Era consciente de que había llegado al punto de no retorno. Descruzó los brazos y se apartó del marco de la puerta.

—Así que... ¿cuál es esa palabra que quieres que te diga, Edward? —le preguntó de nuevo.

—Supongo que la palabra es sí —repuso lentamente.

Seguía de pie al lado del sofá, y la luz de la lámpara de la mesa no llegaba hasta sus ojos. De todas formas, Isabella podía sentir su mirada fija en ella.

—Sí —pronunció deliberadamente y, girándose en redondo, entró en el dormitorio.

Se sentó en el borde de la cama.

Había tomado muchas decisiones equivocadas en su vida, se dijo mientras juntaba las rodillas para evitar que le temblaran. Aquella, probablemente, se salía de esa categoría. Porque, probablemente, no era más que una decisión estúpida. Hasta ese momento, Edward jamás se había saltado sus propias reglas: había sido fiel a ellas. Así que, de lo que estaba a punto de suceder, no podía culpar a nadie más que a sí misma.

Se lo había propuesto directamente, y Edward le había dado la respuesta más previsible. La que ella sabía que le daría. La deseaba. Quería que hicieran el amor... No, eso no era del todo cierto. Simplemente quería mantener relaciones sexuales con ella. Y, según él mismo le había dejado muy claro, en ningún momento iría más allá. Ese era su límite.

De modo que no la había manipulado. Ciertamente tampoco le había dicho lo que ella había querido escuchar, pero aun así, había pronunciado la palabra que había estado esperando escuchar desde el día anterior. ¿Por qué lo había hecho? A la débil luz del pasillo, distinguió su figura en el umbral. Allí se detuvo, apoyando las manos en el marco como si estuviera conteniéndose para no entrar.

—¿Estás segura Bella?

—He ido a buscarte al salón vestida nada más que con una camisa tuya. Y luego he hecho de todo excepto dejarte un rastro de miguitas hasta mi habitación. Eres un agente del FBI, ¿no? ¿Todavía quieres más pistas? Por supuesto que estoy segura, Edward. Y deja ya de sujetar el marco de la puerta.

Una fugaz sonrisa asomó a sus labios. Retiró las manos del marco y entró en el dormitorio, deteniéndose frente a ella.

—Esperemos que el primer beso aligere esta tensión —pronunció con tono ligero—. Porque tengo que confesarte Bella, que tengo los nervios a flor de piel...

—Yo tampoco estoy muy tranquila —reconoció. Todavía sentada en la cama, tenía que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo—. Maldita sea, Edward, hablas como si fuera una delicada florecilla. Hace una semana estaba entre rejas, y créeme, las chicas nos endurecemos mucho en pri...

—Cállate, Bella. Y empecemos de una vez con ese beso.

Había esperado que se inclinaría para besarla. En lugar de eso, le rodeó la cintura con los brazos y la hizo levantarse. Pero, para entonces, ya la estaba besando en los labios.

Sabía a whisky, y al principio el contacto de su lengua fue engañosamente tierno y suave. Porque por debajo de aquella suavidad latía una abrasadora pasión. Era como si todas sus terminaciones nerviosas hubieran quedado electrizadas... Apenas consciente de lo que estaba haciendo, lo atrajo hacia sí, y Edward profundizó aún más el beso.

Puedes tenerme cuando y como quieras, Bella. Y puedes hacer todo lo que gustes conmigo. Absolutamente todo. Cada oscuro sueño que te asalte por las noches, todo lo que jamás te atreviste a demandarle a nadie antes... todo eso te lo daré yo

Las palabras que había pronunciado el día anterior resonaron en su cerebro. Había sido una impetuosa promesa... que parecía decidido a cumplir. Había violencia y agresividad en aquel beso, como si no pudiera dominarse, o no quisiera hacerlo. Su lengua exploraba incansable el dulce interior de su boca, invadiendo todos sus rincones. Isabella ahogó un jadeo de sorpresa cuando llegó a morderle el labio inferior, pero antes de que la impresión pudiera convertirse en dolor, ya se lo estaba lamiendo con exquisita sensualidad. ..

Se estaba derritiendo por dentro. Ese era el propósito de Edward. Era consciente de que un calor líquido estaba empezando a derramarse en su interior, anegando lentamente sus senos, sus muslos, sus caderas...

Volvió a apoderarse de sus labios. Isabella ya no podía soportarlo más. Se sentía lánguida y desmadejada, plenamente dispuesta para él.

