30 Días
Disclaimer: Naruto no es mío.
Beteado por HinataWeasley, babe.
Día 17: Condenas abstractas.
Las cortinas de la habitación se mecían al ritmo que la brisa marcaba. Era casi un suicidio con el clima invernal mantener las ventanas abiertas, pero Kiba tenía un olfato muy sensible y percibía el aire viciado de tal modo que le parecía casi intolerable. Su falsa esposa lo miró con marcada desaprobación cuando entró a la sala y vio las persianas abiertas de par en par. Le molestó, a decir verdad. Ella era particularmente sensible al frío y desde la habitación el dramático descenso de la temperatura en un hogar por lo general cálido y calefaccionado la hizo tiritar.
Habían acordado tratar de llevarse bien, y resultó que les estaba costando un poco readaptarse a la idea de que ya no estaban en una guerra fría. Pero el periodo de reconciliación puede ser incluso más duro que la propia guerra; la pérdida de las costumbres y usanzas de defesa y ofensiva no remiten fácilmente. Mucho menos dentro de la visión subjetiva de la conciencia propia.
Ocasionalmente aparecían periodos en los cuales no podían sino enfrentar sus miradas en un reto silencioso antes de recordar que debían dejar esa etapa atrás. Aquellas pocas excepciones a la tregua terminaban con un suspiro cansino y un asentimiento estítico. Con el tiempo se terminarían adaptando. Pero para aquella época probablemente ya tendrían que separarse y volver a sus vidas comunes como si nada hubiese pasado.
Ya habían pasado dos días desde que habían firmado ese mutuo acuerdo de paz cuya representación física recaía en un horario pegado en la puerta de entrada con cinta adhesiva. No era lo que solemnemente se denominaría un tratado consagrado. Era más bien esporádico y poco sutil. De a ratos lo cumplían como si no les tomara ninguna clase de esfuerzo, mientras que otras veces su propio egoísmo los llevaba a olvidar que ahora debían convivir en paz y poner sus preferencias delante siendo que actuar indiferente a su compañero no estaba permitido.
Por esa razón Kiba pidió otros cinco minutos y una vez transcurridos cerró la ventana a regañadientes. La aldea tenía un microclima muy húmedo y cargado, y el invierno no hacía otra cosa sino enfatizar aquellos efectos con descarada ínfula. El viento era fuerte y a pesar del escaso tiempo que transcurrió, el aire nuevo invadió el departamento para la satisfacción de Inuzuka.
—¿Por qué la abriste si estamos en pleno invierno? —Preguntó Hanabi mientras tomaba asiento en el sofá.
—Mi olfato es muy sensible, el aire estaba demasiado viciado.
A Kiba le costaba menos dialogar con ella. Hanabi era por lo general escueta y directa con su temperamento usual, cuando en su papel de esposa era lo opuesto. En aquel punto intermedio que habían discutido hasta el hartazgo en el restaurante Chi-go dos noches antes, Hanabi había seguido con un rol atenuado de la esposa perfecta. Ahora era la esposa ninja perfecta, lo cual era una gran diferencia porque daba cabida y responsabilidades que antes no contemplaba. Aunque ella seguía tratándolo de forma suave y respetuosa, no lo acosaba constantemente ni lo atosigaba hasta que deseara estrangularla sin piedad. Él, por su lado, dejó de darle tareas absurdas y se limitó a tratarla únicamente como Hanabi. Sin hacerla enfadar, claro.
Era extraño sentarse juntos en el sofá a ver una película en paz. Ella sentada erecta y delicada, sosteniendo entre sus manos una taza de té caliente sin un gesto fastidioso encima. Kiba a su lado, sentado cómodamente pero dejando espacio más que suficiente para Hanabi, sin zapatos.
¿Cómo podía él soportar andar sin calzado con un tiempo como el que tenían? ¡Estaba helado para ser principios de invierno! Hanabi estaba envuelta en múltiples capas de ropa y tenía varios pares de medias en sus pequeños pies para combatir el frío. Su acompañante, si bien no estaba ligero de ropas, no parecía tener tantos problemas como ella para lidiar con el clima invernal. Kiba llevaba solo un par de medias y no parecía sentir el frío entumecerle las extremidades.
Envidiaba su calor corporal, no había estado errada al inicio de su convivencia cuando lo calificó como un horno humano. Kiba siempre tenía la piel caliente. Ella, por otra parte, nunca se creyó una antípoda suya con tanta seguridad; pero ciertamente Hyuuga tenía la piel fría todo el tiempo. Independientemente del clima que sufrieran o gozaran.
