Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto, y la historia fascinante es de Kiley MacGregor.

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CAPÍTULO 11

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Confundida por su pregunta, y con el cuerpo aún inflamado por sus caricias, Hinata no podía pensar en nada salvo en que Itachi se había alejado de ella. ¿Por qué no veía las cosas como ella?

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No me conocéis en absoluto.

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Esas palabras encerraban una gran verdad y sin embargo...

Había presenciado su amabilidad las veces suficientes como para saber que era un buen hombre. Y aunque Itachi parecía no darse cuenta de lo que él mismo necesitaba, ella sí lo hacía.

Las palabras que le había dicho a la odiosa pareja que acompañaba a Suigetsu esa misma tarde le vinieron a la mente.

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Enderezando la espalda con determinación, fijó la mirada en el lugar por el que él había desaparecido.

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— No hallaréis escondrijo, milord, que yo no pueda encontrar. Vais a comprender que soy tan terca como una mula, y cuando se me mete algo entre ceja y ceja… Bueno, puede que tengáis una voluntad de hierro, pero no es rival para la mía. Ya lo veréis.

Se rozó los labios con el dorso de sus dedos. Él había respondido con deseo y pasión. Incluso una virgen podía darse cuenta de eso. Y si la deseaba, es que sentía algo por ella.

La lujuria no era el único sentimiento que quería despertar en él, pero era un comienzo. Un comienzo que necesitaba y que, definitivamente, podría utilizar.

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Itachi apretó los dientes, sintiéndose acorralado por las emociones que lo atravesaban. Furia, agonía, lujuria. Había roto la palabra que le había dado a Kakashi, pero lo peor de todo era el punzante deseo que inundaba su cuerpo. Podía recordar con toda facilidad la forma en que ella se había deshecho en sus brazos. La manera en que se había derretido ante sus caricias.

¡Por el amor de Dios, le habría permitido tomarla!

Para marido.

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Esas palabras resonaron en su cabeza mientras sentía cómo le ardían los labios, marcados a fuego por su inocente beso.

¿Pero en qué demonios estaba pensando Hinata?

Su padre se moriría del susto si conociese sus planes. De hecho, casi merecía la pena decírselo a Hiashi para mantener al conde fuera de su camino.

Bien, ella podría creer todas las estupideces que quisiera. Desear algo no lo convertía en realidad. Él, mejor que nadie, sabía que eso era verdad. Y ahora que conocía su juego, podría protegerse incluso mejor.

¡Por todo lo que era sagrado, no volvería a tocarla! Ni siquiera una mano, ni siquiera el dobladillo de su túnica. Sí, a partir de ese momento, se mantendría alejado de cualquier parte de ella.

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A la mañana siguiente, cuando Itachi bajaba las escaleras, Hinata tropezó en uno de los escalones superiores. Cayó de lleno contra él, tocando cada parte de su cuerpo, desde la mejilla hasta los dedos de los pies.

El peso de su cuerpo lo apretó contra la pared lo suficiente como para mofarse de su intento de mantenerse alejado, mientras el recuerdo de la noche anterior volvía de lleno a su cabeza.

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Con demasiada nitidez, recordó lo que sintió al recorrerla con las manos, el sabor de sus labios, el sonido de los suspiros de placer en los oídos.

— ¿Os encontráis bien, milord? —preguntó ella, y su dulce y cálido aliento le hizo cosquillas en la garganta—. No me di cuenta de que estabais ahí.

Había un brillo en su mirada que le hacía cuestionarse su sinceridad. Especialmente teniendo en cuenta el hecho de que no sólo no se había apartado de él, sino que, además, los labios de ella estaban peligrosamente cerca de los suyos.

— Aunque me alegro muchísimo de que estuvieseis ahí —añadió apresuradamente—, de otra forma hubiese caído por las escaleras y me habría roto el cuello.

