Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos predeterminados me pertenecen. Lo mismo aplica a la Enciclopedia de Chicas Monstruo y las 30 franquicias de las Grandes Ligas de Béisbol, incluyendo sus afiliados dentro de la pelota organizada. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Capítulo 12: Hamilton
Lo que más llamó la atención de Lide fue la casona al estilo victoriano, rodeada de amplios jardines con fuentes y estatuas al estilo mediterráneo. Había estacionados en su frontis una media docena de vehículos, mientras del otro lado dos camionetas de reparto terminaban de entregar la orden destinada al Chiaffrax, restaurante calificado por Brian como uno de los "secretos mejor guardados" de Bermuda. Un buen número de turistas con poco tiempo en las manos lo evitaba por quedar algo a trasmano del centro, aunque de allí hasta la estación principal de buses no había más que un cuarto de hora a pie, tiempo reducido a la mitad en motocicleta o transporte público.
Llegaron allí a eso de las 12:55 PM, luego de media hora de viaje amenizada gracias al agradable clima y el tráfico a favor: nada de atascos ni choques ni mucho menos detenciones súbitas por parte de la policía. La primera parte del trayecto, compartida en silencio o sólo rota mediante pequeñas charlas para destacar el hermoso paisaje de la costa norte, continuó la tendencia de mostrar caminos sin berma y de una pista por lado. A fin de hacer justicia a los peatones, existían senderos tapizados de arena corriendo de forma casi paralela a North Road, besando las playas e intimando con incontables macizos de vegetación. Más o menos a la altura del Club de Golf Ocean View tomaron una ruta hacia adentro, perdiéndose en otro camino flanqueado por altos muros de piedra.
-¿Cómo hace la gente que vive por aquí para moverse? -preguntó ella, contemplando las rugosas facetas talladas conforme se alejaban del mar.
-Suelen salir por las calles interiores que cruzan encima de esta -contestó él mientras dejaban atrás un paso bajo nivel-. Son cortas pero bastante laberínticas; algunos de mis antiguos compañeros de escuela vivieron por estos rumbos. Ignoro qué habrá sido de ellos.
-Me imagino que este rincón debe ser un túnel de viento durante el invierno -la sacerdotisa se estremeció sólo un poco.
-¿Deseas que vaya más rápido? Así podremos volver al sol para que no te enfríes.
-No, no. Estoy bien, Brian. Estoy bien.
Por suerte para ambos, los muros terminaron pronto y otro frondoso ambiente entre el que se veían casas, canchas de tenis, parques y senderillos, les dio la bienvenida. Estaban ahora casi al mismo límite de Hamilton, en la Parroquia de Pembroke. La peliazul consideró casi humorístico que, a diferencia de St. George, la capital del país no estuviera dentro del territorio homónimo, ubicado en el mismo sitio donde descansaban las hermosas Cavernas de Cristal y que tenía a la villa de Flatts, habitada por unas cuatrocientas personas, como frontera austral. Dando la vuelta en dirección para esquivar el flujo de la Avenida Cedar, siguieron por otro hermoso barrio residencial muy parecido al de Mullet Bay pero con aspecto netamente de ciudad: las calles eran más anchas y sí tenían veredas de ancho estándar.
-Otra rotonda -rió la liminal-. ¿No te decía yo que los planificadores urbanos estaban obsesionados con ellas?
-Por eso no estudié esa carrera en Estados Unidos, amiga mía.
Cemetery Road tenía un nombre engañoso; el camposanto estaba en la otra punta, casi cerca de la zona con paredes altas e intimidantes. Sus tumbas blancas, vistas desde fuera y casi frente al campo de tenis local, creaban la misma sensación de paz que los inundara al visitar la Iglesia de San Pedro en el pueblo histórico. Vieron más viviendas en tonos pastel, algunas con piscina y otras no. Todas tenían cercas bajitas, ora de piedra, ora de madera blanca cuidadosamente barnizada y desprovistas de puerta. También se notaba más tráfico, caracterizado principalmente por vehículos particulares y uno o dos autobuses siguiendo las rutas 3 y 4. La sacerdotisa recibió otro dato interesante al respecto: con excepción de la número 6, todas tenían su origen en la Estación Central, ubicada casi a un tiro de piedra del Ayuntamiento.
A cada metro la zona se volvía más tranquila, más parecida a la campiña británica que a un suburbio hermoso por méritos propios. Luego de otro quiebre y un pequeño adelantamiento, ingresaron a la Avenida Rosemont en dirección sur. Brian adoraba esta zona de la ciudad: era un reflejo fiel de su segunda residencia en Chatham Circle, repleta de árboles añosos con hojas perennes, pequeños canales de riego corriendo pegadas a las veredas y construcciones señoriales de las que se identificaban con nombres en vez de números. Cien yardas a la derecha se erigía la casona de ladrillos rojizos y techo blanco, con dos pisos y el consabido ático, donde se encontraba ese secreto tan bien guardado.
-Muy buenas tardes y bienvenidos al Chiaffrax -una muchacha alta, de raíces africanas y sonrisa preciosa les abrió la puerta-. ¿Tienen reservación?
-Sí, a nombre de Brian Willingham -contestó el ojigris-. La hice hace cinco días y me contestó un hombre mayor.
-¡Ah, debe referirse a Marcel! -añadió la maître, perfectamente uniformada en blanco y azul-. Sí, aquí está, señor Willingham. Mesa para dos en un área sombreada y cerca del jardín. Síganme, por favor.
El interior, en estilo tan victoriano como el exterior, mostraba hermosas mesas de caoba, lámparas de lágrimas cayendo de un techo blanco y un piso tan pulido que podía usarse de plato (figuradamente, claro). La mantelería era fina, con detalles florales y del lino más suave. Unos veinte comensales, incluyendo seis o siete chicas monstruo, ya disfrutaban sus entrées o almuerzos, mezclando deliciosos aromas con la conversación abierta por apetitos anhelantes.
-Tenías razón al venir aquí.
-¿No te lo dije?
-Me sorprende que este sitio no aparezca en más guías turísticas.
-Son las ventajas de tener amigos en estos sitios.
-¡Mañana me encantaría ir a la playa!
-¡Fantástica idea! Tengo entendido que hacia la punta hay una preciosa, con arena rosa y muy quieta.
-Vaya que estás romántico.
-Oye, tenemos que disfrutar las vacaciones.
-No hallaba la hora de salir del huracán de la oficina.
-Con perdón, ¿eh? Después el clima se enfada.
-No lo dije con mala intención; aún recuerdo el caos que dejó Fabián en 2003.
-Realmente me gustaría quedarme a vivir aquí.
-¿Y qué harás con la familia?
-¡Pues la traigo para acá! Los niños hablan inglés y podrán convalidar sus ramos en la escuela luego de un par de trámites.
-¿Y tu esposa?
-Le va a encantar. Siempre se queja de que subir y bajar cerros en Valparaíso es un rollo.
La zona exterior era aún más llamativa, sus fuentes creando danzas de agua y arcoiris efímeros al contacto con la luz. Rosas, azaleas, lavandas, láudanos y flores de la pasión crecían alrededor de senderos perfectos, como demandaba la tradición. Sólo una de las seis mesas de por aquí estaba ocupada; dos humanos discutían sobre las ventajas del clima lacustre en comparación al océanico. Por su forma de hablar se deducía que eran un hermano mayor y una hermana menor. El acento mostrado por ellos, sin embargo, no era ni americano ni británico. Parecía italiano, aunque su inglés rozaba la perfección.
-Aquí está su mesa, señor Willingham -la muchacha los acomodó en un rincón bien aireado y lejos del fuerte sol-. Les dejaré los menús y enviaré a uno de mis compañeros de inmediato a tomar sus órdenes.
-Muchas gracias -contestó Lide, saludándola con un gesto de manos.
Una vez que se vieron solos, por fin pudieron reanudar su conversación.
-Muy ingenioso eso de usar tu nombre de nacimiento para reservar la mesa -continuó la peliazul-. Cada vez me sorprendes más, querido.
-Es algo que llevo haciendo durante muchos años. Ya sabes que me gusta tener un perfil bajo cuando estoy aquí y refugiarme en esos espacios donde puedo ser yo mismo -retrucó el beisbolista, sacando esa conversación que tuvieran en Windsor Beach-. Por eso elegí este sitio, algo más apartado del frenesí citadino, para que pudiéramos tomar un buen almuerzo.
-¿Qué comida se sirve aquí?
-De todo. Al igual que The Point, el Chiaffrax es cosmopolita. Su fuerte, sin embargo, es la cocina mediterránea, principalmente enfocada en Italia y la Costa Azul francesa.
-Suena muy bien. Nunca he comido delicias europeas ni africanas, por raro que suene considerando las costumbres de mi colonia -Lide escaneó la lista de platillos con sus ojos rojos-. Sopa de cebolla, polenta frita con guarnición de verduras, Cassoulet, Botarga... ¡Mira, hay hasta kebabs! Creo que me va a costar un poco decidirme.
-Tómate tu tiempo. ¡Ah, aquí viene el mesero!
-Buenas tardes y bienvenidos al Chiaffrax -dijo un muchacho algo mayor que Brian, de cabellera negra y piel bien pálida a pesar del sol veraniego-. ¿Desean partir con un aperitivo o prefieren ordenar una entrada de inmediato?
-Prefiero algo carente de malicia; estoy manejando -se justificó Brian-. Tráeme una sangría extra-sangrienta sin alcohol y en vaso grande.
-Enterado. ¿Y para la señorita? -miró a Lide con toda su atención.
-Lo mismo.
-Marchando -el garzón se retiro tras anotar los pedidos en su libreta.
Inhalando el fresco y aromático aire del jardín, los amigos continuaron su conversación, intercambiando vistazos al menú con miradas cómplices; a veces intentaban rozar sus manos, haciéndolas perseguirse en un pícaro juego sobre el inmaculado mantel. Cuando uno de ellos rozaba el borde de un cubierto o plato, volvía a la línea de salida, ejecutando así una regla no escrita definida en el acto.
-Me encanta este lugar -esbozó la muchacha acuática de repente-. Tiene el encanto del campo casi en la misma ciudad. ¿Por eso lo llamas un secreto tan bien guardado?
-Efectivamente, Lide. Parecerá raro pedir reservación cuando lo ves medio vacío a esta hora, pero en la tarde y noche aquí no cabe ni un alfiler. Incluso con un restaurante tan bueno como el Ascots, emblema del Hotel Royal Palms, a corta distancia de aquí, el Chiaffrax se hace respetar. No sólo familias del sector vienen cuando no les apetece cocinar; la gente trabajando de Cedar hacia el oeste también se da el tiempo después del trabajo para tomar algo en la barra, botar tensiones, empatizar. La vida de nueve a cinco pasa factura aquí y en cualquier parte.
-En cierto sentido somos afortunados al no depender de horarios, con excepción de las instancias más sagradas -ella rozó sus dedos otra vez-. Mientras esperamos, quisiera que me contaras algo. Tus relatos históricos me encantan y estoy ansiosa de aprender más, pero lo que deseo saber es sobre ti.
-Soy un libro abierto, amiga mía. Pregunta lo que quieras.
-¿Es cierto que en el béisbol se cuenta todo?
Brian pausó un momento. No sintió en la pregunta de Lide un gesto de echar sal a la herida sino una curiosidad genuina. Azuzando un poco su mente, recordó esos tiempos de la preparatoria cuando le hizo exactamente la misma pregunta a su entrenador. Le había costado bastante entender que, a diferencia del cricket, las entradas eran más cortas y las posiciones se extendían a ambos lados de la franja de tierra; en el diamante todo era hacia adelante.
-Sí, es cierto -retrucó-. Absolutamente todo se cuenta: victorias, derrotas, número de lanzamientos, imparables, boletos, carreras limpias y sucias. Ahora hay una obsesión con las estadísticas e incluso con el tiempo. Los números no mienten y cada décima cuenta. Según ciertos entendidos los partidos se hacen cada vez más largos y con marcadores más estrechos. Algunos exagerados dicen que la misma alma del deporte está en riesgo.
-¿Y eso?
-En los años noventa, según supe de compañeros en la universidad y el profesionalismo, las cifras ofensivas se salían de todos los gráficos pero quedaron manchadas por el uso de sustancias ilícitas. Reputaciones cayeron para no levantarse nunca más y la sospecha ha campeado en las ligas mayores desde ese entonces; hasta los mismos récords impuestos se han cuestionado y no pocos han demandado su eliminación de los libros -concluyó-. Ahora estamos en una era dominada por lanzadores, donde la defensa y los porcentajes se exprimen hasta la última gota.
-Tramposos -acotó Lide-. Son una plaga tanto dentro como fuera del mar y me dan asco. Aunque te parezca extraño, algunas sacerdotisas, esas renegadas de las que te hablé cuando describí mi oficio el segundo día de nuestra amistad, buscaban inflar sus propios números uniendo parejas por la fuerza y pensando que nadie se daría cuenta; era el lado más insano de nuestra veta competitiva en acción. Pero Poseidón, en su infinita sabiduría, encontró una forma de hacer llegar la información a la matriarca y ella, en compañía del consejo de ministras, actuó de inmediato. Veinte sacerdotisas fueron desterradas sin apelación y despojadas de sus facultades para bendecir.
-Eso es casi como una condena de muerte -dijo Brian-. Algunos podemos intentar caer de pie o, en tu caso, con los brazos por delante, pero cuando no tienes otra forma de ganarte la vida...
-Dura lex, sed lex, mi amigo -señaló la peliazul con solemnidad-. Poco después supe, por intermedio de Maranthea, mi madre, que las renegadas quedarían condenadas a vagar por los océanos sin descanso, abandonadas a su suerte y rechazadas por quienes, de propia voluntad, seguimos el ejemplo de nuestros ancestros. Tal como lo describiste, es una condena de muerte en vida.
-Creo que ya sé qué voy a ordenar -él cambió el tema.
-¿Tan pronto? Deberías enseñarme tu secreto -dijo ella medio en broma-. Dado que hace calor, algo frío o tibio vendría bien.
-¿Ustedes suelen comer más platos fríos o calientes?
-Calientes. Sabemos cocinar bien y no nos faltan formas de hacer fuego, incluso bajo el agua. Nuestras viviendas están bien ideadas para balancear tanta contradicción.
El rubio se refugió brevemente en sus pensamientos, hilando una idea difusa en el lienzo blanco y tratando de imaginar cómo sería la colonia de Lide en vivo y en directo. "Mejor no me hago falsas ilusiones", se dijo. "Ni siquiera sé bucear y estoy pensando en rozar el fondo del mar. Además, dudo que las sacerdotisas dejen que cualquiera recorra sus dominios".
Apartando esa nula posibilidad de su cabeza y enfocándose en las llamadas de su estómago hambriento, llamó al mesero con un gesto; casualmente les traía las sangrías en hermosas jarras de vidrio tallado. El líquido, rojo oscuro y con aroma frutal, flotaba mansamente sin evocar ni por un segundo las raíces del nombre.
-¿Ya decidieron? -inquirió el muchacho, dejando los vasos a cada lado.
-Me interesa esta ración de papas arrugadas al estilo canario y un plato de cordero al horno con salsa de almendras.
-¿Desea las papas con o sin mojo?
-Con mojo. Las almendras son más neutras, así que no hay problema.
-Patatas arrugadas y cordero al horno -anotó el camarero-. Eso para usted. ¿Y qué hay de la señorita?
-Creo que paso de los platos basados en pescados o mariscos -señaló la sacerdotisa-. Los como casi siempre, por lo que prefiero algo distinto -pasó uno de sus dedos por la página-. ¿Qué es la Pasta alla Norma?
-Ah, ese es uno de nuestros especiales y le encantará. Consiste en una base de canelones caseros con salsa de tomate, betarraga frita, ricotta salada y un ligero toque de albahaca. Es ideal para este clima.
-Perfecto, la tomaré. Digo desde ya que pasamos del vino, pero le aceptaremos otra sangría una vez acabemos esta.
-Como mejor prefieran -el chico cogió los menús y se marchó, dejándolos solos nuevamente.
