Capítulo 12. Ni predecir el relámpago

Una tarde de finales de mayo, salían los amigos de Corinto cuando vieron que se había organizando un gran tumulto en la estrecha calle Mondétour. Se oían gritos de "¡Asesino!" y "¡Al río, al río con él!".

Cuando se asomaron al callejón, vieron que una turba estaba apaleando al abacero que tenía su establecimiento en aquella calle. Grantaire, que lo conocía por su nombre, se metió en medio del jaleo antes de que tuvieran tiempo de detenerlo.

―¡Alto, alto! ―gritaron a la muchedumbre ciega y sorda tratando de ir tras su amigo, que estaba borracho y en pobres condiciones de defender a nadie.

―¡El muy cerdo envenena el vino y la comida! ―gritó un hombre que llevaba bajo el brazo un banquillo de zapatero.

―¡Mi suegro ha enfermado de cólera y compraba aquí el licor! ―dijo otro.

Joly quiso explicarles que aquellos rumores se extendían siempre que había una epidemia, pero muy pocos lo escuchaban y los que hicieron, lo acusaron de querer engañarlos. Cuando alguien lo señaló como un estudiante de medicina, otro dijo que los médicos y los farmacéuticos estaban conjurados con el gobierno para envenenar los pozos de agua y desembarazarse así de los pobres. Alguien le tiró al muchacho una piedra, falló y tuvo que vérselas con Bossuet.

―¡Basta, basta! ¡Deteneos! ―estaba gritando Enjolras, que había logrado abrirse camino hasta donde estaban Grantaire y el tendero.

―¿Qué quieren estos niñatos pisaverdes? ¡Que se metan en sus asuntos! ―gritó alguien de forma amenazadora.

Enjolras se estaba girando hacia quien había dicho aquello cuando, sin previo aviso, un bastón lo golpeó brutalmente en la sien y lo arrojó inconsciente a los brazos de Grantaire.

―¡No! ¡Nononono! ¡Julien! ―lo llamó Courfeyrac cayendo de rodillas a su lado. Grantaire estaba mortalmente pálido y sostenía a Enjolras entre sus brazos como si un huracán se lo fuera a arrebatar.

Bahorel le había arrancado el bastón al agresor y corría peligro de arrancarle la cabeza; se enfrentaba a cinco o seis obreros con la única ayuda de Jean Prouvaire. Feuilly trataba de proteger al tendero, que yacía con el rostro ensangrentado mientras su mujer y sus hijas lloraban y chillaban. La multitud las había sacado a la calle y, aunque se los acusaba de haber envenenado sus mercancías, muchos se habían lanzado a saquear la tienda.

Para cuando intervino la policía, la multitud se había llevado al tendero a rastras para tirarlo al río, y los amigos nada pudieron hacer para impedirlo.

Magullados y con el alma sombría, se llevaron a Enjolras al interior de la taberna y lo acostaron en un banco que la viuda Hucheloup despejó rápidamente. Joly le examinó los ojos mientras Grantaire mataba su ataque de pánico a base de vino y más vino. Jean Prouvaire lo abrazó y le aseguró que nada de lo sucedido era culpa suya, pero Grantaire no dejaba de mirar a Enjolras de forma maníaca y con lágrimas en los ojos.

Enjolras no tardó en volver en sí. Dijo que se encontraba bien pero parecía confuso y desorientado, y Joly no dejó que se levantara sin hacerle antes una larga retahíla de preguntas. Cuando pareció que su estado no revestía gravedad, Grantaire se puso muy serio y dijo:

―¿Y ésa es la gente que queréis que os ayude a cambiar las cosas?

Se levantó y se fue sin mirar a nadie.

•••

Cuando Combeferre supo lo sucedido, fue inmediatamente a casa de Enjolras. Lo encontró profundamente dormido, sedado por la medicina que Joly le había dado.

―Tendría que haber estado allí ―se reprochaba amargamente.

