Capítulo 12 - Los vivos están muertos III
Primera parte: Salt Meets Wound
El número 12 de Grimmauld Place estaba diferente.
El retrato de la señora Black había, por fin, desaparecido. (Al pasar al lado del hueco que había ocupado en el pasado, Hermione se preguntó, fugazmente, cómo habrían conseguido quitarlo). Habían también pulido las escaleras, sustituido el enmohecido papel de las paredes y cambiado el deteriorado mobiliario. Sobre los nuevos muebles de madera clara había multitud de jarrones llenos de flores y fotografías. Ginny, Harry y el pequeño Teddy Lupin sonreían desde la mayoría de los marcos. En el resto, miembros de la familia Weasley y la Orden posaban en grupo o en parejas.
Prácticamente todos sus seres queridos, esas personas que cuatro años atrás habían sido una parte fundamental de su vida, estaban ahí.
Y de ella, de Hermione, no había ni rastro.
Tragó saliva, sintiendo crecer el nudo de la garganta. Porque, aunque nada de aquello la sorprendía, no por ello dolía menos.
Un par de pasos por delante de ella colgaba un retrato especialmente grande; desde él, Molly la estudiaba con el ceño fruncido y los labios apretados. A su lado, Arthur mantenía la cabeza gacha. Ni siquiera su fotografía parecía capaz de mirarla.
—¿Hermione? —Cuando se detuvo, los dedos de Harry le rozaron el hombro con cautela. Su voz fue solo un susurro, apenas lo suficientemente fuerte como para que su aliento le acariciase el lateral descubierto del cuello. La piel de Hermione se erizó. ¿Era anhelo o repulsión lo que sentía?
Optó por fingir que no había escuchado su voz y, antes de que Harry pudiera volver a hablar, echó a andar una vez más. Se apresuró pasillo abajo, con la espalda tensa y la mirada tercamente clavada en la puerta que se abría al final del corredor. La traspasó con un suspiro de alivio que murió en sus labios nada más nacer.
También la cocina estaba diferente. Nueva, limpia. Acogedora. Se adivinaba la mano de Ginny detrás de cada uno de aquellos cambios.
Se sorprendió al darse cuenta de que lo que sentía era una punzada de celos. Celos por haberse perdido todo aquello, por haber sido sustituida con tanta facilidad. Dolida, se mordió el interior de la mejilla. No soportaba ser tan débil. No soportaba echarlos tanto de menos.
—¿Quieres sentarte? —Harry se había detenido junto a la cabecera de la mesa y Hermione, a pesar de saber que Ginny no aparecería por allí en las próximas horas (tendría que volver a agradecerle a Luna su ayuda cuando la viera), se permitió lanzar una última mirada de duda hacia la puerta.
En el fondo, casi esperaba encontrar alguna excusa para salir corriendo de allí. ¿En qué demonios había estado pensando? ¿Qué creía que iba a pasar ahí? ¿Que iba a decir algo como «Eh, hola, Harry. ¿Crees que podríamos hablar sobre lo que pasó? Verás, hay un detalle importante que no os he contado. ¿Qué tal si lo hablamos mientras tomamos unas cervezas de mantequilla?» Sí, eso sí que estaría bien, se dijo con ironía. «Y, ah, por cierto, si os estáis preguntando por qué he decidido contaros esto ahora, es solo porque Draco ha empezado a meter sus asquerosas narices donde no le llaman». Hermione era consciente de que el pánico la estaba haciendo perder el control de sus pensamientos, pero ya no podía parar. «Así que pronto toda Inglaterra sabrá que me quedé enbarazada. Y entonces empezarán a investigar y lo descubrirán y…»
—¿Hermione? —La voz de Harry consiguió frenarla en seco. Sus dedos se crisparon sobre el respaldo de la silla. Sin decir palabra, con los labios firmemente apretados, la apartó con un movimiento brusco y se dejó caer sobre ella. El corazón le palpitaba con tanta fuerza que notaba los latidos en la garganta.
Mientras Harry se sentaba, Hermione volvió la mirada hacia sus manos. Buscando tranquilizarse, sus uñas empezaron a trazar el contorno de uno de los oscuros nudos de la madera.
No sabía cómo empezar. No sabía si sería capaz de hacerlo. No sabía si algún día sería capaz de volver a hablar.
¿Y si él no la creía?
¿Y si él no podía perdonarla?
—Creía que no querías hablar conmigo.
Gracias a Merlín, fue Harry quien rompió el silencio. Su voz le dio fuerzas para mirarlo. Él no parecía enfadado, ni siquiera resentido. Solo confuso. Curioso, quizá. El latido de su corazón se estabilizó.
