CITA DOBLE

—Capítulo 12—

«Te odio, Trafalgar Law».

Fue lo único que se cruzó por la cabeza de Zoro cuando Luffy lo tomó de la mano y lo arrastró consigo.

—¡Vamos, Zoro! ¡apresúrate! —demandó el chiquillo—, ¡ahí está la montaña rusa que acaban de inaugurar!

—¡nos vemos en un rato!, ¡cuida de mi hermano! —gritó Ace mientras el otro par desaparecía entre el gentío, lo último que alcanzó a divisar fue la mirada intimidante del peli verde que de poco le sirvió en esta ocasión.

Los dedos de Law rozaron los suyos con discreción y se entrelazaron levemente —te dije que encontraría la manera para estar contigo —el pecoso no pudo evitar que una enorme sonrisa se dibujara entre sus labios.

Le había contado a Law que después de la boda su padre no le quitaba la vista de encima. Sospechaba que algo se traía entre manos y salir sin Luffy sólo empeoraría las cosas. No es como si quisiera mantener su relación en secreto, pero necesitaba un poco de tiempo para decírselo abiertamente, y gracias a que Zoro se había ofrecido de niñera, podían permanecer a el resto de la tarde solos.

—Y bien, ¿por dónde empezamos? —preguntó el mayor mientras le hacía una leve caricia en la mejilla sin importarle lo que la gente a su alrededor pensara,

—¿qué te parece la casa del terror? —exclamó Ace—, tengo entendido que es un sitio de lo más oscuro —la última parte se la dijo en un susurro incitante, se moría de ganas por tener algo de privacidad y poder comérselo a besos.

Con su reluciente pase VIP en el pecho y todo el parque de diversiones a su disposición, Luffy corría por todas partes disfrutando de un juego tras otro. Zoro intentaba seguirle el paso mientras cargaba entre sus brazos algunos enormes peluches que el chico ya se había ganado en los juegos de destreza. Para hacer más difícil su labor de niñera debía vigilar constantemente su entorno, con el fin de evitar que se toparan con el par de tórtolos que estaban disfrutando de su cita,

—espera un momento Luffy, ¿no podemos tomarlo con más calma?… —se quejó el peli verde que se dejó caer pesadamente en una banca,

—pero Zoro… Ace me dijo que te encantaban estos juegos —Luffy ladeó la cabeza como si no pudiera comprender que tras tres horas de correr de un lado a otro ya se sintiera cansado,

—me estoy divirtiendo mucho, pero tengo algo de hambre —mintió. La verdad es que se sentía tan mareado que si se subía a un juego más todo mundo se enteraría de lo que había desayunado,

—¡genial!, ¡vamos por algo de comer y luego pasemos a los juegos que nos faltan! —gritó feliz el pequeño a la par que Zoro volvía a ser arrastrado contra su voluntad.

«Así que esto se siente», el peli verde esbozó inesperadamente una sonrisa de lado, «así se siente tener un hermano menor». Kuina le llevaba dos años y era una chica muy autosuficiente, Zoro jamás había experimentado aquella sensación de poder ser el "hermano protector".

Sus propios pensamientos le perforaron el corazón de repente.

«Jamás… fui capaz de protegerla»

Detuvo su andar unos instantes sintiendo aquel remordimiento que a pesar de los años lo atormentaba de sobremanera. Soltó un instante a Luffy para posar su mano sobre la frente.

Un recuerdo borroso de aquel día…

Él, atrapado en el asiento del copiloto con el pecho prácticamente atravesado por un pedazo del cofre… y algo más, otra imagen que no podía materializar…

Con la misma velocidad que aquel recuerdo había aparecido se esfumó de su cabeza sin ofrecerle nada nuevo. Era como si algo dentro de él luchara por mantenerlo bloqueado.

—Zoro ¿te encuentras bien? —el pequeño se acercó a su rostro parándose de puntitas, aquel gesto pareció hacerlo reaccionar finalmente,

—s..sí, no es nada, vamos, se me antoja una hamburguesa, ¿crees que podamos conseguir alguna? —el pequeño sonrió de oreja a oreja, sabía a la perfección donde se encontraban todos y cada uno de los sitios para comer en ese enorme parque,

—¡sígueme, sé donde se preparan las mejores!

• • •

Mihawk se encontraba tenso, podía sentir la adrenalina recorrerlo de pies a cabeza.

—El señor Donquixote desea pasar a verlo —anunció Perona desde el interfón, acercó sus dedos al aparato y tras respirar profundamente oprimió el botón,

—dile que pase.

El impresionante rubio entró con una sonrisa y tomó asiento sin esperar a que el anfitrión se lo indicara —así que finalmente has tomado la decisión—, exclamó confiado mientras colocaba un sobre en el escritorio —los papeles están listos, sólo necesito tu firma.

