Amor Inesperado

By Tsuki No Hana

XII

"Recuerdos dolorosos"

Semanas atrás…

Los viajeros: Syaoran, Fye, Kurogane y Mokona, llegaron a otro nuevo mundo. Tenían ya un par de años moviéndose de un lugar a otro cada que el pendiente de Mokona resplandecía. Y como era costumbre cada vez que llegaban a una diferente dimensión, el aterrizaje era estrepitoso y doloroso.

—¡Kaa puu! Llegamos a otro mundo —exclamó Mokona, como de costumbre.

—Condenado manju, ¿Que nunca podemos aterrizar bien? —Kurogane estaba molesto, ya que tenía a todos sus compañeros sobre él.

—Lo siento mucho —el castaño se incorporó de inmediato de la espalda del alto, quien pensó que tendría que batallar de nuevo con Fye, ya que siempre que caen así él nunca quiere bajarse de su espalda, sólo por molestarlo, pero esta vez se sorprendió al ver que el mago ya se encontraba de pie y con un no muy buen aspecto, parecía como si hubiera visto un fantasma.

—¡Hace mucho frío! —se quejó la bolita blanca que se perdía fácilmente con toda la nieve que estaba a sus pies. Dio pequeños brinquitos hasta que se coló en el abrigo del rubio, quien ni siquiera se inmutó. De esto se percató Kurogane.

—Oye… —llamó a su compañero, pero éste ni siquiera lo escuchó.

—No. No puede ser —musitó el mago con los ojos totalmente abiertos y su rostro más pálido de lo normal. Miraba hacia el horizonte, dándole la espalda a sus amigos.

— ¿Fye, estás bien? —preguntó Syaoran, pero no recibió respuesta, el mago aún seguía con la mirada perdida en el reino que se veía a lo lejos frente a ellos—. ¿Acaso conoces este lugar?

—Sí... este es el país de Valeria, es donde nací —murmuró. Sus orbes azules estaban más abiertos que nunca, ni siquiera se podía mover de su lugar, estaba impactado.

—Bola blanca, llévanos a otro mundo —ordenó de inmediato el ninja. La aludida y el castaño entendieron de inmediato que ese lugar representaba todo lo malo que había ocurrido en la vida de Fye, sus traumas nacieron de ese país, sus tristezas, sus miedos. No podían permanecer ni un momento más ahí, además que no parecía hacerle nada bien al rubio.

—¡Sí! —unas alas blancas salieron de la espalda de la pequeña Mokona, lista para transportarlos a otro mundo, pero… el pendiente de su oreja se rompió en mil pedacitos, impidiéndole transportarlos en ese momento—. ¡Oh no! —exclamó, asustada—. No puedo hacerlo.

—Maldición —masculló el ninja—. Comunícanos con Yuuko.

—No —dijo de pronto el rubio—. Puede que aquí encontremos lo que tanto hemos buscado. No entiendo cómo es que el reino volvió a crecer de esta forma si se supone que el emperador asesinó a todos los habitantes, pero sí estoy seguro que hay hechizos muy potentes que nos serían de gran ayuda.

—Pero… ¿Estás seguro de que quieres seguir aquí?

—Sí —por primera vez despegó sus ojos del reino y miró al castaño con una sonrisa muy leve—. Quedémonos por lo menos hasta que encontremos algo que nos sea de utilidad, después de eso nos iremos cuanto antes de este lugar —masculló entre dientes las últimas palabras. Se veía resentimiento en su mirada.

—¿No crees que es mejor que nos vayamos? —inquirió el castaño, sabía lo difícil que sería para el rubio afrontar su pasado de esa manera.

—Mokona no puede transportarlos, Mokona se siente malita —bajó sus orejitas con tristeza.

—No hay remedio, nos quedaremos. Pero no importa si encontramos algo o no, si la bola blanca se siente bien, nos largamos de aquí —espetó el ninja de mala gana.

—Va a anochecer en poco tiempo y el reino está demasiado lejos —el rubio comenzó a caminar, el resto lo siguieron.

—¿Qué planeas? —preguntó el ninja.

—En las montañas del bosque hay muchas cuevas y cavernas, alguna nos servirá para pasar la noche y no morir de frío.