De repente, Edward alzó la cabeza. Ella abrió los ojos y lo miró. La luz del pasillo le iluminaba la mitad del rostro, y por un instante le resultó imposible leer su expresión. Luego vio los tensos músculos de su cuello, el esfuerzo que estaba haciendo por dominarse. Suspiró lentamente.

—¡Y yo que pensaba que un primer beso podría relajarnos a los dos! —murmuró—. En mi caso, desde luego, no ha funcionado. Pero tú eres la chica dura, cariño. .. ¿has conseguido relajarte tú?

Pensó, desconcertada, que no había habido nada calculado, o deliberado, en lo que acababa de hacerle. Él también se había estado derritiendo. Y seguía derritiéndose. Aquellos ojos verdes estaban ardiendo de pasión y tenía los labios entreabiertos, como si necesitara saborearla de nuevo.

Vio que sonreía lentamente, y con la misma lentitud le sujetó un mechón detrás de la oreja. Aquel gesto de exquisita ternura contrastaba tanto con su anterior beso que se quedó sin aliento. El hombre que había hecho eso, que acababa de acariciarla como si fuera alguien infinitamente valioso para él, era la otra cara de Edward Cullen, el hombre que había dejado de existir hacía años. Aquel pequeño gesto era lo único que quedaba del Edward que había visto en el vídeo. El resto era un fantasma.

Pero Isabella también quería a aquel hombre. Y eso significaba que, sucediera lo que sucediera aquella noche entre ellos, jamás podría ser suficiente. Al menos para ella. Lo miró. Aunque tenía el rostro muy cerca del suyo, tuvo la sensación de que se estaba alejando de ella. Como si estuviera escapando ya de sus brazos. Y la asaltó una terrible sensación de soledad, porque sabía que el dolor que le estaba desgarrando el corazón no era por ella misma... sino por él.

—Vamos, Bella, dímelo... ¿has conseguido relajarte, aunque sea un poco?

El tono levemente burlón de su voz estuvo a punto de destruirla. Con un dedo le delineó el labio inferior, y se descubrió a sí misma inclinándose inevitable e imperceptiblemente hacia él, como si las piernas ya no pudieran sostenerla.

—Cariño, tú y yo nunca nos hemos andado por las ramas. Así que dispara de una vez.

Esbozó una mueca irónica, y una nueva y sombría expresión asomó a sus ojos. Isabella pensó que él también lo sentía. Tal vez no lo reconociera, pero sentía aquel soplo frío que lo atravesaba en noches como aquella. En parte era por eso por lo que la deseaba, pero, al igual que ella, necesitaba también algo más sólido, aunque solo fuera provisional...Una especie de refugio contra aquella solitaria frialdad. Y ella sabía cómo proporcionárselo. Para ello tenían que simular que alcanzaban por fin lo que tanto necesitaban. .. sin conseguirlo realmente.

—Tienes razón, Edward. Los dos somos brutalmente sinceros. Hace tiempo que dejamos de creer en los cuentos de hadas, y en absoluto hemos edulcorado nuestra relación, ¿verdad?

Como si algo en su tono lo hubiera alertado, su mirada se endureció.

—Es verdad, Bella —sacudió la cabeza—. No la hemos edulcorado nada.

—Eso es lo que quiero. Que la edulcoremos —se apartó de él. Suspirando profundamente, añadió con voz nerviosa—: Ayer me dijiste que podrías darme todo lo que yo quisiera, Edward, y en eso mismo consiste mi deseo. Que, aunque solo sea por esta noche, no seamos sinceros. Solo por esta noche, quiero que me mientas.

Incluso antes de que hubiera terminado de hablar, Edward ya estaba negando nuevamente con la cabeza.

—No puedes querer eso, cariño...

—Pues lo quiero, Edward —lo interrumpió, decidida—. He tenido que soportar dos años de oscura y lóbrega realidad... ¡y quiero ese cuento de hadas, maldita sea! —se retiró el pelo de la cara con una mano temblorosa—. En todo momento seré consciente de que solo es un cuento de hadas, y de que Cenicienta tendrá que volver, cuando la noche haya terminado, al mundo real. Pero volverá a ese mundo con unos pocos recuerdos de magia e ilusión. Deseo esa ilusión. Quiero que me mientas, Edward.

La miró intensamente, como buscando en vano alguna señal de que estuviera bromeando. Al fin suspiró, apartándose de ella.

