Salvarte


11


Los viernes eran especiales.

Tanto los lunes, martes, miércoles y jueves transcurrían sin pena ni gloria en sus vidas. Se despertaban temprano, hacían horas extras, fichaban y realizaban algún bien para la ciudad, pero no era nada por fuera de lo común. Nada por extra de lo ordinario. No para ellos, quienes estaban acostumbrados al heroísmo. A salvar a los demás, a los humanos corrientes, que desconocían que quienes los ayudaban todos los días estaban inmersos en un abismo oscuro y tenebroso.

—Muchas gracias, como siempre, Creati. Por ser tan fiel a tú trabajo, a tú gente.

— ¡Por favor…! No hay de qué.

Cada vez más deseo no estar aquí.

—Ya no sabemos cómo agradecerle a los Todoroki, Shouto. ¡Como si con tu padre no nos hubiera sido suficiente…! ¡Tú de verdad has sido un regalo del cielo para todos!

—No agradezcan, es lo que tengo que hacer.

¡Pero ya no lo aguanto!

No así.

No de esta forma.

Pero hacía semanas que los viernes… tenían algo diferente.

La diferencia quedaba expuesta en varios detalles: como el hecho de que ella llevara una muda de ropa aparte al trabajo, o que él pusiera en orden su casa el día anterior. También que ella se arreglase de manera especial aquel día en particular, o que él se encargase de llenar la alacena de su cocina con comida.

Los viernes eran distintos, sí.

— ¿Ya te vas? —le preguntó Itsuka desde el marco de la puerta, cruzada de brazos.

—Ajá —dijo, como pudo, mientras se colocaba la última capa de máscara de pestañas. Se detuvo a mirarse fijamente en el espejo del tocador.

—Fantástica, guapísima.

Momo se echó a reír y puso los ojos en blanco.

—Ya…

— ¿¡Qué!? —espetó—. ¿Acaso tengo que ser Todoroki para que me creas?

Yaoyorozu se dio la vuelta algo extrañada por el tono punzante de su amiga, pero supo entonces que fue algo de su imaginación. Apenas volteó, Itsuka hizo el tonto, y en una paupérrima imitación, murmuró con voz grave y monótona:

—Yaoyorozu… te ves… bien.

Momo se ruborizó, y ocultando el rubor con sus manos, se echó a reír.

— ¡Eres una tonta, Itsuka!

—A que me ha salido de maravilla, ¿eh? ¡Anda! ¡LO SABES!

— ¡No! —negó rotundamente, pero sin poder evitar contener la risa. En algún punto, su imitación había sido acertada, pero jamás se lo admitiría. Su mejor amiga sería capaz de molestarla por el resto de sus días si llegaba a validarle la gracia.

Conforme con su apariencia, tomó su bolso dispuesta a marcharse. Sin embargo, su amiga la retuvo en la salida del tocador. El ceño de la pelirroja se encontraba fruncido, de manera casi imperceptible.

—Oye…

— ¿Sí? —inquirió la castaña, con sus ojos brillando por la ilusión. Aquella que la pelirroja sabía bien quién era el responsable.

Titubeó, luego suspiró. Esbozó una torpe sonrisa.

—Nada, solo… ¡diviértete!

— ¡Sí!

—Cuídate, ¿sí?

Yaoyorozu la miró preocupada, sin comprender. El brillo de sus ojos había desaparecido. Inmediatamente Kendo sintió culpa.

— ¡Ah, cambia esa cara, querida! Me refería al sexo, nada más…

Momo comenzó a boquear como pez fuera del agua.

— ¡Yo…! ¡Yo no he hecho semejante…! ¡Ay, me largo! —balbuceó, con el rostro prendido más fuego que el cabello de su amiga. Se marchó de la oficina dando un aireado portazo, e incluso varios metros alejada de la habitación, podía seguir oyendo sus risotadas.

Yaoyorozu se abrazó a sí misma una vez salida de la agencia, intentando protegerse del frío. El rubor de sus mejillas aun persistía en su rostro. Miró hacia un costado, pensativa, mientras se dirigía a su coche.

Nunca había podido hablar de sexo con tanta libertad como sus amigos lo hacían y se sentía un tanto patética al respecto. A pesar de escucharlos todo el tiempo tocar esos tópicos delante suyo, aún no había podido interiorizarlo como un tema sobre el que pudiera hablar. La niña que radicaba en su interior, que aún persistía dentro suyo, se resistía a la presencia de la mujer que golpeaba la puerta del otro lado, a la perversa que le mostraba un mundo impuro y manchado. Lo que ignoraba la niña, era que esa mujer era solo una versión de ella misma, y que nada podía hacer para deshacerse de ella. Ambas compartían el mismo cuerpo y solo era cuestión de tiempo para que una destronase a la otra. Pues la niña era la mujer; y la mujer, era la niña que alguna vez fue. Pero aun así, la niña temía. Le temía a ella: a aquella que, cada día, parecía estar más y más cerca de devorarla por completo. Aquella que se manifestaba con tenebrosas carcajadas, cada vez que sentía el calor en su bajo vientre cuando él la besaba y acariciaba con su fría timidez.

—Buenas noches —saludó a su chofer mientras se metía dentro del coche.

—Buenas noches, señorita. ¿A dónde iremos hoy?

Murmuró tímidamente la dirección de Todoroki. Cuando el auto se puso en marcha, la joven sintió la necesidad de exteriorizar sus preocupaciones con alguien. Con alguien que la entendiera y se sintió culpable de pensar, de inmediato, que Itsuka no era una buena opción. La adoraba, pero con ella, por algún motivo, se sentía cohibida, juzgada y tomada del pelo.

Presionó el contacto indicado de la lista.

Lala, ¿cómo estás?

Me gustaría juntarme contigo a charlar algún día de estos.

No es nada grave, pero necesito conversarlo con alguien.

Preferiblemente, a solas.

Nana no me molesta, lo sabes.

Pronto recibió su respuesta.

Hola, hermosa.

¿Es esa una propuesta indecente, quizás?

¿Debería informar a Nana al respecto?

¡Es broma!

Ven a mi apartamento este martes, ¿quieres?

Yaoyorozu sonrió, con el corazón acelerado.

Debía tranquilizarse y respirar hondo. Pronto, cuando hablase con su amiga, aquella sensación de miedo e intranquilidad habrá sido solo un recuerdo.

Sí.

Lala no la juzgaría.


Percibió sus pisadas caminando por el pasillo.