Los otros tres no dijeron ni objetaron nada, no sabían qué opinar al respecto, así que sólo siguieron a Fye, quien por cierto estaba lleno de dudas y preguntas, ¿cómo es que el reino estaba como antes? Y ¿por qué? Se supone que el emperador había asesinado a cada habitante del lugar. Estaba nervioso y hasta asustado de regresar a su país natal, ¿qué pasaría si al regresar se encuentra con personas que lo conocen? ¿Lo reconocerían? No podía evitarlo, cada vez estaba más nervioso y sus compañeros ya empezaban a notarlo.

La noche había caído y ya tenían organizando un campamento improvisado dentro de una cueva para pasar la noche. Estaba comenzando una leve tormenta de nieve, bajando la temperatura considerablemente. Todos tenían frío, así que se acercaron lo más posible a la fogata para agarrar calor. Syaoran y Mokona fueron los primeros en caer rendidos al sueño, mientras que el ninja y el mago seguían despiertos, sentados alrededor de la fogata.

—¿Estás seguro de esto?

—Sí.

—Has cambiado —murmuró. De inmediato sintió la mirada llena de interrogación que le dirigía su amigo—. Hace algunos años habrías preferido huir. Has cambiado —repitió serenamente.

—Bueno… también tiene mucho que ver el hecho de que en este país hay demasiados libros buenos de donde puedo configurar un buen hechizo, ideal para traer de vuelta a los clones sin tener que seguir viajando tanto —no quería admitir en voz alta que si no fuera por eso, él ya se habría ido corriendo, volando o como fuera de ese maldito lugar.

—¿Y dónde los conseguiremos?

Ante esa pregunta, el rubio alzó sus azules ojos, mirando hacia el horizonte en medio de aquella tormenta. Y allí, fuer a de la cueva, a muchos kilómetros se encontraba un enorme edificio, muy elegante.

—En el castillo —contestó—. Debemos de tener mucho cuidado. No tengo idea de quién sea el emperador o cómo rayos fue que la población creció tanto después de quedar "extintos" Por lo menos no he olvidado cómo llegar, también recuerdo dónde queda la biblioteca del castillo —era completamente visible el nerviosismo que luchaba por ocultar—. Espero que nadie me reconozca —dijo en un susurro apenas audible, pero el agudo oído del ninja lo escuchó claramente. No podía evitarlo, estaba preocupado por el bienestar del mago, tanto psicológico como emocional.

—Duérmete. Mañana partiremos al amanecer —le "ordenó" y justo después se acomodó para dormir. El rubio sólo contestó con un escuálido "Mmh" como afirmación, pero se quedó sentado justo donde estaba, mirando fijamente el fuego.

Sus pensamientos y tormentos no lo dejarían pegar el ojo en toda la noche, esto hizo que se levantara incluso antes del amanecer. La tormenta había parado por completo y el horizonte se veía hermoso: Un lindo pueblo en medio de un bosque, rodeado de enormes montañas y todo esto cubierto por una gruesa capa de nieve que brillaba con los incipientes rayos del Sol naciente. La vista era simplemente hermosa, si tan sólo se tratara de otro lugar, su alma estaría feliz ante tal hermosura.

Después de admirar el paisaje, decidió caminar un poco para estirar sus piernas, mientras tanto siguió con sus pensamientos y problemas, dándoles vueltas y vueltas. Detuvo su andar al llegar a un pequeño claro, vislumbró un montón de rocas que presumían ser algo cómodas como asiento y se acomodó sobre una de ellas, desde ahí se podía apreciar un lejano lago que seguramente estaría congelado.

Necesitaba pensar un rato, así que decidió quedarse ahí hasta que los demás despertaran. Estaba a gusto y aprovechó la situación para despejar un poco su atiborrada mente.

— ¿Fye?

—Fye, ¿Dónde estás?

Mokona y Syaoran lo llamaban. Al escucharlos se levantó de la roca en la que estaba sentado y fue hacia ellos, no quería preocuparlos.

—¿Estás bien? —brincó hacia las manos del rubio, éste la recibió con un intento de sonrisa mientras asentía con la cabeza.

—Vámonos —ordenó Kurogane para luego empezar a caminar hacia al reino, seguro en un par de horas llegarían.

Cuando llegaron al pueblo, Fye pudo notar que casi no había cambiado, los edificios, casas y negocios seguían siendo como antes, siempre con un toque elegante y cálido a la vez. Los demás integrantes del equipo podían notar el nerviosismo y temor que sentía el ojiazul conforme avanzaban y se adentraban más en aquel país.

