12
Por primera vez desde que empezara toda aquella pesadilla, Holmes se permitió experimentar una increíble sensación de esperanza, aunque la empañase el horror.
Tenía una pista, una verdadera pista que no había colocado "Bryson", o quien había resultado ser en realidad: Wilson. Conocía el auténtico nombre de su enemigo, e incluso tenía una dirección. Por desgracia, era antigua. Según el diario de Watson, Wilson se había mudado no mucho después de ser interrogado por la policía.
Entonces recordó que la última víctima conocida de Wilson había sido torturada antes de morir. Holmes sabía, por supuesto, que Watson no habría estado disfrutando de una vida de lujo todo este tiempo, pero aun así experimentó una desesperación aún mayor. Aunque encontrara vivo a Watson, ¿quién sabe en qué estado se hallaría? Podría estar terriblemente mutilado o…
"¡Para de una vez! —se regañó—. Tienes una pista, ahora debes seguirla."
La antigua dirección de Wilson era en el East End, cerca de los muelles. Holmes tendría que ponerse algún disfraz para evitar ser reconocido. El de rudo estibador le serviría.
Mientras reunía los diarios de Watson, echó un vistazo por la ventana. La luz grisácea del amanecer comenzaba a despuntar por encima de los tejados. Holmes tragó saliva. Ya había perdido cuatro días, y ahora sólo le quedaban diez.
"No se rinda, Watson. Por favor, ¡no se rinda!"
Sacudiéndose esos pensamientos, devolvió los diarios a su lugar en la estantería.
Echó un vistazo al espejo de la pared. No se había afeitado en varios días, y sus ojos verdigrises estaban ligeramente hundidos. Pese a llevar su propia ropa, tenía un aspecto rudo y peligroso. Esperaba que sus habilidades interpretativas no lo traicionaran.
En ese momento, recordó algo.
Wilson había contratado a un agente (si es que no era él mismo) para seguir a Holmes y mantenerle al tanto de lo que hacía. Sabía que Wilson estaba familiarizado con su don para el disfraz, como había manifestado en su primer encuentro, así que eso significaba que, probablemente, también lo siguiera ahora.
Ya había pensado en llevarse el revólver, porque el East End no era un lugar al que uno quisiera ir desarmado si podía evitarlo, pero ahora, definitivamente, estaría en guardia. Esta vez, intentaría pillar a su perseguidor in fraganti. Sólo podía rezar para que eso ayudara a salvar la vida de Watson y no para que acabara muerto.
Holmes volvió a la sala de estar y se encontró a la señora Hudson poniendo orden.
—¿Encontró lo que buscaba? —preguntó.
Holmes asintió mientras entraba en su habitación para prepararse.
—Debo irme, señora Hudson. Regresaré en cuanto me sea posible.
Tardó una hora en preparar su disfraz y, al parecer, tardaría dos más en llegar a la antigua dirección de Wilson. Al menos, Holmes podría inventarse una historia en ese tiempo. No tenía energías para improvisar nada.
X X X
Aporreó la puerta con el puño.
—¡Abra, le digo! ¡Necesito hablar con usted!
Una mujer bastante corpulenta, con el pelo gris y un lunar en la mejilla izquierda, abrió la puerta.
—¿Cuál es su problema? —gruñó—. ¿Tiene idea de la hora que es?
—¡Estoy buscando a ese fulano que me vendió un pájaro enfermo! —Holmes no tuvo que esforzarse en fingir la rabia que había en su voz—. Lo compré para mi sobrina, ¿sabe? Es una niñita muy dulce. Como soy su tío favorito, pensé en darle una sorpresa con el pájaro. El imbécil que vive aquí me aseguró que sus pájaros estaban fuertes y saludables y que vivirían mucho tiempo. Bien, tuve que hacerme a la mar poco después de darle a mi sobrina su nueva mascota, y cuando volví, ¡me enteré de que el pájaro se había muerto al día siguiente! ¡Y ahora, más vale que me lo traiga aquí para que tenga unas palabras con él!
La mujer meneó la cabeza.
—Si se refiere a ese imbécil de Wilson, tuve que echarlo. Esos malditos pájaros suyos armaban un jaleo espantoso a todas horas. ¡Y el olor! No me habría importado tanto si al menos se ocupara de esas pobres criaturas, ¡pero ni eso hacía! Y se suponía que era un experto, imagínese. Vaya un experto, siempre era yo la que tenía que alimentar a sus estúpidas mascotas.
