©"Shingeki no Kyojin/進撃の巨人" y sus personajes pertenecen a Hajime Isayama
Más de un mes, un maldito mes sin actualizar. Espero que aceptéis mis disculpas, o al menos eso intentaré con este capítulo. ¡Es casi el doble de largo que los demás! ¿Cómo he podido escribir tanto? Que alguien me lo explique.
¿Mi excusa por tan larga ausencia? Época de exámenes, novio y Navidad. Suma eso y ahí tienes la respuesta.
「CAPÍTULO 11」
Jean
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—¿Y a qué hora volverás?
—No sé, má. Cuando me aburra, supongo —Fuera hace frío, así que me abrigo y compruebo que no olvido nada antes de salir.
—Jeanbo.
Giro la cabeza para ver qué quiere mi madre. La cara de ogro que se había pintado durante estos días cambió por completo cuando le dije que me fue bien en el examen. Lleva toda la tarde dando vueltas por la casa, con una sonrisa que había dado por extinta.
Me confunde. Hace que parezca fácil complacerla.
—Pásatelo bien, hijo —Pellizca mi mejilla a modo de despedida. Por mi parte, devuelvo el gesto con un intento de sonrisa.
Cierro la puerta tras de mí.
El sol está rasgando el horizonte cuando mis pies pisan la calle. Su luz moribunda transforma el cielo en un lienzo donde ningún color es imposible de inventar, y la infinidad de tonos que tiñen las nubes captan mi atención. Detengo mis pasos, embobado en ese algodón de azúcar esparcido en largas pinceladas hasta perderse.
Con tantas tardes estudiando en la biblioteca, había llegado a olvidar lo mucho que me gusta el atardecer. Pero tampoco puedo quedarme quieto más tiempo. Una melodía me avisa de que acaba de llegarme un mensaje, y no necesito verlo para saber de quién es.
He quedado con Armin a mitad de camino para ir juntos al local de karaoke, y por una vez me gustaría no hacerle esperar.
El cielo ha oscurecido por completo cuando llego al lugar acordado. La estática figura de Armin destaca entre las sombras en constante movimiento que se proyectan sobre la acera a la luz de las farolas. No sé cómo lo hace para estar siempre el primero, incluso si me empeño en ser puntual.
—Hola —saludo.
—Hola.
—¿Llevas mucho esperando?
—No, acabo de llegar —El viento revuelve sus cabellos y los hace volar alrededor de su rostro. Es gracioso cuando intenta hablar pero el pelo le interrumpe metiéndose en su boca.
Nos ponemos en marcha de inmediato. No hay prisa pero con este frío es incómodo estar a la intemperie.
—Estoy empezando a pensar que debería regalarte unas horquillas por Navidad.
—Aún queda mucho para Navidad.
—Tienes razón. Solo estoy buscando ideas.
—Está demasiado largo y descuidado —Atrapa un mechón y lo mira de cerca—. Debería cortarlo…
—¿Qué? —Intento imaginar a Armin con un corte de pelo como el mío y me es imposible—. Ni se te ocurra hacer eso. Sería como… un sacrilegio.
—¡No exageres! —exclama entre risas.
—Lo digo en serio —Pero él no lo toma en serio y sigue riéndose con esa risa peculiar suya. Tapándose la boca con la bufanda.
—¿Y adónde se supone que estamos yendo? —pregunta al cabo de un rato caminando en contra del viento. Esconde las manos en los bolsillos de su abrigo. Unos bolsillos un poco grandes para sus manos.
—Es un bar con micro abierto. Ya sabes, pides la canción y esperas tu turno para cantarla delante de todo el mundo. Alguna vez he ido con los chicos de mi grupo y siempre terminamos dedicándonos canciones ñoñas entre nosotros —Mis labios se curvan recordando esos momentos divertidos—. Te va a gustar, estoy seguro.
Pero mi sonrisa se borra al mirarle. Camina con la cabeza gacha, hundiendo la boca en los pliegues de su bufanda y, aunque no puedo verle la cara porque se oculta bajo su flequillo, sé que está serio. Pensativo.
No ha escuchado ni una palabra de lo que he dicho, pero tampoco me molesta. Armin eleva el límite de mi paciencia.
