Se cambió por cuarta vez en lo que iba de la tarde. No estaba segura de cuál sería el atuendo indicado para una boda. Todo le resultaba demasiado… informal. Debería añadir esto a la lista de cosas complicadas de ser mujer. Menos grave que parir, pero definitivamente más molesto que la celulitis (o al menos para ella, que contaba con una piel privilegiada). Para los hombres era muchísimo más sencillo: era cuestión de ponerse cualquier traje y de pedirle a sus madres o novias que eligieran una corbata y zapatos a tono. Nada más y nada menos.

Ya no era una adolescente. No podía aparecerse en la iglesia con un vestido que con suerte le cubriera los muslos y con la espalda abierta hasta las vértebras lumbares. Necesitaba algo que mostrara cierta clase, pero que al mismo tiempo dejara en claro que seguía siendo la mexicana despampanante que puso patas arribas Mckinley High. Quizás eso compensaría el hecho de que todos parecían tener su futuro resuelto – Rachel y Kurt en New York, Mercedes grabando un disco, Quinn en Yale… diablos, si hasta Brittany había obtenido una beca en el MIT– mientras ella había tomado la osada decisión de abandonar la universidad para "probar suerte" sin tener muy en claro en qué.

Terminó optando por uno rojo, ni muy largo ni muy corto, que definitivamente marcaba su busto y su trasero pero sin hacer demasiada ostentación. Lo compensaría con un buen peinado, el maquillaje adecuado y unos tacones lo suficientemente altos y filosos como para acuchillar a alguien. Aunque esperaba que esta última parte no fuera necesaria… o bueno, tal vez sí.

Terminó de convencerse cuando vio que el vestido tenía una ligera abertura en la espalda, como para no perder la costumbre.

La boda resultó ser un fracaso. Se sintió verdaderamente triste por Mr. Schue, que jamás le había hecho daño a nadie. También se sintió triste por ella, que había recorrido cientos de kilómetros para comprobar que no existe el "felices para siempre". Las últimas semanas habían sido un verdadero fastidio. Volver a ayudar en el Glee Club y ver que otros purretes ocupaban su lugar era sencillamente devastador. Incluso había una mini Quinn, menos linda y más diabólica. Brittany no pasaba un segundo sin estar pegada a Sam, y no era capaz de sostenerle la mirada. El resto la miraba con una mezcla de pena y miedo.

Pero la que verdaderamente la sacaba de sus casillas era Quinn. Se paseaba por el salón con aires de superioridad, discutía todas y cada una de sus decisiones y le daba su total respaldo a ese gnomo diabólico que había llenado de laxantes a su pupila. Tampoco es que la mocosa le agradara demasiado –era como una Rachel, quizás sin tanto talento pero con una expresión de cachorro asustado que la hacía encantadora – pero no dejaba de ser su responsabilidad. Yale había sacado a relucir su sangre Fabray. Santana hasta podía escuchar a su padre cuando ella hablaba. No quedaban rastros de la muchachita que había vivido con ella casi ocho meses.

Sintió un sacudón cuando le refregó su relación con su profesor de psicología. No puede explicarlo con palabras. Cuando niña, su padre era un fanático del boxeo. Él y Santana se escabullían para ver los combates más esperados, a espaldas de su madre y su abuela. No recuerda exactamente en qué pelea, pero nunca pudo borrarse la imagen de un golpe de puño que dejó a uno de los combatientes en el suelo por varios segundos. Milagrosamente, terminó levantándose y la pelea continuó. Cuando le preguntó a su padre si no le dolía, él le respondió que más dolía quedarse en el suelo. Por eso no dudó en contraatacar y en decirle a la rubia que no le resultaba extraño que dejara que un hombre definiera su vida. Después de todo, no sería la primera y probablemente tampoco la última vez. Su cara de consternación valió el esfuerzo de exponer viejas heridas. "No está muerto quien pelea", solía decirle su padre y lo único que ella sabía era pelear.