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Itachi aún no podía hablar. No mientras tuviese el brazo sobre aquellos grandes pechos y las piernas entrelazadas con las de ella. Podía sentir el corazón de Hinata latiendo con fuerza bajo su antebrazo, y cuando ella se echó hacia atrás, su cadera rozó la parte de él que más sufría por poseerla.

Se estremeció.

Y por el bochorno que apareció en la cara de la joven, dedujo que ella había percibido su erección en toda su longitud.

Un atractivo rubor oscureció sus mejillas, haciendo que sus ojos de gata resplandecieran.

— Gracias por vuestra caballerosidad, milord. Creo que, de aquí en adelante, os nombraré el héroe de mi corazón.

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Por fin él fue capaz de decir algo.

— Me dais demasiado crédito —dijo rápidamente. Después de todo, lo último que necesitaba es que ella malinterpretase sus acciones—. Ni siquiera me percaté de que estabais detrás hasta que caísteis sobre mí.

—Oh —dijo ella, colocándose bien las faldas.

Itachi la miró con suspicacia mientras ella alisaba el tejido sobre su cuerpo, resaltando las curvas de sus caderas. Y como si eso no fuese lo suficientemente malo, ella se inclinó, exponiendo las cimas de sus pechos a su hambrienta mirada.

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Su ingle se tensó aún más cuando recordó la sensación de esas maduras puntas sobre la palma de su mano. ¡Por Madara, realmente se le estaba haciendo la boca agua!

— Espero que sepáis perdonar mi torpeza —dijo ella cuando se enderezó—. Intentaba darme prisa para que no tuvieseis que esperar tanto esta vez.

— Qué amable —dijo él con aspereza.

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Hubiese sido mejor que le hubiese hecho esperar toda una quincena antes que volver a incendiar su sangre con aquel infierno.

Se apartó de ella.

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— Milord —dijo con tono de reproche—. Actuáis como si me tuvieseis miedo.

Itachi se detuvo inmediatamente y se giró para mirarla.

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— Yo no temo a ningún hombre.

— Pero yo no soy un hombre.

— ¿Me creéis tan necio como para no darme cuenta? —preguntó, mirándola con el ceño fruncido.

Ella arqueó una ceja al notar la furia de su voz.

— Bueno, vuestra manera de tratarme me hace pensar otra cosa.

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Dándose cuenta de su inminente derrota, Itachi trató de retirarse a un lugar seguro.

— Si me disculpáis…

— ¿Veis? —dijo ella triunfalmente—. Ahí lo tenéis.

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Él hizo una pausa, confundido.

— ¿Ahí tengo el qué?

— Estáis tratándome como si no fuese una mujer.

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Le dolía la cabeza por los intentos de comprender la lógica de aquella mujer.

— Si no os estoy tratando como a una mujer, entonces decidme, por favor, ¿cómo os estoy tratando?

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Una extraña expresión apareció en los ojos de ella.

— No lo sé.

— ¿No lo sabéis? —preguntó con incredulidad.

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Ella parpadeó inocentemente.

— No lo sé.

— Entonces, ¿por qué estamos manteniendo esta discusión?

— ¿Por qué no? —dijo ella sarcásticamente.

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Itachi la miró de soslayo. Tenía un aire juguetón, una nota de travesura.

— Estáis jugando conmigo, ¿no es así?

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Una luz diabólica brilló en sus ojos.

— ¿Y si así fuera?

— Entonces os diría que dejarais de hacerlo.

— ¿Por qué?

— Porque me molesta. —Empezó a bajar los escalones de nuevo.

— Yo prefiero que me molesten a que me ignoren —añadió ella, elevando la voz mientras bajaba tras él—. Eso es lo que habéis estado haciendo toda la mañana, ¿no? ¿No habéis estado ignorándome?

— ¿Y si así fuera? —preguntó él sin detenerse.

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Ella alzó la barbilla.

— Entonces os diría que dejarais de hacerlo.