—¿Y bien? ¿Cómo llegamos a ese castillo? —inquirió el ninja con algo de brusquedad. Quería irse cuanto antes de allí, aunque no podía negar que ese reino le despertaba un poco la curiosidad, pues era el país natal de su amigo, pero el susodicho se veía algo desorientado y confundido.

—Ya no estoy seguro, ha cambiado tanto desde la última vez que estuve en el pueblo —decía mientras veía hacia todas partes.

—¿Cómo podrías recordarlo? si la última vez que estuviste en el pueblo no tenías más de diez años —comentó el moreno con brusquedad. Al ver la reacción del mago se arrepintió de decir aquello.

—Tienes razón —sonrió falsamente mientras desviaba la mirada hacia a otro lado—. Será mejor preguntarle a alguien —sugirió, con la tristeza reflejada en sus ojos. El ojirubí se sintió mal por haberle dicho aquello, Fye ya la estaba pasando lo suficientemente mal como para que él le recordara sus desgracias.

—Vayamos a ese lugar —Syaoran apuntó hacia una cafetería—. Ahí podrían darnos información.

Todos estuvieron de acuerdo con el muchacho y se dirigieron a aquel lugar.

—¡Bienvenidos! —les dijo la encargada del lugar.

—Buenos días —saludaron los viajeros.

Los cuatro miraron aquella cafetería. Tenía un gran parecido a la que atendieron ellos en el país de Outo hace tiempo. Los grandes ventanales dejaban entrar mucha luz, sus paredes color marrón chocolate le daba un aspecto cálido y familiar al lugar; además del delicioso aroma a chocolate y canela que se respiraba en el ambiente que era totalmente distinto al frío congelante de afuera.

—Disculpe ¿Podría darnos indicaciones para llegar al castillo? —preguntó el castaño con amabilidad.

—¿Al castillo? —los ojos grises de la muchacha se abrieron de par en par, algo espantada por la mención de ese lugar—. Ustedes son viajeros ¿Cierto?

Los chicos se extrañaron con su actitud, pero aun así asintieron.

—Síganme a la cocina, por favor —pidió amablemente, pero en voz baja mientras le daba la señal a otra muchacha para que se hiciera cargo del lugar—. No sería bueno que alguien escuchara lo que estoy por decirles, pero son extranjeros y tienen derecho a saber las atrocidades de este país —los miró con preocupación—. Después de que les explique, deberían irse de aquí cuanto antes.

— ¿A qué te refieres? —inquirió Kurogane, igual de confundido que sus compañeros.

—Lo que ustedes quieren hacer es imposible —advirtió—. Desde que llegó ese emperador nadie ha podido visitar el castillo. Las personas que han intentado llegar ahí, siempre terminan perdidos en el bosque. Hay un hechizo potente que evita que la gente se acerque al lugar.

El rubio se asombró, pero en ningún momento se adentró a la conversación, se mantuvo al margen en todo momento, incluso se cubría un poco con la capucha de la capa que les dieron en Clow. No quería que nadie lo reconociera.

—Entonces… ¿Cómo saben que hay un emperador si éste no permite que lo vean? —inquirió el ninja, escéptico ante toda esa explicación.

—Hay personas que sí lo han visto, pero muy pocas son las que han regresado después de eso. La única forma de llegar al castillo es que los guardias te arresten. Cuando lo hacen te llevan frente al emperador y él decide si te deja en libertad o te condena a permanecer preso en las celdas del castillo por tiempo indeterminado. Las pocas personas que han regresado tienen graves traumas, ya que han visto que en realidad son pocos los que salen libres. Los que se quedan son asesinados y arrojados a una fosa donde los cadáveres nunca se pudren y están ahí por el resto de la eternidad —narró con detalle.

—Pero… ¿Por qué el emperador le haría eso a sus súbditos? —Syaoran no cabía en sí de la impresión.

La chica soltó un fuerte suspiro y cerró los ojos, como recordando algo muy doloroso.

—A él en realidad no le corresponde ser monarca, pero llegó de repente, justo cuando necesitábamos a alguien que gobernara al país. Pensamos que todo estaría bien, pero… al parecer este hombre está igual de desquiciado que el emperador anterior.

—¿Por qué lo dices? —murmuró el ninja, las cosas se ponían interesantes.

—Porque no desiste en su búsqueda de los herederos al trono. Él insiste en encontrarlos, dice que están vivos y que no parará las masacres hasta encontrarlos.