—¿Estás bien?
Da un respingo cuando mi mano se posa sobre su hombro.
—Sí —responde como si hubiera despertado de un trance—. ¿Por qué iba a estar mal?
—Te noto raro desde esta mañana.
Mi afirmación parece sorprenderle. Si no, sus ojos no estarían abiertos de esa manera. Hay algo en ellos, en él, que no es igual, lo que solo confirma mi sospecha.
—Vaya —Sonríe, pero es una sonrisa cansada, apagada. Más bien una mueca—, me has pillado.
Y no dice más. Recoge algunos mechones rebeldes tras su oreja y sigue andando. Es su forma de cerrar la conversación, aunque en mi mente deja un sinfín de preguntas y una sensación extraña.
Sí, desde esta mañana he notado la nube negra que le envuelve y he pensado en ello. Algo invade los pensamientos de Armin y me gustaría ayudarle, pero mis preguntas pueden abrir heridas en él, sobre todo ahora que sé que sus padres murieron. Y hacerle daño es lo último que quiero.
Por eso dejo que él mismo decida contármelo.
Por eso dejo que entre nosotros, el silbido del viento sea lo único en escucharse.
El letrero luminoso de Your Shower es la salvación a nuestro mutismo. Un nombre curioso para un pequeño karaoke donde cualquiera puede sentirse una estrella. Es similar a la ducha para aquellos que, como yo, tenemos esa afición de dar conciertos privados entre agua y jabón. Los champús se vuelven locos cuando hago el solo de mi canción favorita.
Busco con la mirada a los demás cuando entramos, hallándolos en una esquina apartada de las otras mesas. No es difícil verlos. La escandalosa voz de Connie y Sasha se alza por encima de la música.
—Habéis tardado un poco —Reiner es el primero en vernos.
—Culpa mía —Me señalo con el pulgar mientras tomamos asiento. Eren ha reservado un hueco en el sofá para Armin, entre él y Mikasa. Yo me siento con Marco y Connie.
—Estos —susurra Marco señalando a Sasha y Connie, aunque Eren también está incluido, estoy seguro— han empezado a darme miedo.
Aprovecho su cercanía para darle un codazo en el antebrazo.
—Sin tu querida Historia nada es igual, ¿eh?
Su frente se arruga al mismo tiempo que frota el lugar del golpe. Entonces me fijo en la mesa, vacía.
—¿Aún no habéis pedido nada para tomar?
—No podemos pedir alcohol, tío listo —se queja Eren—. Todavía somos menores.
—¡Pues pide un refresco, idiota!
—¡¿A quién llamas idiota, idiota?!
Marco llama a una camarera y la discusión termina cuando nos toma nota. Las bebidas no tardan en llegar y se acaban entre charlas aisladas y pequeñas bromas. Sin embargo, nadie se anima a cantar a pesar de las ganas que teníamos de venir a un karaoke.
Sasha parece leerme la mente. Tumba una botella vacía en la mesa y la hace girar.
—Connie, ¿verdad o reto? —La boca de la botella le apunta a él.
Entiendo lo que está pensando. Solo a ella se le puede ocurrir jugar a eso aquí, pero puede ser la excusa perfecta para que alguno de nosotros suba a la plataforma del micrófono.
Connie respira hondo, pensando qué elegir. Sabe que si escoge un reto, le obligaremos a marcarse una canción; por otro lado, revelar un secreto embarazoso tampoco es divertido.
—Verdad.
—Yo tengo una pregunta —dice Reiner—: ¿Has visto alguna vez a una chica desnuda?
Es difícil describir el color que toma la cara de Connie en este momento. Primero se vuelve completamente blanca, un blanco enfermizo, pasando por varios tonos hasta llegar a un rojo intenso. Jamás le había visto así. Parece que va a estallarle la cabeza.
—S-sí… Pero no fue mi culpa. ¡Solo quería entrar al baño y el pestillo no estaba puesto, ¿acaso tengo que ser adivino?!
No entiendo nada. Y a juzgar por los rostros de los demás, no soy el único. Todos se muestran desconcertados a excepción de Marco.