La urgencia se apoderó de él. Ansioso, desesperado por su necesidad, cruzó el comedor velozmente.

—Hola —musitó, abriendo la puerta justo antes de que ella pudiera tocarla.

Aquella semana había pasado mucho frío. De ese que le venía consumiendo las venas desde hacía tiempo.

Y ella, últimamente, había sido la respuesta. No su persona en sí, no su cuerpo, no su nombre, sino su calor.

—H-Hola —farfulló Yaoyorozu, sorprendida. Sus ojos abiertos, una vez se encontraron con los suyos, lo esquivaron.

Todoroki pareció percibir algo extraño en ella. Su mirada gacha, evitaba verlo.

—Ya reconozco tus pasos.

— ¿Perdón? —balbuceó, distraída.

—Tus pisadas, tu forma de caminar. El sonido de tus tacos en el pasillo —explicó, sin dejar de observarla.

— ¡Ah, por supuesto! —rio, de forma exagerada—. ¡Ya…! ¡Ya no necesito llamar a la puerta!

¿Qué ocurría?

Él se hizo a un lado para dejarla pasar y ella ingresó apurada. Tropezó con el medio escalón que se encontraba en la entrada. Reaccionó a tiempo y la tomó antes de que cayera.

— ¿Te encuentras bien? —inquirió, preocupado.

— ¡Auch! Mi pie…

—Pensé que ya te habías acostumbrado al escalón —comentó él, extrañado. Al estar su rostro tan próximo al de ella, pudo percibir su evidente incomodidad.

¿Incomodidad a él?

Ante aquella posibilidad, el joven sintió cómo una barrera, ínfima pero no por ello menos presente, se interponía entre ambos.

Todoroki tragó pesado.

El calor, ese que tanto anhelaba, se escurría de sus manos, paradójicamente, aunque estuviera sujetando con las mismas a la portadora.

— ¿Puedes pisar bien?

—S-Sí —musitó, sonriéndole apenas, pero sin mirarlo nuevamente.

—Iremos al sillón, ¿puedes caminar evitando pisar con ese pie? —dijo, mirando al frente, pero sin dejar de sujetarla por la cintura y el hombro.

Ella asintió.

Una vez la joven se sentó, lo observó expectante. Él se acuclilló al lado de sus pies.

— ¿Puedo? —La miró a los ojos: brillosos, cohibidos. De inmediato, se explicó—. Quiero comprobar que solo haya sido el dolor del golpe, nada más.

Vamos.

¿Qué sucede?

¡Dame eso que tanto necesito!

Momo finalmente se relajó. Asintió, sonriéndole con dulzura y él, más animado por reconocer aquel habitual gesto suyo, retiró sus zapatos con tacón dejando al descubierto su pie enfundado en sus pantis color negro. Lo palpó con suavidad.

—Ay.

—Perdón.

—No pasa nada.

Todoroki comenzó a doblar su pie a un lado y al otro con lentitud, atento a la reacción de ella. Pero nada sucedió.

—Todo en orden, entonces —confirmó, dejando caer suavemente el pie—. Te duele la contusión del golpe, pero no parece ir más allá. Bueno, era de esperar —Ella lo miró, sin comprender—. Eres Creati, no eres tan débil. —Se puso de pie y se dirigió a la barra de la cocina—. ¿Quieres algo de beber?

—Todoroki-san.

Se dio la vuelta.

La vio sonreír, y sintió como si de magia se tratase, al calor ascendiendo por sus piernas, haciéndole cosquillas en la planta de los pies.

Sus ojos se desorbitaron en un éxtasis silencioso, culpable. Idéntico al que experimenta el adicto tras inyectarse una nueva dosis tras su agonizante abstinencia.

—Gracias —pronunció, la joven, con sus dientes perlados resplandeciendo en su marchita imaginación.

Él le correspondió, a su modo, el gesto y se dio la media vuelta.

— ¿Todoroki-san? —lo llamó—. ¿Me preparas un té?

—Claro.

Porque los viernes hacían cosas por el estilo: tomaban infusiones sentados muy próximos en el sofá, conversaban, y lo hacían por horas. De temas banales, hasta tontos. Se desvelaban, perdían la noción del tiempo. Pero no era lo importante, lo que realmente lo era, era el bienestar que se autogeneraban reflejándose en los ojos del otro.

Porque por primera vez, creo que al verme en tus ojos, me gusta.

Pero solo en los tuyos, no en otros.

En tus ojos, siento que podría llegar a enamorarme de mí.

Y él aguardaba, ansioso, al preciado momento: ese en el que ella buscaba la excusa para tener contacto, como tocarle el cabello por extensos minutos, para luego terminar dándole un tímido beso en la mejilla, muy pero muy cerca de sus labios, pero sin rozarlos. Y Shouto sentía que necesitaba derretirse aún más, presionando sus labios contra los suyos.

Y se besaban, varios segundos quizás, u horas. Ni ellos lo sabían.

Pero aquel viernes fue distinto.

Yaoyorozu no buscó la excusa para tocarlo y él no supo, entonces, cómo acercarse. Shouto se sintió cremar por dentro, por la incertidumbre de no comprender: ella se mostraba igual de dulce y suave para con él, pero había algo implícito en su mirada. Parecía decirle: "no te acerques; yo no lo haré".

Se congeló en su sitio, confundido por la distancia que los separaba.

Cenaron, disfrutaron un capítulo de la serie que estaban viendo, y se recostaron en su habitación. Enfrentados, con una amplia distancia entre ambos, se miraban atentamente.

Ninguno entendía qué sucedía. Ni el por qué de sus acciones.

Se sonreían, gentiles, en una dulce calma. Por dentro, todo era caos.

«¿Qué sucede? ¿Por qué esta situación me pone ansioso?», se preguntaba.

Suspiró y comprendió.

Entornó los ojos y se dio la vuelta para apagar la luz. Frunció el ceño, frustrado consigo mismo. Todo era su maldita culpa.

Debía volver a abrazar el frío, ese que tanto lo había acompañado durante mucho tiempo.

Así debía ser.

Basta de suspirar bajo sus caricias, de comportarse de forma tan impaciente por el anhelo de besarla. Basta.

No podía depender de su calor. Y ella no tenía por qué entregárselo cuando él quisiera. Momo no tenía la culpa de absolutamente nada, y eso estaba fuera de toda discusión. Yaoyorozu era, a sus ojos, una criatura tan hermosa y prohibida como podía serlo un ángel para un demonio.