-Buena elección -Brian le guiñó el ojo de manera cómplice-. Las pastas son uno de los baluartes de este sitio.
-Debo tener suerte, entonces -Lide sacó ligeramente su lengua-. Como te conté antes, todo esto es nuevo para mí, así que planeo disfrutarlo al máximo.
-¿Y qué te ha parecido lo que hemos visto hasta ahora?
-Incluso en mis mejores pronósticos no me habría imaginado tantas maravillas, tantas historias atrapadas en vigas, paredes, ruinas y cavernas -reflexionó-. Conocer mejor el mundo terrestre siempre había sido uno de mis mayores sueños y ten por seguro que no olvidaré esta experiencia tan fácilmente. Puede parecer prematuro pero quisiera darte las gracias.
Lide tomó las manos de Brian y depositó suaves besos sobre ellas.
-Gracias por todo hasta ahora y por lo que vendrá de aquí hasta el atardecer -continuó, sintiendo ese amor aflorar poco a poco-. Gracias por ser tan buen amigo. Gracias por estar allí para mí y ayudarme con mis problemas.
-No tienes que agradecerme, Lide -contestó él tras beber un poco del líquido rojo-. Ya sabes que me encanta pasar tiempo contigo. Por algo te has convertido en parte importante de esos espacios que son mi refugio estando en Bermuda. Nunca cambies, ¿vale?
-No... No lo haré.
La pareja de hermanos llamó al garzón, pagó la cuenta y abandonó el restaurante. Ahora estaban definitivamente solos y, adentro, los demás clientes iban a lo suyo, brindando por alegrías pasadas, presentes y futuras e intentando, en la inmensa minoría de los casos, sacudir prospectos sombríos de sus conciencias. Entre tragos de sangría, decidieron volver a las vetas históricas y conversar sobre los orígenes del área donde ahora se encontraban. Hamilton, con apenas 1.010 habitantes, era una de las capitales menos pobladas del mundo y relativamente nueva, habiendo sido fundada en 1790 cuando el gobernador de la época, Henry Hamilton, apartara 59 hectáreas de terreno para formar un nuevo asentamiento. Tres años después surgió la forma básica en forma de tablero de ajedrez y ya en 1815, con el traslado del Parlamento desde el otro extremo de Bermuda, se convirtió en el centro político, militar y económico del país: más del 20% de la población total trabajaba en los negocios allí establecidos, desde compañías de seguros hasta tiendas de recuerdos.
Una nota interesante tenía que ver con la nacionalidad del entonces fundador: era irlandés, más concretamente de Dublín. Además de sus labores al servicio del Gobierno de Su Majestad en ese idílico rincón del mundo, también había ocupado puestos en Quebec y en la actual Dominica, donde falleció en 1796.
-Antes hablabas de Hamilton como un pueblo -dijo Lide al acabar su bebida-. ¿Cuándo se convirtió en ciudad hecha y derecha?
-Eso fue en 1897, en anticipación a la consagración de la Iglesia de la Trinidad concretada en 1911; desde ese momento se convirtió en catedral. Como recordarás, esa fue la misma que se quemó hasta los cimientos y terminó por sabotear el templo sin terminar que vimos en St. George. Hasta hoy ha existido una regla respecto a las construcciones: ninguna puede ser más alta que esta catedral. Sin embargo, el subidón inmobiliario de años recientes ha desembocado en edificios de hasta diez pisos, lo que no tiene demasiado sentido, en mi humilde opinión, considerando el clima tropical de las islas.
-No te gustan los edificios, ¿eh?
-Más allá de cierta altura, no. Esto lo digo porque siempre he vivido en casas y los rascacielos, tan abundantes en el continente, me parecen opresivos. ¿Tú que opinas?
-Tengo bastante menos experiencia en eso, pero sí he visto edificios bien altos en las costas que he visitado durante mis viajes al sur. En las costaneras de Nassau, San Juan o La Habana se ven edificios bastante más altos que los de aquí. Allí el contraste va hacia otro lado, si me entiendes.
Brian asintió. En ese momento llegaron sus órdenes y se pusieron a comer a su entera satisfacción. Lide sintió explotar su paladar de placer ante la pasta casera, perfectamente aderezada con aceite de oliva y salsa de tomate hecha el mismo día. Las betarragas, fritas y crujientes, aportaban el toque neutro, girado hacia el otro lado por la ricotta blanca y fresca. Ni siquiera usó la cuchara para devorar hasta la última migaja del plato. Brian también se deleitó con las patatas arrugadas, que conociera de niño durante un ciclo de cocina canaria en el Rosewood y lo conquistaron al primer bocado. Los tubérculos, usualmente nuevos y pequeños, se hervían originalmente en agua de mar hasta que esta se evaporaba, quedando una costra íntegramente salada sobre la cáscara y conservando la ternura interior gracias a ese sello tan ingenioso. El mojo, basado en pimienta, también hacía lo suyo a la hora de balancear el intenso sabor salado. La suave carne del cordero, aderezada con curry y el mismo aceite de oliva tan típico del Mediterráneo, servía para remover lo restante.
A fin de cimentar el placer causado por una buena comida, ambos se permitieron probar un poco del plato del otro, limitándose a sonreír ante la suavidad o la abrasión sentida por sus lenguas. A pesar del hambre causada por una mañana activa hasta decir basta, progresaron lentamente, aprovechando de compartir detalles adicionales sobre Hamilton, en cuyas aguas no sólo pasaban cruceros repletos de turistas sino también navíos de carga; casi todos los comestibles se importaban.
-Cuando entremos a la ciudad propiamente tal -dijo Brian, habrá que movernos con más cuidado-. Incluso con el límite de velocidad vigente, hay muchos más automóviles y semáforos, además de turistas cruzando de un lado a otro.
-Pierde cuidado. Me aferraré bien a mi silla e incluso puedo servir como otro par de ojos -ahora Lide se decidió a entrelazar sus dedos con los de él-. No importa dónde decidas llevarme. Sólo sorpréndeme.
-Haré mi mejor esfuerzo. Oye, ¿qué te parecería un postre para redondear el almuerzo?
-¡Fantástica idea! ¡Garzón! -chasqueó sus finos dedos y levantó la mano.
En dos tiempos el muchacho estaba de vuelta con un menú aparte, esperando pacientemente a que eligieran el toque dulce. Aquí había tanta o más variedad que en los tragos, entradas y platos principales. Ríos de salsas frutales chorreaban de panqueques con helado o de copas sólo concebibles en novelas de fantasía. Waffles y masitas con cremas de chocolate, almendras, avellanas o limón se lucían en fotos de calidad profesional. Bavarois, parfaits, mousses y espumas de quince sabores diferentes esperaban su oportunidad. Bizcochos de coco, zanahoria, crema batida, macadamias y cardamomo también hacían lo suyo, pareciendo decir "¡elígeme, elígeme a mí!". Clásicos como el Suspiro Limeño, el Cheesecake de frambuesa o el Strudel de manzana tampoco faltaban. ¡Incluso el pastel de barquillos y malvaviscos con crema ligera habría tentado hasta al diente menos azucarado! Así como había variedad en gustos, también la había en precios, marcando una escala entre siete y doce dólares por porción.
A fin de no quedarse más tiempo pensando, decantaron su paladar por dos copas de mousse de café con crema batida y almendras tostadas. Tal como en The Point, los antojos y delicias venían en un carrito especialmente refrigerado y fueron servidos de inmediato. La calidad del preparado se sentía en cada textura aireada; era una suerte que el restaurante estuviese en esta punta de la isla y no cerca del hotel, porque la competencia sería feroz. Llegaron al punto de raspar cada rincón de la copa a fin de no desperdiciar nada y después pidieron la cuenta. El consumo total les salió 128 dólares más el 15% de propina, cifra que Brian pagó gustoso antes de llevar a Lide de vuelta al transporte. Ambos sentían un poco de sueño pero no era hora de echarse a dormir porque aún quedaban muchísimas cosas que ver.
Tomaron Rosemont hacia el norte y giraron a la derecha en Serpentine Road, descendiendo hasta Par-La-Ville, calle que tomaba su nombre del parque donde nacía, cerca del borde de la bahía y el terminal de barcos. Aquí se notaba un paisaje plenamente urbano, más tapizado con edificios entre tres y siete pisos además de gasolineras, tiendas de conveniencia y kioscos donde se vendían periódicos y golosinas. Dos pistas dominaban cada lado de la calzada, pero la más próxima a la acera se reservaba para estacionar al ritmo de los parquímetros. Llegaron a la esquina de Church Street y viraron a la izquierda, topándose con el sol en pleno y viéndose obligados a ajustar sus viseras tras pasar un buen tramo cobijados por la sombra de un complejo de oficinas. Por este sector las aceras estaban más "producidas", exhibiendo motivos cuadrados o con rombos en tonos terrosos, blancos y grises. Dejaron atrás Trott Road, donde había aparcada una legión de motos y scooters, antes de emerger a otra hermosa plaza donde lo primero que llamaba la atención era un edificio blanco con punta negra en la parte más cercana a ellos.
-Esa es nuestra próxima parada, el Ayuntamiento -señaló Brian-. Además de las funciones municipales, también incluye uno de mis sitios favoritos en toda la isla principal.
-¿Otra sorpresa? -inquirió ella, aún saboreando el café.
-Puedes apostar a que sí.
Se detuvieron ante un semáforo en rojo, dejando que los peatones cruzaran lentamente a la acera contraria. Lide notó que ni un solo vehículo, incluyendo el propio, tenía el borde del parachoques sobre las líneas blancas. Evidenció allí que conducir era tanto una actividad rutinaria como una ciencia, basada en la precisión y donde medio segundo de duda podía desencadenar un accidente. Hizo un símil con sus largas incursiones hacia zonas habitadas del Caribe o la costa este americana, cuando debía medir las corrientes de forma correcta para aprovecharlas y ahorrar energías a la hora de nadar tan grandes distancias.
En vez de tomar la pequeña curva llevando hasta las puertas del edificio, Brian torció hacia la izquierda para buscar un buen lugar. Aquí estaba más lleno de coches, motos y gente; unos buscaban salir y otros entrar, los más cruzar sin llevarse la desagradable sorpresa de un bocinazo o un improperio. Lamentablemente, ninguno de los sitios más a la sombra tenía una farola lo suficientemente cercana a la calle para asestarle el candado. Debieron moverse casi hasta el final del estacionamiento, quedando más cerca de Victoria Street que de Church Street.
-Ni modo -murmuró-. Habrá que caminar. Al menos la temperatura está agradable y nos ayudará a bajar la comida.
Terminaron colocando el candado junto a un poste indicando los tramos tarifarios por horas y fracciones. La sacerdotisa cogió su bolsito y lo colocó en su regazo cubierto por esas flexibles aletas; no tentar a los amigos de lo ajeno seguía siendo prioridad. Abrazaron la sombra y tomaron el primer tramo de vereda de vuelta a la luz, subiendo por una bien colocada rampa hasta la explanada donde seis columnas sostenían el enorme porche.
City Hall and Arts Centre
-¡Cuántos afiches! -exclamó ella-. Parece que hay una interesante exhibición de pop art hasta el fin de semana. ¿Esta era tu sorpresa?
-Es sólo parte de ella, amiga -replicó él-. Aquí también trabajan un par de conocidos que me encantaría presentarte.
Antes de entrar, Brian tomó nuevamente el rol de guía turístico y le mostró a la sirena la fachada del edificio construido íntegramente de roca blanca, cuya historia tampoco había estado exenta de controversias. Wilfred Onions, el arquitecto a cargo del proyecto en los años 50 e ícono de la profesión en Bermuda, reveló un diseño preliminar a la comunidad para obtener algo de feedback... y decir que lo empapelaron a críticas fue poco. Enfrentando casi tantos problemas como los de la iglesia sin terminar, logró sacar el proyecto adelante y, el día de la inauguración, la cizaña se convirtió en admiración unánime. El maestro, sin embargo, no vivió para ver su momento de gloria, habiendo fallecido meses antes debido a una profunda depresión.
-Hay hasta toques irónicos en esto -complementó Lennox-. Donde ahora está el Ayuntamiento había antes otro edificio.
-Me permitiré adivinar: ¿un sitio religioso? -preguntó ella en tono juguetón.
-No, el viejo Hotel Hamilton. Al igual que ocurriera con la antigua Iglesia de la Trinidad, un incendio se llevó hasta las buenas intenciones en 1954.
-Para ser una sucursal del paraíso, Bermuda sí que tiene sus problemas con los desastres -reflexionó Lide-. Si no son incendios, son tormentas y si no son tormentas, son desacuerdos. Esto también nos deja otra enseñanza: la historia es un pañuelo.
-O una fracción de un pañuelo si hilamos un poco más fino -acotó él-. Siempre hemos sido hijos del rigor.
El testigo negro que vieron desde la calle era la punta de una veleta gigante conectada a lo que parecía un reloj en la torre del lado izquierdo. A diferencia de San Pedro, aquí no se medía el tiempo sino los caprichosos compases del viento: era una brújula formada por círculos concéntricos coloreados, desde afuera hacia adentro, en tintes calipso, blanco y azul cielo. Ahora mismo marcaba al oeste, hacia las islas exteriores donde también había propiedades y también a Somerset, lugar donde aún residía la familia materna del chico. Junto con el Ayuntamiento, aquí también estaban basados el Teatro Earl Cameron (llamado en honor al más famoso actor que diera el país), la Galería Nacional de Arte y la Sociedad de Arte, creando un aura con marcados tintes culturales en la plaza entera. Aún más hacia la siniestra, sobre cuatro altas ventanas enrejadas, podía verse el blasón de la ciudad. Estaba demasiado alto para verlo en detalle, pero el humano procuró una imagen en la pantalla de su teléfono y la mostró a Lide cuando volvieron a la sombra.
Era una composición preciosa, coronada por un casco con abundante penacho en tonos oro y mar y un pequeño caballo de mar heráldico en tonos crema sobre él. Un clon más grande sostenía el escudo desde el lado derecho y, en el izquierdo, aparecía una hermosa sirena rubia, con el busto descubierto y de escamas verdirrojas, mirándose en un espejo hecho de coral. El blasón en sí contaba con tres flores pentagonales rodeando un antiguo galeón, todo ello sobre fondo azul. Y su último elemento era una frase en latín sobre un pergamino blanco.
-Sparsa Collegit -leyó la peliazul-. Mi latín no es muy perfecto, pero creo que significa "reunir a los dispersos".
-Así es, Lide. El lema original incluye el nombre de la ciudad y le hace plena justicia. Hamilton, al ser nuestra capital, reúne influencias de todos los sitios, reflejo que se expande también al resto del país. ¿Entramos?
-Entremos.
Aquí no había que pagar entradas, así que ambos se refugiaron en sus salones blancos y alfombrados. Por donde podían ver se extendían amplias escaleras con listones de caoba pulida, haciendo juego perfecto con los pisos en tono canela. Nada más ingresar hallaron la Galería Nacional, donde, según indicaba el cartel adjunto, había una exhibición de los trabajos de Andy Warhol hasta el domingo. Un vistazo rápido al programa del mes próximo indicaba varios otros eventos con carácter de imperdibles: exhibiciones fotográficas de jóvenes talentos locales; una retrospectiva de las arpías, desde Asia hasta la Patagonia, a través de sus emblemas tribales; audiciones para personajes secundarios en Hamlet; la esperada exhibición de los mejores trabajos de Yayoi Kusama y así sucesivamente.
Bajando con cuidado gracias a las rampas, deleitaron sus ojos ante la simpleza y la complejidad tejidas en la obra del atormentado artista. La chica monstruo reconoció de inmediato tres de sus obras: la lata de sopa Campbell, el retrato de Marilyn Monroe en dos tonos y otra llamada Diamond Dust Shoes: un amasijo de calzados de mujer distribuidos sobre fondo negro y en tonos de tiza. Brian no sabía mucho de arte ni de estética en general, así que simplemente se limitó a contemplar los contrastes, clones y negativos expresados en lienzos que irradiaban irreverencia, autenticidad y choque, todos ellos vivos reflejos del genio incomprendido. Ciertos pedestales, donde usualmente descansaban bustos clásicos, ahora estaban vacíos a modo de no desentonar. Varias otras obras asomaban en el piso superior, pero Lide prefirió no ir a verlas para permitir que su amigo recobrara el aliento.
