Disclaimer: Está demás decir que ningún personaje de Percy Jackson me pertenece. Sólo una historia para entretenimiento, sin fines de lucro.
Summary: -¿No deseabas recuperar el tiempo perdido? –le espetó Hera. –Si, pero esta vez ha ido demasiado lejos –reclamó Annabeth. -¡Pavorreal! –gritó entusiasmado Percy.
Advertencia: Spoilers Blood of Olympus.
MANUAL PARA UNAS NAVIDADES PERFECTAS
12) Olvide las diferencias, perdone las faltas y ¡disfrute la velada!
– ¡Annie, Annie, hombre-cabra!
– Se llama sátiro, Percy –contestó la rubia acariciando el cabello desordenado del pequeño, ignorando las miradas de quienes los rodeaban.
Los agudos gritillos del hijo de Poseidón hicieron eco en todo el lugar. Justo apenas cruzar las puertas, el más pequeño del grupo había salido disparado hacia el Olimpo. Poco importaron los llamados de un preocupado Will, o un Nico corriendo tras él, olvidando por completo su apatía por el lugar. Incluso Jason parecía preocupado porque el pequeño Jackson cayera por alguna ladera. El encanto del mar no tenía límites.
– Hola Señor Sátiro –exclamó Percy en un intento de sonar formal, poniendo sus manitas en sus espaldas, irguiéndose lo más que le fuera posible.
El Sátiro, delgaducho, con unos grandes cuernos y una cara salpicada de pecas se detuvo lentamente. Giró hacia el pequeño semidiós, repasándolo con una mirada de arriba abajo, con un gesto de hastío en el rostro.
– Nos hemos convertido en una guardería desde que los semidioses exigieron poder visitar a sus padres divinos –escupió, indignado –Increíble.
Apenas espetó su indignado comentario, se alejó, sin siquiera despedirse de Percy. El pequeño lo observó marcharse con un gesto de confusión en su rostro. Annabeth, preocupada por otro posible ataque de llanto, se acercó de inmediato con él.
– ¿Padres divinos? –preguntó Percy a la rubia.
– Percy, no lo escuches, algunas personas por aquí son algo…–¿detestables? Annabeth dejó inconclusa su respuesta.
– Mi mami dice que está divina cuando se pinta los labios. Annie, ¿aquí hay padres que se pintan los labios? –preguntó con inocencia Percy.
– Yo creo que Poseidón se vería increíble con un tono albaricoque… –saltó Leo, alcanzando a escuchar el comentario.
– El albaricoque es una fruta hermano –mustió Jason a su lado.
– Es un tono parecido al color de la fruta –resolvió Will, bajo la mirada de aprobación de Piper.
– Grace, necesitas abrir tu mente –devolvió Leo.
Jason rodó los ojos, soltando un suspiro.
– Bien chicos. Concéntrense. Sigamos el plan y...
– Pensé que el plan era un mito –corto Thalía a Annabeth.
– Buscar e interrogar a dioses suena a plan, ¿no es así? –añadió Frank, desde atrás del grupo.
– Debemos estar muy desesperados para considerar eso un plan –añadió resignado Jason.
– Si recordamos que el pequeño percebe casi termina con Nueva York sin ayuda de la señora loca de la Tierra, créeme Clark Kent, cualquier cosa es buena –resumió Leo, pasando de largo al grupo.
– ¿Señora loca de la Tierra? –repitió en un tono chillón Percy –¡Quiero conocerla!
– ¡Oh no! –lamentó Frank ocultando su rostro con sus manos.
– Hey, Percy, primero tenemos que buscar a unos amigos aquí, y luego ir a abrir los regalos –sugurió Will a su lado.
Percy lo pensó, mientras su mirada se perdía en el horizonte olímpico en donde el sátiro desaparecía.
– Quiero subirme al hombre-cabra –musitó con un puchero.
Thalía rodó los ojos.
– Oh, claro que te subirás al hombre-cabra... –dijo con falsa dulzura la cazadora –Yo te llevaré a que te subas.
Tomando al pequeño de la mano, comenzó a subir colina arriba hacia el Olimpo, con un Percy entusiasmado a su lado. El resto del grupo la observó partir, confuso.
– Ella no va a llevarlo con el sátiro, ¿cierto? –titubeó Hazel.