No podía permitir que las cosas se salieran fuera de su control. No más de lo que ya lo estaban.

Por ese motivo, aquella noche la usaría. Aprovecharía su presencia para poder conciliar el sueño. En su compañía, Shouto podía dormir.

Pero sería la última vez, se lo juró mil veces.

En el fondo sabía que no podría cumplir con su palabra.


Yaoyorozu se sintió rodeada por unos brazos que conocía muy bien. Itsuka le depositó unos cuantos besos sonoros y exagerados en su cuello. Momo comenzó a reírse y retorcerse.

— ¡Ay, que me das cosquillas!

La pelirroja sonreía, con el mentón apoyado en su hombro, espiando lo que su amiga observaba en su móvil.

— ¿Qué haces?

—Miraba la nueva colección de Lala —comentó, enseñándole el catalogo online de su línea de ropa.

— ¿Te gusta? Me agrada más que la anterior.

—Sí, esta es más clásica —coincidió—. Podríamos ponernos esta ropa incluso para venir a aquí. La colección anterior estaba enfocada más en las pasarelas. Es lógico que ésta agrade más a simple vista. La otra tenía… bueno, un significado distinto.

—Ajá, recuerdo cuando estaba obsesionada con ese mundo…

—Lo sigue estando.

— ¿Tú dices?

—Sería imposible alejarse de ese mundo tan fabuloso —sentenció, convencida—. Supongo que quiere que su marca sea un poco más accesible para todo el mundo.

—Mientras me regale algún vestido, me da igual.

Momo le dirigió una mirada gélida.

—Los proyectos personales de los amigos se pagan, no se regatean.

Itsuka se echó a reír.

— ¡Era broma, mujer! Cómo te pones, eh…

Yaoyorozu la ignoró.

— ¿Vamos a Le Bonne France a la salida? —le propuso, sonriente.

—Lo siento, hoy no puedo.

Itsuka frunció el ceño.

— ¡Bah! ¡Jódete! —exclamó, alejándose de ella. Momo frunció el ceño, ofendida—. ¿Y se puede saber qué es tan importante como para que tú no accedas a ir a Le Bonne France?

Momo se encogió de hombros.

—Tengo que encontrarme con… —Se mordió la lengua. Estaba a punto de comentarle que se iría a reunir con Lala. Si la pelirroja se enteraba, no aceptaría de ninguna manera no ir con ella al apartamento de la diseñadora—, mi madre.

— ¿Tú madre?

—Ha vuelto de su viaje y tiene ganas de pasar tiempo con su querida hija.

Itsuka infló los cachetes pero finalmente se rindió.

—De acuerdo… Mándale saludos de mi parte, ¿sí?

Yaoyorozu le sonrió, algo culposa por estarle mintiendo.

—Lo haré.

Cuando terminó su horario se dirigió sin escala al apartamento de la diseñadora. Abrió los ojos de par en par por la sorpresa cuando le abrieron la puerta.

— ¡Mí amor, has llegado! —exclamó una muchacha menuda, con ojos y cabello color miel. Preciosa, con cara de bambi. Se arrojó a sus brazos, estrechándola de forma cariñosa.

— ¡Ah! ¿Mi amiga y mi novia? ¿De qué rayos me he perdido? —frunció el ceño Lala para luego sonreír relajadamente, apareciendo tras la puerta de la cocina, apagando el cigarro en un uno de los tantos ceniceros que se encontraban desperdigados por allí.

Yaoyorozu se ruborizó.

—Hola Nana… Hola Lala —saludó, tímidamente, con una sonrisa.

—Hola, querida —comentó la dueña del cabello rosa, su amiga.

—Te felicito por tu nueva colección. ¡Es hermosa! —exclamó Yaoyorozu, su rostro iluminado por la ilusión.

Lala le sonrió a través de su rouge carmín.

—Y me imagino que te probarás algunos modelos, ¿no es así?

Yaoyorozu le enseñó la tarjeta de débito y le guiñó un ojo.

—Y me llevaré unos cuantos, seguramente.

— ¿La escuchaste, amor? Se probará mis conjuntos —le repitió Lala a Nana, aproximándose a ellas.

La castaña agrandó los ojos con emoción.

—Me dejarás fotografiarte, ¿verdad?

Momo se ruborizó.

— ¿Tú crees…? ¿A mí? ¿N-No tienes mejores modelos?

— ¿Para qué si tú eres guapísima? —frunció el ceño Nana, sin comprender.

—Déjala, amor. La muy tonta se cree fea.

Nana dejó caer su mandíbula unos cuántos centímetros, en un gesto de pura incredulidad.

— ¿De veras? Oh, Momo, no puedo creerlo. El otro día, justo hablábamos con Lala de que, si no fuera moralmente incorrecto, te invitaríamos a acostarte alguna noche con nosotras —dijo, con total calma e inocencia.

El rostro de Yaoyorozu cobró todas las tonalidades de rojo posibles.

Lala agrandó los ojos y conteniendo la risa, comenzó a empujar a su novia por fuera de la sala de estar.

— ¡Ah, sí, muy cierto lo que dices, también lo recuerdo! Amor, oye, ¿no quieres ir a ver esa serie que te comenté? —le propuso como si tal cosa, apretando los dientes, mientras empujaba, no sin cierta fuerza, a la castaña que se resistía a abandonar el comedor.

— ¿Pero por qué? ¡Justo que ha venido Momo! ¡Con lo bien que estoy aquí…!

—Sí, pero Momo acaba de llegar y ya estás a punto de provocarle un infarto... ¡Anda! —clamó, propinándole un empujón con todas sus fuerzas y cerrando la puerta.

Nana golpeó la puerta que las separaba y soltó un resoplido.

— ¡Te quiero! —canturreó Lala, del lado del comedor.

— ¡Uy, de acuerdo! ¡Pero después no pueden negarme un par de fotos! —advirtió, del otro lado.

—Sí, Nana —rio la chica de color rosa. Cuando la oyó alejarse por el pasillo, suspiró con alivio, tomándose el pecho con las manos. Sin saber cómo ocultar su sonrisa divertida, miró a Momo algo abochornada—. Discúlpala. Ya sabes que es un poco floja de lengua.

—N-No te preocupes —musitó, aun colorada por la confesión de la novia de su amiga.

—No te lo tomes personal, le propone hacer tríos a cualquier chica guapa que nos visita. Incluso a Itsuka —le sonrió, animándola.

