HOLA vuelvo por estos parajes después de unas largas semanas estudiando (y las que me quedan) espero que este cap os guste tanto como a mi, que es en absoluto, solo escribo para pasar el tiempo,no me considera muy buena escritora sino pésime.
Que vaya bien la lectura
CAPÍTULO 12
Adaptación y nueva vida
Entré a mi habitación y me asomé por al ventanal enorme. No había cambiado nada des de que había dejado la habitación, nada en absoluto. Suspiré y me fui a la cama cerrando la puerta a mi paso, estaba bien de ánimos, pero me apetecía estar en soledad.
Me senté en la cama y suspiré. Me tumbé de espaldas a la cama mirando el techo como si no hubiera cosa más importante. La verdad es que si lo había, pero no quería prestarle atención.
Moriña. Sentía una morriña que me desgarraba por dentro y a la vez me daba tranquilidad y la soledad necesaria para pensar. Pensar fríamente, objetivamente. Este cambio era el correcto, si me equivocaba... bueno, si lo hacía, cargaría con el dolor con orgullo, como siempre. De palos andaba el burro, y yo lo sabía de sobras.
Esta era mi nueva vida. Una vida des de cero, una vida con factores diferentes, puntos de vistas extraños y amigos lejanos que me abrían los brazos para lanzarme a ellos para poder salir bien o mal en el proceso. Me daba miedo el confiar, pero no me iba a pasar la vida así, sola y sin abrirme, para eso me había ido, para mejorar, para cambiar y ser mejor que antes, sino, no estaría aquí.
Si. Esa era la solución y la única vía al cambio. Me levanté de un salto de mi fantástica nueva cama y me fui a la maleta que aún estaba hecha paro abierta. Miré mi ropa y miré el clima de la ciudad. Cogí lo primero que vi, solo me iba un momento, no me iba para mucho, pero por si acaso, me iba a llevar un poco de todo. Cogí una camiseta de tirantes y me4 la puse debajo del sujetador que me había puesto previamente. Encima de la camiseta, me puse una camisa de color azul marino clara que me iba larga, de esas que se llevaban ahora para ponérsela con las mayas. Encontré mis mayas negras en un lado de la maleta y me las puse con unos calcetines negros y me fui hacía la bolsa con mis innumerables zapatos. Miré lo que tenía y pensé un momento cuales elegir. Suspiré y cogí unas converse negras con estampados de líneas y flores sutiles en blanco y en rosa. Si, amaba esas bambas de calle Tallers de mi ciudad, en mi opinión, era la mejor calle para comprar bambas. Me miré y suspiré, cogí un abolsa a mi lado y empecé a cambiarle los cordones blancos por unos de color azul cielo. Me encantaba la combinación de cordones, era genial. Si hubiera tenido un espejo como estaba mandado no tendría que estar en el espejo mediano del baño para arreglarme. No me maquillé ni nada, solo me asrguré de estar bien y nada más, saqué el móvil y el monedero para ponerlo en el bolso y me anoté una nota mental, compraré un enorme espejo de cuerpo completo. Cogí lo necesario y cerré la habitación para salir.
Al salir me encontré a Ayame y a Kôga en el suelo jugando a un pulso chino, hacía mucho que no jugaba a eso o lo veía, me traía recuerdos, por lo que solo me dirijí a cerrarlo todo y a cager las llaves para indicar que ya nos podíamos ir.
— Vaya, Kagome- Dijo Ayame- que mona vas, me gustan la bambas con los cordones, me compraré unas parecidas si las veo, eso si, después de ver los grandes almacenes de Londres.
—No te sulfures, Ayame- dijo Kôga saliendo del piso mientras yo cerraba la puerta y bajábamos por el ascensor del edificio- Que la asustarás con la obsesión de comprar tuya.- se giró hacia mi- espero que te guste comprar, porque ella es una maniática de las compras de todo tipo, se transforma en un monstruito.
—Tranquilo- le dije saliendo hacia el ascensor siguiéndole- Creo que me encantan tanto como a ella.
—No lo creo...
Atravesamos el garaje lleno de todo tipo de coches, nuevos viejos, guapos, feos, sucios, limpios... Me paré delante de un Honda de color rojo vivo y lo miré. El coche era igual de guapo en el país que fuera. Me di la vuelta y seguí andando hasta parar en un Citroen C4 en color negro, solo necesité mirar el culo del coche para saber que era un deportivo. Un coche muy bueno. Me dieron paso para sentarme delante en el asiento del copiloto con la excusa de que así vería la ciudad mejor que des de atrás. Kôga se sentó a mi lado y salió con una habilidad experta del parking hacía lo que sería mi nueva ciudad y vida.
Era una ciudad mágica e increíble, una ciudad tan bonita coma Barcelona. Kôga me iba enseñando la ciudad para que me situara, y yo tomaba nota mental de todo.
El piso estaba a dos calles del Támesis, el precioso río retratado en Sherlok Holmes. Era un río enorme con un montón de cosas y edificios en su ribera, era una preciosidad. Cruzamos por un montón de sitios alejándonos de la ciudad. Las calles era grandes y llenas de coches. Me llamó al atención, aunque ya lo sabía, que el sentido de la conducción era al revés de España, el asiento del conductor estaba a la derecha al igual que el sentido de la carretera, con las señales pintadas en el suelo, todo una odisea. Llegamos a un edificio la mar de alto y enorme, con un diseño genial. El edificio era de color negro (la fachada) y tenía una terraza a su alrededor con unos porches para la lluvia. Entramos y dejamos el coche en el parkin para adentrarnos en el centro comercial. A mi lado, Ayame saltaba de alegría con sus ojos verdes esmeralda iluminados por la luz y la emoción. A mi otro lado, Kôga la miraba como pensado en el calvario que le esperaba, pero a mi me daba igual, era una situación única, me abría por primera vez a un mundo parecido pero diferente al mío que había dejado atrás. Lo primero fue ir a mirar los muebles. En general los de toda la casa.
Primero miramos los de mi habitación. Yo tenía dinero, pero Ayame me convenció de que la tienda tenía u trato con la empresa. Pensé en la empresa, había de ser enorme y de clase para tener tantos tratos. Miré el armario, mueble imprescindiblemente grande para la ropa, según Ayame. AL final cogí uno enorme de largo con un acabado lateral en estantería para los libros a los dos lados. El interior, tenía la típica barra para colgar la ropa de lado a lado solo cortado por una estantería interior para el resto de ropa que iría dolada. Lo escogí con una Ayame saltando de alegría y hablándole a la dependienta que iba apuntando el mueble que quería soñando con la pasta que iba a ganar con mi compra. El siguiente armatoste fue una mesita para mi habitación para sentarme, una mesita color oscuro a juego con otras mesitas para la cama del mismo color negro.