—No sabrá a dónde se fue, ¿verdad? Tengo que ajustarle las cuentas. Mi pobre sobrinita se disgustó tanto que se negó a salir de su habitación durante dos días. No dejaré que nadie se vaya de rositas después de hacerle daño, ¿entiende? No tengo nada contra usted.
"Y, ciertamente, no dejaré que nadie se vaya de rositas después de hacerle daño a Watson", se dijo Holmes, aliviado de que su actuación pareciera estar funcionando casi a la perfección.
La mujer frunció el ceño.
—No me dio su nueva dirección. Y me habría gustado que lo hiciera, porque aún recibo quejas de antiguos clientes como usted. Lamento no ser de más ayuda.
Holmes sintió que se le hundían los hombros. ¿Qué se suponía que haría ahora? Era obvio que esa mujer decía la verdad. Estaba claro que sentía muy poco cariño por su antiguo inquilino. A Holmes iba a tener que ocurrírsele algo más.
—Gracias de todos modos, perdone por molestarla.
Holmes se dio la vuelta para marcharse. Mientras se alejaba, la casera dijo:
—Si lo encuentra, dele un coscorrón de mi parte.
Eso casi lo hizo sonreír.
Cruzó la calle, procurando estar atento al más mínimo indicio de problemas. No vio ni oyó nada fuera de lo normal, pero sabía que eso no significaba necesariamente que no lo estuvieran siguiendo. Podía hacerse invisible si surgía la necesidad. Por otro lado, puede que al verlo hablar con la antigua casera de Wilson, su perseguidor hubiera ido a informar de ello. Tenía que haber algún modo de pillarlo por sorpresa, algún modo…
Un repentino crujido y una voz que gritaba "¡Mira por dónde vas, maldito idiota!" arrancaron a Holmes de sus pensamientos. Se volvió hacia la casa junto a la que acababa de pasar. Un caballero muy borracho y musculoso se tambaleaba sobre la figura despatarrada de otro caballero, con el que obviamente había tropezado. Éste último comenzó a levantarse. Cuando vio a Holmes, se marchó en la dirección opuesta.
Holmes corrió tras él. Ése tenía que ser el hombre que lo estaba siguiendo, ¿por qué otra razón saldría huyendo cuando Holmes lo miró? Agradecido, Holmes saludó con la cabeza al borracho, que todavía andaba haciendo eses.
Estaba claro que el antiguo perseguidor no estaba acostumbrado a ser el perseguido. Quizá aún estuviera nervioso por haber sido descubierto, ¡y de qué manera, además! Cometió un error fatal al meterse en un callejón. Resultó que no tenía salida.
—No hay lugar a dónde ir —le dijo Holmes con su propia voz.
El asalariado apoyó la espalda en la pared.
—Sé que te ha pagado Peter Bryson, aunque puede que haya usado su propio nombre, Andrew Wilson. Ah, veo en tu mirada que lo conoces. Entonces, debes saber dónde está.
El hombre sacudió la cabeza.
—Vamos —dijo Holmes con suavidad mientras sacaba el revólver del bolsillo—. Debe haber algún lugar donde lo informes de tus descubrimientos. Quizá le envías un telegrama, ¿hmm? No te irás de aquí hasta que me digas dónde puedo encontrar al hombre que te contrató.
Su prisionero esbozó una sonrisa arrogante.
—El jefe dijo que usted no me hará daño porque, de lo contrario, él se lo hará a su amigo.
Holmes se abalanzó sobre él y lo golpeó con la culata de su revólver.
—Si eso es cierto, te ruego que me digas por qué echaste a correr cuando te vi. Si la supervivencia de mi amigo dependiera de que vuelvas sano y salvo, te habrías quedado donde estabas, sabiendo que yo sería incapaz de tocarte.
Holmes sabía que estaba corriendo un riesgo enorme al hacer eso, pero puede que fuera la única oportunidad que tenía de salvar a Watson. Inmovilizó a su aterrorizado prisionero contra la pared y apoyó el cañón del revólver en su cabeza.
—Dime cómo te pones en contacto con tu jefe para contarle lo que descubres y puede que te deje ir.
El hombre tragó saliva.
—Nos conocimos en las carreras. Me dijo que todo lo que tenía que hacer era seguirlo a usted y asegurarme de que no hablaba con quien no debía.
—Estoy perdiendo la paciencia. Dime cómo te pones en contacto con él.
—N-normalmente le e-envío un telegrama —tartamudeó el hombre. Lanzó un chillido de dolor cuando Holmes apretó el revólver contra su cráneo.
—Muy bien, entonces vas a enviarle otro telegrama, y le dirás exactamente lo que yo quiero que digas.