—¡Podrías haber llamado, al menos! —grita Sasha de repente, también sonrojada—. ¡Es lo mínimo cuando compartes apartamento y baño con una chica!
Entonces todo cobra sentido y la risa se me escapa.
—¡Era una emergencia! ¡Lo último que tenía en mente era que estuvieras duchándote!
Parece una discusión de pareja recién casada aún no acostumbrada a convivir. Una pareja muy melodramática, por cierto. Solo falta la reconciliación apasionada para completar la película, pero la quitamos antes de dicha escena.
Una vez normalizada la situación, giramos la botella otra vez. Ésta da vueltas y vueltas en busca de la segunda víctima hasta detenerse, apuntando directamente a mí.
—Reto.
—Dedícale una canción de amor a Eren —propone Connie con malicia.
Lo sabía. Sabía que iban a elegir cantar, pero ¿dedicarle una canción al idiota suicida?
—Ni hablar.
—¡No puedes negarte! —exclama él.
—De los que estamos aquí, eres el más cercano a la música —dice Mikasa. Todos conocemos la voz que esconde Annie tras su máscara de hielo.
—Os lo dije, solo sabe aporrear el bajo —Eren suelta orgulloso el comentario y me lanza una mirada desafiante.
—Te vas enterar.
Sin pensármelo dos veces, me dirijo al mostrador donde se piden las canciones y escojo Daydreamin'. Ya la he cantado antes con los chicos del grupo y sé la letra al completo. Además, la voz del cantante se parece bastante a la mía.
En ocasiones, el sentimiento, la emoción al cantar, es más importante que la voz. Y el tema de la canción me inspira porque, de una forma u otra, me recuerda a cierta niña de ojos llorosos que besé hace tiempo.
El juego continúa cuando regreso a la mesa, tras dejarlos estupefactos. Sobre todo a Eren, que no se cree que haya sido yo quien cantaba.
La siguiente víctima del azar es Sasha.
—¡Reto!
—Qué convencida lo dices —Sonrío de lado, repasando mentalmente ideas bochornosas para darle un reto nada fácil.
—Por supuesto. Prefiero hacer un poco el ridículo a confesar secretos que no quiero que se conozcan. ¿Qué quieres que cante?
—Bueno, creo que esta vez vamos a probar otra cosa —La idea es brillante y voy a merecer un aplauso por lo divertido que va a ser—: Llama al primer chico de tu listado de contactos y dile que estás enamorada de él.
—¡¿Cómo?! —exclaman ella y Connie al unísono.
Es obvio que el contacto no puede ser ninguno de nosotros, así que Armin queda descartado. El siguiente chico que aparece en la lista es Bertholdt, y Sasha no puede estar más nerviosa mientras cruza los dedos para que nadie conteste al otro lado de la línea.
—Pon el altavoz —sugiero con entusiasmo.
Dos tonos. A la tercera va la vencida.
—¿Sasha?
—Hola, Berth —Pobre. La voz le tiembla.
—Qué raro que me llames. ¿Ha pasado algo?
—No, tranquilo… No es nada de eso… —Nuestras miradas permanecen clavadas en ella, exigiendo que se deje de rodeos—. En realidad sí. Tengo que decirte algo muy importante y no puede esperar.
—Me estás asustando.
—No es malo… es solo que… estoy enamorada de ti.
Silencio.
Nada.
Por un momento creemos que la llamada se ha cortado. El reto no tiene gracia sin escuchar la respuesta de la otra persona.
—Di algo —le susurro a Sasha.
—¿Berth?
—¿Sí? Sigo aquí —La declaración le ha sorprendido a juzgar por el timbre de su voz—. La verdad, no sé qué decir. Me pones en una situación complicada porque, verás… yo estoy… a mí me gusta Annie.
Ahora los que quedamos en silencio somos nosotros, que nos miramos unos a otros con caras de asombro. Reiner tampoco esperaba aquella confesión.
—Esto… —Solo yo soy capaz de reaccionar y poner fin a la broma—. Bertholdt, no iba en serio. Estamos jugando a verdad o reto y se me ocurrió ponerle este reto a Sasha.
—Yo lo flipo… —Bertholdt casi nunca se enfada, pero cuando lo hace, puede estar más de un mes sin dirigirnos la palabra.