-Un Martini para mí, y para la chica linda y triste un Old Fashioned – la voz de Quinn la aleja momentáneamente de sus recuerdos. Ha estado sentada sola en la barra desde que comenzó la recepción. Ni siquiera se tomó la molestia de integrarse en alguno de los grupitos de Glee y participar en el chusmerío sobre qué fue lo que ocurrió con la boda. De hecho, está tan absorta en sus pensamientos que tuvo que mirar dos veces para corroborar que se trataba de la rubia. Debió haber parecido una idiota.

-No estoy para coctelería clásica, Fabray. Estoy considerando seriamente ofrecerle favores sexuales al barman a cambio de esa botella de José Cuervo. Después voy a ir a la enfermería del hotel y voy a pedir que me la inyecten por las venas.

Quinn río, aunque no estaba segura de que la latina estuviera bromeando. Se quedaron en silencio, hasta que el barman les trajo lo que ordenaron.

-¡Y aquí tienen dos shots de tequila, cortesía de la casa!

-Algo me dice que escuchó lo de los favores sexuales… - bromeó Quinn. Por primera vez en lo que iba de la noche, Santana modificó ligeramente su gesto austero en algo que podría interpretarse como una sonrisa.

-Pf, con esas medidas ni siquiera podrá sacarme los zapatos… - ahí estaba. Esa media sonrisa sarcástica de cuando Santana está en tu mismo equipo y sabes que si caes, lo harás de pie.

Quinn estaba segura de que ya nunca jamás volvería a verla. A esta altura, ni siquiera estaba segura de que esa sonrisa existiera. Y no sabía qué era peor, si la ausencia total de la misma o que ahora le perteneciera a otra persona. Así que optó simplemente por disfrutarla.

Permanecieron en silencio. Hace mucho tiempo que no están así juntas. Se le viene a la mente la imagen de esas tardes en el living de los López, leyendo un libro, escuchando un disco, mirando la televisión. Ya no está en silencio con nadie. Ahora el único tipo de silencio que existe en su vida es el de la mesa familiar cuando vuelve a casa por las vacaciones. Y con Santana… a decir verdad, no pueden estar más de diez minutos en una misma habitación sin arrancarse los pelos. Este silencio se escucha como una tregua.

Se encuentra con el fondo de su vaso vacío. Santana pidió la segunda ronda con un gesto de cabeza. Parece una actriz de Hollywood de los '50. Hay algo atrapante en sentarse allí, verla mirar, y en fingir que puede ver desde sus ojos. Finn y Rachel tontean en el centro de la pista. Puck corretea cuanto vestido se cruza en su camino. Tina persigue a Artie, Artie persigue a Katy, Katy persigue a Jake, Jake persigue a Marley y algo le dice que Marley no quiere ser perseguida. En un costado menos iluminado, Brittany y Sam parecen haberse encontrado.

-Vamos a bailar - lo dice sin pensar, pero no se arrepiente. Sabe que no es la más indicada para hablar del asunto, pero es que simplemente no puede verla así. Brittany le ha hecho mucho daño. Recuerda el trato que le propuso a su compañera hace ya más de un año y ya no puede manejar la nostalgia.

-Es una canción lenta, Q… - Es la primera vez que no la llama Fabray. Se siente bien. Levanta los hombros, como indicándole que qué más da. En líneas generales, siempre le ha importado un carajo lo que piense la gente de ella. O al menos cuando a Santana se refiere.

La abraza por los hombros, y a la latina no le queda otra que tomarla por la cintura. Siempre ha tenido claro que es la más baja de las dos, aunque sea solo por algunos centímetros. Están cerca, quizás no todo lo cerca que quisieran estar, pero lo más cerca que han estado en meses. Quinn termina apoyando su cabeza en el hueco que se forma en su clavícula. Siente como su compañera se estremece.

