Disclaimer: Esta historia no me pertenece, ni sus personajes al final de esta trilogía diré la autora. Disfrútenla y espero me digan de que paraje quieren más historias. Recuerden que solo la adapto y pido prestados los personajes de Stephanie Meyer para nuestra diversión.
Capítulo 11
Alice retrocedió hasta que se chocó con el tocador y se cayó encima.
–Yo no... ¿Estás diciendo que mi padre te hizo eso? –preguntó ella sacudiendo la cabeza.
–No, no lo hizo personalmente. Contrató a unos sicarios.
Ella se quedó pálida y, si no hubiese estado sentada, se habría caído al suelo.
–Pero... ¿Por qué?
–Indagaste en mi familia –él se rodeó la cintura con una toalla–. Sabes lo que le pasó a mi padre.
–Lo condenaron por fraude, soborno y apropiación indebida.
–Entre otras cosas. También estuvo mezclado con gente increíblemente siniestra.
Él salió del cuarto de baño y ella lo siguió con el miedo oprimiéndole el pecho.
–¿Mi padre era una de esas personas siniestras?
Jasper se dio la vuelta, la miró y vio el asombro reflejado en sus ojos. La compadeció por un instante. No era fácil encajar que la verdad explotara en tu cara. Él, en sus momentos más oscuros, no podía comprender que el abandono de su padre le doliera tanto todavía.
–Cuando lo detuvieron e inmovilizaron todos nuestros bienes, mi padre le debía mucho dinero por algún asunto turbio en el que estaban metidos. A tu padre no le gustO quedarse sin su dinero y, cuando comprendió que no le pagaría, decidió tomar otro camino.
–Entonces... estoy aquí para pagar por... los pecados de mi padre... –balbució ella.
Ese había sido su plan inicial, hasta que, en algún momento, él se lo replanteó. Sin embargo, no iba a reconocerlo por nada del mundo.
–Tu padre hizo que yo pagara por los del mío. El dinero y el poder era lo único que le importaba. No le importaba nada más, ni los gritos de un niño torturado.
–¿Cuántos años tenías? –preguntó ella con un gesto de espanto.
Aunque una voz le decía a gritos que dejara de hurgar en sus heridas, no pudo contenerse.
–Diecisiete. Estaba volviendo a casa después de haber salido por la noche con unos amigos cuando sus sicarios me atraparon. Me sacaron de Atenas y me metieron en un agujero en una finca abandonada cerca de Madrid. Emmett me encontró allí dos semanas después. Había tenido que sacarle todo el dinero que pudo a familiares y conocidos para reunir los dos millones de dólares de rescate que exigía tu padre. Ella se llevó las manos a la cabeza y se tiró del pelo.
–Por favor, dime que cuando hablas de un agujero no lo dices... literalmente.
–Sí, anjo. Un agujero de cuatro metros de profundidad sin luz ni nada para calentarme.
Solo me daban una comida al día y un cubo para mis necesidades.
–No...
–¡Sí! ¿Y sabes qué hacían sus hombres cuando se aburrían?
Ella sacudió la cabeza con violencia mientras él dejaba caer la toalla y le mostraba las cicatrices.
–Ellos los llamaban tatuajes con cigarros.
Las lágrimas se le desbordaron y le cayeron por las mejillas. Fue hasta la cama y se tumbó
con la cara entre las manos sin dejar de sollozar. Él sintió una opresión en el pecho por unos sentimientos que no quería definir. Esos sollozos lo desgarraban por dentro.
–¡Alice! Deja de llorar –le ordenó tajantemente después de cinco minutos.
Ella sacudió la cabeza y sollozó un poco más.
–Para o te tiraré por la borda.
Alice se secó las lágrimas y lo miró con los ojos muy abiertos e implorantes.
–Si solo viste a esos hombres, ¿cómo sabes que era mi padre?
Él no podía reprocharle que quisiera ver una realidad distinta. Él mismo lo había hecho durante mucho tiempo cuando condenaron a su padre.
