CENTRO DE LA CIUDAD

Las calles se hallaban poco transitadas aquella mañana de noviembre, bajo el cielo despejado cubriendo prístino y cálido el gran Santo Domingo.

Hacía mucho tiempo que Haruka no tomaba el metro, toda vez que no tenía necesidad de ello, ya que a pesar de haberse mudado de casa en dos ocasiones, seguía viviendo particularmente cerca del colegio, donde todavía era profesora. Exactamente el mismo colegio. Exactamente la mismo profesora.

Los hombres propenden a creer

que lo que es seguirá siendo

(Madame Stäel)

Quiso jugar a que su memoria aún estaba fresca, reteniendo en su mente la dirección que ayer Michiru le diera en lugar de anotarla en alguna libreta, como hubiese sido lo más prudente, y que ahora en sus adentros lamentaba no haber hecho. Sin embargo, al llegar a la casa en la calle y con el número que él estaba técnicamente segura eran los correctos, le pareció haber llegado, más que a una vivienda, a un recinto militar: una gruesa y amplia pared decorada en granito y mármol, un portón imponente como obra de arte de herrería (que Michiru le había dicho dejaría abierto para él, y en efecto estaba abierto), alambres de púas coronando todo el perímetro…

El poder se inventó para que sus favorecidos lo disfruten

(O. Bazil)

Entra, y entonces sí ve una casa normal. Grande y bonita, en efecto, con una enorme planta en un tarro a la derecha de la puerta, dentro de la cual Michiru le había dicho estaría la llave con que abriría ésta, habiendo ella escogido este escondite en honor a esa planta que Ami solía tener cuando vivía en el edificio, y a la que Haruka tenía la mala costumbre de regar en demasía por las mañanas.

-¡Buenos días! ¡Hola! ¡Michiru!- Saluda en voz alta al entrar, siendo su voz opacada por el tocadiscos a todo volumen.

No soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir…

Pero nadie contesta. Sin embargo, por un momento, quedó particularmente impresionada con la sala de aquella casa. Parecía más bien el hábitat de una lesbiana soltera, en efecto, porque si bien era cierto tenía cortinas en encajes, jarrones de un estilo tal que hacían parecer la sala un museo de arte moderno, un sofá en animal print, no estaba propiamente embadurnada del toque femenino que suelen exhibir comúnmente las salas de las casas. El tocadiscos era antiguo, pero estaba como nuevo y resplandecía como una joya bajo los rayos de luz matinal que se colaban por los ventanales corredizos, enormes como puertas. A su lado, un estante dispuesto para organizar uno a uno los numerosos vinilos que despertaron su curiosidad. Daba gusto ver todo aquello. Eran sus artistas favoritos: Pecos, Adamo, Di Bari, Braulio, Camilo, Sandro… Entre los muebles, una mesa amplia de cristal de centro, de diseño algo minimalista (no podía ser mejor), y sobre ésta una caja de madera exquisitamente tallada.

Lucía como un baúl.

Se acercó.

No menos que saber,

dudar me gusta

(D. Alighieri)

Levantó la tapa, despacio. En su interior, unos libros que parecían ser decorativos, algo así como una colección.

Era la colección completa de Anthony De Mello, incluso, tenía algunos libros de los que él sólo conocía el título y que no había llegado a leer.

Y de repente escuchó, o creyó escuchar, un ruido particularmente inquietante por encima de la música, que parecía provenir de la cocina. Camina hasta el comedor, justo al final de la ancha sala, y mira hacia su derecha estas puertecitas pequeñas y pares que se cierran solas al cruzarlas, como las de las cantinas de las películas de vaqueros, custodiando la entrada a la cocina. Pero no llegó a cruzarlas.

Nadie puede cambiar su pasado,

pero todo el mundo puede contarlo al revés

(N. Clarasó)

Haruka alcanza a ver sentada al borde del fregadero, una mujer espigada, hermosa, su cabello negro y abundante cubriendo toda la longitud de su tronco desnudo, que apretaba con sus manos la cabeza de Michiru, cubriendo por completo sus orejas, y aferrándola firmemente al espacio entre sus piernas, que Michiru sostenía abiertas tomándole de las pantorrillas.

Vivamos, Lesbia mía,

y amemos

(Caluto)

Quiso marcharse.

No, no es cierto, no quería marcharse, e igualmente quería. Y sin embargo, se encontraba paralizado ante esta visión digna del Carmina Burana. Y de repente, aparte de gemir exhuberante, la mujer ha abierto los ojos y le ha mirado sin sorpresa ni asombro, incluso hasta le sonríe.

Haruka reacciona como si algo tirara de ella, y regresa a la sala con tanto alboroto, que Michiru logra escuchar sus pasos y hasta el estrépito de un jarrón con el que tropezara y que se hiciera pedazos al caer.

