Disclaimer: Los personajes son de S. Meyer; la trama es autoría mía. Para traducciones, publicaciones en otras páginas, etc, pedirme permiso a mí. ¡Jo!

Notas de autor: ADVERTENCIA - Capitulo cien por ciento Edward/Bella. Cursi. Romántico y demases.


ix. Seremos sólo dos.

"¿Cómo llegamos aquí?

Fue verte ahí, y acercarme a ti."

·

Me sentía extraña y completamente confundida. El corazón no se me había tranquilizado en lo poco que quedaba de la velada con el abogado de mi abuelo, y, peor, no podía pensar en nada que no fuera aquel beso que mi mejor amigo me había dado.

Y me picaban los labios, ahora fríos.

No podía concentrarme en lo que hablaba Edward con Marco y Dídima; oía y veía algo borroso y, estaba segura, no me encontraba en mi mejor estado. Era como si hubiera despertado de un larguísimo sueño, y aún no me aferrara a la realidad completa en sí. Todavía, en cierto modo, podía sentir los deliciosos labios de Edward sobre los míos, y a pesar de que fueron tres malditos segundos, fueron los tres malditos segundos más gloriosos de toda mi vida.

La cena terminó sin más, parecía una cena cualquiera. Marco se mostró muy pagado de sí mismo cuando dijo que Edward era un buen hombre para mí. Creo que asentí, porque yo aún me encontraba en mi burbuja privada donde, todavía, sentía las manos de Edward sobre mi rostro y sus labios con los míos.

¡Maldita sea! Tenía que dejar de pensar en eso ya, rápido. Salimos del restaurant en silencio, no tenía nada que decir, y, al parecer, él tampoco. Sacó el Volvo del aparcamiento con destreza y rapidez, maniobrando para entrar en las angostas calles de New York. El tráfico no era nada nuevo, y al ser viernes en la noche había bastante ajetreo en las aceras.

Observé todo con labios sellados. Quería decir algo, pero no sabía qué.

Edward, no tienes ni idea de cuánto me gusto que me besaras…

una vez más.

Cuando pensé en eso, sonreí ligeramente y sentí el calor en mis mejillas; aquellos eran los típicos síntomas que él podía crear sobre mí. Y no es que no me de cuenta de cuán importante era él para mí, lo que me dolía era que él no se diera cuenta, o que lo ocultara tras la serenidad de su rostro, que, admito, siempre me gustó.

Estaba más o menos puesta en mis casillas cuando viró una vez más, tomando un camino que yo conocía demasiado bien. Un pánico irracional elevó a mi rostro, y, creo, una mueca extraña adornó mis gestos, antes, tranquilos.

—¡No, no! —exclamé. Él no dejó de conducir, pero me miró por el rabillo del ojo con curiosidad; alzó una ceja perfecta—. No quiero… ir a casa aún —expliqué en susurros.

Se quedó en silencio por segundos, los cuales me parecieron horas.

Relamí mis labios con impaciencia, y jugué con la tela de mi vestido, las manos me sudaban nerviosa y estúpidamente. Parecía una adolescente enamoradiza.

—Ya es tarde —dijo.

—Está bien, déjame aquí, entonces —pedí, de verdad que no quería ir a casa.

Tuve la clara intención de poner mi mano en la manilla del Volvo, pero la nívea mano de Edward me detuvo en el momento en que iba a abrir la puerta. Su contacto soltó una descarga mil veces más fuerte que las anteriores contra mi piel. No pude evitar recrear en mi mente la escena del beso.

—No —suspiró—. ¿Dónde quieres ir?

"A cualquier lugar al que me acompañes."

—Al parque —respondí.

Sin más, viró a la izquierda, dirigiéndose al estacionamiento del Central Park.


30 minutos después.

"Ellos dicen que las cosas buenas toman tiempo."