–Seguí el rastro del rescate que pagó mi hermano a través de sociedades pantalla paraísos fiscales. Tardé unos años, pero acabé encontrando dónde acababa.
–¿En la cuenta de mi padre?
–Sí. Además, me he ocupado de descubrir cómo se gastó hasta el último céntimo.
A ella se le hundieron los hombros y volvieron a brotarle las lágrimas.
–De acuerdo, haré lo que quieras durante el tiempo que quieras.
A él le pareció que la tierra se le abría debajo de los pies y se quedó atónito al darse cuenta de lo mucho que quería tomarla, pero no por vengarse de su padre, sino porque la deseaba a ella.
–Alice...
–No puedo devolverte esas dos semanas que te arrebataron ni evitarte el espanto con el
que has tenido que vivir, pero puedo intentar compensarte por lo que te hicieron.
–¿Cómo? ¿Entregándome tu cuerpo cuando y donde quiera?
Ella palideció, pero levantó la barbilla como la mujer valiente que él había llegado a ver.
–Si eso es lo que quieres...
–No quiero el sacrificio de un cordero. Además, ¡también estoy seguro de que no quieres sacrificarte por ese malnacido!
–Entonces, ¿qué quieres? Ya tienes su empresa y su campaña está hundiéndose. No le quedará nada cuando hayas acabado con él. ¿Cuánto sufrimiento más necesitas para saciar tu rabia?
Jasper fue a contestar, hasta que se dio cuenta de que no tenía respuesta. No sentía la satisfacción que creía que iba a sentir cuando llegara el momento. La miró, vio el dolor y la confusión que la dominaban, y se sintió más desconcertado todavía. El suelo seguía tambaleándose debajo de sus pies, pero ya llevaba demasiado tiempo metido en ese sendero.
–Te lo diré cuando me sienta apaciguado.
Durante la semana siguiente, lo observó mientras desmantelaba la campaña de su padre. Surgieron acusaciones de falta de honradez y se abrieron investigaciones. No se encontró nada que implicara a Aro, pero su credibilidad se resintió y cayó en picado en las encuestas. El lunes, cuando volvieron de la excursión en barco, empezó a recibir llamadas y mensajes de su padre y de Cayo que le exigían saber qué estaba pasando. No hizo falta que Jasper le dijera nada. El estómago se le revolvía cada vez que veía el nombre de su padre en la pantalla. Aunque llevaba mucho tiempo sospechando que las actividades empresariales de su padre eran turbias, ni en sus peores sueños había podido imaginarse que sería capaz de la brutalidad que le había descrito Jasper. Cada vez que veía sus cicatrices, y las había visto todas las noches desde que se instaló en la habitación de él, esa depravación le atenazaba el corazón como pasaba cada vez que gritaba por una pesadilla.
La primera noche después de que volvieron, hicieron el amor desenfrenadamente, y ella se quedó asombrada cuando él le ordenó que se durmiera. A la noche siguiente, cuando pasó lo mismo, ella tuvo que preguntarle directamente el motivo.
–No quiero quedarme solo –contestó él lacónicamente.
Cada vez que se despertaba temblando, la abrazaba con fuerza hasta que pasaba la pesadilla. Ella, neciamente, había empezado a creer que su presencia hacía que las pesadillas fuesen más soportables, aunque no menos espantosas, y que la tranquilidad de Jasper dependía del corazón de ella. Aun así, no podía dominarlo lo bastante para que no se le desgarrara cada vez que tenía una pesadilla ni para que no explotara de felicidad cada vez que la arrastraba al éxtasis. Incluso, sentía un dolor casi físico en el corazón por saber que Jasper haría las maletas y se marcharía de Río en cuanto hubiese conseguido acabar con su padre. Estaba volviéndose loca...
–¿Sigues aquí? Teresa me ha dicho que no te has marchado. Creía que ya estarías en el centro. Ella le había contado más cosas de su trabajo de voluntaria y, absurdamente, se había sentido emocionada cuando él no fue crítico ni condescendiente. Lo observó mientras entraba en la sala y se acercaba a donde ella estaba terminando un dibujo. Ella también había creído que él se habría marchado, pero, evidentemente, se había equivocado.
