Ni cincuenta sombras ni Love Live me pertenecen, son de sus respectivos autores.

Con elegante soltura, Eli le da a la bola blanca y esta se desliza sobre la mesa, roza suavemente la negra y oh… muy despacio, la negra sale rodando, vacila en el borde y finalmente cae en la tronera superior derecha de la mesa de billar.

Maldición.

Él se yergue, y en su boca se dibuja una sonrisa de triunfo tipo «Te

tengo a mi merced, Toujou». Baja el taco y se acerca hacia mí pausadamente, con el cabello revuelto, sus vaqueros y su camiseta blanca. No

tiene aspecto de presidente ejecutivo: parece un chico malo de un barrio

peligroso. Madre mía, está terriblemente sexy.

—No tendrás mal perder, ¿verdad? —murmura sin apenas disimular

la sonrisa.

—Depende de lo fuerte que me pegues —susurro, agarrándome al

taco para apoyarme.

Me lo quita y lo deja a un lado, introduce los dedos en el escote de

mi blusa y me atrae hacia él.

—Bien, enumeremos las faltas que has cometido, Toujou-san. —Y cuenta con sus dedos largos—. Uno, darme celos con mi propio

personal. Dos, discutir conmigo sobre el trabajo. Y tres, contonear tu delicioso trasero delante de mí durante estos últimos veinte minutos.

En sus ojos azules brilla una tenue chispa de excitación. Se inclina y

frota su nariz contra la mía.

—Quiero que te quites los pantalones y esta camisa tan provocativa.

Ahora.

Me planta un beso leve como una pluma en los labios, se encamina sin ninguna prisa hacia la puerta y la cierra con llave.

Cuando se da la vuelta y me clava la mirada, sus ojos arden. Yo me

quedo totalmente paralizada como un zombi, con el corazón desbocado,

la sangre hirviendo, incapaz de mover un mústrasero. Y lo único que

puedo pensar es: Esto es por él… repitiéndose en mi mente como un

mantra una y otra vez.

—La ropa, Nozomi. Parece ser que aún la llevas puesta.

Quítatela… o te la quitaré yo.

—Hazlo tú.

Por fin he recuperado la voz, y suena grave y febril. Eli sonríe encantado.

—Oh, Toujou-san. No es un trabajo muy agradable, pero creo que estaré a la altura.

—Por lo general está siempre a la altura, Ayase-san.

Arqueo una ceja y él sonríe.

—Vaya, Toujou-san, ¿qué quiere decir?

Al acercarse a mí, se detiene en una mesita empotrada en una de las estanterías. Alarga la mano y coge una regla de plástico transparente de unos treinta centímetros. La sujeta por ambos extremos y la dobla, sin apartar los ojos de mí.

Oh, Dios… el arma que ha escogido. Se me seca la boca.

De pronto estoy acalorada y sofocada y húmeda en todas las partes esperadas. Únicamente Eli puede excitarme solo con mirarme y flexionar una regla. Se la mete en el bolsillo trasero de sus vaqueros y

camina tranquilamente hacia mí, sus oscuros ojos cargados de expectativas. Sin decir palabra, se arrodilla delante de mí y empieza a desatarme las Converse, con rapidez y eficacia, y me las quita junto con los calcetines. Yo me apoyo en el borde de la mesa de billar para no

caerme.

Al mirarle durante todo el proceso, me sobrecoge la profundidad del sentimiento que albergo por este hombre tan hermoso e imperfecto. Lo amo.

Me agarra de las caderas, introduce los dedos por la cintura de mis

vaqueros y desabrocha el botón y la cremallera. Me observa a través de

sus largas pestañas, con una sonrisa extremadamente salaz, mientras me

despoja poco a poco de los pantalones. Yo doy un paso a un lado y los

dejo en el suelo, encantada de llevar estas braguitas blancas de encaje

tan bonitas, y él me aferra por detrás de mis piernas y desliza la nariz

por el vértice de mis muslos. Estoy a punto de derretirme.

—Me apetece ser brusco contigo, Nozomi. Tú tendrás que decirme que

pare si me excedo —murmura.

Oh, Dios… Me besa… ahí abajo. Yo gimo suavemente.

—¿Palabra de seguridad? —susurro.

—No, palabra de seguridad, no. Solo dime que pare y pararé. ¿Entendido? —Vuelve a besarme, sus labios me acarician. Oh, es una sensación tan maravillosa… Se levanta, con la mirada intensa—. Contesta y ordena con voz de terciopelo.

—Sí, sí, entendido.

Su insistencia me confunde.

—Has estado enviándome mensajes y emitiendo señales contradictorias durante todo el día, Nozomi —dice- Me dijiste que te preocupaba que hubiera perdido nervio. No estoy seguro de qué querías decir

con eso, y no sé hasta qué punto iba en serio, pero ahora lo averiguaremos. No quiero volver al cuarto de juegos todavía, así que ahora podemos probar esto. Pero si no te gusta, tienes que prometerme que me lo dirás.

Una ardorosa intensidad, fruto de su ansiedad, sustituye a su anterior

arrogancia.

Oh, no, por favor, no estés ansioso, Eli.

—Te lo diré. Sin palabra de seguridad —repito para tranquilizarle.

—Somos amantes, Nozomi. Los amantes no necesitan palabras de

seguridad. —Frunce el ceño—. ¿Verdad?

—Supongo que no —murmuro. Madre mía… ¿cómo voy a

saberlo?—. Te lo prometo.

Busca en mi rostro alguna señal de que a mi convicción le falte coraje, y yo me siento nerviosa, pero excitada también. Me hace muy feliz

hacer esto, ahora que sé que él me quiere. Para mí es muy sencillo, y

ahora mismo no quiero pensarlo demasiado.

Poco a poco aparece una enorme sonrisa en su cara. Empieza a desabrocharme la camisa y sus diestros dedos terminan enseguida, pero no

me la quita. Se inclina y coge el taco.

Oh, Dios ¿qué va a hacer con eso? Me estremezco de miedo.

—Juega muy bien, Toujou-san. Debo decir que estoy sorprendido. ¿Por qué no metes la bola negra?

Se me pasa el miedo y hago un pequeño mohín, preguntándome por

qué tiene que sorprenderse este cabrón sexy y arrogante. La diosa que

llevo dentro está calentando en segundo plano, haciendo sus ejercicios

en el suelo… con una sonrisa henchida de satisfacción.

Yo coloco la bola blanca. Eli da una vuelta alrededor de la

mesa y se pone detrás de mí cuando me inclino para hacer mi tirada.

Pone la mano sobre mi muslo derecho y sus dedos me recorren la pierna,

arriba y abajo, hasta el trasero y vuelven a bajar con una leve caricia.

—Si sigues haciendo eso, fallaré —musito con los ojos cerrados,

deleitándome en la sensación de sus manos sobre mí.

—No me importa si fallas o no, nena. Solo quería verte así: medio

vestida, recostada sobre mi mesa de billar. ¿Tienes idea de lo erótica que estás en este momento?

Enrojezco, y la diosa que llevo dentro sujeta una rosa entre los di-

entes y empieza a bailar un tango. Inspiro profundamente e intento no

hacerle caso, y me coloco para tirar. Es imposible. Él me acaricia el

trasero, una y otra vez.

—Superior izquierda —digo en voz baja, y le doy a la bola.

Él me pega un nalgada, fuerte, directamente sobre las nalgas.

Es algo tan inesperado que chillo. La blanca golpea la negra, que re-

bota contra el almohadillado de la tronera y se sale. Eli vuelve a

acariciarme el trasero.

—Oh, creo que has de volver a intentarlo —susurra—. Tienes que

concentrarte, Nozomi.

Ahora jadeo, excitada por este juego. Él se dirige hacia el extremo

de la mesa, vuelve a colocar la bola negra, y luego hace rodar la blanca

hacia mí. Tiene un aspecto tan carnal, con sus ojos oscuros y una sonrisa

maliciosa… ¿Cómo voy a resistirme a este hombre? Cojo la bola y la

alineo, dispuesta a tirar otra vez.

—Eh, eh —me advierte—. Espera.

