinó a toda aquella gente? ¿El que malvivió durante años con ese monstruo sellado dentro? ¿El que mató a su madre para nacer? ¿Eres ese Gaara al que su tío y su propio padre intentaron matar porque era demasiado peligroso e inestable? ¿Ese sanguinario, despiadado y cruel Gaara?
Debería disculparse, desearle buenas noches y levantarse.
Lo suelta todo de golpe, como un botín de monedas de oro al abrir el fardo sobre la mesa.
–Ya no soy así. Me cuesta un poco pillar las bromas y los dobles sentidos, pero me gusta dibujar paisajes y jugar al ajedrez. Y los caramelos de café, las canastillas de fruta y barquillo y el arroz con salsa de soja. Y mi hermana ha cambiado de opinión respecto a los críos y le gustaría tener uno después de los veinticinco, y yo lo cuidaré cuando salga a cenar con su marido y nunca le diré que no si necesita algún favor. Y estoy un poco, solo un poco enamorado de alguien que sé que no me quiere de esa forma, pero no pasa nada porque ya no soy así y él puede estar con quien quiera, y es la forma más agradable de la que me han roto el corazón. Y por ahí viene mi hermano, que lleva como mil años en esa barra, aparentemente ocupado pidiendo algo con ron y siendo fabuloso.
Le pica la lengua al terminar su alegato. La siente hecha de goma y cartón. No ha dicho ninguna mentira. Tal vez eso de que Kankuro es fabuloso sea exagerar. O tal vez no. Kankuro nunca se va de la oficina sin él, sabe de qué marca son sus palomitas favoritas y se enfada con los vendedores de los puestos siempre que pide chupitos de cereza y plátano (no más bebestible por hoy, renacuajo) sin alcohol para Gaara y media hora después, su hermano tiene la mirada entornada y las mejillas arreboladas.
Eso hace bastante justicia a su fabulosidad, en opinión de Gaara.
Kankuro se acerca haciendo aspavientos, derramando el contenido de los chupitos y salpicando a un grupo de chicos que calibran si buscar bronca con él (y que, tras una mirada furibunda en su dirección, huyen en bandada) mascullando algo de buitres asquerosos y no dejarlo solo ni cinco minutos, por lo menos las chicas se cortan un poco, pero los tíos invaden su espacio personal a la mínima de cambio, si serán sinvergüenzas de mierda.
–¿Qué quería ese? –exclama, viendo alejarse a Shiobi apresuradamente. Lleva la cara lavada e iracunda, tensa.
–Creo que después de saber mi nombre, nada.
–¿Tu nomb…? –se le dibuja un gesto de comprensión que apaga toda la furia de su rostro hasta volverlo otro que Gaara conoce bien. Uno tranquilo, preocupado y protector–. Pasa de él, Gaara. No dejes que te afecte.
–Tenía los ojos azules.
–Joder.
Kankuro nunca se ha emborrachado. Ni siquiera le ha dolido la cabeza al día siguiente ni se ha levantado con la boca seca y árida.
Gaara le tira de la manga de su anorak granate.
–Quiero escribir.
–¿Escribir?
–Sí. Se me ha ocurrido una historia superbuena, te lo juro.
Kankuro pasa la cabeza bajo su axila. Los incorpora a ambos, Gaara rodeándole el cuello con su brazo.
–¿Tiene que ver con Akamaru vestido con tutú salvando al mundo de Orochimaru y abriendo una franquicia de bolsos de piel de serpiente?
Gaara lo mira con los ojos muy abiertos.
–Nsí. ¿Cómo lo has sabido?
–Eres muy predecible.
–Ya veo.
–¿Por qué no jugamos a las palabras encadenadas? Fijo que se te ocurre un argumento mejor.
Su hermano le sonríe, confiado.
–Vale, sí.
–Perdona –otro buitre, esta vez del País de las Olas. Kankuro gruñe un qué abiertamente hostil–. ¿Estáis juntos? Mi amigo lleva un rato queriendo entrarte –le explica a Gaara. Cabecea hacia un chico con el pelo largo, de una tonalidad ceniza. La cara afilada adornada con una sonrisa tímida–, así que he pensado…
De todas las aldeas, la de la Arena sigue siendo la más conservadora respecto a la homosexualidad, pero el festival de Minyuku trae adherida una atmósfera de tolerancia y paz social que los desinhibe a todos. Todos son iguales ante la música, que nada condena y nada pide, solo respeto y amor por sus letras. Devoción por las voces, tan variadas como poderosas. Apreciación por la belleza en las facciones, la percha indistinta de hombres y mujeres. Por chicos como Gaara.
Así que antes de meditarlo, o antemeditarlo, o ante-antemeditarlo, Kankuro lo abraza posesivamente.
–¿Te atreves a preguntarme si puedes robarme a mi novio, gusano?
El buitre hace una mueca. Se rasca la nuca con las garras.
–Mierda. Lo siento, no sabía que…
–Mañana vamos a hacer dos años y tú vienes aquí con toda tu jeta y pretendes…
–¡Ya he dicho que lo siento!
–Bastante infiel me ha sido ya para que se lo pongas a tiro, gracias.
Se alejan del recinto del festival con un porte altivo, inconfundible, heredado. El porte de su padre.
La primera vez que Kankuro montó ese número, Gaara se escandalizó y no solo no pudo seguirle el juego, sino que lo estropeó por completo y espantó a sus pretendientes solo con la cara que se le quedó ("asustabas al miedo, Gaara, madre mía. Dios te guarde y no recuerde dónde").