Momo no quiso preguntarse cuántas habrían aceptado.

—Hablando de Itsuka… ¿Podrías no comentarle que he venido a aquí? No voy a negarme al lente de Nana, sé que sus fotos son preciosas. Pero de ser posible, me gustaría que no publique las fotografías en las redes hoy.

— ¿Ella no sabe que estás aquí?

—No.

—Entiendo —dijo, de forma pausada, sin dejar de examinarla. Se dirigió a la cocina—. ¡Ven, sígueme! Pondré la pava.

Una vez dentro de la cocina, Lala se dispuso a preparar el té, mientras Momo miraba la ciudad a través de la ventana.

—Su vista es bellísima.

—Bueno, no son tus campos con tus arroyos ni tus flores salidas de cuento, pero mola bastante —acotó, riéndose.

Una vez que se sentaron alrededor de la pequeña mesa plegable que había en la sala, donde probablemente la pareja compartía sus comidas todos los días, Lala la miró fijo.

—Y dime, Momo: ¿cómo te va con Todoroki?

Ella sonrió débilmente.

—Bien. Él es… bueno, ya sabes todo lo que siento con respecto a él.

—Algo inexplicable.

—Asombroso, sí.

—Casi adicto.

—Sí…

— ¿Y ya se han acostado? —preguntó, tomando un fino y alargado cigarro que Momo ni siquiera supo de dónde había sacado y lo prendió.

Momo se ruborizó. Y se sorprendió, al mismo tiempo. Lala era demasiado perceptiva.

—N-No.

Lala exhaló el aire de forma pausada.

— ¿Por qué no?

—No lo sé, creo que no tenemos mucha experiencia. Somos un tanto lentos.

—Demasiado —admitió ella.

Ella le dirigió una mirada extrañada.

— ¿Con Nana no ha sido así?

—Nah —Le dio un sorbo a su té—. Todo lo contrario. Una noche había ido a despejar mi mente a Nyx tras una pésima semana con poca inspiración para diseñar, y de pronto, se apareció de alguna forma mágica e inexplicable, ofreciéndome un trago. Aunque para mí me estaba ofreciendo la noche entera, o eso fue lo que sentí. Es muy ridículo decirlo en voz alta, lo sé —rio, algo abochornada. Momo le sonrió.

—Y te gustó.

—Y me gusto, sí. ¿No has visto lo guapa que es?

—Es preciosa —asintió, hasta con algo de envidia.

—Quise acostarme con ella de inmediato. Ni siquiera sabía si le gustaba… ¡Ni siquiera sabía si le gustaban las mujeres! Pero no podía dejar de pensar en eso cuando hablábamos. Esa noche, la traje a aquí y tuvimos sexo por primera vez.

Momo se llevó la mano a su mentón, con el rubor latente en sus mejillas.

— ¿Tan así?

— ¿A qué te refieres?

— ¡P-Pues… no lo sé! ¡Tan repentino…! Sin conocerse, sin armar algo especial.

Lala rio.

—El sexo es especial en sí mismo, Momo. No soy muy creyente de adornarlo con situaciones y contextos estrafalarios. Y al parecer, ella tampoco.

—Entiendo.

—Pero no tiene nada de malo que tú sí lo veas así. Después de todo, cada persona es un mundo.

Momo tomó su té, aun avergonzada, aun sin animarse a verla.

Nunca había hablado sobre sexualidad con alguien de esa forma tan abierta y natural. Pero aquella situación era real, estaba sucediendo y era ella quien la estaba viviendo.

—Lo que me sorprende es cómo, dos personas adultas que evidentemente se gustan y tienen encuentros nocturnos desde hace semanas, no han hecho absolutamente nada.

—Bueno, sí hemos hecho cosas.

— ¿Cosas?

—Nos hemos… besado.

—Pero nada más —adivinó.

—No.

— ¿Por qué?

—Me da miedo…

— ¿Miedo? —inquirió. Se rascó la barbilla con su uña pintada de rojo, de forma distraída—. Bueno, nunca he estado con hombres. Sé que puede ser doloroso, lamentablemente has elegido a la persona inadecuada —suspiró—. Deberías hablar esto con Itsuka.

—No es ese miedo —enfatizó—. N-No es lo físico, lo que me preocupa.

Lala parecía no comprender.

—Entonces, si no es el dolor, ¿qué es eso que tanto te preocupa?

Momo tragó saliva.

—Bueno, varias cosas… No gustarle, no superar sus expectativas.

—No deberías preocuparte por ello. Yo creo que…-

—Sí, porque te parezco guapa y todo lo demás, pero sí lo hago —la interrumpió.

—No, no por eso —negó, con una sonrisa—. Todos tenemos esa preocupación, incluso el ser más hermoso del planeta debe sentirse así. La cuestión real es que si a alguien no le gustas, no importa cuánto te esfuerces, cuán bello seas, aquello sucederá igual, y no podrás hacer mucho para evitarlo —Los ojos de Momo titilaron con inseguridad—. A lo que voy, Momo es que, no gastes tu tiempo en preocuparte por algo así. ¡No vale la pena!

—Sería como preocuparse cuánto dolerá tu muerte, justo antes de morir… —comprendió, con una breve sonrisa.

Lala rio.

— ¡Claro! ¡Te vas a morir! ¿Qué rayos te importa cuánto dolerá? —coincidió—. Qué comparación más cutre, amiga…

Más risas.

—Sí, lo siento —Y tras unos momentos de silencio, volvió a ponerse seria—. Pero no es lo único que me inquieta.

Lala clavó sus ojos en ella con mayor intensidad.

—Cuéntamelo, Momo.

Yaoyorozu dudó, sintió que sus manos comenzaban a transpirar, intentó ignorar ese hecho. Respiró hondo y finalmente se animó a confesar:

—Mi mayor miedo es qué pasará conmigo después.

Lala sonrió, exhalando el humo de su cigarro lentamente.

—Ya veo…


Shouto la observó atentamente cuando abrió la puerta.

Y tras ver su semblante, llegó a la misma amarga conclusión.

«Sigues sin mirarme».

—Hola —saludó, muy serio.

—H-Hola —contestó, con la vista tristemente hacia un costado, sujetando con mayor presión la correa de su cartera.

«Hoy averiguaré todo a como de lugar».

Cerró la puerta tras ella.

— ¿Te sientes bien? —se animó, finalmente, a preguntar; Yaoyorozu se había quitado el abrigo y lo estaba colgando en el perchero. Todoroki podía jurar haber percibido cómo se congelaba a medio accionar por tan solo una fracción de segundo.

