Chics aqui un nuevo capi.. espero que lo disfruten y dejen algun review para mi... =)
Recuerden que la historia es de Guillermo Blanco y los personajes de S.M.
DOCE
Bella apareció en mi cuarto a eso de las diez y media de la mañana. Después de saludarme con extraordinaria jovialidad, me pregunto cómo andaba "esa salud". Le dije que estaba mejor, bastante mejor; que estas malas pasadas de mi garganta eran habituales, y no solían ir mas allá de ocasionarme un mal rato. Ella no parecía escuchar. Me daba la impresión de que oía y hablaba sin hallarse mucho en ello. Distraída, ida; no se.
Me beso. En su beso si la sentí autentica. Debí apartarla suavemente.
- Cuida. No quiero que te contagies – le advertí.
- Despreocúpate – rio – Soy firme. Hija de general.
Se produjo un breve silencio, que ella rompió con el animado relato de su viaje desde Castuera. Hizo varios chistes a costa del pobre autobús y del conductor, en quien yo apenas había parado en mientes en los años que llevaba viéndolo. Bella, sin embargo, sabia de su bigote a lo mexicano, de los tatuajes – una serpiente enroscada en un puñal y nunca bañista con muchas curvas – que lucio en los antebrazos, de su habito de mover la cabeza de atrás hacia adelante mientras manejaba.
- Cualquiera diría que va inspirado.
Hablaba sin pausa casi, y a ratos puntuaba sus frases con breves carcajadas. Recorrió mi pieza de un extremo al otro. Curioseando.
- ¿Me dejas revolverte tus cosas? – pidió.
- Claro.
En realidad, me halagaba la idea de que ella penetrara así en mi mundo particular.
- ¡Por Dios! – Comento - ¡Que libros tan serios!
Sonreí.
- Si – dije – Es mi debilidad.
- ¿Cuál?
- Ser serio. Pero es sincera.
- No exageres: te hará mal.
- Ya soy así. No creo que tenga remedio. Mi padre me dice que tomo todo demasiado en serio, y que le gustaría verme mas alocado. Alocado.
- Si.
- Dice que soy presa fácil para los grandes sentimientos o los grandes sufrimientos.
- Si. No hay que ser así – murmuro, apoyando fugazmente una mano en mi hombro. – La vida puede volverse terrible a uno, con ese carácter.
- O maravillosa.
- Si. No se. ¿Y que es esto?
Había abierto la gaveta de mi escritorio.
- Nada. Un premio que me dieron en el colegio.
Sentí que me ruborizaba.
- Alumno brillante ¿ah?
- No –explique, con vergüenza –es solo de conducta. El premio de los pavos.
No era así: era una medalla que gane en la Academia Literaria el año anterior. Pero…
Algo había en Bella que me ponía intranquilo. No era la misma de los demás días. La conocía desde tan poco, sabia tan poco de ella, que su actitud de ahora me desorientaba. Mi primer sentimiento – de halago porque miraba mis cosas – se transformo en bochorno. En ira, aun. Me sentí desnudo delante suyo, y la sentí extraña. Habría querido detenerla.
Sin alzar la vista, hurgando siempre en la gaveta, aunque con mano trémula, me dijo:
- ¿Sabes? Mi papa y yo nos vamos a Santiago.
El corazón se me endureció en el pecho.
- ¿Cómo? ¿Cuándo?
- Mañana
- ¿Por qué se van?
- eh… no se – replico.
Su tono era tan liviano, tan como si no habláramos de nada importante.
- Creo que mandaron llamar a mi papá del Ministerio. O de la Comandancia.
Durante unos instantes no pude reaccionar.
- Pero… - articule al fin.
- ¿Qué?
- Es… Es co… ¿Y tu?
- Yo me voy con él.
- No, claro… ¿Y…?
Bella seguía sin mirarme. Se había acercado a la ventana ahora, y jugueteaba con la cortina. Observe que le temblaban los dedos.
- Podemos escribirnos – musito – Yo te escribiré primero. Y nos veremos.