Hermione recordó su último encuentro, aquel día en la enfermería. La rabia, lo menospreciada que se había sentido. La sensación de que él la estaba utilizando. Y, sin embargo, ahí estaba. En ese instante, lejos de las sombras de la noche, él parecía sincero.
—Y yo creía que tú me odiabas —replicó con suavidad.
Harry la miraba con una expresión indescifrable. La cabeza ladeada, los labios apretados, los ojos cansados tras las gafas. A Hermione le pareció que, entre el pelo largo y revuelto, la cicatriz tenía un matiz rojizo.
Tras una pausa, Harry suspiró.
—Yo no te odio, Hermione —dijo en voz baja. Ja. Ella tuvo que contener un bufido; no era esa la impresión que había tenido en Hogwarts—. Pero… Tampoco te entiendo. No entiendo nada de esto —Harry hizo un gesto con las manos que abarcó todo lo que lo rodeaba y para terminar, puede que sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, golpeó la mesa con el puño—. Nada.
En lugar de encogerse, Hermione le aguantó la mirada.
Por algún extraño motivo, aquel gesto la había hecho acordarse de Draco. De sus arrebatos, de su mano en su garganta, apretando. Y se acordó de su extraña fragilidad, de sus lágrimas contenidas. De inmediato, se sintió más valiente. Infinitamente más valiente.
—Por eso estoy aquí—explicó—. Porque no aguanto más. No debería haber vuelto a Inglaterra. —Tragó con fuerza, tratando de poner en orden sus pensamientos—. Pero lo hice. Y no puedo seguir mintiéndome a mí misma.
Harry tenía el ceño tan arrugado que las gafas se le habían resbalado un poco sobre la nariz.
—¿Mintiéndote? ¿En qué?
Hermione inspiró hondo, pensando a toda velocidad. Había tantas cosas que Harry no sabía… Y ella no tenía mucho tiempo.
—Cuando desaparecí, cuando me alejé de vosotros, pensaba hacerlo para siempre —empezó, sin saber muy bien si aquel era el punto de partida correcto—. No iba a volver. Creía que era lo mejor. Intentaba… —dudó, porque no sabía cuál era la palabra adecuada— …protegeros. Tienes que creerme —se apresuró a añadir al ver que Harry había abierto la boca. Él pareció pensárselo mejor, porque la volvió a cerrar—. No sé por qué me dejé convencer para volver, Harry. De verdad que no lo sé. —Tomó aire otra vez—. La profesora McGonagall vino a buscarme personalmente a Uagadou. Pasé un par de meses allí, estudiando magia —explicó, al ver la mueca de Harry—. Después de haber estado en Castelobruxo y… en Durmstrang.
Los dedos de Harry se crisparon al escuchar el último nombre. Pensaba en Viktor, era evidente.
—McGonagall sabía que no estaba pasando una buena época. Pansy seguía aquí, en Londres. Estaba sola. —Las palabras empezaban a agolpársele en la garganta. Cada vez hablaba más deprisa. Sentía una sorprendente sensación de alivio; esas palabras, por inofensivas que fueran, eran el comienzo. Un intento de reparar su error—. Me dijo que no podía seguir escondiéndome. Que si volvía podría optar a un buen puesto en el Ministerio. Que incluso podría trabajar en Hogwarts, si eso era lo que quería. —Sin darse cuenta había enterrado la uña en el borde del nudo—. Pero, para eso, tenía que presentarme a los ÉXTASIS. —Suspiró—. No sabía qué hacer, echaba de menos a Pansy… Desde la muerte de mi hija… —Se le quebró la voz, la uña se enterró más en la madera.
La silla de Harry arañó el suelo cuando él se echó hacia atrás.
—¿Cómo? —Pausa—. ¿Tu hija…? —Cuando volvió a hablar, la voz de Harry era un susurro que terminó por quebrarse bajo el peso de las palabras que no consiguió llegar a pronunciar. Sonaba incrédulo. Temeroso.
Si hubiera tenido elección, Hermione hubiera mantenido la cabeza gacha para siempre, se hubiera negado a volver a mirarlo. No quería enfrentarse a su expresión de lástima, a su condescendencia. Todos la miraban así. Incluso Pansy. Y Draco, ahora Draco… Merlín, Hermione odiaba que sintieran pena por ella. Su pena palidecía en comparación con lo que ella sentía cada día. No la necesitaba. No iba a traerle a su hija de vuelta. No iba a cambiar el pasado.
Al fin, alzó la mirada. La clavó en la de Harry, aferrándose a ella como si fuera un salvavidas, negándose a fijarse en nada más. Los ojos de Harry brillaban, tristes. ¿Por ella? ¿Por su hija, que no había llegado a ver la luz del sol? ¿Por ambas?
Ah, si Harry supiera…
Qué sencillo es vivir en la ignorancia, pensó.
