Notas de la autora: añadir primero que nada, que gracias por ser tan pacientes y por la espera. También agradecer vuestros comentarios, y que por suerte ya he salido del período de exámenes y he podido subir el capítulo. Espero que os guste.
Estación terminal, Berlín Hauptbahnhof. Alemania. 6:40 am.
Si no fuera porque la claridad comenzaba a filtrarse a través de los cristales que componían el amplio techo de la estación, hubiese jurado que se habría dejado dormir en uno de los bancos donde permanecía sentado. Junto a su maleta de equipaje, descansando al lado de su pierna derecha, una persona de cabellos desordenados, albinos, y con expresión de no estar acostumbrado a despertarse tan temprano para coger un tren, intentaba a duras penas mantener los ojos abiertos. Quizás se le podía ver, si te acercabas, las pequeñas marcas bajo aquellos iris de un color rojo intenso, las cuales se clasificaban como ojeras.
Pero esa no era la única razón de por qué estaba en ese estado tan lamentable. Aunque no quería admitirlo en voz alta, Gilbert Beilschmidt, había tenido nervios como una estúpida colegiala, tan solo de saber que se embarcaría en un viaje con su ¿amigo? ¿aún no sabía cómo denominarlo? Feliks, a nada más y nada menos que a Polonia. Una alarma constante, y una inquietud que no le permitía respirar de forma más relajada, permanecían instalados tanto en sus pulmones como en su corazón.
Sabía que algo muy importante le depararía en aquel lugar. Aún no descubría el qué exactamente, la razón de ser de toda esa situación que se había presentado en su vida casi sin avisar. Tenía miedo, y no había cabida en esconderlo por mucho más tiempo. Tenía miedo a lo desconocido. También era consciente de que Feliks se había dado cuenta de ese temor en él. Por eso, le había insistido, le había advertido de que, si no deseaba realizar ese viaje, que no se viese obligado a ir. Pero Gilbert ya había tomado una decisión.
Por otra parte, necesitaba descubrir más. Quería descubrir más. Y ya no sólo la parte que le concernía a él. De una forma extraña y que rozaba lo cursi, quería descubrir que más unido podía estar a ese chico de ojos verdes. Qué más cosas le relacionaban. Si todo lo que tuviese que ver con ellos, era todo malo, o que, si había esperanza, se encontrase algún punto positivo. Gilbert lo deseaba así, aunque no se permitiera expresarlo abiertamente.
Unos pasos corriendo llegaron hasta sus oídos, haciendo que acaparasen su atención, moviendo la cabeza por instinto y clavando su mirada en busca de su dueño. Y ahí le vio. Feliks, pese a lo que había ocurrido hacía dos días, le mostraba una sonrisa amplia y agitaba su mano, para echar cuenta de que acababa de llegar. Un pensamiento apareció en su mente, y de repente pensó que jamás quería verlo de otra manera, que ojalá siempre se dedicase a sonreír de aquella manera. Pero sacudió la cabeza, y simplemente esbozó una media sonrisa, levantándose con desgana y alzando el brazo en modo de saludo.
Cuando se detuvo frente a él, aprovechó y plantó la mano en el gorro que ahora cubría parte de sus cabellos, un gorro blanco que hacía conjunto con el resto de colores de tonos suaves, entre los que destacaban rosa y beige. Feliks emitió un quejido, haciendo un puchero y mirándole con el ceño fruncido una vez se colocó bien el gorro y le propinó un manotazo, alejándose de él.
-¿¡Pero te quieres estar quieto!? ¿Sabes lo difícil que es mantener un pelo liso y suave? No, no respondas, eres idiota y no lo sabes. Normal, si tu pelo es digno de un animal que ha llevado años sin bañarse. ¡Y encima lo tienes desordenado! – le señaló, y de paso se acercó a él, poniéndose de puntillas en un intento de arreglarle el pelo, queriendo también tirar de ellos como castigo.
Pero Gilbert no se lo permitió, y en ventaja de ser más alto, retrocedió unos pasos y le sostuvo la nariz, interrumpiendo que entrase aire por ahí.
