¡Hola a todos! Aquí estoy, subiendo capítulo antes de lo que esperabais :P
Voy a empezar con los exámenes la semana que viene, así que hasta principios de febrero no podré actualizar :(
Bueno, el próximo capítulo es el último, y además habrá epílogo :)
Muchísimas gracias a karen85, anneyk, Mary Swift A, Hayley,Asakura, Ailuj-Etnamatsub, Luchis220 y lucero08, además de a todos los que os molestáis en leer ;)
Por cierto! En este cap hay una aparición especial :)
Ahora sí, ¡disfrutad del capítulo!
Estaba hambrienta. No había comido nada desde hacía mucho tiempo, y su cuerpo comenzaba a debilitarse a pasos agigantados. Ni Lizzie ni Meredith habían hecho acto de presencia desde que la primera le enseñó la bitácora mágica, y no estaba segura de cuánto tiempo había transcurrido. Solo sabía que tenía que irse de ahí costara lo que costara, antes de que se hartaran de mantenerla con vida.
Las cadenas que la aprisionaban eran demasiado blandas, había conseguido romperlas rápidamente. Hizo un esfuerzo sobrehumano por levantarse. Su equilibrio no era el mejor, así que, apoyándose contra la pared, fue caminando, muy poco a poco, hacia las rejas de la celda. Se apoyó en los barrotes y comprobó la puerta. No se lo podía creer. ¡Las muy estúpidas la habían dejado abierta! ¿Es que no tenían cerebro o qué? ¡Vaya par de carceleras estaban hechas!
Abrió la puerta con sumo cuidado, rezando para que no chirriara. Se asomó con precaución, mirando a ambos lados. A la izquierda se encontraba una pared, con lo cual por ahí obviamente no estaba la salida. A la derecha se extendía un largo pasillo de piedra muy malamente iluminado.
Esforzándose una vez más, salió de la celda. Intento mantenerse en pie sin apoyarse. Su equilibrio era precario, pero a fin de cuentas estable, así que decidió caminar sin sujetarse a la pared, eso sí, bien cerca de ella, por si acaso.
No tardó mucho en recorrer el pasillo, lo cual le sorprendió. Al final solo había otra pared. La única manera de continuar era atravesando una puerta que se encontraba a su izquierda. No lo pensó mucho y la abrió.
La sala estaba perfectamente iluminada, incluso posiblemente demasiado. Había un montón de trastos viejos e inservibles esparcidos por toda la habitación. Observó desde la puerta detenidamente, por si había alguien en la sala, pues con tanto trasto, no se fiaba de que el cuarto estuviera desocupado. Tras unos segundos entró, caminando lentamente. Descubrió que al fondo de la estancia había dos puertas, cada una en un extremo de la pared. Se decidió por la de la izquierda, y lo que vio cuando la abrió la dejó sin habla.
-Comprenderás, abuela, que me estoy empezando a impacientar un poco -dijo Hana, sin dejar de dar vueltas por la habitación.
-La paciencia es una virtud, querido, ejercítala -respondió la anciana sin inmutarse.
-La llevo ejercitando seis días, queridísima abuela -respondió el rubio, procurando sonar calmado-. Creo que ya la he ejercitado bastante, ¿no crees?
-Es que el resultado de mi búsqueda no tiene sentido alguno.
-¿A qué te refieres?
-Todas las veces que la rastreo, me sale el mismo resultado: que está aquí -respondió Keiko, molesta-. Y es obvio que no está aquí, ¿verdad?
-Si no está aquí, ¿porqué dice la búsqueda que está aquí? -intervino Anna Asakura, que acababa de entrar en la sala.
-No tengo ni la más mínima idea. A lo mejor estoy perdiendo facultades -respondió la jefa de la dinastía, apesadumbrada.
-Tú nunca pierdes facultades, Keiko -respondió la itako con calma-. Es obvio que se encuentra aquí. La cuestión es: ¿en qué parte está? Este terreno es muy grande, puede estar en cualquier rincón.
-En verdad te preocupas por esa chica, Anna. Eres tú la que está perdiendo facultades.