—Iré por café, ¿te traigo más té? —Consultó Kiba, levantándose del sofá cuando iniciaron los comerciales.
—Sí, por favor. —Contestó.
¿Cómo era posible, seriamente, que anduviese descalzo hasta la cocina sin que sus pies se congelaran en el proceso? Verlo andar por allí descalzo siempre le había molestado un poco, pero en lugar de menguar con la convivencia la molestia se había intensificado. Quizá Inuzuka tenía razón y ella era una neurótica en proceso, si no lo era entonces ya. Fastidiada se dijo a sí misma que le molestaba porque iba en contra del sentido común y de la estética. Así de sencillo.
Cuando Kiba apareció en la sala con las bebidas calientes en las manos ella no lo soportó más. Aceptó el té de buena gana pero no le permitió al joven sentarse en el sitio que minutos antes había ocupado sin complicaciones.
—¿Qué pasa? Anda, déjame sentarme que las propagandas acabarán pronto.
—Son muy largas —negó—, lo suficiente como para que busques algo para ponerte en los pies.
El aludido miró sus pies y tamborileó el suelo con los dedos de los mismos rítmicamente, buscando algo malo en ellos que no estaba allí.
—Así estoy bien.
—No, el piso está helado, terminarás enfermo a este paso.
El mayor de los dos giró los ojos. No podía decir que conocía a Hanabi de pies a cabeza, cada ínfimo detalle de ella, porque no era cierto. Pero la conocía lo suficiente para saber que no exteriorizaría sus pensamientos a menos que fuera cien por ciento necesario si el tema no estaba ligado a ella directamente. La ausencia de calzado en sus pies no le incumbía en realidad y en la mente de Kiba una Hanabi preocupada por su estado futuro de salud no encajaba.
—Hanabi, el piso está calefaccionado. Mucho más calientes que si anduviese con calzado, así están mis pies. —Contestó, sentándose e ignorándola.
—Igualmente podrías enfermarte.
Bueno, ella sabía que el piso estaba calefaccionado, pero no era lo suficientemente caliente para su modo de ver. Se podría decir que el piso era tibio mas no cálido. Ella observó las medias de él, un poco sucias a pesar de que el piso estaba impecable, y eso solo contribuyó a su molestia. Era más fuerte que ella, la forma en la cual había sido criada. Él debía usar zapatos y ya si el piso no era tradicional.
—Iré yo por ellos. —Estableció, ahorrándose los apelativos en su enfado.
—¿Qué es lo que tanto te afecta, ah? —Consultó Kiba fastidiado— ¿Además del orden y la pulcritud también tienes un problema con los zapatos?
Hanabi lo miró fulminantemente a pesar de la sonrisa coqueta que adornaba su rostro femenino. Sí, ella tenía un problema, pero no era con los zapatos. Era con la ausencia de los mismos. ¿Y qué si ella sí tenía un problema con eso? ¡Todos tenían alguna clase de manía! Y la de ella era esa, en cierto modo. Kiba tenía la manía de cerrar todos los cajones del cuarto antes de dormir, y ella no soportaba ver gente sin zapatos. Parecía sucio, desagradable y totalmente fuera de lugar en un mundo civilizado que usaba zapatos.
—Sí, cariño —aceptó—. Quiero que te pongas zapatos porque me molesta, del mismo modo en que yo cierro todos los cajones antes de dormir porque a ti te molesta.
El mayor se encogió de hombros pero se levantó en búsqueda de los dichosos zapatos. Quería ver la película en paz y Hanabi no lo dejaría hacerlo si estaba descalzo. Con los zapatos puestos él regresó al sofá justo a tiempo.
La miró de reojo sin que ella lo notase. Hanabi había descubierto que le gustaba cerrar todos los cajones y puertas de armarios y muebles antes de dormir. Su madre le había hartado tanto con ello que una vez fuera de la casa materna no pudo deshacerse del hábito. Resultó que su madre le había pegado el rechazo a los cajones abiertos; al aspecto por demás desordenado. No que Kiba fuera el mayor exponente del orden, pero no soportaba los cajones abiertos. Lo incomodaban y punto.
Por eso se puso los zapatos. Porque comprendía el rechazo inexplicable.