— ¿Qué? —rio, con una risa oxidada, para nada propio de ella—. ¿Por qué preguntas?

—Has estado actuando extraño.

— ¿Extraño?

—Sí, distinta. —Avanzó hacia donde estaba. Procuró acortar la distancia presionándola, de esa manera, a que dejara de evitarlo. Era consciente de lo que generaba en Yaoyorozu su presencia. Pero no hubo caso. Yaoyorozu continuaba evasiva, dedicándole furtivas sonrisas a medias, por completo fingidas.

«Necesito saber qué te sucede…».

Su silenció lo obligó a decir:

—Hay algo que te inquieta —No era una pregunta. Lo estaba afirmando.

«Si no lo averiguo, enloqueceré».

Deliberadamente tomó un mechón de su cabello negro y se lo colocó, con cuidado, detrás de la oreja. La notó estremecerse ante el acercamiento.

— ¿Qué sucede? —preguntó; su voz calma y ronca.

—N-Nada… —susurró, en una voz apenas audible.

Suspiró.

Debía ponerse duro si quería resultados. No deseaba hacerlo, no con ella. Continuó observándola, intentando encontrar alguna mínima pista.

« ¿Acaso soy yo?».

« ¿Finalmente te enteraste de lo que me convertí?».

Tragó saliva.

—Dímelo, por favor.

Ella lo miró con los ojos brillosos desencajados. El negro más vulnerable que nunca.

— ¿No quieres venir más a aquí?

— ¿E-Eh? —Momo pareció desesperar. Sus finas manos se aferraron al tejido de su polera; Todoroki podía ver cómo los nudillos se volvían blancos por la fuerza—. ¡No! Amo venir a aquí...

— ¿Pero?

Yaoyorozu se humedeció los labios con nerviosismo. Sus manos, comenzaron a debilitarse en su agarre hasta soltarlo. Su mirada iba de aquí hacia allá. Parecía estar a punto de llegar al límite.

Sin embargo, se las ingenió para sonreírle lo máximo que sus ojos entristecidos le permitían.

—Todo está bien, en serio.

Todoroki le dedicó un marcado ceño fruncido.

No quería, pero ella lo estaba prácticamente obligando. Tendría que presionarla. Y la única forma que él conocía para extraer información a los demás era a través de la intimidación.

—Ya basta. No fingiré más que te creo lo que me dices—La vio retroceder con ojos atemorizados por la brusca severidad de su voz. Y pronto supo que no era más que un tonto: ¿cómo se le ocurría tratarla así? Era claro que Yaoyorozu no funcionaba como aquellos bastardos a los que tuvo que forzar a hablar a lo largo de su trayectoria como héroe. Shouto suspiró y volvió a acercarse, relajando su expresión. Intimidarla así, no funcionaría. Solo la asustaría. Y él no quería eso. Debía ser más inteligente y estratégico. Y eso, con Momo, inevitablemente lo conducía a ser gentil. Tampoco era como si le fuera muy difícil serlo con alguien como ella. Volvió a extender su mano y con suavidad acarició su rostro—. ¿Qué sucede?

La muchacha se estremeció, cerrando los ojos.

—Todoroki-san, yo…

—Puedes contármelo —susurró, apoyando la frente contra la suya. Finalmente, sus ojos se encontraron y ella se sintió demasiado expuesta ante su fría examinación. Tanto, que él pudo notar cómo se estaba controlando por no llorar.

«Ya detente. Deja de mirarme así. ¿Acaso no ves que me haces sentir un monstruo? ¡No soporto sentirme así!»

Y su corazón dio un vuelco ante la posibilidad:

— ¿Acaso soy yo?

Yaoyorozu abrió los ojos de par en par, horrorizada. Lo abrazó con fuerza, ocultando su rostro contra él.

— ¡No! Tú nunca eres el problema.

Todoroki se desesperó junto con ella.

— ¿Y quién es el problema?

—Yo…

— ¿Tú?

—Sí…

— ¿Por qué? Cuéntamelo.

—N-No puedo…

— ¿Por qué no puedes?

—Porque no quiero preocuparte.

—Pues no lo estás logrando.

—Lo siento…

—No. No hay nada que disculpar.

—Yo… N-No quiero molestarte.

—No lo haces.

—Todoroki-san…

—Puedes llamarme Shouto.

La sintió abrazarlo con mayor fuerza y posteriormente, refregar la mejilla contra el espacio que se encontraba entre su cuello y el hombro, en un gesto cariñoso.

Él suspiró.

«Por fin…».

El calor que tanto necesitaba comenzaba a hacerse presente.

Notó cómo su cuerpo se relajaba contra el suyo. La escuchó tomar aire antes de pronunciar:

—N-No tuve la mejor semana de todas. Supongo que estoy un poco estresada…

— ¿Y qué más?

Ella dudó.

—Discutí con Itsuka... antes de venir.

Se sintió más tranquilo: Yaoyorozu comenzaba a abrirse a él. La rodeó con los brazos, reconfortándola.

—La quieres mucho, ¿verdad?

—S-sí. Por eso… No me siento muy bien, ¿sabes? Siento que me duele el pecho…

«Pero eso no es todo. La semana pasada también actuabas así. Tendré que continuar jugando sucio».

— ¿Por qué discutieron? —inquirió, su voz era suave, cálida y profunda. Besó su cien y ella suspiró.

—Porque… se enteró que no pude confiarle algo.

— ¿Qué fue lo que no le pudiste confiar? —resolló, con sus labios aún contra su rostro.

—Ciertas… —Pausa. Tomó aire—. Inseguridades…

— ¿Inseguridades?

Volvió a estremecerse.

—Sí… Miedos.

— ¿Qué miedos?

Ella tembló y escondió su rostro nuevamente contra él.

—Yo…

—Por favor —pidió, con voz ronca, oscura.

La escuchó jadear, desesperándose.

— ¡No puedo! ¡Perdóname, no puedo!

Todoroki se sintió culpable ante lo torturada que sonaba.

La había presionado demasiado.

Acarició su espalda, porque descubrió que le agradaba hacerlo. Quería tranquilizarla, transmitirle seguridad. Así como ella había hecho con él incontables veces. Se sonrió internamente, porque claro, jamás podría imitarla, pero haría el patético intento.

— ¿Me lo contarás en algún momento? —susurró.

—Sí.

— ¿Me lo prometes?