Pasamos a la sección del salón. Mi plan era de u mueble de color oscuro, largo pero no mucho, lo justo para que encajara la tele en el centro con estanterías a los lados y un par de cristales para las fotos... No encontré el de mis sueños, pero uno parecido con un armario de cristal con luz interior.
Mi siguiente proyecto era la mesa del salón. La quería en negro, de color lisa y sencilla con las sillas a juego, lo largo suficiente para seis personas sin contar los extremos. Lo encontré, porque la mesa no era muy rara y era típica pero preciosa. Para la cocina no cogí nada, pues tenía los muebles necesarios, pero cogí una estantería grande con otra mesa de escritorio para la habitación pequeña que sobraba en la casa. Haría de ella un estudio para trabajar con la libraría para mis enormes y numerosos libros que me había traído y me compraría en un futuro.
Salimos de la tienda con un dolor personal por el dinero gastado pero con una gran satisfacción de poder elegir mi propia casa a mi gusto, eso no tenía precio.
La siguiente sección era la de cortinas y complementos del hogar generales. No me costaba el inglés como lo había soñado, lo chapuceaba pero con dignidad y estilo, nada que no se pudiera mejorar en un año y que me hiciera ver palurda. Quería unas cortina para el salón, habitación, estudio y baños a juego con los muebles y el futuro color de las paredes. Me decanté por unas cortinal dobles, la interior blanca de loneta y la de fuera, más corta en los extremos de raso, de color lila clarito. Para el salón, escogí unas del mismo modelo pero de color marrón clarito por fuera y blanco por dentro y azul clarito para el estudio junto con unas cortinas venecianas de color azul marino claro para los dos baños.
Estaba reventada de tanto mirar y comprar. A esto, se la añadían las discusiones con Ayame sobre el color de las cortinas para la bañera, ya que ella las quería lisas, blancas con el relieve de unas rosas en rojo y yo en negro, más la agobiante dependienta que solo hacía que estorbar y enredarnos. Pero de nada sirvió, ya que yo sabía lo que quería para mi casa.
Pero la cosa dejó de ser agobiante cuando nos dio la hora de comer. Se nos había pasado el tiempo volando y las os estábamos reventadas del cansancio. Solo nos faltaba por comprar la alfombra de mi habitación y los objetos de cocina. Salimos a descansar al pasillo, en un banco vacío que estaba allí. Por la tarde, le había dicho a Ayame que quería ir a comprar comida, que era más importante que las cortinas... Solo fue entonces cuando reparé en la ausencia de alguien. Kôga. ¿Dónde había ido? Sabía que había estado con nosotras en la tienda de muebles, pero luego se había ido. ¿dónde estaba?
Me giré hacia Ayame, quien tenía los ojos animadamente en forma de estrella mirando embobada y con una peligrosa sonrisa a la tienda de la esquina al pasillo donde estábamos nosotras. Mi fijé en la tienda y me di cuenta de que era de bisutería. Dios, ni siquiera Rin, que se transformaba en una compradora obsesiva compulsiva cuando iba de compras, aguantaba tanto. La miré otra vez.
—¿Ayame, dónde está Kôga?
—¿No has oído cuando ha dicho que si iba a otra tienda al entrar a ver las cortinas?- me dijo incrédula. La verdad es que no me había fijado, y teniendo a una persona que tira de ti como si fueras un muñeco, no lo soluciona nada.- Dijo que iba a una tienda de deportes. Él juega a Básquet en un equipo, las cosas de deportes le encanta, y como no le necesitábamos en las cortinas y demás, se ha ido.
Vaya, jugador de Básquet. Había jugado bastante, aunque era más propicia al tenis o el fútbol que a la cancha. De repente me levanté y Ayame me siguió como si se hubiera puesto de acuerdo conmigo para asaltar la tienda de bisutería. Le negué con la cabeza y le señalé la tienda de deportes del final con el letrero rojo chillón.
—No, ve tu a la tienda, yo iré a la de deportes, soy aficionada a jugar a fútbol y tenis, por lo tanto me encanta el deporte.
—Pero Kôga ya no estará allí, ahora ha de estar en la librería.
—¿Lee?
—Si, es aficionado nato a la lectura. ¿segura que no vienes?
—No, me pasaré por la librería- le animé- ve tu, que yo vuelvo de aquí un rato con él para ir a comer.
—Bien. La librería es esa del final del pasillo a mano derecha. Tiene la puerta de color azul cielo y se llama PaperWords. Yo estoy aquí en la Perls.
—Bien.
Me despedí de ella y me fui por el pasillo lleno de gente hacia donde me había dicho. Como ella decía, en el final a la derecha había una libraría con aspecto de guardería, por el color. Entré en ella y dejé de lado mi parte más aficionada a leer para buscar a mi compañero. No tardé en hallarlo y eso me alegró, la tentación es mala para el ser humano. Estaba en la estantería de anime (en inglés). Sonreí y me acerqué por detrás.
—Hola- le dije y el pegó un bote muy chistoso que me hizo soltar una risilla floja- no sabía que preferías los libros a las compras.
—Eso depende, si vas con una obsesa de las tiendas tiene su lógica.
—¿Que lees?- le dije mirando el cómic Manga que tenía en las manos.
—es un comic de Vagabond, es my serie preferida. ¿te gusta el manga?
—Bueno... no rechazo nada que tenga texto, siempre y cuando no esté en mis manos algún libro de Rodoreda o de Martorell- el puso cara de interrogante y yo se lo aclaré- autores catalanes, amo mucho Cataluña pero... tiene autores bastante penosos para mi gusto. Pero si, me gusta el manga y leer cualquier libro, bueno, eso depende del tema.
—Vaya...- dijo sonriendo- de gusto encontrar a alguien a quien le guste leer. Ayame no es partidaria de los libros. ¿qué libro te has leído por última vez?
—Los de la saga de Crepúsculo, Meyer me encanta
—Si, se quien es, es muy buena autora, no la mejor, pero tiene su talento, sus libros son muy buenos. ¿Conoces a Paolini?