Oh, le encanta prolongar la agonía. Vuelve otra vez y se pone detrás

de mí. Y cierro los ojos cuando empieza a acariciarme el muslo

izquierdo esta vez, y después el trasero nuevamente.

—Apunta —susurra.

No puedo evitar un gemido, el deseo me retuerce las entrañas. E in-

tento, realmente intento, pensar en cómo darle a la bola negra con la

blanca. Me inclino hacia la derecha, y él me sigue. Vuelvo a inclinarme

sobre la mesa, y utilizando hasta el último vestigio de mi fuerza interior,

que ha disminuido considerablemente desde que sé lo que pasará en

cuanto golpee la bola blanca, apunto y tiro otra vez. Eli vuelve a

azotarme otra vez, fuerte.

¡Ay! Vuelvo a fallar.

—¡Oh, no! —me lamento.

—Una vez más, nena. Y, si fallas esta vez, haré que recibas de

verdad.

¿Qué? ¿Recibir qué?

Coloca otra vez la bola negra y se acerca de nuevo, tremendamente

despacio, hasta donde estoy, se queda detrás de mí y vuelve a acariciarme el trasero.

—Vamos, tú puedes —me anima.

No… no cuando tú me distraes así. Echo las nalgas hacia atrás hasta

encontrar su mano, y él me da un leve nalgada.

—¿Impaciente, Toujou-san?

Sí. Te deseo.

—Bien, acabemos con esto.

Me baja con delicadeza las bragas por los muslos y me las quita. No

veo lo que hace con ellas, pero me deja con la sensación de estar muy

expuesta, y me planta un beso suave en cada nalga.

—Tira.

Quiero gimotear, está muy claro que no lo conseguiré. Sé que voy a

fallar. Alineo la blanca, le pego y, por culpa de la impaciencia, fallo el

golpe a la negra de forma flagrante. Espero el azote… pero no llega. En

lugar de eso, él se inclina directamente encima de mí, me recuesta sobre

la mesa, me quita el taco de la mano y lo hace rodar hasta la banda. Le

noto, duro, contra mi trasero.

—Has fallado —me dice bajito al oído. Tengo la mejilla contra el ta-

pete—. Pon las manos planas sobre la mesa.

Hago lo que me dice.

—Bien. Ahora voy a pegarte, y así la próxima vez a lo mejor no

fallas.

Se mueve y se coloca a mi izquierda, con su erección pegada a mi

cadera.

Gimo y siento el corazón en la garganta. Empiezo a respirar entre-

cortadamente y un escalofrío ardiente e intenso corre por mis venas. Él

me acaricia el trasero y coloca la otra mano ahuecada sobre mi nuca, sus

dedos agarrándome el cabello, mientras con el codo me presiona la es-

palda hacia abajo. Estoy completamente indefensa.

—Abre las piernas —murmura, y yo vacilo un momento.

Y él me pega fuerte… ¡con la regla! El ruido es más fuerte que el

dolor, y me coge por sorpresa. Jadeo, y vuelve a pegarme.

—Las piernas —ordena.

Abro las piernas, jadeando. La regla me golpea de nuevo. Ay… es-

cuece, pero el chasquido contra la piel suena peor de lo que es en

realidad.

Cierro los ojos y absorbo el dolor. No es demasiado terrible, y la res-

piración de Eli se intensifica. Me pega una y otra vez, y gimo. No

estoy segura de cuántos azotes más podré soportar… pero el oírle, saber

lo excitado que está, alimenta mi propio deseo y mi voluntad de seguir.

Estoy pasando al lado oscuro, a un lugar de mi psique que no conozco

bien, pero que ya he visitado antes, en el cuarto de juegos… con la ex-

periencia. La regla vuelve a golpearme, y gimo en voz alta.

Y Eli responde con un gruñido. Me pega otra vez… y otra… y una

más… más fuerte esta vez… y hago un gesto de dolor.

—Para.

La palabra sale de mi boca antes de darme cuenta de que la he dicho.

Eli deja la regla inmediatamente y me suelta.

—¿Ya basta?

—Sí.

—Ahora quiero follarte —dice con voz tensa.

—Sí —murmuro, anhelante.

Él se desabrocha la cremallera, mientras yo gimo tumbada sobre la

mesa, sabiendo que será brusco.

Me maravilla una vez más cómo he llevado —y sí, disfrutado— lo

que ha hecho hasta este momento. Es muy turbio, pero es muy él.

Desliza dos dedos dentro de mí y los mueve en círculos. La sensa-

ción es exquisita. Cierro los ojos, deleitándome con la sensación. Oigo

cómo rasga el envoltorio, y ya está detrás de mí, entre mis piernas, sep-

arándolas más.

Se hunde en mi interior lentamente. Sujeta con firmeza mis caderas,

vuelve a salir de mí, y esta vez me penetra con fuerza haciéndome gritar.

Se queda quieto un momento.

—¿Otra vez? —dice en voz baja.

—Sí… estoy bien. Déjate llevar… llévame contigo —murmuro sin

aliento.

Con un quejido ronco, sale de nuevo y entra de golpe en mí, y lo

repite una y otra vez lentamente, con un ritmo deliberado de castigo,

brutal, celestial.

Oh… Mis entrañas empiezan a acelerarse. Él lo nota también, e in-

crementa el ritmo, empuja más, más deprisa, con mayor dureza… y su-

cumbo, y exploto en torno a él en un orgasmo devastador que me arre-

bata el alma y me deja exhausta y derrotada.

Apenas soy consciente de que Eli también se deja ir, gritando

mi nombre, con los dedos clavados en mis caderas, y luego se queda

quieto y se derrumba sobre mí. Nos deslizamos hasta el suelo, y me

acuna en sus brazos.

—Gracias, cariño —musita, cubriendo mi cara ladeada de besos dul-

ces y livianos.

Abro los ojos y los levanto hacia él, y me abraza con más fuerza.

—Tienes una rozadura en la mejilla por culpa del tapete —susurra, y

me acaricia la cara con ternura—. ¿Qué te ha parecido?

Sus ojos están muy abiertos, cautelosos.

—Intenso, delicioso. Me gusta brutal, Eli, y también me gusta

tierno. Me gusta que sea contigo.

Él cierra los ojos y me abraza aún más fuerte.

Madre mía. Estoy exhausta.

—Tú nunca fallas, Nozomi. Eres preciosa, inteligente, audaz, divertida,

sexy, y agradezco todos los días a la divina providencia que fueras tú

quien vino a entrevistarme y no Yukki Anju. —Me besa el

pelo. Yo sonrío y bostezo pegada a su pecho—. Pero ahora estás muy

cansada —continúa—. Vamos. Un baño y a la cama.

Estamos en la bañera de Eli, uno frente al otro, cubiertos de

espuma hasta la barbilla, envueltos en el dulce aroma del jazmín. Eli me masajea los pies, por turnos. Es tan agradable que debería ser

ilegal.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Claro. Lo que sea, ya lo sabes.

Suspiro profundamente y me incorporo sentada con un leve

estremecimiento.

—Mañana, cuando vaya a trabajar, ¿puede Sawyer limitarse a de-

jarme en la puerta de la oficina y pasar a recogerme al final del día? Por

favor, Eli, por favor —le pido.

Sus manos se detienen y frunce el ceño.

—Creía que estábamos de acuerdo en eso —se queja.

—Por favor —suplico.

—¿Y a la hora de comer qué?

—Ya me prepararé algo aquí y así no tendré que salir, por favor.

Me besa el empeine.

—Me cuesta mucho decirte que no —murmura, como si creyera que

es una debilidad por su parte—. ¿De verdad que no saldrás?

—No.

—De acuerdo.

Yo le sonrío, radiante.

—Gracias.

Me apoyo sobre las rodillas, haciendo que el agua se derrame por to-

das partes, y le beso.

—De nada, Toujou-san. ¿Cómo está tu trasero?

—Dolorido, pero no mucho. El agua me calma.

—Me alegro de que me dijeras que parara —dice, y me mira

fijamente.

—Mi trasero también.

Sonríe.

Me tiendo en la cama, muy cansada. Solo son las diez y media, pero

me siento como si fueran las tres de la madrugada. Este ha sido uno de

los fines de semana más agotadores de mi vida.

—¿Acton no incluyó ningún camisón? —pregunta Eli con un deje reprobatorio cuando me mira.

