VERDADES QUE AFRONTAR

Chantaje.

Un burdo y vil chantaje.

Rastrero…

Un descarado chantaje emocional.

Por los niños, dice… ¡JA!

¿Quién se habrá creído?

El rey, por supuesto. Y como es el rey, yo —pobre súbdita honrada por Su Serenísima Gracia— debo acatar su voluntad y casarme. Por el bien de los niños… Por el bien del reino… ¡Sandeces!

¿Pero cómo se atreve a utilizar a los niños? ¿Cómo se atreve a usarlos en mi contra?

Ya llevaba un rato así… En sus aposentos privados, Shirayuki avienta su disgusto y su enojo yendo de un lado a otro de la estancia. Sus pies trazan un caminito incesante sobre la alfombra mientras masculla entre dientes las réplicas que no pudo decirle delante de sus hijos. De los de ella y los de él…

¡Delante de los niños! —Shirayuki suelta otro resoplido exasperado—. ¡Delante de los pobres niños! ¿Qué esperaba? ¿Que me echara a llorar como una viuda desconsolada y le diera las gracias por convertirnos en una familia de nuevo? Pues entérate bien, Izana Wistalia… Ya somos una familia. Seguimos siendo una familia, aunque rota y maltrecha, pero una familia al fin y al cabo. Así que no hace falta que me chantajees con basura emocional. Porque si no, porque si no… —ella mueve los brazos, adelante y atrás, como decidiendo todavía si convertirlos en puños de pelea o quizás usarlos como medio de estrangulación. El caso es que al final, se lleva las manos a las mejillas, abre la boca y un "¡Aggh!" de irritado enojo le raspa la garganta al salir.

Una figura la observa, de pie y apoyada contra una mesa. Tiene los brazos cruzados y sus ojos la siguen en silencio.

—Shirayuki… —le dice cuando considera que el ciclo de refunfuños ha llegado a su límite y ha vuelto a empezar—. Shirayuki… —repite, alzando un poco más la voz… Ella por fin reacciona, detiene sus pasos y se la queda mirando.

—¿Kiki? —pregunta extrañada—. ¿Cuándo entraste?

—Oigo tu cabeza gritar desde aquí —dice ella, con su habitual tranquilidad—. ¿Qué ocurre?

Shirayuki vuelve a alzar las manos, esta vez al cielo, como pidiendo paciencia. Luego, baja los brazos, inspira con fuerza y exhala muy lentamente. Y se lo cuenta todo. Absolutamente todo.

Ella le deja hablar, escuchándola sin intervenir, ladeando la cabeza de tanto en tanto y prestando mucha atención, y para cuando finalmente termina Shirayuki su relato, esta se aprieta las manos, los brazos tensos de nuevo, renovado su enojo contra la desfachatez del rey de Clarines. Pero la única reacción de Kiki son dos parpadeos de más. A destiempo, uno tras otro…

—¿Y tú crees que es verdad? —pregunta por fin Kiki, rompiendo el silencio—. Quiero decir, puede que comenzara así, pero… —y deja la frase incompleta.

—Kiki, yo ya no sé qué pensar… —responde Shirayuki, dejando caer los hombros.

—Es cierto que Su Majestad siempre lleva esa máscara de cinismo, no te lo discuto, pero tú lo has visto con sus hijos —Shirayuki asiente. Se refiere a los famosos desayunos en familia—. Has visto cómo ha cambiado su trato con ellos. ¿Crees que lo ha fingido todo?

—No… —suspira ella, vencida y sentándose sobre esa cama enorme y solitaria—. Me atrevería a asegurar que es sincero con los niños. Su expresión se suaviza cuando está con ellos —sacude la cabeza—. ¿Pero qué me dices de la tremenda idiotez con la que se ha obstinado ahora? ¡Casarme con él! ¡Yo! —y alza las palmas para reforzar su incredulidad—. Definitivamente, ha perdido la cabeza.

—Shirayuki… —le dice Kiki.

—Las fiebres debieron freírle el cerebro…

—Shirayuki… —repite Kiki, con paciencia.

—¿Eh?

—Él tiene razón —declara Kiki.

—¿Qué? —pregunta Shirayuki. La boca y los ojos abiertos, pasmados de asombro. Seguramente no entendió bien…

—Tú eres la mejor candidata —afirma Kiki—. Tú serías mejor reina que cualquiera de las damas que le babean en los zapatos.

—Por favor, Kiki, no puedes estar hablando en serio —replica ella, negando con la cabeza.

Su amiga se encoge de hombros, con esa indiferencia tan suya.