—Si te cuento la verdad, me odiarás. Ron me odiará. —Se apartó un mechón de pelo de la cara. Estaba áspero y descuidado. Sin Pansy para cuidar de ella, Hermione no había vuelto a preocuparse por su aspecto—. Si lo que creéis que he hecho es malo…
—Hermione —la interrumpió Harry con firmeza y ella lo agradeció. Hasta entonces había conseguido dominar el pánico, pero la sensación de terror no había desaparecido por completo. El miedo permanecía al acecho en su pecho, como una sombra esperando para asaltarla al mínimo descuido—. Habla claro.
Chasqueó la lengua.
—De acuerdo —aceptó—. Pero, antes, quiero que seas sincero conmigo. Quiero que me digas lo que piensas de mí. Todo lo que piensas de mí. —Pausa, mientras reunía el valor necesario—. Y lo que Ron piensa de mí.
Harry agachó la mirada. Un momento después se levantó y, como si fuera incapaz de permanecer a su lado, se acercó a la ventana dando un par de zancadas. Apoyó la frente, presionando con fuerza la cicatriz, en la ventana empañada y cerró los ojos. Sus hombros se relajaron perceptiblemente al contacto con el cristal frío.
—¿Harry?
¿Tanto la despreciaba que ni siquiera quería tenerla enfrente cuando se lo confesara?
Cuando se volvió, él se frotaba la cicatriz.
—Yo no te odio —repitió—. Sé que no lo parece por la forma en que te he tratado, pero… Cuando te hirieron, me sentí mal. Pensé en todo lo que nos habíamos perdido, en cómo habían cambiado las cosas… No, no te odio.
Hermione había clavado la mirada en su frente, un poco por encima de sus ojos. No se había atrevido a mirarlo directamente. Sí, no había duda. La cicatriz parecía un poco hinchada. Se preguntó si Harry sería consciente de ello.
—Tampoco creo que Ron te odie —continuó Harry—. Pero ¿qué querías que hiciéramos? Nos abandonaste, sin ninguna explicación. —Empezaba a alzar la voz, pero no parecía enfadado. Nervioso, quizá—. Rompiste tu compromiso con Ron de un día para otro, ¡te líaste con Krum…! Y ni siquiera tuviste el valor de contárnoslo. Ginny te descubrió, Ginny nos lo contó… —Hermione apretó los dientes ante la acusación. El nudo de la garganta, ya casi desaparecido, volvía a crecer—. ¡Te quedaste embarazada! —Soltó una risa baja, brusca, tensa—. Y, encima, decidiste desaparecer. —Había tristeza en su voz, pero también decepción, miedo, ira—. ¿Qué creías? ¿Que no lo entenderíamos? ¿Que no te apoyaríamos? Nos abandonaste por miedo a que nosotros te abandonáramos a ti… —Su puño golpeó la pared y Harry pareció perder toda su energía de golpe—. Creía que nuestra amistad significaba más para ti —dijo, en voz más baja. De pronto, casi susurraba—. Cuando dejaste a Ron, lo destrozaste. Cuando te marchaste, me destrozaste a mí. Y te dio igual.
Muy a su pesar, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—No es lo que crees —protestó con voz débil—. Cuando me marché, pretendía escribiros. Es cierto que no quería criar aquí a mi hijo, pero tampoco quería renunciar a vosotros por completo. —Nerviosa, jugueteaba con el botón superior de su blusa—. Fui egoísta, lo sé. Pero no sabía qué hacer.
—Y, sin embargo, nunca escribiste.
—No. —Pausa. El miedo volvía solo con recordarlo—. Pero… —Se le quebró la voz—. No porque no quisiera, Harry. —Hermione le vio cerrar los ojos, solo un instante, cuando pronunció su nombre. Como si doliera—. No tuve oportunidad de hacerlo.
Harry arqueó las cejas, esperando una explicación. Ella volvió a apretar las uñas contra la madera, sabiendo que lo difícil estaba por venir.
—Conoces a Roran, ¿verdad? —empezó, al fin.
No dijo más. Mientras pudiera evitarlo prefería evitar entrar en detalles sobre él, pues incluso la mera mención de su nombre bastaba para helarle la sangre. En cualquier caso, estaba convencida de que Harry lo reconocería; en esos cuatro años de hiatus escolar, él y Ron habían colaborado con el departamento de aurores. Y, por lo que Hermione sabía, Roran había sido uno de los partidarios de Voldemort que más problemas había causado al Ministerio tras la Batalla de Hogwarts.
Efectivamente, a Harry le costó solo un par de segundos ubicar el nombre. Cuando lo hizo, su ceño se frunció.
—¿Roran? ¿El que actuaba como líder de los carroñeros en el norte?
Hermione asintió lentamente. El ceño de Harry se frunció más.