No bien se hicieron a un lado para dejar pasar a un par de turistas sudamericanos, sintieron una voz a sus espaldas.
-¡Bueno, bueno, bueno! -dijo con femeninas ganas-. ¡Ya me estaba preguntando dónde andabas, corazón!
Ambos voltearon para toparse con dos seres disímiles pero que combinaban de forma perfecta. Él era un tipo cercano a los cuarenta, de piel muy negra y pulcro corte de cabello. No llevaba barba pero sí tenía un esbozo de bigote. Alto y atlético, su conjunto consistía en una camisa gris oscuro, pantalones blancos y zapatos livianos de cuero. Ella era una reptiliana, concretamente una lamia en la mitad de sus veinte, de piel blanca y cremosa. Su cabellera rizada y cobriza le llegaba hasta los hombros, perfectamente peinada con el estilo de quien se mueve entre lo más granado de la sociedad. La blusa blanca mantenía su generoso busto a raya, mientras una falda en el mismo color de la camisa del hombre acentuaba su cintura divina. Bajo todo eso asomaba una cola de serpiente de más o menos 22 pies de largo con escamas de un noble tono rojo anaranjado oscuro, casi metálico. Ambos les sonreían.
-¡Dichosos los ojos que te ven, Brian! -dijo la ofidia, acercándose para darle un beso en la mejilla-. ¡Hacía mucho tiempo que no te pasabas por aquí!
-¿Qué tal, Elizabeth? -saludó el interpelado-. Ocupada como siempre, ¿no?
-Cuando haces lo que te gusta, no puedes considerarte ocupada ni estresada, amor. ¡Anda! -miró a la sacerdotisa-. No me habías dicho que tenías novia. Ya era hora, ¿eh?
-No... No somos novios, señora -Lide se puso roja-. Sólo buenos amigos.
-Si tú lo dices, cariño...
-Venga, Elizabeth, no te ensañes con ella porque es cierto -Brian le cortó la inspiración-. Lide, quiero presentarte al matrimonio Villeton; ellos son los amos y señores de la escena artística en Bermuda. La lamia es Elizabeth y este hombre es Bertrand, su esposo y director del Centro.
-Mucho gusto, señorita Lide -el hombre besó su mano con máximo respeto y después estrechó la del beisbolista-. Y me sumo a la opinión de Liz, Brian: es fantástico volver a ver a un amigo de la casa. ¿Qué tal lo llevas con la pierna?
-Me las arreglo. También he aprendido a ejercitar mi paciencia y llevar las cosas con calma.
-¿Qué los trae por estos rumbos? -inquirió la reptiliana, llevándolos a todos a un rincón algo menos expuesto-. ¿Andan de compras? ¿Tal vez les gustaría llevarse alguna de las obras que tenemos en otros salones?
-Brian me está enseñando los lugares más interesantes de las islas y una de las paradas era el Ayuntamiento -explicó la peliazul-. Vivo en una colonia al noreste de aquí, cerca del naufragio del Cristóbal Colón, y es mi primera vez en tierra firme.
-Hicieron bien en venir a Hamilton -acotó Bertrand-. La ciudad está llena de sitios interesantes para ver. Sólo con los restaurantes tienen para un día entero.
-¿Qué tal si almorzamos juntos? -sugirió su esposa-. Aún es temprano.
-Ya comimos -replicó el submariner-. En el Chiaffrax.
-Buenísima elección -otra vez Elizabeth-. Debes considerarte afortunada, Lide; no cualquiera va a comer allí porque conseguir reservas es casi imposible. ¿Qué otros lugares te ha enseñado nuestro amigo?
Turnándose, los paseantes hicieron un resumen más o menos adecuado de todo lo que habían visto, oído y sentido en St. George, incluyendo el encuentro con Isola y la maravilla de las Cavernas de Cristal.
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20G - No olvidar
-¿Y no fueron a las Cavernas de Fantasía?
-Preferimos no descender más de la cuenta -dijo Lide-. Brian ya ha hecho más que cualquiera, considerando el estado de su pierna. La sección de cristal fue maravillosa por sí misma.
-Por eso no te preocupes, amiga -añadió él-. No me duele y aún tengo cuerda para rato.
-Eso es lo que siempre dicen los jóvenes -atajó Bertrand, riendo-. Cuando empiezas a hacerte viejo, como yo, pareciera que cada movimiento te pasa más la cuenta.
-Cariño, no te trates de viejo -Elizabeth lo besó en la mejilla con extrema ternura-. Para mí siempre tendrás treinta.
-Gracias, amor.
Esta muestra de afecto en público por parte de los esposos (sus anillos eran claramente visibles en los índices derechos de ambos) reconfortó a Brian y Lide, dándoles un ejemplo que guardaron en lo más profundo de sus cajas fuertes. Una vez todo se normalizó, la peliazul se permitió otra pregunta.
-¿Cómo terminaron formando una familia?
-Fue el punto definitivo de una hermosa coincidencia -acotó el hombre moreno; era una o dos pulgadas más alto que Brian pero algo más delgado-. Yo ya era director del Centro de las Artes cuando Liz vino de visita a ver una exposición impresionista con marcado toque francés; en esa ocasión teníamos pinturas de Monet, Dégas, Renoir y Cézanne.
-Siempre me ha gustado el arte -acotó la lamia-. Ya en Brasil decidí estudiarlo en la universidad y vine a Bermuda como parte de mi serie de retrospectivas de las escuelas occidentales. Había estado en muchos lugares antes, visitando museos y entrevistando a la escena americana: Toronto, Nueva York, Ciudad de México, Santiago de Chile, Bogotá, Montevideo. Ninguno de ellos me maravilló tanto como Bermuda. Al tener dudas sobre un par de obras, Bertrand me atendió y las aclaró todas.
-Aún habiendo 11 años de diferencia entre ambos, congeniamos de inmediato gracias al arte y el anhelo de una vida tranquila -continuó él, feliz ante sus recuerdos-. Yo me sentía solo y algo deprimido tras separarme de Myriam, mi primera esposa, pero esta fantástica lamia supo, con sus infinitos dones, llenar ese vacío y me conquistó.
-Qué hermosa historia -dijo Lide, hilando nuevas ideas en su cabeza y pensando si alguna de sus compañeras de labores hizo la gracia.
-En estricto rigor, Bertie, tú me conquistaste primero -Elizabeth le acarició la barbilla y luego se apegó a él-. Eras y sigues siendo exactamente lo que buscaba en un hombre: maduro, correcto, formal y cariñoso. Había tenido antes un par de novios en Río de Janeiro, pero en comparación a él parecían simples piltrafas, casi desperdicios de espacio. Yo quería una relación seria y exclusiva; por suerte la encontré gracias a que entré a trabajar aquí.
-Por extraño que pueda sonar, Lide, Elizabeth es brasileña pero su apellido no sigue las complicadas convenciones del portugués. ¿Giamatti, verdad?
-Sí, me apellidaba Giamatti siendo soltera -corroboró la ofidia-. Mi familia, de raíces italianas y amazónicas, siempre ha tenido fuerza en el sur de Brasil, especialmente en Río de Janeiro.
-¿Y cómo terminaron siendo marido y mujer?
-Fue algo sencillo pero que requirió planificación: una noche, cuando estábamos cenando en Front Street, cerca del muelle -dijo Bertrand-, me armé de valor y le propuse matrimonio frente al restaurante en pleno. Contuve la respiración y los segundos que esperé por su respuesta parecieron siglos. Fuimos el centro de la estancia entonces.
-¡Estaba sorprendida! -exclamó Liz-. ¡Era mi mayor anhelo hecho realidad! Durante meses, conforme mi amor por Bertie iba creciendo y quemándome por dentro, había querido declararme pero me faltaba valentía. Entonces, al ver ese anillo frente a mí en esa atmósfera mágica, dije que sí sin pensarlo dos veces y luego lo besé de lleno en los labios. Lo primero que escuché después fue un aplauso cerrado de los demás comensales.
Para maximizar el efecto dramático, se estiró un poco y repitió el gesto con la misma dosis de ternura sincera.
-Nos casamos a la semana siguiente -concluyó ella-. Desde ese entonces he sido inmensamente feliz con mi marido y las dos pequeñas, bendición absoluta de nuestra unión.
-¿Dónde andan? -inquirió Brian-. No las vi al entrar al edificio; pensé que estarían por aquí cerca jugando, tratando de colgarse de los cuadros o deslizándose por los pasamanos de las escaleras.
-Están de vacaciones con los abuelos en Río -respondió el director del Centro-. Volverán a casa el viernes de la próxima semana junto con Caio, uno de mis cuñados, aunque no sé si contarles que viniste a vernos.
-¿Por qué no? -Lide sonaba curiosa.
-Sylvia y Leila, nuestras hijas, adoran a Brian -explicó Elizabeth; ahora estaban en la zona de la escalera, olvidándose del genio de lentes-. A veces, cuando estamos moviendo fichas para traer conciertos, obras de teatro o exposiciones a este espacio cívico, se nos va el día en un destello y no tenemos tiempo de cuidarlas. Las niñeras que contratamos al principio no lograron mucho hasta que él, como si nada, se ofreció a darnos una mano.
-De eso ya han pasado dos años -añadió el ojigris-. Esas pequeñas lamias son gemelas traviesas pero también muy querendonas. A decir verdad, cuidarlas es una aventura que siempre me deja un buen sabor de boca. No tendré relación de consanguinidad alguna con esta flamante pareja -señaló a los Villeton-, pero Sylvia y Leila me consideran su tío favorito.
-Te lo tienes bien ganado -Bertrand le palmeó la espalda-. Nos has salvado el pellejo incontables veces.
-Nunca hubiera imaginado, Brian -Lide le dedicó un hermoso gesto que causó una sonrisa en los casados-, tu amplia experiencia como niñero.
-No me gusta presumir -se limitó a contestar el susodicho-. Prefiero que mis acciones hablen por mí.
-Siempre tan modesto -añadió la reptiliana-. A todo esto, ¿qué les parece la muestra?
Siguió así una conversación franca sobre el pop art y los esfuerzos del matrimonio para traer las muestras de Warhol a Bermuda; antes lo habían intentado tres veces sin éxito y, cuando les dieron el visto bueno, casi se desmayaron. Los Villeton ciertamente eran fantásticos conocedores del oficio y poseían marcada sensibilidad; sin duda sus hijas seguirían el mismo camino como dignas continuadoras de la tradición familiar. La sacerdotisa no pudo evitar una risita nerviosa cuando la otra extraespecie sugirió hacer una exhibición de arte submarino para la época navideña.
-¡Estoy convencida de que será un éxito rotundo! -dijo, intentando convencer a la peliazul-. Nadie más tendría algo así en cartelera.
-Bueno, eso tendría que hablarlo con la matriarca, señora Villeton, y no estoy segura de...
-Tranquila, Lide -Brian la abrazó por los hombros para quitarle el susto-. Con preguntar no pierdes nada. Y si te dice que sí, será una fantástica oportunidad de exhibir la cultura de tu gente ante conocedores de todas partes del mundo.
-¿Estás seguro?
-Totalmente. Es mejor quitar la duda de forma permanente, porque si la dejas estar no habrá fuerza humana, monstruosa o divina capaz de desalojarla de tu conciencia.
Los presentes sintieron dicha frase tocar hasta el mismo fondo de sus almas. Por muy modesto que fuera, Brian Lennox-Whitmore podía acariciar las cuerdas de la inspiración como nadie si se lo proponía. Gracias a eso se había labrado una carrera atípica para los estándares isleños, después de todo; la lesión era nada más que un obstáculo temporal.
-Creo que deberíamos empezar a idear algunos afiches -insinuó el mandamás-. Dependiendo de lo que le digan a la señorita Lide, podemos juntarnos a discutir esto más en detalle.
-Son un cuarto para las tres -añadió Elizabeth-. ¿Qué tal si tomamos juntos el té? Hay un café maravilloso a dos pasos de aquí y podríamos seguir conversando.
-Gracias por la oferta, pero aún nos quedan muchos sitios que visitar -se excusó el rubio con una reverencia-. El día pasa rápido y queremos aprovecharlo bien.
-Fue un enorme gusto haberlos conocido -dijo Lide-. Y muchas gracias por la oferta.
-Sólo piénsalo bien, querida -recomendó la reptiliana-. Pásense por aquí cuando quieran, incluso cuando esté cerrado. Nunca nos faltará tiempo para atenderles.
Así, los amigos y los esposos siguieron por caminos separados, no sin antes dejar una invitación tendida para My Fair Lady, obra musical que sería presentada el próximo viernes en el salón principal y que inauguraba la temporada dramática en Bermuda. Tras terminar de apreciar los psicodélicos cuadros de Warhol, Brian y Lide abandonaron el Ayuntamiento a las tres en punto con una sonrisa en los labios, tirándose pequeñas bromas sobre el cuidado de niños y emprendiendo rumbo a su próximo destino. Los Villeton los contemplaron desde la ventana de su despacho conjunto hasta que desaparecieron por la esquina del blanco edificio.
-¿Y bien, Liz? -preguntó él tras servirse su té y sentarse en la poltrona-. Me da mucho gusto ver al muchacho tan entero después de su terrible accidente; ahí se nota la mano del clan Lennox-Whitmore. Concepciones artísticas aparte, ¿qué opinas de la sirena?
-¿De Lide? -la lamia hizo lo propio, acurrucándose junto a su marido-. Es una muchacha decente, tal vez un pelín ingenua pero muy decente. Se nota a una milla que viene de una familia ejemplar de sacerdotisas. Es obvio que entre ella y Brian hay algo, por mucho que ambos insistan en negarlo y lo camuflen bajo la capa de una amistad cómplice.
-¿Crees que algún día se den cuenta de ello? -Bertrand sorbió un poco de su taza.
-Más temprano que tarde lo harán. Y cuando ese día llegue, será el más feliz de sus vidas.
Elizabeth aprovechó de robarle otro besito al hombre que le flechara el corazón hace tantos años. No podía evitarlo: adoraba las historias tiernas con el toque justo de fantasía porque, lisa y llanamente, ese había sido su propio destino. Después dirigió su pensamiento hacia las pequeñas que volverían dentro de poco; ansiaba tenerlas en sus brazos y cantarles canciones de cuna luego de un buen baño.
-35/P-
-Esa es la Catedral de la Trinidad -indicó Brian mientras conducían por Church Street en dirección este-. De su torre principal sale esa línea imaginaria que, como te contara, ningún otro edificio en Bermuda debía superar.
-Supongo que así se podría haber visto esa iglesia sin terminar en St. George de no haber mediado todos esos imponderables de los que conversamos -murmuró Lide-. No te pediré que nos detengamos aquí; contemplarla desde fuera me basta.
Dejaron atrás el magno edificio, ubicado en la vereda izquierda y construido enteramente de sólida piedra gris con toques amarillos en puertas, vitrales y ventanas; el único verde lo aportaban varias palmeras plantadas en sus parcos jardines. De la nave del fondo brotaba, como el tallo de una planta fosilizada, esa torre cuadrada mencionada por el muchacho, más parecida a la de un castillo que la de un templo, equipada con almenas y dos estrechas ventanas por costado. Si bien la base general de la instalación era cuadrada, de líneas duras y cortadas a pico, tomaba aspecto más triangular conforme se separaba la vista del suelo. Mirándola desde cualquier ángulo, costaba bastante creer que en ese mismo lote de terreno su predecesora sólo dejara un montón de cenizas tibias luego del incendio a finales del Siglo XIX.