Se volvió, me tendió la mano.
- Hasta la vista.
- No.
-¿No que? – dijo, y se hechó a llorar - ¡Amor, amor! – repetía, con la cabeza apoyada en mi cama y estrujándome las manos – Te quiero, Edward. Perdóname. Te quiero.
Yo estaba angustiado. No entendía nada de cuanto pasaba, y el llanto de Bella era superior a mis fuerzas. Sabía que acabaría también por llorar, no halle otra cosa que hacer que apoyar mi cabeza en la suya.
Le bese en el pelo.
- Tranquilízate, amor.
- Si…
Espere. Sus sollozos fueron amainando un poco. Sin alzar el rostro, repitió:
- Perdóname.
- Bella, por Dios ¿Qué puedo perdonarte? Solo debo agradecerte que…
- No, no.
- ¿Qué?
Se encontraba arrodillada junto a mi lecho. Ladeo un tanto la cabeza, de modo que ahora veía yo su cara: sus ojos y sus mejillas bañados en lágrimas. Suspiro. Había algo de niña, de la niña que llora, en su actitud.
- Perdóname, Edward – volvió a decir.
- Si hay algo que perdonarte, dalo por perdonado – articule, avergonzándome de pronunciar estas palabras.
- Gracias – susurro opacamente.
Comencé a acariciarle el pelo, igual que a una chica. Calma. Calma.
- Todo es mentira – rompió al fin, con visible esfuerzo – No nos vamos. Yo pretendía impedir que te acercases a Castuera, para no volver a verte, pero te quiero demasiado.
- Tu…no…
- Ayer hable con mi papá. Le explique. Se puso furioso. Se negó a escuchar razones.
- ¿Y Jacob?
- ¿Jacob? Jacob se porto muy gente, supongo. No hablo mientras pudo, y después aseguro que seguía considerándose novio mío. Que "esto" sería cosa de momento: una "crisis comprensible", que ya se me pasaría. Estuvo… adulto. Nos trataba como una especie de caso clínico. Me enfurecí, tal vez sin razón, porque el. Le espete que no se me pasaría, aunque lo tuyo terminara.
Callo un momento.
- ¿Qué te contesto?
- Insistió en que pasaría. El tiempo era un gran remedio. Tu (lo dijo casi con tono bondadoso) eras un niño. Había que mirar las cosas con serenidad.
- ¿Y tu padre?
- El tampoco veía. Mi papa no puede imaginarse que haya algo que se salga del marco de sus planes, o de lo que considera que debe ser. El pobre es inflexible.
Me quede pensando. Al cabo de unos minutos, Bella añadió:
- Me prohibió que te viera de nuevo.
- Entonces…
- Conseguí que me autorizara para venir a despedirme de ti. No sé cómo. Seria por consideración a tu padre, o para dar un corte definitivo al asunto. Jacob ayudo un poco.
- ¿Jacob esta en Castuera?
- Se fue ayer. Iba tan tranquilo. Tan aplomado. Tan seguro de si mismo. Y del tiempo. Y de su general. Su general le restituiría a la novia: no le cabía duda. Tal vez soy injusta, no sé. No sé.
Después de un rato plantee la pregunta que los dos teníamos:
- ¿Qué vamos a hacer?
- Cualquier cosa, menos lo que pretende. Rebelarnos… Pensar. Tenemos que pensar, Edward. Mucho. Pero yo te juro que no me caso con Jacob. Antes muerta.
La palabra tuvo un eco terrible. Ella lo desvaneció lanzando una breve risa:
- Suena un poco a opera. Sin embargo… No es posible, Edward, que…
- Si, amor. No te inquietes, que ya encontraremos salida.
Yo mismo, no obstante, no divisaba ninguna.
Bella permanecía aun en idéntica actitud – arrodillada junto a mi cama, con la cabeza sobre el cobertor – cuando llego mi padre. No lo sentimos. Habíamos hablado muy poco, contentándonos casi exclusivamente con nuestro contacto físico. Había poco que hablar, por lo demás. Había que reflexionar, si, pero luego. En ese momento éramos incapaces de cualquier reflexión serena.
