Summary: Había demasiadas cosas que Koushiro no podía saber...

Advertencias: Este capítulo incluye una escena sexual, lejos de ser erótica es algo desagradable.

Dulce castigo

XIV

Koushiro despertó en el lado derecho de la cama. Fue como caer desde un rascacielos. Estaba solo y hasta ese momento nunca le había parecido que su cama estaba hecha para alguien más. Extendió los brazos hacia los lados, sintiendo la frialdad de las sábanas. Algo mareado, colocó una mano sobre su frente, preguntándose cómo de real puede parecer un sueño. Hundió la cabeza en la almohada. No quería averiguar la verdad hasta decidir qué opción prefería. Aunque tampoco importaba, nada podía cambiar lo feliz que se había sentido a su lado, ni la decepción.

El sufrimiento no había servido de nada, no se sentía más preparado que la última vez. Sabía levantarse, pero no avanzar.

Se sentó en la cama y respiró profundamente. Tocaba cambiar las sábanas. Le extrañó un poco que su madre no le hubiese despertado antes.

Tras darse una ducha y vestirse en el baño, entró en su dormitorio. Su madre estaba a punto de salir de la habitación. Llevaba las sábanas enrolladas en sus manos.

—Buenos días —dijo Koushiro, percibiendo una mirada de desaprobación—. ¿Hay algún problema?

La mujer negó con la cabeza.

—No importa —murmuró saliendo por la puerta. Cuando pasó el marco, se giró—. La sangre es muy difícil de eliminar. —Koushiro no comprendió a qué se refería hasta que llevó la vista al colchón—. No quiero discutir, estoy cansada. —Había sido una noche muy larga para ella—. Ten cuidado con lo que haces.

Miró la mancha del colchón, en el lado izquierdo. Pensó en Tamae, pero le pareció imposible que no se hubiese dado cuenta antes. Tenía que ser de Mimi, lo que significaba que no lo había soñado.

Koushiro se sentó frente al escritorio con la mirada fija en la pantalla apagada de su ordenador. Pasó así varios minutos hasta que se decidió a encenderlo.

Sus vacaciones habían comenzado y hacía tanto tiempo de la última vez que no sabía en qué ocuparse. Pasó casi dos horas navegando por páginas de internet pero, mientras lo hacía, se daba cuenta de que no estaba aprendiendo nada de ello. No conseguía abstraerse del mismo modo que antes, no servía.

Leía las mismas frases una y otra vez y, a pesar de ello, encontraba difícil comprenderlas. Cada cinco minutos revisaba los nombres de sus contactos. Cientos de personas y solo una de ellas le hacía sentir algo diferente al hastío. Solo que también quería deshacerse de esa sensación. Abrió el buscador. Empezó a escribir «Cómo olvidar que…». El buscador completó su frase, resultando «cómo olvidar que te amo». Inmediatamente cerró la página. Volvió a buscar entre sus contactos. Su atención se detuvo en el nombre de Mimi una vez más. Hacía mucho que no se conectaba, no era la mejor amiga de la tecnología. Ella prefería hacer otro tipo de cosas, como presentarse en casa de alguien sin avisar, cosas como causar el caos.

—Y yo pido permiso —murmuró Koushiro balanceándose en la silla.

.***.

Koushiro entrecerró los ojos al salir de casa, tras la tormenta del día anterior el sol brillaba con fuerza. Trató de buscar la sombra en las calles. Aunque eran las de siempre, sentía extraña la situación. No sabía por qué.

Se detuvo en una plaza. Había algunos ancianos sentados en bancos con la cara al sol. Había niños persiguiéndose unos a otros. Había parejas de diferentes edades, dedicándose sonrisas, deslizando el brazo por la espalda del otro. Y creyó que nunca podría ser uno de ellos, que como máximo podría fingirlo.

Poco a poco dejó de sentir confusión. Primero vino la tristeza, después se convirtió en furia.