—Lo siento. Lo sentimos —Disculparse es la mejor opción—. No sabíamos que ibas a reaccionar de esa forma tan sincera.
—¿Y qué querías que hiciera? Si una amiga me dice que está enamorada de mí, le explico la razón por la que no puedo corresponder sus sentimientos. Es lógico.
Menos mal que Reiner interviene. Bertholdt parece calmarse y dejar de lado el asunto.
—Más os vale guardar el secreto —advierte antes de colgar.
Tras la extraña llamada, nadie se atreve a lanzar un reto que implique a más gente aparte de nosotros. Y así es durante varias rondas, en las que se revelan secretos oscuros y deseos internos vergonzosos. Se me saltaron las lágrimas cuando Eren tuvo que salir a cantar Heaven de Bryan Adams. Parecía estar cantándole a una cabra.
—No es justo. Es la tercera vez que me toca —vocifero cuando la botella vuelve a señalarme.
—Venga, no seas quejica —En esta ocasión es él quien debe formular la pregunta o proponer el reto. Está ansioso por hacerme pasar un mal rato como venganza por eso de la cabra.
—Que lo haga Marco. A él solo le ha tocado una vez.
—Eso es trama y lo sabes —añade Sasha.
Al final intentan convencerme entre todos, Armin incluido. Es entonces cuando me fijo en él y veo que parece más animado que en el camino hacia aquí. Me siento más tranquilo al comprobar que su sonrisa sigue siendo la misma, aunque la presencia de Eren a su lado haciéndolo reír rompe mis esquemas. Supongo que es normal. Quizá se encontraba incómodo por el frío o no escuchaba bien por culpa del fuerte viento. Quizá solo se debía a eso y me preocupé sin razón alguna.
—¡Jean! —grita Eren, estrellándome contra la realidad.
—¿Qué?
—¡Pues que decidas: ¿verdad o reto?!
—Ah, creo que verdad.
Su sonrisa es propia de una película de terror antigua, esas en blanco y negro. Quiero dejar de jugar ya a esto, incluso antes de saber la pregunta que tiene para mí. Imagino lo peor.
—¿Cómo fue tu primer beso? —suelta sin más.
El aire que he contenido en los pulmones, sale en un suspiro. Siendo sincero, esperaba algo mucho peor.
—Tenía tres años… ¿o eran cuatro? —empiezo a explicar, haciendo memoria ya que de esa época recuerdo pocos detalles.
—No, ese beso no cuenta —interrumpe Eren—. Tu primer beso de verdad.
Por un instante no entiendo de qué me habla. Repaso sus palabras hasta caer en la cuenta de lo que quiere oír. Mis mejillas se sonrojan sin remedio con solo pensarlo, y eso que no suelo sonrojarme. El recuerdo de aquel beso regresa más fresco y vivo que nunca. A pesar de la breve eternidad que duró el contacto, éste arde en mi labio inferior, todavía reciente.
—Bueno, os va a parecer una tontería pero… —Me cuesta hablar y ordenar las ideas al mismo tiempo. Sentir sus pupilas clavadas en mí no es de mucha ayuda—. Fue en una tarde de comienzos de verano, hace unos cinco años. A Reiner se le ocurrió un juego para olvidarnos del calor y, por casualidad, por pura coincidencia, llegué a encontrarme con una chica a orillas del lago. Estaba llorando. No la conocía ni de vista, por lo que supuse que no era del pueblo. Su llanto era tan doloroso que no fui capaz de irme y dejarla allí sola.
»Era hermosa. La chica más guapa que he visto en lo que llevo de vida. Su cabello rubio brillaba con cada rayo de sol, pero tenía la cara oculta entre sus rodillas y no podía ver su rostro. Quise saber por qué lloraba una chica tan guapa y, cuando me atreví a preguntar, ella levantó la cabeza y…
Quedé en silencio, mudo. Incapaz de encontrar adjetivos suficientes para continuar.
¿Existen adjetivos para esos ojos ahogados en lágrimas que me devolvieron la mirada? ¿Acaso puedo explicar con palabras la sensación que me atrapó en ese momento? Necesitaría horas para hacerles llegar las miles de sensaciones que viví en ese beso. Porque, si de algo estoy seguro, es que parte de mí se perdió en su boca.
