CASTLE Y SUS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE A.W. MARLOWE Y ABC STUDIOS.

Todos los errores son míos, me disculpo por ellos y agradezco su comprensión.


CAPÍTULO XII

-Rick, quédate quieto ya, por favor.

-No puedo, Kate. Sabes que eso es difícil… Tú misma lo dijiste una vez: me gusta…tocar cosas.

-Pero no es ninguna cosa lo que estás tocando ahora. No puedo creer que después de…de la ducha que nos hemos dado, aun tengas energías para siquiera intentar otro round.

-No es mi culpa si no lleno de ti, cariño. Sabes bien que siempre has tenido en mí un efecto devastador.

-Sí, pero si no te quedas quieto un momento, no podré acabar de abrocharte la camisa. Vestirte a ti es peor que intentar vestir a un niño.

-Bueno, te notifico, sólo en caso de que no lo sepas, que sería más fácil si el proceso fuera a la inversa. Intenta desvestirme y verás que coopero.

-No tengo nada que comprobar a ese respecto. Estoy perfectamente consciente de lo que tendría que hacer para que cooperes; aunque de sobra sé que eso no te mantendría quieto en lo absoluto…al contrario. De hecho, es por eso que tengo que ayudarte a vestirte hoy; abusamos de tu lesión con nuestra excesiva…mmm…actividad física.

Las últimas frases brotan entre carcajadas sonoras tanto de él como de ella, que se ahogan con besos efímeros de los que parecen no poder prescindir desde…desde hace demasiadas horas ya. Cualquiera que los viera se daría cuenta de que están –ahora sí- inmersos en una auténtica luna de miel. Por lo pronto, tras una noche apasionada y dulce que prolongaron hasta donde más pudieron, se encuentran en el cuarto de baño, de pie frente al espejo empañado que cuelga por encima del lavabo. Ella, envuelta en una toalla, con el cabello húmedo cayendo a lo largo de su espalda, con las mejillas arreboladas por obra y gracia del calor de la ducha y de los talentos de su esposo quien, por cuarta vez en las últimas doce horas, la ha paseado de la mano por el cielo y sus alrededores. Él, vestido ya con unos jeans y una camisa a medio abotonar, con sus cabellos perfectamente peinados por las manos hábiles de su esposa. La luz del medio día se cuela a raudales por los ventanales de la habitación con toda la inclemencia del sol en el zénit, y los perezosos amantes se disponen apenas a poner un pie afuera de su habitación, dispuestos a reintegrarse al mundo luego de una noche aislados en un mundo –su mundo- privado donde no había nada más que ellos dos y el redescubrimiento de su amor y de sus cuerpos ávidos.

-¿Te arrepientes de lo ajetreado de nuestras actividades nocturnas, Kate? –Le pregunta con una chispa traviesa en la mirada-. Porque yo no…ni un poquito. Vale la pena el dolor en el hombro a cambio de…

-Claro que no me arrepiento, Rick… para nada –le responde en tono desprovisto de cualquier atisbo de broma-. Y, aunque detesto la idea de saberte lastimado, al menos ahora tengo la oportunidad de cuidarte y atenderte.

La última frase brota casi como un murmullo, e impregnada de una mezcla inconfundible de reproche velado y dolor añejo que no le pasa desapercibida a Rick. La hermosa capitana se empeña entonces en mantener fija su vista en el cuello de la camisa de su marido, evadiendo mirarlo a los ojos tras la involuntaria confesión, y él, siempre diestro para leerla entre líneas, se apresura a tomarla delicadamente del mentón para obligarla a verlo a los ojos antes de decirle con ternura:

-Oportunidad que te había estado negando, ¿verdad? ¿Te hice mucho daño con eso, Kate?

-Te quisiera decir que no… -Le responde, luchando contra la humedad que amenaza con desbordar sus ojos de miel- Pero, aunque entiendo tus razones, no puedo negar cuánto me dolía no poder acercarme para cuidar de ti, de tu lesión…para atender tus necesidades, sabiendo además que, indirectamente, yo he sido la responsable de lo que te pasó.