La sensación es extraña, pero placentera. Y, a pesar de haber tenido tantas veces los labios de Edward sobre los míos –contando los anteriores minutos en el restaurant– no dejaba de satisfacerme con el roce de su boca. Se movía suavemente sobre la mía, como si fuera una muñeca de porcelana que fácilmente podía ser rota. Y, al parecer, en muchos sentidos yo era eso para él: una muñeca, su muñeca de porcelana frágil y sobreprotegida.

Mis manos se movían reconociendo cada parte de su cuello, jugando con las hebras cobrizas que eran su cabello, deleitándome en lo maravillosamente hermoso que era.

Y yo lo estaba besando. Y él había sido mío. Y nunca antes en todos estos años había deseado que volviera a serlo.

Tal vez nos habíamos equivocado. Tal vez yo había exagerado. Tal vez el acuerdo de "mejores amigos" se rompió la misma noche en que lo hicimos, al despedirnos… Tal vez yo nunca pude olvidarle realmente, y tal vez el tampoco me olvidó. Mi corazón latió desbocado ante la posibilidad de que aquello fuera cierto, porque, de ser así, él nunca había dejado de ser mío; que yo no me hubiera dado cuenta era otra cosa completamente distinta…

Sus labios se sentían casi igual que hace seis años atrás, sólo que ahora el sabor de su masculinidad y madurez hacían que la experiencia de compartir la cadencia de su boca pareciera una irrealidad de la cual no quería salir. Y que el beso de ese príncipe no me despertara del hermoso sueño que era el tacto de nuestra piel.

Lo acerqué más a mí, si era posible.

Podía sentir sus manos en mi cintura, atrayéndome más, pero no era suficiente para mí. Quería sentirlo lo más cerca posible, y la incomodidad de la posición sobre la banca era del todo molesta; aunque era capas de olvidar esas mundanas quejas sólo para besarle un poco más...

Ya estamos aquí —dijo cuando nos hubimos sentado en la banca del Central Park. Había estacionado el Volvo a unos pocos metros de la entrada Oeste.

Gracias —musité sentándome a su lado. Recosté mi cabeza en su hombro, necesitando de su apoyo física y emocionalmente. Aún me carcomían las ganas de preguntarle del motivo de su beso, y, en alguna parte de mi mente, se creaba una ilusión que no deseaba fuera rota—. De verdad que aún no quiero volver.

¿Por qué?

Me encogí de hombros, queriendo aparentar la mayor normalidad, para después abordar el tema con cuidado y a conciencia. Pero él, como la mayoría de los casos, se fue directo al grano.

Perdóname por besarte —musitó sin mirarme, lo demasiado bajito para que apenas lo escuchara, pero lo suficientemente fuerte para destrozar mis esperanzas. ¿Se arrepentía? Por favor, no—… sin tu consentimiento —agregó. ¡Rápido, el pegamento para rearmar mi esperanza!

No me importó para nada —solté a bocajarro y no me arrepentí de habérselo dicho así nada más—. Se sintió… bien…

Rió por lo bajito, y su movimiento logró que rozara su cuerpo con el mío.

Pero —agregué, como quien no quiere la cosa—, no puedes llamarle a eso un beso de verdad, ¡fue un simple roce! Creo que Marco y Dídima no se la creyeron para nada.

No sabía a dónde quería llegar realmente, o tal vez sí. En esos momentos no estaba completamente en mi cordura, y me comportaba como una chiquilla dominada por los efectos del alcohol. No quería verme a mí misma, seguro me estaba pasando de la raya.

¡Al diablo con todo! Sólo quería besar a Edward otra vez.

¿Sí? —preguntó, incrédulo, y después echó a reír—. Yo creo que estuvo bien.

No, no, no —negué, cual borracha, y, tal vez, así estaba: borracha de él; y, como todo borracho, quería más—. Pudo haber estado mejor. ¡Ven, practiquemos!

¿Bella…?

Mis labios no permitieron que siguiera hablando.

"Pero las cosas realmente buenas pasan en un pestañeo."