—No volví a verla. Me pregunto cómo se sentirán sus labios ahora.
De pronto, el eco lejano en que se había convertido el ruido del bar, vuelve a la normalidad. Me encuentro con sus pares de ojos fijos en mí, cada cual con una expresión más rara estampada en la cara.
Sasha deja escapar un suspiro. Eren separa los labios, blancos de mantenerlos apretados. Pero quien más me sorprende es Armin, que con ojos desencajados tiene la vista perdida en el centro de la mesa. Su rostro está completamente rojo; no el ligero sonrojo que suele cubrir sus mejillas, sino un rojo que roza el bermellón.
—Te has quedado a medias —comenta Reiner.
Pero no le hago caso.
Armin iza la cabeza y nuestras miradas se cruzan. Es extraño el sentimiento que me envuelve en ese instante, pero no puedo desprenderme del brillo que hay sus ojos, ni siquiera cuando se aleja de la mesa diciendo que va al baño.
—Desde luego, Jean —La pedante voz de Eren invade los rincones de mi mente—. Eres un corta-rollos.
—¿Yo? Pero si fuisteis vosotros los que habéis insistido. ¿He dicho algo malo?
—Te has cargado el ambiente con semejante cursilería.
—¿Cursilería? Como se nota que no te ha ocurrido nada así.
—¿Qué insinúas con eso?
—Está claro que nunca has besado a nadie.
Su mueca de enfado es solo un gesto que corrobora lo que acabo de decir.
Sin embargo, me da igual. Estoy más pendiente del pasillo de los baños que de los ladridos de Eren. Armin está tardando en volver, y el aspecto que tenía cuando se fue me preocupa.
Como no regresa, decido ir a buscarle. Antes de que pueda abrir la puerta, ésta se abre y el cuerpo de Armin choca con el mío. Se me queda mirando con una expresión difícil de descifrar, sorprendido de verme. Su rostro ha perdido ese color antinatural y sus ojos han recuperado el brillo de siempre, su azul de siempre.
—Venía a ver si estabas bien. ¿Estás bien?
Aparta la mirada a un lado, sin responder, sumiéndonos en un silencio que no comprendo. Me impacienta. Por alguna razón, su comportamiento está empezando a ponerme nervioso.
—Estoy bien —Corta el aire con esas dos simples palabras. Es casi un susurro, pero se siente como un cuchillo rasgando tela. Él también lo nota.
—Pues volvamos con los demás, ¿vale? —Qué más puedo hacer aparte de animarle—. Estoy obligado a asegurar que todos se lo pasan bien porque, al fin y al cabo, os he arrastrado hasta aquí. ¿Te lo estás pasando bien?
—Sí.
—¡Pues alegra el careto! —Revuelvo su pelo, y por lo menos con eso puedo robarle una sonrisa torcida—. Voy a por algo de beber, ¿tú qué quieres?
—Una limonada estaría bien.
—Ok, voy a por ello, pero cuando vuelva te quiero ver con esos dos —Le abrazo por los hombros y señalo a Eren y Connie a lo lejos— poniendo caras estúpidas.
Armin asiente y suelta un suspiro.
—Gracias, Jean.
—Eh, luego te toca a ti invitarme a algo —digo mientras me alejo, dirigiéndome a la barra. Sé que no me da las gracias por la limonada, pero me hago el loco.
Durante un momento les pierdo de vista, hasta que una pareja se mueve y mi campo visual queda despejado. Es un alivio ver a Armin reír como si nada.
Me preocupa sin remedio. Y soy incapaz de quedarme quieto si un amigo no se siente bien.
Me preocupa Armin, ese chico que intenta esconder su risa bajo las otras. El chico que se esfuerza en hallar las palabras correctas para ayudarme a entender la diferencia entre una anáfora y una aliteración. Para él es simple; para mí es más complicado que hacerle un retrato.
En seguida estoy cargando ambas bebidas hasta nuestro sitio. Desde la barra, Armin parecía divertirse, pero su aspecto cambia por completo cuando me acerco. Sus mejillas han perdido todo rastro de color y en sus ojos tiene un destello de angustia.