Papa abrió la puerta, nos vio o entrevió y volvió a cerrar, sin decir nada. Bella no se dio cuenta, pues miraba hacia el lado opuesto.
- Llego mi padre.
- ¡Oh! ¿Qué hora es?
- Va a ser la una.
- ¡Tan tarde!
Asentí.
- No alcanzas a volver a la hostería para el almuerzo. No encontrarías en que.
- No. No importa.
- ¿Y tú?
- No importa, amor. No nos preocupemos todavía.
Estuvimos un rato en silencio.
- ¿Y? – Sonrió ella - ¿Me invitas o no a almorzar?
- Claro que sí. ¡Claro que sí! – Exclame – Perdona la pavería.
Me sentía jubiloso.
- ¡Papá! – llamé
Se demoro un poco en venir. Al entrar sonrió afablemente a Bella.
- Como esta, Bella. Que gusto de verla.
- La he invitado a almorzar.
- Esplendido… - comento, algo turbado – Si está dispuesta a correr el riesgo de la olla.
- Por supuesto.
Pedí a mi padre que fuera al teléfono a avisar al general. Me pareció que si lo hacia el, el padre de Bella estaría más dispuesto a la clemencia.
- Dile que no alcanzo el autobús de las doce y media – indique – Es la verdad.
Papá sonrió.
- Si – repitió – es la verdad, ya lo veo.
Que agradable fue ese almuerzo. Mi padre insistió en que nos sirvieran a Bella y a mí en mi cuarto, y nosotros a nuestra vez insistimos en que el nos acompañara.
Estar los tres juntos, hablándonos con entera naturalidad, mirándonos, estrechando ese sutil contacto de los que sienten afecto mutuo, era algo muy parecido a la felicidad. Papa fue tan fino. A fuerza de verlo siempre solo, o con Don Aro, lo había imaginado un poco torpe en la vida social, un poco incapaz de conducirse. La visita del general había sido una aparente confirmación de esta idea. Y no era así. Supo ser tan atento – más que atento – con Bella. Cada gesto suyo, cada silencio, le decía: "Si mi hijo la quiere, yo la quiero". Me dio la impresión de que la miraba en parte como a una hija propia. La que mi madre no alcanzo a darle.
- Bueno – dijo de pronto – son más de las dos y media: tengo que irme.
- ¿No puedes quedarte otro rato?
- Tú sabes el trabajo que hay.
Era cierto. La rutina volvía por sus fueros. Nos despedimos con la misma cordialidad que había imperado hasta ese instante, y papa prometió que trataría de venir a tomar té con nosotros. Insistió en que me cuidara, que no olvidara mis remedios, y salió.
Bella y yo quedamos observándonos, silenciosos, durante largos minutos. Los dos pensábamos idénticas cosas. Pensábamos, en el fondo, en que teníamos que pensar.
- ¿Se te ocurre algo? – inquirió ella al fin.
Ah, a mi solo se me ocurrían soluciones exagerada, la mayor parte tan absurdas que ya estaba rechazándolas en el momento mismo en que se me venían a la cabeza. Se lo dije.
- Pero ¿Qué se te ha ocurrido, por ejemplo?
- No se… Escaparnos juntos. Irnos a Argentina… Disparates así.
Se quedo meditando.
- Si – convino al cabo – son soluciones absurdas. Sin embargo, la situación también es absurda. Y creo que sería bueno ir haciéndonos a la idea de que la salida que elijamos será… desesperada.
- ¿Qué entiendes por desesperada?
- Bueno… A mi papa no vamos a convencerlo con razones. Eso dalo por descontado.
- ¿Entonces?
- No se… Si pudiéramos… Si pudiéramos forzar las cosas, presentarle hechos consumados…
- Casarnos…
- No. No es posible eso: nos falta edad… Por otro lado, tampoco es posible esperar. Esta Jacob, y en realidad el tiempo se pondría a su favor, aunque no en la forma en que el cree. Mi papa y el quieren que el matrimonio sea en marzo de este otro año. Tenemos apenas unos diez meses. Nada.