—Es una estupidez —casi gritó Shirayuki. Se levantó de la cama y continuó su caminar nervioso sobre la alfombra—. No quiero ser reina. No quiero casarme… —cruzó la habitación hasta situarse frente a Kiki—. ¿Te olvidas de Haki? Por los dioses, ¿te olvidas de Zen? —y su voz se quebró al decir su nombre en voz alta.

—No, Shirayuki —le respondió ella, con la voz más suave—. No me olvido. Y nunca podré hacerlo. Pero…

—¿Pero qué? —demanda Shirayuki.

—Debes reconocer los beneficios de tal enlace —Shirayuki puso los ojos en blanco y lanzó otro suspiro irritado—. Tus hijos tendrían un padre, los suyos una madre. Bien saben los dioses que nunca serían como Haki y Zen, pero son niños… —Shirayuki estaba negando con la cabeza con vehemencia—. De pasarme algo a mí, yo no querría que mis hijos se criaran solos…

—No están solos, Kiki… —replica ella.

—Sabes que no es eso lo que quiero decir… —y vuelve a usar con ella ese tono suave y paciente.

—¡Pero… —objeta ella.

—Además —le interrumpe Kiki—, él no te está prometiendo amor. Es un acuerdo práctico… Y tú ya has vivido un matrimonio por amor… Así que quizás ahora debas considerar otras cuestiones…

—¿Qué quieres decir, Kiki? —echa la cabeza hacia atrás y exhala otro suspiro—. Por los dioses, juro que no te entiendo… ¿Cómo es que tú, precisamente tú, me estás diciendo esto?

—Son dos familias, rotas, Shirayuki… Si algo le pasara a alguno de ustedes, sus niños quedarían solos.

—Izana jamás abandonaría a sus sobrinos… —afirma ella, convencida.

—Pero si le pasara algo a él, la corte te robaría a Kain y a Armin… —Shirayuki torció el gesto. El mero pensamiento se sintió como un dolor físico, justo allí, como un hueco abierto en medio del pecho.

—Los apartarían de mi lado… —susurró casi sin voz.

—Sí… —dijo tan solo.

—Pero no puedo, Kiki… Yo… —su ceño y sus labios se fruncen, dibujando en su rostro las marcas del dolor y de la pérdida de su otra mitad.

—Shirayuki… —le dice Kiki, bajando el tono de su voz de nuevo, como el de una madre que quiere hacerse entender por un hijo obstinado y herido—. Nadie te está obligando a nada. Pero quiero que entiendas una cosa. ¿Me escuchas? —la cabeza cae sobre su pecho y el pelo le oculta el rostro, pero asiente a su pregunta—. Tú vives. Estás viva y tienes que vivir. Zen no querría que tu vida solo fuera el trabajo y los niños. Sabes que es cierto… —Shirayuki se lleva las manos a la cara y un sollozo se escapa entre sus dedos—. Sabes que él querría que vivieras de verdad. Que tu corazón se emocionara con nuevos desafíos y aventuras —Kiki se acerca y con sus manos le retira las suyas y le obliga a alzar la mirada—. Zen querría que amaras de nuevo…

—No, no, no —niega ella, apartándose de Kiki—. No me puedes estar diciendo eso…

—Shirayuki…

—Yo, yo no puedo… —la voz le tiembla, y Kiki sabe que está cerca de su límite.

—Shirayuki, nadie te exige que tenga ser hoy.

—¡Pero yo no amo a Izana! —le grita Shirayuki a la habitación.

—No te estoy diciendo que te cases con él —dice Kiki—. No tiene que ser él…

—Pero… —dice Shirayuki, con la respiración agitada.

—Ni que olvides a Zen —concluye su amiga—. Nunca te diría eso...

—Kiki, por favor… —la voz le va fallando, más y más…

—Los niños crecerán —declara Kiki—. Y se marcharán.

—Me darán nietos —replica Shirayuki.

—Y mientras, tu cama y tu corazón seguirán vacíos… —Kiki lo vio. De nuevo, el gesto atormentado deformando sus facciones. Y la mirada furtiva y culpable al lecho que compartió con Zen.

—No… —acertó a decir—. Kiki, por favor…

—La soledad no te abriga en las noches de invierno… —le dijo ella, sabiendo que estaba a punto de romperse—. Un compañero, Shirayuki… Alguien con quien compartir tus inquietudes y tus alegrías.

—Les tengo a ustedes —Kiki asintió.

—Y nos tendrás siempre… Pero sabes bien a lo que me refiero… —y con la mano en el pomo de la puerta, añadió—. Solo te digo que vivas, Shirayuki. Por tus hijos, por Zen, pero sobre todo, vive por ti…

Para entonces, Shirayuki se había dejado caer sobre la cama, y ya no hacía nada por ocultar sus lágrimas.