Parece que solo está incómodo en mi presencia.
Al preguntar con la mirada qué ocurre, él la ignora. Se levanta del sofá con el teléfono móvil en la mano y se encierra en el baño otra vez.
—Tengo que irme —dice al volver. Tiene peor aspecto que antes, y a mí acuden las veces que ha repetido en todo el día que está bien. No está bien. Pues claro que no está bien.
Todos se sorprenden e intentan convencerle para que se quede un poco más. Yo, en cambio, me limito a coger mi abrigo y mi bufanda sin decir nada.
—Te acompaño.
—No es necesario, Jean —Quiere sonar borde pero no le funciona. No conmigo.
—Es tarde y no quiero que vayas solo —aclaro, como si esa fuera una razón. ¿Por qué he dicho eso? Ni que fuese una chica.
Sabe que soy cabezota y accede a dejarse acompañar. Sabe que insistir en lo contrario es perder el tiempo y parece tener bastante prisa por irse.
El viento nos azota con furia nada más abrir la puerta para salir, pero no impide que Armin se detenga. Camina lo más rápido que sus piernas le permiten. Le sigo a corta distancia, sin saber qué hacer. De nuevo, la duda de si debería preguntarle o dejar que sea él quien me hable se cierne sobre mí.
Una gota de agua, helada y gruesa, cae sobre mi pómulo. La siguen muchas más y en menos de un par de parpadeos, se inicia una tormenta. Ninguno lleva paraguas.
—Armin, la lluvia-
—Da media vuelta si quieres, Jean. Ya te dije que no hacía falta que vinieras conmigo.
—Pero-
Sin dejarme terminar, echa a correr bajo la lluvia. El viento y la niebla dificultan la visión, las gotas me impiden mantener los ojos abiertos, pero aún así persigo a la mancha borrosa que es Armin. Ni hablar. No pienso dejarle solo en ese estado y con esta tormenta.
Cuando por fin logro darle alcance, le obligo a detenerse agarrándolo del brazo.
—¡Déjame! —Intenta zafarse, librarse de mí entre quejidos y súplicas.
—Si sigues mojándote y corriendo así, vas a resfriarte.
—¡Me da igual! ¡Suéltame!
Está muy alterado y verlo así me provoca un nudo en la garganta. Con un rápido movimiento, consigue soltarse de mi agarre, pero atrapo sus muñecas y así evitar que eche a correr otra vez.
—Armin, escucha. Tienes que tranquilizarte.
Entonces me mira, dejándome paralizado. Observo con cuidado su rostro, completamente empapado y con el flequillo pegado a la frente. No sé si son gotas de lluvia o lágrimas eso que surca sus mejillas. Por el mar que inunda sus ojos es difícil saberlo.
En un impulso de abrazarlo, atraigo su cuerpo a mí y lo estrecho entre mis brazos. Derrotado, se deja abrazar hasta que siento su respiración más calmada. Es increíble, pero el cuerpo de Armin encaja a la perfección con el mío.
El torrente de agua que cae sobre nosotros me atrae a la realidad. Debemos resguardarnos de esta lluvia o acabaremos calados hasta los huesos.
—Ven, quedémonos aquí hasta que amaine la tormenta —Tomo su mano. Está helada.
Le llevo bajo el saliente de un balcón, donde el suelo está seco. Al menos no terminaremos empapados, aunque el viento arrastra las gotas y las lleva a donde quiere. Me cuesta mirar a Armin. Cuando lo hago, está frotándose los brazos para entrar en calor.
—¿Tienes frío?
—Sí, pero-
—Dame tus manos —Extiendo las mías y se queda mirándolas extrañado. Luego me mira a mí durante unos segundos, a los ojos—. Vamos, las tienes heladas. Te las calentaré.
Es así cómo nos sentamos en un pequeño escalón, con las manos entrelazadas. De vez en cuando, froto mi palma contra la suya, y él me da las gracias como sintiéndose culpable.
—No me agradezcas tanto —digo entre risas.
—Te doy las gracias si quiero —murmura y, a pesar del viento, puedo escucharle—. Siento mucho haberte preocupado.