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Itachi se apretó las manos contra las sienes con frustración, al descubrir que ella estaba utilizando sus propias palabras contra él.

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Se detuvo al pie de las escaleras y la miró.

— ¿Por qué me estáis haciendo esto?

— ¿Haceros qué? —preguntó con tal mirada de inocencia que casi le hace soltar una carcajada.

— Marearme con vuestra cháchara. Os juro que estoy empezando a sentir vértigo.

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La mirada de ella bajó hasta sus labios, e Itachi pudo contemplar su deseo.

— ¿No es posible que sintáis vértigo por otra cosa? —preguntó con voz baja y seductora.

— ¿Y qué podría ser?

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Ella se encogió de hombros, sonrió, y descendió los escalones.

— ¿Cómo iba yo a saberlo? —dijo por encima del hombro—. No soy un ogro melancólico. Soy una mujer, simple y llanamente.

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Itachi emitió un grave gruñido. «Simple y llanamente» la describía tan bien como «guijarro» describía a la aldea de la Roca.

— Yo no soy un ogro melancólico —añadió él, siguiéndola.

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Ella se detuvo en la puerta y lo miró con expresión traviesa.

— No, tenéis razón. ¿Pero sabéis lo que sois?

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¿Se atrevería a preguntárselo?

Se atrevió.

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— ¿Qué?

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Ella se pasó la lengua por los labios, y la mirada que le dedicó le hizo arder de deseo.

— Sois un hombre muy apuesto, con unos ojos preciosos.

Confundido, Itachi no se movió hasta que ella hubo salido por la puerta.

Jamás en su vida le habían dicho una cosa así. Ogro, demonio, hijo del diablo, culo de caballo. Le habían dedicado multitud de insultos. Pero nadie le había hecho nunca un cumplido sobre nada excepto sobre sus proezas en la batalla.

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— Unos ojos preciosos —repitió, incómodo aunque extrañamente halagado.

¿De verdad tenía unos…?

— Oh, ¡a la mierda con eso! —espetó en un siseo. A quién le importaba cómo eran sus ojos mientras pudiese ver con ellos. No era ninguna bonita sirvienta que perdiera la cabeza por un cumplido. Era un caballero que había jurado mantener las manos aparatadas de Lady Hinata.

Y mantener las manos apartadas de ella era lo que pensaba hacer.

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— ¿Podríais echarme una mano, milord?

Itachi se encogió ante la pregunta de Hinata, mientras ella esperaba junto al caballo a que la ayudase a montar.

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¿Qué había dicho en el castillo hacía apenas una hora sobre mantener las manos apartadas de ella?

Buscó a Sasuke, pero parecía haber desaparecido. El resto de sus hombres ya estaban sobre sus monturas.

Resignado, asintió.

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Limítate a pensar que es una monja gorda y horrorosa.

Sí, una que olía a violetas y a rayos de sol. Su cuerpo se sobresaltó ante la esencia de ella, y pudo sentir cómo se contraían los músculos de sus brazos.

Tan rápidamente como le fue posible, la alzó hasta la montura. Pero ella no se agarró a la silla.

— ¿Hay algún problema? —dijo con un gruñido.

Ella agitó las pestañas con aire inocente.

— Parece que no soy capaz de sentarme.

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Él reprimió el impulso de echarla sobre el caballo como si fuese un saco de grano.

— Estáis haciendo esto a propósito —murmuró él.

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Su mirada traviesa confirmó sus sospechas.

— Ya os dije lo que quería, milord, y no dudaré en usar todos los medios a mi alcance para ganar.

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Él la descargó sobre la silla de montar.

— Puede que deba haceros una advertencia, milady. Nadie me ha vencido jamás.

— Entonces diría que ya es hora de que alguien lo haga.

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Itachi había abierto la boca para responder, cuando se dio cuenta de que Sasuke acababa de unirse a ellos.

