Capitulo 12

En un bello escritorio, una bella mujer se encontraba escribiendo en una libreta. Se sentía extraña, no recordaba nada de su vida, ni a las personas que se encontraban a su alrededor, pero tenía que escribir todos los sucesos de sus días por orden de su medico.

La vida de Kagome parecía un sueño,…. más bien una pesadilla. Donde era atormentada con dulces placeres todos los días, sin ninguna culminación, se sentía castigada pero no encontraba ninguna razón.

Se encontraba casada, bueno eso es lo que le decía las sirvientas, pero se sentía una prisionera, en una jaula de oro.

Su casa era un castillo, pero un hermoso castillo que comenzaba a tener vida a través de sus ojos, cada día que pasaba, una nueva torre era incluida, un nuevo salón era requerido y muchos muebles eran traídos. Su "esposo" era un hombre extraño, se movía como sigilosamente por cada una de las habitaciones y su trato con los demás era déspota, malhumorado y regularmente notaba un cierto gesto de asco cuando se encontraba rodeado de varias personas.

En ningún momento lo había visto sonreír y a veces sentía que le leía la mente, no podía planear nada sin que el ya lo supiera, incluso una vez trato de sorprenderlo, pero desapareció de su vista, no entendía nada que pasaba, su cabeza le dolía cada vez que sentía que podía recordar algo de su pasado.

Tenía miedo de recordar, una parte de ella se había borrado, por su propia voluntad, existía una posibilidad remota que todo lo que le habían dicho era mentira, pero su instinto no rechazaba la verdad a medias que le mencionaban.

Con un bufido Kagome cerró su diario y se toco la cicatriz de su cuello, a veces le dolía. La primera vez que la observó al espejo se sorprendió de su forma, una media luna, parecida al tatuaje de Sesshumaru en su frente.

Estaba cansada de ser una muñequita en el castillo del ogro, ya no aguantaba más. Sus únicas salidas eran para recorrer el jardín con escolta y visitas al consultorio médico, pero también vigilada.

Por otra parte del castillo el doctor de Kagome le entregaba un reporte completo a Sesshumaru, sobre su condición.

-¿La mujer ya se encuentra completamente recuperada?- preguntaba el demonio

-Efectivamente, ya paso el peligro, para su mujer. Su cuerpo recupero su fuerza, solo falta su memoria, pero esta volverá a ella poco apoco, no se tiene que preocupa….-

Sesshumaru no le permitió terminar la frase al humano, estaba insultándolo al sugerir que él estaba preocupado por ella. Y lo miro seriamente, para que se callara.

El pobre doctor, palideció ante la mirada del "hombre" que tenía enfrente. Sabía que él había sufrido por la muerte de su primogénito. Pero no lo lograba entender por completo.

-¿Ya puede viajar? ¿Sin exponer su vida?- dijo el demonio plateado

-Naturalmente, pero no lo recomendaría…- el doctor no logro terminar su frase cuando una roca lo golpeo en la frente, al tomar la roca encontró en sus manos un diamante, la piedra lo había dejado mudo, noto que aquel hombre se alejaba de él, entendió perfectamente que ese era su pago por sus servicios.

El dueño del castillo era un hombre peculiar, se auto denominada el Lord. Nadie lo contradecía y mucho menos lo desobedecía, todos le tenían un miedo atroz, incluyéndolo a él.

Agradecía que sus servicios ya no fueran requeridos y se compadecía de la mujer que era su esposa, pensaba el doctor al retirarse del castillo.

En la mente de Sesshumaru, se fraguaban un plan de venganza.

Pero en las afueras del castillo Kagome se encontraba soñando despierta con su vida actual y no noto que una sombra blanca y roja, la seguía.

Se sentía insegura y su instinto le pedía regresar junto a Sesshumaru, pero no podía moverse, un miedo la había paralizado completamente, solo podía rezar por que el viniera por ella.

¡AYUDAME SESSHUMARU! Escucho el demonio en su mente, corrió con una velocidad sobre humana para encontrarse a la escolta de su hembra desmayada en el jardín. Pero sabia quien se la había llevado, su inmundo olor impregnaba el lugar, su hermano, había firmado su sentencia de muerte al volver a tocar a su hembra. Siguió su aroma rápidamente.

Mientras Kagome se encontraba trastornada ante la criatura que la tenia.

-Suéltame, bestia regrésame a mi hogar, mi marido te cazara como la bestia que eres- gritaba mientras que forcejeaba con su raptor.

Inuyasha se encontraba consternado ante la respuesta de ella solo podía volar lo más rápidamente posible, para frustrar la búsqueda de su hermano, deseaba poner a salvo a su mujer de las garras de él. Tenía que confundirlo con los aromas de la ciudad.

Pero cuando ella lo amenazo con su marido, no lograba a salir de su asombro, el era su marido y ella no lo reconocía. Su ira comenzaba a crecer, ese maldito demonio la había confundido, pero tenía que salvarla por el momento.

Frente a ellos se encontraba un edificio en construcción, se encontraba rodeado de una zona de gases y era perfecto para despistar a su hermano. Se adentro a la construcción y coloco a su mujer en el suelo tiernamente, tenía miedo de lastimarla, la había extrañado tanto y la deseaba tanto que no podía pensar con claridad.

Cerró sus manos sobre sus hombros y Kagome sintió un escalofrió en su espalda, no lograba reaccionar ni rechazarlo completamente. Inuyasha bajo lentamente sus manos por sus brazos, arrastrándole los hombros del vestido. La tela se le ciñó sobre los pechos, dejándole al descubierto los pezones, que de repente estaban duros, por la briza que los golpeaba directamente.

Inuyasha le rozó la cara con la suya, desde atrás; ella sintió su cálida piel sobre su mandíbula derecha y luego la presión de sus labios. Mantuvo la cabeza inmóvil, con los ojos cerrados, su cuerpo la traicionaba, deseaba gritar y salir corriendo, pero tenía un miedo que la paralizaba. Intentó hacer una inspiración, y sólo consiguió agitarse y emitir un suave sollozo de desesperación, el no era su marido y le permitía tocarla.

Qué clase de mujer era no tenia honor y estaba pecando, la palabra la aturdió, no entendía nada, pero su cuerpo se encontraba pesado, sentía que pronto se desmayaría.

Por su parte Inuyasha, se encontraba extasiado por la rendición de Kagome ante sus caricias, el sollozo que había emitido su mujer lo excito, casi podía sentir el placer que le estaba proporcionando con sus besos, deseaba marcarla como suya lentamente, no había prisa.

Bajo sus labios dándole besos cálidos y húmedos deslizándose por su mandíbula y luego bajando por el lado del cuello; sintió el hormigueó del cuello de Kagome, sus labios se entreabrieron ante su yugular, pero cuando pensaba marcarla como suya, encontró ante él la maldita marca de media luna.

Kagome ya no resistía mas entreabrió sus labios para protestar por sus caricias y solo sintió en un abrir y cerrar de ojos unas garras traspasándole la piel. Solo logro emitir un suspiro- SALVAME- y se desmayo.