—¿Y qué tiene Roran que ver contigo? —Empezaba a perder la paciencia, lo sabía. Podía verlo. Casi palparlo. Estaba inestable; quedaba en él una minúscula sombra de esa irritabilidad que lo había caracterizado en el pasado, en esos años en que Voldemort había amenazado con apoderarse de su mente.
—Cuando decidí alejarme de vosotros, decidí también dejar Inglaterra. Escribí a Viktor —ignoró la mueca de desprecio de Harry— y acordamos que podría pasar una temporada en su casa mientras ponía mis asuntos en orden.
Harry volvió a dar un par de pasos en su dirección. El enfado no había desaparecido, pero se inclinaba hacia ella como si quisiera captar cada una de las sílabas que Hermione pronunciaba en voz baja. Como si bebiera de ellas.
—Sabía que si te enterabas de lo que planeaba hacer, intentarías que cambiara de opinión. Puede que también lo hicieran Neville y Luna, incluso George. Puede que Ginny. —Se encogió de hombros—. Ron, no. Estaría enfadado, dolido sobre todo. Y yo lo entendía, era lógico. —Harry asintió apenas—. La verdad es que no quería causar problemas. No quería pelear con nadie. No quería que tratarais de convencerme. Quería desaparecer. Tenía que desaparecer antes de poder retomar el contacto. Así que no podíais enteraros de que me estaba preparando para marchar. Por aquel entonces, los periodistas nos seguían a todas partes, ¿recuerdas? —Una diminuta sonrisa curvó los labios de Harry. Fue efímera, pero a Hermione no le pasó desapercibida. Ser héroes de guerra nunca había sido fácil—. Os dije que necesitaba un fin de semana de tranquilidad. —Sacudió la cabeza. Aquel había sido el principio del fin. Si lo hubiera sabido… Si lo hubiera sabido las cosas hubieran sido muy distintas—. La verdad es que me fui al Londres muggle, a las afueras. Solo iban a ser un par de días. Antes de irme, dejé una carta en mi casa en la que os decía que, en realidad, no pensaba volver.
—La encontramos. —La voz del que en otro tiempo había sido su mejor amigo era seria—. Nada más, ninguna explicación. Solo eso, que no ibas a volver.
—Y por eso creísteis que os había abandonado, ¡pero no fue así! —chilló Hermione—. Pensaba escribiros. No quería renunciar a vosotros. Pero…
—¿Pero…? —la animó Harry. Se había acercado tanto que ya había llegado al otro extremo de la mesa.
—Pero Roran me encontró.
Hermione vio como los ojos de Harry se abrían tras las gafas.
—Bueno, más o menos —prosiguió—. Fue Gregory. —Su segundo al mando. Un hombre bruto y sádico, pero no excesivamente avispado en comparación con Roran, ni sediento de poder. A Roran no le gustaba la competencia—. Le gustaba buscar víctimas en los suburbios. Sangre sucias, muggles. Me reconoció enseguida, claro. Y me pilló por sorpresa.
—Es imposible. —Harry apartó la silla, se sentó. Hablaba despacio—. El Ministerio nunca tuvo constancia de que…
Hermione resopló.
—¿El Ministerio? Si por el Ministerio hubiera sido, nos habríamos podrido en la celda en la que Roran nos metió.
—¿«Nos»?
Ella ignoró la pregunta de Harry. Había que ir por partes.
—Creísteis que me había ido, ¿así que por qué ibais a buscarme? ¡Y nunca encontrasteis a Roran, ¿verdad?! —Resopló—. Déjame adivinar: se esfumó, ¿no? De un día para otro, sin más.
Despacio, él asintió.
—Pues déjame decirte una cosa, Harry: está muerto. Muerto. Y no gracias al Ministerio.
Harry la miraba con los ojos como platos.
—¿Cómo lo sabes?
—¡Maldita sea, Harry! ¿Es que no escuchas? —Había desesperación en su voz, desesperación por que él la creyera, por que la entendiera—. ¡Yo estaba ahí!
Tras pronunciar la última palabra, Hermione pareció desinflarse. Harry se había puesto pálido.
Ella volvió la mirada a sus manos. La parte difícil no había hecho más que comenzar.
