ADAPTACIÓN. Tanto la historia como los personajes no me pertenecen, y la adaptación está realizada por Martasnix, sólo soy un medio de comunicación.
CAPÍTULO 12
Las horas pasaron en silencio, mientras Reyes, Blake o Grant montaban guardia ante la puerta principal. Al fin, Raven Reyes entró en el salón, donde se encontraba Clarke intentando leer a saltos una novela encuadernada en rústica que había encontrado en una pequeña estantería de la guarida.
–Señorita Griffin, ¿podría coger el teléfono de la mesa que tiene al lado, por favor?
Clarke dudó un momento, observando el aparato con una mezcla de aprensión y asombro. Una cosa tan simple: establecer contacto con el mundo exterior. Emocionante y, en cierto modo, terrorífico porque no sabía si estaría preparada para las noticias. Pero tuvo que cogerlo.
–¿Sí?
Durante unos segundos sólo oyó extrañas interferencias, y luego una versión metálica de la única voz que deseaba escuchar.
–Lo siento. No he podido escurrirme antes y me encuentro con una línea ocupada. Sólo puedo hablar un minuto. ¿Te encuentras bien?
–De maravilla. –De repente, a Clarke no le importaba dónde estuviese o cuánto tiempo tuviera que quedarse allí. Aquello era lo único que necesitaba–. ¿Estás herida?
–No.
La respuesta fue demasiado rápida e, incluso con las interferencias, Clarke percibió un matiz en la voz de Lexa que siempre utilizaba cuando hablaba oficialmente y quería evitar una pregunta. Si no la hubiese consolado tanto oírla, se habría cabreado. Ya tendría tiempo para eso más tarde.
–¿Lexa? ¿Qué sucede? ¿Dónde...?
–Lo siento. Ahora no puedo hablar, pero llegaré ahí lo antes posible.
–Ten cuidado.
Luego, sólo hubo silencio en la línea. No obstante, por primera vez desde la explosión que había conmocionado su mundo, Clarke consiguió respirar a fondo sin sentir una dura bola de dolor en el pecho. Lexa estaba a salvo... a salvo... y había encontrado el momento para llamar en medio de lo que debía de ser un pandemónium. Al colgar el auricular, miró hacia la puerta, donde estaba Reyes mirando por la ventana. Eran casi las diez de la noche.
–¿Qué hacen Marcus y Lexa allí?
–No me han informado de eso. –Reyes abandonó la ventana, contenta de que los dos nuevos agentes del FBI que habían llegado una hora antes se encontrasen fuera. Agradecía la vigilancia adicional, porque Blake, Grant y ella estaban cansadas y tensas. A pesar de los turnos rotatorios, no podían cubrir de forma adecuada el interior y el exterior. E, incluso con los chicos del FBI, seguían siendo pocos, pero mejoraría la cosa cuando la comandante y el resto del equipo apareciesen. Clarke la miró, esperando algo más que una contestación prefabricada. La respuesta de Reyes había sido una falta de respuesta automática porque el Servicio Secreto no comentaba nada sobre el procedimiento, ni siquiera con los protegidos. Pero, cuando miró a Clarke a la cara, captó un mal disimulado destello de su preocupación. Y luego recordó lo que Blake había dicho de la comandante y la primera hija. «Necesita la verdad.»
–Imagino que se han reunido con los técnicos en la escena del crimen y con la unidad de explosivos del Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego. Se puede perfilar a un terrorista por las características de la bomba que ha puesto. El primer ensayo es el más importante. La comandante no dejaría que lo hiciese otra persona.
–¿El ensayo? –Clarke tuvo la incómoda sensación de que sabía a qué se refería.
Reyes, por su parte, dudó. No se trataba de un cuadro bonito exactamente, y la conversación la estaba poniendo nerviosa.
–El epicentro de la explosión era el vehículo de cabecera –explicó Octavia Blake, que salía de la cocina con más café–. Dependiendo de la naturaleza del acelerante, la cantidad y la colocación precisa del artefacto en el coche, el radio de la explosión podría estar entre treinta centímetros y noventa metros. Cualquier cosa que se encuentre en ese área constituye una prueba potencial.