El resto negó lentamente.
– ¿Por qué no podemos simplemente terminar con esto? –se lamentó Frank.
– De igual forma, tus bolas ya están comprometidas –resolvió Leo.
– Leo, hay señoritas aquí –recriminó Jason, mientras observaba a una Hazel sonrojada.
– Creo que debemos darnos prisa –planteó Will, mirando sobre su hombro nerviosa por la colina donde Thalía y Percy desaparecieron.
El resto asintió, a regañadientes, agotados y cargando sus bolsas de compras a cuestas.
El Olimpo no parecía muy distinto que el resto del año. Aunque Annabeth supuso que allí arriba siempre sería primavera eterna, era extraño pasar de la gélida brisa invernal neoyorkina a unos cálidos 23 grados Celsius y una soleada pradera. Aunque esa pradera estuviese encuadrada por un cielo borrascoso, que le daban un tinte surrealista a la escena. Al parecer los dioses aún no descubrían la app para cambiar el fondo de pantalla del Olimpo. Suspiró mientras una gota de sudor resbalaba desde su frente. Allí arriba, sus gruesos abrigos eran un estorbo. Pero no lo serían al bajar de regreso. Esperando, claro, regresar con un Percy de la edad adecuada. Recordó la fría y húmeda cabaña de Poseidón esa mañana de Navidad en el campamento. En su interior, algo comenzó a hervir lentamente, cuando vino a su mente lo que aquel pequeño de 5 años tuvo que pasar despertando en ese crudo lugar mientras su padre divino se paseaba en bermudas –si es que si quiera le apetecía usarlas- por el Olimpo.
El burbujeo de su ira la llevó a avanzar a zancadas por el sendero. Algunos sátiros se cruzaban de vez en cuando por su camino y los observaban con poco interés. El grupo avanzaba con un espítiru apático. Algunos observaban curiosos el Olimpo –Will parecía nunca haber subido y tenía la misma expresión que en medio de una liquidación de Calvin Klain- mientras a su lado, Nico portaba una cara de hastío y había regresado a usar sus lentes de aviador. Con la temporal calma, parecía recordar que seguía odiando a la humanidad y aún más a los dioses, a excepción de Will y su temporal acogido Percy.
Titubeó al echar a un vistazo a Jason y Piper, caminar de la mano enfrascados en una íntima conversación. Mientras Annabeth se había visto obligada a acompañar a su novio al baño por miedo a que lo raptasen. Estúpido Percy y su capacidad de meterse en problemas. Debería existir alguna ley divina que impidiera a los semidioses meterse en problemas en fechas festivas. Aunque quizá siendo griegos, les pareciera ofensiva la Navidad. Tragó con dificultad saliva al imaginarse un Zeus furioso por celebrar el nacimiento de un falso dios judío.
Sagrados dioses.
El panteón griego comenzó a dibujarse en la lejanía. Un par de puntos en su plataforma debían ser Thalía y Percy. Apresuraron el paso para alcanzarlos antes de que la ausencia de instinto materno y paciencia en la cazadora arruinara la ocasión.
– Nunca imaginé que fuera tan grande.
– Solace son dioses –bufó Di Angelo, con un gesto de hastío en el rostro.
– Ahora imaginen el tamaño de sus inodoros –planteó Leo.
– Y el tamaño de que hacen ahí –añadió Frank con asco.
– ¡Frank!
– Solo imagina Hazel...
– Me negaré a besarte si continuas hablando sobre el tamaño de...
– La mierda de los dioses –resolvió impecable Leo.
– Seguro ni siquiera necesitan ir...
– ¡Pipes!
– No niegues que no te da curiosidad Jason.
– Podríamos preguntar, digo, ya que estamos por aquí –sugirió Leo.
– O podríamos cuestionarlos sobre quien devolvió a los cinco a Percy y usar ese tema de debate en la próxima junta de líderes de cabañas –zanjó Annabeth.
– Por algo es la hija de la sabiduría –anotó Frank.
– Se llama sentido común, pretor Zhang –añadió Solace, antes de que el grupo se detuviera ante el Panteón.
– Bien, antes de que siquiera se les ocurra girar sus cuellos en un ángulo imposible para ver la altura del Panteón...
– Demasiado tarde –abucheó Nico señalando a su novio, extendiendo su cuello y girando su cabeza hacia arriba.