—¿El Legado?- dije y sonreí- si, me compré hace poco su último libro, lo sigo desde hace tres años. ¿Zafón?
—Me encanta, es genial, su literatura es fantástica y su argumento en las obras son preciosas, los he leído todos. Pero ahora estoy en fase crítica, no se que leer y los comics no son de ayuda.
—Lo se, pero ha de haber algo de tu gusto, no se...- dije mirando las estanterías de las novedades- lo del inglés lo hace más difícil pero... ¿y este?- le dije enseñándole un libro de Jaceterfeld- me he leído este libro y lo tengo en casa, es muy bueno.
—No lo se. ¿quizás algún clásico?
—Lo siento, de literatura inglesa no se mucho, no soy de las de Shakesperare, no me van, solo soy de literatura española, que la conozco más a fondo, pero aquí ha muchísimos libros en español, la mayoría.
—Si, esta librería es especialmente española, por eso vengo aquí, me gusta el español como lengua.
—¿Si? Pues entonces este- le dije dándole el libro que acariciaba en la estanterías- tengo uno igual en casa, pero es muy viejo. Es un clásico español, Pio Barroja es contemporáneo a Machado... me lo he leído y está muy bien, pero... pero nada, has de leerlo.
—Vale, me lo cojo- me dijo y se dirigió a la caja para pagar. Yo le seguí mirando cada uno de los libros de las estanterías. Habían dos personas antes que nosotros para pagar, por lo que tuvimos que esperar nuestro turno.
—¿Tu jugabas a algo en España, algún deporte?- me preguntó
—No, solo jugaba como pasatiempo, nada más, no jugaba en ningún equipo.
—No tienes cara de deportista ni como pasatiempo- me dijo sonriendo
—Ni tu de aficionado a la lectura- le contraataqué
—Ja, ja, ya lo se, me lo dicen mucho.
Más tarde nos tocó pagar y después salimos al pasillo del centro comercial lleno de gente con un montón de bolsas de la compra. Fuimos hasta la tienda que Ayame estaba atracando para buscarla e irnos a comer. Cuando entramos a la tienda, vimos a Ayame con una cesta llena de pendientes, collares y pulseras de muchos colores. Me la quedé mirando embobada por su escandaloso vicio a la compra. Kôga, a mi lado, suspiró y fue a por ella. Reí al ver a Ayame como una cría enseñándole lo que se iba a comprar, me giré a la derecha y me fijé en los pendientes plateados de la estantería. Habían muchos y variados, me los miré y me cogí unos en forma de serpiente plateada con los ojos rojos. Me acerqué a Ayame que discutía con Kôga sobre la cantidad de cosas que se iba a comprar.
—Pero ayame, no puedes comprar tantas cosas- le decía Kôga
—Claro que puedo, es mi dinero y me gusta lo que he comprado, no me vas a obligar a dejarlo todo- le dijo mirándolo con una terrorífica mirada asesina.
—Pero Ayame, no ves...
—Ayame, Kôga tiene razón.- le dije y los dos me miraron- ¿Qué te parece si solo coges tres cosas y nos vamos para regresar un día solo a comprar eso y ropa? Hoy es día de muebles y demás, no de complementos personales- le dije y Ayame me hizo un puchero.
—Está bien- aceptó al final de mucho pensar- pero volveremos ambas a comprar ropa y complementos como zapatos, bolsos...
—Vale, Vale, vamos a pagar, que yo he cogido estos pendientes.
Kôga suspiró en mi comentario pero no me dijo nada. Cogió a Ayame del codo y la arrastró a la caja después de que ella dejara sus cosas. Yo les seguí a la caja y salimos después de pagar. Al salir, nos vimos en el dilema de dónde íbamos a comer de los muchos lugares que habían. Kôga quería una hamburguesa, Ayame una pizza y a mi me daba igual. Al final de mucho discutir, tiempo que me la pasé mirando a la gente y las demás tiendas de del pasilla, decidieron comer en un bocatta, donde habían hamburguesas para Kôga.
Ayame nos mandó a sentar mientras nos pedía lo que íbamos a comer. Yo me decanté por un bocadillo provenzal, que tenía queso, pollo y champiñones. Kôga y yo nos sentamos mientras Ayame iba bailando hasta la cola para pedir la comida.
—Este sitio también está en España- le dije a Kôga
—Si, aquí es nuevo, antes no estaba- me dijo mirando a Ayame
—Tranquilo, no creo que se nos pierda- le dije bromeando. Él, entonces, giró al cara en mi dirección y sonrió sentándose bien en su sitio mirándome.
—No creas. Es como una cría
—No lo creo, solo está alegre.
Kôga rió y miró el libro que se había comprado, entonces me miró y me dijo.
—¿No buscabas un libro?¿Por qué no te has comprado uno?
—No creo que tenga tiempo de leer ahora. He de arreglar la casa, trabajar y estudiar inglés.
—Pero puede que tengas tiempo libre más a delante
—Pues ya me compraré uno más adelante
—¿Antes tenías tiempo para leer?
—Bueno...- dije mirando hacia Ayame que estaba hablando con el dependiente- ...antes iba a trabajar a la ciudad, como vivía a una media hora de allí, solía leer en el bus.
—Vaya, normalmente la gente que trabaja, duerme en el bus o piensa, pero no lee.
—No todos, además, la gente no está hecha para pensar, no es bueno tener mucho tiempo para hacerlo.
—¿Por?
—Pensar en como es tu vida u otras cosas te hace dar cuanta de las cosas realmente y le das tantas vueltas que te vuelves loco o te das cuenta de que lo que haces no te gusta y lo dejas de hacer. No, no es bueno que la gente piense, a nadie le gusta pensar mucho en sus problemás o en la vida que llevan.
—Pero si lees, ves otro tipo de vida diferente a la tuya y la envidias, ¿no es eso lo mismo?
—No, al menos la envidia es sana, la gente no se toma en serio la vida de los libros, son libros al fin y al cabo.
—¿Ya estáis hablando de libros?- dijo Ayame con las bandejas de la comida- dios, se han juntado el hambre con las ganas de comer, vaya dúo.
—Venga, déjalo y a comer- dijo Kôga.
Hablamos de cosas tribales como la vida de Londres, los sitios donde había de ir, los sitios buenos para pasear, el transporte público...