Avanzaron un par de cuadras y torcieron en dirección a la costa. Entraron en Reid Street y deshicieron parte del camino hasta detenerse en mitad de la manzana; un generoso árbol proveía sombra sobre ese sitio recién desocupado por un vehículo pequeño. Vieron allí una construcción que, incluso entre tanto rascacielos en potencia, se hacía notar. Ubicada en lo alto de una diminuta colina y rodeada de amplios jardines (más llenos de árboles y palmeras que de flores) con pulcros senderos en zigzag, aparecía una estructura compuesta de un sector central de dos pisos, flanqueado por dos torres tan impresionantes como disímiles. La de la izquierda, alta y delgada, constaba de seis pisos y combinaba ventanas de punta redonda con un reloj al estilo clásico. Su contraparte derecha, más gruesa y de sólo tres plantas, aparecía como un fantástico sitial para observar todo lo que ocurría alrededor. Entre los jardines y el cuerpo de la propiedad, un mástil blanco desprovisto de bandera pasaba el tiempo jugando a hacerse el sueco.
El sector central merecía una sección aparte, combinando exquisitas capas de pintura terracota en variante cremosa con arcos y balaustradas nobles, construidas del mismo cedro que vieran en las vigas de la Iglesia de San Pedro. Sobre todo ello, como tercer punto más alto, asomaba la azotea debidamente protegida. La estructura era espectacular, manteniendo su encanto ochocentista en abierto contraste con sus contrapartes modernas.
Justo cuando Brian iba a abrir la boca, un grupo de hombres cincuentones salió a la calle, charlando y riendo. Lo que capturó de inmediato la atención de Lide fue que llevaban pantalones cortos de tela además del conjunto formal de chaqueta, corbata, zapatos y calcetines de hilo. Es más, entre el amasijo de azules y negros en ambos extremos se veían rojos intensos, verdes loro y amarillos limones.
-¿Sorprendida? -preguntó el rubio sin la más mínima ironía.
-La verdad, sí. No me digas que esos tipos son...
-Parte de los Right Honourables que sirven en nuestro Parlamento. Que no te engañe el vestuario: llevar pantalones cortos con traje formal es algo prácticamente inventado por nosotros.
-¿Entonces es una tradición?
Brian asintió.
-Ahora entiendo el sentido de esas fotos -susurró la peliazul.
-¿Qué fotos, Lide?
-Una vez estuve leyendo un libro de la biblioteca de mi colonia sobre los Juegos Olímpicos. Tenía un montón de fotos de ceremonias inaugurales y siempre me sorprendió ver a los representantes de Bermuda desfilando en el mismo estilo que esos parlamentarios -pausó al ver que ya habían desaparecido de su vista-. Incluso en las versiones invernales aparecían así.
Se detuvieron un momento para tomar aire y luego volvieron a su tren normal.
-Esta es Sessions House, el hogar actual de nuestra cámara alta y también de la Corte Suprema, que opera en el piso inferior -contó él-. Data de 1817, dos años después de que el Parlamento y la capital fuesen formalmente trasladados desde St. George hasta aquí. No soy muy versado en política local, pero sé que hay dos partidos mayoritarios y 35 representantes que se sientan en extremos opuestos de la sala cuando toca discutir. Hay un portavoz, vestido de túnica negra y con peluca, al igual que en Inglaterra, actuando como maestro de ceremonias.
-¿Y la torre del reloj? -inquirió Lide, nuevamente llena de ansias por aprender-. Es lo primero que me llamó la atención cuando aparcamos aquí.
-Fue añadida, si recuerdo bien mis lecciones de arquitectura de la escuela, en conmemoración de los 50 años de gobierno de la Reina Victoria, allá por 1887. Es un buen añadido al estilo neoclásico general del edificio y también como el buen vino: mientras más pasa el tiempo, mejor se ve.
-No lo dudo. Oye, ¿las sesiones son públicas?
-Entre noviembre y junio sí. No hay que pagar entrada pero es necesario algo bastante más elegante que nuestras actuales ropas para que los guardias te dejen pasar. Tampoco es llegar e instalarse; es necesario planear bien para evitar líos. Algunos frikis consideran el espectáculo político tanto o más emocionante que los deportes locales; no pocas veces quedaron registrados en la prensa los griteríos en la galería. Como añadido, el Hansard, documento con la transcripción verbatim de los plenos, está disponible para quien desee consultarlo en papel o en Internet.
-Vale, ya entendí -suspiró-. Para otra vez será.
-¿De verdad te interesa la política, Lide?
-Gracias a ella es que existe un programa de extraespecies en primer lugar -le sonrió con decisión-. Además, el hombre es un animal de costumbres y entre ellas se incluye la política.
-En eso tienes razón, amiga.
Abandonaron el estacionamiento y volvieron a Church Street, regresando al camino en dirección este. En vez de seguir derecho hasta el final, continuaron por Court Street hasta victoria, dejando atrás otra hermosa iglesia pintada de blanco y azul pizarra. Pequeños negocios mezclados con casas daban forma a un nuevo sector que, si bien parecía calcado a los anteriores, también tenía su toque único, tejiendo historias entre flores y aceras, entre árboles, semáforos, bancas y parquímetros.
-Se me había olvidado preguntarte algo, Brian -indicó ella-. ¿Han habido casos o proyectos de ley notables en la historia reciente de Bermuda?
-Si tuviera que contestar así, a la rápida, recuerdo dos con claridad. El primero no es tan reciente si consideramos nuestras propias edades: a mediados de los años cuarenta se votó a favor de la legalización del transporte a motor en las islas; antes de eso hubo como dos o tres calendarios de debate y no faltaron las controversias. Y a mediados de los noventa, cuando yo tenía dos años o algo menos, el Parlamento rechazó por mayoría aplastante una moción para permitir la operación de cadenas de comida rápida. Sobre la Corte Suprema, en 2016 se hizo un referéndum sobre el matrimonio para parejas del mismo sexo y el "No" ganó con dos tercios de los votos. Si deseas saberlo, en esa oportunidad voté por el "Sí".
-Como sacerdotisa que soy, me alegra oír eso -acotó Lide-. Sin importar el género, nuestro credo dicta que el amor es el amor. ¿Y después qué pasó?
-Una pareja perjudicada por la decisión de las urnas vio rechazada la inscripción de su unión ante nuestro Registro General y decidió apelar, llegando hasta el mismo tribunal superior y consiguiendo, gracias a lo establecido en las Actas de Derechos Humanos y de Matrimonio, revertir la negación del funcionario y, con ello, el mismo referéndum. Fue una merecida recompensa y un golpe al estómago de no pocos fundies, incluyendo un montón de americanos metomentodos que habían contaminado el debate aquí a fin de recuperar la influencia perdida tras una serie de derrotas humillantes en casa.
-Y el cielo sigue ahí arriba, sin intención alguna de caerse -concluyó ella con una risa-. Anda a decirle eso a los fatalistas de siempre, con su lógica basada en el miedo a lo que no pueden ni quieren comprender.
-Incoherencias del pensamiento, Lide. Son parte de la esencia humana.
Dejaron atrás Victoria Street y entraron en otro pasadizo flanqueado por paredes de roca. La chica monstruo bostezó ligeramente, ajustó un poco su cinturón y se reclinó sobre el costado derecho de Brian, cerrando los ojos pero manteniendo todos sus sentidos alerta. Pensó un poco sobre la conversación recién acaecida, hilando nuevamente en el telar de su conciencia. Ya había visto soberbias pinceladas de madurez sobre el chico que amaba, pero aquí tenía una muestra pura de ese carácter honesto, bondadoso y firme cuando la situación lo requería. Eliminando los filtros, las palabras del ojigris apuntaban mucho más allá del arco de la historia. Ningún humano era igual a otro. Ninguna extraespecie era igual a otra. Ninguna pieza musical podía ser tocada exactamente igual por dos personas distintas.
Variedad. Diversidad. Fortaleza en la diferencia haciéndonos únicos. Incluso dentro de los límites establecidos por calles, barrios y códigos, encontraba una forma de aflorar y proclamar su existencia, por mucho que se hicieran esfuerzos para silenciarla. El mundo estaba lejos de ser perfecto, pero ella, en el fondo de su corazón enamorado del único hijo de Stella, lo prefería repleto de colores e ideas contrastantes antes que gris, uniforme y predecible.
-No cambies nunca, Brian -murmuró, su voz apenas audible.
Ahora mismo la muchacha se sentía en el cielo, el calor de ambos mezclándose entre el poliéster y el viento. La visión idílica no duró demasiado luego de un giro hacia la derecha. Atrás quedaron los pasadizos grises, dejando el escenario a nuevos jardines más típicos de un campo de golf. Lide pensó por qué Brian la habría traído a esta clase de sitio si no podía jugar cuando notó la presencia de un llamativo letrero azul y blanco.
Fort Hamilton
Children Under 12 Years Old Not Admitted
Unless Accompanied By An Adult
Open Daily 9:30 AM - 5:00 PM
No Dogs Allowed
-Esta es la próxima parada de nuestro recorrido -indicó él, saliendo de la calle y tomando un senderillo estrecho pero agradable-. Será una forma de compensarte por no poder entrar a St. Catherine. Aquí habrá que caminar bastante, pero los senderos son más manejables y con mucho más naturaleza.
Justo en la entrada el camino se bifurcaba. Tomaron la derecha y, tras evadir de forma maestra un topón de acero pintado de negro, hallaron estacionamiento junto a otro que les sirvió para colocar el candado. Una vez completo el ritual de la silla de ruedas y el bolsito, tomaron el primer sendero a mano izquierda y se vieron rodeados nuevamente por el exquisito silencio. Parecía casi irreal considerando que las siempre ocupadas calles de Hamilton estaban a menos de un cuarto de milla de distancia. Aquí también había paredes de roca pero su altura no superaba los cuatro pies y aparecían cubiertas de enredaderas con hermosas flores color malva visitadas de cuando en cuando por atareadas abejas. El aroma les recordó, por un momento, a las exquisitas esencias de la perfumería en Queen's Street.
-Cuánta paz... -la chica se puso contemplativa-. Cuánto silencio... Pareciera que puedo escuchar mis propios pensamientos y también los tuyos. Incluso en un mundo definido por barreras, líneas y segmentos, este fuerte evoca algo más primario, más natural.
-Es exactamente lo mismo que sentí al visitarlo por primera vez en la secundaria, durante una salida a terreno de mis clases de historia -acotó el humano, cerrando los ojos pero sin detenerse mientras cruzaban un hermoso puente con tablas de madera-. Lo que ahora mismo nos da la bienvenida, según aprendí en ese entonces, fue durante mucho tiempo un vertedero antes de ser recuperado por el Departamento de Parques.
-¿Un vertedero? -Lide no daba crédito a lo que oía, estremeciéndose entera ante un snapshot de montañas de basura bañada en líquidos percolados.
-Tal cual. Si bien se construyó para defender el muelle aquí cerca y el Astillero Real ubicado al otro lado de la bahía, sus cañones nunca fueron disparados. El Fuerte Hamilton perdió su significado incluso antes de ser terminado y el abandono le pasó factura como a todo en esta vida. Los bambúes plantados en el foso que acabamos de pasar, el césped de los jardines y esta colección de fantásticas flores vinieron décadas después; los trabajos de hermoseamiento duraron desde 1964 hasta 1967.
-¿De qué época data todo esto?
-También es ochocentista, pero de la década del 70. Tiene forma pentagonal y creo que es único en su clase; al menos yo jamás he oído hablar de otro en el mundo que se le parezca.
Señaló una placa ubicada en la primera estructura a la derecha. Además del típico punto rojo indicando "usted está aquí", mostraba dos hileras de murallas y la ubicación de sus baterías defensivas. Además de los túneles y puentes, también había una red de túneles añadida en la etapa intermedia de levantamiento del sitio, pero prefirieron mantener los pies y ruedas firmemente en la superficie. Dejando atrás la casa, entraron sin más dilación a un océano de verde pasto que crujía de forma casi imperceptible conforme avanzaban. Se colaron por un pequeño paso y entraron a otra explanada que, entre muros, escaleras y paredes cubiertas de hiedra, asomaba casi como un océano abalanzándose sobre ambos. Algunos pájaros que buscaban comida entre los arbustos levantaron el vuelo sin mediar provocación. A corta distancia se notaban algunas parejas o grupos de amigos tomando sus propios almuerzos bajo el cobijo de los árboles, en compañía de la exquisita brisa y con ganas de hacerle el quite a la rutina. Otros paseaban y tomaban fotografías desde lo alto, cerca de bancos de piedra tan cubiertos de musgo como la mayoría de los muros.
-Así que este es uno de los cañones -ella lo tocó tentativamente, sintiendo lo áspero del metal y la pintura, el grueso de la base y la letal finura del barril-. Me imagino el alcance que debían tener para golpear directo en las aguas de la bahía. Ahora sólo son testigos de un pasado ya ido y de un destino que nunca existió.
-Nunca tuvimos escaramuzas por aquí, como te contara antes. Ni siquiera cuando el Reino Unido combatió en ambas Guerras Mundiales hubo acción, más allá de reforzar las guarniciones e instalar uno que otro sistema antiaéreo. Siendo honesto, soy agradecido de que fuera así. Jamás he creído en matar, sin importar la razón o excusa.
Se sentó junto a ella en uno de los bancos, atrayéndola contra su figura como si estuvieran en la playa de Tucker's Town. A sus pies se extendía el fantástico paisaje de los muelles y las islas menores donde, por obra y gracia de la inventiva y voluntad humanas, existían viviendas hechas y derechas con sus respectivos embarcaderos. Marcando el contorno de la otra orilla se levantaba otra impasable barrera de bosques, donde las casas luchaban por no ser opacadas al completo. El manto turquesa apenas ondeaba con la brisa, salpicada con manchas blancas pertenecientes a pequeñas embarcaciones como yates, lanchas a motor y uno que otro kayak. No muy lejos de allí, hacia el suroeste, ondeaban las banderas de una marina y, más cerca del horizonte, la inmensidad del océano. Haciendo un gesto con las manos, le mostró el contorno del fuerte, donde otros dos cañones se extendían hacia el agua y las salidas posteriores marcaban la entrada hacia las entrañas del sitio.
Ambos emitieron un bostezo sincronizado y decidieron volver a moverse. Les habría encantado pasar el resto del día allí, admirando las vistas y empapándose del fragante césped, pero la pausa les volvió a levantar el ánimo. En el preciso instante en que Brian tomó en brazos a Lide para ayudarle a sentarse en su silla de ruedas, ambos escucharon el inconfundible chasquido de una cámara.
-¡Por fin! -exclamó una chiquilla de aspecto taíno y pelo negro como el carbón-. ¡Creí que nunca lograría plasmar una buena foto!
-¿Qué haces aquí? -Lide se puso defensiva de inmediato-. Creía que el ingreso de menores de 12 años al fuerte estaba prohibido si no venían con adultos.
-Tengo 15, señorita, y lamento haberles molestado, pero se veían tan compenetrados que no pude resistirme -señaló la cámara digital en su mano izquierda.
-Aclaremos un poco las cosas -acotó Brian-. Partiré por repetir la pregunta de mi amiga -dejó cómoda a la sacerdotisa antes de continuar-. ¿Qué haces aquí?
-Estaba buscando algo para participar en la exhibición de jóvenes talentos fotográficos que se llevará a cabo en el Centro de las Artes -explicó ella, trayendo a colación el calendario que ambos vieran antes de hablar con los Villeton-. El plazo de inscripción expira mañana y me estaba desesperando cuando se me ocurrió venir a dar un paseo por estos muros. Había encontrado una bonita vista de la bahía cuando giré la cabeza y los vi a ustedes, sentados como si estuvieran abstraídos del mundo a su alrededor.
-Nos lo podrías haber consultado primero -Brian no quería ceder-. Respetar el espacio personal de otros es una cuestión de mínima decencia.
-Lo sé, y por ello les reitero mis disculpas. Si les hace sentir mejor, puedo mostrarles la foto antes de borrarla.