El hombre de los ojos amarillos los miró unos instantes y volvió a fijar sus ojos en el individuo que tenía en frente —me temo, que mi respuesta es negativa.

Las venas en la frente del rubio se hicieron notorias y por un instante su confiada sonrisa desapareció del rostro. Mihawk abrió uno de sus cajones y extrajo de él tres carpetas,

no estoy dispuesto a tomar el negocio que me ofrece, pero como compensación le extiendo estas opciones de inversión que pueden beneficiarnos a ambos, igual o más de lo que su primera propuesta conseguiría. Realmente me interesa tenerlo como un socio permanente —recalcó las últimas palabras, debía dejar en claro que no estaba en su contra.

Lo que no sabía es que lo menos que deseaba aquel hombre era hacer dinero de manera honrada, necesitaba ese trato y comenzaba a volverse urgente. Pegó un duro golpe en la mesa,

—vaya, así que me has hecho venir hasta acá para desperdiciar mi preciado tiempo —el rubio se puso de pie sin ver de reojo siquiera las propuestas que el dueño de la casa le había sugerido, ¿quién te has creído, Dracule Mihawk, para insultarme de esta manera? —pasó su mano por el escritorio derribando las carpetas, el hombre de los ojos amarillos esperó con paciencia a que terminara de desahogarse, ¿te crees más inteligente que yo acaso?, ¿crees que tus ideas son mejores que las mías?

—mi intención jamás ha sido ofenderle, pero no puedo aceptar su trato, lo siento mucho —exclamó Mihawk tensando levemente su mandíbula. Doflamingo tomó su sobre de regreso y se acomodó el abrigo rosa que siempre traía encima,

—deberías saber que hay personas a las que no es conveniente rechazar —tras decir eso se dio la media vuelta y salió de la oficina.

Perona se encontraba ordenando algunos papeles y caminaba de un lado a otro de la estancia con su enorme libreta entre las manos. Cuando escuchó el golpe de las puertas se sorprendió al encontrarse de frente con aquel intimidante rubio que se veía de lo más furioso, se detuvo en seco, el miedo no le permitió reaccionar rápidamente.

Al ver que la joven no se movía de su camino Doflamingo soltó un manotazo y le tiró al suelo las cosas que traía entre las manos —ups, creo que tu libreta se cayó exclamó con un tono burlón e intimidante. La chica se hincó para recoger sus pertenencias, pero el rubio le acomodó una patada a la gastada agenda haciendo que sus hojas volaran por todas partes —recoge tu basura, estorba mi camino.

Perona comenzó a juntar aquel desastre sin atreverse a mirarlo a la cara, sus manos temblaban y sus ojos comenzaban a ver borroso por las lágrimas que se estaban formando, ese hombre era realmente intimidante.

El rubio dio unos pasos adelante dispuesto a salir, pero al pisar una de las hojas algo acaparó su atención, «estos son datos sobre transacciones…», miró más allá, en otra de las hojas habían números de cuenta y más datos relevantes, se agachó para tomar el papel entre sus manos cuando alguien se le adelantó en aquel movimiento,

—pensé que ya se había ido —comentó Mihawk con la voz seria mientras le pasaba la hoja a su asistente quien se encontraba detrás de él—, le ruego por favor que se retire, a no ser que desee que lo acompañe hasta la puerta.

En vez de retroceder, Doflamingo se le acercó con un gesto intimidante, Perona se arrastró un poco más por el suelo alejándose lo más que podía, pero Mihawk no se movió ni un ápice—, cuida tus palabras Dracule, no vaya a ser que te suceda algo malo por tener un ego tan subido.

Tras soltar la última amenaza abandonó definitivamente la oficina, el jefe se acercó a la pobre chica y le ayudó a juntar todas las hojas del piso. Perona había comenzado a sollozar bajito y tallaba una y otra vez sus ojos corriéndose el maquillaje,

—¿te hizo daño? —preguntó Mihawk mientras le tendía una mano para ayudarla a ponerse en pie. La joven, por acto reflejo, se abrazó de su torso temblando de pies a cabeza,

¡me… dio mucho… miedo! —moqueó mientras empapaba la fina camisa de su jefe. El hombre de los ojos amarillos le regresó el abrazo y le acarició con suavidad la cabeza con un gesto protector permitiendo que se desahogara por completo.

Clavó la mirada hacia la puerta.

«Esto es grave», pensó para sí.

Estaba seguro que aquella amenaza no había sido pronunciada en vano.

• • •

Zoro comenzaba a cabecear, tenía el enorme oso que Luffy se ganó recargado en su espalda y se le antojaba de lo más cómodo para hacer una siesta. Había sido un día pesado, varias veces se había tenido que desviar del camino con alguna excusa tonta al ver que los dos tórtolos andaban cerca, y si a eso le sumaban la tremenda energía que su compañero de juegos tenía, estaba simplemente agotado.

