Segundo estra, este ambientado hace... muchos, muchos años y, por variar, narrado en primera persona. España OoC en cierta forma.

¿Review por caridad?

...o...o...o...

Aquel día que fui apresado, sentí una nueva emoción llenando mi ser. Nunca la había sentido de tal manera, mas esa vez lo conseguí. Ira, desesperación, decepción... Todas aquellas emociones mezcladas juntando una sola: Odio. Un odio ciego a la persona que me había traicionado mientras decía ayudarme, y todo por envidia. Envidia, sí. Algo estúpido, pero cierto. El país que aspiraba a ser el más poderoso y conquistar el mundo entero había sido ocultado por la sombra del imperio español, cosa que enloqueció a nuestro querido Inglaterra. ¿Por qué, siendo algo tan infantil, hizo que sufrieran, además de uno mismo, muchos más? La imagen de mi protegido y secuaz no salía de mi mente, siendo todavía tan pequeño y débil, con Francia y Turquía aun deseando ponerles sus sucias manos encima.

Quizás deba poner en situación qué ocurrió con nuestro antagonista, aunque ya os hagáis una idea. Por envidia del poder que una potencia atrasada en comparación a él había ganado, decidió mandar a piratas para atracar a mis barcos rumbo a América. Sabiendo que él solía lidiar con ellos, le pedí ayuda, mas ignoró mis súplicas ya que todo aquello realmente era parte de su plan. Un día descubrí su treta y tuvimos una fuerte discusión, aunque terminé perdonándolo, ya que en mi corazón no había cavidad para el resentimiento. No obstante, nada más abandonar tierra gobernando mis navíos, los piratas me capturaron y allí estuve, en el barco donde no mucho más tarde descubriría que el capitán era el mismísimo inglés.

En el momento en el que lo descubrí fue cuando afloró todo aquel odio desmesurado. Encadenado a la pared de la bodega-calabozo, fantaseé mil maneras diferentes de asesinar y o torturar a aquel cejudo prepotente, terminando al borde de la locura. Siempre que podía, frenaba todos aquellos pensamientos centrándome en otros más agradables, recordando a amigos para así no terminar ido por completo. Ya había sido apresado muchas más veces, pero aquella fue la que consiguió realmente desquiciarme.

Algunas veces había podido intercambiar palabras con algún que otro prisionero los cuales por no ser naciones, resistían poco y terminaban por ser arrojados al mar. Uno me habló sobre cómo se había instruido en alta mar y me dio algún consejo que recordé y recordaré siempre.

Mi alimentación consistía la mayor parte de las veces en sobras de la comida de ese día, ya que cómo era una nación, no iba a morir de hambre. Algunas veces incluso recibía la grata visita del capitán, regocijándose ante mí por su victoria. Yo solamente lo miraba sin expresión, ya que si me hubiera quejado o simplemente hecho una mueca, mi enemigo habría ganado la guerra psicológica.

– ¿Cómo está "El Imperio donde Nunca se Pone el Sol"?– Él solía preguntar– Mírate. Cubierto de mugre y sin fuerzas para siquiera moverte.

– ¿Sabes? En estos últimos 42 días he podido analizar toda esta habitación, buscando cualquier error, cualquier forma de escapar, pero siempre que apareces, mi único pensamiento es: ¿Pero qué mierda de cejas son esas?– Comenté un día, tras sus clásicas burlas.

Sus gatos muertos en vez de cejas se alzaron, para luego arquearse y así mostrar su enojo.

– ¡Qué descaro! ¿¡Cómo te atreves a decirme eso!?

Su voz se puso aguda con aquellos gritos. Era realmente gracioso escucharlo en aquel tono de crío enfadado. Me agarró de la cadena del cuello y tiró de esta, haciéndolo mirar directamente a los ojos. Tras esto, me escupió, recibiendo un cabezazo de mi parte. Volvió a gritarme de forma infantil. Con tanta queja no alcanzó a oír como su pequeño cuchillo que portaba cerca de la espada caía al suelo. Sonreí para mis adentros.

–Pagarás por tus osados actos. Cuando atraquemos, iré a visitar al pequeño que tanto cuidas con anhelo. ¿Italia del Sur?

No pude evitar mostrar emociones al escuchar aquella amenaza. Con toda la rabia que había acumulado desde que había llegado, intenté echarme sobre él, arrancarle los ojos y romperle los huesos. A pesar de mis esfuerzos, estaba lo suficientemente lejos como para que las cadenas me impidieran alcanzarlo, consiguiendo únicamente clavarme más los grilletes en mi propia piel malherida.

-He castrado a toros con mis propias manos- Dije, sonriendo de una forma que consiguió que el otro se apartara todavía más-. En tu caso, será mucho más fácil, si es que tienes, cobarde de mierda. Si te atreves a tocar a mi Romano, te mato. Me da igual que seas una nación. De algún modo acabaré contigo. No toques a mi secuaz.