―Todos los días pasan cosas malas ―le decía Courfeyrac― y tú no puedes evitarlas todas. Pensar que todo es tu responsabilidad, ¿no es arrogancia?

Combeferre lo miró dolido e intrigado. ¿Arrogancia?, parecían preguntar sus ojos claros.

―Como mínimo, es una negligencia. ¿Cuánto hace que no duermes? ―le dijo Courfeyrac con dulzura. Estaba sentado junto a Enjolras y le acariciaba el cabello suavemente―. No te atormentes, Étienne. ¿De qué sirve eso?

Cuando alzó la vista, vio que Combeferre los miraba con ternura y con algo parecido a la tristeza. A Courfeyrac, que conocía bien todas sus miradas, aquella le resultó muy difícil de leer.

•••

Enjolras se recuperó en poco tiempo pero durante días sufrió jaquecas, le molestaban la luz y los ruidos fuertes y la primera vez que trató de bajar la escalera, sintió vértigo y Combeferre lo tuvo que llevar de vuelta a su cuarto. Courfeyrac solía quedarse con él para que Combeferre pudiera ir al hospicio, donde su ayuda era necesaria, pero Combeferre iba a verlos cada día. Joly también los visitaba a diario, y a menudo lo acompañaban Bossuet y Musichetta. De día, muy rara vez estaban solos; cuando no estaba allí un amigo con un pastel, estaba otro con vino dulce o con pan caliente y brie, y siempre con noticias recientes y la pluma presta. Grantaire fue el único que no se dejó ver, aunque Courfeyrac sabía que preguntaba a Joly por el estado de Enjolras.

El estado de Enjolras, como cabía esperar, era el de una fiera hambrienta encerrada en una caja. Le habían dicho que guardarse reposo pero él se paseaba de un lado a otro sin parar; le habían aconsejado que no se expusiera a la luz pero él se asomaba constantemente a la ventana como si el ajetreo de la calle se fuera a convertir en la mismísima Revolución. Courfeyrac ponía todo su empeño en tratar de calmarlo, pero mucho se temía que él también era mejor agitador que apaciguador. Sobre todo, no era un domador de fieras.

―Es urgente reunirse con Blanqui y con los Amigos del Pueblo ―decía Enjolras.

―Bahorel y Feuilly van esta noche ―lo informaba Courfeyrac―. Quiero decir, si Blanqui no está otra vez en la cárcel para entonces.

―Deberíamos que escribir a Buonarroti y decirle...

―Prouvaire se ha encargado de eso.

―También hay que ir a la Escuela Politécnica y ver cuántos nos apoyarán si Lamarque...

―Todo marcha bien ―le aseguraba Courfeyrac―. Todo excepto tú. Anda, métete en la cama: es ese mueble de allí. ¿Quieres que te lea algo?

―No.

―A ver qué tienes por aquí...

Courfeyrac solía leerle en voz alta ya que no era conveniente que Enjolras forzara la vista. En el estante más alto de su librería encontró aquella tarde el ejemplar de Valentine que Sand le había regalado. Estaba tan como nuevo que algunas páginas todavía estaban pegadas.

―Pero ¿no lo has hojeado siquiera? ―le reprochó Courfeyrac frunciendo mucho el ceño.

―Sand tiene ideas muy interesantes y sabe expresarlas como nadie, pero esas historias de amor...

―Ay, Julien, eso es muy desconsiderado.

―Le dije que lo leería y lo haré. Cuando tenga tiempo.

―Claro, claro... Vaya, ¿y esto?

Detrás de los libros, Courfeyrac había encontrado un botón dorado. Estaba cubierto de polvo y el joven le sacó lustre con la manga para descubrir que tenía grabada una flor de lis. En los dominios de Enjolras no crecían esas flores. Si por él fuera, hubiera hecho como Atila y sembrado los campos con sal con tal de exterminarlas.