Furia contra sí mismo, por ser tan pasivo. Porque lo único que Mimi había hecho era hacer lo que le apetecía, como siempre. Se dijo que estaba en su derecho de hacer lo mismo, que era hora de exigir explicaciones, de hacerse respetar, y caminó con decisión, a pesar del largo recorrido, hasta la casa familiar de la Tachikawa para encontrar que había demasiadas cosas que Mimi no le había contado. Ni a él ni a nadie.

.***.

(La historia escondida)

Era la primera vez que Nikki, el profesor, llegaba tarde a la clase. Entre el despacho y el pasillo se interponía Mimi. Aquel día ella tenía los ojos y los labios hinchados. Su postura era casi infantil. Su forma de expresarse tampoco le sumaba años. Un completo desconocido hubiese dicho que tenía dieciséis, como mucho. Mientras Mimi explicaba qué hacía allí, Nikki se dio cuenta de aquello, como si la descubriese por primera vez.

—Cumplí veintitrés. Y es que… —dijo con un ligero balbuceo.

Nikki se apoyó en la mesa y la escuchó con los brazos cruzados. Antes de que acabase su explicación, ella se lanzó a abrazarle.

—Todos morimos —le dijo pasando una mano por su cabello y sujetándola de la cintura con la otra. El cuerpo de Mimi tembló.

—Yo no quiero.

Nikki la apartó sujetándola por los hombros.

—Tengo que irme, Mimi. Ya llego tarde.

—Siempre tienes que irte. Siempre hay otras cosas. Hasta dejaste de ir por la cafetería ya, y eso que está aquí al lado y que tiene precios bajísimos.

Nikki se dio la vuelta y guardó unos documentos en su maletín.

—Creía que no querías que fuese —dijo Nikki abriendo la puerta. Mimi abandonó el despacho, sintiéndose insignificante al pasar por su lado. Continuaron su charla mientras caminaban.

—No sé. Pensé que insistirías —dijo, olvidando por completo lo liberada que se había sentido tiempo atrás, creyendo cerrar la historia.

—He estado ocupado.

—Ya, vi los carteles. Enhorabuena.

—Gracias. Por cierto, no te lo dije, estabas muy guapa en el vídeo —dijo rozando su hombro.

Mimi no fue capaz de sonreír. Nikki lo hizo y tras guiñarle un ojo, entró en la clase. Los alumnos lo recibieron con aplausos, Mimi volvió a quedarse sola y, contradiciendo a sus últimas semanas, ya no podía soportar eso.

No sabía qué hacer con su vida. Ni aunque hubiese tenido la oportunidad de elegir cualquier cosa imaginable, no sabría. Se había quedado sin sueños.

No tardó mucho tiempo en instalarse en el apartamento de Nikki. Nunca le entusiasmó la idea, simplemente no tenía otra. Alguna vez se acordaba de aquella idílica vivienda compartida con esas chicas con las que tan bien se iba a llevar, pero esas chicas no existían y su posible existencia tampoco la emocionaba. Además, empezó a pensar que, tal vez, esa etapa quedaba demasiado lejos. Después de todo, dos de sus antiguas compañeras de clase ya se habían casado.

La idea, como no podía ser de otra manera, fue de Nikki.

—No deberías seguir viviendo con tus padres. Es por eso que sigues actuando como una cría. Pero tú ya eres una mujer.

Mimi supo de inmediato que tenía razón, que había materializado con palabras la oscura verdad.

—Si es por el dinero, no te preocupes —. Y le dio una fácil solución. Si lo pensaba fríamente, Mimi y él estaban destinados al fracaso. Eso no había supuesto un problema en sus primeros encuentros, pues no buscaba nada más. Seguía sin creer en un futuro en común pero, poco a poco, la simple idea de que Mimi estuviese con alguien más sacaba lo peor de sí mismo.

Desayunaban juntos en casa la primera vez que Nikki se percató de su peor lado. Mimi acababa de bostezar.

—Estoy cansadísima —se quejó.

—Hoy dormiste bastante.

—Pero es como si no descansase.

—Ya —dijo Nikki con un tono cortante.