Quinn no necesita levantar la cabeza para saber que absolutamente todo el mundo las está mirando. Santana lo comprueba. Es la primera vez en mucho tiempo que Brittany le sostiene la mirada. Le recuerda que podemos ignorar la realidad, pero no podemos ignorar las consecuencias de ignorar la realidad… y en definitiva, si llegaron a esta boda y están en rincones opuestos del salón con personas diferentes, eso es a lo que hay que atenerse ahora. No le molesta. Es la primera vez que la mira como si fuera una persona capaz de valerse por sí misma y no una desamparada.

Lo que sí le molesta es el perfume de Quinn. No sólo el perfume en sí – de hecho, es de una marca bastante popular y lo ha sentido en varias oportunidades– sino como las partículas químicas se combinan con su piel. Tiene ese olor asociado a los mejores y a los más dolorosos momentos que le tocó vivir este último año. Es el mismo olor que sentía en su cama cada vez que se iba a dormir. Incluso después de que la rubia se fuera, su cuarto siguió oliendo como ella. En la escuela, en el vestuario, en las prácticas, mientras jugaban a fingir que se amaban y en realidad se amaban jugando.

Se apartó.

-No puedo hacer esto- dijo, aunque no sabe si en voz alta o para sus adentros. Ni siquiera la miró a los ojos. Si lo hubiese hecho, probablemente en este momento estaría petrificada. Salió de la recepción a toda velocidad, y enfiló hacia el ascensor. Cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, las manos de Quinn se interpusieron. Estaba agitada y nerviosa.

-¿Qué pasa, San?- se tomó el atrevimiento de llamarla por su apodo. No recuerda cuándo fue la última vez que lo hizo. - ¡Todo estaba saliendo bien! ¡Brittany no te sacaba los ojos de encima!

No está enojada. Sabe que Quinn está haciendo esto de buena fe. Sólo se siente más triste de lo que se ha sentido en toda su vida. No sabe ni cómo empezar a explicarle que no le importa lo que Brittany piense y que realmente desea que sea feliz con Sam.

-No puedo hacer esto otra vez.

El elevador se detiene. Las puertas se abren, pero ninguna de las dos baja. Santana no quiere, pero sabe que está llorando. Necesita llegar a su habitación cuanto antes. Quinn se interpone, y las puertas se cierran.

-¿Hacer qué?- baja la mirada, pero la rubia la toma por la barbilla y la obliga a mirarla. También parece estar al borde del llanto. Es ridículo que dos personas que se quieren tanto se lastimen tanto más.

-Enamorarme…

-Entonces no lo hagas…

Santana pensó que no iba a poder contener el llanto después de esa respuesta, pero se encontró con la boca de Quinn. Fue un beso desesperado, como si se tratara de la última gota de agua en el desierto. Por un momento pensó que iba a ahogarse, pero no le importó. Era una buena manera de morir, besando a Quinn contra la puerta de un elevador, con cada centímetro de su cuerpo rozándose.

No lo dudó. La sostuvo por la espalda, presionó el botón para que se abrieran las puertas y salieron despedidas contra la pared. Continuó besándola con desesperación, mientras sujetaba firmemente su nunca y entremezclaba sus dedos con su pelo. A la ecuación sumó otra de sus manos, que comenzaba a moverse sugerentemente por su muslo. Podía sentir el cuerpo de la rubia comprimido entre la pared y el suyo. Si fuera por ella, la haría suya en ese mismo pasillo.

De alguna forma consiguieron entrar a la suite. Sus manos temblaron al abrir la puerta, pero volvieron a la normalidad en el instante en el que volvió a ponerlas sobre su cintura. La tumbó contra la cama y se colocó a horcajadas sobre ella. Quinn volvió a ofrecerle a sus labios, pero su boca tenía otros planes. Se enterró en su cuello, succionando levemente y haciendo un caminito de mordiscos entre su clavícula y el lóbulo de su oreja. Cada vez que la rubia dejaba escapar un gemido, Santana creía que había encontrado su nuevo sonido favorito. Aunque siempre el siguiente le gustaba más que el anterior.