—¿¡Y eso por qué? —se exaltó el ninja. Sabía que se refería a los gemelos.

—Nadie lo sabe. El emperador está obsesionado con eso. Yo creía que los gemelos seguían en el Valle de la desesperanza, encerrados. Pero al parecer no es así, de lo contrario el hombre no estaría tan desesperado buscándolos.

—Y… ¿Qué pasó con los habitantes? Quiero decir… desde aquella vez que el antiguo emperador se volvió loco y empezó a asesinar a todos —preguntó el ojiazul por primera vez, pero sin enfrentarla cara a cara.

—Veo que sabes un poco sobre la historia de este país —mencionó con un tono melancólico y triste a pesar de su leve sonrisa—. Lo que ocurrió fue que hace muchos años el antiguo emperador enloqueció al creer que sus nietos traían desgracia al país. Cada vez que ocurría algún desastre natural, el hombre culpaba a los niños porque según él "Los gemelos de la desgracia" eran los que causaban todos los problemas. Llegó un día en que no soportó más y encerró a los gemelos en el Valle de la desesperanza, que es donde el actual monarca tira los cuerpos de sus víctimas. Si no mal recuerdo… encerró a Fye en la torre y a Yuui en el fondo con los cadáveres. Después de unos años, el emperador comenzó a matar a todos los habitantes. Afortunadamente un país vecino llegó a tiempo y nos ayudó a escapar, muchos lo logramos, pero también muchos murieron en el intento —suspiró con tristeza—. Luego de unos años nos enteramos de que el emperador se había suicidado, decidimos volver al país para rehacer nuestras vidas. Aunque al regresar todos tuvimos la misma pregunta: "¿Seguirán los gemelos encerrados en aquel valle?" muchas personas así lo preferían, pero mi familia no.

El rubio se asombró mucho al escucharla decir eso.

—Muchas veces mis padres intentaron llegar al castillo para poder ir al valle y sacarlos de ahí, pero el nuevo emperador los asesinó en el intento… tiempo después me enteré que los gemelos no estaban más ahí. En fin… esa es la historia de lo que ha sucedido en este país —dijo con mucha tristeza—. Y disculpen que los haya hecho venir hasta acá dentro, pero es que la gente no puede escuchar la palabra "Gemelos" sin alterarse.

—Siento lo de tus padres —dijo Syaoran con comprensión.

—Gracias —sonrió suavemente.

—¿Es en serio? —Preguntó Fye.

—¿Qué cosa? —hizo el ademán de acercársele un poco para ver su rostro bajo esa capucha, pero el rubio se lo impidió.

—¿Es cierto que tu familia no odiaba a los gemelos? —preguntó, aún sin mostrarse totalmente frente a la muchacha.

—Sí —sonrió tristemente—. Mi familia era de las pocas que estaban en desacuerdo con el emperador, además, cuando los gemelos nacieron, mi madre ayudó a la princesa a cuidar de ellos y más aún cuando el padre de los pequeños falleció y la princesa quedo en shock. Recuerdo que a veces acompañaba a mi madre y jugaba con Fye y Yuui —sus ojos brillaron por las lágrimas que querían salir—. El día en que los encerraron prometimos volvernos a ver algún día y que nuestra amistad nunca desaparecería —las lágrimas corrieron por sus mejillas al recordar a sus amigos.

—¿¡H-Himawari?! —dio un paso al frente y al mismo tiempo se quitó la capucha, revelando por fin su identidad.

La aludida se llevó ambas manos a la boca por la fuerte impresión de ver a uno de sus mejores amigos de la infancia, estaba completamente asombrada y un poco asustada.

—¡Oh por dios! ¿En serio eres tú, Yuui? —se le acercó un poco, viéndolo con los ojos totalmente abiertos debido a la impresión.

—Sí, soy yo —sonrió dulcemente antes de dar un paso al frente y encerrarla entre sus brazos con fuerza.

Kurogane, Mokona y Syaoran no creían lo que veían, además de la sorpresa de que eran conocidos, también estaba la gran impresión que sintieron al ver que la chica lo llamó por su verdadero nombre, es decir, Himawari podía identificar bien a cada gemelo.