Ayame y Kôga me hablaron de su trabajo, de la gente de la empresa... La vida de Londres parecía no se muy diferente a la de Barcelona si quitábamos las cosas como el idioma, la comida... Más tarde me hablaron de la casa, como la íbamos a pintar, los muebles que íbamos a poner, como y donde se pondrían...
Ellos no me dijeron que no les gustaba, sino que me daban más ideas sobre la decoración etc. Más tarde fuimos a comprar la pintura para las paredes, que íbamos a pintarlas todo mañana. Para mi habitación quería un color morado, pero no muy oscuro ni muy claro, medio; para el salón un color gris oscuro, pero no mucho; para el estudio, un color azul marino clarito. Una vez esto, nos dirigimos a por el supermercado, donde, en un carro, empezamos a poner comida...
Me hacía falta de todo, carne, caldo, huevos, cereales, leche... El carro estaba hasta arriba de comida y menaje para limpiar. El café, alimento imprescindible en mi vida, sobretodo por las mañanas... Era todo volver a empezar de nuevo, con la casa, la compra... la única diferencia, era la compañía. Con un carro hasta los topes y con bolsas en las manos, salimos hacia el garaje del centro comercial hacia el coche.
Lo metimos todo en el maletero para dirigirnos a casa a guardarlo todo.
La distribución en el coche era la misma, Kôga y yo delante y Ayame detrás. Ella conversaba de las calles de Londres más bonitas, de los centros para comprar, de las iglesias... Yo estaba mucho más lejos de ese mundo comercial, a mi me gustaba admirar la historia de las ciudades, con sus lugares patrimoniales y cultos, monumentos, museos... Para mi, el alejamiento de las zonas transitadas y comerciales era necesario para mi tranquilidad mental, pues me agobiaba mucho.
Estábamos a unas cuatro manzanas de mi casa cuando Ayame le dijo a Kôga que parara.
—No, me voy a casa desde aquí, que he de hacer cosas en ella y preparar unos documentos importantes que están a medio hacer- justificó ante nuestra cara de asombro.
—Seguro que no quieres que te llevemos allí- Dijo Kôga
—No, que va, además, soy partidaria del metro y el transporte público de la ciudad, es mejor para moverse.
—¿Seguro que has de ir en metro?- le dije mirándola preocupada
—Claro que si. Bueno- dijo cuando nos detuvimos en una parada de metro- mañana estaremos a las nueve en tu casa, Kagome. Me quitaré todo el trabajo para ir mañana y pasado a ayudar con muebles ect.
I salió del coche con salero rumbo a la boca del metro, donde bajó por las escaleras como si se la tragara la tierra. EL coche volvió a ponerse en camino hacia mi casa, pero yo no quité la vista de donde Ayame había desaparecido.
—Ella es así, en eso es una maniática de narices, pero no es nada raro.
Llegamos al parking de mi casa y nos bajamos para empezar a coger cada una de las bolsas que había en el coche. Pese a nuestra fuerza y número de personas, tuvimos que hacer dos subidas y bajadas para sacarlo todo y dejarlo en el apartamento. Lo primero que hice fue abrir toda la casa mientras él dejaba todas las bolsas encima de la encimera de la cocina. Cuando volví a su lado, empezamos a sacar una por una las cosas de las bolsas para ponerlas donde yo quería. Las cazuelas y sartenes en un cajón, los tenedores y demás en los cajones... todo en el sitio donde en mi casa de España las tenía situadas. Estaba poniendo en unos botes el azúcar y cosas para el desayuno cuando me animé a preguntarle:
—¿Qué tipo de trabajo haré en la empresa?
—Bueno, principalmente solo serás ayudante de la directora de financiación en la empresa. Verás como se realizan los presupuestos, ayudarás en nuevas ideas para la financiación, tratos con las demás empresas para reducir gastos e incrementar el beneficio... pero solo serás la ayudante.
—¿Cómo es la directora de financiación?- Kôga se quedó quieto un momento y luego siguió con lo suyo
—No es la mejor mujer del mundo. No me gusta criticar a mis compañeros pero...- sonrió- ...esa mujer es la arpía más grande de la historia.
—¿Tan mala es?
—Si, es una mujer mayor, lleva unos veinte años en ese puesto y está cegada por la fama que tiene, pero lamentablemente hace un gran trabajo, creo que su vida es eso, trabajar.
—Vaya, creo que me quedaré de por vida como su ayudante- le dije riéndome
—¿No te asusta?
—No, la verdad es que si lleva tanto tiempo es que ha de ser buena ¿no? eso es admirable, pero no pasa nada, solo estoy aquí para trabajar, aprender... Lo demás no me importa
—Vaya, se ve que eres muy luchadora
—...
—Pero no pasa nada, tranquila. Ayame y yo estaremos contigo todo el rato que podamos, no pasará nada.
Estuvimos callados durante un buen rato, donde pudimos poner toda la comida en la nevera o en las estanterías. También me entregó una cinta aislante para envolver los marcos de las ventanas y las puertas para pintar mañana. Cuando nos dimos cuenta, era de noche y tenía un hambre enorme. Le miré mientras ponía el último tirón de cinta en el salón. Se veía un hombre amable pero sin dejar de ser fuerte y duro en lo necesario, musculoso y con garra sin dejar de lado su responsabilidad y buen humor, su seguridad y predisposición me dieron envidia y me recordaron a alguien muy parecido a él. Él me había ayudado en todo lo de la casa en la ausencia de Ayame, mañana también me ayudaría y eso declinaba la balanza hasta dejarme en una posición muy elevada. Me sentí desagradecida.
—Kôga, la verdad es que no como agradecerte lo que has hecho por mi. Ya es muy tarde y tendrás hambre- él se levantó y miró el ventanal sin cortinas que estaba con la persiana levantada mostrando la preciosa vista de Londres en la noche.
—Si, no me había dado cuenta de lo tarde que era.
—¿Lo siento, quieres que te prepare algo para cenar? Me siento mal al tenerte aquí y que llegues sin cenar a casa.
—Uy, no, mejor mañana haznos una rica comida, pero hoy no, he de irme para hacer unas cosillas.- dijo cogiendo su cartera y móvil- mañana vendremos sobre las diez, ¿vale?, estate preparada para entonces.- dijo guiñándome el ojo derecho en un gesto cómica y se fue hacia la puerta. Yo le seguí hasta allí- Hasta mañana, Kagome- dijo saliendo por la puerta.