Volvimos a callar.
- ¿Y si mi padre consiguiera persuadirlo?
Movió la cabeza.
- No – replico – Nadie en el mundo sería capaz de persuadirlo. Esta como obsesionado. Además… Mira: un militar no tiene ocasión, sencillamente, de cambiar de ideas ni de escuchar razones. No le está permitido objetar las órdenes que recibe de sus superiores, y para sus subalternos no hay otra alternativa que obedecerle. En un régimen así, que es en el que ha vivido papa desde los trece o catorce años, no queda mucho lugar para discutir. Y discutir le parece siempre desagradable a un militar. No creo haber conocido a ninguno que, en una discusión, se interesara por ir más allá de exponer sus propias opiniones.
Sonreímos. No obstante, un sentimiento abrumador comenzaba a hacer presa de mí.
Por primera vez sentía de modo palpable la enorme distancia que me separaba de la vida practica; el abismo que se abría entre mi personalidad de muchacho y la realidad de hombre que me aguardaba en alguna parte del futuro, y ahora parecía venírseme encima. Débil. Era débil sobre toda medida. Y mi ira o mi amor o mi ambición o mi esperanza eran apenas tempestades en un vaso de agua. "Débil, débil", me repetía interiormente, como un reproche. Era bello ser quijote, pero un quijote o está loco o se convierte en un contemplativo inoperante.
Como siguiendo el tono de mis divagaciones, Bella me dijo:
- Edward, antes de que sigamos hablando, quiero hacerte presente algo… Quiero que lo medites bien, que te pongas bien en el terreno, que peses cada una de mis palabras.
- Si…
- Lo harás.
- Trataré.
Marco una pausa. Luego:
- Esto… este cariño de nosotros, todo esto que ha sucedido, es maravilloso, tan de cuento de hadas, que a lo mejor nos ha cegado. Quizá si estamos poniéndonos frente a hechos superiores a nosotros y a nuestras fuerzas. Por ejemplo; tu padre piensa darte un carrera ¿verdad?
-Si, pero…
- Espera. Debes ponerte en su lugar. Debes considerar eso también. El ha vivido para ti. ¿Puedes sentirte con derecho a defraudarlo cometiendo una locura definitiva que…?
- Bella, no vayas…
- Espera.
Sonrió. Me hablaba con una inflexión maternal. La encontré tan mujer, y yo tan niño a su lado.
- Te he pedido – prosiguió – que lo medites bien. No me dispares contestaciones. Concéntrate. Velo. No tienes porque resolverte hoy, ni mañana. Vine dispuesta a terminar con todo para no arrastrarte a este dilema… Sin embargo…
- Sin embargo ¿Qué? Sin embargo, nos queremos tanto. Sin embargo, la magia brota de nosotros apenas estamos juntos. Sin embargo, la vida no significaría nada para mí…
- Ni para mí.
- ¿Y crees que cabe reflexionar?
Pausa. Le cogí la mano.
- Esto está resuelto, Bella. Es igual que si estuviera resuelto desde el momento en que nos conocimos. O desde antes.
No recuerdo bien en que forma ni en que momento llegamos a resolvernos. Parece como si la decisión hubiese permanecido todo el tiempo allí, esperando pacientemente a que la descubriéramos. Tengo la idea de que Bella fue la primera en formularla. Lo dijo en forma velada, sin atreverse, y sin atreverse, tampoco, a callar. Lo insinuó apenas, o un objeto, que hubiera en el cuarto. Y vi la solución.
Nos abrazamos emocionados, con un sentimiento superior a las palabras; un torrente confuso, de inquietud y amor y dulzura y pánico.
- Bella – articule, al cabo de un largo silencio.
- Si.
- Te agradezco tanto…
- No. Recuerda: ni tú ni yo debemos agradecernos. Ni reprocharnos ni pedirnos perdón. Nunca.