Se encontraban dando vueltas en la noria. El atardecer iluminaba de naranja el cielo. Frente a su asiento Luffy parecía maravillado con la vista,

¡acércate Zoro, el sol se ve increíble! —apremió el menor, parecía fascinado con aquel juego. El peli verde se despabiló un poco,

de acuerdo, me asomaré —aplastó la cabeza del oso y miró hacia la parte trasera de la canastilla

De repente todo el sueño pareció esfumársele con un golpe de adrenalina. A unas cuantas canastillas de la suya se encontraban Law y Ace, quien al parecer no se habían percatado de su cercanía, «¡mierda!», miró directo a Luffy quien todavía no se había dado cuenta, el chico miraba hacia las ventanillas de los lados sin reparar en la demás gente,

«¿qué hago, qué hago?»

sacó discretamente su celular y marcó a Law, miró de reojo como su amigo sacaba el artefacto y colgaba enseguida mientras besaba al pecoso ignorando todo a su alrededor,

«idiota, ¡si te descubren será culpa tuya!»

Luffy pareció percatarse de su nerviosismo y se acercó curioso al sitio por donde se asomaba, pero antes de que pudiera verlos Zoro atravesó al oso —¡quítalo, no puedo ver nada! —exclamó el menor divertido,

—no hay nada que ver por acá, mejor… mira, ¿qué es eso? —señaló hacia la ventana donde un ave de lo más común pasaba frente a ellos,

—es sólo un estúpido pájaro, vamos, déjame ver —insistió el menor aventándose sobre el oso, toda su canastilla comenzó a mecerse provocando que Zoro clavara sus manos en el asiento en vez de evitar que el chico se asomara.

Tragó saliva.

Justo en el momento en que Luffy consiguió mirar por aquel sitio Ace pasó los brazos sobre Law para besarlo de nuevo.

—¡Vaya, de este lado no se ve nada interesante! —exclamó el menor mientras regresaba a su ventana lateral, el peli verde se quedó mirándolo unos instantes, Luffy seguía como si nada,

«estoy seguro que los vio», pensó, pero dudaba en si debía preguntarle o no, comenzó a mover los dedos de la mano en forma nerviosa mientras su acompañante parecía sumergido en lo suyo.

De repente Luffy volteó hacia él y le regaló una enorme sonrisa,

—sabes Zoro, hoy fue un gran día, me divertí mucho contigo… y me siento feliz al saber que Ace también tuvo un buen rato

—¿ya… ya lo sabías? —preguntó el peli verde incrédulo, el chiquillo soltó una suave risa,

—Ace habla dormido, incluso Sabo lo ha escuchado mencionar a Torao entre sueños, ¡shi, shi, shi! —Zoro soltó un pesado suspiro, todo el esfuerzo que había hecho aquel día había sido en vano. Al menos ahora podía relajarse un poco,

—cuando bajemos, ¿qué te parece ir con ellos? —comentó con un gran bostezo mientras se acomodaba nuevamente sobre el oso,

—¡sería increíble, podemos ir a cenar todos juntos!

«Comida y más comida», pensó el peli verde, eso era lo único que aquel chiquillo tenía en la cabeza, lo miró de reojo y esbozó una sonrisa de lado, al menos estaba seguro de que Luffy era feliz a su manera.

• • •

Doflamingo se sentó sobre una enorme silla subiendo los pies en el escritorio que tenía enfrente, invitó como siempre a sus tres principales compinches a sentarse a su lado mientras se servía algo de beber —¿qué ha pasado desde la última vez que los vi? —preguntó mientras daba un enorme trago,

Doffy, te tengo malas noticias —el rubio miró de reojo a Diamante, quien de pronto dudó en seguir hablando, tragó saliva, su jefe no se veía muy contento que digamos—, el joven que mantenías en tu cuarto de juegos murió hace dos días, al parecer en tu último encuentro… te excediste un poco,

una sádica sonrisa se dibujó en el rostro del rubio —no tiene importancia, de todos modos ya pensaba deshacerme de él —llevó su atención a otro de sus acompañantes en lo que seguía disfrutando de su bebida—, Trébol, ¿tienes la información que te pedí? —un hombre de aspecto desagradable al que la nariz parecía moquearle de manera insistente le extendió unos documentos, Doflamingo comenzó a hojearlos con una enorme sonrisa.

Era el currículum de Law y muchos datos relevantes a su vida personal.