—¿Qué pasa?

—Hablas mucho en sueños.

—¿Sí? ¿Y qué digo? —preguntó Mimi, inquieta por la seriedad de Nikki. Él movió la cabeza hacia los lados y comenzó a escribir en su teléfono móvil—. ¿Vendrás tarde hoy también?

—Seguramente —dijo sin mirarla.

—He pensado en cambiarme el pelo —. Nunca supo qué opinaba Nikki al respecto.

.***.

—Estoy pensando en cambiarme el pelo —dijo Mimi por enésima vez mientras pasaba las páginas de una revista de moda. Nikki pensó que sería más práctico que pensase en encontrar un trabajo, pero ya no la animaba a eso, pues había comenzado a pensar en que eso solo la iba a alejar más de él. Por lo que había visto, Mimi no guardaba las distancias con sus compañeros de trabajo.

En ese momento llamaron a la puerta. Nikki se apresuró a abrir. De cualquier modo, nadie sabía que Mimi vivía ahí, por lo que hubiese sido imposible que la buscasen a ella.

—No contestas a mis mensajes —escuchó Mimi desde el salón. Nikki arrimó la puerta y salió de la vivienda.

—No es un buen momento —susurró.

—Solo quiero saber por qué lo hiciste —dijo la voz femenina a un volumen más bajo. Mimi se levantó del sofá y se acercó a la entrada—. El trabajo es de diez.

—El trabajo tenía un error de cálculo.

—Pero… su calidad es…

—En la Universidad no se pueden permitir ese tipo de errores.

La chica resopló.

—Aún así, yo estoy aprobada y él no. Y prácticamente lo hizo él solo, es la verdad. Me siento fatal porque… probablemente le cueste la beca. Su entrevista va a ser ahora, si le cambias la nota…

—Koushiro es nefasto exponiendo, eso influyó —Mimi sintió un escalofrío—. Además, si no está de acuerdo, él debería venir a reclamar y no tú. Venga, no te enfades. Tendrá más oportunidades. Sé que esta clase de estudiantes no están acostumbrados a una mala calificación, pero le irá bien, créeme. Le servirá para aprender. Sé cómo funciona.

Aunque a través de aquel pequeño espacio entre la puerta y el marco no era capaz de ver más que uno de los ojos de la chica, Mimi sintió que la estaba mirando y retrocedió hasta el sofá, como si tuviera que esconderse.

«Koushiro, Koushiro, Koushiro, de tu nombre no me podré deshacer nunca».

.***.

Se puso el pelo del color más oscuro que tenían disponible en la peluquería. Tras verse tan oscura, decidió buscar algún accesorio que le aportase algo de luz al rostro. Cuando vio unas estrellas parecidas a las que llevaba en su adolescencia, no lo dudó.

Quizá por llevarlas, porque le recordaba a su versión más despreocupada, por la nostalgia, la soledad o la casualidad, pasó por delante de la floristería de la madre de Sora, en la que Sora trabajaba también.

Siendo niña, Mimi pensó en ella como una hermana, ya que ambas eran hijas únicas. Y aunque alguna vez se acordaba de aquel pensamiento y quería decírselo, siempre acababan hablando de cosas que nada tenían que ver.

—Qué raro verte con el pelo tan oscuro.

—¡Ya! Ya no me gusta. Quiero quitármelo, pero es muy difícil. Supongo que esperaré a que crezca y ya está. Total, hoy en día no importa demasiado no tener un color todo igual, ya vale cualquier cosa. ¿Sabes? A veces creo que la gente solo aprecia las cosas cuando ya no están. Me tiño y de pronto a todo el mundo le encanta mi antiguo color. Y pienso, ¿qué pasa aquí? No es justo.

Sora sonrió, le resultaba gracioso notar que recordaba a la perfección la manera que tenía Mimi de expresarse.

Mimi hizo ademán de hablar, pero en ese momento alguien se adelantó.

