A Gale casi le da un infarto al verla. Tan etérea, preciosa y… ¿bizca? No pudo contener una pequeña risa de mofa que los espectadores confundieron con una sonrisa nerviosa. Cuando Madge recobró el foco le echó una mueca reprobatoria, y por un instante fue como si la boda fuera real, como si los dos estuvieran ahí por voluntad propia.
El presidente Snow empezó a hacer su discursillo, hablando de "amor verdadero" y de "nervios pro-boda". Mientras tanto Madge y Gale se dedicaron a escudriñarse el uno al otro, hablándose con la mirada. La chica buscaba en él rastros de violencia, como moratones o cicatrices, pero no encontró ninguna. Quizás lo habían maquillado muy bien.
Por otro lado Gale observaba la vencedora y se sentía orgullosa de ella, de lo que había hecho por Panem solo unas horas atrás. Había sembrado la duda en el corazón de los capitolinos, que ahora deberían preguntarse si realmente estaban siendo justos con los distritos. No obstante, Madge parecía más frágil que nunca, pese a haberse casi autoproclamado la líder de la revolución.
—Bueno, dejémonos de cháchara —Bromeó Snow, mientras todos le reían la gracia— ¿Madge? ¿Quieres tomar a Gale como tu legítimo esposo?
Madge observó el rostro horrible de Snow, tan estirado y operado, tan artificial. Sus regordetes labios se entreabrieron y su lengua viperina sobresalió un poco, dándole un aspecto todavía más terrible. En ese instante solo tuvo ganas de gritar no y salir corriendo.
Pero en vez de eso, miró a Gale, y quiso creerse que él también quería casarse con ella. Así que aceptó, asintiendo claramente.
—Maravilloso —Sus palabras eran lentas y petulantes— ¿Gale? ¿Quieres hacer de Madge tu esposa?
—Si quiero. —Dijo al instante, para asombro de Madge y para regocijo del Capitolio.
—Entonces, yo, presidente de Panem —Recalcó mucho su título — os declaro marido y mujer hasta que la muerte —por alguna razón también enfatizó esa palabra— Os separe.
Entonces Gale hizo lo propio y le dio un casto beso a Madge, enterneciendo a todo el Capitolio. Madge quiso perderse en ese beso, pero no pudo. Aún así hizo su mejor intento.
Luego vinieron los flashes, los aplausos, los lloros, los abrazos de desconocidos y más desconocidos, las felicitaciones, el banquete… y el primer baile, aunque ninguno de los dos supiera bailar. Solo se dedicaron a dar vueltas en un cuadradito, intentando seguir el compás de la música. Todo el mundo lo encontró adorable, aunque ellos se murieran de vergüenza.
Siguieron todas las tradiciones capitolinas a rajatabla, incluso la que consistía en que el marido tenía que quitarle la liga a la novia con los dientes.
De hecho ese fue el momento más incómodo de toda la ceremonia. Cuando Madge vio a Gale desaparecer entre sus enaguas casi le da un infarto, que el resto de los asistentes acompañó con un coro de silbidos y palabras groseras. Afortunadamente, Gale emergió rápida y sigilosamente y lanzó la liga con la boca a los groseros solteros que empezaron a saltar como perros. Madge se sintió muy cohibida por ver una de sus "ropas íntimas" arrojadas al público.
Después comieron tarta, y aunque fuera una verdadera exquisitez, tuvieron ganas de vomitar como el resto de los asistentes hacían. El simple hecho de que vomitaran la comida para poder comer más era algo que les revolvía las entrañas, considerando la pobreza de su distrito.
La fiesta no parecía aminorar en ningún momento, capitolinos y más capitolinos entraban por todas partes, bailando, gritando y pasándoselo bien. Parecía que salieran de debajo las piedras. Sus compañeros vencedores también estaban allí, mezclándose más o menos entre el gentío.
Finnick Odair era el alma de la fiesta, cosa que los novios agradecían profundamente. Él era quien siempre pedía la última canción, quien sacaba a bailar a todas las damas y quien, al final, acababa haciendo más el payaso.
El resto de vencedores lo miraban, pues él creaba todo tipo de reacciones. Algunos lo imitaban pobremente, siendo todavía más ridículos. Otros lo repudiaban, creyendo que avergonzaba a toda la "noble" casta de los vencedores. Sin embargo, un pequeño sector de los vencedores, los que conocían su historia de verdad, lo miraban entristecidos y compadeciéndose.
Madge intentó acercarse a los vencedores de vez en cuando, pero estos la repudiaban tras las típicas palabras cordiales. Nadie quería mezclarse con ella, por terror a ser perjudicado. No los culpó. Cada uno de ellos había pasado por su infierno personal ninguno de ellos se merecía morir.
Sin embargo, el mismo grupo que miraba a Finnick con lástima quiso acercarse a ella. Conocio a la anciana Mags (sin apellido conocido), una anciana ya muy mayor, ganadora de unos de los primeros juegos del hambre, supuso Madge. Su rostro era afable, parecía una persona pacífica después de todo. Sin embargo, ninguno de los vencedores podía ser pacífico.
O eso pensaba hasta que conoció a Annie Cresta. Annie era una muchacha… curiosa, cuanto menos. Annie era la que, de lejos, encajaba menos en la situación. Se encontraba al borde de esconderse bajo la mesa, de hecho no estaba muy segura de que no lo hubiera hecho ya.
No tuvo muchas oportunidades de hablar con ella, y cuando lo hizo esta se puso tan nerviosa que Madge decidió marcharse antes de ser la causante de más estrés post-traumático.
El siguiente vencedor al que pudo hablar un poco fue a Beetee y a Wiress. Ambos pertenecían al distrito tres y eran simpáticos y amigables. Algo curioso sobre ellos era que Wiress siempre se dejaba las frases a medias, por lo que las terminaba Beetee. Eso le hizo pensar a Madge que quizás eran pareja, pero resultaron no serlo.
Posteriormente conoció a Johanna Mason, otra vencedora que debía estar en sus veinte y que era procedente del distrito 7. Johanna… parecía estar siempre jugando a ser dos personas. Decía frases con doble sentido y se burlaba de todo constantemente. No le causó una buena impresión.
No tuvo la oportunidad de hablar con Finnick, que parecía ser el último miembro restante de esa pequeña comunidad de vencedores que, al parecer, escondían algo más. Sin embargo, se sintió acogida por la mayoría de esos curiosos vencedores, por mucho que no hubieran hablado con anterioridad. Sospechaba que ya habían hablado de ella en algún momento.
La noche pasó lentamente, mucho más de lo que los dos recién casados habrían deseado. Finalmente, a las tres de la mañana, los capitolinos decidieron que ya era hora de que empezara la luna de miel de los tortolitos, que pasarían en el hotel más lujoso del capitolio. Tres semanas siendo rodeados del lujo más extremo debería sonar de ensueño. Debería.
Su salida de la sala de fiestas fue tronada, les lanzaron una mezcla de arroz, preservativos y ropa interior en general. Una típica despedida capitolina.
Ya en la limusina que los llevaría al hotel, Madge cerró los ojos y se acurrucó en la falda de Gale. Él la abrazó y acarició su pelo, jugando a quitar los pequeños granos de arroz que seguían en él.
N/A
¡Hola a todos/as! Espero que os haya gustado este capítulo. Como siempre, me excuso por mi ausencia.
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
