Cuando Rin irrumpió en la oficina de Sesshomaru con la noticia, en menos de diez minutos el gran demonio ya estaba frente a frente con el demonio que muchas veces había arrullado Kagome en la era feudal: Shippo. Él había crecido, su cabello seguía rojizo y atado en una coleta alta, sus ropas seguían siendo las mismas, pero adaptadas a su tamaño. Su mirada ya no guardaba la inocencia que poseía de niño y el ceño fruncido en su rostro dejaba ver que algo no andaba bien. Shippo miró a Sesshomaru a los ojos por unos segundos, luego la escondió bajo su flequillo, Rin; que observaba en silencio, no supo su lo hizo por vergüenza o por sentirse intimidado. Luego de unos minutos de silencio incómodo, decidió intervenir.

—Shippo dice que sabe dónde está Kagome.

Shippo se encogió en su lugar.

—Lo siento mucho, Sesshomaru, no lo sabía.

—Habla.

La voz demandante de Sesshomaru resonó fuerte en la habitación, estaba intentando controlarse, no tenía paciencia suficiente para esperar a que el mocoso zorro se antojara a delatar la localización de su mujer y su cachorro. Miroku y Sango, que recién entraban en la sala, llegaron justo para ver con sorpresa como Sesshomaru tomaba a Shippo por el cuello y lo estrellaba con fuerza en la pared.

—El refugio de zorros, Souta me contó que la prestó a un amigo suyo.

—¿Souta? ¿Souta está en contacto con Naraku?

Pero Sesshomaru no se quedó a escuchar la respuesta.

Kirara se transformó y fue montada por la pareja de esposos. Rin les pidió que se adelantaran mientras ella buscaba a Ah-Hun.

Cuando lo encontró, Shippo no quiso subir con ella.

—Shippo, no es tu culpa, no lo sabías.

—Siempre estuve con ella, y cuando me necesitó no estuve… y siempre estuvo tan cerca.

—Primero debemos encontrarla, luego podrás disculparte si quieres.

» Shippo, me iré contigo o sin ti.

Shippo pareció meditarlo, pero subió también en Ah-Hun.

Sesshomaru volaba atravesando las ciudades directo al refugio. Con el paso de los años Shippo logró dar con una manada de zorros que lo enseñaron a manejar sus poderes entrenando, así que pronto el pequeño zorro se desprendió del nido familiar que Kagome le ofrecía para hacer su vida con los suyos. Souta se había unido a él al enamorarse de una demonio zorro rubia y se encontraban siempre en esa casa a orillas del mar, tienen una pequeña medio demonio como hija que Kagome llamaba "rayito de sol", pero la verdad era que Sesshomaru no recordaba su nombre.

Volaba tan alto que apenas podía divisar a los pequeños humanos andando en las calles y pronto lo que era un conjunto de casas, edificios y autos, pasó a ser una planicie verde donde una que otra casa se dejaba observar. A Kagome le gustaba el mar y a Sesshomaru le encantaba llevarla a cualquier lugar que la hiciera feliz. Sesshomaru recordaba la vez que Kagome le pidió un poco de su tiempo para acompañarla a una isla donde residía su familia paterna (familia que ella nunca le escuchó mencionar), allí pasaron la mayoría del tiempo en la playa, Kagome riendo y chapoteando con el agua, Sesshomaru simplemente mirándola, intentando adivinar qué cruzaba la cabeza de la humana.

Descubrió un extraño placer en mirarla.

Se descubrió devolviéndole la sonrisa.

Y ahora, ya años después de ese suceso, le resultaba irónico que el lugar donde la mantenía cautiva el mayor enemigo de ambos era a orillas del mar, de su mar.

El salino olor que poco a poco se hacía más intenso se vio opacado por el nauseabundo olor de Naraku. La mansión que recién aparecía en su campo de visión, oculta tras la montaña; estaba bañada en ese asqueroso olor, pero por debajo de toda esa capa tóxica en el ambiente, Sesshomaru percibió el olor de Kagome. Apresuró el vuelo y llegó a tiempo para ver a su amada en brazos de su medio hermano; frente a él, Lía se agachaba y cerraba los ojos. Sesshomaru no dejó que lograra sea cual fuere su objetivo. Sacó a Bakusaiga y de una estocada envió la onda explosiva.