-Eh, quieto, estilista loco.- vio cómo Feliks se hacía el ofendido, cruzándose de brazos y mirándole para otro lado. Gilbert le soltó, soltando una carcajada.- ¿No te habrás olvidado de los billetes, no?
-¿Por quién me tomas? Yo tengo la cabeza sobre los hombros, no como tú… que la tienes en otro sitio.- insinuó, divertido ante el enfado que ahora invadía las facciones del albino. Buscó en su bolsa de mano, la cual llevaba cruzada. A su lado, había otra maleta pequeña.- ¡Aquí!- le zarandeó en las narices los dos papeles a Gilbert, haciendo que este refunfuñara y se rascase la nariz.- Ugh, ahora tienen tus mocos, qué asco.
-Trae.- le arrebató de un solo movimiento los billetes, ignorando cómo Feliks alzaba los brazos y los agitaba, gritando que se los devolviera, mientras que él le detenía para que no siguiera avanzando, con una mano en plena cara del rubio, leyendo lo que allí ponía. Sólo mencionaba la estación de Berlín y la de Varsovia.- ¿Cuánto va a durar?
-Llegaremos sobre las doce y pico, más o menos….
-Tiempo suficiente para echarme un buen sueño.- le tendió su respectivo billete, y sin preguntar, cogió tanto su maleta como la de Feliks. Al ver el gesto confundido en el rostro del rubio, Gilbert se encogió de hombros y soltó.- ¿Qué? ¿Por fin te has quedado embobado mirándome y has descubierto lo guapo que soy? Te comprendo.
-¿Tú? ¿Guapo? ¡Ni que fueras modelo de Calvin Klein!- se le adelantó unos pasos, y señaló la maleta.- Llevarás mi maleta hasta que lleguemos al lugar que reservé para quedarnos, caminando TODA Varsovia. Esa maleta vale más que tú, hay ropa muy mona y que por supuesto, es mía.
-Que sí, que sí, camina ya.
-¡Y no me contestes como a los locos! ¡Como que el estúpido y corto de cerebro eres tú!
Tras los continuos reproches y gritos de Feliks, llegaron al tren que les guiaría hacia su destino. Entregaron los billetes y se dispusieron a buscar los asientos que les correspondían. Primero, Gilbert tuvo una pequeña pelea a la hora de guardar la maleta de su acompañante, puesto que a pesar de lo poco amplia que era, iba bastante cargada en su interior. Tuvo que hacer acopio de empujones y alguna que otra maldición para meterlo dentro.
-¿Qué mierda llevas aquí? ¿Piedras?
-Ropa. ¿No te lo dije ya? Ah no, claro, es que la edad te afecta al oído. Estás sordo, canoso, ya vas chocheando.- se sentó al lado de la ventana, juntando sus piernas mientras escuchaban una voz que aconsejaba a los pasajeros tomar asiento.
-Con el maravilloso cuerpo que tengo, difícilmente podré estar chocheando.- contestó Gilbert, sentándose a su lado mientras suspiraba.
-¿Perdona? ¿Oyes eso? Sí, es tu ego subiendo cuando no tienes nada de lo que presumir.- reprimió una exclamación de emoción cuando se fijó en que el tren ya empezaba a tomar marcha, abandonando lentamente la estación.
-Ahora que lo pienso ¿entonces tú vives allí, no?
-¿Ah? ¿Te refieres a Varsovia? ¿Acaso no te habías dado cuenta ya?- Feliks alzó una ceja, incrédulo.
-Nunca lo dijiste claro cuando nos conocimos. Y ya he supuesto muchas cosas, pero siempre está bien preguntar para uno estar seguro.- respondió él.- Además, se te ve emocionado.
-¿Qué hay de ti?
-¿Ah? ¿Cómo qué hay de mí?
-Sí. ¿Te arrepientes de venir aquí, conmigo?- el tono de voz que utilizó Feliks, fue un poco más bajo que el anterior, haciendo que Gilbert le mirase atentamente. Su interlocutor no se atrevió a mirarle, tenía la vista puesta en la ventana, donde podía ver su reflejo plasmado en el cristal.- Que conste de que te dije muchas veces que no vinieras obligado.