-Encuéntrala -repondió la rubia, sin inmutarse-. Se va a casar con Hana, ¿no? Ella es el futuro de la familia, y no encontrarás ninguna mejor que ella. Es más, aunque la encontraras, Hana nunca la aceptaría -y con estas últimas palabras, abandonó la habitación, dejando a un sorprendido Hana y a una sonriente Keiko.
-¿Me vas a ayudar o no? -preguntó Yoh, ya cansado. Llevaba toda la mañana hablando con él, pero parecía que no estaba por la labor.
-¿Por qué tendría que hacerlo? -volvió a preguntar su interlocutor-. ¿Qué recibiré a cambio?
-La satisfacción de haber hecho una buena obra. Pero eso a ti te da igual, ¿verdad? -añadió antes de que el otro pudiera responderle-. Déjalo, de todas formas no sé para qué me molesté en pedirte que la encontraras -y salió de la habitación con paso cansado, dejando a su interlocutor con semblante serio.
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-No me lo puedo creer -susurró, incrédula. Se encontraba ante una pequeña habitación, iluminada por un único farol que colgaba en el centro de la estancia. Debajo se encontraba un atril con... ¡la bitácora mágica! ¿Qué clase de ladronas eran? ¡Dejar lo que habían robado a la vista! ¡Serían imbéciles!
Se acercó al atril e inspeccionó el libro detenidamente. Era viejo, muy muy viejo, de eso no cabía la menor duda, aunque estaba muy bien conservado; se notaba que era un objeto muy importante para la familia Asakura. Lo abrió y leyó algunas páginas, maravillada.
-¿Te gusta lo que lees? -preguntó una voz a sus espaldas. Se dio la vuelta rápidamente. Ante ella se encontraba un joven de pelo castaño, largo, que le caía a la espalda. Su aspecto le pareció familiar.
-¿U-usted es...? -intentó Anna, asombrada.
-Sí, soy Hao Asakura, el autor del libro que estabas leyendo -replicó el shaman con suficiencia-. Según tengo entendido, eres la prometida de mi sobrino, ¿me equivoco?
-Pe-pero u-usted es el Sh-shaman King -respondió la joven, tartamudeando-. ¿Cómo... cómo es posible que esté aquí?
-Precisamente porque soy el Shaman King estoy aquí, preciosa -respondió Hao, con una sonrisa arrogante-. Me pidieron un favor que no pude negarme a realizar. A fin de cuentas, soy un Asakura, y debo preocuparme por los asuntos familiares, ¿no crees?
-¿Quién te llamó? -¡por fin! Había logrado hablar sin tartamudear.
-Mi hermano, quién sino -contestó el Shaman King, poniendo los ojos en blanco-. El caso es que ya sé dónde estás, que era lo que tenía que descubrir. Así que me voy, preciosa. ¡Ah, y un consejo! Yo me iría de aquí antes de que alguien se diera cuenta de que no estás donde deberías estar -le guiñó un ojo y se fue, dejando a Anna con la boca abierta.
-No sé para qué le pediste ayuda -protestó Keiko, molesta-. Nunca se ha preocupado por nosotros. ¿Por qué iba a hacerlo ahora?
-Porque estamos hablando del futuro de mi querido sobrino -respondió Hao, con una sonrisa-. Por cierto, Yoh, tienes muy buen ojo, es una chica muy fuerte, ha sido capaz de leer la bitácora mágica sin volar por los aires. Y es muy guapa, aunque tengo que confesar que no la vi en su mejor momento, tan sucia y con todos esos golpes...
-¿Dónde está? -cortó Anna, impacientándose. Pero se dio cuenta de algo y cambió de pregunta-: ¿Has dicho que ha leído la bitácora mágica? ¿No se supone que estaba en América? -dijo, volviéndose hacia su suegra.
-Esa era la información que tenía -respondió la anciana, encogiéndose de hombros-. ¿y bien, Hao, dónde está?
-Aquí -respondió, señalando hacia el suelo.
-¡Deja de decir tonterías y dinos dónde está! -exclamó la itako. No estaba de humor para juegos.