—Sé que Ron y tú no entendéis mi relación con Pansy. —Tomó aliento—. Ni por qué Slytherin. Ron debe pensar que soy una traidora. —No le dio oportunidad a Harry de desmentir sus palabras, aunque tampoco esperaba que lo hiciera—: Pero Pansy estaba allí, Harry. Estuvo allí, conmigo. Ella también lo vivió. Es la única que lo entiende. —La voz empezó a temblarle y supo que, si seguía hablando, sería incapaz de mantenerse fuerte. No podía recordar todos aquellos horrores sin quebrarse—. La trajeron un tiempo después. Entonces no supe exactamente cuándo, porque allí dentro era imposible saber qué día era. Después supimos que habían sido tres meses. Pasé allí tres meses, sola. Y luego Pansy… No te puedes ni imaginar lo que era aquello. En cuanto la vi… Ya no importó, Harry. Gryffindor, Slytherin. Nada de eso importaba. Estábamos allí, las dos. Solas. Juntas. —Calló. No iba a contarle a Harry por lo que Pansy había pasado. Día tras día. Aquello no era asunto suyo—. No te puedes imaginar lo que nos hacían… —La primera lágrima resbaló. Cayó sobre la mesa y quedó intacta sobre la madera, una diminuta gota redonda—. Las maldiciones, las torturas….
De pronto, sintió los brazos de Harry sobre sus hombros. Su amigo —aquel volvía a ser su amigo, su mejor amigo, aunque fuera por un momento— se había acercado y la abrazaba con fuerza por detrás. Su desprecio, su enfado se habían esfumado. Hermione sentía su mejilla caliente apoyada contra la suya, húmeda. La montura de metal de sus gafas se le clavaba en la oreja. Quiso reír, a pesar de todo.
—Calla —le dijo Harry—. Lo sé. Lo entiendo. —Y claro que lo sabía. Claro que lo entendía, porque él había visto todo aquello, todo lo que ella había vivido, todo lo que Pansy había vivido y mucho más mientras trabajaba para el Ministerio. Aun así, las próximas palabras que pronunció la sorprendieron—: Lo siento. Lo siento, lo siento. —De pronto, él parecía incapaz de decir más. ¿Por qué se disculpaba? ¿Por no haberla encontrado? ¿Por haber creído que ella había tomado la decisión consciente de dejarlos? ¿Por todo lo que había tenido que soportar? Hermione no lo sabía, pero le bastaba con saber que él la creía. La creía sin reservas. Lo sentía en la fuerza con que la abrazaba, en el ronco susurro de su voz.
Y, a pesar de todo, había algo que Hermione tenía que decir. Algo que tenía que repetir, algo que tenía que repetirse a sí misma.
—Mi hija está muerta, Harry.
Y era culpa suya. Suya, por haberse dejado atrapar. Por haberse dejado torturar. Por no haber conseguido escapar. Por no haberla protegido.
Su hija había muerto sin ver la luz del sol siquiera una vez.
Ya no hubo palabras. Solo un abrazo que se hizo, si cabe, más profundo y en el que Hermione lloró y lloró las lágrimas que había retenido durante semanas. Durante meses. Y, durante todo ese tiempo, se odio por ello, por haber sucumbido tan fácilmente ante Harry. Porque él no sabía lo más importante. Porque era una cobarde que al final se había guardado lo esencial, lo que en realidad había ido a contarle. Así que en el fondo nada había cambiado.
—He venido a contarte la verdad —dijo, entre sollozos, más para sí misma que para Harry. Y no soy capaz. ¿Por qué no soy capaz?
Había huido de casa de Draco corriendo, dispuesta a contarle todo a Harry. Todo. Había estado convencida de que era lo correcto. ¿Por qué ahora no podía hacerlo?
Porque no quería perder aquello. No quería arriesgarse a que Harry volviera a apartarse de ella. No soportaba pensar que, una vez confesara la última parte de su historia, Harry volvería a mirarla con repugnancia, con desprecio. No se había dado cuenta hasta entonces, pero los brazos de Harry a su alrededor eran el bálsamo que necesitaba. Su perdón —ya habría tiempo para buscar el de Ron después— era lo que necesitaba para empezar a sanar.
—Mmm… —susurró Harry contra su pelo. No se había movido, a pesar de que la postura debía de ser incómoda para él. Su cercanía le hacía recordar a Hermione momentos del pasado, muchos momentos del pasado.
Y, sin embargo, en el fondo se sentía incómoda. Agradecía su consuelo, agradecía que intentase alejar el horror de los recuerdos de Roran, pero era innegable que algo se había roto entre ellos. Un día, una charla, una confesión no bastaban. Harry era un extraño para ella.
Se desembarazó de su agarre con suavidad, sorbiéndose los mocos. Estaba hecha un desastre. Si Pansy la viese en ese momento, la mataría. Theo, en cambio, se reiría. De la reacción de Draco, no obstante, no estaba tan segura. Antes hubiera estado segura de que la hubiera mirado con asco. Pero después de verlo despatarrado en el suelo de su habitación, completamente borracho y… ¿pidiéndole que se quedara?
No, aquello debía haberlo imaginado. Aquello era lo que Hermione hubiera deseado que él hubiera hecho, nada más.