—Hasta mañana, Kôga dije viendo como desaparecía por el pasillo de color azul.
Cerré la puerta tras de mi y me dirigí hasta la cocina, donde saqué una bolsa de cereales de esos con azúcar y chocolate. Los puse en una taza cuando el chocolate estuvo caliente y le metí los cereales dirigiéndome hacia la parte donde estaba la televisión. Dejé la taza en el suelo junto a una cuchara y fui a la habitación para sacar una manta y unos cojines de mi maleta (que me habían cabido al separar el relleno de la funda). Volví al salón después de sacar una película de esas que me había traído y la puse en el DVD. Me senté encima de la manta tendida en el suelo con el cojín en la cabeza y me dispuse a ver la Guerra de las Galaxias que tanto me gustaba.
No supe a la hora en que acabó la película, solo supe que se acabó y me arrastré hasta la cama donde caí dormida en un momento.
Estaba tranquila en mi cama soñando no sabía exactamente el qué, era uno de esos sueños que no tienen sentido, solo los sueñas y ya está. Pero una música totalmente fuera del sueño me llamó la atención. Abrí los ojos y me giré hacia donde provenía esa música. Era mi despertador-móvil, el encargado de despertarme todas las mañanas. Me estiré y lo apagué.
Esta vez no necesité situarme en absoluto, sabía donde estaba, y el saberlo no me produjo tristeza, sino alegría. Me gustaba Londres.
Me levanté y me fui en camisón hasta la cocina donde encendí la cafetera con el café y abrí cada persiana de la casa. Al regresar a mi habitación, me vestí con unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes otra grande de tirantes que caía encima. Me puse las bambas más gastadas y me fui a beber mi café que ya estaba hecho.
Puse la televisión mientras me sentaba a desayunar mi café con cereales en la encimera. Todos los canales estaban dando las noticias y no había ni una sola cadena que la dieran en español. Traté de agudizar mi oído y mi cerebro para enterarme un poco de la situación. Por lo visto, un anciano había muerto asesinado por su hijo en un barrio pequeño de la ciudad. Las noticias aquí no eran diferentes a alas de España. No tardé mucho en acabar mi desayuno y quité la tele para poner un cable de la tele en mi mp3 para que se escuchara la música. AL ritmo de esta, preparé una fregona con agua y la puse en el pasillo, traje un trapo húmedo para las manchas de pintura y saqué de la bolsa la INTA aislante para los marcos. Estaba empezando a poner la primera tira de cinta en la puerta de mi habitación cuando sonó el timbre de la puerta.
Ya sabía quien era, así que me dirijí hacia la puerta y la abrí. Tras la puerta, Kôga y Ayame me sonreían con dos bolsas enormes en el suelo. Yo miré las bolsas y luego a ellos alzando una ceja.
—¿No sabes lo que uno necesita para pintar?- me dijo Kôga ante mi mirada
—Es que parece que lleváis dos muertos.- expliqué y les dejé pasar a mi departamento. Ellos colocaron las bolsas en el suelo y Ayame me miró.
—¿Sinceramente crees que con eso puesto vas a pintar?- me dijo
—¿Qué le pasa a mi ropa?- le dije mirándome
—Pasa que esa no es ropa para pintar, si se mancha de pintura olvídate de la ropa- me dijo Kôga
—¿Pues que ropa según tu he de ponerme?
—Esta- dijo sonriente Ayame sacando una cosas blanca de la bolsa. Ante mi, vi lo que era un mono blanco con una mariposa en una flor que ponía buterfly picture en la parte delantera del mono. Le miré y negué con la cabeza, yo no me ponía eso. – no era una pregunta, era una orden, vamos- y me llevó a mi habitación dejando a Kôga con otro mono y yendo al baño
—Pero yo no quiero ponerme eso. ¿qué diferencia hay?
—La diferencia está en lo práctico y en que es una orden. Punto pelota.- me la quedé mirando con la boca abierta al ver como me quitaba la camiseta de tirantes ancha y me dabe el mono.
Yo, resignada, accedí y me lo puse viendo como ella hacía lo mismo que yo. Me miré en el espejo del baño. Parecía la hija de Fofito el payaso. Los pantalones bombachos con el dobladillo para no pisar el pantalón al andar, la parte de arriba con los tirantes con lazos porque me iba un poco grande de tira... Era horrible, pero era cómodo, eso si. Salí de la habitación haciéndome una cola alta y vi a Ayame de igual manera, las dos salimos y vimos a Kôga solo con el mono y el pantalón blanco debajo del mono... el pecho estaba al descubierto y dejando ver su bien formado torso.
—Bueno, vamos ha hacerlo así, vosotras id poniendo las tiras a todos los marcos mientras yo voy a preparar la pintura y los rodillos.
Las dos asentimos mientras él sacaba los botes enormes de pintura y abría uno para empezar a moverlo. Ayame y yo pusimos las tiras de cinta en toda la casa y al volver, Kôga estaba distribuyendo la pintura. Este nos dio un cubo con una brocha a cada una. Él sabía de que color iba cada habitación, así que los tres fuimos a recortar una habitación diferente: él el salón, yo mi habitación y Ayame el estudio.
La música sonaba y se oía a Ayame cantar subida a lo que era una escalera para recortar el techo, yo en cambio, estaba tranquila en mi habitación recortando con el color morado. No tardamos mucho en acabar la primera mano, mientras Kôga pintaba la mayor parte de la pared con el rodillo grande, Ayame y yo cogimos las cortinas y las pusimos a lavar.
—¿Qué estás haciendo para comer, Kagome?- me pregunta Kôga bebiendo coca-cola con hielo.
—Pues, como hace calor... estoy haciendo lo que en España se llama Pipirana. Es una ensalada con Judías blancas, tomate, jamón en dulce, olivas... fresquita.
—Pues tiene buena pinta- dijo Kôga viendo a Ayame tender las cortinas que ya se habían lavado- parece que sabes cocinar, eso es un punto más a tu favor
—¿Es que tengo más de un punto?
—Claro que si. Eres buena persona, madura, lista, responsable, atrevida, valiente y... bueno, sobretodo guapa- dijo sonriendo
—Bueno, pero tengo cosas en contra, por ejemplo, traigo más problemás de los que soluciono y no soy valiente en absoluto... bueno, creo que si sigo quedaré más mal de lo que quedaré al conocerme más
—No creo que eso sea posible. ¿Que te parece la casa pintada? Eres buena decorando la casa, cuando renueve la mía te pediré que seas la decoradora.