—Vaya, vaya, Roci escogió bien a su querido protegido, es un chiquillo interesante —regresó a la primera página dónde se encontraba una foto suya con la bata blanca del hospital donde trabajaba, y que al parecer, se la habían tomado sin su consentimiento. Doflamingo paseó su lengua por los labios de manera obscena, era justo su tipo —cómo pudo el idiota de mi hermano aguantarse las ganas de ponerle las manos encima… o tal vez, se lo hacía cada noche…

Los presentes soltaron una risa ante sus palabras,

—saben, el día de hoy me hicieron pasar un mal trago, pero esto me ha devuelto la sonrisa —dejó de lado aquellos papeles, tenía tiempo para tejer su red. Era la cacería lo que más le gustaba,

—¿qué sucedió Doffy? —preguntó Diamante,

—creí que sería más fácil embaucar a Dracule Mihawk, pero parece ser que no es tan idiota como pensé… —se quitó las gafas un momento y clavó su mirada en el techo, una fúnebre risa se le escapó de repente —es hora de empezar con el plan B.

Si ese maldito de Mihawk no había cedido por las buenas, sólo quedaba hacerse de su negocio por las malas… y vaya que encontraría la manera de lograrlo.

• • •

Sanji manejaba su automóvil de regreso por la carretera mientras disfrutaba de un cigarrillo. Normalmente no fumaba dentro de su vehículo, pero se sentía de lo más tenso. Apretó el volante furioso al recordar a su querida Perona-chan con los ojitos rojos de tanto llorar. A pesar de ser fin de semana y de que no todos los trabajadores estaban presentes, el jefe los había convocado a una reunión de emergencia para explicarles algo importante.

«He recibido una amenaza que no puedo dejar pasar por alto», había comentado el señor Dracule en tono serio, «esta misma noche me pondré en contacto con una empresa de seguridad privada, por algunos días estaremos acompañados por ellos y espero que no les moleste si les pido que los escolten también. Mañana tendremos una junta con todo el equipo para contarles con mayor detalle la situación, por ahora sólo quiero pedirles que tengan cuidado, sean pacientes y les pido una disculpa por meterlos en ésto».

Exhaló el humo de sus pulmones preocupado, conocía a ese hombre desde hacía más de cinco años y jamás había tomado medidas como esas…

De repente se frenó en seco, tanto que casi derrapa las llantas de su automóvil. En la orilla de la carretera una hermosa joven agitaba las manos para llamar su atención. Se orilló como pudo y bajó inmediatamente para auxiliarla.

—¡Gracias! —exclamó la chica—, eres la primera persona que veo, mi motoneta se quedó sin combustible unos kilómetros atrás y he caminado por horas, tal parece que casi nadie pasa por aquí… eh… ¿sucede algo?

Sanji la miraba con los ojos bien abiertos y completamente sorprendido, el cigarro que traía entre los labios se deslizó hasta el suelo. Había pasado horas buscando entre la lista de invitados y las fotografías que Perona-chan le había prestado sin poder encontrarla…

Y ahora, la tenía frente a sus ojos de nuevo.

—No… puedo creerlo… —el cocinero se tocó la frente para comprobar que no tenía fiebre, aquella mujer no era una alucinación—, ¡eres tú! —la tomó de las manos y se acercó a su rostro, la chica tragó saliva nerviosa,

«maldita sea, ¿de dónde me conoce este idiota?», la Gata Ladrona comenzó a retroceder levemente, su mejilla sufrió un suave espasmo. Si ese hombre conocía su identidad era mejor salir de ahí enseguida, pero antes de poder hacerlo el cocinero agregó sonriente,

—¡eres la ninfa con cabello negro que vi en la boda! —rozó con suavidad uno de los bucles que colgaba de su larga melena—, supongo que era una peluca, ¡pero tu cabello naranja es todavía más hermoso!

Se hincó a sus pies y le besó la mano, Nami no tenía idea de qué demonios le pasaba a aquel sujeto —¿no me recuerdas? nuestros ojos se cruzaron aquella noche —lo que para Sanji había parecido el momento más mágico en toda su vida, Nami ni siquiera podía recordarlo, al verlo tan ilusionado decidió seguir con su plan, tal vez lo mejor era darle por su lado,

—sí… tienes razón, te vi en la boda de Akagami —el rubio no podía sentirse más dichoso,

—mi nombre es Sanji y de hoy en adelante seré tu esclavo, sólo déjame saber tu nombre —aquella forma tan intensa que Sanji tenía para abordar a una mujer era lo que provocaba que la mayoría saliera corriendo, sin embargo la reportera no podía dejar pasar una oportunidad así, tuvo que pelear con todas sus fuerzas por no apartar su mano y gritarle de cosas en la cara,

—soy Nami… —soltó con una voz tímida de lo más falsa, el cocinero le regaló una enorme sonrisa,

—vamos, Nami-chan, te llevaré hasta donde necesites ir —le abrió la puerta de su auto para ayudarla a subir. Mientras daba la vuelta al vehículo para subirse por el otro lado la Gata Ladrona esbozó una sonrisa triunfal.

Encontrar a su incauto había sido mucho más fácil de lo que había pensado.