—Ah —dijo Sasuke pasando de largo—. Veo que ya te has ocupado de la dama. Eso ha estado muy bien.

— ¿Por qué? ¿No te habrás torcido el brazo también? —preguntó Itachi sarcásticamente mientras Sasuke tomaba las riendas.

—De hecho, sí. Creo que tendré molestias durante algún tiempo. No podré hacer nada caballeroso.

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Una conspiración.

Debería haberlo sabido. Bueno, pues él no era ningún peón al que pudiesen mover de un lado a otro. ¡Al diablo con ellos!

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Subiéndose a su caballo, Itachi esperó a que Hinata se despidiese de Ino, quien sostenía un gran libro con cubiertas de cuero en las manos.

— ¿Me escribirás en cuanto nazca el bebé? —preguntó Hinata.

— Claro, y tendrás que venir a verme de nuevo.

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Hinata lanzó una mirada a Itachi.

— Veré lo que puedo hacer.

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Asintiendo, Ino le entregó el libro a Hinata.

— Esto es para ti.

— ¿Para mí? —Hinata empezó a abrirlo, pero Ino cerró de golpe el libro y sacudió la cabeza.

— Es para que lo veas a solas, en la intimidad de tu habitación.

— Pero…

— Hinata —la interrumpió Ino con tono tenso—. Tienes que verlo a solas. Trata sobre el tema que estuvimos hablando esta mañana.

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La boca de Hinata formó una «O» perfecta cuando entendió lo que Ino quería decir.

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Itachi intercambió una mirada con Sasuke, que se encogió de hombros como si no tuviese la más mínima idea de lo que hablaban las mujeres.

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Pero Itachi sí lo sabía. La conspiración se había puesto en marcha. Y estaba impaciente por echar mano al dichoso libro y descubrir qué era exactamente lo que estaban tramando, porque no le cabía ninguna duda de contra quién estaban tramándolo.

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Ino ayudó a Hinata a asegurar el libro en sus alforjas.

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— Buen viaje a todos.

Hinata entrelazó las manos con Ino, y después se despidió de Yahiko.

— Estoy lista, milord —le dijo a Itachi—. Os agradezco mucho vuestra paciencia.

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Itachi hizo una breve inclinación de cabeza a Yahiko y le dio un ligero toque a su caballo para que se pusiera en marcha, guiando la comitiva a través de las murallas. Al menos, durante los días siguientes no tendría que preocuparse por tener cerca de la dama. Pasaría la jornada en su caballo y él en el suyo.

Por fin tendría paz.

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— ¿Qué quieres decir con eso de que su caballo se ha quedado cojo? —gruñó Itachi mirando a Shino, uno de sus caballeros.

— Podéis comprobarlo vos mismo, milord —dijo él echándose a un lado.

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Itachi alzó el casco izquierdo trasero y lo vio. ¿Un caballo herido?

¿Es que el destino también estaba conspirando contra él?

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Si no estuviese seguro de lo contrario, juraría que Hinata o Sasuke tenían algo que ver con aquello. Pero no había apartado la mirada de la dama en todo el camino, y sabía que no había hecho nada para dañar al animal.

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Era, simplemente, una de esas cosas miserables, terribles y espantosas que ocurrían de vez en cuando.

— Está bien —dijo Itachi bajando el casco del caballo—. Quítale la montura y encárgate de llevarlo a Konoha a paso lento para evitar que se haga más daño.

— Sí, milord.

— Sasuke —dijo Itachi mirando a su hermano, que los observaba desde su silla—. La dama cabalgará contigo.

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Hinata atravesó la corta distancia que los separaba y le dijo en voz baja.

— No montaré con él, milord.

— Haréis lo que os digan.

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Ella alzó las cejas, mirándolo con expresión de reproche.

— No uséis ese tono conmigo.