—Vaya, ¿Es que vas a cambiar la decoración de la casa?- dijo ayame ayudándome a la vez con el pollo que estaba en la sartén.
—Bueno, no es necesario pero... si me queda la casa como esta, no creo que derroche el dinero.
Seguimos con las bromás durante toda la comida, bueno, más bien siguieron, porque yo solo hacía comentarios cortos y solo los miraba. Miré mi casa, ahora, con la primera mano de pintura. EL salón, el estudio a lo lejos... Era una casa preciosa, pero le faltaban las personas que yo quería. Mi hermano de sangre y el de no sangre, mi amiga de la infancia... Y él. Claro que le echaba de menos, como no. Él, aunque me molestara decirlo, había entrado en mi vida como un soplo de aire, o mejor, como un huracán. Viene en aviso, pasa y lo aceptas porque no le puedes parar, se va y te deja hecha polvo, derrumbada, destrozada y marcada para el resto de los días. Era lo mismo. Ahora, pese a ser medianamente feliz con esas dos personas, me parecía que era un sentimiento falso de felicidad, solo una máscara, una mentira que me había inventado y me la había creído, pero no quería reconocerlo, porque eso me dolería.
Pero las cosas iban a avanzar. La gente inconformista era la que hacía que la sociedad avanzara. Yo no era inconformista... bueno va, quizás un poco... pero era como un palo en el mar o en el río, me dejaba llevar y, en realidad, huía del dolor si no dependía nadie de mi.
Ahora podía seguir, salir de donde me había metido, ser una persona nueva cambiando mi manera de ser, nada de huir, ser Kagome en esencia pero diferente en lo externo, así, sería mejor persona.
Acabamos de pintar la casa. Ellos se fueron al cabo de un buen rato y yo me quedé arreglando cada cosa de la casa. La limpié y la fregué para que no pasara nada al traer los muebles. De las cosas que había comprado solo pude poner las luces. Para el salón me había comprado una araña preciosa de color plata, para la cocina ya estaban los ojos de buey en plateado, para mi habitación, compré una medio araña de color negro y una lamparita para la cama, en el estudio, puse una lámpara de pie de color negra y ojos de buey para el techo. También pude poner las toallas en los baños y las alfombras, excepto las del estudia y mi habitación, ya que necesitaba que me levantaran la cama para ponerla y los muebles no estaban aún.
Acabé exhausta de tanto limpiar y colocar las pocas cosas que podía. No obstante, puede descansar al día siguiente por la noche.
Los muebles no tardaron en venir. El par de hombretones que vinieron con el camión ayudaron a Kôga a poner y montar los muebles, cosa que les llevó todo el día hasta media tarde. El primer habitáculo al que se dedicaron fue al salón. Este fue cosa fácil, pues solo tenían que montar el mueble de la tele. El mueble a final fue de un color ébano, tenía la tele en el centro con un cajón debajo, al lado, habían dos muebles con estanterías en forma de quadrícula. Ahí pondría mis fotos y plantas con figuras . La mesa la pusieron en el centro, con las sillas recogidas encima de la mesa para no estorbar. El siguiente habitáculo fue mi habitación. Pudieron el súper armario en la pared de la puerta con las mesitas a los lados de la cama. En frente de esa pared, puse un espejo de cuerpo completo. Antes de pasar a la pequeña mesita de la habitación y a la colocación de mi enorme alfombra, me pusieron un pequeño tocador (idea irrefutable de Ayame, quien me obligó a comprarlo). Este tenía un color claro con espejo muy bonito con un marco de color plata que dibujaban rosas. A ella le había encantado y me dijo que me había apuntado el tocador pero no me dejó verlo. EL tocador me gustaba, no era ostentoso pero tampoco invisible, la pena era que yo no lo necesitaba. En el estudio fue más divertido. Kôga se reía de la enorme estantería de color negro que abarcaba toda la pared, decía que era imposible que la llenara de libros, lo que él no sabía era que la única razón a mi limitación de libros propios en mi casa de España era la falta de espacio y no mi tardanza en leer. La mesa del escritorio del estudio era de cristal, pero un muy limpio por suerte. Las patas eran de color negro con los cajones solo a un lado. AL lado del escritorio puse una cajonera alta con unos cinco cajones con un futuro archivador pendiente encima. Era un estudio perfecto, espacioso, luminoso y ordenado para trabajar como a mi me gustaba. Solo faltó la pequeña mesita del patio y una estantería de esas de plástico duro para exteriores, don de irían las herramientas para el mantenimiento del patio y sus componentes.
Era una casa preciosa. Pero estaba sola, aunque eso era muy bueno.
No tardé en quedarme sola. A Kôga lo eché diciendo que me estaba aprovechando de él y que se había de ir para que no me sintiera culpable de abusar de su buen humor y disposición. Él renegó, pero poco pudo hacer ante mi insistencia infalible a mis propósitos.
Me quedé sola, y solo entonces pude poner las maletas encima de la cama y sacar cada cosa que había traído conmigo. Lo primero que saqué fueron los marcos de fotos. Tenía tres marcos, en uno, estaba mi hermano con un balón de fútbol en el patio de mi casa, en el otro estábamos yo y Miroku, él me tenía encima de su espalda a caballito, ese día habíamos ganado un mini partido de tenis contra el resto de nuestros amigos, al lado de esa foto pero en el mismo marco estábamos Sango y yo, las dos con un diploma enorme y con una sonrisa, ese día habíamos acabado la E.S.O., nos habían dado el diploma, con la orla con los componentes matriculados del curso. La última foto era la más reciente. La había traído porque era incapaz de dejarla en casa. Era el día de mi dieciocho cumpleaños, el último en España. En ella salíamos todos los amigos. Yo en el centro, Miroku a mi izquierda con Sango a su lado cogida de su cintura, delante suyo estaban Kohaku y Sota, ambos con una pelota de fútbol. A mi derecha estaba él, tan guapo como siempre con una camisa negra y unos tejanos, me cogía de la cintura y sonreía como si fuera su fiesta en vez de la mía. Esas fotos se habían ganado el sitio más privilegiado de toda mi habitación, y esas eran las que se habían venido conmigo. Bueno... no eran las únicas, tenía un álbum con todas las fotos des del día en que nací... mejor dicho des de que nació Souta, él salí des de que era un bebé.