-¡No estoy jugando! -se defendió el castaño-. Está en los túneles subterráneos, cerca de la entrada que se encuentra en la antigua casa del jardinero.
-¡Hana! -llamó la rubia. El joven entró en la habitación en cuestión de segundos.
-¿Qué pasa, ma...? -comenzó, pero reparó en la presencia del castaño-. ¡Tío Hao! ¿Qué haces tú aquí?
-En primer lugar, soy el Shaman King, así que tenme más respeto -musitó Hao. No le gustaba que su sobrino lo llamara tío-. Y, en segundo lugar, sé dónde está tu novia, así que escúchame atentamente porque sólo te lo diré una vez.
Por fin, tras seis largos, días, Hana sintió un alivio inmenso.
Tras recuperarse de su encuentro con el Shaman King, cogió la bitácora mágica y salió de la habitación, volviendo a entrar a la sala de los trastos inútiles. Atravesó con rapidez la puerta del otro extremo, donde encontró unas escaleras que conducían a una trampilla. Subió por ellas rápidamente y abrió la trampilla. Salió por ella e intentó de averiguar dónde se encontraba. Contempló a lo lejos un pequeño agujero, del cual salía una gran claridad. ¡Se encontraba en la cabaña de madera! Se apresuró a ir hacia el agujero, sin darse cuenta de que había alguien más en la sala.
-¿A dónde crees que vas, niñata? -dijo Meredith fríamente. Anna, acto reflejo, se escondió la bitácora mágica bajo su ropa, a su espalda, a la vez que se daba la vuelta-. No me lo puedo creer, te encerramos y encuentras la manera de escaparte. Está claro, solo podremos quitarte de en medio matándote.
-Si me escapé fue gracias a vuestras grandes dotes de secuestradoras -respondió Anna, con burla-. Las cadenas eran de pésima calidad, solo un golpe de nada y ya estaban rotas. Por no hablar de la puerta de la celda, la cual dejasteis abierta. Yo que creí que tendría que estrujarme los sesos pensando en cómo abrir una puerta cerrada con llave, y resulta que le doy un pequeño empujoncito y se abre. ¿Y tú querías ser la esposa de Hana? No me extraña que me eligieran a mí, por lo menos tengo la inteligencia más desarrollada que tú.
-No creo que llegues a ser su esposa -respondió furiosa Meredith, y le clavó un puñal en el costado izquierdo. Anna chilló de dolor mientras se encorvaba-. Descansa en paz, Anna -y se fue de allí por la trampilla, volviendo a los túneles.
Anna se quitó el puñal del costado y lo tiró al suelo. Se apretó la herida todo lo que pudo, pero notó que su sangre no dejaba de salir. Cayó de rodillas, cada vez respirando peor, cada vez más débil. ¡Qué tonta había sido! ¡La había provocado sin tener algo con lo que defenderse de ella! Estaba claro que su destino era morir a manos de esa miserable. ¡Era injusto!
Cayó boca abajo al suelo, sintiendo como su ropa se empapaba con su cálida sangre. Cada vez sentía más frío. Deseaba morir ya, la agonía era una tortura. Antes de perder el conocimiento, su último pensamiento fue para su prometido.
-Cariño, ¡abre los ojos! -dijo una voz femenina, muy cálida.
Abrió los ojos apesadumbrada. Se sorprendió al encontrarse en su casa, en la pequeña salita que su madre había decorado.
-Como has crecido, cariño. Te pareces mucho a tu padre -volvió a hablar la voz.
Anna giró la cabeza y se quedó atónita, pues no se esperaba encontrarse a esa persona sentada a su lado.
-¡Mamá! -exclamó la joven, abrazándose a la mujer, sollozando-. ¡Te he echado tanto de menos!
-Lo sé, querida, lo sé -la consoló la mujer con dulzura.
-¿Dónde estoy? -preguntó la rubia, pues sabía que no estaba realmente en su casa, con su madre muerta.
-Aquí y allí -respondió su madre con simpleza. Al ver la confusión de su hija, se explicó-: Estás muriendo en la Tierra. Estás viva todavía, pero a la vez estás muerta.