En cuanto tomé su rostro entre mis manos, supe que no podría detenerme hasta haberme saciado por completo, cosa que tardaría demasiado y en exceso. Pero las preocupaciones vagas y testarudas se fueron en cuanto profundizó el beso antes que yo, y su lengua exploró la mía, y mi boca, saboreando mis dientes y mi paladar. Era malditamente delicioso, no pude evitar suspirar, introduciendo mi aliento en su boca. Un sensual gemido se escapó de su garganta, y no pude frenarme a besarle con más que mundana y simple pasión.

Yo le ansiaba, le anhelaba más que nadie en todo el mundo, porque él era perfecto en todas las connotaciones que se le podía dar a la palabra. Mordí levemente su labio inferior, suspiró por primera vez, su aliento entró en mi boca, y la degusté con la lengua, extasiándome, su saber era muy parecido a un afrodisíaco prohibido.

Pero fue en el momento en que me di cuenta que mi mano estaba sobre su estómago, que mi cabeza explotó en la idea de todo lo que estábamos haciendo.

Y no estaba bien.

Me separé rápidamente de él, evitando cada contacto físico que pudiéramos tener. Me alejé como si tuviera una enfermedad contagiosa y terminal, aunque yo sabía que si él la padeciera, no me importaría morir en sus brazos.

Mi corazón latía rápido, y me daba la impresión de que toda la ciudad podría oírlo. Pero, más importante, él podría oírlo mejor que nadie, porque latía por él, por él y por sus besos, sus caricias, y mi amada perfección suya.

—Bella… —susurró, algo ronco, y sonó tan sensual que tuve que requerir de todo mi autocontrol para no tirarme a sus brazos y perder mi celibato de veinte años.

—No, Edward, yo… —no tenía palabras para decirle cómo me sentía al respecto, mi mente estaba dividida. Me había comportado como una completa estúpida, pero había probado el sabor de su boca una vez más, y no me arrepentía de aquello, pero ahora debía partirme la cara de vergüenza para ver su expresión confusa.

Y, de pronto, me entraron unas ganas tremendas de salir corriendo de ahí.

—¿Por qué…?

—¡Perdóname, Edward, perdóname! —y, bueno, sí salí corriendo de ahí, con los ojos amenazando con comenzar a dejar salir ese maldito líquido salino y acuoso.

Le escuché llamarme, y también escuché el chirrido de la banca al librarse del peso de Edward, pero no me volví, y creo que tenía demasiada vergüenza como para imaginarme lo que acabada de hacer, a pesar de haber sido lo mejor que me pudo pasar aquella noche de viernes.

Aunque hice todo lo posible por no pensar en ello.

Edward no me alcanzó, o tal vez no me siguió, por que a los dos minutos de correr llegué sana y salva a mi departamento frente al parque. Cuando entré, todo estaba en orden y silencio, eran ya pasadas las doce de la noche, Renée debía de estar durmiendo, no quería despertarla con mi llegada dramática y ahogada. De puntillas caminé hacia mi habitación, y cerré la puerta despacio; no hubo señal de que mi madre se hubiera despertado. Me dejé caer en la cama sin piedad, y sin quitarme lo que llevaba puesto –a excepción de los zapatos, por supuesto, que salieron volando a Dios-sabe-dónde–, y me entregué a los brazos de Morfeo sin temor y sin paciencia.


Cierra los ojos.

¿Y mi regalo? ¡Yo quiero mi regalo!

Él rió entre dientes, divertido por la impaciencia de la niña de los, ahora, catorce años.

Te lo daré, cuando cierres los ojos.

Ella lo miró, ceñuda, pero al final lo hizo, cerró sus ojos, y puso expresión serena. Y antes de darle "el regalo", él la observó tranquilamente, admirando cada parte de su rostro y cada pieza de su cuerpo: se hacía una mujercita con el pasar de los años, y ahora, definitivamente, estaba ya convertida en una.