Annabeth puso los ojos en blanco antes de continuar.
– Nada separarse del grupo, ni de mover cosas extrañas y no extrañas, nada de entrar en agujeros del tiempo o aceptar ofertas de desconocidos, ni mucho menos, de ofender a los dioses, ni cosas que exploten, se congelen o incendien. Y nada de chistes. Eso va para ti Valdez. No queremos resolver más problemas por hoy. Con éste es mas que suficien...
– ¡Aaaaaaanieeeeeeeeerrrrrrgg! –el grito de Percy se acercó desde la bruma de columnas –¡Un pony-palomaaaa!
El pequeño pasó girando sobre sus cabezas, apenas sosteniéndose del pelaje del pegaso. Annabeth sintió su estómago caer hasta el suelo al verle.
– ¡Thaliaaaaaa! –gritó Jason, encendiendo su piel en un imposible tono de rojo.
La cazadora salió detrás de una columna, en un intento de parecer inocente. Su hermano la fulminó con la mirada.
– ¿Ups? –soltó Thalía, sabiéndose en un problema.
– Al menos alguien parece pasársela bien –comentó Leo.
Jason corrió antes de saltar y elevarse con corrientes de aire, en un intento de seguir el paso del pegaso. El grupo siguió a Jason entre las columnas hasta llegar al concilio de los dioses. Para su mala -o buena - fortuna, el lugar se encontraba más que vacío, lo suficiente para que Jason maniobrara tras Percy. El pequeño semidiós insistía en volar en zigzag entre los enormes tronos, soltando carcajadas como si estuviese jugando en un columpio y no a más de 9 metros de altura sobre una criatura mitológica. Típico de Percy. Los gritos ahogados de Piper y Hazel al ver maniobrar al pequeño pegaso cerca de la hoguera central, rebotaban en todo el lugar.
Si, Percy sabía cómo entretener a las chicas.
Justo cuando el hijo de Júpiter estaba por tocar la cola del pegaso, en una imposible maniobra aérea, un destello de luz apareció frente a ellos, llevando a colapsar a Jason de frente con lo que estaba por emerger del destello.
Apenas conteniendo la caída, Jason se detuvo a metros del suelo para caer boca abajo en un sordo golpe. Otro golpe lo asaltó por la espalda cuando un hombre cayó sobre él apenas cuando el semidiós recobraba el aliento.
– ¿Acaso también tengo que poner una torre de control en el Olimpo? –gruñó Hermes, tomando su caduceo.
– Con que se fije donde aterriza –murmuró Jason.
Hermes se congeló de golpe. De pronto, parecío detectar al grupo de semidioses que se encontraban a su espalda. Un gran grupo de semidioses.
– ¿Y ustedes que hacen aquí? –lanzó con mal humor el mensajero de los dioses.
– Algo así nos preguntábamos nosotros –resolvió Leo.
– ¿No saben que están haciendo aquí? –insistió Hermes, incorporándose.
– Para serte honestos, no –respondió Thalía.
Hermes los analizó un momento.
– ¿No deberían estar en su campamento, abriendo regalos y adulando de sus nuevos iPhones? –inquirió el dios.
El grupo lo observó negando lentamente. Frank se aclaró la garganta.
– Señor, no usamos tecnología.
Hermes asintió, como si fuese lo más obvio del mundo.
– Claro, su problemita con los monstruos.
– ¿Problemita? –soltó Piper, incrédula.
– Pequeño detalle –saltó Leo.
El dios puso los ojos en blanco, como si escuchara la misma historia todos los días. Quizá la escuchaba cada siglo. Escudriño el grupo, y su rostro se desencajó, como si observara un rompecabezas sin resolver.
– ¿No falta uno de...
– ¡Aaaaaaaaaaaaanie! –gritó Percy desde su pegaso, aterrizando limpiamente en el centro del concilio. El pequeño soltó una dulce carcajada, antes de bajar del pegaso. Se detuvo frente a la criatura, murmurando algunas cosas, como si fuesen un par de viejos amigos contándose secretos. El pegaso soltó unos bufidos, como alguna especie de carcajada equina, y se alejó unos metros antes de emprender el vuelo y perderse en la columnata infinita del Panteón. Percy lo observó alejarse, inmóvil, como una especie de despedida de honor para un viejo compañero de guerra, con un gesto de veneración en su postura, algo sumamente extraño en un niño de cinco años. El grupo observó la escena en un silencio roto unos segundos después, por el dios mensajero.