–¿Por qué siempre me toca ser el infiel? –protesta Gaara, tambaleándose contra él–, si ni he estado con nadie ni nada.
–Los pelirrojos sois infieles por naturaleza. Todo el mundo lo sabe.
Gaara frunce las cejas, considerando su respuesta.
–Eso no tiene nada de sentido.
Kankuro no va a seguir discutiendo.
–Tomate.
El juego ha comenzado.
–Tenebroso.
Gaara contraataca.
–Soberbio.
Llegan a casa riéndose a carcajadas de la última invención de Kankuro ("zorpresa"), devoran con avidez los restos de arroz y miso del almuerzo y se pegan hasta la madrugada escribiendo una novela absolutamente dramática acerca de zombies vegetarianos sobre un documento oficial y aburrido de trece páginas.
A la mañana siguiente, Gaara se levanta antes que él, como de costumbre. Kankuro lo encuentra envuelto en un millón de mantas, con la nariz tan roja como su pelo y una taza de café entre las manos. Sentado en el sillón, con Zombeganos a un lado y la máquina de escribir en el regazo. El semblante le ha envejecido tanto en unas horas que Kankuro no puede mirarlo más de tres segundos seguidos.
–Vístete. Te la cambio por un desayuno equilibrado -Sin mediar palabra, sustituye el armatoste con la hoja a medio redactar por una bandeja con tostadas y zumo de pomelo recién exprimido–. Después de todo, soy el co-autor de Zombeganos y sigo insistiendo en llevar a nuestro bebé a todas las editoriales que se nos ocurran, pero no creo que sepan apreciarlo en el Consejo del Kazekag...
–Cuando bebo duermo del tirón –dice Gaara de repente. No lo interrumpe con brusquedad. Ni mucho menos. Es apenas un arrullo bronco y suave. Resignado-. No sueño nada. Se me llena la cabeza de algodón y casi no me importa haber hablado de mis sentimientos con extraños –levanta una mirada llena de cicatrices, como si no le quedaran energías para poner en pie el resto de su ser–. Casi no me importa que intenten... que las personas flirteen conmigo, o que montes uno de tus numeritos para irnos rápido a casa. Cuando bebo me da igual porque todo se evapora en mi mente. Todo menos él.
–Gaara...
Kankuro no está seguro de querer hablar de Naruto con su hermano. No es Temari. No se le da bien todo eso de consolar y dar esperanzas. Qué hago. Qué puedo hacer.
–Me gusta hablar de él estando ebrio. Siento como... como si lo conociera más que la mayoría de la gente.
¿Qué coño hago, Gaara? ¿Por qué no vienes con manual de instrucciones?
–Conoces a Naruto más que muchas personas.
Dar esperanzas, eso es. Consolar y dar esperanz-
–No lo conozco más que Sasuke.
Suena abatido, en los huesos, como si alguien hubiera bombardeado su fortaleza con mil técnicas físicas.
–Sasuke es un memo.
Y lo abraza. Su hermano se tensa durante un segundo y después, nada. Ni golpes, ni manotazos ni gruñidos. Kankuro no lo soltaría aunque Gaara intentara matarlo. Lleva años guardando ese abrazo para él y de repente le parece demasiado poco y desearía poder hacer más. Poder hacer algo.
–Me habría gustado decírtelo antes. Naruto es una buena persona. Y yo no puedo hacer nada, lo sé. En ese aspecto, quiero decir. Puedo ser su amigo, su hermano y su soldado. Lo que él quiera. Decírtelo no iba a cambiar nada de eso –añade algo más–. Intento abrirme, Kankuro. De verdad. Sé que piensas que solo lo hago estando borracho.
–Sé que abrirte te hace sentir vulnerable y comprendo cuánto te asusta. Y prefiero que aprendas a hacerlo sobrio, así que no te preocupes. Ha sido culpa mía. Podemos hacernos abstemios, ¿qué me dices? No tienes por qué controlarte estando cocido si nunca estás cocido –le pellizca la mejilla con afecto. Protector y mayor–. Eres humano, Gaara. Y no sé si te lo había dicho pero Sasuke Uchiha es un memo.
Por toda respuesta, Gaara profiere una débil sonrisa.
Tres días después, Kankuro echa el último candado a su taller. Sostiene una marioneta pálida a la que hace hablar arrastrando las palabras. La mata de cabello azabache está tan conseguida que Gaara se pregunta si será pelo de verdad.
–No es por echarme flores, pero te va a encantar –canturrea con complicidad–. Le he insertado un mecanismo para que haga el Chidori y se queme el culo.
Gaara lo mira con reproche. Y una pizca de diversión.
–No puedo aceptarlo. Soy lo bastante maduro para afrontar mi situación y no necesito pagar mi frustración con Sasuke. Ni con objetos inertes que se le parezcan.
Una vez chamuscada a base de bien, la marioneta de Sasuke Uchiha sirvió de rascador para la gata.
Soy como Tristeza. Dadme una idea divertida y la transformaré en esto (salvo en el fandom de Teen Wolf. No sé por qué ahí logro que el humor sobrepase al drama ´u`).
¿Un review con vuestra bebida alcohólica favorita? La mía es el Baileys con mucho hielo :3
¿Sugerencias para el próximo mito?