Volvió a besarla, mientras con una mano bajaba el cierre de la espalda del vestido. Suavemente se deshizo de los breteles, dejando al descubierto una parte del corpiño de la capitana. Era negro y de encaje. Tragó saliva. Quinn le sonrío y, con una expresión de lujuria en el rostro que jamás le había visto a nadie, levantó los brazos. La morocha entendió, se pegó a ella y tiró hacia arriba. Quiso tomarse unos instantes para apreciar la incuestionable belleza de su compañera, pero perdió cualquier atisbo de razón cuando notó que el corpiño dejaba transparentar sus pezones. Se acercó aún más – si es que era posible a esta altura – la besó en los labios, en el cuello, en la oreja, en la clavícula y, mientras desabrochaba el sujetador con un hábil movimiento de manos, fue bajando hasta llegar a sus senos.

-Si quieres que me detenga este sería un buen momento para hacerlo…

Quinn la miró fijamente a los ojos y le sonrío. Finalmente se acercó hasta su oreja, mordisqueó ligeramente su lóbulo (Santana se sintió desfallecer) y le susurró "todavía no empezamos y ya es cien veces mejor que las cosas que dicen en los pasillos". Se besaron desaforadamente una vez más, las manos de Santana recorrían cada centímetro del cuerpo de Quinn. La latina se sonrojó cuando sintió las delicadas manos de la rubia jugando con su trasero. No podía tener esa cara de ángel y mover sus caderas tan sugestivamente.

-Mmm, no es justo. Yo estoy en ropa interior y tu traes hasta los zapatos – protestó cuando Santana se dirigía de una buena vez por todas a juguetear con su pecho. La latina salió despegada como un resorte, se deshizo con cierta dificultad de sus zapatos y, giró para ofrecerle a su compañera que le baje el cierre. Quinn no pensaba desaprovechar la oportunidad, y se dedicó a cubrirle la espalda de besos y de pequeños mordiscos. También aprovechó para desabrocharle el sujetador. Definitivamente, esta chica podía modelar ropa interior.

La morena volteó una vez más, quedando frente a frente. Sus miradas se cruzaron por un instante. Santana se acercó para besarla una vez más, esta vez sin ninguna prenda que se interpusiera. Sintió electricidad en cada rincón de su cuerpo y, por cómo se estremeció su compañera, podría jurar que ella también.

Se apartó y se dirigió a sus pezones. Quinn perdió la noción del tiempo. Podrían haber sido segundos u horas enteras (no podía estar cien por ciento segura, pero se inclinaba más por la segunda opción…) en las que la latina succionó, mordisqueó, pellizcó y envolvió con movimientos circulares. No pudo evitar compararla con aquella primera vez con Puck, en la que el joven se limitó a apretar sus senos de una manera poco satisfactoria. Tampoco pudo evitar la comparación con su profesor, con quien el sexo era bastante más que satisfactorio. Cuando Santana la rozaba con la lengua, con la yema de los dedos o incluso con cualquier parte de su cuerpo de forma involuntaria, ella no podía evitar estremecerse. En cierto punto, casi que la avergonzaba la humedad que brotaba de su ropa interior. Preguntarse cómo estaría la latina y qué haría a continuación no contribuía para nada en solucionar el problema.

No hizo ningún comentario, pero sonrío. Ahogó un gemido cuando sintió la humedad de su lengua rozando su sexo por sobre su tanga. Levantó las caderas, un poco por la sensación, y otro poco para ofrecerle la posibilidad de retirar la prenda. "No, me gusta así" le respondió su compañera, adivinando sus intenciones. Con el dedo índice levantó la prenda y la corrió hacia un costado. Quinn podía sentir cómo el hilo hacía presión en su trasero, y por el otro lado el aire proveniente de la inspiración y la expiración de su compañera en su sexo húmedo. Nunca se había sentido tan expuesta (y al mismo tiempo tan contenida) en toda su vida.