– Ese no es mío –se defendió el dios mensajero llevando sus manos al aire, ante la presencia de un pequeño semidiós.
– Claro que no es suyo –bufó Thalía, tras Hermes. El dios mensajero la escudriñó lentamente, como si recordara cierta relación entre la cazadora y alguno de sus centenares de hijos.
– Entonces, ¿de quién es hijo ese pequeño demonio? –inquirió el dios, caminando lentamente hacia Percy. Rodeando al pequeño semidiós, observándole, su rostro permaneció impasible unos momentos antes de que sus ojos se abrieran como platos– Oh,¡Ese viejo percebe es un semental!
– Oh claro que no... –intentó explicar Annabeth.
– Espera a que Zeus se entere y...
– Soy Percy –resolvió el pequeño extendiendo formalmente su manita –Y usted debe ser el hombre paloma. ¿El pony es suyo?
El semblante de Hermes de se descompuso.
– Esto es una broma, ¿Cierto?
Los semidioses negaron.
– Oh mier...
Las manos de Will alcanzaron oportunamente las orejas de Percy antes de que el dios terminara de usar todas las maldiciones que conocía. El hijo de Poseidón observó, sordo y con una enorme sonrisa de satisfacción, al dios mensajero hacer todo tipo de gestos de sorpresa, mientras su rostro se tornaba en distintos colores, desde un intenso rojo hasta un amarillo pálido. Al parecer, esa mañana todas las personas se emocionaban por conocerlo.
– ...y no pueden meterse en problemas cada que tienen oportunidad. –terminó de vociferar Hermes.
– Créame Señor, tampoco era nuestra intención –expuso Frank.
– Claro que nunca es su intención –bufó Hermes.
– Entonces, ¿no tenía ni idea de esto? –inquirió Jason.
– ¡Claro que no! Por Zeus, es Navidad –chilló Hermes, palideciendo de nuevo.
– Pensé que los dioses griegos no celebraban festividades judío-cristianas –comentó Piper.
Hermes la observó con el rostro desencajado.
– Saturnalia, niña. Esos judíos robaron la idea para ganarse creyentes –prosiguió, caminando frente a ellos tal cual profesor de Historia– ¿Sabes la cantidad de regalos que los humanos envían hoy? Como si no tuvieran el resto del año para hacerlo. Pero, ¡claro!, solo recuerdan cada 365 días que existe una pequeña ancianita que es su abuela al otro lado del país y que tienen años sin visitar –murmuró fastidiado Hermes.
El semblante de Frank palideció frente a la referencia.
– De acuerdo, si usted no tiene nada que ver en todo esto, ¿cuál era el dios tras el que vamos? –cuestionó Jason.
Annabeth ignoró el comentario.
– Percy, ¿qué te ha dicho el pegaso?
– ¿Pony?
– Pegaso
– Pony
– Pegaso
– Pony paloma.
La rubia bufó.
– ¿Por qué es tan importante la conversación entre un niño y una cría de pegaso? –preguntó Jason.
– Nunca subestimes los conocimientos equinos –sugirió Leo.
Annabeth ignoró el comentario del hijo de Hefesto:
– Jason, ¿cuántos niños de su edad conoces que puedan hablar con pegasos?
– Pony paloma.
Annabeth puso los ojos en blanco.
– Y peces –añadió Percy –aunque mamá dice que es por el azúcar.
Los rubios soltaron un largo suspiro.
– ¿Entonces conoces a Nemo? –saltó Leo.
– Valdez, ahora no –rogó Will, cubriendo su rostro con su mano.
– No más azúcar para Percy –intervino Piper.
– Ni para Leo.
– No seas aguafiestas Frank –cortó Leo.
– Ustedes divagan demasiado. En milenios nunca había conocido semidioses tan problemáticos como ustedes y tan…bajitos –lanzó Hermes a Leo– Y yo aún tengo muchas cosas por hacer. Que disfruten sus fiestas y, por favor, arreglen su problemita ¡Feliz Navidaaa…
– ¡Espere! –lanzó Annabeth, pero el dios viajero se desvaneció en un agudo destello dorado.