—Creo que debería irme. —Hermione se puso en pie. No sabía a dónde iría. No tenía ningún lugar al que ir, ningún lugar propio. Nadie que la esperase. Pero tampoco podía quedarse más tiempo allí.
El espejismo de su mejor amigo había desaparecido y una distancia invisible volvía a abrirse entre Harry y ella —más pequeña que antes, sí, pero distancia al fin y al cabo—. Él la miraba con expresión cauta. Una mezcla de tristeza, pena y desconcierto que a Hermione le provocó un escalofrío. Casi, casi, prefería la furia. Al menos, el rencor se basaba en lo que habían vivido juntos, en el pasado. Esta nueva mezcla de sentimientos le indicaba que también para Harry su relación había cambiado por completo, que ella se había convertido en una desconocida para él.
¿Alguna vez recuperarían lo que tenían? ¿Merecería la pena siquiera intentarlo?
Echó a andar hacia la puerta. Ya estaba en el pasillo cuando escuchó los pasos de Harry tras ella.
—¿Y lo has hecho?
Se detuvo y se volvió para mirarlo por encima del hombro.
—¿Perdón?
—Si me has contado la verdad.
Más o menos, pensó. Ni siquiera entonces, ante la pregunta directa de Harry, se atrevió a sincerarse por completo y echar por tierra los avances que habían logrado esa tarde. Quizá estuviera cometiendo un gigantesco error, pero no se sentía con fuerzas. El corazón de Hermione dio un vuelco, decepcionado.
—¿Estás diciendo que no crees que Roran…? —Enarcó las cejas.
Se alegró de ver que Harry tuvo la decencia de sonrojarse.
—No, no es eso. Pero ¿por qué ahora? —Volvió a frotarse la cicatriz. Lo hacía con tanta fuerza que la piel había tomado un color rojizo—. ¿Por qué has venido ahora? Es lo que no entiendo.
Hermione negó con la cabeza y sonrió con tristeza, porque ya había perdido la cuenta de cuántas veces se había hecho a sí misma esa pregunta.
Estaba allí porque Draco había descubierto parte de su secreto, ¿no?
Estaba allí porque tenía miedo de que la verdad saliera a la luz, ¿no?
Y, sin embargo, había algo que no encajaba. Y ella lo sabía. En el fondo, lo había sabido todo ese tiempo. Porque Draco había guardado silencio.
Solo al abandonar el número 12 de Grimmauld Place, Hermione comprendió por fin. Y, al hacerlo, se quedó sin aliento.
Segunda parte: The Way of Brutus
Brutus Malfoy era un hombre imponente, a pesar de su avanzada edad. Era el hermano de su difunto abuelo, Abraxas Malfoy, y, aunque Draco apenas recordaba a su abuelo, sabía que Brutus había heredado la misma mirada cruel y su deseo de poder.
Narcissa lo recibió con una sonrisa. Cualquiera, a excepción de Draco, habría creído que aquel era un gesto sincero. Como todos en esa familia de dementes, su madre era una magnífica mentirosa y una gran actriz. Pero Draco, que se había criado con ella, sabía que detrás de su delicada sonrisa se ocultaba una profunda preocupación.
—Bienvenido, Brutus —su madre le indicó con un gesto la sólida butaca que estaba frente a ellos—. Por favor, toma asiento.
Su tío abuelo se demoró un momento —Draco estaba seguro de que lo hacía para demostrarles que no admitía órdenes de Narcissa—, pero acabó sentándose frente a su madre. Su túnica verde botella estaba ribeteada en plata, el único adorno de su por lo demás sobria vestimenta.
Una bandeja apareció por arte de magia en la mesita de café. En ella había tres tazas de té, ya servidas, un plato con pastas y uno con emparedados. Narcissa cogió su taza, pero ni Draco ni Brutus la imitaron.
—Y bien —dijo ella, dándole un pequeño sorbo a su bebida—. Dinos, Brutus. ¿A qué debemos este honor?
Draco tuvo que hacer su mayor esfuerzo para quedarse quieto, para mostrarse impasible. Sabía que la presencia de Brutus allí no era buena para él. Quería echarlo a patadas de esa casa, gritarle que no tenía ningún poder su familia, que no podía amenazarlos. Pero, claro, eso no era del todo cierto. Brutus tenía mucha influencia; podía hacer que los negocios que Lucius había mantenido durante tanto tiempo desaparecieran en un abrir y cerrar de ojos.
El anciano los observaba impasible con sus ojos grises.
—He venido a interesarme por mi querido sobrino, naturalmente —respondió, aunque su rostro no mostraba emoción alguna. Era tan frío como lo habían sido su abuelo y su padre.
La expresión de Narcissa no varió lo más mínimo.
—Lucius está bien, gracias. —Dio otro sorbito al té—. Nos apena no tenerle aquí con nosotros, pero su condena se cumplirá pronto.