Inuyasha y Sesshomaru cruzaron mirada, el primero totalmente estupefacto, el segundo; con una seriedad imperturbable. Sesshomaru aterrizó frente a Inuyasha, el menor asintió y bajó la mirada hacia el rostro de la embarazada entre sus brazos.

—Sólo está inconsciente —Respondió la muda pregunta de Sesshomaru. Alzó de nuevo la mirada hacia el demonio, no había cambiado para nada, seguía teniendo esa postura altanera y la gélida mirada, aunque Inuyasha creyó ver un atisbo de alivio al escucharlo.

—Maldito Sesshomaru, Nue me habló sobre ti; dijo que tuviera cuidado con tu espada. Aunque estoy muy sorprendida de verte aquí. Tu escape llamó mucho la atención, Inuyasha.

Lía tenía un líquido negro saliendo de sus brazos y espalda; y en su mentón y rostro tenía residuos recién limpiados con la mano del mismo líquido viscoso. Sesshomaru e Inuyasha estuvieron de acuerdo al pensar que era sangre. También, los pantalones anchos ahora estaban totalmente desgarrados, delatando que sus piernas estaban también cubiertas por esas extrañas venas verdes.

Sesshomaru se abalanzó contra Lía, la cual se dedicaba a esquivar con dificultad las estocadas cada vez más feroces. Retrocedía hasta que su espalda chocó con la pared blanca de la mansión, escupió sus balas de ácido, Sesshomaru bufó y cortó las pelotas antes de que explotaran, pero el líquido dentro de ellas se regó sobre él causando que la tela sobre su cuerpo se derritiera rápidamente bajo el efecto del ácido. Sesshomaru ni siquiera se inmutó.

—¡Sesshomaru!

El conjunto de gritos a sus espaldas llamaron su atención, miró de reojo solo para comprobar que Inuyasha dejó a Kagome en brazos de Sango, la cual la mantenía aferrada a su cuerpo sobre el lomo de Kirara. Rin había aterrizado junto a Inuyasha e intentaba tratar sus heridas. Los demás espectadores no llamaron su atención.

—Señor Sesshomaru, ¡el suelo!

Sesshomaru sintió como la arena bajo sus pies se volvía inestable y comenzaba a emanar un extraño humo. Lía se carcajeaba frente a él, arrodillada sobre la arena y las uñas firmemente enterradas; Sesshomaru contempló cómo las venas verdes en su torso se alargaron por sus brazos hasta cada una de sus uñas, parecían estar drenando algo. Y ese algo estaba derritiendo la arena. Sesshomaru voló en dirección al grupo, tomó a Rin en brazos y dejó que Inuyasha y Shippo montaran sobre Ah-Hun, no sin antes comprobar de nuevo que Kagome seguía en los brazos de Sango sobre Kirara, a espaldas de Sango estaba Miroku.

Cuando el humo se disipó, lo único que quedaba de Lía eran las manchas negras en el suelo.


Una semana, siete días seguidos fueron los que Kagome estuvo durmiendo. Hasta que una noche, mientras Sesshomaru contemplaba la luna en su balcón, escuchó un pequeño murmullo desde la habitación, al entrar la vio a ella tallándose los ojos adormecida, como una princesa de cuento recién despertada de un sueño mágico. Y la adorable barriga abultada bajo sus pechos alzaba la sábana en casi una luna llena.

Se apresuró a acercarse, rápido pero con disimulo. A veces olvidaba que su amada no lo recordaba.

Kagome acarició su vientre con preocupación, en sus labios nació una pequeña sonrisa. Entonces se dio cuenta de la presencia del demonio.

—Pensé que había pasado algo terrible, pero cuando sentí su aura inquieta como siempre supe que lo que sea que haya pasado, no sería tan malo que no pudiese arreglarse.

Sesshomaru la escuchaba en silencio.

—No sé quién es el padre, no recuerdo nada desde que la perla desapareció, tampoco sé si era planeado; pero sé que lo amo, ¿sabes? Y que seré capaz de cualquier cosa solo para que esta pequeña criatura sea feliz, para que nunca sufra, para que cada segundo de su vida lo valga todo, aún a costa de mi vida.

»Me alegra volver a verte, Sesshomaru.

Kagome sonrió hacia él y para él.

Sesshomaru asintió también alegre de verla.

Kagome saludó con los ojos a la pequeña sonrisa que nacía en la comisura de los labios de Sesshomaru.