—¡Me alegra tanto verte de nuevo, Yuui! —lo abrazó con fuerza mientras lloraba—. No puedo creerlo, después de tanto tiempo vuelvo a verte, pequeño Yuui —se separó del abrazo y lo miró con un infinito amor. Eso de "pequeño" extrañó un poco a los demás, ya que entre ambos había una gran diferencia de estatura, ella apenas sobrepasaba el hombro del mago. Era alta, pero no tanto como él, aparentaba unos veinte años a pesar de ser un año mayor que el rubio; sus ojos grises cautivaban a cualquiera que los viera y su cabello largo, negro y rizado que era imposible de olvidar, Fye no entendió cómo fue que no la reconoció desde el instante en que la vio.

—A mí también me alegra mucho verte de nuevo —respondió con total sinceridad. Luchaba con fuerza para contener sus lágrimas.

—¿Y Fye? ¿Dónde está? —preguntó con una sonrisa enorme mientras se limpiaba las lágrimas. Pero esa sonrisa se esfumó al ver la reacción de su amigo, quien reflejó un gran vacío y tristeza al escuchar aquello—. ¿Yuui, dónde está Fye? —preguntó con temor.

Fye… —desvió la mirada—… está muerto —apretó puños y dientes con impotencia. Aún no superaba la muerte de su hermano y tal vez nunca lo haría.

—No… eso no puede ser —se cubrió la boca con horror, mientras un sin número de lágrimas surcaban sus mejillas—. ¿Cómo pasó? —se le quebró la voz.

—Si no fuera por él… yo aún seguía encerrado en el valle. Él dio su vida para que yo pudiera salir de ese infierno —explicó con un gran vacío en su voz.

Los otros tres sólo miraban aquella escena sin decir nada. Poco después sintieron que estorbaban un poco, así que decidieron darles privacidad y salieron de la cocina sin que se dieran cuenta.

El mago habló con Himawari por muchas horas, le contó sobre el sacrificio que hizo su hermano para que pudiera salir, también de cómo fue su vida después de que salió del valle, sobre el tiempo que vivió en Celes, su viaje por las dimensiones, también sobre el país de Tokio donde se había convertido en vampiro por la pérdida de su ojo izquierdo, del regreso a Celes donde se encontró de nuevo con Ashura, de cómo éste se había deshecho por completo de lo que quedaba de Fye y finalmente de la muerte del rey a causa de Kurogane. Después continuó narrándole sobre sus amigos y también de la batalla que tuvieron con Fei Wong, donde él había podido recuperar su ojo izquierdo y al final le platicó la razón por la que estaban ahí: encontrar una manera para traer de regreso a sus amigos Sakura k y Syaoran.

Le contó cada detalle de su vida y lo doloroso que era para él el no tener a su hermano con vida. También le habló sobre su nombre, le explicó que cuando murió Fye, él había decidido tomar su nombre hasta que pudiera traerlo de vuelta a la vida, de esa manera sentía que su hermano estaba con él al menos en el nombre y que por esa razón todos lo llamaban Fye.

—Eso ha sido mi vida hasta ahora —finalizó el rubio con una sonrisa triste.

—Tu vida no ha sido nada fácil —se limpió unas lágrimas—. Perder a tu hermano... aun no puedo creer lo de Fye —lágrimas volvieron a salir de sus ojos grises. Himawari se le arcó y lo abrazó cariñosamente—. Eres muy fuerte —susurró en su oído con admiración.

—No tanto como quisiera —correspondió el abrazo.

—Haré todo lo que esté en mis manos para que puedan encontrar el castillo, "Fye" —se separó del abrazo y sonrió de lado. El rubio sonrió por como dijo su nombre.

—Gracias Himawari, pero si te incomoda llamarme así puedes decirme Yuui —ofreció, pero ella se negó.

—No hay problema. Así es como te llaman ahora, así que trataré de acostumbrarme —sonrió—. Por cierto, ¿Ya tienen dónde pasar la noche? —no se habían dado cuenta que ya estaba anocheciendo.

—Aún no, cuando llegamos a Valeria este fue el primer sitio que visitamos —contesto él.

—Bien, entonces se quedarán en mi casa —sonrió con emoción—. Vivo sola en la casa que me dejaron mis padres, así que hay mucho espacio para todos.

—¿Estás segura? —preguntó, apenado. Ella asintió muy contenta—. Muchas gracias —sonrió leve, pero sinceramente.

Después de eso Fye pareció reaccionar y le preguntó a su amiga sobre sus padres: Hatake Kunogi y Tsubaki Kunogi. Ésta se puso muy triste y le narró los sucesos de hace ya varios años.

Continuará…