–¿De esas cosas no se encargan especialistas? –preguntó Clarke con la garganta seca. Suponía que cualquier cosa incluía también cuerpos humanos.
Reyes asintió.
–Por supuesto. Todas las agencias, el Departamento de Alcohol y Tabaco, el FBI y con toda probabilidad el Departamento de Policía de Nueva York y la Policía del Estado estarán allí. Seguramente ahora se producirá una verdadera locura jurisdiccional.
–Por decirlo suavemente –se burló Blake. Sabía que por eso no había tenido noticias de su propio comandante. Sin duda, Pike estaría intentando dirigir las actividades so pretexto de que los intereses federales tenían prioridad.
–Entonces, a Lexa la necesitan allí, ¿no? –insistió Clarke. No podía imaginar el horror de rebuscar entre los escombros de una explosión que había arrebatado la vida de alguien conocido. «Dios, ¿por qué Lexa no puede dejar que otros hagan eso?»
Reyes la miró, incrédula.
–No se puede marchar hasta que no quede nada que buscar, y más habiendo sido usted el blanco.
Había tal certidumbre e inequívoco orgullo en el tono de la joven agente que Clarke comprendió por qué a Lexa le resultaba tan difícil renunciar a su posición en el equipo. Era claramente la líder.
–Podrían tardar mucho tiempo en acabar, ¿verdad?
Reyes la miró con seriedad un momento, y luego sonrió.
–Si ha dicho que vendrá, señorita Griffin, puede contar con ello.
Clarke no dormía, sólo yacía quieta en la oscuridad. La suave llamada a la puerta la hizo saltar con el corazón acelerado y el pulso a reventar. Miró los dígitos rojos del reloj de la mesilla. Las tres y veinte de la mañana.
–¿Sí?
–Señorita Griffin, soy...
–Entre –se apresuró a decir, rebuscando en la cama el albornoz que alguien, amablemente, había puesto en el cuarto de baño.
Se encontraba junto a la cama, ciñéndose el cinturón, cuando la puerta se abrió despacio, dejando pasar un leve rayo de luz del pasillo, y luego se cerró otra vez. No había encendido la lámpara de la mesilla, pero el resplandor de las luces de seguridad, hábilmente ocultas en los árboles próximos a su ventana, bastó para iluminar la inconfundible figura de Lexa.
–¿Lexa? ¿Te encuentras bien?
–Sólo cansada –respondió Lexa con voz áspera. Apenas las separaban dos metros, ambas se habían inclinado un poco hacia delante, y el silencio reinaba entre ellas. –¿Cómo estás? –susurró Lexa al fin–. Reyes dijo que te encontrabas perfectamente, pero...
–Bien. Estoy bien.
Lexa avanzó con paso vacilante, dudó, y siguió avanzando. Cuando habló, en su tono no había ni pizca de su habitual reserva, y preguntó tímidamente:
–¿Te importaría mucho que... te tocara... sólo para asegurarme?
En el corazón de Clarke se calentó un músculo frío y asustado. Tembló ligeramente con la sensación de anticipación que apenas recordaba y que pertenecía a una época anterior a aquella en que había aprendido a asumir las decepciones de las promesas de una amante.
–No, no me importaría en absoluto.
Clarke dio un paso para reunirse con ella, y los brazos de Lexa la ciñeron con dulzura. Clarke apenas se atrevía a respirar, pues temía despertar de repente y comprobar que se trataba de un sueño. Despertar y encontrarse otra vez sola en la oscuridad, esperando que una mujer la tocase, que las caricias de una amante la liberasen. Se mantuvo muy quieta, deseando que el momento no acabase nunca. Lexa suspiró, contentándose con absorber el calor del cuerpo de Clarke. Mientras la abrazaba, la energía de Clarke penetró en el aturdimiento que se había apoderado de su mente y de su cuerpo durante la interminable noche. Le dolía... todo. Pero estar con Clarke, sentir los latidos de su corazón, escuchar su tranquila respiración, apoyarse en su fuerza, acompañarla, limaba las aristas de su dolor. En un determinado momento, Clarke acarició despacio la espalda de Lexa, con cuidado, asegurándose de que aquella mujer era real. Cuando alzó los brazos para rodear los hombros de Lexa, apretándose contra ella, Lexa jadeó.