Salí y puse los marcos de fotos en la estantería del salón, todos los marcos excepto el último, que lo puse en mi mesita de noche, y en el cajón, puse el álbum de fotos.
Saqué todos mis libros y los fui poniendo uno por uno en el estudio. Por mis manos pasaron mucos libros, no todos, solo los que más me dolía abandonar, libros como los de Harry Potter, que me los habían regalado Sango y Miroku, todos con dedicatorias graciosas en sus primeras páginas, también libros como los de Dan Brown, los de El Legado y los de Crepúsculo, que me los había comprado yo menos el último, cortesía de Souta, con una dedicatoria que decía la suerte que tenía de que ya no salieran más libros de la serie. Mi mejor libro en cuanto a recuerdo, La Sombra del Viento. Ese me lo había regalado Kaede al cumplir los quince años con un hermano a mi cargo de solo cuatro años , su dedicatoria era mi favorita "¿Cómo vive una rosa que has prendido junto a tu corazón? Nunca hasta ahora contemplé en la tierra sobre el volcán la flor. Mi niña, sigue siendo una rosa que lucha en una selva de dolor", nunca había llorada tanto con una dedicatoria, no lo volví ha hacer más. El último era el que me traía hora los recuerdos más tristes y felices de todos. El libro de Medianoche de Claudia Gray, me lo regaló él, con la vana esperanza de que dejase el de Crepúsculo. Volvía mi habitación y seguí sacando cosas como mis películas, mis figuritas, casi todas de delfines, mis colonias y mis joyas, mis dibujos mi pequeño equipo de música... Cada cosa se fue poniendo en su lugar. Pasé a colgar en las barras las cortinas. Las lilas en mi habitación que empezaron a ondular a cause del aire, las marrones claro para el salón, las azul clarito para el estudio y las de los baños. También me puse a colgar la ropa. Mi vestuario había de cambiar a cause del cambio de clima, las camisetas cortas de manga o sin, las faldas cortitas y los pantalones cortos por el muslo... Los zapatos abarcaron casi toso el zapatero, las bailarinas de muchos colores oscuros, los zapatos de tacón alto que me encantaban y las bambas tipo converse o con variedad de color en los cordones y en la bamba misma. El timbre sonó y me fui a la puerta para abrir. Un chico de unos veinticinco años, de cabello color cobre y ojos un poco dorados pero con el marrón como color base me saludó des del umbral.
—Buenas, soy el vecino de enfrente, me llamo Jace- me dijo con su voz aterciopelada y en un Inglés perfecto pero, pese a mi torpeza, le entendí.
—Encantada, me llamo Kagome. ¿Qué te trae por mi casa?
—Conocerte, vine a hacer la presentación hacia la nueva propietaria de la casa, así que bienvenida.
—Pues gracias-nos quedamos en silencio unos minutos hasta que, muerta de vergüenza le pregunté- ¿quieres pasar a tomar un café?- no sabía el porqué estaba haciendo ese, simplemente pensé que debía de ser amable con los vecinos, sobretodo uno tan guapo, además, Kaede siempre había hecho lo mismo con cada nuevo vecino.
—Pues es un placer- dijo pasando y siguiéndome hacia la cocina donde le preparé un café.
—¿no llevas mucho tiempo aquí, verdad?- yo asentí afirmándolo- Pues tienes la casa muy avanzada para llevar poco tiempo. Eres una muy buena decoradora.
—Gracias- le dije al darle el café- la verdad es que solo llevo tres días con este, pero solo he ido a un centro comercial para vestir la casa y los demás días solo he pintado y amueblado esto, no he salido a nada más.
—Vaya, no eres de aquí y aún no has visto esto como Díos manda, eso es un pecado.
—Si no hay tiempo...- la verdad es que puede que salga esta noche, me apetece ir al río que se ve desde aquí.
—Pero no sabes nada de la ciudad, ¿no te asusta ir por un ciudad desconocida?
—Vengo de Barcelona que es también muy grande, no me asustará.
Nos quedamos callados unos minutos mientras él hacía el reconocimiento a mi casa. La verdad es que se veía un chico muy majo, un buen vecino de esos al que le puedes pedir un poco de azúcar o huevos para la comida,. Además se le veía amigable y el ser extranjera no le resultaba incómodo. La verdad es que la diferencia de vivir en un pueblo y en una ciudad era palpable en estos aspectos. En un pueblo, las noticias nuevas son como el casamiento de una hija de la vecina en una comunidad habitada solo de viejas, un cotilleo. En una ciudad, la gente iba su bola y estas cosas no les importaba en absoluto, es como ir por la rambla en pleno verano, el extranjero parece el que es de casa. Me miró mientras yo estaba cavilando y me sonrió con una sonrisa cálida y fraternal.
—Se me ha ocurrido una cosa. Como a mi me gusta pasear y tú no has visto nada de aquí, ¿qué te parecería que yo fuera tu guía ahora mismo?
—¿Ahora mismo?- le dije sorprendida- ¿cómo que guía?
—Sip, yo no tengo nada que hacer, te enseñaré esto un poco, aún es pronto, son las seis de la tarde.
Me lo pensé. No había nada de malo en ir con él ha dar una vuelta. Además, él me enseñaría la ciudad un poco, lo que yo más quería era eso, que me enseñara la belleza de una ciudad parecida a Barcelona. Pero por otro lado yo no le conocía en absoluto, las apariencias engañan, pero... Le miré. Él me miraba con un brillo en esos dorados marrones que transmitían alegría y amistad.
—¿por qué te ofreces voluntario a enseñarme la ciudad si no me conoces de nada?
—Pues... porque me aburro, no he de hacer nada, eres mi vecina y he de ser amable, porque te ves maja y además... eres muy guapa- le dije y yo arqueé las cejas
—Me parece muy bien todo menos el último comentario, así no vas a ningún lado- le espeté
—Ya, pero soy sincero y además bromista, ¿qué me dices?
—supongo que vale- le dije y le vi sonreír. Pero he de irme a duchar.
—Vale- dijo riendo- me alegro que no pensaras salir en mono de trabajo pintado de morado, azul y gris a la calle.
—Ja, ja- dije sarcástica- venga, en media hora estoy lista y en la puerta.
Él se levantó riendo y salió por la puerta dejando que me duchara.
En la ducha pensé en los Londinenses, todos amables y sociables, no como en Cataluña, que teníamos la mayoría fama de antisociables, pero siempre habían dos caras en una moneda, yo solo había visto la mejor, la peor la vería después.
