Réquiem

Tayuya

Siempre supo que el futuro era una mera ilusión, al menos para ella, desde el momento en que dejó que se le marcase como maldita, aceptaba su destino como la puerta del norte, la protectora, el sacrificio… pero se mantuvo orgullosa aunque sabía que su valor apenas rayaba en la vaga idea de esbirro. No hubo dudas ni inquietudes, solo era un mortal más que entraba en la boca de la serpiente por voluntad propia, consiente de serviría únicamente para los fines de su señor.

Ella fue quizás la única que supo eso desde el principio, no era tonta y la vida le había enseñado que los benefactores que ayudan almas en desgracia no lo hacen sin interés personal de por medio, no se trataba de una oportunidad de superación personal ni de sueños de grandeza, poder y gloria, solo quería hacer de ella una muñeca más que al perderse podía reemplazarse.

Si ella lo sabía, entonces no debió aceptar, y solo entonces quizás podría haber esperado de la vida algo mejor que servir para proteger a una deplorable víbora. Pero ella aceptó completamente consiente porque quería vivir, cuando irónicamente al aceptar se condenara a morir. Quería salir de la miseria que tenía por vida, quería ser algo más que una obediente esposa llena de hijos; quería correr, saltar, golpear e insultar cuando se le viniera en gana, tener la misma libertad de cualquier hombre, sentir el frío metal de las armas en sus manos, el chakra correr su cuerpo, el olor de la sangre de los que la humillaron, el sabor de su victoria sobre los que le quitaron lo que alguna vez le importó.

De la boca de la serpiente ya nadie podía sacarla, en parte porque no había nadie a quien le importara su destino, también porque ella no quería ser liberada; el abismo horrible de la crueldad ya la había engullido y los lazos de las tinieblas apresaban su corazón y mente.

Cuando peleaba lo hacía sin distinción, sin piedad, sin dudar en cada golpe, en cada técnica había una alta dosis de esa determinación suya para aferrarse a la vida a costa de quien fuera.

Cuando entrenaba ponía cada gota sudor con tal de sangrar menos en batalla porque con cada éxito le garantizaba la renovación de su pacto con la serpiente, y con ello, un plazo más de tiempo en este mundo.

Cuando hablaba lo hacía tan malsonante como podía y ese rasgo característico de su persona, a ojos extraños vulgar e insolente, podía asimilarse con su suerte, muchos pensaban que lo hacía porque de alguna manera quería sacar todo el dolor que tenía por dentro, pero para ella no era así, la realidad era más sencilla; hablar como señorita de la nobleza le resultaba estúpido si se ponía a comparación su vida con esas ridículas ilusas que no conocen el rostro de la muerte. Ese rostro que siempre había visto desde que tenía memoria, porque la acompañaba a cada instante de su vida, desde la que debió ser su tierna infancia, la primer orden de la serpiente, el primer asesinato silente, cuando conoció un campo de batalla, hasta el encuentro con aquél shinobi de las sombras; en todos esos momentos pudo verlo, en la mirada de los inútiles que osaban enfrentarle, aquellas miradas que dejaban ver perfectamente un alma temblorosa, llenos de temor, sabiendo que era el fin de sus días a manos del demonio del sonido.

Esa mirada trémula, que aunque no quisiera reconocerlo había puesto mientras el bosque se desplomaba sobre ella,

"Que forma tan ridícula de morir", fue lo primero que vino a su mente, tanto esfuerzo tanto sacrificio, cada parte de su ser especializada en supervivencia, y todo terminaba así…

Su fino oído percibió la forma en que cada hueso de su cuerpo se fragmentaba como los troncos que no le permitían hallar una salida, el silbido del viento cortante pasando cerca de su cabeza.

Ella recorrió el camino del shinobi como cualquier otro y no pedía absolución, no se arrepentía aunque a su joven edad no se hubiera conducido más que por las ataduras del egoísmo, nadie iba a socorrerla y estaba consciente de que tampoco podía escapar al juicio del olvido, solo porque no pudo ser más que el chivo expiatorio nadie iba a acordarse de ella como lo harían de la serpiente.

Estaba segura que nadie jamás había entendido, no era ni la mala ni la buena, solo quería vivir, pero no importaba, había logrado su cometido, que aunque por un breve lapso, pudo sentirse por encima de muchos… el viento cesó, ahora todo era calma, silencio…

Al mundo de la muerte se dirigía conducida por su propio deseo de poder, a su llegada en aquél páramo lúgubre nadie la esperaba, el coro de los malditos profiriendo sus lamentos sería lo único que escucharía y junto con los otros del sonido tendría lo que siempre quiso: la esencia de la guerra envolviéndola hasta perderse entre resonancias metálicas, gritos de batalla y su eterna melodía de la caza.


Comentarios y aclaraciones:

¡Gracias por leer!