XXIX

Madame Baccarout, perdida en la profundidad de sus propios laberintos oníricos, reposaba sobre la almohada aún sin saber la cita que le esperaría a la madrugada. El castillo entero navegaba por mares de sueño y fantasía, en una somnolienta lobreguez nocturna sin imaginar que su directora sería requerida a una reunión de dudosa gestión muy lejos de los límites de la escuela. Y aún así, luego de haberse efectuado, jamás llegaría a imaginárselo.

Lejos todavía de las intrigas que germinaban los artífices del poder, con varias horas antecediendo un futuro todavía incierto, los durmientes permanecían bajo la ignorancia de un placentero letargo.

Hacía una noche tempestuosa y oscura; densas nubes cubrían el cielo, velando la claridad de las estrella e impidiendo el fulgor de la luna, que no tenía permitida brillar, y difícilmente lo conseguiría.

El aguacero había cesado. De vez en cuando, el resplandor de un relámpago que brillaba en el horizonte, se distinguía sobre el espesor de la negrura, dibujándose blanco y solitario hasta apagarse y volver a entrar en la oscuridad. La tierra despedía olor a mojado y la brisa acarreaba matices de humedad. La Academia Beauxbatons y sus residentes se enfilaron a sus habitaciones a recibir el abrazo de Morfeo y descansar luego de la algarabía que había significado la Ceremonia de elección, y sus particulares elegidos.

A medida que ambos Slytherin transitaban la galería de Destreza del cuarto piso, de camino a sus dormitorios, bajo el refusilo mudo de los últimos relámpagos de la tormenta, se dibujaban sobre ellos las sombras de las bestias disecadas que adornaban el corredor. Lobos, venados, osos y otros animales amenazaban con sus fauces, garras y cornamentas petrificadas por la eternidad. Magos aventureros y guerreros exhibían sus armas de Medioevo con osadía y vanidad en las pinturas de los muros, mientras perseguían con la vista el rastro que iban dejando los dos transeúntes de Hogwarts. Las armaduras producían un metálico rechino al girar sus yelmos.

La tenue luminaria riñendo sin ventaja ante la oscuridad, era cómplice y la vez rehén de un ambiente espeluznante y sórdido. Los salones, claustros y galerías del castillo, parecían infinitamente más misteriosos cuando surgían las tinieblas. Y las galerías de la École de Competence, no eran precisamente las más transitables por la noche

Albus Potter accediendo a ocupar la cama de Alexander y compartir habitación con Scamander, escuchó hasta los últimos balbuceos de un semidormido Lorcan que no había parado de parlotear desde que habían despedido a su amigo Nott en el Réfectoire.

Espero paciente y calmado hasta constatar luego de unos minutos que Lorcan yacía profundamente dormido y se quedó inmóvil, pensando unos momentos en su amigo Alexander Nott, en su compañero de cuarto Marcus Douvres, en la favorita de Beuxbatons, Atenea; en el campeón de Durmstrang, Ares…

Mientras todos deambulaban en el reino de los sueños, Albus Severus Potter se removía inquieto entre las sábanas sin poder unirse al descanso.

El desvelarse nunca había sido una práctica en su vida. Incluso durante sus vacaciones en la Madriguera, en las que en compañía de un ejército de primos, las fronteras entre día y noche no estaban claras, su reloj del sueño, siempre funcionaba a horario. Supuso que dormir siempre le había sido fácil, al no tener serias complicaciones, grandes problemas que resolver o alguno de esos divagues existenciales que atacan por la noche.

Suspiró de cansancio.

Para Albus, la jornada aún no terminaba y la elección del Campeón de Hogwarts, había contribuido en él a cavilar sobre la toma de una decisión. Sus tribulaciones, lo tenían despierto. Los encapuchados del bosque, en sus capas escarlatas, se le aparecían una y otra vez en una interminable sucesión de imágenes que evocaban lo que había vivido durante el día: el misterioso arribo de su carta de invitación, el páramo en el bosque, la identidad secreta de los ocupantes de la cabaña, sus objetivos, el alcance de sus influencias, su deseo de hacerlo partícipe y por sobre todo, el uso que podía significar esto a sus propósitos.

Hubo un silencio en su mente, durante el cual el tic tac de un monumental reloj de bronce sobre la chimenea de mármol resonó como salva de cañonazos. En ese instante, sus sonámbulas divagaciones dejaron de volatilizarse y lo empujaron a recordar el inicio de todo: La cacería del ciervo de cornamenta colorada.

El momento en el que todo había iniciado.