Hanabi se concentró en la película que miraban; algo tan típico como una maratón de filmes de misterio y detectives como lo era los de Sherlock Holmes. Apenas empezaba la primera y era quizá la más interesante de todas, "El sabueso de los Baskerville". Ella conocía el libro y lo había leído dos o tres veces. A pesar de eso la película a sus ojos no perdía la emoción. Quizá fuera porque movía sus ojos de un lado al otro de la imagen durante las escenas buscando defectos y detalles descritos minuciosamente entre los párrafos del libro. Encontró apenas un par de imperfecciones y la ausencia de detalles poco importantes pero que ella recordaba.
Le había costado creer que Kiba en verdad disfrutara del mismo género de películas que ella misma veía con placer. El misterio y lo policial los unían en la única tarde libre de la semana que compartían sin demasiadas palabras en el medio. Desde que el joven trajo al departamento la caja tonta, veían por día un poco de televisión. Ese día, cuando anunciaron durante los múltiples cortos comerciales una maratón de Sherlock Holmes, ambos prestaron particular atención al anuncio.
Hanabi lo miró con escepticismo y él se rió. "Veámosla justos, empieza justo antes del atardecer." Kiba había contemplado el horario en la puerta de entrada antes de emitir aquella frase que, sin proponérselo, descolocó a la muchacha.
El idiota compartía con ella un pequeño gusto insignificante, se dijo, eso no tendría por qué afectarla en lo más mínimo. Pero sin aquella muralla que había sido en un inicio las intenciones de fastidiarlo, ella no estaba del todo cómoda estando cerca de él. No tenía un patrón de reacciones establecido que no fuera molesto para él, que se adaptaran a su nuevo estado de paz. Hanabi estaba incómoda cerca de él porque había reparado prontamente en que estaba, irónicamente, cómoda con él.
—¿Te duele algo, corazón? —Ella preguntó.
Al menos, se consoló Kiba, ya no usaba ese tono que tanto detestaba cuando empleaba para llamarlo algún apodo meloso.
—¿Por qué? No me duele nada, solo tengo entumecidas las piernas por estar todo el tiempo en una misma posición.
—Porque te mueves mucho —ella expresó.
Era una forma indirecta de pedirle que dejara de moverse en el reducido espacio del sofá y, por ende, de rozarla constantemente en un toque que no hacía otra cosa sino ponerle los pelos de punta. Tenía ese nerviosismo en la boca del estómago cuando lo hacía. Estaba alerta y en un momento de adaptación; no comprendía del todo qué actitudes debía tomar durante el acuerdo de paz y esa sensación de cotidianidad que experimentaba con él no le agradaba en lo más mínimo.
Estaba adaptándose a compartir el espacio con él, y aunque esa fuera la idea principal de la tregua no quería hacerlo completamente porque significaría aceptar su presencia y actuar en consecuencia a ella. No quería apegarse a ella porque luego le costaría readaptarse a su antiguo estilo de vida.
De una forma meramente física, recalcó, Kiba le atraía.
El hombre a su lado se acomodó despreocupadamente el cabello castaño rebelde con una mano y ella observó por el rabillo del ojo la ondulación de sus músculos bajo la ropa; apenas apreciable por el grueso de la misma. Frustrada y con una breve pero fuerte intensificación del nerviosismo en la boca del estómago, fijó sus ojos en el televisor.
Totalmente físico, se dijo. No tenía otra explicación lógica de modo que se quedó con ella.
¿Y por qué no iba a atraerle en ese campo? Él era un joven atractivo con una fisionomía más que agradable. Hanabi no podía huir de algo propio de la naturaleza humana como era la atracción, así de sencillo. Pero arriesgarse a desarrollar algo más íntimo al mero deseo carnal estaba mucho más allá de sus límites. Vivir con él luego de aceptar que el nerviosismo en ella era producto de la atracción que sentía su cuerpo adolescente por Kiba era difícil, pero podía lidiar con ello.
De allí a tan siquiera pensar que eso podría mutar en alguna clase de apego emocional era más que absurdo, inimaginable para Hyuuga. Eso implicaría echar por la borda un montón de convicciones que tenía.
Más convicciones a la basura, en todo caso. Porque ahora sabía que Kiba no era un inútil, que era lo suficientemente inteligente como para prever el final de la película sin haber leído el libro, y lo suficientemente letal para presumir su chaleco y haber sobrevivido a una guerra. Hanabi se moría de ganas por luchar con él y comprobar que no era la gran cosa en el campo de batalla. Pero si el resultado no era el que ella esperaba, eso significaría aceptar que estaba por encima de ella en un aspecto de su vida en el cual se destacaba.