–Me he tomado el día libre. Estoy... estoy pensando en dimitir.
–¿Por qué? –preguntó él agachándose delante de ella.
–Todo el asunto de mi padre estaba desviando la atención hacia personas que ya tienen
dificultades para vivir. Creo que no es justo para los niños.
Una sombra de arrepentimiento cruzó los ojos de Jasper antes de que parpadeara para borrarla.
–Efectivamente, no lo es –replicó él al cabo de un minuto–, pero no vas a dimitir.
–¿Por qué?
–Porque no voy a permitir que dejes de hacer algo que te encanta hacer. Me ocuparé de que acabe la propaganda sobre tu padre.
–¿Por qué ibas a hacerlo? –preguntó ella mirándolo a los ojos.
–Quizá esté dándome cuenta de que no estaba preparado para aceptar tantos efectos secundarios. Además, tengo algo para ti.
Jasper sacó algo de un bolsillo y se lo ofreció.
–¿Qué es? –preguntó ella con el pulso acelerado mientras miraba la caja.
–Ábrela y lo verás.
Abrió el estuche de terciopelo y se quedó pasmada al ver la gargantilla de platino y diamantes.
–¿Estás intentando hacer una declaración de hombría?
–Lo siento, anjo, pero no lo entiendo –replicó él sacudiendo la cabeza.
–Es una gargantilla. ¿Quieres que todo el mundo sepa que te pertenezco?
–¿Puede saberse de qué estás hablando?
–¿Por qué una gargantilla y no un sencillo colgante?
–Le pedí a mi joyero que me mandara algunas piezas y me gustó esta. No tiene más intenciones. Pensé que te gustaría –añadió él en tono tenso.
–Es preciosa, pero un poco ostentosa para mi gusto –volvió a cerrar el estuche para devolvérselo–. Además, ya no soy un señuelo para los paparazis y no sé dónde iba a llevar algo así.
Él apretó los dientes y rechazó el estuche.
–Ahí quería llegar. Emmett va a casarse el fin de semana que viene y vas a ser mi acompañante.
Ella se quedó boquiabierta y sin respiración.
–¿Quieres que deje el centro y me vaya a Grecia contigo?
–Estoy seguro de que encontrarás una solución. Si quieres, puedo hacer una donación para compensar tu ausencia. Además, no vamos a Grecia. Emmett y Rose van a casarse en su complejo hotelero de Bermudas.
–Un continente distinto, pero la respuesta es la misma.
–¿Tengo que recordarte que solo llevamos tres semanas de tu trato? –preguntó él.
A ella le temblaron las manos y tiró el estuche al sofá.
–No, no tienes que recordármelo. Seré una necia, pero creía que estábamos olvidándonos de eso.
–Estoy intentándolo, Alice.
–Entonces, pídemelo con amabilidad. Sabes que el fin de semana que viene podría estar
ocupada y que tendría que cambiar mis planes por ti.
–¿Ocupada haciendo qué? –preguntó él arqueando una ceja.
–Depilándome las piernas, ¿qué más da? No te has molestado en preguntarlo. Me has traído una joya y me has ordenado que esté preparada para volar a Bermudas.
–Estás enfadada. Dime por qué.
Ella dejó escapar una risa gélida y él entrecerró los ojos.
–¿De qué serviría?
–Te escucharía.
Ella fue a levantarse, pero él la agarró de las caderas y se lo impidió. Estaban tan cerca que ella podía ver las hipnóticas manchas doradas de sus ojos. Quería dejarse llevar por él e intentó serenar el pulso acelerado. Él le miró la boca y el cuello y ella sintió algo distinto.
–Esa gargantilla...
–Solo es una gargantilla. Pensé que podrías encontrar un vestido a juego para la boda.
–¿Y el viaje?
–Te necesito de acompañante. Además, puedes odiarme, pero no quiero dejarte aquí para que Aro pueda encontrarte.
–Sé cuidar de mí misma.