-Shhh… -La interrumpe, posando dos dedos sobre sus labios-. Ya hablamos de eso, Kate. Tienes todo el derecho de estar dolida por mi actitud en los últimos días; por que no te permití cuidarme. Te pido perdón por eso y te prometo que voy a compensarte. Pero lo que no te permito es que te culpes más. Ya quedamos en que no es así como vamos a movernos hacia adelante. Quiero que vayamos dejando atrás lo que se vaya aclarando; a cambio te ofrezco dejarme mimar hasta que el médico me diga que mi hombro está sanado… lo cual, a juzgar por la noche de anoche, planeo que no sea pronto. Porque ni sueñes con que vamos a limitar nuestras actividades en favor de mi lesión… menos aun ahora que tengo a la enfermera más sexy a mi disposición.

Kate se ruboriza y se estremece con una risilla coqueta e irreprimible que acaba de aclarar el aire sombrío en que se habían envuelto; lo besa, agradecida por esa capacidad que sólo él tiene para aligerarle los ánimos, sean cuales sean las circunstancias. Se separa de él apenas para darle la réplica que de sobra sabe que él está esperando.

-Qué pena que no tengo a mano un traje acorde a mi recién delegada función. Tendrás que conformarte con lo que hay –le indica de manera sugestiva, señalando su brevísima indumentaria.

-No tengo absolutamente ningún problema con lo que llevas puesto ahora mismo; pero ya que has puesto en mi mente la imagen de ti enfundada en un diminuto traje de enfermera… -No alcanza a terminar la frase, visiblemente afectado por la evocación; su cuerpo mostrando de inmediato la evidente reacción que su imaginación y la cercanía de su esposa le provocan.

-Como te digo, no lo tengo a la mano desafortunadamente… pero si juegas bien tus cartas, algún día podemos cumplirnos la fantasía. –Se le insinúa, hablándole al oído y deshaciéndose de la toalla que apenas cubría su cuerpo desnudo-. Pero, por lo pronto…esto tendrá que servir.

Con un último beso a labios cerrados, se da la media vuelta la esposa, desnuda, seductora, incitante…tentándolo con el movimiento de sus caderas y la fragancia que deja tras de sí a cada paso. Y él no atina sino a quedarse ahí, de pie, viéndola como quien contempla una de las siete maravillas, agradeciendo ser el feliz mortal que la tiene al alcance. La observa vestirse a sólo unos pasos de él y se pregunta cómo puede fascinarlo casi tanto verla ponerse la ropa como lo embelesa verla quitársela. En su mirada hay orgullo, admiración, deseo y, de fondo, un amor puro, gigante, inquebrantable… El amor que está agradecido de no haber dejado ir y por el que está dispuesto a luchar, hoy más que nunca.


-Este lugar es un sueño, Kate. No sé cómo es que no había sabido antes de él. Casi debería ser considerado patrimonio nacional esta maravilla de pueblo.

-Es un lugar mágico; y redescubrirlo contigo es… increíble.

Las calles tranquilas y –a esa hora- solitarias del pequeño y pintoresco pueblo ven pasar a los dos caminantes que, tomados de la mano recorren calles empedradas con aceras recubiertas con adoquines y flanqueadas por casas antiguas, de piedra, con techos a dos aguas y balcones adornados con balaustradas vetustas tras las cuales se abren puertas de doble hoja; parterres floridos que dan color y vida a los porches protegidos por sólidas verjas de hierro forjado, y frondosos árboles a lo largo de las calles proveen de sombra a los transeúntes, y de fragancias silvestres a los primeros días del verano.