—Sí, S-Shouto.

Él sonrió brevemente. Escucharla decir su nombre era mejor de lo que había esperado.

—Bueno, creo que ya puedo darme por satisfecho —musitó, soltándola con suavidad—. ¿Hay algo más que pueda saber?

La vio repentinamente fruncir el ceño, hecho que llamó su atención. Había cerrado los puños y se mordía el labio inferior con nerviosismo.

— ¡Y…! ¡Y que mi masajista no me atiende los llamados! —exclamó, con total indignación. Lucía como una adolescente caprichosa—. Hace días que ni te imaginas lo contracturada que estoy. Con todo esto, no sabes lo bien que me haría un masaje. ¡Es inaudito que algo así me suceda ahora! ¡Parece apropósito!

A Todoroki se le hizo de pronto chistosa su reacción. Se quedó pensativo. Titubeó, pero finalmente dijo:

—Si ese es el problema… Yo podría hacerte uno, si así deseas.

Yaoyorozu adoptó una expresión confundida.

—Hace un tiempo… hice un curso de masajista —confesó, apartando la mirada. Jamás se lo había dicho a nadie, y no pensó que lo avergonzaría decirlo por primera vez en voz alta.

— ¿Tú…?

—Mi hermana me llevó. En realidad, era ella la interesada, pero mi padre no la habría dejado tomar el curso si no era yo quien la acompañaba. Así que sí, soy un héroe… Y también masajista.

La expresión de Yaoyorozu era toda una pintura. De pronto, la vio estallarse en carcajadas.

—Hablo en serio —dijo él, alzando una ceja.

— ¡Lo sé! —dijo, intentando controlarse—. Lo siento, no quise burlarme, de veras. ¡Solo no me lo esperaba! ¡Ah! ¿Qué puedo decirte? —Le sonrió, luciendo hermosa—. Me has caído del cielo.

Todoroki contuvo el aliento ante la magnitud de su belleza. Se sintió un tonto, quedándose sin habla.

¿Cómo nunca lo había notado?

¿Cómo jamás se había percatado de la presencia de alguien como ella?

Y entonces, las escuchó: las risas tenebrosas que brotaban dentro de él no tardaron en aparecer.

Se reían.

Se burlaban.

No paraban de hacerlo.

Lo iban a enloquecer.


—Entonces, ¿quieres o no? —preguntó, dubitativo—. Entiendo si no confías. Nunca he podido practicar mucho con alguien.

Ella le sonrió débilmente.

—Claro que quiero.

—Vamos a mí cama. Será más cómodo.

Las rodillas de la joven flaquearon ante la propuesta, o más bien por el significado que en los últimos días ella le atribuía a esta. Él no pareció notarlo y simplemente lo siguió.

Yaoyorozu se sentó en el borde de la cama, nerviosa. El caminó hasta quedar frente a ella, y desde su altura, ordenó:

—Recuéstate —Comenzó a subirse las mangas de la polera hasta los codos.

Tragó saliva.

Así, desde su altura, Todoroki se veía demasiado intimidante. Se veía imponente, pero no con la arrogancia que portaba un león, sino más bien con la fría elegancia de un lobo.

— ¿Cómo?

—Boca abajo.

Yaoyorozu, con el pulso acelerado, acató a sus órdenes. Con su cara de lado, lo vio abrir los cajones de su cómoda, buscando en el interior de estos con el ceño levemente fruncido. Fue cuando encontró un ungüento que regresó.

Lo percibió subirse a la cama, y de pronto, sentarse con las rodillas a ambos lados de sus piernas. Abrió los ojos de par en par, sorprendida.

—Juro que no voy a aplastarte —aseguró, algo temeroso por su reacción.

Ella sonrió débilmente.

—Lo sé.

Sintió las manos de él explorar su espalda, haciéndola brincar por la impresión. Por algún motivo, lo sentía caliente.

— ¿Qué sucede? —inquirió, preocupado—. ¿Te he quemado? Juraba estar usando mi lado izquierdo al mínimo…

— ¡No, nada! ¡Lo siento! —balbuceó, avergonzada—. Me sorprendí, nada más.

Él suspiró, aliviado.

—Relájate…

Sus manos volvieron a trabajar, acariciándola con sutiles movimientos a lo largo de su espalda, atento a las reacciones de ella.

—Auch…

—Ajá. Aquí duele, ¿verdad? —preguntó, punzándole suavemente la región cervical. Ella se retorció bajo suyo—. Um, entiendo.

Tras unos segundos de silencio, el joven dijo:

—Tendrás que sacarte la polera.

El corazón de Momo dio un vuelco.

— ¿Aquí?

—Sí, claro.

Ella aceptó, algo insegura.

—E-Está bien… —musitó, intentando quitarse la ropa, en aquella incómoda posición, sin éxito.

—Déjame hacerlo —pidió, y de una forma rápida, elegante y eficaz, retiró la prenda de la joven. Yaoyorozu se ruborizó, pero él no pudo verlo.

Todoroki se quedó varios segundos anonadado por la imagen que tenía frente a sus ojos. Recorrió su espalda partiendo desde sus hombros femeninos, pasando por su pequeña cintura y terminando por la curva ensanchada de sus caderas. Su piel nívea, y en apariencia muy suave, lo atraía inherentemente.

Una fugaz idea cruzó por su mente: el enorme deseo de masajearla con sus labios. La abandonó al instante, cuando ella lo sacó de su ensoñación.

— ¿Sucede algo? —preguntó, extrañada ante su pausa.

—No, nada—añadió rápidamente, frunciendo el ceño, frustrado consigo mismo por sus pensamientos. Decidió no perder el tiempo y se obligó a colocarse el ungüento entre las manos para mantenerse ocupado. Controló su lado izquierdo al mínimo, y comenzó a poner en práctica lo aprendido durante el curso.

Los suspiros de bienestar y agradecimiento de Yaoyorozu no tardaron en aparecer.

Y por algún motivo, Todoroki se sentía, con el correr de los segundos, un tanto acalorado.

— ¿Yaoyorozu?

— ¿Mm?

—Necesito retirar esto —dijo, tomando su brasier con ambas manos para indicarle qué era a lo que se refería.

— ¡Oh!

— ¿Puedo?

—S-Sí, claro. No hay problema —entendió. No podía evitar sentirse nerviosa ante el hecho de lucir su espalda desnuda ante él, pero comprendía que para recibir un masaje era necesario. Su masajista, de hecho, lo hacía siempre y nunca se había sentido incómoda ni se había rehusado a hacerlo.