—No tengo ni idea. Me gusta llevar tus camisetas —balbuceo, me-

dio dormida.

Relaja el gesto, se inclina y me besa la frente.

—Tengo trabajo. Pero no quiero dejarte sola. ¿Puedo usar tu portátil

para conectarme con el despacho? ¿Te molestaré si me quedo a trabajar

aquí?

—No es mi portátil.

Y me duermo.

Suena la alarma, despertándome de golpe con la información del

tráfico. Eli sigue durmiendo a mi lado. Me froto los ojos y echo

un vistazo al reloj. Las seis y media… demasiado temprano.

Fuera llueve por primera vez desde hace siglos, y hay una luz am-

arillenta y tenue. Me siento muy a gusto y cómoda en este inmenso

monolito moderno, con Eli a mi lado. Me desperezo y me giro

hacia el delicioso hombre que está junto a mí. Él abre los ojos de golpe y

parpadea, medio dormido.

—Buenos días.

Sonrío, le acaricio la cara y me inclino para besarle.

—Buenos días, nena. Normalmente me despierto antes de que suene

el despertador —murmura, asombrado.

—Está puesto muy temprano.

—Así es, Toujou-san. —Eli sonríe de oreja a oreja—.

Tengo que levantarme.

Me besa y sale de la cama. Yo vuelvo a dejarme caer sobre las almo-

hadas. Vaya, despertarme un día laborable al lado de Ayase Eli.

¿Cómo ha ocurrido esto? Cierro los ojos y me quedo adormilada.

—Venga, dormilona, levanta.

Eli se inclina sobre mí. Está afeitado, limpio, fresco… mmm,

qué bien huele. Lleva una camisa blanca impoluta y traje negro, sin

corbata: el señor presidente ha vuelto. Dios bendito, qué guapo está así

también.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Ojalá volvieras a la cama.

Separa los labios, sorprendido por mi insinuación, y sonríe casi con

timidez.

—Es usted insaciable, Toujou-san. Por seductora que resulte la

idea, tengo una reunión a las ocho y media, así que tengo que irme

enseguida.

Oh, me he quedado dormida, una hora más o menos. Maldita sea.

Salto de la cama, ante la expresión divertida de Eli.

Me ducho y me visto a toda prisa, y me pongo la ropa que preparé

anoche: una falda gris perla muy favorecedora, una blusa de seda gris

claro y zapatos negros de tacón alto, todo ello parte de mi nuevo

guardarropa. Me cepillo el pelo y me lo recojo con cuidado, y luego

salgo de la enorme habitación, sin saber realmente qué me espera.

¿Cómo voy a ir al trabajo?

Eli está tomando café en la barra del desayuno. Okimura-san está en la cocina haciendo Huevos y friendo Tocino.

—Estás muy guapa —murmura Eli.

Me pasa un brazo alrededor y me besa bajo la oreja. Por el rabillo

del ojo, observo que Okimura-san sonríe. Me ruborizo.

—Buenos días, Toujou-san —dice ella, y me pone las Huevos y el

Tocino delante.

—Oh, gracias. Buenos días —balbuceo.

Madre mía, no me costaría nada acostumbrarme a esto.

—Ayase-san dice que le gustaría llevarse el almuerzo al trabajo.

¿Qué le apetecería comer?

Miro de reojo a Eli, que hace esfuerzos por no sonreír. En-

torno los ojos.

—Un sándwich… ensalada. La verdad, no me importa —digo es-

bozando una amplia sonrisa a Okimura-san.

—Ya improvisaré una bolsa con el almuerzo para usted, señora.

—Por favor, Okimura-san, llámeme Nozomi.

—Nozomi.

Sonríe y se da la vuelta para prepararme un té.

Vaya… esto es una gozada.

Me doy la vuelta y ladeo la cabeza mirando a Eli, desafián-

dole: venga, acúsame de coquetear con Okimura-san.

—Tengo que irme, cariño. Nico vendrá a recogerte y te dejará en

el trabajo con Sawyer.

—Solo hasta la puerta.

—Sí. Solo hasta la puerta. —Eli pone los ojos en blanco—.

Pero ve con cuidado.

Yo echo un vistazo alrededor y atisbo a Nico-san en la puerta de en-

trada. Eli se pone de pie, me coge la barbilla y me besa.

—Hasta luego, nena.

—Que tengas un buen día en la oficina, cariño —digo a sus

espaldas.

Él se vuelve, me deslumbra con su maravillosa sonrisa, y luego se

va. Okimura-san me ofrece una taza de té, y de golpe me siento incó-

moda por estar aquí las dos solas.

—¿Cuánto hace que trabaja para Eli? —pregunto, pensando

que debo darle conversación.

—Unos cuatro años —contesta amablemente, y empieza a pre-

pararme la bolsa del almuerzo.

—¿Sabe?, puedo hacerlo yo… —musito, avergonzada de que tenga

que hacer esto para mí.

—Usted cómase el desayuno, Nozomi. Este es mi trabajo, y me gusta.

Es agradable ocuparse de alguien aparte Nico-san y Ayase-san.

Y me dedica una mirada llena de dulzura.

Mis mejillas enrojecen de placer, y siento ganas de acribillar a pre-

guntas a esta mujer. Debe de saber tanto sobre Cincuenta… Sin em-

bargo, a pesar de su actitud amable y cordial, también es muy profesion-

al. Sé que si empiezo a interrogarla, solo conseguiré incomodarnos a las

dos, de manera que termino de desayunar en un confortable silencio, in-

terrumpido únicamente por sus preguntas sobre mis preferencias

gastronómicas.

Veinticinco minutos después, Sawyer aparece en la entrada del

salón. Me he cepillado los dientes y estoy lista para irme. Cojo mi bolsa

de papel marrón con el almuerzo; ni siquiera recuerdo que mi madre

hiciera esto por mí. Sawyer y yo bajamos en ascensor hasta la planta

baja. Él también se muestra muy taciturno, inexpresivo. Nico-san espera

sentado al volante del Audi, y yo subo al asiento de atrás en cuanto Saw-

yer me abre la puerta.

—Buenos días, Nico-san —digo, animosa.

—Toujou-san.

Sonríe.

—Nico-san, lamento lo de ayer y mis comentarios inapropiados. Es-

pero no haberte causado problemas.

Nico-san me mira con semblante perplejo por el espejo retrovisor,

mientras se incorpora al tráfico de Akibahara.

—Toujou-san, yo no suelo tener problemas —dice para

tranquilizarme.

Ah, bien. Quizá Eli no le reprendió. Solo fue a mí, entonces,

pienso con amargura.

—Me alegra saberlo, Nico-san.

Jack me mira, examinando mi aspecto, mientras me dirijo hacia mi

escritorio.

—Buenos días, Nozomi. ¿El fin de semana, bien?

—Sí, gracias. ¿Y el tuyo?

—Ha estado bien. Toma asiento… tengo trabajo para ti.

Me siento frente al ordenador. Parece que lleve años sin acudir al

trabajo. Lo conecto y abro el correo electrónico… y, naturalmente, hay

un e-mail de Eli.

De: Ayase Eli

Fecha: 13 de junio de 2016 08:24

Para: Toujou Nozomi

Asunto: Jefe

Buenos días, Toujou-san.

Solo quería darle las gracias por un fin de semana maravilloso, a

pesar de todo el drama.

Espero que no se marche, nunca.

Y solo recordarle que las novedades sobre SIP no pueden comuni-

carse hasta dentro de cuatro semanas.

Borre este e-mail en cuanto lo haya leído.

Tuyo.

Ayase Eli

Presidente de Ayase Enterprises Holdings, Inc., jefe del jefe de tu jefe

¿Espera que no me marche nunca? ¿Quiere que me vaya a vivir con

él? Dios santo… Si apenas le conozco. Aprieto la tecla de borrar.

De: Toujou Nozomi

Fecha: 13 de junio de 2016 09:03

Para: Ayase Eli

Asunto: Mandón

Querido Ayase-san:

¿Me estás pidiendo que me vaya a vivir contigo? Y, por supuesto,

recordaré que la evidencia de tus épicas capacidades de acoso debe

permanecer en secreto durante cuatro semanas. ¿Extiendo un cheque a

nombre de Afrontarlo Juntos y se lo mando a tu padre? Por favor, no

borres este e-mail.