—Permíteme que dude de tus palabras. Sobrevivir en Azkaban es difícil, Narcissa.
Su madre dejó la taza sobre la mesa e inclinó la cabeza en dirección a Brutus. Draco observaba el intercambio en silencio.
—Lucius es más duro de lo que crees, Brutus —replicó ella con una sonrisa. Mientras hablaba se alisó la túnica, ya inmaculada y libre de arrugas. No apartó la mirada del hombre, pero Draco sabía que ese gesto denotaba nerviosismo.
Su tío abuelo cogió una pasta de la bandeja y le dio un mordisco.
—No es eso lo que me dicen mis… conocidos. —Esbozó una sonrisa sarcástica, más bien una mueca y Draco reconoció su propia media sonrisa desdeñosa en ese gesto. Se sintió asqueado—. ¿Sabías que las malas lenguas dicen que Lucius parece haberse esfumado de la prisión? Curioso, ¿verdad?
—En efecto —respondió Narcissa. Parecía impasible, pero Draco sabía que la presencia de Brutus la preocupaba tanto como a él.
—¿Y tú qué dices, Draco? ¿No es curioso?
Draco se encogió de hombros. Se le daba bien fingir aburrimiento.
—No tengo ni idea de por qué alguien te diría eso, tío.
De pronto, la sonrisa de Brutus se hizo más amplia.
—¿En serio, Draco? Qué extraño. Mis amigos no suelen equivocarse. ¿O es que no es cierto que te cayó menos de un año gracias a esa sangre sucia? —Brutus ladeó la cabeza. Se estaba divirtiendo—. ¿Cómo se llama…? La amiga de Potter. ¿Granger? Sí, Granger. —Se comió otra pasta.
¿Qué demonios…? Draco no tenía ni idea de qué estaba hablando.
—¿Granger? —Preguntó; durante un segundo había perdido la concentración—. ¿Qué tiene que ver Granger con esto, tío? —Intentó sonar frío, pero que Brutus pronunciara el nombre de Hermione le desagradaba, lo hacía ponerse tenso, sobre todo porque Hermione no había vuelto a la mansión desde su pelea. Draco empezaba a preocuparse, aunque jamás lo hubiera admitido en voz alta, y a sentirse culpable. Además, su tío abuelo no pertenecía a esa parte de la familia que había decidido evolucionar y abandonar sus creencias.
Brutus Malfoy nunca había apoyado al Señor Tenebroso, por el simple hecho de que no le gustaba apostar si no era sobre seguro. Pero eso no significaba que no odiara a los nacidos de muggles.
—Vaya, vaya. ¿Es que no lo sabes, Draco? ¿Tu amiguita no te lo ha contado? —Draco apretó los labios—. Sí, también sé que te has hecho amigo de la sangre sucia este año. —Brutus frunció el ceño—. Me decepcionas, Draco, aunque entiendo que en esta sociedad enferma hay que hacer sacrificios para sobrevivir. —Hizo una pausa, en la que ni Draco ni Narcissa se movieron—. La pena fijada por el Wizengamot para ti era originalmente de dos año, Draco. Solo cuando la señorita —impregnó la palabra de toda la ironía que fue capaz— Granger se ofreció a testificar en tu favor redujeron la condena a siete meses.
—Mientes, tío —respondió Draco—. Hermione no estuvo en el juicio. Créeme, recuerdo ese día.
Brutus arqueó las cejas al oírle pronunciar el nombre de Hermione. Narcissa volvió a coger su taza de té y, cuando se la llevó a los labios, Draco se percató de que apretaba el asa con más fuerza de la habitual.
—No he dicho que estuviera en el juicio, Draco. Se reunió personalmente con los miembros del Wizengamot, en privado. —Entrelazó los dedos y apoyó las manos sobre las rodillas cruzadas. Draco se daba cuenta de que estaba disfrutando, sabía que estaba ganando—. Incluso a puerta cerrada la opinión de una heroína de guerra es lo suficientemente valiosa. ¿No es cierto, Narcissa? ¿No fuiste tú quien le escribió para suplicarle que ayudara a Draco?
Narcissa se había puesto pálida.
—¿Madre? —Draco no podía creer lo que oía.
Ella alzó el mentón, muy orgullosa. No le respondió, y eso solo podía significar que Brutus estaba en lo cierto. Pero ¿por qué Hermione habría decidido ayudarlo? No, lo más importante: ¿por qué se lo habían ocultado? ¿Cuál era el maldito problema? Draco tuvo que hacer acopio de todos sus buenos modales y su educación para no tirarle de la manga a su madre y exigirle que le explicara de qué iba todo aquello.
—No te atrevas a negarlo, Narcissa. Aunque lo hicieras, tú y yo sabemos que es cierto.