—No puedo hacerlo, Bella. Pídeme cualquier otra cosa, pero no eso —se volvió ligeramente, antes de pasarse una mano por la cara—. Verás, cuando hace dos días te sostuve en mis brazos, después de que casi te atropellara aquel autobús, me sorprendí a mí mismo preguntándome por qué tenía que ser yo siempre quien te diera las malas noticias... Por qué siempre terminaba soltándote las verdades más duras y brutales, y haciendo que me odiaras...

Isabella alzó la mirada hacia él, dispuesta a negarlo, pero Edward se le adelantó.

—Bueno, quizá no me odiabas. Quizá fuera yo quien me odiara a mí mismo por eso. Pero cuando te alcé en brazos, me pregunté si habría alguna forma de ponerte las cosas más fáciles, Bella. Luego, cuando abriste los ojos, comprendí que no podía.

—¿Por qué? —inquirió, desolada.

—Porque a nadie le habías importado nunca lo suficiente como para que fuera sincero contigo —pronunció con voz ronca—. Y cuando me perdí en la contemplación de esos increíbles ojos tuyos, me dio un vuelco el corazón y comprendí que nunca podría darte nada menos. Fue entonces cuando tuve que enfrentarme al hecho de que ya estaba medio enamorado de ti Bella.

—¿Qué?

Se había quedado paralizada. La estaba observando, y aunque su rostro estaba oculto por las sombras, podía distinguir la tensión de su expresión. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Por favor, miénteme, le suplicó en silencio.

—Dime más cosas, Edward. Dime más cosas de cuando descubriste que te estabas enamorando de mí...

—Todo empezó... —suspirando, le acunó suavemente el rostro entre las manos—... la noche que nos vimos en la cafetería. No podía reconocerlo, por supuesto, pero incluso mientras estaba haciendo el papel de tipo duro... no podía dejar de mirarte los labios. .. Y cuando te agarré de la muñeca, una parte de mi ser sabía que en realidad sólo era una disculpa para tocarte...

—Y luego te dejé plantado —sonrió.

—Me dejaste plantado —comenzó a acariciarle el cabello—. Me dije a mí mismo que había sido una suerte, lo mejor que podía haber pasado. Luego volví a la oficina y me dediqué a reunir todas las fotos que pude encontrar de ti. Me pasé toda la noche mirándolas.

Isabella soltó una carcajada de felicidad.

—¿De veras, Edward? —lo miró con fingida inocencia.

—De veras, Bella —su sonrisa fulguró entre las sombras. Antes de que ella pudiera darse cuenta de lo que pretendía hacer, la alzó bruscamente en brazos—. Solo que no me conformé con mirarte en fotos. Porque sabía que me estaba perdiendo tu esencia. Porque tenía la sensación de que la había perdido, de que se me había pasado desapercibida desde el principio... No fue hasta que te alejaste de mí la segunda vez cuando me permití verte tal cual eres... y descubrí, de repente, que acababa de dejar escapar a la mujer que amaba...

Dime mentiras, Edward. Solo por esta noche, miénteme, continuaba suplicándole en silencio mientras delineaba suavemente el contorno de sus labios.

—Pero fuiste a buscarme —cerró los ojos, esforzándose por creer que todo aquello que le estaba diciendo era cierto. Que no le estaba mintiendo. Esa sería su ilusión de aquella noche—. Fuiste a buscarme, porque para entonces ya sabías que me amabas. Creo que, para entonces, yo también descubrí que te amaba.

—¿De veras Bella?

Aunque tenía los ojos cerrados, sabía que estaba sonriendo. Le devolvió la sonrisa, segura de que iba a besarla de nuevo.

—De veras, Edward.

En aquella ocasión no hubo violencia alguna en su beso. Se dedicó a explorar con exquisita lentitud el dulce interior de su boca, y Isabella enterró los dedos en su pelo, ebria de deseo.

—Quiero verte toda... —susurró contra sus labios—. Eres tan hermosa...

Instintivamente, intentó cubrirse con los faldones de la camisa cuando él la tumbó sobre la cama. Y alzó la mirada con una automática negativa en los ojos, como si de repente se hubiera olvidado de su anterior acuerdo.

—Estoy demasiado flaca, Edward —se mordió el labio, avergonzada—. La última que vez que me cortaron el pelo fue en la peluquería de la prisión. Y también está esto... Alzó la mano izquierda, mostrándole las cicatrices de la muñeca. Luego se la ocultó, desviando la mirada.

—¿Y qué? Diablos, Bella, eso no es nada...

Se había inclinado sobre ella. De repente se levantó y se desabrochó la camisa.