Por favor, contéstalo.

TQ xxx

Toujou Nozomi

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

—¡Nozomi!

El grito de Jack me hace dar un salto.

—Sí.

Me sonrojo y él me mira con el ceño fruncido.

—¿Todo bien?

—Claro.

Me levanto con cierta dificultad y voy a su despacho con la libreta

de notas.

—Bien. Como seguramente recuerdas, el jueves voy a ese Simposio

sobre Ficción en Nueva York. Tengo los billetes y la reserva, pero me

gustaría que vinieras conmigo.

—¿A Nueva York?

—Sí. Tendríamos que irnos el miércoles y pasar allí la noche. Creo

que será una experiencia muy instructiva para ti. —Sus ojos se oscure-

cen cuando dice esto, pero sonríe educadamente—. ¿Podrías ocuparte de

organizar todo lo necesario para el viaje? ¿Y de reservar una habitación

adicional en el hotel donde me alojaré? Creo que Sabrina, mi anterior

ayudante, dejó la información necesaria por ahí.

—De acuerdo —digo, esbozando una débil sonrisa.

Maldición. Vuelvo a mi mesa. Esto no le sentará bien a Cincuenta…

pero lo cierto es que quiero ir. Parece una auténtica oportunidad, y estoy

segura de que puedo mantener a Jack a raya si tiene intenciones ocultas.

En mi ordenador está la respuesta de Eli.

De: Ayase Eli

Fecha: 13 de junio de 2016 09:07

Para: Toujou Nozomi

Asunto: ¿Mandón, yo?

Sí. Por favor.

Ayase Eli

Presidente de Ayase Enterprises Holdings, Inc.

Vaya… quiere que me vaya a vivir con él. Oh, Eli… es de-

masiado pronto. Me cojo la cabeza entre las manos e intento recuperar la

cordura. Es lo que necesito después de mi extraordinario fin de semana.

No he tenido un momento para pensar y tratar de entender todo lo que

he experimentado y descubierto estos dos últimos días.

De: Toujou Nozomi

Fecha: 13 de junio de 2016 09:20

Para: Ayase Eli

Asunto: Cinismo

Eli:

¿Qué pasó con eso de andar antes de correr?

¿Podemos hablarlo esta noche, por favor?

Me han pedido que vaya a un congreso en Nueva York el jueves.

Supone pasar allí la noche del miércoles.

Pensé que debías saberlo.

Ax

Toujou Nozomi

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

De: Ayase Eli

Fecha: 13 de junio de 2016 09:21

Para: Toujou Nozomi

Asunto: ¿QUÉ?

Sí. Hablemos esta noche.

¿Irás sola?

Ayase Eli

Presidente de Ayase Enterprises Holdings, Inc.

De: Toujou Nozomi

Fecha: 13 de junio de 2016 09:30

Para: Ayase Eli

Asunto: ¡Nada de Mayúsculas Chillonas ni Gritos un Lunes por

la Mañana!

¿Podemos hablar de eso esta noche?

Ax

Toujou Nozomi

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

De: Ayase Eli

Fecha: 13 de junio de 2016 09:35

Para: Toujou Nozomi

Asunto: No Sabes lo que son Gritos Todavía

Dime.

Si vas con ese canalla con el que trabajas, entonces la respuesta es

no, por encima de mi cadáver.

Ayase Eli

Presidente de Ayase Enterprises Holdings, Inc.

Se me encoge el corazón. Maldita sea… ni que fuera mi padre.

De: Toujou Nozomi

Fecha: 13 de junio de 2016 09:46

Para: Ayase Eli

Asunto: No, TÚ no sabes lo que son gritos todavía

Sí. Voy con Jack.

Yo quiero ir. Lo considero una oportunidad emocionante.

Y nunca he estado en Nueva York.

No hagas una montaña de un grano de arena.

Toujou Nozomi

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

De: Ayase Eli

Fecha: 13 de junio de 2016 09:50

Para: Toujou Nozomi

Asunto: No, TÚ no sabes lo que son gritos todavía

Nozomi:

No estoy haciendo una montaña de un jodido grano de arena.

La respuesta es NO.

Ayase Eli

Presidente de Ayase Enterprises Holdings, Inc.

—¡No! —le grito a mi ordenador, haciendo que toda la oficina se

paralice y se me quede mirando.

Jack saca la cabeza de su despacho.

—¿Todo bien, Nozomi?

—Sí. Perdón —musito—. Yo… esto… acabo de perder un

documento.

Las mejillas me arden por la vergüenza. Él me sonríe, pero con ex-

presión desconcertada. Respiro profundamente un par de veces y tecleo

rápidamente una respuesta. Estoy muy enfadada.

De: Toujou Nozomi

Fecha: 13 de junio de 2016 09:55

Para: Ayase Eli

Asunto: Cincuenta Sombras

Eli:

Tienes que controlarte.

NO voy a acostarme con Jack: ni por todo el té de

China.

Te QUIERO. Eso es lo que pasa cuando dos personas

se quieren.

CONFÍAN la una en la otra.

Yo no pienso que tú vayas a ACOSTARTE,

AZOTAR, FOLLAR, o DAR LATIGAZOS a nadie más.

Yo tengo FE y CONFIANZA en ti.

Por favor, ten la AMABILIDAD de hacer lo mismo

conmigo.

Toujou Nozomi

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

Permanezco sentada esperando su respuesta. No recibo nada. Llamo

a la compañía aérea y reservo mi billete, asegurándome de ir en el

mismo vuelo que Jack. Oigo el aviso de un nuevo correo.

De: Kira Tsubasa

Fecha: 13 de junio de 2016 10:15

Para: Toujou Nozomi

Asunto: Cita para almorzar

Querida Nozomi:

Me gustaría mucho quedar para comer contigo. Creo que em-

pezamos con mal pie, y me gustaría arreglarlo. ¿Estás libre algún día

de esta semana?

Kira Tsubasa

Oh, no… ¡Kira-san, no! ¿Cómo demonios ha conseguido

mi dirección de correo electrónico? Me cojo la cabeza entre las manos.

¿Qué más puede pasar hoy?

Suena mi teléfono, levanto cansinamente la cabeza y contesto mir-

ando el reloj. Solo son las diez y veinte, y ya desearía no haber salido de

la cama de Eli.

—Despacho de Jack Hyde, soy Toujou Nozomi.

Una voz dolorosamente familiar me increpa:

—¿Podrías, por favor, borrar el último e-mail que me has enviado e

intentar ser un poco más prudente con el lenguaje que utilizas en los

correos de trabajo? Ya te lo dije, el sistema está monitorizado. Yo haré

todo lo posible para minimizar los daños desde aquí.

Y cuelga.

Santo Dios… Me quedo mirando el teléfono. Eli me ha col-

gado. Este hombre está pisoteando mi incipiente carrera profesional…

¿y va y me cuelga? Fulmino el auricular con la mirada, y si no estuviera

completamente paralizada, sé que mi mirada terrorífica lo pulverizaría.

Accedo a mis correos electrónicos, y borro el último que le he envi-

ado. No es tan grave. Solo mencionaba los azotes y, bueno, los

latigazos. Vaya, si le avergüenza tanto no debería hacerlo, maldita sea.

Cojo la BlackBerry y le llamo al móvil.

—¿Qué? —gruñe.

—Me voy a Nueva York tanto si te gusta como si no —le digo entre

dientes.

—Ni se te ocurra…

Cuelgo, dejándole a mitad de la frase. Siento una descarga de adren-

alina por todo el cuerpo. Ya está… para que se entere. Estoy muy

enfadada.

Respiro profundamente, intentando recuperar la compostura. Cierro

los ojos, e imagino que estoy en mi lugar soñado. Mmm… el camarote

de un barco, con Eli. Rechazo la imagen porque ahora mismo es-

toy tan enfadada con él que no puede estar presente en mi lugar soñado.

Abro los ojos, cojo tranquilamente mi libreta de notas y repaso con

cuidado mi lista de cosas por hacer. Inspiro larga y profundamente: he

recobrado el equilibrio.