―¡Ah, ya me acuerdo! ―dijo Courfeyrac―. El juicio de Blanqui.

Qué gran noche había sido aquella... menos para Blanqui.

―Pero tú no estabas ―recordó―. Te fuiste temprano con Étienne.

Enjolras lo miró sin expresión.

―¿Y? ―intentó Courfeyrac.

―¿Y qué?

Courfeyrac le mostró el botón en calidad de prueba fehaciente.

―Grantaire me lo dio ―dijo Enjolras como si nada.

Courfeyrac alzó las dos cejas. Por supuesto que lo había hecho; probablemente se lo había arrancado al realista expresamente para él. Pues era todo un detalle, un trofeo de lo mejorcito que había a falta de cabezas reales en un cesto.

―Te lo dejo aquí ―dijo Courfeyrac poniendo el botón donde lo había encontrado―, en el estante de los pretendientes despechados.

Prefirió seguir de espaldas después de haber dicho aquello, pero sintió que la nuca le empezaba a escocer.

La cubierta de Valentine crujió nuevecita cuando Courfeyrac la abrió por la primera página. Allí encontró las palabras que la misteriosa Sand había plasmado allí para su Augusto.

Parodia la Trinité divine ―leyó en voz alta.

―Es un verso del Organt ―le explicó Enjolras sentándose en la cama.

―Oh... ¿Y por qué?

Enjolras se encogió de hombros.

―Tú sabrás, que lo has leído.

―Bueno, pues no me importaría leerlo de nuevo.

Courfeyrac se sentó a su lado, se quitó las botas y abrió resueltamente el libro sobre sus rodillas.

―¿No votamos? ―se quejó Enjolras.

―Oh, sí. Pero a ti se te acaba de declarar culpable de descortesía con una dama y has perdido tus derechos civiles, luego sólo quedo yo para ejercer los míos. Ahora, presta atención. ―Se aclaró la garganta―: "Elsureste deBerrycontiene algunasleguas de un país singularmentepintoresco..."

Enjolras se dejó caer sobre la almohada con un dramático resoplido. Courfeyrac creía que se dormiría enseguida, pero llegó al tercer capítulo sin que su amigo bostezara siquiera y, al final, el que empezó a dar cabezadas fue él.

Para cuando Courfeyrac volvió en sí después de una de aquellas "cabezadas", se había consumido la vela y ya era noche cerrada. Valentine descansaba en la mesa de noche, Courfeyrac bajo una cálida manta y Enjolras estaba dormido a su lado. Y aunque la cama de Enjolras no fuese particularmente espaciosa, Courfeyrac descubrió que podían dormir allí los dos confortablemente.

Aquellas noches, aunque Courfeyrac dormía poco porque velaba el sueño de su amigo, cuando se acostaba, dormía bien. Enjolras era un compañero excelente, no acaparaba las mantas ni invadía "su" lado de la cama, pero tampoco se quejaba si alguna vez Courfeyrac ponía su brazo alrededor de él. Era agradable tenerlo cerca.

Enjolras, por su parte, también parecía cómodo en su compañía porque, aunque solía tener los labios apretados con fuerza incluso durante el sueño, cuando Courfeyrac se acostaba junto a él, veía que su amigo suspiraba y que no tardaba en relajarse su expresión. Parecía muy joven así, tan inocente que uno llegaba a olvidar el fuego que brillaba en sus ojos azules. Su belleza resultaba entonces dulce y cautivadora, le recordaba que habían sido niños juntos, y hacía sonreír a Courfeyrac.

•••

Una de aquellas noches, Courfeyrac despertó para descubrir sin ningún sobresalto que Combeferre estaba sentado en el borde de la cama. Solía volver poco antes del amanecer y se quedaba hasta que debía regresar al hospicio.

―Hola... ―lo saludó Courfeyrac con la voz llena de perezosa ternura―. Tu paciente está muy bien.