—Mira esto... ¡esto sí que es una cicatriz, maldita sea! —alzó el brazo derecho, mostrándole una línea roja que le atravesaba las costillas—. Una herida de bala. Lo siento, cariño, pero no me vas a desanimar...

La miró, enternecido, y Isabella parpadeó varias veces, con un nudo en la garganta. Con la vista nublada por las lágrimas, alzó la mirada hacia él mientras caía la última barrera que protegía su corazón. Nunca lo sabría, pero nada de lo que le dijera esa noche sería mentira. Se sentó bruscamente en la cama.

—¿Y qué me dices de esto? —se subió la manga derecha y le mostró el codo—. ¿Lo ves? Tenía cuatro años. Me caí del triciclo. Incluso me tuvieron que dar puntos.

Edward se inclinó para examinar la casi invisible cicatriz, y arqueó una ceja.

—¿Un accidente de triciclo? Eso es sencillamente patético, Bella. Imagínate, en cambio, a un larguirucho de trece años volviendo a casa de la piscina municipal, vestido solamente con su traje de baño, cayéndose de la bici en una cuesta abajo delante de un montón de chicas —se soltó el cinturón y se desabrochó los pantalones, con movimientos rápidos y eficientes. Luego enganchó el pulgar en la cintura de sus calzoncillos y se los bajó lo suficiente para enseñarle una zona de la cadera—. Mira. Sangré como un cerdo. Mary Sullivan se rió de mí y me rompió el corazón.

Se había soltado la corbata, y los dos extremos colgaban sobre su pecho desnudo. Tenía la camisa medio fuera. Isabella lo contemplaba sin aliento. Su torso musculoso parecía esculpido en madera, o en piedra... Fue bajando la mirada. Tragó saliva, nerviosa.

—Pobrecito —fingió un tono de preocupación—. Pero ahora verás, Edward... —se sentó sobre los talones.

Rápidamente se bajó la braga hasta media cadera. Con el rabillo del ojo advirtió que se quedaba paralizado... y añadió como si no hubiera sido consciente de su reacción—: Campamento de verano de Minnetowanka. Tenía catorce años. Estaba perdidamente enamorada de mi monitor del taller de artesanía —siguió bajándose lentamente la braga—. El último día del campamento nos convocó a todos para anunciarnos que acababa de comprometerse. Me quedé tan destrozada que, al ir a sentarme en mi banco de trabajo, me clavé en el trasero una lezna recién afilada. Mira. ¿Te rindes, Edward?

Apoyándose sobre los codos, alzó el trasero desnudo... y lo miró con expresión inocente por encima del hombro. Lo oyó contener el aliento. Con exquisita lentitud, Edward terminó de quitarse la camisa sin dejar de mirar su trasero en pompa. Todavía con mayor lentitud se despojó de la corbata. Luego, colocándose detrás de ella, le bajó la braga hasta las rodillas y se la quitó del todo.

—Esto es demasiado. Me rindo —pronunció con voz ronca.

Al momento siguiente Isabella, sintió el contacto de sus labios en el comienzo de un muslo, y una cascada de ardiente deseo la barrió por dentro. Se mordió el labio inferior, pero no lo suficiente para contener un gemido. Podía sentir la caricia de su lengua trazando un húmedo sendero por su piel, el áspero contacto de su barba en la parte interior de sus muslos. Cerró los ojos, casi incapaz de soportar el remolino de sensaciones que le estaba provocando. Poco después le separó un poco más las piernas, introduciendo aún más profundamente la lengua...

—Oh, no, Edward... —le suplicó, arqueando el cuerpo—. Por favor, Edward... esto es demasiado.

Deslizó una vez más la lengua por el secreto tesoro que se escondía entre sus piernas. Era, como si el mundo entero se estuviera disolviendo a su alrededor.

—Sabes a flores. Bella, te deseo con locura. Lo quiero todo de ti. Todo.

Apenas fue consciente de que se había levantado de la cama para quitarse los pantalones y la ropa interior.

—Yo también lo quiero todo de ti, Edward...

Se incorporó al mismo tiempo que se despojaba de la camisa. Muy lentamente deslizó las manos por el fino vello de su torso, descendiendo cada vez más... hasta llegar a su sexo excitado. Con exquisita delicadeza, comenzó a acariciarlo con la punta de un dedo. Lo oyó jadear.

—Te he dicho que ya me he rendido, Bella...