—¡Nozomi! —grita Jack, y me sobresalto—. ¡No reserves ese vuelo!

—Oh, ya es demasiado tarde. Ya lo he hecho —contesto.

Él sale de su despacho y se me acerca con paso enérgico. Parece

disgustado.

—Mira, ha pasado una cosa. Por la razón que sea, de repente todos

los gastos de viajes y hoteles han de tener la aprobación de la dirección.

La orden viene de muy arriba. Voy a subir a ver a Roach. Al parecer,

acaba de implementarse una moratoria de todos los gastos. No lo

entiendo.

Jack se pellizca el puente de la nariz y cierra los ojos.

La sangre prácticamente deja de circular por mis venas, me pongo

pálida y se me hace un nudo en el estómago. ¡Cincuenta!

—Coge mis llamadas. Voy a ver qué tiene que decir Roach.

Me guiña el ojo y se va a ver a su jefe… no al jefe de su jefe.

Maldito seas, Ayase Eli… De nuevo me hierve la sangre.

De: Toujou Nozomi

Fecha: 13 de junio de 2016 10:43

Para: Ayase Eli

Asunto: ¿Qué has hecho?

Por favor, no interfieras en mi trabajo.

Tengo verdaderas ganas de ir a ese congreso.

No debería habértelo preguntado.

He borrado el e-mail problemático.

Toujou Nozomi

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

De: Ayase Eli

Fecha: 13 de junio de 2016 10:43

Para: Toujou Nozomi

Asunto: ¿Qué has hecho?

Solo protejo lo que es mío.

Ese e-mail que enviaste en un arrebato se ha eliminado del servidor

de SIP, igual que los e-mails que yo te mando.

Por cierto, en ti confío totalmente. En él no.

Ayase Eli

Presidente de Ayase Enterprises Holdings, Inc.

Compruebo si aún tengo sus correos, y han desaparecido. La influen-

cia de este hombre no tiene límites. ¿Cómo lo hace? ¿A quién conoce

que pueda acceder subrepticiamente a las profundidades de los ser-

vidores de SIP y eliminar e-mails? Estoy jugando en una liga muy su-

perior a la mía.

De: Toujou Nozomi

Fecha: 13 de junio de 2016 10:48

Para: Ayase Eli

Asunto: Madura un poco

Eli:

No necesito que me protejan de mi propio jefe.

Quizá él intente algo, pero yo me negaré.

Tú no puedes interferir. No está bien, y supone ejercer un control a

demasiados niveles.

Toujou Nozomi

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

De: Ayase Eli

Fecha: 13 de junio de 2016 10:50

Para: Toujou Nozomi

Asunto: La respuesta es NO

Nozomi:

Yo he presenciado lo «eficaz» que eres para librarte de una aten-

ción que no deseas. Recuerdo que fue así como tuve el placer de pasar

mi primera noche contigo. Ese fotógrafo, como mínimo, siente algo por

ti. Ese canalla, en cambio, no. Es un conquistador profesional e

intentará seducirte. Pregúntale qué pasó con la última ayudante, y con

la anterior.

No quiero discutir por esto.

Si quieres ir a Nueva York, yo te llevaré. Podemos ir este fin de sem-

ana. Tengo un apartamento allí.

Ayase Eli

Presidente de Ayase Enterprises Holdings, Inc.

¡Oh, Eli! No se trata de eso. Esto es muy frustrante. Y él,

cómo no, también tiene un apartamento allí. ¿Dónde más tendrá

propiedades? Y era de esperar que sacara a relucir a Makoto. ¿Es que nunca

me libraré de eso? Estaba borracha, por Dios. Yo nunca me embor-

racharía con Jack.

Me quedo mirando la pantalla, pero supongo que no puedo seguir

discutiendo con él por e-mail. Tendré que esperar el momento oportuno,

esta noche. Miro el reloj. Jack aún no ha vuelto de su reunión con Jerry,

y todavía tengo que solucionar lo de Tsubasa. Vuelvo a leer su correo elec-

trónico y decido que el mejor modo de abordar esto es enviárselo a

Eli. Desviar su atención hacia ella en lugar de hacia mí.

De: Toujou Nozomi

Fecha: 13 de junio de 2016 11:15

Para: Ayase Eli

Asunto: Re Cita para almorzar o Carga irritante

Eli:

Mientras tú estabas muy ocupado interfiriendo en mi carrera y

salvándote el trasero por mis imprudentes misivas, yo he recibido el

siguiente correo de Kira-san. No tengo ningunas ganas de ver-

me con ella… y aunque las tuviera, no se me permite salir de este

edificio. Cómo ha conseguido mi dirección de correo electrónico, la

verdad es que no lo sé. ¿Qué sugieres que haga? Te adjunto su e-mail:

Querida Nozomi:

Me gustaría mucho quedar para comer contigo. Creo que em-

pezamos con mal pie, y me gustaría arreglarlo. ¿Estás libre algún día

de esta semana?

Kira Tsubasa

Toujou Nozomi

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

De: Ayase Eli

Fecha: 13 de junio de 2016 11:23

Para: Toujou Nozomi

Asunto: Carga irritante

No te enfades conmigo. Lo único que me preocupa es tu bienestar.

Si te pasara algo, no me lo perdonaría nunca.

Yo me ocuparé de ella.

Ayase Eli

Presidente de Ayase Enterprises Holdings, Inc.

De: Toujou Nozomi

Fecha: 13 de junio de 2016 11:32

Para: Ayase Eli

Asunto: Hasta luego

¿Podemos hablarlo esta noche, por favor?

Intento trabajar, y tus continuas interferencias me distraen mucho.

Toujou Nozomi

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

Jack vuelve después de las doce y me dice que mi viaje a Nueva

York está descartado, aunque él sí que irá, pero que no puede hacer nada

para cambiar la política de la dirección. Entra en su despacho y cierra de

un portazo. Obviamente está furioso. ¿Por qué está tan indignado?

En el fondo, yo sé que sus intenciones no son en absoluto honor-

ables, pero estoy segura de que podría manejarle, y me pregunto qué

sabe Eli sobre las anteriores ayudantes de Jack. Aparto esos

pensamientos de mi mente y sigo trabajando, pero tomo la decisión de

intentar hacer que Eli cambie de opinión, aunque las posibilidades

sean escasas.

A la una en punto, Jack asoma la cabeza por la puerta del despacho.

—Nozomi ¿podrías traerme por favor algo para comer?

—Claro. ¿Qué te apetece?

—Pastrami con pan de centeno, sin mostaza. Te daré el dinero

cuando vuelvas.

—¿Algo para beber?

—Coca-Cola, por favor. Gracias.

Se mete en su despacho y yo cojo el bolso.

Oh, no. Le prometí a Eli que no saldría. Suspiro. No se enter-

ará. Iré muy rápido.

En recepción, Shiro-chan me ofrece su paraguas porque llueve a cántaros.

Al salir por la puerta principal, me envuelvo bien con la chaqueta y echo

una mirada furtiva en ambas direcciones bajo el inmenso paraguas.

Todo parece en orden. Ni rastro de la Chica Fantasma.

Bajo con paso decidido la calle en dirección a la tienda, esperando

pasar inadvertida. Sin embargo, a medida que me voy acercando mayor

es la escalofriante sensación de que me vigilan, y no sé si es mi agudiz-

ada paranoia o si es verdad. Maldita sea. Espero que no se trate de Mayuri

con un arma.

Solo es fruto de tu imaginación, me suelta mi subconsciente. ¿Quién

demonios querría dispararte?

En cuestión de quince minutos, estoy de vuelta… sana y salva, y

aliviada. Creo que la exagerada paranoia y la vigilancia extremadamente

protectora de Eli están empezando a afectarme.

Cuando le llevo el almuerzo, Jack está hablando por teléfono.

Levanta la vista, tapando el auricular.

—Gracias. Como no vienes conmigo, tendrás que quedarte

hasta tarde. Necesito estos informes. Espero que no tuvieras planes.

Me sonríe afectuosamente y me ruborizo.

—No, no pasa nada —le digo con una sonrisa radiante y el corazón

encogido.

Esto no acabará bien. Eli se pondrá hecho una fiera, seguro.