—No hice nada malo, Brutus. No tengo de qué avergonzarme.
¿Qué?
Entonces, ¿era verdad? ¿Hermione lo había ayudado, tanto tiempo atrás? Por aquel entonces ella aún lo odiaba…
—Difiero, Narcissa. Pedir ayuda a una sangre sucia… Hubiera sido mejor dejar que Draco se pudriera en Azkaban, como su padre… ¿O no? —Los ojos de Brutus relucían—. ¿Puedo asumir, entonces, que si mis informantes estaban en lo cierto respecto a Granger también lo están respecto a tu marido?
Narcissa vació la taza de un último trago y la dejó sobre la mesa. La porcelana tintineó apenas, pero en ese sonido Draco distinguió el pánico que atenazaba a su madre. Ella siempre era perfecta; ni un gesto ni una mirada ni un ruido fuera de lugar.
—Te seré sincero, Narcissa. Me da exactamente igual dónde esté Lucius. —Brutus se inclinó hacia delante, hacia ella. Para él, Draco no existía. Lo seguía tratando como un crío—. He venido por una cuestión de negocios.
—Tú dirás. —Su madre sonaba tensa. Narcissa se había encargado de administrar los negocios de la familia durante los últimos años y, aunque no solía compartir sus preocupaciones con Draco, él sabía que las cosas no estaban yendo demasiado bien. Sospechaba que algunos de los antiguos aliados de su padre no la aceptaban y les costaba asumir que fuera ella la que estuviera al frente de los negocios de la familia, aunque fuera solo temporalmente.
—Stellabis nos ha propuesto una fusión. —Draco conocía aquel nombre; aquella era una de las farmacéuticas mágicas más importantes de todo Estados Unidos—. Se han interesado por nuestras farmacéuticas y esperan llegar a un acuerdo pronto. Como ya imaginarás, el acuerdo es beneficioso para ambas partes. La junta directiva está deseando que se alcance dicho acuerdo. El problema, Narcissa, es que para llevar a cabo la transacción necesitamos la firma de tu marido. Siento decirte que, por mucho que tú te estés encargando de los negocios de Lucius de forma temporal, todavía hay ciertas cosas que escapan a tu control. Los compradores no accederán si no comprueban que la dirección de las empresas es estable. Quieren a un director, no a una ama de casa aburrida.
Draco se tensó al escuchar el insulto. Impulsivamente, se llevó la mano al bolsillo en el que guardaba la varita, pero su madre lo detuvo poniéndole la mano en el antebrazo. Parecía muy tranquila.
—Si quieren hablar con Lucius, mucho me temo que tendrán que pedir un permiso para ir a visitarlo a prisión —Narcissa se mantuvo en sus trece, pero con su respuesta solo consiguió que Brutus soltara una carcajada.
—Está bien, Narcissa. Como desees. Pero te lo advierto: si nos haces perder esta fusión, me ocuparé de que tú pierdas lo poco que te queda. —La mirada que le echó a Draco no dejó duda alguna de a qué se refería—. Todo ello.
Su madre se levantó del sillón. Su túnica azul medianoche cayó tras ella en ondas.
—Creo que hemos terminado, Brutus —le dijo con frialdad—. No tenemos nada más de qué hablar.
Su tío abuelo se levantó despacio e inclinó la cabeza ante Narcissa en un gesto irónico y lleno de burla.
—Bien —respondió—. Me alegro de haberte visto, Narcissa. Y a ti también, Draco. —Se despidió con una sacudida de cabeza y echó a andar hacia la salida. Su madre lo siguió, pero Draco se quedó donde estaba, incapaz de moverse—. Ah, una última cosa. —Desde la puerta, Brutus volvió la cabeza para mirarlo por encima del hombro—. Qué despiste, me iba sin deciros cuándo se acaba el plazo. —Sonrió una vez más, pero a Draco su sonrisa le provocaba escalofríos. Le hacía pensar en su padre, le hacía recordar lo imposible que era oponerse a sus deseos—. La junta se reunirá el veintidós de mayo. Espero que para entonces hayáis tomado una decisión. Dado el caso, lamentaré no veros por allí. —Y con eso, Brutus se giró y desapareció definitivamente por la puerta con su madre pisándole los talones.
Cuando el eco de sus pisadas desapareció pasillo abajo, Draco se dejó caer otra vez en el sillón. Por supuesto, sabía que aquello pasaría tarde o temprano. De hecho, habían tenido bastante suerte de haberse librado hasta el momento. Pero ¿qué opción les quedaba?
Draco dejó caer la cabeza hacia atrás, por encima del respaldo del sillón. Lo único en lo que podía pensar era en lo jodidos que estaban.
Continuará...
Mil gracias por vuestros reviews y por vuestra paciencia. Espero que nos leamos pronto :)