— Mujer —gruñó con una voz grave que habría logrado que hombres adultos se postraran de rodillas, temblando de miedo—. Esto no es un juego.

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El rostro de ella perdió la alegría, pero no demostró ni rastro del miedo que él estaba acostumbrado a provocar. Más bien, su gruñido parecía haberla puesto desafiante.

— Tenéis razón, milord. No lo es. Montaré con vos o iré caminando.

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Itachi la miró echando fuego por los ojos.

— ¿Es que no tenéis sentido común alguno? ¿Cómo se os ocurre presionarme así?

— Tengo sentido común de sobra.

— Entonces montad con Sasuke.

— No.

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Por el gesto terco de su mandíbula, Itachi pudo deducir que no tenía intención de ceder en aquel asunto.

— Si vos sois la más gentil de las hijas de Hinata, entonces agradezco el privilegio de no haber tenido que conocer a vuestras hermanas.

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Dándose cuenta de que discutir con ella sólo serviría para desperdiciar el tiempo, Itachi cedió.

— Montad en el maldito caballo.

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Hinata notó que, tal vez, en esta ocasión lo había presionado demasiado. Puede que, después de todo, no debiese mostrarse tan atrevida. Pero su padre pensaba que su atrevimiento era una de sus cualidades más atractivas.

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Mientras se colocaba en la silla, pensó que, posiblemente, Lord Itachi no estuviese muy de acuerdo con él. De hecho, a juzgar por la rigidez de su cuerpo, no creía que pensara muy bien de ella en esos momentos.

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Abrió la boca para disculparse.

— No habléis —siseó Itachi—. Ni una sola palabra.

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Hinata cerró la boca y juró no abrirla de nuevo hasta que él se disculpase por el tono que había empleado con ella.

Itachi notó que se ponía tensa sobre su regazo y supo que la había ofendido. Que así fuera. No creía que pudiese soportar tener que sentirla apretada contra su cuerpo mientras aquella sedosa voz se dirigía a él. De hecho, le dolía todo el cuerpo por el deseo, hasta el punto que no sabía si podría resistirlo.

Si pasaban junto a cualquier pueblo, ciudad o mansión durante su viaje, pararía y compraría un caballo para ella, costara lo que costase. De hecho, cambiaría gustosamente todo lo que poseía a cambio de un obstinado jamelgo.

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El día transcurrió en silencio mientras Itachi hacía lo posible por distanciar su mente del cuerpo. Pero era imposible. Cada apestoso paso del caballo la empujaba contra él a un ritmo sensual que estaba haciendo pedazos su autocontrol y su tolerancia. Y a medida que pasaban las horas, aumentaba su furia y su miembro se endurecía hasta un punto cercano al dolor.

El viento agitaba los mechones del pelo de Hinata, llevándolos contra su cara, acariciando sus mejillas y transportando su olor a madreselva hasta él.

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¡Por Dios! Sería sumamente fácil espolear a su caballo, encontrar un sitio apartado entre los árboles y tumbarla debajo de él. Introducirse en ella una y otra vez hasta encontrar finalmente la paz que su cuerpo reclamaba.

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El recuerdo de su beso y de la sensación de su piel lo torturaban aún más.

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— ¿Milord?

Hizo una mueca de dolor al escuchar su voz.

— Os dije que no hablarais.

— No pensaba hacerlo —dijo ella de mal humor—, pero no tengo más remedio.

— Sí, lo tenéis.

— No, no lo tengo —replicó firmemente.

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Él miró hacia abajo y vio el rubor que coloreaba sus mejillas.

— ¿Qué es lo que…?

— Tenemos que parar un momento.

— Quiero llegar…

— Milord —dijo ella, interrumpiéndolo—. Me estáis entendiendo mal. Tenemos —enfatizó la palabra— que parar un momento. —Señaló significativamente con la mirada los árboles que dejaban atrás.

Fue entonces cuando Itachi lo comprendió.