Cuando vuelvo a mi mesa, decido no decírselo inmediatamente,

porque eso le daría tiempo de sobra para interferir de algún modo. Me

siento y me como el sándwich de ensalada de pollo que me preparó esta

mañana Okimura-san. Es delicioso. Un sándwich exquisito.

Naturalmente, si me fuera a vivir con Eli, ella me prepararía el

almuerzo todos los días de la semana. La idea me produce desasosiego.

Yo nunca he soñado con grandes riquezas ni con todo lo que eso conll-

eva… solo con el amor. Encontrar a alguien que me quiera y no intente

controlar todos mis movimientos. Suena el teléfono.

—Despacho de Jack Hyde…

—Me aseguraste que no saldrías —me interrumpe Eli en un

tono frío y duro.

Se me encoge el corazón por enésima vez en el día de hoy. Por fa-

vor… ¿Cómo diantres lo ha sabido?

—Jack me envió a comprarle el almuerzo. No podía decir que no.

¿Me tienes vigilada?

Se me eriza el vello al pensarlo. No me extraña que fuera tan para-

noica: había alguien vigilándome. Me enfurece pensarlo.

—Por esto es por lo que no quería que volvieras al trabajo —gruñe

Eli.

—Eli, por favor. Estás siendo… —tan Cincuenta—… muy

agobiante.

—¿Agobiante? —susurra, sorprendido.

—Sí. Tienes que dejar de hacer esto. Hablaré contigo esta noche.

Desgraciadamente, hoy tengo que trabajar hasta tarde porque no puedo

ir a Nueva York.

—Nozomi, yo no quiero agobiarte —dice en voz baja, horrorizado.

—Bien, pues lo haces. Y ahora tengo trabajo. Ya hablaremos luego.

Cuelgo. Estoy rendida y ligeramente deprimida.

Después de un fin de semana maravilloso, la realidad se impone.

Nunca he tenido tantas ganas de marcharme. Huir a algún lugar tran-

quilo y apartado donde pueda reflexionar sobre este hombre, sobre cómo

es y sobre cómo tratar con él. En cierta medida sé que es una persona

destrozada —ahora lo veo claramente—, y eso resulta desgarrador y ag-

otador a la vez. A partir de los pocos retazos de información sobre su

vida que me ha dado, entiendo por qué. Un niño que no recibió el amor

que necesitaba; un entorno de malos tratos espantoso; una madre in-

capaz de protegerle y que murió delante de él.

Me estremezco. Mi pobre Cincuenta… Soy suya, pero no para tener-

me encerrada en una jaula dorada. ¿Cómo voy a conseguir que entienda

eso?

Sintiendo un gran peso en el corazón, me pongo sobre el regazo uno

de los manuscritos que Jack quiere que resuma y sigo leyendo. No se me

ocurre ninguna solución sencilla para el problema del control enfermizo

de Eli. Tendré que hablarlo con él más tarde, cara a cara.

Al cabo de media hora, Jack me envía un documento que debo ade-

centar y pulir para que mañana puedan imprimirlo a tiempo para el con-

greso. Eso me llevará toda la tarde e incluso hasta la noche. Me pongo a

ello.

Cuando levanto la vista, son más de las siete y la oficina está

desierta, aunque aún hay luz en el despacho de Jack. No me había dado

cuenta de que todo el mundo se había ido, pero ya casi he terminado. Le

vuelvo a mandar el documento a Jack para que lo apruebe, y reviso mi

bandeja de entrada. No hay nada de Eli, así que echo un vistazo

rápido a mi BlackBerry, y justo en ese momento me sobresalta su zum-

bido: es Eli.

—Hola —murmuro.

—Hola, ¿cuándo acabarás?

—Hacia las siete y media, creo.

—Te esperaré fuera.

—Vale.

Se le nota muy callado, nervioso incluso. ¿Por qué? ¿Estará temer-

oso de mi reacción?

—Sigo enfadada contigo, pero nada más —susurro—. Tenemos que

hablar de muchas cosas.

—Lo sé. Nos vemos a las siete y media.

Jack sale de su despacho.

—Tengo que dejarte. Hasta luego.

Cuelgo.

Miro a Jack, que se acerca con aire despreocupado hacia mí.

—Necesito que hagas un par de cambios. Ya te he vuelto a enviar el

informe.

Mientras guardo el documento, se inclina sobre mí, muy cerca… in-

cómodamente cerca. Me roza el brazo con el suyo. ¿Por accidente? Yo

retrocedo, pero él finge no darse cuenta. Su otra mano descansa en el

respaldo de mi silla y me toca la espalda. Yo me incorporo para no apo-

yarme en el respaldo.

—Páginas dieciséis y veintitrés, y ya estará —murmura con la boca

a unos centímetros de mi oreja.

Su proximidad me produce una sensación desagradable en la piel,

pero procuro ignorarla. Abro el documento y empiezo a introducir los

cambios, nerviosa. Él sigue inclinado sobre mí, y todos mis sentidos es-

tán en alerta máxima. Resulta muy molesto e incómodo, y por dentro es-

toy chillando: ¡Apártate!

—En cuanto esto esté hecho, ya se podrá imprimir. Ya organizarás

eso mañana. Gracias por quedarte hasta tarde para terminarlo, Ana.

Su voz es suave, amable, como si estuviera acechando a un animal

herido. Se me revuelve el estómago.

—Creo que lo mínimo que puedo hacer es recompensarte con una

copa rápida. Te la mereces.

Me coloca detrás de la oreja un mechón de pelo que se ha despren-

dido del recogido, y me acaricia suavemente el lóbulo.

Yo me encojo, apretando los dientes, y aparto la cabeza. ¡Maldita

sea! Eli tenía razón. No me toques.

—De hecho, esta noche no puedo.

Ni ninguna otra noche, Jack.

—¿Solo una rápida? —intenta persuadirme.

—No, no puedo. Pero gracias.

Jack se sienta en el borde de mi mesa y frunce el ceño. En el interior

de mi cabeza suena con fuerza una alarma. Estoy sola en la oficina. No

puedo marcharme. Inquieta, echo un vistazo al reloj. Faltan cinco

minutos para que llegue Eli.

—Yo creo que formamos un gran equipo, Nozomi. Siento no haber po-

dido conseguir lo del viaje a Nueva York. No será lo mismo sin ti.

Seguro que no. Sonrío débilmente, porque no se me ocurre qué de-

cir. Y por primera vez en todo el día, siento un ligerísimo alivio por no

poder ir.

—¿Así que has tenido un buen fin de semana? —pregunta

suavemente.

—Sí, gracias.

¿Qué pretende con esto?

—¿Viste a tu novio?

—Sí.

—¿A qué se dedica?

Es el amo de tu trasero…

—A los negocios.

—Interesante. ¿Qué clase de negocios?

—Oh, está metido en asuntos muy diversos.

Jack ladea la cabeza y se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio

privado… otra vez.

—Estás muy evasiva.

—Bueno, telecomunicaciones, industria y agricultura.

Jack arquea las cejas.

—Cuántas cosas… ¿Para quién trabaja?

—Trabaja por cuenta propia. Si el documento te parece bien, me

gustaría marcharme, si estás de acuerdo.

Se aparta. Mi espacio privado vuelve a estar a salvo.

—Claro. Perdona, no pretendía retenerte —miente.

—¿A qué hora cierra el edificio?

—El vigilante está hasta las once.

—Bien.

Sonrío, y mi subconsciente se recuesta en su butaca, aliviada de

saber que no estamos solos en el edificio. Apago el ordenador, cojo el

bolso y me levanto, lista para irme.

—¿Te gusta, entonces? ¿Tu novio?

—Lo quiero —contesto, y miro directamente a los ojos de Jack.

—Ya. —Jack tuerce el gesto y se levanta de mi escritorio—. ¿Cómo

se apellida?

Enrojezco.

—Ayase. Ayase Eli —mascullo.

Jack se queda con la boca abierta.

—¿El soltero más rico de Akibahara? ¿Ese Ayase Eli?

—Sí. El mismo.

Sí, ese Ayase Eli, tu futuro jefe, que se te merendará si vuelves

a invadir mi espacio privado.

—Ya me pareció que me era familiar —dice Jack, sombrío, y vuelve

a levantar una ceja—. Bien, pues es un hombre con suerte.