-Qué coñazo puedes llegar a ser, eh.- Feliks estuvo a punto de replicarle, visiblemente dolido, pero al sentir que su mano fue sostenida por otra, blanquecina pero más áspera que la suya, calló al instante.- ¿No me ves aquí? Yo no hago lo que la gente me dice. Hago lo que se me venga en gana.
Tras el breve silencio que experimentaron, Feliks no pudo evitar sonreír, aunque fuese un poco. Gilbert notó que el agarre se había afianzado, los dedos del otro se habían entrelazado con los suyos, y sus palmas se rozaban la una con la otra, provocando una calidez reconfortante para ambos. Cuando Gilbert se hubo atrevido a observar de reojo al chico, vio que este estaba más centrado en admirar los paisajes que iban dejando atrás, y cómo en cada parada, algunos pasajeros abandonaban el tren para dar paso a nuevas caras.
-Pues sí que debes de tener muchas ganas para pegarte un viaje casi de seis horas…- murmuró Feliks, quedaba mucho aún para abandonar completamente Berlín y cruzar la frontera.-Varsovia te va a encantar. Es hermosa, como yo por supuesto.
-No me digas….- dijo Gilbert con cierto deje de ironía, a lo que recibió un dolor punzante en la palma de su mano, Feliks le acababa de clavar las uñas.- ¡Eh, relaja las uñas! ¿Tienes complejo de gato ahora?
Sin embargo, Feliks no le contestó porque miraba sorprendido hacia el frente, así que Gilbert se vio obligado a mirar también, molesto por el hecho de que le ignorase. Pero, al ver que unos ojitos cuya inocencia era evidente en sus pupilas, frunció el ceño, comprobando de qué se trataba. Un niño, que tendría alrededor de cuatro o tres años, les observaba con mucha curiosidad, y apenas tenía medio rostro asomado por el asiento delantero, Gilbert se supuso que estaría de rodillas, pero parecía ir solo, o vio a su madre llamándolo. Era rubio, y sus ojos grises resplandecían por sí solos.
-Gilbert, creo que le has asustado con tu estupidez.- soltó Feliks, repentinamente.
-¿¡Ah!? ¡Lo habrás asustado tú con tus majaderías!
-¿¡Qué!? ¡O sea, eso ha sido MUY ofensivo por tu parte! ¡Qué ataque tan gratuito! ¿¡No te da vergüenza actuar así delante de un niño!?
-Los niños darían media vida por querer imitarme. ¡Yo soy un ejemplo a seguir, no por algo soy perfecto!- no hizo caso a Feliks, mirando de nuevo al niño.- Oi, pequeñajo ¿dónde está tu madre?
Gilbert por supuesto le había hablado en su idioma natal y pareció que el pequeño le entendió, puesto que señaló hacia una puerta que comunicaba con el siguiente vagón. Feliks bufó, apartándole para acaparar la atención del niño.
-No le llames así, los niños tienen nombres ¿sabes? Eres un bruto hasta para eso. ¿Cómo te llamas?- preguntó Feliks, mostrando una dulce sonrisa.
Su sonrisa ocasionó que también fuera contagiada, porque el niño sonrió un poco inseguro, pero le había sido casi inevitable no corresponder a Feliks. Se señaló a sí mismo, como si así fuese mejor comprendido al dar su respuesta.
-Friedri….fie….fiedri.
Feliks parpadeó, confundido. Estaba claro que no sabía hablar muy bien o que su propio nombre le era difícil de pronunciar, cosa que podía entender. Pero entonces vio cómo Gilbert posó una mano en su cabello, acariciándoselo y haciéndole palmaditas en la cabeza.
-Así que Friedrich. Es un gran nombre. ¿Te gusta?- el niño asintió, un poco más seguro.- Tienes el nombre de un rey, si se lo cuentas a tus amiguitos te van a adorar chaval.
Recibió un golpe en la nuca por parte de Feliks, a lo que gruñó mientras se sobaba la zona golpeada.