—¡Hola! Sé que quedamos a las siete, pero vine un poco antes, por si acaso. Siempre he creído que la puntualidad es una quimera. Pero es mejor adelantarse que llegar demasiado tarde. El tiempo nunca será nuestro amigo.

Mimi arrugó la nariz. Recordaba esa voz, pero no el nombre de la propietaria. Para ella siempre sería la niña koala.

—Por mi perfecto, ya te dije que a esta hora no suele haber gente.

—¡Qué bien! Por cierto, pasaron novedades con ya-sabes-quién —añadió con una risita.

—¿De verdad? No sé cómo sonará esto, pero me alegro mucho —comentó Sora con una sonrisa. Mimi intercalaba la mirada entre las dos mientras apretaba los labios—. Esta es Mimi, no recuerdo si habéis coincidido antes... Mimi, ¿no estuviste en...?

—¡Ah, sí! Nos conocemos. No te había reconocido, lo siento —dijo Tamae—. Vamos a ir a tomar algo, ¿te apetece venir?

Mimi rechazó la oferta diciendo que tenía que irse, que solo había querido saludar a Sora. Cuando salieron de la tienda se dividieron y se quedó mirándolas hasta que se perdieron entre la gente. Sabía que, en otro tiempo, Sora y ella seguirían siendo hermanas. Incluso serían una gran familia. Pero, como la niña koala había dicho —había vuelto a olvidar su nombre—, el tiempo no estaba de su parte. Lo que más le fastidiaba era sentirse sustituida y, a la vez, saber que no era así en absoluto. Lo único que pasaba era que nadie la necesitaba, nadie la echaba de menos.

Lo único que tenía en su vida era a Nikki y empezaba a sentirse incómoda estando con él. Por eso trataba de estar el máximo tiempo posible fuera de casa. Mimi ya había etiquetado la situación como temporal. Viviría de ese modo hasta que se le ocurriese otra cosa. Pero lo único que se le ocurría era ponerse estrellas en el pelo.

Un par de noches más tarde, Nikki mostró una faceta que él mismo desconocía.

Estaban en la cama. Se besaban por primera vez desde hacía dos semanas. Tan pronto se colocó encima de ella, tuvo una erección. Mimi, molesta por la presión de los besos, trató de apartar la cara y para ello puso su cuerpo de perfil. Nikki la besó por el cuello y continuó el camino por su espalda.

—Estás muy bruto hoy.

Segundos más tarde llegó a la cadera y le retiro las bragas con fuerza, descubriendo su compresa.

—¿Qué haces? —preguntó Mimi alzando las caderas para vestirse—. Ya te lo había dicho, no pongas esa cara.

—A mí no me importa.

—A mí sí, me da asco, no me gusta.

Nikki suspiró. Mimi se relajó, convencida de que pararía. Nikki seguía sintiéndose excitado, incluso más tras sus quejas, y volvió a colocarse encima de ella, agarrándole las manos. Besaba sus mejillas, su cuello y sus pechos. Mimi no sentía ninguno de esos besos, solo sentía a sus manos prisioneras.

—¡Que no quiero! ¡Para!

Nikki no cedió a sus peticiones. En su lugar, comenzó a incrementar la frecuencia e intensidad de sus roces.

—¡DÉJAME! —gritó lo más alto que pudo, rasgando su garganta.

Nikki se apartó. Mimi jadeaba y entre jadeos y sudores decía «no quiero, no quiero».

—No es siempre lo que tú quieras, Mimi. —Mimi trató de evitarlo, pero se echó a llorar con el cuerpo encogido, ni siquiera pudo tapar el ruido—. Mañana te vas, estoy harto de ti.

Más tarde Nikki quiso pedirle perdón, pero ella ya no estaba.

Nikki llegó a la conclusión de que la culpable era ella, que sacaba lo peor de sí mismo.

.***.

Cuando Koushiro llegó a la vivienda de los Tachikawa, pensó que se trataba de una broma.