– ¡Wooooow! –rugió Percy, en medio del impávido grupo –¿Puedo hacer eso Annie?
– Si me dices que te ha dicho el pegaso quizá yo podría enseñarte…
– Dijo que su señor lo llamaba –lanzó inmediatamente Percy, posando sus manitas en su espalda, mientras se balanceaba sobre sus pies –¿Ya puedo brillar? ¡Quiero brillar! ¿Si Annie? Porfa…
– El niño quiere brillar –bufó el hijo de Hefesto –demasiado tiempo con Solace y Di Angelo.
– Ya basta Valdez –rugió Nico tras él, emitiendo tenues sombras a su alrededor.
– ¿Su …señor? –pronunció lentamente Jason.
– ¿Su Señor? –repitió Piper, procesando la idea.
– Su Señor –afirmó Thalía.
– Su, ¿Señor? –preguntó Solace.
– Si, su señor hermano –afirmó Leo.
– Oh, por Hades, ¿pueden parar de repetir eso? –cortó Nico.
– ¿Su Señor? –insistió Frank, ganándose la mirada fulminante del niño tinieblas. –Solo quería estar en onda –murmuró por debajo.
– A los pony paloma no le gustan los pavorreales. –concluyó Percy como si fuera lo más lógico del mundo.
El rostro de Jason palideció, a la par de que los ojos de Annabeth se entrecerraban. Los rubios intercambiaron una mirada que parecía explicar todo, mientras que Jason asimilaba con un trago de saliva forzado, la idea de Annabeth, la hija de Atenea parecía premiarse mentalmente por su agudizada sabiduría.
Bingo.
– ¿Bingo? –inquirió el pretor romano, presintiendo que sus amigos tenían la solución en la punta de la lengua, aunque aún no comprendía que tenía que ver el dorado con el pavorreal, la Navidad y los ponys. Quizá era una especie de adivinanza.
Joder, Frank ya estaba harto.
– ¿Alguien puede explicarme a que jugamos? – Gruñó Thalía.
– A sacar la pata de Percy desde el fondo de la mier…
– ¡Leo! –reprendió Piper.
– Deja al chico explicarse, mon chéri –siseó una voz desde el fondo de la columnata.
Annabeth sintió su sangre burbujear desde su interior, y como comenzaba a palpitarle la cabeza cada vez que su corazón latía. El resto guardó silencio, entre la sorpresa y la indignación.
– Semidioses –siseó Hera como si nombrara a la cosa más repugnante que hubiese visto. Tras su fina figura, un enorme pavorreal colorido le seguía –Siempre buscándose problemas, ¿no es así?
– No creo que Percy se los buscara cuando le borraron la memoria –lanzó ácidamente Thalía, provocando palidecer a Jason.
– Los hermanos Grace, es un gusto verlos juntos –mencionó con falso gusto la diosa.
– Yo no recuerdo donde está mi mami –musitó con timidez, desde la primera vez que lo encontraron así, Percy. Protegido bajo los brazos de Annabeth, y con su mirada perdida en el suelo, estático, parecía tan frágil; mientras el resto parecía digerir la idea completa.
– Tengo que admitir que es irresistiblemente adorable –comentó Hera, suspirando.
Annabeth tomó con fuerza a Percy, intentando dominar inútilmente su ira.
– No me parece adorable hacerle esto a Percy –gruñó Annabeth –no justo después de haberle salvado el trasero al Olimpo.
El grupo entero giró hacía la rubia, ahora encendida en fuego.
– Annabeth no creo que…
– No es tu asunto Grace –cortó ella.
– ¿No deseabas recuperar el tiempo perdido? –le espetó Hera.
– Si, pero esta vez ha ido demasiado lejos –reclamó Annabeth.
– ¡Pavorreal! –gritó entusiasmado Percy.
Hera embozó una sonrisa, satisfecha.
– Quizá es el mejor punto de su vida, justo antes de perder el buen gusto…
– ¡Quiero subirme al pavorreal! –alegó Percy tirando a jirones la blusa de Annabeth.
– ¿Acaso disfruta de la amnesia de los semidioses? –le bufó la rubia.
La diosa solto una carcajada melódica, mientras rodeaba al grupo con su mascota de cerca.