-¿Quieres decir que estoy en una especie de... limbo?
-¡Exacto! -exclamó la mujer-. Estás a la espera de que el Shaman King tome una decisión respecto a tu vida...o tu muerte. Por eso estoy aquí. Para acompañarte en tu espera.
-¿El Shaman King? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?
-Eres joven y se te quiere arrebatar la vida a la fuerza. El Shaman King actúa en estos casos, analizando las acciones y el corazón del joven y, dependiendo de eso, le devuelve a la vida o lo deja morir. De ahí salen los llamados "milagros".
-Vaya. No lo sabía.
-Me gustaría pedirte una cosa -comenzó la mujer-. Si vuelves a la vidad, no le tengas rencor a tu padre por lo que esas mujeres te han hecho pasar, ¿de acuerdo? Ya tiene suficiente sabiendo que su querida niña está muriéndose -añadió, acariciando el rostro de su hija. La rubia asintió.
-¿Entonces ahora me toca esperar? -preguntó, pensando en lo largo que se le haría.
-A ti no, preciosa -respondió Hao a sus espaldas. La joven se levantó de golpe, sobresaltada, y se volvió, encontrándose con el imponente Shaman King-. Sé de sobra que tienes buen corazón y que tus acciones nunca han sido para causar el mal conscientemente, así que vuelve de una maldita vez a la vida antes de que cambie de idea -y, diciendo esto último, la empujó, haciendo que se diera contra el suelo y propiciándole un gran dolor en el costado izquierdo.
Oía voces a su alrededor, pero no sabía a quiénes pertenecía. Sentía su cabeza pesada y su boca pastosa, por no hablar del intenso dolor que sentía en el costado. No se podía mover, su cuerpo no le respondía. Decidió concentrarse en las voces.
-¿Pero está bien o no? -dijo una voz nerviosa.
-Sí, por suerte conseguimos llamar a Fausto a tiempo -respondió otra voz, más tranquila-. Aunque, por mucho que me moleste, también hay que agradecérselo a...
-...a mí -completó otra voz-. Dad gracias a que la encontré en el limbo. Es un lugar inmenso, ¿sabéis?
-Cada día estoy más convencida de que eres imbécil -dijo la segunda voz.
-No te conviene enfadarme, cuñada, ya lo sabes.
-Al que no le conviene enfadarme a mí eres tú.
-¿Podríais continuar la discusión en otro lugar? -preguntó educadamente la primera voz, conteniendo la rabia.
Anna oyó cómo se cerraba una puerta, y sintió como casi inmediatamente alguien le apretaba la mano, pero no pudo aguantar más y volvió a perder la consciencia.
Abrió los ojos con dificultad. La luz del sol entraba por una ventana que tenía detrás, y le daba directamente en la cara. Intentó moverse instintivamente hacia un lado, pero un dolor atroz la paró en seco. Chilló de dolor mientras volvía a colocarse en la posición en la que se encontraba antes, con el sol dándole en la cara y obligándola a cerrar los ojos de nuevo.
Pensó en el dolor de su costado, y rápidamente recordó lo que había pasado.
-Ojalá esa imbécil se pudra en el infierno -murmuró, cargada de rabia.
Cubrió sus ojos con el brazo, ya que no soportaba por más tiempo la claridad. Oyó voces en el pasillo, y la puerta de su habitación se abrió.
-¡Ves! Te dije que era aquí donde la tenían -dijo triunfante Horo-Horo, muy satisfecho.
-No deberíamos estar aquí... -dijo su acompañante, al que Anna identificó como Manta-. Si Anna nos pilla nos hará picadillo.
-¡Oh, vamos! Está demasiado ocupada en ese estúpido consejo como para enterarse -respondio el shaman del hielo, radiante de felicidad-. Oye, Manta, ¿crees que tendrá algún conjunto de lencería sexy por aquí?
Antes de que Manta pudiera decir nada, Anna se incorporó de golpe.