¿O era, tal vez, el hecho de que ella podía aceptar el sentimiento de admiración por aquellos que podían vencerla?
La admiración era algo con lo cual podría lidiar sin sentirse apenada por ello, ni confundida.
¿Por qué seguía allí? ¿Qué iba a obtener de esa tregua sino solo cumplir un plazo de una apuesta absurda cuya obligación el sujeto pretensor no exigía? Hanabi se apoyó en el respaldo con los ojos fijos en la pantalla pero sin prestar atención a la película en ese momento.
Ella quería irse y huir a su solitario departamento donde lidiaría consigo misma y sus pensamientos desencadenados. Y no lo hacía porque quería demostrarle a ese idiota que cumplía sus retos al pie de la letra si daba su palabra. Pero, por otra parte, quería quedarse. Por la misma razón, se dijo, demasiado mareada por las curvas vertiginosas de su mente.
Ella miró alternativamente a su acompañante masculino y a la televisión. Como toda ninja en una situación de conflicto, se repitió un único mantra: "Enfócate en tus sentidos; ¿qué sientes ahora?" Hanabi sentía frío, los sonidos del televisor y los colores del mismo con su tenue luz. Sentía el atardecer. Y sentía en nerviosismo en el fondo de su estómago.
Pero, pensó, nada solucionaba meditando eso cuando no estaba sola y tomando el riesgo de ser descubierta discutiendo posibilidades imposibles. Se centró en lo único a lo que podía aferrarse en ese momento y concentrar sus sentidos; la película.
Kiba era por otra parte mucho más honesto consigo mismo de lo que Hanabi estaba dispuesta a razonar. A él le gustaba Hanabi, y allí terminaba el asunto. Le gustaba para compartir la cama con ella, le gustaría incluso hacer algo más que solo dormir, pero era innegociable en sus condiciones actuales. Le gustaba la forma en que hacía el café y la manera en la que trenzaba su cabello. Le gustaba ella siendo solo Hanabi. No la fiera Hyuuga de los entrenamientos, ni la remilgada esposa perfecta por la que había apostado.
Le agradaba la manera feroz pero femenina en la que ella se movía, como si no se molestara en disimular su supremacía y, a la vez, ponía en duda su brutalidad. Le gustaba ella cuando se enfadaba para evitar que las curvaturas de sus labios tiraran hacia arriba en una sonrisa cuando él decía algo que le causaba gracia y ella fingía indignación. Le gustaba Hanabi, lo que no significara que la quisiera con él el resto de su vida ni nada semejante a eso.
¡No, por Dios, que ella podía ser insoportable!
Como con los zapatos. O la limpieza obsesiva. Hanabi podría haber sido un idilio en algún momento de haber sido otras las condiciones, pero no lo eran. Hyuuga era la hermana menor de su mejor amiga y le llevaba casi seis años, lo cual era bastante con su tipo de vida. Por no mencionar que eran incompatibles en demasiados puntos como para poder llevar algo decente por una buena senda.
Kiba sabía que había cosas que eran mejores si nunca comenzaban porque tendrían un final horrible. Algo así como él rehuyendo de ver a Hinata en la casa de la misma por temor a cruzarse a Hanabi, o una pelea aguda donde se separaran cuando a él le agradaba tenerla cerca como colega. Porque amigos, en términos estrictos, no eran. Ni pareja, ni rivales o enemigos.
Eran un punto inexacto entre todo lo anterior. Y él estaba bien con ello. Solo serían unos pocos días más con ella rondando alrededor y luego volvería a su rutina anterior. Se conseguiría alguna novia por allí y haría con ella todo lo que no podía hacer con Hanabi; tener un algo estable, por ejemplo.
Mientras tanto, la tendría allí flotando a su alrededor volviéndolo inestable con su fluctuante transformación. Hanabi le gustaba como era, pero ella no estaba dispuesta a ser ella misma con él ni con nadie. De modo que era absurdo querer a alguien que no quiere ser querido, ni que busca un lugar al cual regresar y quitarse la pesada máscara de perfección que incluso insistía en seguir usando con él.
¿Para qué molestarse en buscar algo que no tenía futuro y que daría demasiados problemas para terminar de todas maneras olvidado como un residuo traspapelado? No tenía sentido. Hanabi y él, porque no existían como un ellos, terminarían pronto con esas líneas borrosas de manías aceptadas y bondades reconocidas. Era bueno que Hanabi lo considerase inferior y aborrecible porque de esa forma no había peligro alguno en que esa comodidad terminase siendo intimidad.