Salí del baño a los cinco minutos con una toalla y miré el tiempo que hacía. Lamentablemente, pese a ser verano, hacía un aire u poco frío, así que me puse una camiseta azul ancha que se caía por los hombros y me llegaba a los muslos, y unas mayas con unas vans negras y azules con los cordones lila oscuro. Cogí el bolso y me fui al tocador para ponerme perfume y peinarme, dejándome una cola alta con unos mechones sueltos. Cogí una chaqueta negra y salí de casa para encontrarme con Jace en la puerta del ascensor.
—Si todas las españolas visten así, no se que hago perdiendo el tiempo aquí- dijo y yo me aparté mirándole enfadada por el comentario- era broma a medias.
—Si, si, bueno vamos.
Bajamos en el ascensor y salimos la puerta del edificio. Delante estaba el parque y el me cogió del codo para guiarme hacia el parque al ver que me quedaba quieta. Recorrimos el paseo, que, como me dijo Jace, era uno de los paseos de la plaza Eaton. Anduvimos por el paseo hasta entrar al metro, donde bajamos justo en nueva Scotland yard. Seguimos andando mientras él me contaba cosas de Londres. Me dijo que era un lugar precioso lleno de monumentos, museos y edificios parecidos a los que salían en las fotos de Barcelona. Las calles eran anchas, me dijo que, en contra de lo que se decía, la calle de Oxford no era la mejor calle. Me habló del barrio chino, de la plaza de Picadadilly circus, con sis luces y carteles, su pequeño parque y el teatro. Mientras hablaba, interrumpía la conversación con explicaciones de donde estábamos, pasamos por la calle donde los Beatles tenían esa foto en medio de la calle. Me enseñó el parlamento, el Big ben, el puente de Sherlock Holmes, el London eye. Me quedé parada en el puente mirando lo enorme que era el río. Barcos iban de arriba abajo, la ciudad empezaba a sumirse en la oscuridad de la noche con el crepúsculo anunciando su llegada. El gran Ojo de Londres se erguía imponente en la rivera del río, enorme todo el. Miré a Jace, quien pareció saber lo que quería y me cogió de la mano para coger los tickets para subir y, después de hacer unos cinco minutos de cola, subimos a una de esas cabinas como óvalos. La noria iba muy lenta, pero a medida que se iba alzando, el paseo se veía mejor, la ciudad, al cabo de poco, parecía estar a nuestros pies con las luces encendidas, yo estaba en la baranda del cristal mirando con la boca abierta la ciudad mientras Jace me decía que era cada cosa. Los puentes que cruzaban el río. El parlamento se veía mucho mejor desde la altura, con la abadía de Jacetminster al lado... Todo era hermoso. Haciendo uso del trasporte público, nos dirigimos hacia la plaza St James, donde nos pusimos a cenar. Yo tenía una pregunta para él desde hacía un buen rato, solo que estaba tan emocionada y encantada con lo que veía, que lo posponía. En la plaza, en un bar con vista a la plaza, donde un joven tocaba la guitarra a un grupo de estudiantes que estaban a su alrededor cantando y bailando.
—Esta plaza es común para los jóvenes extranjeros, Luca, el de la guitarra, suele siempre estar rodeado de críos así- me dijo adivinando lo que pensaba
—Pues si, parecen pasárselo bien- le miré comerse la hamburguesa- ¿por qué me has ofrecido enseñarme la ciudad? Y nada de bromás a medias, sinceramente.
—Pues no lo se, supongo porque me conviene hacer amistad con alguien en el edificio
—¿No conoces a nadie allí?
—Bueno, es que los vecinos son un tanto extravagantes. Verás, la vecina de mi derecha, está loca, tiene un marido que le pega y chilla, y ella tan contenta. Las de arriba, son todas marujas que viven solo con los gatos, que son muchos, y se pasan la vida cotilleando por el piso.... todos son así, o familias independientes hostiles o viejas locas. No se, te vi, y pareciste buena persona, alguien no hostil ni loca.
—Me alegro de no parecer una loca. Gracias por lo de hoy, de verdad. La verdad es que venir a un país donde el idioma es diferente al tuyo, estar sola y demás no es fácil. Es verdad que en dos días he hecho amigos y tengo trabajo, pero no lo se...
—Te sientes sola.- le miré y sonreí. Pedí la cuenta al camarero y le pagué lo nuestro pese a la cara de ogro de Jace.
Volvimos por Picadilly Circys y me enseñó el barrio chino hasta que volvimos en metro ha casa. Subimos hasta el umbral de mi puerta, donde saqué las llaves para abrir la puerta.
—De verdad, te estoy muy agradecida por lo de hoy.
—¿Piensas que lo he hecho gratis? No señora- le miré sorprendida- Te obligo a pagarme con tu amistad.
—Ja, ja, ja- me reí, era la primera vez que se me obligaba a ser amiga de alguien, pero pintaba bien pese a todo- bueno, supongo que no me queda otra. Tampoco me sabe tan mal.
—Pues nada, nos vemos- se despedí y entré a casa.
Las paredes de mi casa me acogieron con alegría. Me fui a la habitación y me puse el camisón para después meterme en la cama y descansar.
Solo hubo una cosa que me intrigó y me puso verdaderamente nerviosa. Kôga, me había mandado un mensaje diciendo que me iba a buscar mañana por la mañana para llevarme al trabajo. Eso, suponía para mi mucha inseguridad y miedo, pero para eso había venido, no para otra cosa.
Así, que me deslicé hacía el color azul de mi sueño, esperando que este, me llevase a un lugar mucho mejor que el de la realidad.
pues hasta aquí el cap. Espero que esta vez publique más pronto, la culpa la tienen estos profes de hoy en día que no le dejan a una respirar de tranquilidad. Espero qeu os guste la ciudad de Londres, solo he estado un avez y mi memoria es bastante corta, espero que esté bien la orientación, solo lo hago con mapas no muy exactos. Sobre Jace, me encanta, es mi personaje preferido, sin molestar a Inu, que no saldrás hasta que se me pase el cabreo con él.
Besos a las que siempre leeis mis caps y por favor, dejádme reviews, que si no me deprimo y acabaré dejando de escribir este fic por depre. u.u
Besos en especial a Angie1791, quien me da ánimos, pero a todas os quiero mucho