En su mujercita.

Pase lo que pase, no abras los ojos —le advirtió él.

Bie…

Pero no pudo seguir, porque alguien la había cogido al estilo nupcial, y la llevaba a ciegas a alguna parte. Y, aún así, no abrió los ojos, porque las manos que la sostenían eran más familiares que el aire que respiraba y, obviamente, las necesitaba más que al aire.

Entonces la depositó en una superficie mullida y suave. Ella no pudo definir bien qué era, pero en cuanto la voz de él habló en su oído, dejó de tener importancia.

Feliz cumpleaños, pequeña —susurró tan masculina y sensualmente que ella se sentía desfallecer en lo que fuera que estuviera acostada.

Y antes de que pudiera abrir los ojos él ya la estaba besando como nunca la había besado antes. Con una pasión y deseo que se había ahorrado, tanto él como ella. Sus manos se movían explorando las partes inocentes y permitidas de su femenino cuerpo; pero ella, por su parte, prefería jugar a lo prohibido y peligroso, metiendo las manos bajo la camisa del chico.

Y, Dios, sentía que casi podía tocar el cielo con los dedos. Aquel cumpleaños sería inolvidable.


—Adiós, mamá.

Aquella noche no había dormido demasiado bien, no después de volver a soñar con mi pasado y mi cumpleaños número catorce. Se me era imposible olvidarlo.

Y ahora se me iba Renée, después de unas semanas de la lectura se volvía a California, con Phil.

—Chao, Bella. Llámame si necesitas algo —y ahí venía con sus despedidas algo exageradas, ¿es que no comprendía que ya mi hice mayor?

Se fue cerrando la puerta suavemente, y con las maletas en las manos. Creo que con eso también se cerró mi mente, por unos días.

La semana fue agobiante, no solo porque me internaba a trabajar las horas extras, si no porque además Alice me cargaba todo el día con varias cosas. A veces me llamaba para decirme que Rosalie y Emmett llegarían pronto para la boda, y a mí se me revolvía el estómago de sólo pensarlo. Había olvidado ese tema durante un tiempo, y así quería permanecer.

También me decía que Edward quería hablar conmigo, que era urgente y delicado. Que era importante. Y yo siempre le respondía con lo mismo.

—Lo llamaré más tarde, que ahora tengo trabajo, ¡adiós, Alice! —y cortaba.

Sí, lo estaba evitando. Aún tenía la máscara de vergüenza puesta en mi rostro, y aunque me desesperaba no saber lo que él podía pensar de mí en sus momentos, preferí no saberlo y dejarlo al destino. Después de todo tarde o temprano tenía que enfrentarme a mi mejor amigo –ahora ya no tan amigo–, prometido.

Y aquella noche pasó.

Estaba recostada en mi cama, llevaba ya una semana de no ver a Edward, era sábado por la noche, y estaba sola. La ausencia de Renée dejaba un gusto algo desolado al departamento, y no tenía nada mejor que hacer que echarme en la cama y cerrar los ojos, intentando dormir.

Pero fuerte estruendo me sacó de mis cavilaciones vagas, y me alertó de algo desconocido. Lentamente me levanté de la cama, y salí de mi habitación. No esperaba lo que me encontraría…

… porque lo vi, estaba ahí, de pie, apoyado de espaldas como un perfecto sueño a la puerta principal de mi apartamento, que había cerrado con un portazo estrepitoso, para que seguro yo lo hubiera escuchado. Entonces agradecí al cielo que Renée se hubiera ido aquella tarde de vuelta a California.

Lo había esquivado tanto, todos estos días sin verle me habían vuelto loca. Pero tenía que admitirlo: le necesitaba. A pesar de no tener el coraje de verle a la cara, no iba a negar que anhelaba su compañía más que la de ninguna.

Y el había venido a por mí.

"Eres uno en un millón."