Y allí dejaría sus armas y la besaría para desarmarla camino a la cama.
Cosa que no ocurriría jamás. Por lo tanto, había decido, lo dejaría ser. Dejaría a los días pasar y llegado el momento la dejaría ir a ella. Porque pronto encontraría a otra chica que le gustara y que aceptara sus pequeñas manías y reconociera sus virtudes en voz alta, y no en silenciosa conformidad como lo hacía Hanabi. Porque la naturaleza de Kiba era confiada y apacible, su mente dejó de darle vueltas al asunto una vez llegada la resolución del conflicto.
La mente femenina no funcionaba igual, pero Hanabi se negaba rotundamente a cambiar ese punto de apoyo poco sólido donde estaba. Le gustaba estar allí, pero no debía gustarle. Quería irse, pero quería quedarse. Estaba dividida entre sus dos mitades opuestas y enredadas. Era como atar dos imanes y exigirles permanecer unidos cuando sus polaridades no se lo permiten. No tenía ni pies ni cabeza.
—Vale la pena pasar ocho horas frente al televisor con una maratón tan buena como esa. —Kiba expresó, levantándose del sillón para estirar sus miembros entumecidos.
Hanabi asintió en silencio.
Ella aún tenía muchas cosas por decidir sobre si valían, o no, la pena. Kiba no valía la pena. No valía su aprecio ni su admiración. Porque era un ninja común cuando ella era prodigiosa. No valía la pena, se repitió con firmeza mientras era abandonada en el sofá cuando él fue al baño. Kiba se burlaría de ella si intentaba seducirlo en realidad, cuando lo había intentado hasta el cansancio siendo la esposa perfecta. Y no llevaría a nada más que pasar un buen rato con un ninja guapo, siendo que ella no se degradaría a algo tan bajo.
No valía la pena, y era una decisión que lo dejaría pasar. Pero el nerviosismo no se fue. Y no parecía tener intenciones de hacerlo, cómodamente instalado en su vientre.
El cuarto quedó en la oscuridad cuando ella apagó el televisor. Era entrada la madrugada y estaba mentalmente agotada, aunque su cuerpo no estaba mucho mejor. Despacio y sin ánimos se encaminó hacia el baño para asearse y más tarde ir a la cama, donde Kiba estaba ya acostado. Ella lavó sus dientes y rostro, el cual secó pausadamente con la toalla más cercana.
Mirándose al espejo mantuvo su propia mirada. Fría, opaca y fulminante, como siempre había sido. No había ningún cambio en ella, seguía siendo la misma de antes. Se convenció a sí misma que la situación la confundía por lo inusual de la misma y que todo lo que había pasado no era otra cosa sino el ensimismamiento obsesivo en algo tan primitivo y comprensible como lo es la atracción humana. Pura necesidad reproductiva, mi cuerpo me hace saber que estoy lista para ello, eso es todo, se explicó a sí misma.
Se quedó un largo minuto mirándose a los ojos, mirando los ojos de su reflejo.
Nada iba a cambiar en ella, ni siquiera aunque terminase enredada con Inuzuka; nada cambiaría con ella. Sencillamente satisfaría una necesidad y allí concluiría la historia, sin culpabilidad alguna de por medio, en un caso poco probable en el cual ella accediera a sus propios deseos físicos. Kiba Inuzuka no valía la pena y ella lo sabía, a largo plazo.
Pero quince días no serían considerados nunca un largo plazo.
Con esa perturbadora idea luchando con el honor y la rectitud ella se acostó en la cama que compartía con el objeto de sus pensamientos. Se cubrió con las sábanas y fijó sus ojos en la espalda amplia de Kiba, ajeno al hilo de sus cuestionamientos.
Ella era mucho más fuerte que cualquier tipo de atracción y deseo, ella era una Hyuuga. Fría y distante. Cerró los ojos y se giró en la cama, dándole la espalda al varón. Atracción, necesidad, apego, o lo que fuera que sentía terminaría por menguar e irse cuando ella se esfumase de allí y luego podría fingir que nada había sucedido dentro de ella y podría mantener al pie de la letra su máscara de perfección. Fingiría que nada pasó y sin rastros de ello nadie se enteraría jamás de algo que la avergonzaba: Hanabi Hyuuga estaba a dos pasos de apegarse a Kiba Inuzuka, un ninja promedio que no valía la pena… pero que tenía las armas necesarias para desestabilizarla, aunque él no lo supiera y no fuera a saberlo nunca. Al menos, se prometió, no por ella.