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—Oh —dijo él mientras hacía un gesto con la mano para indicarles a los demás que debían aminorar la marcha.

Itachi condujo a su caballo hasta un pequeño bosquecillo de árboles. Tirando de las riendas para detenerse, ayudó a Hinata a descender por el lado izquierdo de la montura.

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— Gracias —dijo ella con frialdad, y después se dio la vuelta para dirigirse hacia los árboles.

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Itachi aprovechó ese tiempo para inspeccionar su caballo, asegurándose de que el peso de ambos no estaba cansando demasiado al animal.

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Sasuke se acercó hasta allí.

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— ¿Estás bien? —le preguntó.

Itachi le dedicó una mirada furiosa.

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Por una vez, Sasuke tuvo el suficiente sentido común para no presionarle. Levantó las manos y dio un paso hacia atrás.

— Ya veo que la respuesta es, definitivamente, no.

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Itachi dejó de observar a su caballo y apretó la palma de la mano contra su muslo en un intento por separar las calzas de su hinchado miembro. No sabía cuánto tiempo más podría aguantar aquello sin volverse loco.

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¿A cuánta lujuria insatisfecha podría ser sometido un hombre antes de fallecer por su causa?

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¿Y por qué, en el nombre de Lucifer, tenía que ser él quien comprobase cuánto puede soportar un hombre?

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Todo lo que Itachi deseaba era estar en paz. Jamás habría acudido a Konoha por mandato de Kakashi si hubiese sabido cuál iba a ser el resultado, pero justo entonces, le pareció bastante atractiva la idea de regresar ante el Hokage para su ejecución.

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Echó un vistazo a Sasuke, que estaba mirando hacia los árboles entre los que habían desaparecido Hinata y su sirvienta.

— Quiere casarse conmigo —murmuró Itachi a su hermano.

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Sasuke lo miró fijamente a los ojos.

— Eso me dijo a mí también.

— ¿Te dijo por qué?

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Él se encogió de hombros.

— Por alguna misteriosa razón, le gustas.

— No seas ridículo —la sonrisa de Itachi estaba cargada de burla—. No le gusto a nadie. Lo que quiere es verme muerto; eso es lo que quiere.

— Si hubiese creído eso por un minuto, nunca… —Sasuke dejó de hablar.

— ¿Nunca qué? —le preguntó Itachi con suspicacia.

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Sasuke hizo una pausa, como si estuviese considerando sus palabras, y después terminó apresuradamente:

— Nunca lo toleraría.

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Itachi sacó la daga de su cinturón y le ofreció la empuñadura a Sasuke.

— Toma, coge esto.

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Sasuke frunció el entrecejo.

— ¿Para qué?

— Cógela y clávamela directamente en el corazón antes de que salga ardiendo en llamas.

Sasuke se rió y lo envainó de nuevo en el cinturón de Itachi.

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— Ya sabes lo que se dice. La lujuria no se puede contener. Tienes que hacer algo para librarte ella.

— ¿Tan desesperado estar por obtener mis tierras que harías que Kakashi me matara por su causa?

— Te aseguro que no —dijo él ofendido—. Cásate con la muchacha y tómala cuantas veces quieras.

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Itachi suspiró.

— ¿Crees de verdad que su padre me querría como yerno?

— No tendría otro remedio si se lo pidieses a Kakashi.

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Por primera vez en su vida, Itachi permitió que la idea del matrimonio le tentara.

— ¿La condenarías a una vida conmigo?

— Seguramente sería mejor que la vida que llevó con su padre. Apostaría a que tú al menos dejarías que tuviese un momento o dos de diversión.

— Quizás, pero por lo menos con su padre viviría toda su vida. Conmigo no tendría otra cosa que una tumba temprana.

— Itachi, tú no eres…

— No lo digas, Sasuke, porque yo sé la verdad. Tú ves en mí sólo lo que deseas ver, pero yo sé lo que yace en mi interior. Es una compañía constante.

