Marinette se despertó a eso de las diez de la mañana. Lo primero que hizo al despertar fue darse un baño y después de vestirse de manera cómoda, corrió a la panadería.

—¡Tengo que arreglar las cosas! —se dijo a sí misma y puso manos a la obra.

Ella no era del todo buena en la cocina. Su madre siempre le prohibió atender la panadería, ella quería que estudiara y que centrara en eso, porque tenía que tener un buen futuro. Pero como vivía con su madre, la había visto elaborar los dulces en más de una ocasión, por eso sabía cómo se preparaban los dulces.

Un pastel de chocolate. Un queque con relleno de manjar. Algunas galletas y el toque final: croissants. Prepararía todo eso.

—¡Manos a la obra!

Estuvo toda la mañana cocinando, se esforzó lo mejor que pudo, después de todo no era una experta en el tema culinario, pero pensó que estaba bien.

Ahora solo tendría que cambiar su ropa y todo estaría bien.

No contaba con que la puerta se abriría y sería justamente Jean.

—Debo decir que me sorprendió mucho recibir un correo de su parte —comentó Jean mientras ingresaba a la panadería. Se ubicó detrás del mesón y sonrió con burla.

Marinette se sintió un poco intimidada, pero no lo iba a demostrar.

—Quería pedirle perdón, ayer no me encontraba del todo bien.

—Y gracias a su torpeza arruinó un traje caro, cabe recalcar.

Él no estaba haciendo las cosas fáciles, era un golpe duro. Pero Marinette sabía qué hacer.

—¿Una crítica debe consistir simplemente en una torpeza cometida? ¿o debe tratarse de mis cualidades culinarias? —Jean se quedó sin palabras, la sonrisa burlona se había borrado automáticamente.

—He de admitir que su comida es buena —dijo después de un largo silencio.

Marinette sonrió. Al menos su plan estaba marchando bien, y con lo que había cocinado ahora, seguramente ganaría muchos puntos. Prácticamente estaba salvando a su madre sin que ella lo supiera.

—Espere a probar todo esto.

Sin darle a Jean tiempo para decir alguna palabra más, ella se dirigió a la cocina. Llevo primero el pastel de chocolate, y después lentamente llevo las demás cosas, acompañadas de un café, que esta vez se preocupó por no derramar.

Jean comía cada postre en completo silencio, su rostro se mantenía serio, inexpresivo. Marinette estaba más que nerviosa, estaba sumamente concetrada en cada movimiento del crítico. Solo pensaba en su madre.

—Dígame una cosa, señora Sabine: ¿por qué me escribió?

Marinette parpadeó, la pregunta la había tomado por sorpresa. Él volvió a sonreír burlón.

—Yo entiendo que una crítica es importante, porque te puede destruir o ayudar —explicó él —. Quiero saber: ¿por qué para usted es tan importante esta crítica?

—¿Por qué es importante para mamá...? —empezó a analizar la situación.

Dos mujeres solas.

Una adolescente que aún no terminaba sus estudios, una madre que solo se sustentaba con una panadería y con sus ventas de catálogo.

—Creo que la panadería es importante para mí, porque quiero que mi hija tenga un buen futuro. Esa es la respuesta más sincera que le puedo dar. Tengo una hija de catorce años con la cual casi no puedo pasar tiempo, ¿por qué? Porque como quiero que tenga excelentes notas, dedicó mi vida a éste lugar solo por ella.

Jean asentía a medida que escuchaba la respuesta de Sabine. Una respuesta muy humanitaria, muy realista.

—No es que no me guste cocinar, lo disfruto mucho. Y es por eso que necesito una buena crítica. Además, llevo catorce años en este rumbo. Mi esposo abrió éste lugar, no puedo perderlo, es algo que simplemente, lo mantiene vivo... —acarició el anillo.

Escuchó aplausos lentos.

—Usted es muy sincera, esa es una buena cualidad —Jean se levantó de la mesa y acarició el hombro de la mujer frente a él —. Ya sabrá de mí. Que tenga un buen día —dicho esto, finalmente se retiró.

Marinette al quedarse sola, simplemente comenzó a entender un poco más a su madre. El porque la obligaba tanto a estudiar y a esforzarse por su futuro, todo eso era porque Sabine no quería que ella fuera una panadera, quería un buen futuro, que estudiara y que... no hablarán mal de ella.

—¡Oh, mamá! —sollozó.

La extrañaba y quería verla, decirle que ya entendía un poco más lo que era estar en sus zapatos, que comprendía que no la tenía abandonada, simplemente... dedicaba tanto tiempo a su trabajo solo por ella, por su infinito amor hacia ella.

Sabine había cambiado las cosas en el colegio. No todo era perfecto, algunas personas (como Chloé), aún la miraban de mal modo. Pero las zancadillas y los hurtos de tarea se habían acabado, ahora sus otros compañeros se acercaban a ella y a Alya.

—Lo que hiciste fue muy valiente —dijo Juleka con una leve sonrisa.

—Ojalá más personas compartieran ese pensamiento —comentó Alix —. La valentía es el primer paso para el cambio.

—Y la unión marca la diferencia —finalizó la azabache.

A la hora de la salida había recibido un mensaje en el cual Luka le preguntaba si iría al taller de música o no, a lo que ella respondió que faltaría por hoy, pero que pronto se verían.

Tenía que volver a casa pronto, quería ver a su hija y contarle las buenas noticias que tenía.