-¿¡Por qué me has pegado!?
-Porque eres idiota. ¡No trates al niño dándole palmadas como si fuera un perro!- aunque le había dicho eso, Gilbert se percató de que la sonrisa mostrada anteriormente, continuaba en los labios de Feliks. Daba la sensación de que estaba contento por algo, pero no entendió de qué se podía tratar. Buscó algo por segunda vez consecutiva en aquel día, algo en su bolsa.- Gilbert, llama al hombre del carrito que pasa por el pasillo.
Haciéndole caso, aunque contrariado por tal idea, llamó al encargado en cuestión. El carrito que solía pasar, era para ofrecer varias comidas, también bebidas y sobre todo alguna que otra golosina para los más pequeños. Feliks habló con el señor, y a los pocos minutos, le tendía tendido una piruleta al niño. Aunque Feliks le dijera que jamás debía de aceptar caramelos de desconocidos, dejó en claro que aquella era una excepción puesto que se lo había comprado delante de sus ojos, por lo que el pequeño no podía desconfiar. El niño, feliz, musitó un gracias en alemán, pero cuando fue llamado por su madre, quien abrió la puerta que conectaba al otro vagón, Feliks murmuró después algo que tenía que ver con la palabra adorable.
-Ese niño cuando crezca será adorable.- dijo, como dando a entender el por qué había dicho esa palabra.- No como tú, que te comías los mocos, seguro que también eructabas.
-Como si tú nunca lo hubieras hecho….- comentó Gilbert, entornando los ojos.
-Yo soy mucho más decente que tú ¡no me compares!
-Además yo soy más adorable que ese niño.
No supo a qué vino eso que acababa de decir, y al cabo de unos segundos, él mismo alzó una ceja sin entenderlo. Lo que faltaba ¿se sentía ofendido por esa tontería? Al escuchar la risa de Feliks, intentando controlarse y taparse la boca, obtuvo la respuesta.
-¿¡Te has puesto celoso de un niño!? ¿En serio Gilbert? ¿¡Qué haces con tu vida!? ¡Eres taaaaaaaaaan infantil!- pateó, a duras penas ocultando su risa, hasta que se relajó para no estar llamando la atención.-Si quieres oír eso de mi boca, como que tendrás que ganártelo.
-Tsk, puedo sobrevivir, tampoco lo necesito.- dijo, recogiendo el poco orgullo que le estaba quedando, cruzándose de brazos y encogiéndose en su asiento. Sin embargo, cambió de idea, y sin avisar, se incorporó un poco para susurrarle al oído.- Aunque, si dices que me lo gane, es porque realmente lo piensas.
Nunca había visto a Feliks tan rojo. Bueno, sí que le había visto en alguna que otra ocasión, pero esa vez, pudo ver hasta cómo sus orejas desprendían un calor indescriptible, al igual que su piel pálida había mutado a manchas rojas que se acumulaban y formaban todo un color digno de un semáforo o incluso hasta de una rosa. Aunque Gilbert se iba más por la idea del semáforo. Esa vez le tocó reír a él, pero no lo hizo de manera que todo el mundo le escuchara, sino fue en un tono normal, con su voz grave, rozando su respiración con la piel de Feliks, haciendo aparición de un minúsculo escalofrío que el susodicho quiso reprimir.
Gilbert se le quedó mirando en ese momento, apreciando esos pequeños detalles. La curvatura de sus labios, cómo estos temblaban del nuevo nerviosismo. Cómo se mordía el labio inferior de forma disimulada. Sus pestañas, la forma de su nariz, la curvatura de su cuello. Deseó de repente experimentar cómo debía de sentirse descansar en esa línea de su cuerpo, cuán cómodo podía resultar a ser. Cómo sería besarlo. La manera en las que juntaba sus piernas, y cómo tenía las manos unidas entre ellas sobre sus muslos, agarrando parte de sus pantalones y parte de su jersey, el cual le venía un poco grande, pero lo justo para que le quedase perfecto. Cómo sus ojos verdes trataban de esquivarle para no formar contacto con los suyos. El sonido de su voz, ya fuera para recriminarle, para burlarse de él, o incluso para consolarle si hacía falta.