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Sasuke le dio unas palmaditas en la espalda.

— Te preocupas demasiado, hermano. Tienes que aprender a relajarte y disfrutar de la vida. Tómate un respiro y vive —Sasuke hizo un gesto con la cabeza, señalando hacia los árboles.

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Itachi se volvió para ver a Hinata, que se acercaba a ellos.

— Podrías aprender mucho de la dama —le dijo Sasuke en voz baja—. Ella sabe cómo sacar el máximo partido a lo que Dios nos ha dado.

Itachi consideró sus palabras.

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Sasuke hacía que todo pareciese muy fácil, pero las consecuencias eran demasiado graves. Si escuchaba a su hermano y se casaba, habría mucho más que un pequeño riesgo de que un día la matase.

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Hasta ahora, había mantenido su temperamento bajo control cuando estaba con ella, pero Hinata parecía no tenerle ningún miedo y temblaba al pensar que un día le empujara más allá de sus límites.

Habría una sola forma…

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No, era una opción que nunca tomaría. Una que se negaba a tomar.

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Hinata no dijo una palabra cuando se acercó a los hombres. Itachi apartó la mirada.

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Ella intercambió una mirada de frustración con Sasuke antes de decirle a Draven:

— ¿Podremos disfrutar ahora de la comida o planeáis cabalgar durante el resto del día?

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Itachi se pasó una mano a través del pelo, pero siguió sin mirarla.

— Mi caballo necesita descansar más. Tomaos el tiempo que necesitéis.

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Ella levantó las manos mirando a Sasuke y luego, impulsivamente, las colocó como si se dispusiera a estrangular a Itachi.

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Cuando ya casi había llegado a su cuello, Itachi se volvió para observar lo que estaba haciendo.

Hinata echó los brazos hacia atrás y sonrió.

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— ¿Qué estabais haciendo? —preguntó Itachi con recelo.

Ella sonrió dulcemente.

— Nada.

Él miró a Sasuke.

— ¿Qué estaba haciendo?

— Nada —contestó él, guiñándole un ojo a la mujer.

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Itachi exhaló un profundo suspiro.

— No tengo tiempo para esto —murmuró, y comenzó a caminar hacia sus hombres.

— Es un hombre terco —dijo Hinata a Sasuke una vez que estuvieron solos.

— Hasta lo más profundo de su alma.

— ¿Qué puedo hacer?

— Insistir. Antes o después tendrá que rendirse y admitir sus sentimientos.

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Hinata observó a Itachi mientras éste hablaba con sus caballeros. Parecía ignorar por completo su presencia.

— ¿Y qué pasa si no siente nada por mí?

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Sasuke se rió.

— Os lo aseguro, milady, si eso fuese cierto, no os evitaría de esta manera.

— ¿Estáis seguro?

— Bastante.

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Hinata meditó sus palabras durante un momento, y también lo que ella tendría que hacer a continuación.

— ¿Creéis que me estoy mostrando demasiado atrevida buscándole tan a menudo?

— ¿El atrevimiento forma parte de vuestra naturaleza?

— Desgraciadamente, sí.

— Entonces os aconsejo que sigáis vuestras inclinaciones. Si milady está actuando como es en realidad, no hay nada que temer.

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Ella encontró eso muy difícil de creer.

— Nada que temer de un hombre que es temido por más de la mitad de la Orbe. Sasuke, ¿estáis seguro?

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Él asintió.

— Confiad en mí, milady, os daréis cuenta de cuándo lo habéis presionado demasiado.

— Muy bien, entonces —dijo ella con un suspiro poco entusiasta—. Por favor, excusadme mientras voy a molestarle un poco más.

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Ja ja ja... Komorebi-chama es que el pobre de Itachi lleva mucho sin acción... además ya pronto sabrán que sucedió para que Itachi tenga tanto miedo.