De repente se agachó para sacar algo de un bolsillo de sus pantalones. Se levantó rápidamente, sonriendo, mientras le entregaba un pequeño sobre plateado. Isabella abrió mucho los ojos con expresión de divertido asombro.

—¿Has estado llevando esto durante todo el tiempo en el bolsillo, Edward? No me digas que se remonta a los días de Mary... como se llame —bromeó.

—No, cariño. Lo compré ayer mismo, cuando paramos de camino a casa. Solo por si se presentaba la oportunidad —rasgó el sobre y sacó el preservativo, pero ella lo detuvo antes de que pudiera ponérselo.

—Déjame a mí —sentándose en la cama, lo miró a los ojos, sonriendo—. Te prometo que tendré cuidado. Túmbate.

Arqueó una ceja, pero se lo entregó. Isabella se cambió de postura en el instante en que se tumbó, montándose a horcajadas sobre él. Una vez encima, le puso el preservativo.

—Nunca lo había hecho así... No te importa, ¿verdad?

Por toda respuesta, se incorporó lo suficiente para agarrarla suavemente de las

caderas.

—Al contrario. Así podré ver cómo disfrutas... — repuso con voz ronca—. No me importa en absoluto que me montes...

Acto seguido, la guió lentamente hacia abajo. Cuando Isabella lo sintió en su interior, abrió mucho los ojos, consternada.

—No te preocupes, Bella. Iremos despacio y con cuidado —susurró—. Cuando quieras parar, me lo dices.

—No quiero parar —negó con la cabeza.

Recordó que Edward le había dicho que sabía a flores, y en aquel momento se sentía como una flor, abriéndose con lentitud mientras él seguía penetrándola. Segundos después estaba ya completamente dentro de ella. Lo estaba envolviendo, arropando con su cuerpo... Una ola de placer la barrio por completo.

—Móntame, Bella —suspiró—. Quiero ver cómo me montas, cariño...

Le soltó las caderas. Sopesando sus senos bajo sus palmas, se dedicó a trazar lentos círculos en torno a sus rosados pezones, endureciéndoselos mientras ella comenzaba a moverse. Al mismo tiempo él aprovechó para impulsarse hacia arriba, penetrándola sólida y poderosamente.

Sintió con toda claridad que se estaba abrasando de deseo. Se incorporó una vez más y Edward la llenó de nuevo, sin dejar de mirarla a los ojos y de acariciarle los senos. En lo más profundo de su ser, una especie de fuego líquido comenzó a derramarse por

todos sus miembros.

—Quería verte así, Bella —murmuró—. Tu pelo suelto, tus labios entreabiertos... Eres tan hermosa...

No era una mentira, pensó aturdida. Realmente así lo creía. La habitación giraba a su alrededor. Vio su mirada desenfocada, la insoportable tensión de los músculos de su cuello, y lo sintió hundirse hasta el fondo en ella mientras exhalaba un profundo suspiro. El fuego que ardía en su interior amenazaba con consumirla, sumergiéndola en un imparable remolino de deseo. Comprendió que no podría soportarlo durante mucho tiempo más. Tenía que dejarle saber que...

—Móntame y llévame a casa, Bella —su voz era un ronco murmullo—. Llévame a

casa ya, Cariño...

Tensó los dedos sobre sus caderas y la atrajo convulsivamente hacia sí mientras se vertía en su interior. Arqueando la espalda, se oyó a sí misma gritar su nombre, lo oyó a él murmurar el suyo, y todo se disolvió de pronto en una explosión de luces y calor. Se sintió flotar en el espacio... caer ingrávida como una pluma en una noche estrellada.

Minutos después, lentamente, abrió los ojos. Y se encontró con su mirada.

—Eres tan hermosa... —musitó, suspirando—.Te amo Bella —añadió en un murmullo casi inaudible.

Dime más mentiras, pronunció Isabella para sus adentros. Tuvo que cerrar los ojos con fuerza para contener las lágrimas.

—Ya lo sé, Edward —mintió.

Hola!

Siento no haber actualizado la semana pasada, a decir verdad se me han juntado un montón de cosas y no me ha quedado tiempo; asi que les tengo una mala noticia y una buenta noticia.

La mala: No voy a tener mucho tiempo en los próximos meses para actualizar todos los jueves.

La buena: Puesto que no quiero dejar abandonada la historia, y tampoco hacerlas esperar meses y meses para otro nuevo capítulo, este fin de semana subiré capítulo tras capítulo para terminar la historia, si no termino esta semana, lo hare el fin de semana siguiente.

Gracias a todas por sus reviews, follows y favorites.