Enjolras dormía a su lado como un ángel que posara para un retrato, con una mano descansando junto a su mejilla y algunos de sus rubios rizos esparcidos sobre su rostro, rozando sus labios rosados.

―Ya lo veo ―murmuró Combeferre sonriendo con la mirada.

Tras los cristales reinaba la oscuridad y un repiqueteo constante golpeaba la ventana y el farol que había debajo. Estaba lloviendo, y Courfeyrac ni siquiera lo había notado.

―Ven ―dijo a Combeferre tratando de hacerle sitio, pero él lo detuvo poniéndole una mano en el hombro y, acariciándole los rizos como Courfeyrac adoraba que hiciera, le dijo dulcemente:

―Duérmete.

Y Courfeyrac, que quería protestar, se durmió.

•••

Despertó a la fría luz plomiza de un amanecer nublado, y no supo si aquello había sucedido realmente. Combeferre, si había estado allí, se había marchado sin que lo advirtieran. Courfeyrac se levantó y caminó descalzo hasta la ventana, y desde allí contempló la calle mojada con desconsuelo. ¿Por qué eran tan frías aquellas mañanas de mayo? El verano no tardaría en llegar y parecía más lejos que nunca.

Un escalofrío se agazapaba en su piel, y Courfeyrac se rodeó con los brazos. Algo suave y cálido cubrió su espalda, y Courfeyrac se giró para encontrar a Enjolras junto a él. Sobre sus hombros había puesto su levita, la de color borgoña que tanto le favorecía.

Te sienta bien el rojo ―solía decirle Courfeyrac. Y algunas veces, Enjolras sonreía.

―Hace frío ―comentó Enjolras sin mirarlo directamente, concentrado en ajustar la prenda sobre sus hombros―. ¿Y quién será mi carcelero si enfermas tú también?

―¿Tu... carcelero? ―musitó Courfeyrac.

―Uno muy persuasivo. No creas que no sé que me has escondido los zapatos.

Courfeyrac sonrió sin proponérselo, rozando la prenda que tan cuidadosamente envolvía sus hombros. A su lado, Enjolras dejaba volar la mirada sobre los tejados. Así como estaba, con el rubio cabello desarreglado, la mirada brillante y fija de sus ojos y las mejillas aun acaloradas en contraste con su piel de porcelana, Enjolras transpiraba una sensualidad casi salvaje y del todo inconsciente, la del cachorro que hubiera crecido sin saber que posee colmillos y garras.

Y que tal vez no lo sepa hasta que despedace a alguien...

Quizá fue porque Courfeyrac tardó demasiado en apartar la mirada; quizá porque, al volver Enjolras la vista, vio algo en sus ojos que lo inquietó tanto como a él, pero aquel día hizo algo que no había hecho nunca...

―Prepararé café ―dijo.

Había... bajado la mirada.

Sobresaltado más allá de todo lo comprensible, Courfeyrac se pasó el resto del día turbado e inquieto. No era capaz de concentrarse ni en leer el periódico, tropezaba constantemente con las palabras y, de propina, tropezó hasta con el café. Así se solucionaron dos problemas: ya no había café ni tampoco periódico. Pero el tercero y peor persistió durante toda la tarde.

Courfeyrac miraba constantemente el reloj preguntándose cuándo vendría Combeferre. Pero, al parecer, Combeferre había escogido precisamente ese día para no visitarlos, y en su lugar vino Joly con la cena y con recado suyo. Había mucho trabajo en el hospital, decía la nota, y cada vez menos ayuda. Pedía a Enjolras que fuese paciente y cuidadoso con su salud, a Courfeyrac que fuese paciente y cuidadoso con Enjolras, y los abrazaba a los dos. Courfeyrac no podía sentir más amargura.