–¡Estás herida!
–No es nada. –Lexa apoyó la mejilla en el pelo de Clarke y cerró los ojos. «Dios, ¡qué maravilla estar junto a ella!» No se había dado cuenta de lo cansada que se sentía. Tenía mucho que hacer. Cuando al fin se había asegurado de que Clarke estaba ilesa y a salvo en la casa segura, se enfrentó a la escena del crimen: acordonaron el parque en la zona inmediata a Sheep Meadow, una tarea imposible, y luego comenzó la recogida de pruebas y los interrogatorios. Tuvo que llamar a la hermana de Jeremy Finch en Omaha, sin nada que ofrecer más que su presencia en la línea mientras la mujer lloraba. Y, después, informar por una línea segura a Washington y reunirse con el viceconsejero de seguridad y con su propio director para confirmar que no había amenaza inminente
contra Clarke. Más tarde, tomaron las decisiones sobre adónde la llevarían, y cuándo y cómo sería el aislamiento. «El condenado de Pike discutió conmigo cada paso.» Cada minuto, durante las doce horas anteriores, se había preguntado si Clarke estaría herida, aunque Reyes había informado de que no existían daños, y le había preocupado que Clarke pudiese seguir en peligro, o que estuviese asustada o sola. Doce horas separada de ella le habían parecido un año. Abrazó a Clarke más fuerte y volvió a jadear ante la repentina punzada de dolor en el brazo. Le costaba trabajo cerrar los dedos de la mano derecha.
–Cuéntame –susurró Clarke.
–Sólo son unas quemaduras –murmuró Lexa, que casi se dormía de pie. En aquel momento no le dolían tanto. Levantó la mano sana para acariciarle la cara a Clarke–. ¿Seguro que estás bien?
–Ahora sí. –En ese momento se dio cuenta de que Lexa temblaba mucho. Y, por más que no quisiera que se fuese, Clarke sabía que era esencial–. Lexa, tienes que acostarte.
–Déjame que me quede sólo un minuto –repuso Lexa con voz monótona y las palabras forzadas y lentas–. Estaré bien si no me muevo durante un minuto. No me duele si no me muevo. Sólo me siento un poco cansada.
–Lo sé –afirmó Clarke, y se dirigió con Lexa hacia la cama, caminando con pasos cautelosos. La preocupaba que Lexa siguiese sin protestar. No era propio de ella. No se trataba sólo de fatiga–. ¿Lexa?
–¿Hum? –preguntó Lexa, procurando recordar qué debía hacer a continuación–. Reyes... el informe de Reyes. Lo necesito.
–¿Te han dado algo para el dolor?
A Lexa se le pusieron las piernas rígidas y se sentó. Cama. «¿Cómo he llegado hasta la cama?»
–No. Les dije que no. Tengo que hablar... con... Marcus.
–¿Tienes dolor ahora? –preguntó Clarke recostándola sobre las almohadas con el brazo bajo los hombros de Lexa.
–No demasiado –murmuró Lexa. Sentía un extraño hormigueo en la mano derecha. Luego se dio cuenta de que Clarke le ponía las piernas sobre el colchón y le quitaba los zapatos. –No debería estar aquí –observó Lexa de pronto, como si acabase de comprender dónde estaba.
–Estás a salvo por el momento –dijo Clarke en tono amable, mirando las vendas de gasa blanca, manchadas con puntos oscuros, que envolvían la mano y el brazo de Lexa. No las había visto antes. Tragó a pesar del nudo que tenía en la garganta y acarició con suavidad la mejilla de Lexa–. No creo que estés en condiciones de romper ninguna regla esta noche.
–Esto va definitivamente... contra... las normas –apuntó Lexa medio dormida, y buscó la mano de Clarke, aunque sólo consiguió rozar con sus dedos la palma de la joven.
–Sí –susurró Clarke, y se inclinó para besarla en la boca–. Ya lo sé, comandante.
Luego, Clarke tapó a la mujer dormida con las mantas y abandonó en silencio la habitación