-¡¿SE PUEDE SABER QUÉ HACES EN MI HABITACIÓN PERVERTIDO?! ¡AAAAAAAH! - la joven se dobló de dolor, pues su movimiento había sido muy brusco.
Del susto, Horo-Horo cayó dentro del armario de la joven, que él mismo había abierto antes, y Manta quedó totalmente pálido.
Casi inmediatamente la puerta del cuarto se abrió, entrando en la habitación Hana seguido por su madre.
-¡Anna! -exclamó el rubio, al ver a su prometida doblada sobre las mantas. Se apresuró a sentarse a su lado-. ¿Qué ha pasado?
-¡Ese maldito pervertido quería mirar mi ropa interior! -contestó, señalando a Horo-Horo, que todavía se encontraba dentro del armario.
-Así que eso quería hacer -dijo Anna Asakura, con peligrosa tranquilidad, cascándose los nudillos mientras fijaba su vista en el ainú-. Tú y yo tenemos que aclarar unas cuantas cosas, Horo-Horo -lo cogió del pescuezo y se lo llevó a rastras hacia la puerta, donde se percató de la presencia de Manta-. ¿Tú también eres un pervertido?
-¡NO! ¡Yo solo vine a ver cómo estaba Anna, nada más -repuso el pequeño, nervioso.
-Está bien -concedió la itako, llevándose al shaman del hielo a rastras. Manta se apresuró a seguirla.
-¿Cómo te encuentras? -preguntó el rubio cuando su prometida y él quedaron solos.
-He estado mejor -respondió Anna, intentando sentarse erguida. Al principio le dolió, pero luego se clamó-. Sobreviviré, no te preocupes.
-Anna, ¿puedo pasar? -dijo una voz mientras llamaba a la puerta.
-Claro, pasa -respondió la joven-. Hola papá -dijo con una sonrisa cuando él traspasó la puerta.
-Voy a ver si mi madre le ha dado una buena paliza a Horo-Horo -dijo Hana, levantándose y saliendo de la habitación.
Un incómodo silencio se adueñó del cuarto. Anna esperaba a que su padre hablara, mientras que éste no sabía cómo comenzar.
-¿Cómo te encuentras? -comenzó el apache.
-Me duele bastante cuando me muevo, aunque ahora estoy bien -respondió la rubia.
-Lo siento muchísimo cariño, si hubiera sabido la que esa horrible mujer... -dijo Silver, arrodillándose al lado de su hija.
-Tranquilo, papá, no importa -interrumpió la joven-. No fue culpa tuya. No te preocupes.
-¿Estás segura?
-Completamente -respondió Anna, asintiendo-. Ahora cuéntame, ¿qué tal todo por casa?
Estuvieron hablando durante un buen rato, hasta que Hana volvió y Silver los dejó solos. Se encontraban sentado uno al lado del otro, el rubio pasándole el brazo por los hombros a su prometida.
-¿Cómo lo has llevado? -preguntó la rubia, posando su cabeza en el hombro de su prometido.
-¿Acaso mis ojeras no son suficiente respuesta?
-Siento haberte preocupado tanto -respondió la shaman, triste. Después se dio cuenta de algo-. Por cierto, ¿cogisteis la bitácora mágica?
-Sí, mi padre se encargó de ella. Ahora está mejor custodiada que antes. No creo que nadie vuelva a querer robarla.
-¿Y Meredith y Lizzie?
-Estábamos en su juicio, ya sabes con el consejo de sahamanes, cuando te oímos gritar.
-Ojalá les den un gran castigo. Se lo merecen.
-No sabes cómo me alegro de que estés bien -dijo su prometido, respirando hondo-. Si te hubiera llegado a pasar algo...
-No pienses en eso -interrumpió la joven, acariciándole la cara-. Estoy aquí. Y de momento no tengo pensado irme a ningún sitio, más que nada porque la herida me duele demasiado como para hacerlo -bromeó. Hana sonrió un poco . Anna sonrió a su vez-. Me encanta tu sonrisa.
El rubió ensanchó aún más su sonrisa y besó a su prometida con ternura. Simplemente estaba feliz de que estuviera viva.