Le indicó, mediante un movimiento de manos, que abriera las piernas de par en par. Quinn no se hubiera animado a discutirle. Su rostro denotaba una concentración que la rubia nunca le había visto. Juraría que se relamió una vez que la vio completamente abierta de piernas, usando las manos para sostenerse y con la cabeza tirada levemente hacia el costado y hacia atrás. Era una posición muy similar a la que usaba para elongar antes y después de las compentencias, y la sola idea de Santana fantaseando con ella en esa época la ponía a mil.

No pudo ahogar el gemido cuando la latina se dirigió, sin ningún tipo de miramientos, al vestíbulo de su vagina. Quinn pudo sentir cómo su lengua se tensó completamente y se introdujo en su entrada. Era un movimiento lento, pero constante. Necesitaba más, y Santana no iba a dárselo hasta que lo pidiera. No obstante, funcionaba. Ella se retorcía, y alternaba intentos desesperados por cerrar las piernas – que la morocha evitaba con un simple movimiento de hombros – con un movimiento pélvico que la acercara todavía más a las fauces de su compañera.

-San…

No hubo respuesta. La latina continúo con su tarea, un poco más fuerte pero también más lento.

-San, por favor…

Todo fue muy rápido. Definitivamente, Santana estaba jugando con ella. En cuanto la escuchó rogar cambió súbitamente de posición. Puso la mano izquierda justo por encima de su pubis, y presionó, tirando ligeramente hacia arriba para exponer el punto que estaba buscando. Se dedicó a estimular su clítoris usando nada más que la punta de su lengua. Luego sumó dos dedos a la ecuación, para realizar el trabajo del que antes se ocupó su lengua.

No sabía cuánto iba a aguantar en esta situación. Nunca nadie – ni siquiera ella misma – la había estimulado así. Su reflejo era escapar, cerrar los muslos, pedir una pausa. Se alegraba de que su compañera no se lo permitiera, porque cada vez que pensaba que no iba a poder soportarlo más se encontraba con una nueva oleada de placer. Cada vez que levantaba la vista y se encontraba con los ojos de Santana en su centro, se sentía como una presa que en algún momento creyó que era la predadora. No sabía si alguna vez iba a poder mirar a su compañera a los ojos sin que se le apareciera esta imagen, pero tampoco estaba segura de que Santana fuera a dejarla ir algún día así que tampoco le importaba demasiado. Por primera vez se encontró rogando que la noche no terminara nunca.

Imposible precisar exactamente cuándo, pero las dos cayeron rendidas. Santana se escabulló rápidamente hacia el baño, y Quinn quedó enrredada entre las sábanas de la cama matrimonial. Solo unos instantes sin su compañera y su cerebro ya estaba a mil. Definitivamente no había sido un error – y si lo era, era el mejor error de toda su vida – pero estaba aterrada. Podía sentir como sus manos temblaban, aunque algo le decía que eso estaba relacionado con la fantástica sesión de sexo que acababa de tener. No pudo evitar sonreír cuando Santana salió del baño completamente desnuda y se escabulló entre las sábanas para acompañarla.

Sus miradas se cruzaron unos segundos debajo de las sábanas.

Santana le sonrío y luego se acercó para darle un suave beso en los labios. No podía ser la misma persona que hasta hace unos minutos estaba diciéndole barbaridades, pero era.

-Buenas Noches, Q…- le susurró, antes de voltear tímidamente a la espera de que la rubia la abrazara.

No pudo evitar sonreír cuando sintió como cada milímetro del cuerpo desnudo de su compañera se pegaba al suyo.

-Creí que ahora me tocaba a mí…