La pasada semana –a diferencia de las que les precedieron- se ha pasado volando para los señores Castle quienes, una vez salvado el último tramo que los separaba, se han dedicado no a otra cosa que a disfrutar de un segundo viaje de novios. Cada hora de cada día la han llenado con largas charlas –entre ellos dos y con la tía Sue-, sesiones intensas de caricias y besos, cuidados tiernos y mimosos por parte de Kate a la lesión en el hombro de su marido hasta verlo sanar completamente; noches interminables de pasión y delirio, enredados entre sábanas cálidas y cobijados por noches de terciopelo; amaneceres gloriosos de duchas y baños compartidos, de desayunos preparados a turnos y devorados en la intimidad del lecho; de paseos, caminatas, visitas a sitios encantadores, lecturas compartidas con la cabeza del uno reposando sobre el regazo del otro; sábados aventureros y domingos perezosos, atardeceres de ensueño y anocheceres románticos de confesiones y promesas bajo la luz de la luna. Todos los espacios vacíos que se interponían entre los esposos cuando llegaron ahí, hoy empiezan a estar llenos con recuerdos nuevos que se van superponiendo a los más dolorosos acumulados a lo largo de los meses anteriores.

Y el correr implacable del tiempo los ha llevado hasta los primeros días de julio y al casi final de las vacaciones de Kate; lo que los obliga a abordar el tema del regreso a casa.

-Me siento honrado de haberte acompañado en este reencuentro con los recuerdos de tu niñez, Kate. –La abraza por la espalda, aprisionándola contra la barda baja del pequeño puente sobre el cual se han detenido a ver cómo fluyen las aguas cristalinas del río que divide en dos a la pequeña ciudad-. Me ha dado mucho gusto conocer a tu tía y haber sido testigo de la felicidad de ambas al haber vuelto a verse luego de tantos años.

-Y yo me siento muy contenta por haber vuelto aquí contigo, Rick –le asegura, enlazando sus manos con la de él a la altura de su vientre-. Creo que no lo habría hecho de no ser acompañada por ti.

-Te entiendo –le susurra al oído, hundiendo su rostro entre los rizos fragantes-. Sé que no es fácil lidiar con recuerdos que ahora pueden tener un sabor más bien agridulce; y no sabes cómo lamento haberte hecho amarga la mitad de nuestra estancia aquí, Kate. Te prometo que voy a compensarte…

-Shhh –lo acalla, girándose dentro del círculo de sus brazos y besándolo con ternura-. Todo ha sido parte del camino para llegar hasta donde ahora estamos, y sin dudarlo lo recorrería otra vez con tal de terminar aquí, así, contigo.

-Tienes razón… dejemos el pasado atrás, pero eso no quiere decir que no pueda tratar de compensarte por los malos ratos –le asegura contra sus labios para luego fundirlos en un beso que termina hasta que se quedan sin aliento.

-Por mí, encantada con esa idea; aunque me gustaría saber cómo planeas hacerlo. Es más, si tú me cuentas tus planes, yo te adelanto algo sobre lo que tengo pensado hacer hoy para recompensarte a ti…por todo; aunque sé que para eso necesito, mínimo, el resto de mi vida.

-Y es precisamente el resto de la vida lo que tenemos para reparar los daños, Kate –la estrecha en un abrazo que sella la promesa solemne-. De modo que…acepto. Yo te cuento lo que tengo en mente a cambio de que tú hagas lo mismo. Primero las damas…

-Bueno, pues sólo puedo decirte tengo una pequeña sorpresa preparada para hacer especial nuestra última noche aquí. Y es todo lo que por ahora te voy a adelantar.

-Oye, eso no es justo –le replica con un puchero adorable-; prácticamente no me has dicho nada.