El humano y la sacerdotisa miraron la pantalla. Los metadatos de la imagen mostraban que se había tomado con ajuste manual, zoom de 2x y apertura focal apropiada para escenas bien iluminadas. Ciertamente la muchachita tenía sus méritos; la inmensa mayoría de la gente jamás se tomaba la molestia de salir del modo automático ni mucho menos experimentar con los ajustes más sensibles del equipo. La expresión del beisbolista evidenciaba concentración absoluta, colocando toda la tensión en sus brazos y expresando el deseo implícito de no dejar caer a su acompañante. Ella, tal como aquella mañana en la playa, se aferraba a su cuello con el peso de su propia alma, sus labios cerrados pero los ojos abiertos, brillantes, anhelantes y congelados en el momento del contacto, pasando de la quietud a la acción en ese instante atrapado por el lente de 16 megapixeles.
-Creo que es una foto bastante buena -Lide había dejado de lado, en parte, su desconfianza inicial-. No se nota demasiado saturada de luz ni demasiado oscura y la ausencia de granulado -aumentó la imagen varias veces- sólo le suma puntos. ¿Dices que participarás en el concurso?
-Así es, señorita.
-Mientras no tengas que dar nuestros datos al llenar el formulario, todo bien -añadió el ojigris antes de cruzar otra mirada con Lide-. Mi amiga y yo valoramos la privacidad y tratamos de mantenernos lo más lejos posible de los problemas, si me entiendes.
-Perfectamente, señor. Sé que no actué de la forma más apropiada -hizo una reverencia-, pero eso fue porque pensé que eran novios y no quería, por decirlo de alguna forma, romper el aura bajo la que estaban en ese momento.
-No somos pareja sino muy buenos amigos -corrigió la peliazul con tono civil; su corazón envisionaba, una vez más, el escenario opuesto-. Aún así te agradecemos las disculpas.
-Es más de lo que el 90% de la gente habría hecho -acotó el rubio-. Habiendo superado este malentendido, puedes presentar la foto al concurso sin ningún problema. Sólo te pediré una simple cosa a cambio.
-La que usted quiera.
-Si quedas seleccionada, agradecería que hicieras llegar una copia en el mismo formato en que la exhibiste a la casilla postal del Hotel Rosewood -pidió el muchacho de forma ecuánime-. En pago adicional por tu discreción, pequeña, podremos correr la voz de tu talento en cualquier sitio que visitemos.
-¿De verdad lo harían? -la chiquilla no cabía en sí de gozo.
-Es un trato justo -intercaló Lide, cogiendo al dedillo el plan de Brian-. Ambos solemos viajar mucho debido a nuestras particulares ocupaciones; habrás visto que soy una sacerdotisa marina y el deber me lleva a los lugares más insospechados.
-Yo mismo paso la mayor parte del tiempo al otro lado del Atlántico, aunque ahora mismo estoy de vacaciones aquí -sentenció él-. Si te pones en mis pies, la vida son esos momentos transcurridos entre un vuelo y otro. El jet lag es cosa corriente y a veces te torna la sangre torpe, pero la experiencia de conocer no se compara con nada.
-¡Hecho! -estrechó efusivamente las manos de ambos y después besó al lanzador en la mejilla-. ¡Muchísimas gracias por todo!
La fémina desapareció escaleras abajo y en dos tiempos ya había cruzado el túnel rumbo a la parte anterior del fuerte, aún sin poder creer su extraordinario golpe de fortuna. Casi atropelló a un par de paseantes que le lanzaron gritos y estuvo a punto de chocar de frente con una patrulla policial, pero su alegría podía mucho más que cualquier precaución. Cogió la bicicleta que había dejado contra un árbol y emprendió rumbo al norte a pesar de la subida; aún estaba a tiempo de hallar un estudio fotográfico que cobrara tarifas razonables.
Los amigos, por su lado, iniciaron el camino de vuelta a la salida y aprovecharon de conversar sobre lo recién ocurrido.
-Dime una cosa, Lide. ¿Crees que me pasé al principio?
-No puedo juzgarte ni culparte por ello porque yo también sentí ese recelo -confesó la liminal-. Aún así, no me daba el corazón para decirle que borrara la foto. Ahora quisiera hacerte otra pregunta.
-Lo que desees.
-¿Qué planeas hacer con la copia si te la envía?
-De momento no puedo decirlo. Es una idea que recién he comenzado a madurar.
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30G - Paz y euforia
-Si es una idea tan buena como todas las que has tenido hoy, esperaré con ansias el día que se haga realidad. Después del frenesí del centro, pasar por este enorme jardín fue un reposo bien ganado -bostezó otra vez-. ¿Cuánto tiempo estuvimos aquí?
-Media hora. Son recién las tres y media, por lo que nos quedará tiempo suficiente para la etapa más emocionante del tour.
Deshicieron el camino hasta la entrada, cruzando nuevamente entre los altos muros tallados antes de llegar a la esquina de Happy Valley Road con King's Street. Esta vez el carrito no tuvo dificultad alguna en el descenso (al ir hacia el fuerte Brian debió forzarlo un poco para sobreponerse a la cuesta) y entró en esta nueva vía apenas halló un espacio razonable. Conducir a la defensiva seguía siendo la máxima prioridad. De raigambre bastante más comercial, King's Street era considerada el límite este de la capital y tenía mucho de parecido, como la mayoría de las vías circundantes, a sus contrapartes continentales. Bien iluminada y decorada con árboles a intervalos regulares, a ratos se ensanchaba para dejarte estacionar y a ratos se estrechaba para obligarte a avanzar. En los 1.039 pies de tramo hasta la línea costera se veía un popurrí de todos los elementos alusivos a cualquier ciudad: un cuartel de bomberos y una comisaría; lavanderías, librerías y tiendas de conveniencia; casas con pequeños jardines y edificios de baja altura; boutiques y restaurantes modestos. Lide observó, acertadamente, que la fanfarria parecía aumentar conforme se acercaban al mar; ya habían tenido un ejemplo claro de ello en el Chiaffrax.
Dejaron atrás Reid Street, la última esquina antes del cambio de ambiente. Mientras esperaban tras el signo de alto, una enorme grúa de carga llevaba containers de un lado a otro como si fuesen cajitas de fósforos.
-Estos son los muelles de carga de Hamilton -indicó Brian-. Probablemente no haya un sitio más ocupado en Bermuda que este. Hay muy poca tierra cultivable en las islas, así que casi todo lo comestible, con excepción de lo que proveen el mar y los árboles, lo importamos. No menciono esto, mi querida Lide, porque vayamos a entrar aquí, sino porque es el comienzo de la calzada más activa de la ciudad. Bienvenida a Front Street.
Como si el destino hubiese querido darle la razón, mostró grupos más grandes de humanos y liminales yendo y viniendo, deteniéndose ante los escaparates o hablando por teléfono. Algunos reían, otros iban concentrados en sus problemas y no pocos comenzaban a desajustar sus corbatas o desabrochar el primer botón de las blusas. Cuando un quinteto de compañeros de oficina, entre los que se incluían una Melusine y una pequeña fauno, pasó por delante de ellos, cayeron ecos de conversaciones con planes para el fin de semana.
-¿Qué tal si compramos algo al paso y vamos a Albuoys Point a comer al aire libre?
-Me parece muy bien. ¿Local o extranjero?
-Asiático suena bien. Tengo antojos de algo coreano, concretamente.
-¿Les parece si nos juntamos mañana temprano en el Ayuntamiento? Viene el mercadillo y estoy deseando hincarle el diente a unas guayabas.
-Acabas de darme una idea para una receta de pescado.
Lide sonrió. Ellos deseaban vivir a pesar de los obstáculos y avatares de la vida. Tal como ella. Tal como Brian. Inhaló una vez más el aire, esta vez teñido de adrenalina, sal y algo de óxido, a fin de abrir nuevamente sus demás sentidos para absorber hasta la última sensación, para disfrutar, como bien dijera su querida madre, al máximo lo que quedaba del día.
A esa misma hora, en otro rincón de Bermuda...
Mazara saludó al chófer del autobús y emitió un hondo suspiro antes de ir a refugiarse en los asientos traseros que nadie ocupaba. Cerró los ojos tras apoyarse en el respaldo y sintió una inmensa tensión abandonando poco a poco su cuerpo.
Estaba exhausta luego de haber pasado la mañana y la primera parte de la tarde con Stella, quien incluso le ofreció quedarse a almorzar a fin de no perderle el ritmo a la conversación cuyo foco era Brian. Al principio intentó disfrazar su actitud con un velo de preocupación meramente profesional, pero no pasaron ni cinco minutos cuando se vio a sí misma confesando hasta el último de los sentimientos anidando en su corazón al ritmo del pan brioche con paté de ganso y una generosa ración de cordero al curry pareada con arroz almendrado.
-Esto no es un mero capricho, señora Lennox -dijo la anguila en ese entonces-. Brian me interesó desde el principio no sólo por ser un coetáneo y alguien con quien pudiera conversar de otras cosas; también vi reflejada mi propia dedicación en él. Siempre lo vi como un muchacho decente y deseaba apreciarlo en un ambiente más distendido. Por eso decidí planear lo de la cena y la confesión, aunque jamás de la vida pensé dejarlo en ese estado luego de... ya sabe.
-Mi muchacho nunca antes había pasado por algo así -contraatacó Stella, aún en modo sobreprotector- y comprenderá, como ciudadana bermudeña que soy, que esa clase de arrojo no es algo tan compatible con nuestra propia idiosincrasia. No piense que la discrimino por su procedencia, Mazara. Sé bien que no todos los americanos están locos ni obsesionados con las armas o el nativismo. Esto es una cuestión de estilo. ¿Sabe cómo definimos nuestro credo?
-En silencio y con dignidad.
-Exactamente. Es herencia de nuestros antepasados británicos y lo aplicamos en todo. Si bien somos amables y educados, tenemos claro que ciertos límites no han de ser cruzados jamás si no se cuenta con la confianza suficiente -suspiró la mujer rubia-. Mis palabras podrán sonar duras pero no desapruebo su conducta per sé, doctora.
-Con perdón, señora Stella, me imagino lo que debe estar pensando: "esto sólo es algo temporal, parte del ciclo emocional por el que todos pasamos" -la chica de escamas azules buscaba otra carta en su arsenal-. Nada más lejos de la verdad. Brian, su hijo, es el primer hombre del que me he enamorado en toda mi vida y de verdad lo adoro. Bastó ser él mismo para conquistarme por completo -pausó-. Las anguilas de mar somos fieras y recelosas, pero también amantes de la belleza y la lealtad. No le pido ventajas ni intervenciones; sólo deseo ganarme el corazón del muchacho limpiamente y cumplir mi propio credo: hacerlo feliz y apoyarlo en todo.
-Da gusto ver que no planea recurrir a más trampas.
-¿Más trampas? -la del pelo azul petróleo sonaba incómoda.
-Me di cuenta, antes de irme a dormir anoche, del rastro brillante y gelatinoso que usted dejó al ocultarse tras la pared de allá -apuntó hacia la esquina- y escuchar la charla entre mi hijo y yo. Justo antes de que llegara aquí hablé con Rigsby, uno de los jardineros del condominio, sobre una forma de limpiarlo.
La liminal se dio cuenta en el acto de que el viejo cascarrabias del cual se ocultara antes de llegar a la casa del beisbolista era el mismo Rigsby. Suspiró e intentó tranquilizar a su contraparte.
-Mi mucosa, señora Stella, no es tóxica para las plantas ni ninguna otra especie vegetal, especialmente considerando que he vivido muchos años en tierra firme. Se evaporará sola en cuestión de un día o dos. Desde ya pido disculpas -hizo una reverencia aún estando sentada- por haberle causado tan mala impresión, pero de verdad estaba preocupada por Brian. Si me escabullí en Tucker's Town burlando todos los controles de seguridad fue por él, porque deseaba saber la raíz de su tormento -escondió la cabeza entre sus bronceadas manos.
-¿Qué le ocurre?
-Debo verme como una idiota obsesionada -otra confesión- y a cada palabra que digo parezco hundirme más ante sus ojos.
-No tiene por qué culparse por ello, Mazara -la anguila ahora la miraba fijo-. Ya le dije que no la juzgaría y pienso cumplir mi palabra. Sin ir más lejos, escuchar sus razones me recordaron a las propias cuando me enamoré de Lawrence Willingham, con quien eventualmente me casé y tuve a Brian un año después. No tengo que darle más detalles porque ya los conoce, pero no me arrepiento de nada. Logré el divorcio a pulso y así construí una nueva vida.
-Señora...
-Lo que deseo transmitirle es simple, doctora -Stella la miró fijo, casi paralizándola-. Tomaré prestadas sus palabras: si cree que puede conquistar el corazón de mi hijo de forma honesta, inténtelo. Me lavaré las manos de todo el proceso por dos razones sencillas; ustedes son adultos y los asuntos amorosos caen en la esfera personal e intransferible. Brian deberá darse cuenta de esto por sí mismo y tomar una decisión al respecto. A cambio sólo pido que la acepte hidalgamente, sin importar de qué lado caiga la moneda. ¿Le parece bien?
-Claro que sí, señora Lennox -contestó la anguila-. Agradezco que no me mandara inmediatamente a la guillotina. Seré honesta con usted: cuando me tomó por la muñeca sentí miedo de haber tocado una fibra demasiado sensible y creí que no podría recuperarme del golpe.
-Ya no soy capaz de sentir odio ni rencor, muchacha. Aún cuando mi niño sea adulto, siempre lo amaré y querré lo mejor para él mientras me queden ganas de vivir.
-Somos dos, señora Stella, cada una a su manera -la liminal se levantó tras acabar su porción-. Muchas gracias por acogerme en su casa y también por el almuerzo. No le quito más tiempo. Llamaré un taxi para que me lleve a casa.
-¡Espere! -la chef se levantó de golpe-. Si se tomó la molestia de venir hasta aquí, aún con tanto desacuerdo, permítame llevarla al menos hasta donde pueda tomar el autobús; a esta hora son mucho mejores y baratos que un taxi si no le importa pasar algo más de tiempo sobre las ruedas.
Los siguientes quince minutos transcurrieron en absoluto silencio. Ni la radio sonaba en el automóvil compacto que Stella condujo de forma maestra hasta la esquina de la Avenida Wilkinson y Blue Hole Hill. Cinco metros calle adentro estaba el signo marcando el paradero; a corta distancia aparecía la máquina blanca en su parsimoniosa marcha.
-Justo a tiempo -dijo la rubia-. Bien, doctora Mazara, supongo que eventualmente volveremos a vernos.
-Así lo espero, señora. Y gracias por ser tan ecuánime.
-Ni lo mencione.
Reptando lo más rápido que pudo, la anguila alcanzó a llegar al marcador con el tiempo justo, siendo la última de cuatro pasajeros en abordar la máquina cuyo destino final era la Estación Central de Hamilton, a sólo un par de cuadras de casa. El reloj de su muñeca marcaba las tres y media; luego de volver al presente y contemplarlo se permitió una sonrisa. Al dejar atrás la rotonda alcanzó a ver el coche color blanco invierno regresando a Tucker's Town. Suspiró antes de inclinarse contra la ventana, pensando en el perfil de Stella que leyera hace tanto tiempo en The New York Times y que fuese, de forma caprichosa, el detonador de su actual situación.
"Los dioses actúan de forma misteriosa", se dijo, "aunque ciertamente saben lo que hacen. Tengo una larga tarea por delante y la enfrentaré como prometí, con honor y sacando el máximo partido a mis virtudes".
Sacó el teléfono móvil de su bolso y abrió la aplicación de notas. Necesitaba vaciar sus ideas en la tinta virtual antes de traspasarlas al expediente especial oculto en el cajón de su oficina; para ello tendría que ir al hospital después del horario de visitas. Mañana vería a Brian nuevamente en la consulta y podría, por fin, disfrutar de esa normalidad que tanto anhelaba.
De vuelta en la capital...