Demasiados detalles, de los cuales, quizás si se había dado cuenta antes de ellos, pero nunca se había detenido tanto a analizarlos, ni siquiera a considerarlos únicos y maravillosos. Incluso aceptaba sus virtudes y sus defectos. Y también, le gustaba cómo su nombre era pronunciado a través de sus labios. Le gustaba ser llamado por él, y sobre todo, poder sentirse necesario. Cierto era que Feliks no le había pedido muchas cosas en el tiempo que le conocían. Pero sabía que, si le pidiera algo, lo hubiese hecho sin pensar.
¿Qué era aquella predisposición, esos sentimientos tan extraños, pero a la vez tan conocidos? Gilbert no sabía aún cómo asimilarlos. Por eso sentía que aquel viaje era importante. Estaba seguro que allí lo descubriría todo. Absolutamente todo.
Sin pensarlo dos veces, depositó un beso en la cabeza de Feliks, antes de apartarse de él y acurrucarse en su propio asiento, volviendo a cruzarse de brazos, como si se intentara abrazar a sí mismo. Le quitó el gorro blanco que Feliks llevaba en la cabeza, haciendo que este despertase de su ensoñación y vergüenza. Al ver que Gilbert se lo ponía en la cabeza y se tapaba con él los ojos, Feliks dijo:
-O-oye, no me llenes el gorro de piojos, que es monísimo y se contaminará con tu pelo grasiento.- titubeó, quería sonar más seguro, pero las acciones de Gilbert le habían desconcertado.
-Si tuviera piojos ya los hubieras tenido cuando me quedé a dormir en tu residencia, chico pony.
-¿¡Eh!?- Feliks se indignó, pero realmente estaba sorprendido. Ese mote era familiar. Y aunque Gilbert no lo supiera, ya lo había utilizado. En otra vida.-Aish, mierda para ti sabes.
-Pues no te quedará más remedio que ir conmigo. Dijiste que no me dejarías solo ¿cierto?
Y Feliks le quiso contestar, pero esa verdad le sirvió para guardar silencio. Aunque Gilbert no lo vio, la sonrisa de Feliks se tornó a una nostálgica. Pensó que se dedicaría a ver el paisaje, pero cuando sintió un peso adicional en la extensión de su hombro y brazo izquierdo, supo que se había apoyado en él. Sus cabezas se apoyaban también la una con la otra, y podía sentir la respiración cercana de Feliks. Ambos se entregaron al sueño. Gilbert no distinguió muy bien cuándo se despertó exactamente Feliks. Si una hora antes que él, apenas unos minutos, realmente no supo. Pero cuando hubo abierto los ojos y se apartó el gorro de lana, el rubio ya estaba despierto pero seguía apoyado en él, aunque mirando hacia la ventana.
Cuando Gilbert preguntó cuánto faltaba, quedaba exactamente una hora para llegar. Por lo tanto, se dedicó a ver también los paisajes que iban pasando, la mayoría verdes, y completamente dignos de cuento. Se preguntó si toda Polonia era así. Pero, al escuchar la voz por el megáfono, le costó digerir las siguientes palabras:
-Frontera Berlín-Rusia ha sido cruzada. Por favor, les rogamos que sigan disfrutando de su viaje. El tiempo restante para finalizar es de una hora. Gracias por escoger nuestros servicios.
No necesitó de más confirmaciones. Quiso preguntarle a Feliks, pero no fue capaz de formularla. Sabía que no había visto a Polonia en el mapa actual, pero no estaba del todo seguro. Había esperado que en el último momento, sus dudas se dispersaran y que finalmente, no fuese así. Pero lo era. Y eso sólo significaba una sola cosa. Prusia no era el único país que había desaparecido. Polonia también lo había hecho. ¿Cómo? No lo sabía. Esa respuesta sólo la podía dejar en manos de Feliks. Sin embargo, sus ojos rojos le buscaron aunque este no le miró. Un único pensamiento se instaló en él:
No quería perder a Feliks.