–No lo dudo, pero ¿no crees que podría parecerle una traición que no contestaras a sus
llamadas
–¿Tú crees que podría hacerme algo? –preguntó ella con cierta aprensión.
Él le miró elocuentemente el brazo y volvió a mirarla a los ojos.
–Lo siento, anjo, pero no quiero correr el riesgo.
Oscuridad y luz. Crueldad y ternura. Eso era lo que conseguía que sus sentimientos
estuviesen en la cuerda floja.
–Por favor, ¿me acompañarías a Bermudas?
–Sí –ella miró el estuche–, pero no me pondré esa gargantilla.
–Muy bien. Encontraremos otra cosa.
–No necesito... –no acabó su argumento porque él le arrebató el cuaderno de dibujo–.
Jasper, devuélvemelo.
–Deberías estar diseñándome un barco.
–Sigo trabajando en eso. Te lo enseñaré cuando lo haya terminado.
Él le miró la boca y ella se estremeció. Un minuto después, le devolvió el cuaderno y se
levantó.
–Estoy impaciente. Esta noche cenaremos en casa. Me apetece acostarme pronto.
Él se marchó, y ella se quedó agarrando el cuaderno con todas sus fuerzas. Lo soltó lentamente y pasó las páginas hasta que encontró el dibujo que estaba dibujando. Era uno de los muchos de Jasper dormido. Lo miró y vio su rostro vulnerable y apacible. Cuando estaba dormido era todo luz, sin oscuridad. Desgraciadamente, su corazón no hacía distinciones porque, despierto o dormido, la había cautivado y empezaba a temer que estaba enamorándose de él.
La pesadilla empezó como siempre. Una luz anunciaba la llegada de hombres y le seguía una escalera de cuerda y el descenso de los inmensos sicarios. Siempre se resistía y repartía algunos puñetazos, pero acababan dominándolo. El más alto y rudo, el que fumaba esos cigarros, siempre se reía y era esa risa, no el dolor, lo que provocaba sus gritos. Notó el grito que se le formaba en la garganta, pero unas manos firmes y delicadas lo despertaron.
–Jasper... querido...
Él mantuvo los ojos cerrados y la abrazó hasta que las imágenes se esfumaron. Era paradójico que necesitara tanto a la hija del hombre que noche tras noche, durante doce años, lo había reducido a una piltrafa. Mientras la abrazaba, la idea que lo había perseguido durante varios días cobró cuerpo. Ya no quería seguir con esa venganza. El día anterior, se encontró pidiendo al consejo de administración que votara en un sentido contrario al que había pensado al principio. Ellos se quedaron atónitos y él, mucho más. Intentó convencerse de que no tenía sentido renunciar a un beneficio considerable, pero sabía que había cambiado de idea por otro motivo. Aro no estaba acabado ni mucho menos, pero, si lo remataba en ese momento,
Alice podría abandonarlo y sentía escalofríos solo de pensarlo. Había conseguido ganar algo de tiempo al convencerla de que lo acompañara a la boda de Emmett, pero después...
–¿Estás despierto, querido? –le preguntó ella en voz baja.
–Estoy despierto, anjo.
–No soy un ángel, Jasper.
–Sí lo eres.
–Si fuese un ángel, podría acabar con tus pesadillas –replicó ella sin disimular el dolor.
–Tú no me hiciste esto, Alice.
–Lo sé, pero eso no quiere decir que no quiera que te cures.
–No tengo cura, cariño –replicó él, aunque empezaba a dudarlo.
Igual que empezaba a creer que la solución estaba entre sus brazos. Si hubiese una manera...
–¿Estás seguro? Hay terapias...
–Empiezo a creer que la situación no es tan desesperada para mí, anjo.
Ella palideció un poco, pero asintió lentamente con la cabeza y lo miró a los ojos.
–Espero sinceramente que acabe algún día, Jasper.
Fueron unas palabras sencillas y sinceras, pero él se quedó helado por dentro porque dudaba mucho que pudiera encontrar la tranquilidad sin esa mujer entre los brazos.