Pero con Todoroki era distinto.

«Es solo un masaje», se repetía, continuamente, intentando serenarse.

Todoroki desabrochó el sostén de un movimiento y su espalda quedó por completo desnuda ante él. Se sintió muy perverso cuando sintió una extraña pulsación contra su entrepierna.

«Por favor… No puede ser», se avergonzó.

No era ningún tonto, sabía muy bien qué significaba esa reacción de su cuerpo.

Respiró hondo y se obligó a continuar con el masaje, maldiciéndose por haberse metido en esa situación él solo. Con hábiles movimientos masajeaba los músculos de su espalda, deshaciéndole los nudos con suavidad y desarmándola contra el colchón. Y de fondo, Yaoyorozu se deshacía en suspiros. Suspiros que lo hacían perder la concentración, que le erizaban el vello de los brazos y le aceleraban el corazón.

Su vista se nubló por completo.

Era preciosa.

Y no había otro pensamiento que pudiera acaparar su mente más que ese.

Y lo era más debajo de él a su merced.

Abandonado por su inocencia, a su mente llegaron los desvergonzados deseos de reemplazar sus manos por sus labios, y sus dedos por su lengua.

¿Cómo sería?

No. No debía.

¿Cómo sería?

¡Necesitaba saberlo!

Todoroki se inclinó hacia ella, comenzando a besar con suavidad sus hombros. Notó cómo ella se tensaba, pero se sintió alentado por el hecho de que no lo frenara. Demente, continuó por su cuello, empezando a trazar pequeños trayectos con su lengua alrededor de aquella región tan sensible, alternándolo con los labios.

Momo soltó un jadeo de sorpresa.

Sus manos descendieron hacia su cintura e hizo realidad sus pensamientos: descendió por su fino cuello, recorriendo con su lengua a lo largo de la columna vertebral, deteniéndose especialmente en su cintura, mordisqueándola.

Yaoyorozu se retorció debajo de él estremeciéndose y temblando ante la húmeda y cálida sensación.

Ascendió, nuevamente, en un camino sinfín de besos húmedos hasta llegar al lóbulo de su oreja, al cual le dio suma atención, succionándolo.

Yaoyorozu se tapó la boca, avergonzada de sus exhalaciones.

Pero cuando Todoroki abrió los ojos, se enteró de que algo no andaba bien. Se detuvo cuando observó el rostro enrojecido y húmedo de la joven, quien cerraba los ojos con fuerza, conteniendo el llanto.

Momo, a diferencia de lo que él creía, estaba llorando.

Se alejó de la chica, parpadeando, y se horrorizó de sí mismo cuando vio el cuadro que tenía delante de él, el mismo que él había pintado: la espalda que se suponía que debía consentir, se encontraba plagada de zonas enrojecidas que resaltaban en contraste con su piel tan pálida. Su oscuridad impregnada en su nívea piel.

—Y-Yaoyorozu… —la llamó, con suavidad, y con culpa. Oh, la culpa.

«— ¿Inseguridades?»

«—Sí… Miedos»

«— ¿Qué miedos?»

«— ¡No puedo! ¡Perdóname, no puedo!»

Y de pronto, el rompecabezas comenzó a unirse de manera macabra en su mente.

Se llevó una mano temblorosa a la boca. Saltó de un brinco de la cama y se posicionó frente a ella, arrodillado hasta su altura.

—Oh, por Kami, Yaoyorozu… —farfulló, cuando vio el rostro empapado y sus dos noches asustadas—. L-Lo siento. No sé qué se me cruzó por la cabeza. ¡Te juro que…! Oh, maldición, cuánto lo siento —dijo, con la voz tomada por la angustia y el remordimiento, acariciando el cabello de la joven, con la mayor dulzura que su desesperación le dejaba adoptar.

Sintió un vacío en el estómago cuando sus pares enrojecidos lo miraron con temor.

—Tengo miedo, Shouto.

—Lo sé. Lo siento mucho. Esto no va a volver a ocurrir, lo juro. Perdóname, jamás pensé que esto terminaría-

Pero Yaoyorozu no parecía mirarlo, ni prestarle atención.

— ¿Cuándo fue que crecí y no me di cuenta? —pronunció, con la voz quebrada.

Todoroki abrió los ojos de par en par.

— ¿Cuándo fue que dejamos UA? —volvió a hablar, en un susurro casi inaudible.

Y de pronto, el rostro lloroso de la joven desapareció, y encima de este, se dibujó su versión quinceañera, con los rasgos más redondeados e infantiles, sonriéndole con la picardía e ilusión propias de la época. Pero la alucinación se esfumó en tan solo un segundo y se encontró con la Yaoyorozu actual: adulta, pero no madura, aun lo suficientemente pura como para romperse ante la realidad.

—No lo sé… —admitió, desencajado. Se puso de pie, aun con el corazón desbordado por la situación, y con las manos temblorosas, abrochó su sujetador. Tomó con vergüenza la polera que le había quitado y cubrió su espalda, intentando en vano tapar las pruebas de su pecado para con ella.

Porque después de todo, siempre había sido de esos que intentaban enmendar sus errores, por mucho que la hubiera cagado.

Yaoyorozu se incorporó, sin prestarle atención a cómo la polera se caía. Buscó a Todoroki con ojos desesperados y lo sujetó por su ropa. Con la cabeza gacha como ella la tenía, Shouto no podía ver su rostro, pero sí podía escucharla.

Momo lloraba.

—Yo… Tengo miedo de lo inevitable… De todo esto que sucedió. Lo deseo… tanto como tú —El joven sintió que su corazón daba un vuelco ante la confesión—. Pero este deseo que siento… A lo mejor no sea correcto…—Yaoyorozu balbuceaba, apenas se le entendía lo que decía. Divagaba y sollozaba—. Yo… ¿Volveré a ser la misma luego de ti?

Silencio.

Él no lo había pensado así.

Pronto empatizó con la muchacha y sintió el mismo terror que ella. ¿Quién había sido aquel que había perdido el control sobre su espalda, manchando su piel con su saliva ardiente y su calor irrefrenable?

¿Había sido él?

Se negaba a creerlo.

¿O acaso, se trataba de una versión de sí mismo luego de Yaoyorozu?

Sintió pánico de volverse alguien así. Tampoco pudo evitarse preguntar: ¿volvería a ser el mismo, luego de ella?

Todoroki suspiró.