•••

Aquella noche, cuando volvieron a quedarse a solas, Courfeyrac se sentó junto al fuego con Valentine abierto por la primera página. Miraba sin ver la elegante caligrafía de Sand y las misteriosas palabras que había escrito allí de su puño y letra. Cada vez que se atrevía a alzar la mirada y veía la figura dormida de Enjolras, el recuerdo de aquella mañana volvía a él.

No era que Courfeyrac no fuera consciente de la belleza de Enjolras; lo era, igual que todo el mundo, pero nunca había pensado en él en aquellos términos. En "aquellos términos" nunca había habido otro que no fuera Combeferre, y sólo porque era Combeferre.

Enjolras, sencillamente, parecía por encima de aquellas cosas.

Courfeyrac, que lo quería bien, deseaba que apareciera alguna vez la persona capaz de conmoverlo, pero a lo mejor esa persona no existía. Eran tantas las lindas muchachas que lo habían dejado indiferente... A Courfeyrac se le había pasado por la cabeza la idea de que su amigo pudiera preferir la compañía de otros hombres. Sin embargo, se acordaba del internado y de un chico llamado Fabrice Duchamp, que aunque era un poco cretino era bien parecido y encantador cuando quería. Después de haberle echado el ojo a Enjolras (y algo más que el ojo, por lo que se decía), ya no era tan bien parecido. Courfeyrac no estaba al corriente de los detalles pero, como era un amigo leal, había decidido que si el seductor Fabrice Duchamp iba por ahí con un brazo en cabestrillo y luciendo una flamante nariz nueva sería porque se lo merecía, y se había sentido moralmente obligado a aportar su granito de arena poniéndole al chico la zancadilla por las escaleras, derramándole encima la sopa hirviendo y otras gentilezas de las que Courfeyrac ya no se acordaba. Pero seguro que Fabrice Duchamp, sí.

En aquella época se le había ocurrido a Courfeyrac pensar en Combeferre. No había nadie en el liceo que mereciera la atención de Enjolras tanto como él. Aunque fueran los tres inseparables, existía entre Combeferre y Enjolras una conexión especial, un entendimiento profundo del que Courfeyrac no participaba del todo, y en secreto se había preguntado si no se querrían entre ellos más que a él.

Malos consejeros habían sido los celos.

Courfeyrac recordaba el día que Combeferre y él habían compartido aquella primera experiencia íntima. Se lo había contado en confidencia a Enjolras a la primera oportunidad, aquella misma noche. Para cuando acabó de relatarle lo ocurrido sin escatimar en detalles, Enjolras lo estaba mirando con los ojos como platos.

Eso te lo acabas de inventar ―lo acusó desabridamente―. ¿Por qué siempre tienes que estar burlándote de mí?

¿Cuándo me he burlado yo de ti? ―le respondió Courfeyrac, dolido. No lo entendía, ni tampoco por qué él no lo creía―. ¿Y por qué me lo iba a inventar?

Enjolras lo miró con los labios apretados, como si en el fondo se estuviera haciendo aquella misma pregunta.

¿Es verdad? ―dijo con cautela―. ¿Y él... te lo ha permitido?

Courfeyrac tuvo que echarse a reír. ¿Que si se lo había permitido? Le explicó algunas cosas más que él escuchó muy serio. Al final, después de considerarlo un momento, Enjolras dijo:

Bueno, pues haced lo que queráis. Está bien si a vosotros os parece bien.

Y se durmió.

Courfeyrac no podía estar más de acuerdo, y aunque la indiferencia de Enjolras lo había decepcionado un poco, se fue a su cama contento.

No fue hasta que Enjolras abandonó el liceo que Courfeyrac consideró lo que había hecho y comprendió lo mezquino que había sido. No había excusa para sus tontos celos ni había sido honesto con Combeferre al hablar de aquello a sus espaldas, pero no fue capaz de confesárselo porque, aunque en el liceo tenía muchos amigos, de algún modo sentía que ya sólo lo tenía a él.