Debo admitirlo. Al contrario que él, soy como un libro abierto, fácil de leer del derecho y del revés. Entiendo que su disculpa significa muchas cosas, entre ellas no decirme qué es eso que le reconcome por dentro.
—¿Qué te pasa, Armin? —Jamás en mi vida he hecho una cara tan seria. Quiero transmitirle que puede confiar en mí, contarme lo que sea.
Respira hondo antes de hablar.
—Es mi abuelo —Concentra la vista en los charcos—. Esta mañana se encontraba mal y sé que por la tarde no estaba mejor, pero al final me convenció de venir porque sabe lo mucho que me divierto estando con vosotros. No puedo evitar pensar en él. Si le pasara algo y no estoy con él, yo…
—Eso no va a pasar.
—Tenía dos llamadas perdidas de casa y, cuando he llamado desde el baño, no ha contestado. Estoy muy preocupado, Jean —Tiembla al hacer una exhalación profunda. Acaricio su espalda despacio—. Es mi única familia.
Suspiro. Tengo que decir algo, pero me debato pensando qué tranquilizaría a Armin en un tema tan delicado. O quizá simplemente debería callar y apoyarle.
En ese momento, suena una melodía procedente del bolsillo de Armin. Es su teléfono móvil.
—¿Diga? —pregunta al descolgar, agitado—. ¿Abuelo?
Me aparto un poco para dejarle espacio. Mientras habla por el móvil, siento cómo su voz va cobrando vida, recuperando su color. La voz de Armin.
—Tranquilo… No, no estoy solo… Con Jean.
La conversación capta mi atención cuando escucho mi nombre.
—Mi abuelo dice que tengamos cuidado —dice con una sonrisa. Una sonrisa que creía perdida tras sus miradas vacías y palabras cortantes.
Cuando termina de hablar, el Armin de siempre me devuelve la mirada por un rato prolongado en el tiempo. Me mira como si nunca me hubiera visto, como si ahora se diera cuenta de que estoy aquí.
—¿Qué pasa? —pregunto, algo incómodo.
Entonces empieza a reír, con esa risa que intenta ocultar bajo las otras cuando alguien hace un chiste gracioso. Se ríe a carcajadas, con algo de dolor escondido, hasta el punto en que se le saltan las lágrimas.
—Estás muy serio, Jean —dice entre largas respiraciones.
Me uno a su risa, aunque bajito porque prefiero escuchar su risa sobre la mía. Río al verle reír. Y también río porque está contento y, lo más importante, despreocupado.
El rugido de un trueno nos recuerda la tormenta que estremece la ciudad a nuestra alrededor. Nos agazapamos uno cerca del otro como antes, para no enfriarnos.
Aunque tiene las manos calientes, no las aparta.
Y yo tampoco.
N/A: ¡Feliz año nuevo! Soy una persona horrible y ni siquiera os he felicitado el año. Espero que hayáis pasado unas tiernas vacaciones.
TACHAAAAN aquí está terminado el Capítulo 11, ¡por fin! No sabéis el tiempo y esfuerzo que me ha costado hacerlo. Pero ha merecido la pena porque asakshakshjaha tenía unas ganas enormes de escribir esa escena final, apodada *Momento lluvia* en mis notas (sí, le pongo nombre a todo)
En el siguiente capítulo vamos a dar un gran salto temporal, porque en este aún es otoño y llegará el invierno. No quiero dar más spoilers, para eso ya tengo mi página de facebook.
Por ahora el reto de publicar cada semana seguirá suspendido. Todavía estoy en época de exámenes (mi maravillosa universidad nos pone exámenes antes y DESPUÉS de vacaciones, así que simpáticos son). En cuanto me adapte al cambio de horario, haré lo posible por retomarlo.
Por último, muchísimas gracias por los reviews y por añadir esta pequeña historia a vuestros favoritos. En serio, cada muestra de cariño, por diminuta que sea, me hace muy feliz.
No puedo irme sin dejar la frase de siempre… ¿alguien se anima a dejar un estúpido y sensual review?
¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
PD: (Este es un mensaje de las Dras. Polo de Fresa y Chocolate) ¡Hemos actualizado Besos sabor miel! Dejamos el aviso por si alguien se anima a leerlo (cambio y corto)