- Es que tendrás que hacer un sacrificio tan grande.
- Tu también.
- No se puede comparar.
- No se puede comparar. Y aun así: tu pierdes la posibilidad de seguir una carrera, renuncia a toda ambición superior, para tener que meterte (porque así será) en cualquier empleo, mejor o peor, sin expectativas, sin… Va a ser así, Edward. No puedes hacerte otras ilusiones.
Sonreí.
- ¿Y crees que me las hago? He visto a mi padre. Sin embargo, creo que precisamente por eso podre escabullir el cuerpo a algunas de las consecuencias del empleo. Creo que sabré defenderme. En parte, por lo menos.
- No cuentes con eso.
- No. No cuento. Pero aun en la peor de las formas, estoy dispuesto. Tu, en cambio… - la voz se me quebró, de nuevo con temor y ternura. Me costó enorme trabajo enunciar las palabras que vinieron – tu vas a tener un hijo…
Bella continuaba abrazada a mí, sin mirarme.
- Piensa – proseguí – que si yo muero entre tanto, por algún accidente… si algo pasa… Además, deberás afrontar a tu padre, a los demás. Siempre es peor para la mujer.
Me oprimió la mano.
- Estoy dispuesta, amor, Edward. No sabes lo poco que me cuesta decidirme. No te preocupes por mí. Seré valiente en lo que me toque.
Callamos, sin atrevernos todavía a mirarnos. Habían cambiado las cosas ahora. Habíamos resuelto tener un hijo, un hijo de ella y mío, de la unión de los dos, y eso nos hacía sentir cual si no fuéramos los mismos.
Me sorprendió ver, después de media hora o más, cuando Bella se alzo y se aparto de mí, que su rostro conservaba la calma de antes. Era, siempre, el rostro sereno, gentil, de Madame Henriot, que a espaldas de ella nos miraba con su misteriosa dulzura, como comprendiendo.
- Quizá haya una solución – dije.
- ¿Solución?
- Estaba pensando que tal vez si yo hablara con el padre Liam, el párroco, podría conseguir que nos casara. Lleva años en San Millán, y me conoce desde que era chiquillo. Explicándole… Es muy buena persona.
- ¿Tú crees?
- ¿Por qué no? Le contare que tu padre pretende obligarte, forzarte que el tiempo esta contra nosotros y nos impide esperar. Estoy casi seguro de que comprenderá.
- Seria perfecto.
- Claro. Estaríamos casados… antes. En seguida conseguiríamos la aprobación de tu padre para el matrimonio civil. No podrá negarse: seria un hecho consumado.
- No podrá negarse – repitió – Le va el honor, y eso si que lo cuida.
- ¿El cree?
- ¿Quieres decir su es religioso?
- Si.
- No. El matrimonio por la Iglesia, si es sin pompa, no significara gran cosa para él. Pero en algo atenuara el golpe, me imagino.
- ¿Ves? El asunto ya toma mejor cariz. Estaríamos casados. Y en cuanto a la ley, nos prohíbe casarnos por ser menores de edad, pero no nos impide tener hijos.
- Sobre todo que el nuestro nacería dentro del matrimonio civil, con el favor de Dios.
Asentí.
- Te quiero, Edward.
Nos parecía que el mundo había abierto para nosotros una puerta muy ancha, muy clara.
A las cuatro y media, Bella se despidió para alcanzar a coger el autobús, que combinaba con el tren de la tarde. Quedamos en que, si podía levantarme, yo iría al día siguiente a la parroquia para hablar con don Liam, y luego pasaría por Castuera a contarle a ella los resultados de mi conversación.
Bella me beso al partir.
- Hasta mañana – murmuro – Y cuídate.
- Si – la tranquilice – Ya verás cómo mañana voy a estar repuesto.
- Si – dijo
Y en el momento en que iba a cerrar la puerta, se volvió y observo, sonriendo:
- ¿Te das cuenta de que ahora somos novios?