La noche que Enjolras se marchó sin que los dejaran despedirse, Courfeyrac había salido a hurtadillas de su cuarto para ir a la cama de Combeferre como solía hacer de niño cuando se asustaba de las tormentas y del viento.

No estés triste, Henri ―le había susurrado Combeferre acogiéndolo entre sus brazos, allí donde todas las miserias dejaban de existir―. Lo volveremos a ver.

¿Cuándo?

Pronto.

Pero no fue pronto, y Courfeyrac lo echaba terriblemente de menos. Ahora que tenía a Combeferre para él solo, ya no era feliz.

Recordar aquello entristecía a Courfeyrac, pero aquellas cosas pertenecían al pasado. El caso, pensaba, era que quizá a su amigo no le hubiese hecho ningún bien pasarse la adolescencia preso político en su casa, con su padre y los criados por toda compañía. Courfeyrac estaba decidido a remediar la soledad de su amigo, pero él no había querido ni uno solo de los corazones que le habían puesto a los pies. No lo conmovieron las muchachas que lo miraban tiernamente, ni el imbécil de Fabrice Duchamp, con sus ojos grises y su sonrisa de seductor, ni la misteriosa Sand, ni tampoco Grantaire.

Y nunca se le había ocurrido a Courfeyrac que, en realidad, podría...

―Podrías ir al hospital.

Courfeyrac se sobresaltó tanto que casi dejó caer el libro. Enjolras estaba sentado en la cama y desde allí lo miraba.

―Deberías ir.

―¿Por qué...? ―musitó Courfeyrac.

¿Quieres que me vaya?, pensó en un arrebato de terror. Pensó que aquella mañana lo había incomodado, que su indiscreta mirada había delatado sus pensamientos y que ahora él...

―Étienne no habrá cenado ni descansado en todo el día ―le explicó Enjolras―. Estoy preocupado por él.

―Oh... ―comprendió Courfeyrac. Así que sólo era eso. Eran el uno para el otro, Combeferre y Enjolras. Y él, un completo idiota―. Por un momento he creído que intentabas deshacerte de mí ―sonrió inseguro.

―¿Por qué haría yo tal cosa?

―¿Qué sé yo? Soy tu carcelero.

―¿O soy yo el tuyo?

Courfeyrac negó con franqueza. Le gustaba estar allí con él.

―Quisiera saber qué te preocupa ―dijo Enjolras de pronto―. No preguntaré, pero no creas que no noto que algo te angustia. Te conozco, Henri, y sé que hace tiempo que no eres tú.

―Yo... ―titubeó Courfeyrac. Enjolras no había pretendido acorralarlo pero así se sentía. Apretó el libro entre sus manos. Deseaba contárselo, realmente lo deseaba. Nunca había pensado que llegaría el día en que no pudiese confiarle algo a Enjolras, y no entendía las reservas de Combeferre.

Por el amor de Dios, ¡es Julien! le había dicho Courfeyrac aquella noche, la noche que voluntariamente habían puesto fin a algo que apenas había comenzado.

Habían pasado ocho meses, y parecía que hubiese sucedido ayer.

Pero ayer, Combeferre se había marchado de madrugada, y Enjolras estaba allí con él. Con él a su lado no lo había despertado la lluvia, y en la mañana fría él le había puesto su abrigo. Estaba tan encantador, y era... tan real. Aquello lo devoraría, Courfeyrac estaba seguro. No podía librarse de aquel pensamiento.

Bajó la mirada hacia el libro que tenía sobre las rodillas. El fuego crepitaba suavemente junto a él, y en alguna parte se oyó el aullido de un perro. París dormía y él soñaba despierto.

―No puedo ―murmuró distante.

―¿Qué?

―No puedo dejarte solo. Escaparías ―dijo con una débil sonrisa.

―Te prometo que no lo haré ―oyó que Enjolras le decía.

Pero Courfeyrac negó y cerró el libro sobre sus rodillas.

―Mañana ―murmuró―. Mañana, si te sientes bien, iremos juntos.