– Hijos de la sabiduría, adelantando conclusiones siempre –recitó para sí –Aunque por ésta vez y, admito que ha sido sumamente placentero para mí, pero, no fue mi idea.
Los semidioses le lanzaron miradas incrédulas.
– A menos que seamos tan estúpidos como para pedirlo, dudo que alguien disfrute con eso –gruño Thalía señalando a Percy.
– Oh no, querida, no retes a la estupidez humana. Pero si insisten en saber, solo respondí una solicitud…
– ¿Quién demonios…
Hera cortó a Jason tajantemente al levantar su brazo a señalar al pequeño que acariciaba el pavorreal, sepultando todas las quejas de los semidioses en un largo silencio.
– ¿Quién sería tan estúpido como para pedir regresar al parvulario? –gruño Leo
– Tienes siestas y no hay deberes –lanzó Frank.
Hazel alzó una ceja, incrédula.
– Al parecer Percy Jackson –sugirió la diosa, señalando al pequeño que hurgaba insistentemente su nariz con su dedo índice.
– No quiero volver a tomarle la mano –murmuró Thalía.
– Si me lo permiten, puedo mostrarles exactamente…
– Oh no, suficiente fue verlo ebrio ayer por la noche, créame que…
– Insisto, hijo de Hefesto.
Leo palideció al ser referido por la reina de los dioses.
Annabeth apretó la mandíbula en cuanto la nube de humo se concentró sobre sus cabezas, centellando como una pequeña tormenta eléctrica. La neblina se solidificó hasta ser una bola de cristal de alta definición. Reconoció el comedor del campamento, atiborrado de semidioses y mesas llenas de comida. Apenas pudo notar que la noche anterior había tantos campistas que incluso caminar entre ellos resultaba peligroso.
El tintineo de una copa apenas se hizo notar entre el bullicio navideño. Un Percy Jackson, tambaleante y fuera de sí subió a la mesa de Poseidón. Portaba sobre sus jeans unos calzoncillos minúsculos de esqueletos que evidentemente no eran de su talla.
– Ay no… –se lamentó Annabeth.
– Tienes que admitir que esos calzoncillos resaltan bien sus atributos Annie –soltó burlesca Thalía, sonrojando a su amiga.
– Thalía –reprendió Jason.
En la pantalla nebulosa del pasado, Percy volvió a hacer sonar su copa con tanta fuerza que terminó rompiéndola. Soltó una carcajada torpe, como si ver la copa destruida fuese lo más divertido que hubiera presenciado en mucho tiempo.
– Chicos –vociferó Percy al resto del comedor lanzando la copa rota hacia su espalda –Chicos y chicas –balbuceó con una torpe sonrisa coqueta –Bella dama –agregó más alto, dirigiendo su vista a donde una muy avergonzada Annabeth se encontraba –hombres caballo y dioses expulsados del Olimpo presentes – finiquitó dirigiéndose a Dionisio.
El aludido no paraba de reír. Al parecer le encantaba tener bajo los efectos del vino a su semidiós menos preferido. El resto del campamento solo soltaba carcajadas mientras señalaba al hijo de Poseidón y sus peculiares calzoncillos.
– Quería aprovechar esta noble y no tan honrosa ocasión para…–hizo una pausa como si olvidase lo que diría –para recordar. Si, recordar, recordar, suena curioso recordar. ¿Qué iba a recordar? ¡Cierto! Que hemos salvado muchos traseros Olímpicos este año…
– Así se habla hermano –hizo eco dentro del recuerdo el grito de un Leo muy entusiasmado.
Mientras tanto, el Leo del presente intentó ocultarse detrás de la figura de Frank cuando Hera le observó con recelo.
– …y agradecer que mi trasero continua intacto –acentuó el semidiós, girando sobre la mesa y golpeando su propio trasero repetidamente ante las carcajadas generales –gracias por este año sobreviviendo a las guarradas olímpicas que cada año nos jode con…
El rostro de Percy se estrelló en directo contra la mesa. Tras él, Annabeth sujetaba un lazo bastante tenso que envolvía el cuerpo del semidiós. Un Quirón con un gesto de satisfacción observaba desde lejos la escena.
– Hey, nena –saludo Percy.
– Hora de dormir Perseus Jackson –sentenció la rubia.