El escenario de Front Street parecía sacado de un cuento de hadas. Los tonos pastel plasmados en construcciones con vivos blancos, columnas y astas de bandera se mezclaban con el gris y burdeo de las veredas artísticas, aún más hermosas gracias a palmeras y grupos de flores creciendo en jardineras inmaculadas. Por donde uno miraba aparecían tiendas de todo tipo, ofreciendo desde simples souvenirs hasta cuchillería, desde ropa de ocasión hasta estudios de fotografía y pintura. Todas las propiedades de más de un piso tenían balcones recubiertos con techos inclinados o prácticos quitasoles adosados a bases de piedra. Atrás quedaron las vistas del muelle de carga y asomaron las magníficas aguas del puerto, donde un par de fastuosos cruceros recién anclados traían pasajeros provenientes del continente y con dinero para gastar.
-¡Mira! ¡Ahí hay un buen lugar para estacionarnos! -Lide señaló un rincón, cercano a una pastelería, donde descansaban varios carritos de golf-. Y ahora entiendo por qué ningún policía nos detuvo para preguntarnos por qué íbamos a bordo de esto.
-Que las multitudes no te engañen, amiga. Hamilton, al igual que St. George, es una slow city, caminable, pedaleable, motoneteable y hasta golfeable, si se me permite la expresión -Brian se quitó el cinturón para ir a sacar la silla de ruedas-. Aquí quedamos justo al medio y podremos recorrer la calle entera a nuestra entera satisfacción.
-Quisiera ver las tienditas. Mientras más pequeñas e inocentes, mejor.
Luego de dejar bien adosado el candado al riel de acero ubicado dos pies sobre el suelo, se pusieron a caminar sin prisa ni pausa, contemplando primero la multitud primeriza a distancia prudente. El primer barco, el HMS Kelper, con más o menos 650 pies de largo y tan alto como un edificio de cinco plantas, llevaba bandera de las Islas Caimán. Tenía toda la apariencia de ser un crucero de lujo con viajes que duraban, mínimo, un par de semanas.
-Ninguno de estos se quedará en nuestras aguas más de cinco días -señaló Brian- y creo que el otro, el pequeño, se irá primero.
Lide asintió, atando sus propios cabos mientras buscaban un cruce peatonal. Entre los recién llegados se veían algunas chicas monstruo, principalmente del tipo terrestre, aunque no vio mucho sentido a afinar su detección a pesar de la oportunidad. Habían demasiadas auras en movimiento a su alrededor para lecturas precisas. Siendo honesta, se sentía infinitamente más feliz estando enfocada en Brian y en la magnífica dinámica rodeándolos. Aún con el gentío, el aspecto arquitectónico, el mismo cielo y el magnífico aire marino levantaban su ánimo a cada momento.
"Tengo que pensar en una forma adecuada de compensarle por tantas cosas", firmó y reiteró la promesa solemne en su mente.
Iniciaron el recorrido de oeste a este con las tiendas de cosméticos, increíblemente populares dada la ausencia de IVA en sus productos. No compraron nada pero la sacerdotisa se deleitó experimentando con más de treinta tonos distintos de polveras y aromas de rica factura, pero bien poco comparables a los de la perfumería en St. George. Como pasaba la mayor parte de su vida en el agua, Lide limitaba los productos de belleza a los aceites aromáticos pero terminó aceptando una pequeña prueba de maquillaje sin compromiso de compra. Pareció mutar frente al espejo, sus mejillas tomando un tono algo más rosado y vivaz y el carmesí de sus ojos en abierta lucha con la sombra azul oscuro, casi tinta.
-¡Le queda fantástico! -dijo la promotora tras apartar el pincel-. Es uno de los mejores resultados que he visto en liminales, y eso que la experiencia me sobra en estas lides.
-¿De verdad esa soy yo? -cuestionó la peliazul-. Recién ahora me vengo a dar cuenta de lo pálida que tengo la piel.
-No te flageles, Lide -Brian apareció a su lado en el espejo-. En mi modesta opinión, el maquillaje no hace diferencia -le susurró-. Tomaré prestadas las palabras de mi tía Amanda: si te sientes bien contigo misma, siempre te verás bien.
-Gracias -le dio un besito que no dejó rastro; por suerte tuvo tino a la hora de rechazar el labial-. Tú siempre tan gentil...
-Otra cosa no mereces.
-¿Podría limpiarme, por favor? -le pidió a la dependienta.
-Ningún problema, señorita.
Luego de terminar pasaron a comprar algunas golosinas a un ultramarinos cercano. La chica monstruo se bebió su leche de almendras de un trago, su paladar saltando de placer ante el sabor dulce y cremoso. Complementó su refuerzo con una botella de agua mineral para reponer la mucosa que comenzaba a flaquearle tras tanto tiempo en tierra. Aprovechó de tranquilizar a su acompañante con una expresión prestada de forma magistral: "aún tengo cuerda para rato". Se quitó la visera por un momento antes de volverla a colocar en su cabeza y continuar el recorrido.
El siguiente conjunto de tiendas estaba enfocado en la ropa, aunque incluso para el holgado presupuesto de Brian los precios caían en los límites de lo prohibitivo. Emporios como Gibbons, A.S. Cooper & Sons y Marks & Spencer aportaban inusitada variedad: pantalones cortos y largos; faldas, blusas, camisas y chaquetas; zapatos deportivos, formales y de tacón; sandalias de goma y tela ligera. Aparte de vitrinear, sintieron algo de pena al ver a una pobre minotauro presa de la decepción porque el sombrero que buscó por tanto tiempo le quedaba chico. A corta distancia, una arpía corredora de busto pequeño modelaba un peto deportivo para su acompañante, muchacho casi de la misma edad que el submariner y con acento continental.
Cruzaron la esquina de Parliament Street y entraron a una tienda de recuerdos ubicada veinte yardas más allá. Estaba confinada en un edificio pequeño, de sólo dos plantas y al fondo, una puerta amplia entre dos colgadores repletos de camisetas de algodón ponía "Privado".
-La realidad de muchas tiendas -dedujo ella-. El primer piso es público y la familia dueña de todo esto vive arriba.
-Quizás aquí podamos encontrar otro memento para que te lleves de vuelta a la colonia -añadió él-. Esto tampoco será ninguna molestia, ¿eh?
-Te lo agradezco en el alma.
Comenzaron a moverse lentamente entre anaqueles repletos de postales, guías turísticas e incluso cajas de confites. Percheros metálicos figuraban repletos de imanes para la nevera, manteniéndose en pie a saber por qué extraño prodigio. Del otro lado, más allá de un par de clientes cuya atención estaba centrada en una niña de 12 años moviéndose como pez en el agua, aparecías banderines, pareos e incluso placas para puertas en forma de matrículas de automóviles (con nombres en vez de números y usando la misma tipografía). La zona central contenía embelecos varios: chocolates, gomitas, paletas, galletas caseras... Todo se veía delicioso, pero los amigos buscaban no tentarse.
-¡Hola! -otra voz infantil los sacó de su concentración-. ¡Bienvenidos! ¿Buscan algo en particular?
El emisor era un pequeñajo de más o menos diez años y con una cara que parecía decir "me las sé todas por libro". Vestía ropas de civil, pareciendo alguien recién llegado de las clases del día para colaborar en el negocio familiar.
-Sólo estábamos mirando, muchachito -replicó Lide, siempre tan cortés-. He de decir que cuesta decidirse entre tantas cosas.
-¿No es problema que estemos aquí con una silla de ruedas? -preguntó Brian-. Si es así, nos mandamos cambiar de inmediato.
-¡Ningún problema, señor! -el chiquillo pareció fijarse en Brian y de ahí chasqueó los dedos, adoptando una pose contemplativa.
-¿Te ocurre algo? -el beisbolista se vio sorprendido.
-No sé, pero creo que lo he visto antes, señor -se fijó en las facciones del rubio una vez más-. Sí, es tal como lo dijo ella.
-¿De quién hablas? -Lide decidió meter una cuña, sintiendo los celos rebrotar en su interior ante otra potencial rival, fuese humana o liminal.
-Esperen un momento, que ya vuelvo -dijo el niño como respuesta-. ¡Brianna! ¡Ven aquí!
La muchacha, al parecer su hermana, se despidió de los clientes y acudió donde su hermano; ambos se perdieron escaleras arriba segundos después, dejando al humano y la sacerdotisa muy intrigados. Volvieron a mirar el stock disponible para intentar recuperar la normalidad; no podían irse por respeto a los muchachos y admitieron, en susurros algo traviesos, que sentían curiosidad por todo aquello.
-Creo que aquí hay algo interesante -apuntó él, señalando una hilera de figurines en variadas posiciones y atuendos-. Son pequeñas esculturas talladas en cedro. ¡Mira! ¡Aquí hay una de una sacerdotisa!
Lide quedó maravillada ante el detalle y la dedicación de la pieza, de más o menos 25 centímetros de altura y con todo bien puesto, incluyendo las aletas en forma de escudo. Llevaba su tablilla alusiva, emergiendo desde las olas marrones con el ánimo de ejecutar su hechizo de unión.
-Y mira lo que hay aquí -añadió la extraespecie, indicando otra de un muchacho que parecía lanzar una pelota desde abajo hacia arriba-. Hasta se parece a ti de rostro. ¿No me habías contado que partiste con el cricket antes de cambiarte al béisbol?
-Así es, Lide. ¡Vaya caída de carnet! -rió el aludido-. Por un momento me sentí como si volviera a tener 12 años.
-¿Te gusta?
-Claro que sí. ¿Qué te parecería...?
-¡Ahí están, papi!
Los muchachos de antes aparecieron de repente, tomando por los brazos a un hombre mayor, seguramente su padre, quien parecía tener dificultades para seguirles el paso. Era de cabello castaño con raya al medio y parecía tener poco más de cuarenta años de edad.
-¿Ves que es él? -dijo el hermano, apuntando a Brian con el dedo.
-Pues sí que es él -acotó la hermana, un par de años mayor-. ¡Es de no creerlo! ¡Nunca pensé que lo veríamos en vivo y en directo!
-Steven, Brianna, tranquilícense y compórtense como es debido -miró a sus retoños con severidad-. Vayan a atender otros clientes y aprovechen de ver si su madre ha regresado de la compra. De esto me encargo yo.
Sin ganas de pelear ni contradecir al gran jefe, los niños partieron a lo suyo. El hombre tomó el testigo de inmediato e hizo una pequeña reverencia.
-Les ruego que me disculpen por este desaguisado -comenzó-. Mis hijos tienen demasiada energía, incluso para su edad, e insisten en ayudar en la tienda a pesar de que no es necesario. Para ser honesto, ya no sé qué hacer con ellos. Y como habrán visto, mi mujer no anda cerca; ella los controla bastante mejor.
-No se preocupe -Lide le dedicó una sonrisita al regente-. Pasa hasta en las mejores familias, aunque aún no entiendo muy bien por qué se fijaron en ti, Brian.
-Estoy tan desconcertado como tú al respecto -añadió el rubio.
-¿Brian? -algo pareció hacer click en la mente del otro hombre-. Cabellera color arena, ojos grises, alto, fornido... ¡Anda, por Dios! ¡El mundo es un pañuelo! -exclamó de forma contenida-. ¡Nunca pensé que te tendría en mi tienda, Brian Lennox-Whit...!
-¡Baje la voz! -por segunda vez ese día los amigos mandaban callar a alguien al unísono, endureciendo un poco sus miradas pero volviendo casi al instante a la placidez de siempre.
-Estoy tratando de mantener un perfil bajo y no quiero que nadie sepa que ando por aquí -corroboró Brian-. Respóndame algo, señor...
-Wallwork. Vernon Wallwork -completó el comerciante-. Supongo que desea saber cómo me enteré de su nombre.
-Sería un buen punto de partida.
-Tiene que ver con alguien de nuestro propio grupo -Wallwork los llevó cerca de la caja registradora-. Canatella siempre nos cuenta maravillas de ti, muchacho.
-¿Ustedes son anfitriones? -la sacerdotisa quedó sorprendida ante tal mención-. Nunca me lo hubiera imaginado.
-Me quitaste las palabras de la boca, Lide -complementó el hijo de la chef-. Y concuerdo con usted, señor Wallwork, en que el mundo es realmente un pañuelo. Canatella sólo me había mencionado cosas superficiales de ustedes, como que fueron una de las primeras familias anfitrionas en Bermuda.
-¿Cómo fue que conociste a Canatella? -preguntó la liminal acuática tras beber otro sorbo de agua y tocar el hombro del rubio.
-Ella me trajo aquí desde el aeropuerto cuando volví desde Boston y también me ha ayudado a ir a las sesiones de terapia en el hospital -se explicó este-. Si te interesa saberlo, es una Kobold muy eficiente y discreta en extremo, agradable combinación cuando se trata del negocio de taxistas.
Las alarmas murieron dentro de ella y suspiró en silencio. "Creo que, además de la timidez que voy venciendo poco a poco, también debería trabajar en mis celos", consideró. Mazara, por supuesto, seguía siendo la única excepción al nuevo orden de cosas.
-Es una fantástica muchacha -retomó la conversación el dueño de la tienda-. Jamás ha dado un problema, es muy proactiva y cuando no conduce nos ayuda con lo que haga falta dentro y fuera de la tienda. Para mis hijos -apuntó a la puerta- es prácticamente una hermana mayor que siempre tiene respuestas para todo. Mi mujer, sin ir más lejos, la adora.
-Puedo dar fe de ello.
-Cambiando de tema, ¿han encontrado algo que les interese?
-Sí, esas figuras talladas en madera -dijo Lide-. Nos llamaron la atención dos en particular.
Ya de vuelta en el estante, las señaló y tomó la que se parecía a ella. Aún estaba gratamente sorprendida por el talento del artesano o artesana que las esculpiera. Brian hizo un amago de coger la del cricketer con sus dedos a modo de pinza.
-¿Cuánto cuestan? -inquirió.
-Es curioso que lo pregunte -respondió Vernon Wallwork-. Hemos tenido esas figuras en particular durante año y medio aquí; nadie se había fijado en ellas hasta que aparecieron ustedes. En todo caso, no hay valores diferenciados: todas cuestan 60 dólares.
-¿Te parece si las llevamos, Lide?
-Oye, me vas a malacostumbrar, pero no podría decirte que no. Esta pequeña me encanta. A todo esto, señor -se dirigió al tendero-, ¿tiene camisetas de algodón o alguna otra tela que se ajuste bien a mi piel?
-¿Y eso a qué viene? -intercaló Brian.
-Bueno, tengo que regresarle la que llevo puesta a tu madre; lo mismo aplica a la visera. Será un recuerdo útil bajo cualquier circunstancia.
-Tienes razón. No había reparado en ese detalle. Te has ganado un terroncillo de azúcar -tomó prestada la frase de Isola y le dio gracias en silencio.
-Creo que sí podríamos contar con eso -reflexionó el otro humano-. Vengan por aquí.
Los llevó hasta los racks con camisetas. Habían sencillas, con y sin logo, y en colores yendo desde el blanco impoluto hasta el fuerte negro. Los motivos turísticos, con frases tipo I Love Bermuda o similares, se hacían notar entre estampados de palmeras, corazones, timones de barco, anclas y cuerdas. Incluso una de ellas exhibía la forma de una hermosa concha marina en tonos carmín. Mientras la sacerdotisa ponderaba su elección, Brian se sentía feliz al verla moviéndose, perdonando la expresión, como pez en el agua. Le costaba creer que esta chica, a la que conociera siendo tímida y recatada, ahora estuviera disfrutando cada minuto de tantas nuevas experiencias compartidas. "Planear este día juntos terminó reventando hasta mis pronósticos más optimistas", reflexionó.
-¡Esta! -celebró ella-. ¡Esta me gusta!
Tenía en sus manos una prenda de poliéster flexible color azul oscuro, haciendo juego con su cabellera y relucientes escamas al modo de una botella de buen Late Harvest. Por delante tenía una cuadrícula de atlas en color blanco, extendida en una superficie de 20 por 20 grados. Bermuda aparecía cerca en la esquina superior derecha, formando el vértice septentrional del triángulo cuyas otras puntas tocaban Miami, en la península de Florida, y San Juan, la capital de Puerto Rico. Dentro del área mítica aparecían monstruos marinos, barcos hundidos y aviones precipitándose a las aguas del Atlántico. El detalle de los demás territorios, desde Bahamas hasta el semicírculo de pequeñas islas cerrando el Mar Caribe, era acucioso; entre medio también se veían Cuba, la Hispaniola y Jamaica, además de la costa norte de Sudamérica con toques en Venezuela y Guyana.