Enjolras asintió y no lo presionó.

―Entonces, ven a dormir.

Courfeyrac no sabía si sería capaz de dormir pero fue de todas maneras. Se desnudó de espaldas a Enjolras, incapaz de ocultar de otro modo la tormenta que había en sus ojos, y se acostó entre sábanas caldeadas de otra piel. Hundió el rostro en la almohada impregnada del tibio olor de Enjolras y se preguntó cómo sería dormir enredado en su cabello.

Debía huir como fuera o aquello acabaría con él. Dormiría y por la mañana lo habría olvidado todo, y jamás se habría preguntado a qué sabrían sus labios ni cómo... se sentiría su cuerpo... fiero y precioso y virgen. Enjolras sería un fuego, sabría a miel y furia y a tormenta. Y lo cuidaría, lo salvaría de aquel dolor.

Por el amor de Dios, ¡es Julien!

Courfeyrac cerró los ojos y se durmió conteniendo las lágrimas.

•••

―Henri...

Tengo sueño.

Lo sé, ya lo sé.

―Henri.

¿Quieres que me vaya?

Di sí o no. Di sólo...

Courfeyrac no lo comprendía, y su propio nombre seguía acariciando en susurros los bordes dentados de su consciencia. Aquella voz calmaba su alma desgarrada, pero...

¿Étienne?

No era él. Courfeyrac no encontraba el calor de su sonrisa, y sabía que él ya no lo amaba. Le pidió que regresara, sollozó, se hubiera arrojado a sus pies, pero era demasiado tarde...

Llovía entre las hojas del tejo y el viento salado agitaba las ramas con fuerza. La hierba estaba perlada de bayas rojas, de flores blancas. Combeferre llevaba una corbata de seda azul que Courfeyrac había anudado con sus dedos. Si no los hubiera interrumpido la lluvia, lo hubiese besado de nuevo.

Ayúdame, Julien ―quería decirle―. No sé qué he hecho para perderlo pero haz que me perdone.

Un roce en su mejilla lo sacó de aquel infierno. Oía una voz que lo llamaba por su nombre y palabras susurradas a media voz, cálidas contra el frío que lo hacía temblar. Courfeyrac se estremeció y abrió los ojos...

Eran azules los ojos que lo miraban; no azul claro como el cielo de amanecer sino intensamente azules como las estrellas. Debían ser los ojos más bellos de la creación, y adornaban como joyas el rostro de un ángel. ¿Apolo? Eso, jamás. Apolo, cansado de envidiar tanta hermosura, lo hubiese amado también.

―Julien...

―Vamos, cálmate.

―¿Qué...?

―No quería despertarte. Parecía que tenías pesadillas ―dijo Enjolras. Las sombras vestían su piel desnuda y un rizo solitario había rodado sobre su hombro. Parecía una hebra de plata, un rayo de luna...

―¿Te encuentras mejor?

―No... ―se oyó decir Courfeyrac. Estaba muy, muy lejos de allí―. ¿Por qué nunca te han besado?

Le respondieron un parpadeo y un silencio perplejo de varios segundos.

―¿Qué?

―Es terrible que nunca te hayan besado ―dijo Courfeyrac. Lo era; era terrible que aquellos labios no conocieran más fuego que el de las palabras―. Yo te besaría...

―Henri... ―murmuró Enjolras empezando a erguir la espalda. Courfeyrac lo siguió incorporándose sobre un codo.

―...si tú quisieras.

Enjolras lo miró mudo de asombro. Había una suerte de terror en sus ojos...

Y eso estaba bien, porque los de Courfeyrac se habían llenado de una peligrosa determinación.

―Deja que te bese.

―N...

Courfeyrac se alzó hacia él y lo besó, y entre sus labios encontrados murió toda réplica. Por alguna razón, aquel beso no supo a traición, a despecho ni a culpa. Fue simplemente... sorprendentemente... perfecto.