-No quiero arruinarte la sorpresa…por favor –le pide en su tono más inocente que en realidad termina siendo más bien seductor-. Ahora es tu turno. Anda, dime…

-De acuerdo, de acuerdo… Eso se llama jugar sucio puesto que sabes que no hay manera de que me resista a esta carita –le delinea el rostro con un dedo- y a ese tono. He pensado que, ya que aún quedan cinco días antes de que tengas que volver a trabajar, podríamos pasarlos en los Hamptons…tú y yo…completamente solos. Sabes que en esta época del año el clima es ideal ahí. Viajaríamos hasta Seattle en coche mañana a primera hora; luego volaríamos a NY, reharíamos maletas, tomaríamos el coche y conduciríamos hacia la casa de la playa. Llegaríamos casi al anochecer y bastante cansados entre volar y conducir, pero valdría la pena. Sin contar el día que perderemos en trasladarnos, todavía nos restan cuatro más antes de que tus vacaciones terminen. ¿Qué te parece?

Por toda respuesta obtiene otro abrazo apretado, con los brazos esbeltos alrededor de su cuello y la boca traviesa acariciándole el lóbulo de la oreja y recorriendo la mandíbula hasta alcanzar los labios que la esperan ansiosos, como siempre.

-Supongo que eso quiere decir que estás de acuerdo –afirma más que preguntar una vez que sus labios son liberados.

-Más que de acuerdo. Me emociona la idea de cuatro días a solas contigo, aislados totalmente de todo y todos…en el lugar en donde nos casamos.

Se lo dice con una voz cargada de entusiasmo, con ojos brillantes de anticipación e ilusiones… Cual si fuera una niña pequeña ante la perspectiva de un regalo de cumpleaños; eufórica, satisfecha, expectante, un poco impaciente porque el momento llegue. En una palabra, adorable. Y su marido no hace más que contemplarla embelesado, orgulloso de poder hacerla tan feliz con el simple hecho de presentarle su idea.

-Entonces, ¿estamos de acuerdo? Esta noche disfrutaremos de mi sorpresa, luego preparemos el equipaje y mañana regresamos a casa…

-A casa… -Repite Kate en un suspiro; exultante ante algo tan trivial como la mención de un hogar en común luego de haber pasado el trago amargo de creer que jamás volvería a ser así-. Mañana volvemos a casa.


-Kate… ¡Wow! Esto es…precioso.

Kate siente como las mariposas en su estómago remontan el vuelo, alborotadas por el asombro en la voz de Rick y la expresión maravillada en su rostro ante la revelación de su sorpresa. El escenario es el jardín salvaje que hay en la parte trasera de la casa de Sue; el propósito, una cena romántica al aire libre en el pabellón que corona el bellísimo jardín desde su mismísimo centro. La estructura de madera pintada de blanco y adornada con enredaderas luce hoy –gracias a Kate- iluminada por diminutos focos de luz clara que crean un ambiente de intimidad y romance; una mesa para dos con su ramo de flores al centro; una cena a tres tiempos con algunos de sus platillos favoritos; una brisa fragante y el sonido calmante de la fuente cantarina que engalana el último tramo del terreno son el remate perfecto para tan bellísimo cuadro. Kate no puede menos que sentirse satisfecha y feliz ante el éxito obtenido…al menos por el momento, puesto que lo mejor aún está por venir.

-¿Te gusta entonces? –Pregunta con un dejo de aprensión y timidez bastante raro en ella.

-Me encanta –le responde Rick, rodeándole la cintura con un brazo y avanzando hasta donde han de tomar asiento, retirándole la silla como todo un caballero-. Es una de las mejores sorpresas que me han dado en la vida.

-¿De verdad, Rick? –Inquiere, mordiéndose el labio inferior en un afán de contener su emoción-. No me lo dices sólo por hacerme sentir bien, ¿verdad?

-No, Kate… Te prometo que no –alcanza su mano, tomándola entre las de él-. La verdad es que… nadie nunca había hecho algo así por mí.