-Nunca he creído en el Triángulo de las Bermudas -añadió, algo más seria-, pero es algo que diversificará un poco mi armario.
-¿Ha nadado usted por sus aguas, señorita?
-Varias veces, principalmente en ruta a las Bahamas o incluso más al sur. Cuando se es sacerdotisa, los viajes largos vienen con la descripción del oficio. ¿Qué precio tiene esta camiseta?
-15 dólares.
-Añádalo a las estatuas y pasemos de inmediato por la caja.
Un par de movimientos de botones después, Wallwork les dio el total. Para ese entonces Brianna, la hermana mayor, había dejado de vigilar la puerta y estaba muy atenta mirando a Brian y Lide.
-Serían 135 dólares, pero les haré un descuento del 20% porque me cayeron bien -mostró la reducción en la pantallita- y su compra quedará en 108. ¿Efectivo o tarjeta?
-Efectivo -Brian le pasó la cantidad requerida en dólares americanos-. Si envuelve todo en una bolsa reforzada, le estaré agradecido.
-No se diga más. Muchas gracias a ambos por la compra -les tendió el paquete- y especialmente a usted, señor Lennox, por hacerle tan bien a Canatella. Verla así de feliz es maravilloso.
-Cortesía común, señor Wallwork. No seríamos bermudeños sin ella.
Salieron a la calle y en ese preciso momento las campanas de la Catedral de la Trinidad tañeron, anunciando las cinco de la tarde. Casi todas las tiendas de Front Street comenzaron a bajar las cortinas y cambiar los letreros de "abierto" por "cerrado". Sólo quedaron abiertos los establecimientos más grandes.
-Se nos pasó volando la tarde -dijo él, empujando la silla de vuelta al estacionamiento cercano al embarcadero-. Me hubiera gustado mostrarte las otras atracciones de esta calle, como la tienda de vinos, los parques o la joyería donde exhiben piezas fantásticas con aleaciones de arena rosa.
-No te sientas mal, Brian -retrucó ella-. En estricto rigor soy yo quien debería recompensarte con una montaña de azúcar rubia por un fantástico día juntos. Nada de lo que vimos me pareció aburrido, innecesario o un relleno. Eres el mejor guía que alguien, humano o liminal, podría desear.
-He de confesar algo más: tenía planeado llevarte a Somerset después de que acabáramos aquí -ambos cruzaron la calle con luz verde-. Así hubiéramos podido visitar sus parques y tranquilas playas, además de mostrarte los barrios donde vive el resto de mi familia materna. Lo malo es que, si tomáramos el barco ahora hacia allá, volveríamos a Tucker's Town con noche cerrada y no me gusta conducir bajo la luna.
-Podemos dejarlo para una próxima ocasión, ¿no? -sugirió la chica monstruo-. Tú sólo dime el día y la hora y allí estaré esperándote.
-Siempre y cuando desayunemos en casa, está hecho.
Brian la dejó en el asiento del copiloto y aseguró la silla, así como el bolso de su amiga y el paquete con las compras, bajo la fuerte correa. Dejaron a bordo las golosinas del ultramarinos y acordaron liquidarlas en el camino de vuelta. Una vez encendido el motor, dieron la vuelta, colándose justo entre un bus y un furgón de carga. Avanzaron por Front Street hacia el este, alejándose gradualmente de las tiendas y de la misma ciudad. La vía se convirtió en Lane Hill unas cien yardas más adelante, retomando temporalmente la tónica de caminos sin vereda, estrechos y con las casas casi encima. Emergieron un par de minutos después a Cavendish Drive. Este sector volvía al tono de viviendas amplias, con jardines preciosos y cercas atractivas incluso a la luz de un sol que ya comenzaba a girar hacia el ocaso. Tal como el Fuerte Hamilton, cuyo perímetro pentagonal les dijo adiós en silencio, aquí se respiraba tranquilidad a pesar del tráfico de la hora punta, incluyendo uno que otro bocinazo mal puesto.
-Ahora estamos en Devonshire -señaló él luego de tragar un barquillo relleno con dulce de leche- y esta esquina es Corkscrew Road. Una vez que lleguemos a su fin, saldremos hacia el sur por Crow Lane y estaremos en Paget.
-¿Dos Parroquias en cinco minutos? Eso sí es eficiencia -señaló Lide, hincándole el diente a un pastelito de menta y chocolate-. Incluso en los compases finales del viaje no dejas de sorprenderme, Brian.
-Tengo mis trucos pero, a diferencia de los magos recelosos, no tengo inconveniente en revelártelos. ¿Me darías otro barquillo?
-Cómo no.
Lide le acercó el embeleco mientras el carrito se internaba en la estrecha calle, de sólo una vía y con tránsito sólo permitido hacia el sur. Su nombre no era al azar: casi en la última sección asomaba una curva cerrada hacia la izquierda y de ahí, casi sin descanso otro súbito giro en dirección contraria antes de una pendiente. El muchacho ajustó la palanca de aceleración a sólo 10 millas por hora para tomarla con calma; cualquier velocidad superior habría causado que se fueran sin escalas contra los muros de piedra delimitando los pequeños cerros a su alrededor. Guardaron el tiempo de espera necesario ante el disco pare y giraron a la izquierda, encontrándose con un semáforo en verde y de ahí...
-¡Otra rotonda! -lanzó una nueva carcajada prístina-. ¿Cuántas llevamos ya? Espera, déjame hacer memoria... -cerró los ojos para concentrarse-. Aparte de esta, tenemos la de Blue Hole Hill y las ubicadas a ambos extremos de la Isla St. David, donde está el aeropuerto. Cuatro no está mal para un solo día, ¿verdad?
-No, aunque voy a comenzar a plantearme en serio eso de la obsesión que mencionaste hará algunas horas. Sin ir más lejos, si continuaras algo más allá de esa por Triningham, encontrarías otra en la próxima esquina -respondió el ojigris tras tomar la izquierda; ahora estaban en otra calle-. Lo bueno es que este camino algo menos frecuentado no sólo nos ahorrará tiempo, sino que está exclusivamente compuesto de rectas y suaves curvas tapizadas con el aroma del césped y el mar a corta distancia.
-Insisto: me vas a malacostumbrar, pero supongo que no aceptaría tantas maravillas de otra forma ni en otra dosis -se reclinó contra él, saboreando una pequeña tartaleta de melón.
Pasaron junto a la sede de la Cruz Roja local y apenas vieron una apertura a la diestra se metieron por ahí, aderezando ese tramo de la vuelta con la dosis justa de conversación liviana y continuando el deleite de su paladar con las golosinas caseras de una forma que, para cualquier observador casual, los habría elevado automáticamente al nivel de pareja formal. Brian y Lide, sin embargo, lo veían como un simple juego, una forma más de disfrutar esa amistad a la que ya eran adictos.
Ahora circulaban por un territorio bastante más familiar para él: Point Finger Road, con sus setos de boj y veredas blancas que parecían relucir bajo el sol de la tarde.
-36/IF-
Emergiendo al fresco aire de la tarde con una bolsita de hojuelas de manzana deshidratada entre los dedos, Mazara Bradford, especialista en electroterapia, recorrió las veinte yardas separando la entrada del hospital de la parada de autobús. Luego de llegar a casa y tomar una breve siesta, se pasó por su consulta para transcribir las notas hechas en la vuelta de Tucker's Town y recoger otro de sus mayores antojos. Echándose un par de bocaditos al paladar, saboreó la frescura de la fruta mientras se sentaba a su entera satisfacción en el banco de madera cubierto por un techo de roca limosa, casi idéntico al de la mayoría de las estructuras de la calle.
-Después de tantos vaivenes, parece mentira que por fin pueda ponerle punto final a este día -dijo a nadie en particular-. Fue una suerte no toparme con Aaron o Richie. Ahora sólo tengo que volver a casa, darme un baño y preparar algo de...
La frase se le quedó sin terminar cuando vio aparecer un carrito de golf ocupado por dos personas desde el otro extremo de la vía. Al principio no le prestó demasiada atención, pero conforme se fue acercando a su posición vio el cuadro más en detalle. Detrás del volante iba un muchacho alto, vestido con camiseta roja, pantalones azul oscuro y zapatillas deportivas. A su lado había una chica peliazul ataviada con una polera turquesa de poliéster; sus facciones eran típicamente de sirena. Ambos parecían estar bromeando de forma mutua, ignorando olímpicamente todo lo que no fuese el camino o ellos mismos.
-¡Abre la boquita! -dijo ella, sosteniendo una galleta de chocolate cual esposa cariñosa-. ¿Quién quiere una galletita?
-Yo, pero siempre y cuando también te comas una -contestó él.
-Eso está hecho -la chica monstruo saboreó el dulzor de la masita y después acercó otra al rostro de su acompañante.
No fue hasta que él separó los labios para aceptar el regalo cuando la anguila distinguió la corta cabellera rubia y ese rostro que tan bien conocía. Si la terapeuta no acabó de bruces en el suelo fue porque se sujetó a tiempo de uno de los muros.
-¿Brian...? -se quedó sorprendida, viendo el pequeño vehículo perderse en la distancia-. ¿Pero qué diablos...? ¡¿Quién es ella?!
Debió llevarse las manos al pecho; había lanzado un rugido instintivo más que una simple declaración descompensada. Respiraba de forma agitada y por momentos llegó a ver doble; su presión sanguínea escaló al menos un par de niveles después de semejante golpe al estómago. Sentándose una vez más y estirando su reluciente cola, continuó hablando consigo misma.
-Esto no fue una alucinación -continuó tras pellizcar su mano izquierda-, aunque todo a su alrededor se teje como una y me ahoga. Sabía que Brian iba a estar todo el día fuera por lo que me contó la señora Stella, pero nunca pensé...
-¿Que tendría semejantes planes bajo la manga?
Levantó la vista y se quedó helada. Ante ella apareció un clon de sí misma, replicando cada detalle hasta la posición de su cola de caballo sobre los hombros. De pie junto al letrero del paradero, la miraba con severidad, casi despreciando su actual estado de ánimo.
-¿Qué haces aquí sentada como una boba? -continuó la copia-. Deberías ir ahora mismo tras él y ver qué pinta esa sirena en todo esto.
-No quiero levantar demasiadas sospechas -la doctora miró hacia ambos lados; no deseaba que la vieran hablando sola y la tomaran por loca-. Tres visitas a Tucker's Town en dos días caen del lado excesivo, si me permites decirlo.
-¿Ahora te preocupas de las sospechas y los excesos? -la otra anguila mató la cuña de inmediato-. ¡Mírate, por Dios! ¿Esta es la Mazara que confesó todos sus sentimientos por Brian ante la señora Lennox-Whitmore? ¿Esta es la Mazara que intentaría ganarse el corazón del chico de forma honesta y convertirse en su compañera? ¿Esta es la Mazara que probó por primera vez las mieles del verdadero amor gracias a un hombre como casi ya no quedan? ¡No, mujer! ¡No puedes dudar ahora!
-Baja la voz; no necesitas gritar.
-Nadie más que tú puede oírme y lo sabes. ¡Reacciona, por lo más sagrado! ¡Aún estamos a tiempo de caer con la cola por delante! -pausa de la conciencia-. ¿Recuerdas qué define a una anguila además del recelo, el arrojo y la lealtad?
-Lo que decían mamá y papá cuando era más joven y me enseñaban las normas de la vida -replicó la liminal de forma casi automática-. Ninguna anguila que se precie de tal... puede darse el lujo de no saber a qué se enfrenta. Conocer a nuestras rivales es lógico.
-¡Exacto! -el clon sonrió por vez primera-. Así me gusta verte: decidida, valiente e íntegra. Seré tu lado más directo y agresivo, querida, pero amo a Brian tanto como tú y lo que te beneficie a ti también repercute en mí.
La anguila se puso de pie y tocó tentativamente la punta de los dedos del reflejo; este desapareció en el acto y volvió a instalarse en lo más profundo de su mente. Olvidándose por completo del autobús y de la vuelta a casa, acudió al garaje del hospital lo más rápido que pudo.
-¡Wolff! -le gritó al mecánico de turno-. ¡Menos mal que te encontré aquí! ¿Tienes algún carrito de golf disponible? Si es así, lo tomaré ahora mismo.
-¿Para qué quiere un carrito a esta hora, doctora? -cuestionó el hombre, alto y grueso como tronco-. Pensé que había pedido el día libre.
-Vine a mi oficina a buscar algo y me encuentro en una emergencia impostergable -explicó ella con la información justa-. Un carrito es todo lo que pido; te juro por lo más sagrado que lo tendrás de vuelta antes de que acabe el día.
-Antes de las seis y media, mejor dicho -acotó el mecánico, quitándose la grasa de sus manos-. A esa hora finaliza mi turno y debo hacer la hoja de registro con todos los vehículos disponibles, incluyendo el arsenal de movimientos intrahospitalarios.
Además de las ambulancias y todoterrenos usados en el transporte de enfermos desde todos los puntos de Bermuda, vehículos eléctricos de menor tamaño también encontraban uso para acarrear medicinas, equipamiento e incluso personal entre las alas del recinto, cuyos jardines exteriores e interiores eran grandes y no tan sencillos de recorrer a pie.
-Me basta con eso -la chica de escamas azul petróleo se fue hacia el vehículo más cercano.
-Momento, doctora. Aquí hacemos todo de acuerdo al protocolo. Necesito que firme una hoja de salida -Wolff se la tendió, sin ánimo alguno de saltarse las reglas.
-Vale -suspiró ella-. ¿Tienes un lápiz?
Tres minutos después estaba fuera del garaje en un modelo biplaza, tomando Point Finger Road hacia el sur y poniendo la directa a plena potencia. Viró a la izquierda en South Road y se encomendó a las deidades, a sus padres y a endurecer sus propios nervios. Si bien Mazara tenía licencia para conducir vehículos eléctricos, había pasado bastante tiempo desde la última vez y estuvo a meras pulgadas de pasarse al otro lado de la calzada en dos curvas calificables de fáciles. Superado el percance se encontró con una larga recta que le permitió quitarse la inseguridad, sosteniendo el volante con más firmeza al tiempo que miraba el cielo.
-Calculo que deben ir cinco minutos por delante de mí -dijo-. Por suerte la mayor parte del tráfico a esta hora ocupa el otro extremo de la isla y no me quitará demasiado tiempo.
Sonriendo y levantando el ánimo, dejó atrás Happy Talk Lane, la Avenida Kent, Turk's Head y Devondale Drive, adelantando de vez en cuando a otros vehículos que iban algo más lento. Entre algunas casas con sus consabidos y bien cuidados jardines se veían descampados de irregular superficie o pequeñas huertas domésticas, cuyos productos sólo verían las luces en la transición entre otoño e invierno. Al pasar frente a Collector's Hill Road supo que estaba en la Parroquia de Smith; para llegar a su contraparte de St. George aún tendría que pasar por Hamilton. Cuando tocó por primera vez el suelo de Bermuda y conoció a los Dallaglio, sus cariñosos y atentos anfitriones, le pareció extraño y casi humorístico saber que la capital, ubicada en la otra punta y donde habría estado de no haber mediado esa visión que la perturbó tanto, no compartiera territorio con su propia división. En ese entonces pensaba de forma más americana, más impulsiva y directa, pero el contacto con el popurrí de costumbres británicas y caribeñas ayudó a templar bastante su carácter.
Un auto pequeño ocupó el espacio delante de ella durante más o menos 300 yardas antes de continuar por Knapton Hill hacia el sector de Turtle Island. Allí vio Mazara que comenzaba la reserva natural de Spittal Pond y, por ende, South Road. Con sólo una fracción de segundo para decidir el siguiente tramo de la ruta, optó por desviarse hacia el mar.
-¡Epa! -exclamó de repente, sintiendo una pequeña revoltura en su estómago-. No recordaba que aquí hubiese una pendiente... Al menos ya pasó.