– ¿Qué tal si primero me das un poco de amor…? –la pregunta fue cortada de golpe cuando Annabeth torció en una posición inhumana el brazo de su novio.
Una Annabeth profundamente sonrojada bufó.
– No veo en qué punto Percy exigió…
Hera levantó una mano, acallando a la hija de Atenea un momento. La pantalla nebulosa se torno turbia unos segundos antes de continuar con el recuerdo. El recuerdo se sitió fuera de la cabaña 3.
La noche era bastante oscura y fría. Una silueta oscura arrastraba un bulto realmente pesado que parecía poner poco de su parte para avanzar. La silueta reveló su rostro cuando aparto el gorro que cubría su cabeza. Annabeth lucía sonrojada por el esfuerzo –y quizá un tanto más por la rabia y vergüenza de arrastrar a su novio fuera del espectáculo navideño que estaba dando-, tirándose al suelo a tomar un respiro. Percy se dejó caer junto a ella, balbuceando por lo bajo cariñosamente, buscando contacto con la rubia.
– Fue suficiente Jackson –sentenció lo suficientemente alto para que el aludido se detuviera.
– Un poco de diversión listilla –ronroneó Percy.
– Cuando estés fuera de los efectos de Dionisio hablamos de ello –lanzó Annabeth.
Percy dibujó una mueca de exagerada tristeza.
– Oh no, esa mirada no funcionará ésta vez –le rugió.
Percy bufó un "aguafiestas" tan claro que provocó que Annabeth se levantara nuevamente.
–A dormir Jackson –ordenó –y no quiero nada de fugas nocturnas o Capitán Calzoncillos ésta vez.
– Así que Percy se fue sin cenar esa noche –murmuró divertido Leo.
Hazel le lanzó una mirada de desaprobación.
Percy se irguió gruñendo entre dientes en un griego mal gesticulado que parecía más el bufido de un cíclope que un diálogo civilizado. Tambaleó hasta la entrada de la cabaña 3, y se despidió de una muy moleta Annabeth con un casto beso y un torpe abrazo.
– Feliz Navidad listilla –balbuceó el semidiós.
– Deséamela cuando al menos puedas mantenerte en pie –le gruño la rubia.
Percy asintió y desapareció detrás de la puerta de su cabaña. Annabeth se quedó plantada allí unos minutos más con una sonrisa melancólica en su rostro.
– Feliz Navidad, sesos de alga –murmuró, antes de dar media vuelta y perderse en el recuerdo.
– Aw Annie, con que hay un poco de dulzura debajo de toda esa piel de leona –le codeo Thalía.
Annabeth bufó, sonrojada.
– Un momento –dirigió a Hera –Ahí no hay nada de Percy pidiendo volver a los cinco –reclamó la rubia.
Hera soltó una melodiosa carcajada, cargada de satisfacción.
– Oh, lo sé, sólo me pareció muy divertido recordar esa parte –simplificó la diosa.
Los ojos de Thalía se entrecerraron sobre la diosa con un gesto cargado de fastidio.
– ¿Podríamos ir al grano? –sugirió.
Hera gruño ante el comentario y agitó su mano. La nube-pantalla sobre ellos mostró algunas escenas mezcladas de esa noche en cámara rápida. Un par de besos de Nico y Will, Frank ahogándose con un trozo de jabalí, algunos semidioses bailando junto a la hoguera, Quirón discutiendo con Reyna, Leo lanzando una dotación gigante de fuegos artificiales, Piper cantando villancicos con una voz angelical y Jason lanzándole comida a su hermana.
Las escenas giraron turbulentas hasta aclararse en una escena nocturna. Unas cuantas hogueras casi extintas iluminaban el recinto con apenas la luz suficiente para identificar el rostro de Percy. Y si la luz no fuera suficiente, su andar errante lo hubiese delatado de cualquier manera. Tumbó un par de hogueras ceremoniales en el camino antes de llegar a la estatua de Hera. Colocó unos calzoncillos de calaveras sobre el pavorreal que complementaba la estatua y subió hasta la cabeza de la diosa. En contra de todo pronóstico, sostuvo su propio peso mientras trepó hasta alcanzar el rostro y se mantuvo unos segundos ahí hasta que logró sacar su rotulador de su bolsa trasera.