Se es virgen del horror

como se es virgen de la voluptuosidad

(L. F. Céline)

-¡Oh por Dios!- Exclama Michiru, saliendo espantada de la cocina y cerrando presurosa su bata.

-¡Perdona! Te llamé pero no contestaste, así que entré…-

-Discúlpame tú, debí preguntarte a qué hora vendrías.-

-Y yo debí decírtelo… Lamento mucho lo de tu jarrón.-

-No te preocupes, no me gustaba tanto.-

-¡Gracias a Dios que tienes ropa puesta…!- Haruka exhala como si fuese a desplomarse, reposando sus manos por un momento sobre sus rodillas, no pudiendo haberse encontrado en una situación más apremiante. Michiru ríe a carcajadas y hasta más no poder, llevando a su invitada hasta un sofá, donde la pone cómoda.

De lo sublime a lo ridículo…

(N. Bonaparte)

-Si supieras que no suelo usar bata por las mañanas, y justamente hoy me puse ésta por pura casualidad… Dame sólo unos minutos, pondré las cosas en orden por aquí y enseguida regreso. Y te prepararé un café.-

Haruka la sigue con la mirada, viéndola adentrase en las profundidades de la casa hacia lo que parecían ser sus habitaciones, y regresar, pijama en mano, para entrar a la cocina y salir de ella con su amiga ahora vestida, quien insistía curiosa en conocer a la ruidosa visitante, mas Michiru le insta a darse una ducha y ponerse ropa primero.

Donde no hay humor

existe el campo de concentración

(E. Ionesco)

-Tu casa es fabulosa, definitivamente. Estoy encantada. Mis libros favoritos, mis discos favoritos, incluso la decoración es perfecta, es como si esto fuera un universo paralelo y tú fueras mi otra yo, sólo que más joven, más acaudalada…-

–Más buenmoza.-

–Eso estaría abierto a discusión.- Replica, acariciando como que lo arregla, el cuello de su camisa. -¡Incluso, tienes el canal para adultos en vivo ahí en la cocina!-

Ríen los dos a carcajadas y con soltura. Esa mañana de domingo, sosteniendo frente a sus ojos la enorme taza de café, Haruka termina de convencerse de que, definitivamente, su niña había crecido, y más ahora que alcanza a ver el celaje de sus pechos entre los pliegues de su bata de algodón rosa.

Exegi monumentum

(Horacio)

-Y más soltera…

-¿Y tu novia?

-¿Rei?- Michiru ríe mientras remoja su sobrecito de té dentro de la taza, porque el café nunca le gustó. –Somos pareja, pero mientras no vivamos juntas sigo siendo soltera, ¿no crees?… Ella es una chica de lo más simpática y dulce. No es que pueda hablar con ella sobre la revolución francesa ni nada por el estilo, pero como dice De Vita, ella rompe mi soledad… ¿Sabes? Estoy convencida de que yo soy la mujer que tú serías, si no hubieses conocido a Ami. Una versión más oscura de ti misma…-

-No hables así.- Le interrumpe Haruka. -Mira todo cuanto has logrado, en qué lugar vives: una linda casa, una hermosa compañera… No debo saber más para estar seguro de que has de ser una mujer sumamente exitosa, Michiru. Estoy muy orgullosa de ti.-

-Estás siendo algo superficial, mi querida enemiga… ¿Recuerdas a El Principito? Lo esencial es invisible para los ojos: yo soy la Haruka que lo tiene todo, y no tiene a nadie con quien compartirlo. Una casa fabulosa a la que llegar, pero sin nadie que me abra la puerta. A lo Cernuda, sin hijo que me espere como a Ulises, sin Ítaca que aguarde y sin Penélope… Esta chica me quiere, y yo la quiero también… Pero no como a Ami… Es diferente. Por cierto, ella no sabe que mi nombre es Michiru. Prácticamente, nadie lo sabe. Por favor, cuando estés conmigo, llámame…-

-¡Perséfone, preséntame a tu amiguito!- Exclama Rei, entrando a la sala vestida con ropa deportiva, muy llamativa y sexy.

-Por supuesto mi vida, ven acá.- Le dice Michiru, extendiendo hacia ella su mano y haciéndola sentar sobre sus piernas. –Rei, te presento a Miss E; Miss E, Rei.-

-¡Mucho gusto, Miss E!- Le saluda Rei, extendiéndole atrevida el dorso de su mano para que la bese.

-El gusto es todo mío.- Le responde Haruka, besando en efecto su mano. Rei ríe con picardía que gusta y asusta, y le dice algo a Michiru al oído, que ésta pareció responderle incrédula tan sólo con mirarla.