Siente Kate como el alma se le llena de ternura y amor por ese hombre que sabe darlo todo sin esperar nada a cambio; acostumbrado a ser siempre el que ofrece, procura y provee a quienes ama. Una vez más se enorgullece de sí misma por haberse rebelado ante lo que parecía inevitable y de haberle preparado -como despedida de ese lugar en el que se han reconciliado en todas las formas posibles- lo que, a juzgar por la expresión extática en el rostro tan amado, para él significa muchísimo.

Así, en medio de esa dulce armonía, es cómo transcurre la mitad de la noche; entre promesas de amor dichas a media voz, caricias audaces a media luz, música tenue como telón de fondo para las palabras tiernas y los besos interminables, y en calidad de silencioso testigo, una exuberante luna de plata cuyos rayos se reflejan en las pupilas dilatadas por la anticipación y la euforia. Llegado cierto momento, Rick, poniéndose de pie y tendiendo su mano, le pide a su esposa:

-¿Me concedería este baile, señora Castle?

Y al compás de la canción –de su canción- se dejan envolver uno en los brazos del otro…como aquélla tarde en que se juraron amor eterno; juramento al que ninguno de los dos ha faltado y eso ambos lo saben. Puede que tengan errores y dolor acumulados en el camino; distancia, tiempo, lágrimas y remordimientos…pero ni por un solo instante, a lo largo de esa extenuante jornada de separación y llanto, ha dejado de haber un amor inconmensurable, indrestructible, capaz de someterse a las más arduas pruebas y aun así emerger ileso y listo para reemprender el vuelo, más sólido y fuerte que nunca. A final de cuentas esa es la promesa que mil veces se han hecho, y la única que están seguros podrán cumplir: amarse hasta la locura…siempre.

A esa canción le sigue otra, y otra y otras más mientras ellos se mueven lento, al margen del ritmo y el tempo; nada importa excepto compartir caricias, miradas, murmullos, sonrisas que son sólo de ellos, para ellos y nadie más. Una suave ráfaga de viento primaveral –que entre montañas es más bien muy fresco- hace estremecerse a Kate y, como por puro instinto, Rick estrecha el abrazo en un intento de proporcionarle más abrigo del que la fina gasa de su vestido puede proveerle.

-Creo que es tiempo de ir a dormir, cariño –le susurra al oído sin dejar de mecerla con la cadencia de la música-. Mañana debemos marcharnos temprano si queremos estar en los Hamptons por la noche.

-Sí... pero antes… -titubea su voz al tiempo que su mirada lo busca con repentina ansiedad; aclarándose la garganta, se fuerza a continuar con voz más firme-. Necesito decirte algo, Rick.

-Dime. –Con cierta aprensión le pide Rick, acercándola a la balaustrada del pabellón, reclinándola ahí y dejando él recaer su peso sobre uno de los postes de madera tallada que sostienen la estructura-. ¿Pasa algo malo?

-No…no, claro que no. Es decir…no es nada malo –se apresura a aclararle al ver su propio temor reflejado en los ojos azules que la miran como queriendo llegar hasta su alma-. Al contrario; es algo que a mí me hace muy feliz.

-Me habías preocupado, Kate. Te has puesto tan seria que…me imaginé lo peor –vuelve a abrazarla, sorprendido ante la renuencia de ella, quien le toma la cara entre las manos indicándole que necesita verlo a los ojos al momento de hablar.

-Rick, con todo lo que hemos pasado en las últimas semanas; con los viajes, los cambios de horario, las emociones intensas y todo a lo que nos hemos sometido, yo no había tenido tiempo de detenerme a hacer cálculos –hace una pausa para cerciorarse de que él la va siguiendo; al verlo perplejo, observándolo sin la menor idea de a dónde quiere llegar, decide abundar en explicaciones a fin de aclararle el punto de una vez-. Pero hoy que pensaba en cuánto tiempo ha pasado desde que volví al loft… Me he dado cuenta de que tengo un retraso de tres semanas.

Continuará…


Infinitas gracias por sus reviews; por todo el apoyo que le han dado a esta historia. Un fuerte abrazo desde México,

Valeria.