Me miró con esos ojos esmeralda que sólo poseía él. Nada tenía sentido cuando me miraba de aquella manera, tan intensa y reveladora; todo carecía de importancia cuando me hablaba con la mirada, porque me hablaba a mí, y a nadie más. Y yo también lo miré, por supuesto, no perdería la oportunidad de reflejarme en sus hermosos orbes verdes –a pesar de que me hallaba a más de cinco metros de él–, que brillaban con una emoción desconocida y perfecta. Sentía que me desnudaba frente a él, que exploraba cada parte de mi interior, que tocaba mi alma con la punta de los dedos, y la acariciaba a su manera de seda.

Y me volvía loca.

Cerré los ojos, eran demasiadas emociones con simples miradas. Me temblaban las rodillas, me sujeté con fuerza al picaporte de la puerta. La habitación estaba en completo silencio, sólo podía escuchar mi pequeño jadeo y su respiración acompasada.

—Bella… —musitó suavemente. Y volví a decirme que su voz era la más hermosa que jamás escuché.

Oh, por favor, por favor dilo otra vez, di mi nombre otra vez, por favor.

No abrí mis ojos en ningún momento, su voz era un deleite para mis oídos. Su respiración era acompasada, tranquila y segura. Y, como si leyera mi mente, o la pequeña sonrisa que ahora adornaba mis labios, susurró:

—Bella…

Entonces abrí los ojos, él seguía en la misma posición que antes: en la puerta. Y no dejaba de mirarme, y ahora sí, sostuve su mirada, intentando decirle demasiadas cosas, haciéndole demasiadas peticiones.

Dio un paso hacia a mí, y yo deseé ser un imán para poder atraerlo con más fuerza y velocidad. Pero él se tomó su tiempo –desquiciadoramente largo– y llegó frente a mí, sin dejar de mirarme. Parecía gravedad excesiva, porque por más que le vi acercarse no pude retroceder. Con mi mano aún en la perilla de la puerta, esta vez fui yo la que se apoyó en ella, me dejé descansar sobre la fría madera.

Quedé entre la espada y la pared.

Se acercó más, sin tocarme con las manos, pero podía sentir su cuerpo sobre el mío, y la electricidad corrió por mi piel a trote rápido. No podía retroceder, no quería hacerlo.

Levanté mis brazos, despacio, hasta que mis manos tocaron la camisa sobre su espalda, y tomé dos puñados de tela, aprovechando para atraerlo un poco más a mí. A medida que mis ojos se entrecerraban mi respiración aumentaba, y cuando sentí su mano en mi mejilla, el mundo dejó de existir para mí.

—Edward —suspiré, mirándole entre mis pestañas.

—Adoro cómo suena mi nombre en tus labios, Bella —murmuró, y sentí su aliento estrellarse contra mi rostro de forma placentera.

—Edward —y mis manos lo aferraron con más fuerza.

Sin más, sus labios rozaron levemente los míos, y me sentí en el cielo una vez más. Pero, a pesar de que fue un simple roce, fue maravilloso.

Me tomó en vilo, al estilo nupcial, apegándome a su cuerpo, a su pecho. Mis brazos rodearon su nunca, y la distancia de su rostro era malditamente tentadora. No dejé de observar sus labios ni una sola vez.

No sé como, pero abrió la puerta, ingresando a mi espacio privado y cerrando la puerta de mi habitación a sus espaldas. Lo único que se me vino a la mente en cuanto me recostó en la cama, fue:

"Al demonio con el celibato…"


¡Oh, sí! Go, go, GO!

Llegamos a una parte imporante del fic, ya veo que se dieron cuenta. :3

Perdón por la tardanza, pero los examenes finales me tienen agotada. En cuanto a mis otros fanfics, Sí, amo lo actualizaré el jueves, creo. Y Cuando la vida te da limones, el sábado. :D

¡Gracias a todas por sus comentarios, son muy lindos!

Reviews, please... para conocer su opinión. :J

Kisses!&Sorry.

Corpse.