Me lo quedo mirando. ¿Qué contesto a eso?

—Que pases una buena noche, Nozomi.

Jack sonríe, pero esa sonrisa no se refleja en sus ojos, y regresa a

toda prisa a su despacho sin volver la vista.

Suspiro, aliviada. Bien, puede que este problema ya esté solucion-

ado. Cincuenta ha vuelto a obrar su magia. Su nombre me basta como

talismán, y ha hecho que ese hombre se retirara con la cola entre las

piernas. Me permito una sonrisita victoriosa. ¿Lo ves, Eli? Incluso

tu nombre me protege; no tienes que molestarte en tomar esas medidas

tan drásticas. Ordeno mi mesa y miro el reloj. Eli ya debe de estar

fuera.

El Audi está aparcado en la acera, y Nico-san se apresura a bajar para

abrirme la puerta de atrás. Nunca me he alegrado tanto de verle, y entro

a toda prisa en el coche para guarecerme.

Eli está en el asiento de atrás, y clava en mí sus ojos, muy

abiertos y prudentes. Con la mandíbula tensa y prieta, preparado para mi

rabia.

—Hola —musito.

—Hola —contesta con cautela.

Se me acerca, me coge la mano y la aprieta fuerte, y se me derrite un

poco el corazón. Estoy muy confusa. Ni siquiera he decidido qué tengo

que decirle.

—¿Sigues enfadada?

—No lo sé —murmuro.

Él levanta mi mano y me acaricia los nudillos con besos livianos y

delicados.

—Ha sido un día espantoso —dice.

—Sí, es verdad.

Pero, por primera vez desde que se fue a trabajar esta mañana,

empiezo a relajarme. Solo estar con él es como un bálsamo relajante, y

todos esos líos con Jack, y el intercambio de e-mails beligerantes, y el

incordio añadido que supone Tsubasa, se desvanecen. Solo estamos yo y

mi controlador obsesivo, en la parte de atrás del coche.

—Ahora que estás aquí ha mejorado —dice en voz baja.

Seguimos sentados en silencio mientras Nico-san avanza entre el

tráfico vespertino, ambos meditabundos y contemplativos; pero noto que

Eli también se va relajando lentamente, mientras pasa el pulgar

suavemente sobre mis nudillos con un ritmo tenue y calmo.

Nico-san nos deja en la puerta del edificio del apartamento, y ambos

nos refugiamos rápidamente en el interior. Eli me coge la mano

mientras esperamos el ascensor, y sus ojos controlan la entrada del

edificio.

—Deduzco que todavía no han encontrado a Mayuri.

—No. Welch sigue buscándola —reconoce, consternado.

Llega el ascensor y entramos. Eli baja la vista hacia mí con

sus ojos azules inescrutables. Oh, está sencillamente guapísimo, con el

pelo alborotado, la camisa blanca, el traje oscuro. Y de repente ahí está,

surgida de la nada, esa sensación. Oh, Dios… el anhelo, el deseo, la

electricidad. Si fuera visible, sería una intensa aura azul a nuestro

alrededor y extendiéndose entre los dos; es algo muy fuerte. Él me mira

y separa los labios.

—¿Tú lo sientes? —musita.

—Sí.

—Oh, Nozomi.

Con un leve gruñido, me agarra y sus brazos se deslizan a mi

alrededor, y poniendo una mano en mi nuca inclina mi cabeza hacia at-

rás, mientras sus labios buscan los míos. Hundo los dedos en su cabello

y le acaricio la mejilla, mientras él me empuja contra la pared del

ascensor.

—Odio discutir contigo —jadea pegado a mi boca, y su beso tiene

una cualidad de pasión y desespero que es un reflejo de lo que yo siento.

El deseo estalla en mi cuerpo, toda la tensión del día buscando una

salida, presionando contra él, exigiendo más. Somos solo lenguas y ali-

ento y manos y caricias, y una sensación dulce, muy dulce. Pone la

mano en mi cadera y me levanta la falda, bruscamente. Sus dedos me

acarician los muslos.

—Santo Dios, llevas medias —masculla con asombro reverente,

mientras con el pulgar me acaricia la piel por encima de la línea de la

media—. Quiero ver esto —suspira, y me levanta completamente la

falda, descubriendo la parte superior de mis muslos.

Da un paso atrás y aprieta el botón de parada, y el ascensor se de-

tiene poco a poco entre los pisos veintidós y veintitrés. Tiene los ojos

turbios, los labios entreabiertos y respira con dificultad, como yo. Nos

miramos fijamente, sin tocarnos. Yo agradezco el sostén de la pared que

tengo detrás, mientras me deleito en el atractivo sensual y carnal de este

hermoso hombre.

—Suéltate el pelo —ordena con voz ronca. Yo levanto la mano y

libero mi mTsubasa, que cae como una nube densa alrededor de los hom-

bros hasta mis senos—. Desabróchate los dos botones de arriba de la

blusa —murmura, con los ojos muy abiertos.

Me hace sentir tan lasciva… Alargo una mano ansiosa y desabrocho

los dos botones, y la parte superior de mis pechos queda seductoramente

a la vista.

Él traga saliva.

—¿Tienes idea de lo atractiva que estás ahora mismo?

Yo me muerdo el labio con toda la intención. Él cierra un segundo

los ojos, y luego vuelve a abrirlos, ardientes. Avanza y apoya las manos

en las paredes del ascensor, a ambos lados de mi cara. Está todo lo cerca

que puede, sin tocarme.

Levanto el rostro para mirarlo a los ojos, y él se inclina y me acaricia

la nariz con la suya: ese es el único contacto entre los dos. Estoy tan ex-

citada, encerrada en este ascensor con él. Le deseo… ahora.

—Yo creo que sí, Toujou-san. Yo creo que le gusta volverme

loco.

—¿Yo te vuelvo loco? —susurro.

—En todos los sentidos, Nozomi. Eres una sirena, una diosa.

Y se acerca, me coge una pierna por encima de la rodilla y se la

coloca alrededor de la cintura, de modo que ahora estoy de pie sobre una

pierna y apoyada contra él. Le siento pegado a mí, le noto duro y an-

helante sobre el vértice de mis muslos, mientras desliza los labios por mi

garganta. Gimo y le rodeo el cuello con los brazos.

—Voy a tomarte ahora —masculla, y, en respuesta, arqueo la es-

palda y me pego a él, anhelando el contacto.

Del fondo de su garganta surge un quejido ronco y quedo, y cuando

se desabrocha la cremallera me excito aún más.

—Abrázame fuerte, nena —murmura, y como por arte de magia saca

un envoltorio plateado que sostiene frente a mi boca.

Yo lo cojo con los dientes, él tira, y lo rasgamos entre los dos.

—Buena chica. —Se aparta ligeramente para ponerse el condón—.

Dios, estos próximos seis días se me van a hacer eternos —dice con un

gruñido, y me mira con los ojos entreabiertos—. Espero que no les ten-

gas demasiado cariño a estas medias.

Las rasga con dedos expertos y se desintegran entre sus manos. La

sangre bombea frenética por mis venas y jadeo de deseo.

Sus palabras son embriagadoras, y olvido la angustia que he pasado

durante el día. Y solo somos él y yo, haciendo lo que mejor hacemos.

Sin apartar sus ojos de mí, Eli se hunde despacio en mi interior.

Mi cuerpo cede y echo la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, goz-

ando de sentirle dentro. Él se retira y entra de nuevo, muy lento, muy

suave. Gimo.

—Eres mía, Nozomi —susurra pegado a mi cuello.

—Sí. Tuya. ¿Cuándo te convencerás? —jadeo.

Él gruñe y empieza a moverse, a moverse de verdad. Y yo sucumbo

a su ritmo incesante, saboreo cada embestida, hacia delante y hacia at-

rás, su respiración entrecortada, su necesidad de mí reflejando la mía de

él.

Esto hace que me sienta poderosa, fuerte, deseada, amada… amada

por este hombre fascinante, complicado, a quien yo también amo con to-

do mi corazón. Él empuja más y más fuerte, sin aliento, y se pierde en

mí mientras yo me pierdo en él.