Comenzó con una ardua tarea de añadir una decoración poco favorecedora a la estatua de la reina del Olimpo mientras soltaba unas carcajadas bobas. Luego de unos minutos de torpe trabajo, se dirigió de nuevo hacia abajo para contemplar su creación. La reina de los dioses lucía un rostro que poco le favorecía, y la hacía verse más cercana a una Medusa en sus peores días que a la honorable esposa de Zeus.
El semidiós soltó una sonora y larga carcajada que le provocó ruidosos espasmos. Cuando recuperó su aliento su rostro se endureció y clavo una mirada fría en la estatua de la diosa. Su semblante cambió a ese rostro bravo y duro que solo dibujaba bajo una situación de extremo peligro.
Todos conocían la expresión de "estoy a punto de patearle el trasero a un titán" que lo hacía ver más adulto y decidido. Podrían asegurar que su siguiente paso sería desplegar Contracorriente y asestar un duro golpe a la estatua. Pero, en contra de todo pronóstico de los semidioses presentes, una lágrima cruzó el rostro del héroe del Olimpo. El silenció dominó al grupo de jóvenes semidioses. Observar a un Percy mostrándose roto no les era cotidiano. Mientras tanto, en la pantalla y con la poca luz dentro de la cabaña honorifica a Hera, el hijo de Poseidón se rompía en un llanto silencioso. Inmóvil. Apenas perceptible. Si Percy estuvo allí cinco minutos o tres horas, no lo sabían.
Parecía haberse petrificado.
Rompiendo la escena, Percy murmuró. Primero eran algunas frases ininteligibles en griego. Luego elevó la voz en un unas cuantas frases más. Duras, entre dientes. Enfadadas. Tristes.
– …por todas las tardes que mi madre lloró por mi ausencia –recitó –y día tras día, que Annabeth buscó por mí sin respuesta. Todo el dolor que provocó, todo el daño que nos hizo. Pasé meses perdido sin saber quién era, sin saber porque soñaba con una chica rubia cada noche. Sin un techo, sin comida, sin dormir un par de horas en completa calma. Solo para terminar en un campamento donde era el humillado hijo de Neptuno –agregó. Hizo una pausa, bajando la mirada a su bolígrafo –solo para ser nuevamente carne de cañón para los dioses. Para un puñado de dioses que solo recuerdan a sus hijos cuando necesitan ayuda.
Percy cerró sus manos en puños, liberando su rabia.
– ¡Por un Poseidón que ni siquiera pudo moverse para salvar a su propio hijo de los puños de su padrastro! –gruño con rabia a la estatua.
Del otro lado del recuerdo, el grupo de semidioses se congeló. Algunos bajaron la mirada, compartiendo la rabia de su amigo. Annabeth sostuvo la vista en el recuerdo, con la mirada cristalina y sin ocultar la rabia e impotencia que sentía.
– Cada noche que mi madre le lloró a un dios egoísta que nunca volvió –murmuró con la voz quebrada –cada idiota que soportó solo para que yo no creciera sin un padre. Cada día que sufrimos desde el momento en que Poseidón llegó a nuestras vidas. – rugió – ¡Exijo que nos devuelvan cada día que nos arrebataron para ser sus peones!
El grito rabioso de Percy Jackson se perdió en el eco del Olimpo.
Un fúnebre silencio se instaló entre el grupo.
– Y entonces, yo solo respondí –finalizó Hera como si fuese la cosa más natural del mundo.
– ¿Qué fue exactamente lo que respondiste? –una potente y profunda voz rugió detrás de ella. El grupo volvió la vista a las espaldas de Hera y su multicolor pavorreal.
Un muy enfadado Poseidón arribó al Olimpo.
Lo sé.
No tengo perdón.
Pero es Navidad, ¿o no?
Vale. Solo quiero decir que me alegra estar de vuelta. Este capítulo estuvo allí por meses, solo necesitaba un par de páginas para cerrarlo y subirlo. Está demás mencionar las razones por las cuales no he actualizado –algo de perderme a mi misma y otras nimiedades de volverte un adulto responsable (?)- así que, espero que disfruten la actualización.
No crean que olvido al Capitán Calzoncillos y el desenlace de esta historia navideña.
Gracias, infinitas gracias a todos los que siguieron enviando sus reviews e incluso mensajes personales. Son un amor.
¡Hasta la próxima chicos!
Bethap