Inglaterra alzó una ceja, mostrando que mis insolencias le habían molestado. Sin decir más, abandonó la habitación, dejándome solo. Aprovechando eso, acerqué como pude el cuchillo que el inglés había dejado caer accidentalmente y lo agarré con mis pies descalzos, para pasarlo a mi mano y así intentar forzar la cerradura de los grilletes. No conseguí más que decepciones, hasta que comencé a golpear el cuchillo en una parte que parecía débil de las cadenas, finalmente liberándome de forma milagrosa.

Me costó caminar al comienzo, debido a las incontables semanas que llevaba sin poder moverme más que para salir unos segundos de vez en cuando. Practiqué un rato con el cuchillo, tratando de imitar todos los movimientos que solía ver en los piratas cuando salía o lo que aquel prisionero me contara. Era bastante pequeño, pero podía ser letal si se asentaba un golpe certero.

Escuché unos pasos acercándose y me escondí en las sombras de la oscura habitación, al lado de la puerta. Cuando esta se abrió, clavé mecánicamente el puñal en el cuello de este, consiguiendo que la sangre salpicara mi cara. No era la primera vez que asesinaba, mas sí la primera que no sentía nada al hacerlo. Con una mano sujeté el cadáver y con la otra me limpié. No quería que hiciera ruido al desplomarse. Tras eso, encadené al cadáver, dejándolo a modo de remplazo. Aquella persona venía a traerme la cena, por lo que el resto de la noche estaría sin más vigilancia que un simple hombre que se asomaba de vez en cuando desde lo lejos, y siendo una habitación sin luz, no distinguiría nada.

Agarré la pequeña espada que el muerto antes poseía y me la llevé conmigo, empuñándola como si mi vida dependiera de la fuerza con la que sujetara el arma. Mi miedo parecía haber desaparecido, dejando solo sitio a la emoción del momento. Estaba deseando encontrarme al capitán y poder cortarle cada dedo de sus extremidades y dejarlo arrojado en el suelo, suplicando clemencia, para después comenzar con los cortes mortales. Tan sólo imaginarme a Inglaterra tocar, meramente rozar a mi secuaz hacía que mis deseos psicópatas aumentaran de forma alarmante.

Finalmente, encontré su camarote y entré en él con el mínimo ruido que pude hacer. Acostumbrado a la oscuridad, pude distinguir que no había nadie más que yo en aquella habitación. Maldije varias veces mentalmente, para comenzar a desordenar la habitación en busca de aquel desgraciado. En ese momento escuché cómo la puerta se abría. Por la respiración nerviosa que pude escuchar tan solo unas milésimas de segundo antes de atacar, Inglaterra había llegado. Mi espada cortó su chaqueta, la cual utilizó él de forma automática para defenderse. Una fina banda de tela cayó al suelo. Inglaterra huyó de allí, subiendo hasta proa. Mientras, yo recogí la tira de tela y me até el cabello que me había crecido en esos casi dos meses, dejando una pequeña coleta. No tenía excesiva prisa, ya que sabía que no había nadie a esas horas fuera, e Inglaterra no podría huir a ningún sitio aunque lo intentara.

Subiendo las escaleras, comencé a pensar en qué haría después de asesinar al jefe del barco. ¿Huir, obligar a la tripulación a tratarme como su capitán? ¿Y si no conseguía vencerlo? ¿Cómo haría para huir estando en medio del océano? En ese momento sí me invadió el pánico, aunque seguí subiendo hasta dar con lo que sería un duelo.

-Es extraño que no hubieras avisado a todos tus lacayos- Le comenté, mirando como blandía su espada hacia mí de forma desafiante.

-Prefiero algo justo. Muchas putadas te he hecho ya. Además, será más divertido sin ayuda.

Apenas recuerdo que pasó exactamente. Sé que en un momento dado, no dejábamos de atacarnos sin compasión. Él movido por una correosa envidia, y yo por el miedo a perder a una de las cosas más preciadas que tenía y todavía tengo. Sin previo aviso, el barco comenzó a zandearse debido a un fuerte impacto recibido en babor. Por suerte, destino o un mismo dios, mis hombres habían dado con el barco pirata que me había capturado, y estaban hostigando el barco a cañonazos. Abordaron varios españoles y consiguieron salvarme. No recuerdo cómo siguió el abordaje, pero sí consigo percibir en mis memorias cómo corté ligeramente el estómago del capitán pirata en medio de todo aquel caos.

Cuando finalmente llegué a casa, Romano al verme me golpeó muy fuerte en el pecho con uno de sus cabezazos característicos. Realmente los había echado de menos. Tras esto, lloró en mis brazos unos minutos y quedó dormido.

¿Por qué estoy escribiendo todo esto? Quizás por desahogarme de una vez por todas ya que lo he guardado durante años. Debía y debo seguir siendo un país positivo y alegre, ¿verdad? ¿Quién quiere una historia así o una España deprimente?

Cuando termine esto, es decir, ahora mismo, iré junto a mi secuaz y lo abrazaré, porque gracias a él pude aguantar la locura, gracias a él escapé.