A pesar de la sinuosidad del camino, la anguila no bajó la intensidad de la marcha, tomando las curvas con prudencia pero sin frenar (excepto si eran muy cerradas) y saliendo siempre de ellas por el apex interior a fin de ganar preciosos metros. La salida diagonal de Sommersall Road marcaba la orilla sur del Lago Mangrove y el siguiente punto de control. Entre dicho lugar y Trott's Pond no había más que paredes vegetales sin fin, tan hermosas como tupidas, dominantes e intimidantes. ¿Qué secretos se escondían tras ellas? Semejante reflexión le permitió extender la pregunta al objeto de sus afectos y esa interferencia en el radar.
¿Qué eran ellos, exactamente?
A su derecha, entre palmeras y más muros verdes, asomaba un camino pavimentado, sinuoso y bordeado de pequeños ladrillos.
-Si la memoria no me falla, este es el Mid Ocean, uno de los clubes de golf más famosos en esta parte de las islas -murmuró-. Aquí empieza St. George. Cada vez estoy más cerca.
Sentirse en territorio relativamente conocido redobló su tesón. Esta era la otra entrada del recinto, ubicada casi a trasmano de donde tomara el taxi tras su incursión del jueves por la noche. Continuó por South Road, reconociendo en el acto la pasarela ubicada junto a los links cercanos al SulVerde y, por extensión, al Hotel Rosewood. Dobló a la derecha en la primera esquina, continuando por la pista izquierda hasta esa pequeña bahía a la cual no pocas casas del sector tenían salida.
"¡Mira al frente!", exclamó la otra Mazara. "¡Ahí están!"
Tenía razón. Reconoció al instante la silla de ruedas anclada en la parte posterior y la sección superior de la camiseta roja de Brian. Se felicitó en silencio, apenas creyendo que ahora estaba a meros segundos de él tras partir con tanta desventaja. ¿Se habrían ido por el camino largo o bajado la velocidad para contemplar el majestuoso paisaje? A ella le daba lo mismo. Su misión aún no había terminado, así que bajó la velocidad a fin de poner entre ambos carritos una distancia prudente y no descubrirse antes de tiempo.
Sin saber de la presencia del otro, perseguidora y perseguidos continuaron hasta la caseta de guardia y después, en sorpresiva maniobra, tomaron el camino de la derecha, rumbo a los Arcos Naturales. El primero llegó hasta la misma rotonda marcando la entrada del club junto a la playa y se estacionó en el césped, prácticamente encima de la arena.
La anguila, manteniendo la guardia alta, detuvo la marcha en un rincón bien cubierto gracias a los servicios de un bosquecillo de diez pies de altura. Descendió y pegó otro suspiro de alivio. El vigilante de la otra vez no estaba por ninguna parte.
Regresemos con los amigos...
-Se siente extraño pisar la arena nuevamente -acotó el lanzador, moviéndose con mucho cuidado mientras llevaba a Lide a la orilla.
-Por mí no te preocupes -intercaló la agente de Poseidón-. Tómate tu tiempo y no fuerces más ese tobillo; bastante trabajó ya hoy.
-Lo que sirva para asegurar tu comodidad, amiga, está bien -la miró con esos fulgurantes ojos grises a fin de tranquilizarla.
Compases exquisitos, como los generados por el xilófono de Geraldine, inundaban la mente y el corazón de la sacerdotisa. Antes de bajar del carrito, cumplió con dos pendientes. Uno, le regaló a Brian la figura de madera representando a su especie, quedándose ella con la del jugador de cricket y prometiendo encontrar un sitio apropiado para exhibirla en su casa. "Así, cuando las miremos, siempre tendremos un recuerdo de lo que fue hoy", justificó su decisión. Dos, se había despojado de la camiseta y la visera que le prestara la señora Stella, saboreando el exquisito aire con toques de sal y arena contra su piel y la tela de su bikini. A pesar de todo el tiempo que pasó separada del exterior, su mucosa no había sufrido alteración alguna y parecía generarse con mayor abundancia ahora que estaban a meros pasos del agua turquesa. Lo que más disfrutaba, sin embargo, era el hilo de memorias tejido ese fantástico día junto a Brian. Si bien estaba exhausta, tenía por asumido que esa noche dormiría muy bien; tal vez necesitaría un día completo para devolver la adrenalina gatillada por el conocimiento adquirido y sus propios sentimientos. Pensó en ese momento sobre compensarle adecuadamente por tantos favores y magníficas vivencias, tarea que abandonó las lides de la posibilidad para convertirse en un deber.
"Al menos tendré algo en qué pensar de aquí al lunes", se dijo. "Mamá estará fascinada cuando se lo cuente y tal vez, sólo tal vez, pueda pasarme por el palacio de la matriarca, a quien aún tengo en completa oscuridad respecto a mi misión. ¡Y tampoco puedo olvidarme del asuntillo de la exhibición artística!".
Si bajo el mar se pincelaba la incertidumbre que marcara el comienzo de este idílico día, en la superficie todo era diáfano como el cristal cuando él la depositó suavemente en la arena húmeda y le sonrió. Ella, prácticamente sin necesitar más estímulos, se sonrojó de una forma que la hizo ver aún más hermosa.
-Bueno, Lide, llegó la hora de despedirnos -se arrodilló para quedar a su altura-. Gracias por pasar el día conmigo y aguantar mis explicaciones históricas; sólo espero haber estado a la altura del caso.
-Yo soy quien debe agradecerte -respondió ella, levantando la cabeza y enterneciendo su voz-. Brian, este fue el mejor día de mi vida por lejos y no me gustaría que terminara.
Tomó sus manos y se acercó a él como pudo.
-¿Por qué no me gustaría? -sintió la verdad golpeando las puertas del triunfo-. Porque cada minuto que pasamos juntos fue un instante que me conmovió hasta las mismas raíces de mi alma. Porque el destino nos juntó, convirtiendo nuestras limitaciones en muros de cristal revelando la salida del laberinto y permitiéndonos, por un momento, ser nosotros mismos. Porque toda esa paciencia, calidez y generosidad que has tenido conmigo desde el primer día hoy se amplificó al infinito, uniendo las piezas en mi cabeza de forma irrevocable.
-Lide...
El ojigris sonaba tan estremecido como ella, pero no retrocedió ni desconfió.
-Te quiero.
Reuniendo toda la fuerza que pudo, la reina de corazones se movió y empujó suavemente a su soberano hacia la arena aún seca y tibia, ambos quedando paralelos al límite entre ambos mundos. Lo abrazó y hundió la cabeza en su pecho antes de moverse un poco más hacia arriba, depositando un tibio y discreto beso en sus labios. Totalmente dominada por el amor ahora liberado de su jaula, repitió el gesto de forma aún más suave, mirándolo de forma franca, sus mejillas encendidas.
-Te quiero -repitió-. Te quiero como no imaginas, amigo mío.
-Yo...
Por una fracción de segundo el bermudeño sintió la misma incertidumbre de cuando Mazara le robara su primer beso. Esto, sin embargo, no era un arrojo alimentado por Selene sino una declaración sincera bajo los rayos de Helios. La duda murió nada más brotar del suelo, dejando quieta a la enredadera cubriendo las columnas del puente y los refuerzos formando esos muros de cristal tras cuya protección, por obra y gracia del destino, se encontraban a salvo de los avatares más crueles.
-Esto sonará ridículo, pero... no creo tener palabras para describir lo que siento ahora mismo -admitió Brian.
-Yo tampoco -ella lo estrechó una vez más entre sus brazos-. Preferiría que... otras vibraciones hablen por nosotros.
Ambos se separaron pero seguían con la vista clavada en la del otro, aún sin poder creer el maelstrom desatado hace segundos pero cuya sensación real podía medirse en horas.
-¿Puedo pedirte algo?
-Lo que quieras, Brian.
-Voy a necesitar al menos un par de días -se puso de pie- para internalizar lo que me has dicho; ahora mismo siento que mi mente corre a la velocidad del sonido. ¿Te parece si nos encontramos el lunes en Windsor, como siempre?
-Nada me complacería más -ella cerró los ojos y sonrió, revelándose en la misma situación-. Disfruta tu fin de semana y dale mis saludos a la señora Stella, así como mi eterno agradecimiento por la ropa que me prestó.
Se besaron nuevamente, aunque ahora sólo en la mejilla. Volvían a ser los amigos de siempre, los limitados simbióticos del nado, las bromas y las anécdotas misceláneas.
-Igualmente, querida. Que tengas un buen regreso a casa. ¡Ah, y dale mis propios saludos a la señora Maranthea!
-Considéralo hecho.
-La marea comenzaba a subir. Lide ajustó el bolso impermeable a su cuerpo con una correa y se dejó envolver por las aguas. Nadó unos cincuenta pies hacia adentro antes de sacudir sus brazos para darle un último adiós al chico. Este, luego de verla desaparecer bajo el salado manto, deshizo el camino para devolver la silla de ruedas que había alquilado en el hotel. Mientras ponía el motor en marcha con una sonrisa en sus labios no se dio cuenta de que Mazara, cobijada por los árboles, había sido testigo de todo.
Logro desbloqueado
50G - Vuelta completa
La reina de picas, boquiabierta, se quedó quieta unos cinco minutos sin mover un músculo antes de recuperar la energía en su piel. El hormigueo terminó devolviéndola a la realidad, pinchándola con ese mismo millón de diminutas agujas asociadas a las corrientes de bajo voltaje blandidas por ella con tanta maestría.
"¿Y ahora qué?", preguntó su conciencia, sin materializarse como lo hiciera frente al hospital.
-Sólo sé una cosa: no me rendiré -sentenció Mazara, su voz algo tambaleante-. Vamos a devolver este chisme al garaje del hospital y de ahí a casa. Más falta me harán un buen baño y una taza de té después de esto. Mañana, con la mente más tranquila, veré cómo puedo jugar las cartas en mi mano.
Adelantemos el reloj un poco más...
-Hola, mamá.
-¡Brian! -Stella se levantó del sillón y abrazó a su hijo, quien estaba en pijama-. ¿Cuándo llegaste? Ni siquiera te sentí entrar.
-Hace veinte minutos. Como estabas concentrada leyendo, no quise importunarte. Lo primero que hice fue darme una buena ducha y echar la ropa al lavado.
-¿Incluyendo lo que le presté a Lide?
-Así es. Aprovecho de darte sus agradecimientos por el cable que le tendiste.
Los Lennox-Whitmore entraron a la cocina. Si bien era temprano, ambos estaban con una buena cuota de hambre y comenzaron a preparar una cena apta para la ocasión. Pusieron a descongelar carne vacuna sin grasa para prepararla a la plancha; la chef sugirió una guarnición de verduras salteadas a la mantequilla como acompañamiento. De postre tenían los brownies del desayuno; quedarían fantásticos con helado de vainilla francesa, crema ligera y salsa de cerezas. ¿Y el bebestible? Una pequeña copa de tinto toscano del 2005 por cabeza más lo que quedara de jugo de frutas en el frigorífico.
Conforme el chico le contaba a su madre todo lo acaecido aquel viernes en el plano histórico-turístico, ella se conectó de inmediato a su felicidad, regalándole un enorme beso en la mejilla y pensando que su predicción inicial sobre la sacerdotisa había dado en el clavo. Dirigió después la lupa mental a Mazara, la anguila oriunda de Key West que también era la terapeuta de su hijo y cuyos sentimientos por él ya conocía al dedillo. Sintió en su interior una emoción que creyó largamente ida, más asociada a sus años de adolescencia y adultez temprana.
"Prometí que no intervendría en esto y planeo cumplir", pensó con mayor seriedad.
-Sin embargo, eso no significa que no pueda colocar tentativamente mis fichas en algún punto de la mesa -añadió.
-¿Decías, mamá? -Brian dejó de cortar la carne al estilo mariposa y la miró.
-¿Qué…? Ah, no es nada, mi amor -le sonrió-. Sólo estaba pensando en voz alta.
-Entiendo -sintió de inmediato el cansancio de su madre-. Como te iba contando recién, nunca creí que terminaría conociendo a los anfitriones de Canatella.
-¿Y qué tal son?
Al tiempo que colocaba el wok sobre la cocina y encendía el fuego para derretir la mantequilla, Stella contempló una vez más a Brian, quien entre diálogo y diálogo seguía deslizando el cuchillo a lo largo de esos magníficos ejemplares de bife Angus, aderezándolos con una mínima cantidad de sal y ajo. Siempre había confiado en su criterio y respetado sus decisiones. Ahora que su primer amor, la más hermosa de las instancias de la vida, estaba en juego, no tenía por qué ser diferente.
Nota del Autor: Cuando terminé de escribir y editar este capítulo, casi me fui de espaldas al ver que superé las 20 mil palabras por segunda semana consecutiva. Sorpresas aparte, Hamilton resultó ser un cofre pequeño pero repleto de sorpresas. Digo desde ya que el Chiaffrax no existe en la vida real, inspirándome en otros restaurantes localizados en amplias propiedades (a veces casas reconvertidas) para construirlo. La comida, eso sí, es auténtica, entregando a Brian y Lide una oportunidad de seguir aprendiendo del otro mediante los sabores. ¿Recuerdan eso de ganarse a la gente por el estómago? Es todo un axioma. Continuando con el paseo, lo que fue una mera mención en el capítulo 8 se convirtió en realidad con la aparición de los Villeton, un dúo ejemplar tanto dentro como fuera del trabajo y cuna de una relación tan profunda y tierna como la de nuestros protagonistas. De ahí vienen la tranquilidad en el pasado encarnado por el antiguo fuerte y el ajetreo del núcleo comercial, donde el ojigris aprovechó de hilar uno de sus lazos sueltos más importantes. Todo ello, sin embargo, pareciera quedar en segundo plano con la vuelta a casa y el beso en las arenas del club. Allí, quizás por vez primera, el rey y la reina de corazones se leyeron mutuamente sin reservas ni obstáculos.
Mazara va en dirección contraria, recibiendo el equivalente de un golpe al estómago por ser testigo de la escena del beso entre Brian y su ahora rival, giro irónico si consideramos que Lide lo sufrió antes pero en peor escala. No debemos olvidar la charla de la anguila con Stella Lennox-Whitmore, donde soltó todo lo que la conecta a Brian y reveló su faceta más oculta. Detrás de la máscara médica, altiva y competente se esconde una chica monstruo cuyo mayor deseo es una oportunidad. Traer su conciencia al mundo terrenal dio lugar a explorar su lado más arrojado, más salvaje pero no menos auténtico. Esto es parecido a los monigotes blanco y azul en la mente de Eddie Maxon. Todos sabemos quién ganó en esa oportunidad. ¿Se repetirá la historia con nuestra terapeuta? Les dejo esa pregunta de tarea mientras reviso el correo del día.
Pirata: ¿Qué tal, estimado? Es cierto que el paseo de nuestros protagonistas parece una cita, pero no lo ven así inicialmente porque ambos son muy especiales en lo emocional; para ambos es una nueva etapa de ayuda y comprensión mutua. Más allá de un traspié que pudo acabar mal para ella, Mazara merece algo de crédito por intentar ganarse al muchacho... y mostrar también sus propias limitaciones. Hay muchos tonos de gris entre el blanco y el negro, después de todo. Sobre tu otra pregunta, la rivalidad entre la sacerdotisa y la anguila es un conflicto silencioso pero no menos intenso y exclusivo. Las demás liminales que he mencionado, como Adamina o Taira, pueden aportar a la historia por otras vías.
Tras cuatro tardes de duro trabajo, recién terminado con las cartas archivadas, se impone un descanso. Como si nada le sugiero a Valaika escaparnos hasta el lunes a la casa del lago y acepta encantada; su cariñosa reacción, pareada con un beso y un enorme abrazo, trajo a mi mente los recuerdos de cuando nuestra propia relación comenzó a cimentarse.
Esperando que este largo y fructífero capítulo les haya alegrado el día, queridos lectores, toca despedirme hasta la próxima semana. Aquí se responde hasta la última miga, así que dejen sus reseñas y críticas constructivas con toda tranquilidad.