Había demasiadas preguntas para las que no tenía respuestas.

Sintió a Yaoyorozu pidiendo contención en sus brazos y él hizo lo que Momo le pedía de forma silenciosa. Porque ella se lo pedía y porque se trataba de ella, exclusivamente.

—Yo… No lo sé… —admitió, con su mentón apoyado sobre su cabello oscuro.

Yaoyorozu se removió y él no tuvo otro remedio que dejar de abrazarla. Sorprendido, vio cómo ella buscó sus labios y lo besó. Tal fue el ímpetu del beso, que Todoroki cayó de espaldas al suelo con la joven encima de él. Yaoyorozu lo besó, desesperada, totalmente fuera de sí, pudiendo él sentir el sabor de sus lágrimas. Yaoyorozu hundió su lengua dentro de su boca con vehemencia, invadiéndolo y sin dejarlo responder. Los dedos de ella se entrelazaron en sus cabellos, y le hizo sentir su cuerpo, recostándose sobre él. La temperatura de ambos se elevó en menos de un segundo.

—Entonces, necesito saberlo —lloró y se incorporó; los ojos obnubilados por el deseo.

Todoroki exhaló el aire de golpe cuando se dio cuenta de sus intenciones: Yaoyorozu llevaba sus manos hacia su espalda, con la clara intención de deshacerse de su sujetador.

Las manos de él se aferraron alrededor de sus muñecas con firmeza en menos de un segundo. Ella luchó contra ellas, pero fue en vano.

—No. No así —negó él, con la voz rasposa y con los ojos muy serios—. Por favor, deja de forcejear. No quiero congelarte los dedos.

Yaoyorozu se rindió, sabiendo que luchar contra él sería imposible. Su expresión se descompuso.

— ¿N-No era lo que querías?

— ¡No! No contigo así.

Ella sollozó, cubriéndose el rostro por la vergüenza.

—Ah, por Kami, ¿qué estoy haciendo…? Lo siento...

— ¡No! ¡No te disculpes! .Soy yo el que lo siente. Tú no estás bien, y yo… Yo me he comportado muy mal contigo, apenas puedo creer que sigas confiando en mí.

—Por supuesto que sí. No has hecho nada que yo no haya querido… o fantaseado con —susurró lo último, unos cuantos niveles de voz por debajo.

Todoroki se ruborizó por su sinceridad.

—Pero no te he pedido permiso, ni tampoco te lo esperabas. Te he asustado.

—Sí, pero…

—Basta —finalizó él, cerrando los ojos con cansancio. Tomó la polera de ella y se la incrustó de un tirón por la cabeza, luego volvió a sujetarla por las muñecas—. Ya me siento demasiado horrible por hoy.

— ¡O-Oye!

—Pasa los brazos, anda.

Yaoyorozu se removió, inquieta.

—Si me sueltas las muñecas, podré hacerlo…

—Oh.

— ¿Qué esperas?

Ambos se miraron en silencio.

—Es que no sé si deba.

Yaoyorozu se desesperó.

— ¡Suéltame! ¡No volveré a intentarme desnudar, lo juro!

Todoroki la miró por unos segundos con desconfianza.

—De acuerdo.

Ella se frotó las muñecas, distraídamente, con el ceño levemente fruncido. Todoroki vio el rastro de sus dedos marcados en ellas.

—Te he lastimado.

—No es nada.

— ¡Tienes que decirme si te lastimo!

Yaoyorozu se secó las lágrimas con el dorso de sus manos.

—Para tu información, me han dado palizas mucho más dolorosas que lo que tú me hayas podido hacer recién. Te recuerdo que estás hablando con Creati, y que no soy tan débil.

Él suspiró.

Se pasó una mano por el rostro, derrotado.

—Solo dime cuando algo no te gusta, cuando algo te duela, o cuando algo te incomode, ¿sí? Creati o no, para mí sigues siendo Yaoyorozu. Y —titubeó, pero finalmente suspiró—, sería realmente frustrante que la única persona con la que me siento cómodo se sienta incómoda por mí.

Los ojos de Yaoyorozu se humedecieron nuevamente por la emoción.

—Oh, Shouto…

Él se puso en guardia.

— ¿Qué? ¿Qué te sucede ahora? —musitó, sin comprender.

— ¡N-Nada! ¡No es nada! —exclamó, dándose la vuelta, abochornada.

— ¿Segura? ¿Acaso ahora te sientes mal?

— ¡Que no es nada! —chilló, produciendo con su quirk un pañuelo y sonándose estruendosamente la nariz.

Y por mucho que uno cambiase después del paso del otro por su vida, en el fondo, siempre seguirían siendo los mismos.


Nota final del capítulo:

Buenas! Aquí estoy, luego de resurgir del inframundo (lease: rendir finales), con un nuevo capítulo. Un poquito largo, lo sé. ¡Y eso que he omitido la discusión con Itsuka! En un principio pensaba incluirla pero luego pensé que sería mejor relatarla en el siguiente capitulo.

No voy a salir con advertencias acerca de los topicos que comenzaran a hablarse en este fic. Ya clasifiqué al fic como Rated M, asi que lo dejo en su mas completa decisión si continuar o no. No soy quien para juzgar ni para meterme en la cabeza de nadie, pero de todas formas no pienso que leer sobre sexualidad sea algo perjudicial, para nadie. De pequeña me he informado mucho más sobre ella leyendo cosas relacionadas que por mis propios padres. Pude comprenderla, desde varios puntos de vista, y captar lo que era importante y esencial para mi. Siempre juzgando, nunca incorporando en mi todo lo que leía, eso sí (creo yo) que es importante.

Siento mucho si este capitulo fue distinto, pero nuestros amados personajes ya son jovenes adultos y supongo que es normal que comiencen a experimentar su sexualidad. Aunque con ella, vengan sus miedos... Necesitan vivirlo. Se lo merecen.

Mil gracias, como siempre, por leer y comentar mi fic.

En cuanto pueda comenzaré a responder los comentarios, se que no tengo muchas excusas, solo puedo defenderme con que estuve estudiando como una condenada casi todas mis vacaciones.

De todas formas, quiero que sepan que todos sus comentarios me alegraron el día, y en especial algunos, fueron muy emotivos para mí. Nunca pensé que este fic pudiera revolver puntos tan sensibles en algunas lectoras. ¡Lo siento, y de nada! Depende de como lo miren, jaja.

Bueno, que estoy hablando un montón.

Me despido!