—¡Ay! Se marchó de casa diciendo que iba a volver a Estados Unidos, que una amiga suya había abierto una tienda, yo no me lo creí mucho, claro. De vez en cuando llama por teléfono. Pero no sabes cómo es Mimi, es imposible tratar de hablar con ella. Es la edad, en fin. Pero me alegro que haya dejado ese trabajo, estaba comiendo fatal. Y qué zapatos más feos llevaba, horrorosos. ¿Verdad, querido? —dijo la señora Tachikawa dándole un codazo a su marido. El hombre comenzó a reír.

—No era tan malo, estaba en casa, no me pedía dinero, no salía tanto, ¡y al menos sabíamos dónde estaba!

Koushiro asintió, no sabía qué añadir. Si Mimi ni siquiera contaba su paradero a sus padres, tampoco podía esperar que se lo contase a él.

—Debo irme. Se está haciendo algo tarde. En fin, gracias.

—¿No quieres quedarte a cenar? —preguntó Satoe—. Estás muy delgado.

—Un poco, sí. Pero mi madre me espera, gracias de todos modos.

La mujer sonrió.

—Si consigo hablar con ella, ¿quieres que le diga que has venido? ¿Cómo te llamabas?

—Koushiro, pero... no hace falta, de verdad.

—Bueno, se lo diré de todos modos, pelirrojo. No se me olvidará. ¡Imposible!

—Gracias. Siento las molestias, hasta otra ocasión.

—¡Adiós! —dijeron ambos padres desde la entrada de la casa, agitando las manos mientras Koushiro se alejaba a paso lento. Cuando llegó al final de la calle, se sentó en la parada de un autobús, solo para pensar, aunque no fue capaz de pensar en nada.

Le había costado mucho abandonar su típica actitud pasiva para acercarse hasta la casa de Mimi. Lo suyo era la mala suerte. O la impuntualidad. Su decisión llegó tarde, como el autobús que esperaban las personas que tenía a su lado. Aún así, el azar, de vez en cuando, se apiada de los impuntuales y una chica de pelo negro cargada con dos maletas y un bolso tragaba saliva ante él. Koushiro levantó la vista nervioso, por identificar esa falda granate. Mimi se sentó a su derecha y le dio un beso en la cara, cerca del mentón. Koushiro giró el cuello hacia el lado opuesto. Ella se inclinó más, en un intento de ver y descifrar su expresión, aunque nunca se le habían dado bien los análisis.

—Lo siento —le dijo.

—¿Por qué? —preguntó él.

—No sé, pero seguro que hice algo mal.

Koushiro fijó la vista en el suelo. Tenía que hacer lo que le había llevado hasta su casa.

—No me dijiste que te ibas. No sabía cómo contactar contigo. No te ha importado cómo me siento… y nunca te ha importado. Ni yo, ni nadie.

No continuó, era más difícil de lo que había creído.

—Eso no es cierto.

—¿Por qué viniste ayer a mi casa, entonces?

—Porque me han hecho daño —dijo ella con un hilo de voz.

Koushiro notó cómo todo su cuerpo se tensaba. Mimi lo abrazó, creyendo que solucionaría algo por hacerlo. Koushiro quiso moverse, pero estaba totalmente rígido y una de sus mangas se había humedecido con las lágrimas silenciosas de Mimi.

—No te enfades conmigo, por favor —le pidió Mimi—. Ya sé que hago cosas mal.

—No me enfado. Solo quiero que…

Se detuvo. Ya había olvidado todo lo que quería decirle. Sabía que era mentira. No quería que se fuera, ni que le dejase en paz, solo quería que estuviese ahí al despertar. Que le valorara por más cosas que por su paciencia.

—No sé. Ser tu amigo no funciona.

—Lo sé. Me gusta eso —se sinceró Mimi con una voz que arrastraba tristeza—. Pero no seremos amigos más.

—Estupendo —dijo Koushiro cortante.

—Está bien.

El siguiente autobús llegó y las personas que los habían rodeado se subieron a él. Otros extraños bajaron, sin saber que los jóvenes que se besaban olvidando que se encontraban en un espacio público nunca más serían amigos.