-Ahora debo irme al gimnasio.-

-¿Y cuándo regresas?-

-No me esperes moi. Es que de ahí tengo que ir al salón, al spa y pasar por la tienda, que estoy encuera y descalza. Pero yo ya te lo había dicho cuando estuvimos en El Embajador, ¿lo olvidaste?-

-Es cierto mi vida, tienes razón.- Michiru la despide con un beso. Rei se levanta y se dispone a marcharse.

-¡Adiós Miss E!- Exclama en ese tono peculiar de voz al que Haruka no termina de acostumbrarse. Cuando está a punto de abrir la puerta… -¡Perséfone! Por favor…-

Parecen hablarse con la mirada. Justamente, Michiru le entiende y le dice que espere un momento, que casi se le olvidaba. Se adentra a su habitación y regresa a toda prisa con una tarjeta, que le entrega a Rei. Vuelve a besarle en la boca, y entonces la ve marcharse.

Están solas.

Nuevamente, sentadas la una frente a la otra.

–No necesito preguntártelo para saber que quieres una explicación.-

-Así es.-

Michiru se reclina en el sofá, esparciendo sus brazos cuan largos eran sobre el espaldar de éste, con las piernas cruzadas y la mirada hacia el techo. Toma un respiro, hondo.

No llames grande a nadie antes de su muerte

(Sófocles)

-No deberías estar tan orgullosa de mí… Ayer te conté que soy periodista y me dedico a preparar los noticiarios en la televisión, ¿cierto?-

–No, tú me dijiste que eres contable y que trabajas en una oficina de abogados… ¿Qué sucede aquí?-

–Soy química, y me dedico a la fabricación de bombas.- Michiru hace una pausa para observar que, aunque incrédula, es obvia la reacción de espanto y asombro de Haruka. Sin embargo, prosigue: –Estos artefactos, como entenderás, requieren de componentes eléctricos que los detonen. Aprendí el oficio mientras estuve en Xibalbá, donde también terminé la universidad. Allá tengo una socia, electricista, así como tú, con quien trabajé todos estos años y a la que quise traer conmigo, mas ella sintió que venir a Santo Domingo era navegar por mares desconocidos, y no quiso arriesgarse. Y yo sólo sé fabricar los explosivos, no los detonadores. Así que necesito a una electricista para llevar a cabo trece trabajos aquí en la ciudad, por cuya naturaleza, que te acabo de explicar, prefiero que nadie sepa tu nombre, o el mío.-

-¡¿Tú fabricas bombas?!- Haruka mira de un lado a otro, como si con este movimiento lograse poner orden a las ideas en su cabeza. –Y no soy electricista, soy profesora.-

-De informática.-

-Y también de historia y de religión… ¡No lo puedo creer, Michiru! ¡¿Qué has hecho?!-

-Te investigué. Lo lamento, tuve que. Tú terminaste otros estudios en mecatrónica y programación. Recuerdo que para tu tesis escribiste un programa con el que podías, en teoría, utilizar un satélite obsoleto como medio para jaquear cualquier aparato que tuviera GPS. La leí, muy buena por cierto, me pareció admirable…-

Con un solo movimiento de su mano, Haruka tira violentamente su taza, que se hace trizas contra el suelo.

Determínese despacio lo que para siempre se resuelve

(Séneca)

-¡Qué pretendes! ¡Qué crees que estás haciendo!- Haruka parece llenar ella solo toda la casa, de pie, caminando de un lado a otro como si quisiera irse y no encontrase la puerta.

-¿En serio te sorprende tanto?- Michiru trata de hacer alarde de un falso sarcasmo, que contrastara con el llanto enmudecido que atajase en el zafiro de sus ojos húmedos.

-¿Para eso fuiste a mi casa? ¿Para eso me buscaste? ¿Qué pretendes? ¿Contratarme?-

-No, no y sí. No regresé por ti, ya te lo había dicho. Sin embargo, en esta situación coincide que cuentas con las cualidades que necesito para que seas mi electricista aquí en Santo Domingo. Así que sí, quiero contratarte.-

Haruka se le acerca despacio. Muy despacio. Como si se le acercara a un demonio espeluznante, a una Escila, a la más monstruosa aparición.

-¿En qué te has convertido?- Le reclama, mudado el tono de su voz, tan furiosa como triste. Se marcha cerrando la puerta con tal fuerza, que al estrellarse ésta sonó como debe de sonar el fin del mundo.

Sola y quebrada, Michiru cierra sus ojos y llora amargamente, esfumada toda esperanza.

La vida en tanto

llora en los rincones

de espaldas a la calle

(R. Valera Benítez)


Siramad: Agradezco inmensa y sinceramente el aprecio que manifiestas hacia Perséfone.