—Oh, nena —gime Eli, rozándome el mentón con los dientes,

y alcanzo un intenso orgasmo. Él se para, me sujeta fuerte, y también

llega al clímax mientras susurra mi nombre.

Ahora que Eli, exhausto y tranquilo, ha recuperado el aliento,

me besa con ternura. Me mantiene de pie contra la pared del ascensor,

tenemos las frentes pegadas, y siento mi cuerpo como de gelatina, débil,

pero gratificado y saciado por el orgasmo.

—Oh, Nozomi —susurra—. Te necesito tanto.

Me besa la frente.

—Y yo a ti, Eli.

Me suelta, me alisa la falda y me abrocha los dos botones del escote

de la blusa. Luego marca una combinación numérica en el panel y

vuelve a poner en marcha el ascensor, que arranca bruscamente y me

lanza a sus brazos.

—Nico debe de estar preguntándose dónde estamos —dice son-

riendo con malicia.

Oh, no… Me paso los dedos por el pelo alborotado en un vano in-

tento de disimular la evidencia de nuestro encuentro sexual, pero en-

seguida desisto y me hago una coleta.

—Ya estás bien —dice Eli con una mueca de ironía, mientras

se sube la cremallera del pantalón y se mete el condón en el bolsillo.

Y una vez más vuelve a ser la imagen personificada del emprendedor Japones (bueno mas bien ruso), aunque en su caso la diferencia es mínima, porque su

pelo casi siempre tiene ese aspecto alborotado. Ahora sonríe relajado y

sus ojos tienen un encantador brillo juvenil. ¿Todos los hombres se

apaciguan tan fácilmente?

Se abre la puerta, y Nico-san está allí esperando.

—Un problema con el ascensor —musita Eli cuando salimos.

Yo soy incapaz de mirar a la cara a ninguno de los dos, y cruzo a

toda prisa la puerta doble del dormitorio de Eli en busca de una

muda de ropa interior.

Cuando vuelvo, Eli se ha quitado la chaqueta y está sentado en

la barra del desayuno charlando con Okimura-san. Ella sonríe afable y

dispone dos platos de comida caliente para nosotros. Mmm, huele muy

bien: si no me equivoco. Estoy hambrienta.

—Espero que les guste, Ayase-san, Ana —dice, y se retira.

Eli saca una botella de vino blanco de la nevera, y nos sen-

tamos a cenar. Me cuenta lo cerca que está de perfeccionar un teléfono

móvil con energía solar. Está animado y emocionado con el proyecto, y

entonces sé que su día no ha ido tan mal del todo.

Le pregunto por sus propiedades. Sonríe irónico, y resulta que solo

tiene apartamentos en Nueva York, en Aspen, y el del Escala. Nada más.

Cuando terminamos, recojo su plato y el mío y los llevo al fregadero.

—Deja eso —dice.

Me doy la vuelta y le miro, y él me responde fijando sus ojos en mí.

¿Llegaré a acostumbrarme a que alguien limpie lo que voy dejando por

ahí?

—Bien, ahora que ya está más dócil, Toujou-san, ¿hablaremos

sobre lo de hoy?

—Yo opino que el que está más dócil eres tú. Creo que se me da

bastante bien eso de domarte.

—¿Domarme? —resopla, divertido. Cuando yo asiento, arruga la

frente como si meditara mis palabras—. Sí, Nozomi, quizá si se te dé

bien.

—Tenías razón sobre Jack —digo entonces en voz baja y seria, y me

inclino sobre la encimera de la isla de la cocina para estudiar su

reacción.

A Eli le cambia la cara y se le endurece la mirada.

—¿Ha intentado algo? —pregunta con una voz gélida y letal.

Yo niego con la cabeza para tranquilizarle.

—No, Eli, y no lo hará. Hoy le he dicho que soy tu novia, y

enseguida ha reculado.

—¿Estás segura? Podría despedir a ese cabrón —replica Eli.

Envalentonada por el vino, suspiro.

—Sinceramente, Eli, deberías dejar que yo solucione mis

problemas. No puedes prever todas las contingencias para intentar prote-

germe. Resulta asfixiante, Eli. Si no dejas de interferir a todas

horas, no progresaré nunca. Necesito un poco de libertad. A mí jamás se

me ocurriría meterme en tus asuntos.

Él se me queda mirando.

—Yo solo quiero que estés segura y a salvo, Nozomi. Si te pasara

algo, yo…

Se calla.

—Lo sé, y entiendo por qué sientes ese impulso de protegerme. Y en

parte me encanta. Sé que si te necesito estarás ahí, como yo lo estaré por

ti. Pero si albergamos alguna esperanza de futuro para los dos, tienes

que confiar en mí y en mi criterio. Claro que a veces me equivocaré, que

cometeré errores, pero tengo que aprender.

Me mira fijamente, con una expresión ansiosa que me incita a acer-

carme a él, hasta colocarme de pie entre sus piernas, mientras sigue sen-

tado en el taburete de la barra. Le cojo las manos para que me rodee con

ellas, y luego apoyo las mías en sus brazos.

—No puedes interferir en mi trabajo. No está bien. No necesito que

aparezcas como un caballero andante para salvarme. Ya sé que quieres

controlarlo todo, y entiendo el porqué, pero no puedes hacerlo siempre.

Es una meta imposible… tienes que aprender a dejar que las cosas

pasen. —Le acaricio la cara con una mano mientras él me observa con

los ojos muy abiertos—. Y si eres capaz de hacer eso, de concederme

eso, vendré a vivir contigo —añado en voz baja.

Inspira bruscamente, sorprendido.

—¿De verdad?

—Sí.

—Pero si no me conoces…

Frunce el ceño y de pronto parece ahogado y aterrado por la emo-

ción, algo totalmente impropio de Cincuenta.

—Te conozco lo suficiente, Eli. Nada de lo que me cuentes

sobre ti hará que me asuste y salga huyendo. —Le paso los nudillos por

la mejilla suavemente. Su rostro pasa de la angustia a la duda—. Pero si

pudieras dejar de presionarme… —suplico.

—Lo intento, Nozomi. Pero no podía quedarme quieto y dejar que

fueras a Nueva York con ese… canalla. Tiene una reputación espantosa.

Ninguna de sus ayudantes ha durado más de tres meses, y nunca se han

quedado en la empresa. Yo no quiero eso para ti, cariño. —Suspira—.

No quiero que te pase nada. Me aterra la idea de que te hagan daño. No

puedo prometerte que no interferiré, no, si creo que puedes salir mal

parada. —Hace una pausa y respira hondo—. Yo te quiero, Nozomi.

Utilizaré todo el poder que tengo a mi alcance para protegerte. No puedo

imaginar la vida sin ti.

Madre mía. La diosa que llevo dentro, mi subconsciente y yo

miramos boquiabiertas y estupefactas a Cincuenta.

Tres palabritas de nada. Mi mundo se paraliza, vacila, y luego

empieza a girar sobre un nuevo eje; y yo saboreo el momento mirando

sus sinceros y hermosos ojos azules.

—Yo también te quiero, Eli.

Y le beso, y el beso se intensifica.

Nico-san, que ha entrado sin que le viéramos, carraspea. Eli se

echa hacia atrás, sin dejar de mirarme intensamente. Se pone de pie y me

rodea la cintura con el brazo.

—¿Sí? —le espeta a Nico-san.

—Kira-san está subiendo, señor.

—¿Qué?

Nico-san se encoge de hombros a modo de disculpa. Eli respira hondo y sacude la cabeza.

—Bueno, esto se pone interesante —masculla. Y me dedica una mueca de resignación.

¡Maldita sea! ¿Por qué no nos dejará en paz esa condenada mujer?

¡Al fin volvieron los capítulos de cincuenta sombras! Ahora si, volveré a la rutina de subir los capítulos lunes, miércoles y viernes. Ya para acabar con el segundo libro que es un poco más extenso.

Agradezco la paciencia y espero que sigan apoyando esta adaptación.

Ya saben: dudas, críticas o alguna cosa por favor no duden en comentarlo. Sus reviews alimentan la creatividad de cualquier escritor, así que regalen aunque sea un review a cada historia que lean en sus hermosas vidas.

Nos vemos en la siguiente actualización~ n_n