Miró a su costado y constató que Lorcan dormía pesadamente, salió de entre las sábanas, sorprendido por el frío, alcanzó su ropa que había quedado desordenada a los pies de la cama y comenzó sigilosamente a retirarse el pijama para poder vestirse. Calzó primero sus pantalones, luego su jersey negro con la insignia verde y plateada de la serpiente, se detuvo un instante para comprobar que no había hecho ningún ruido, y al cabo de una breve respiración, retomó esta vez por calzado. Se inclinó para retirar su varita debajo de la almohada y volvió a mirar a su compañero de habitación.

Cautelosamente se puso de pie y caminó en puntillas por la habitación oscurecida, moteada con la débil claridad del fulgor que emanaba de los leños en la chimenea. Miró atrás nuevamente para cerciorarse de que el cuadro de Lorcan continuaba siendo el mismo, y así lo confirmó. El cobertor de Scamander se ensanchaba y decrecía al ritmo de las respiraciones y resoplidos amodorrados del joven mago una y otra vez.

Apretó sus dientes luego del crujido que el abrir la puerta produjo y se detuvo unos instantes algo nervioso. Miró a su dormido amigo por última vez y abandonó la habitación.

Cruzó la modesta antesala que dividía las dos habitaciones e ingresó a la habitación que había compartido con Marcus Douvres, a quien el recinto le pertenecía. Las dos camas yacían hechas una al lado de la otra y la habitación relataba en su orden que sus dos inquilinos la habían deshabitado hasta nuevo aviso. Las pocas pertenencias de Marcus Douvres habían sido trasladadas a su nueva recámara en calidad de elegido por el cáliz, pero las suyas aún permanecían en el cuarto. Se dirigió hasta su baúl, a un costado de su anterior cama y lo abrió en busca de un artefacto que había escondido entre sus cosas ese mismo día.

«Albus Severus Potter;

Vainqueur de la Chasse»

Reverberó sobre el brillante y dorado metal. La medalla con la que había sido condecorado por ganar la Cacería del Ciervo, el artefacto que habían tomado los encapuchados escarlata para convertirlo en traslador.

Tomó de su baúl una sudadera negra y se la colocó encima de su jersey escolar, por alguna extraña razón que no buscó cuestionar, vestirse de negro le parecía lo más acertado si lo que iba a hacer era violar un centenar de reglas en una escuela que no era la suya. Los estudiantes tenían expresamente prohibidos abandonar sus habitaciones durante la noche, dos veces más merodear por el chateau, tres veces más abandonarlo y por supuesto cuatro veces más adentrarse en el bosque.

De más estaba aclarar, que reunirse con una pandilla de desconocidos en lo profundo de la noche en una ubicación dudosa, no era la mejor de las decisiones que un residente de la academia podía tomar.

Albus se enfrentaba a tomar el primer tren de vuelta a Inglaterra y por si McGonnagall no lo había dejado bien en claro en su último regaño, a ser expulsado de Hogwarts.

Sintió un peso en uno de los bolsillos de la prenda azabache al instante en que se la calzó, notando además que el talle era un poco más grande que el habitual. Estiró los brazos para cotejar que los puños de la sudadera le cubrían las manos y comprobar que de hecho la sentía un poco holgada para pertenecerle a él. En todo caso, cumpliría los dos propósitos para los que era requerida: Ocultarlo en la oscuridad, y no menos importante, abrigarlo de las bajas temperaturas nocturnas.

Llevando la mano al bolsillo donde había percibido cierto peso se topo con un reloj de pulsera muy llamativo que tomó para acercarlo a la luz que provenía desde la ventana y así observarlo mejor.

-Jay, claramente estas son las porquerías de Jay-. Pensó colocándoselo en una muñeca al instante.-Bueno pues… "lo eran"…- Se sonrió apropiándose de las pertenencias de su hermano. -No es mi problema que sus cosas estén en mi baúl-

James Potter lo había hecho siempre. Cuando sus valijas se quedaban sin espacio, se las ingeniaba para traficar en las maletas de sus hermanos todo aquello que no había encontrado lugar en el suyo, que ya no podía guardar en su equipaje. Y esto no solamente sucedía porque el mayor de los Potter era impráctico y desordenado, sino porque con los años había aprendido que los únicos baúles que eran requisados por su madre, eran los suyos.

Albus subió lentamente la cremallera de la prenda de James sin hacer ruido hasta cerrarla por completo. Con ambas manos tomó la enorme capucha negra y cubrió su cabeza. Cerró con el mismo sigilo el baúl, empuño su varita del suelo alfombrado y con la otra mano asió la medalla/traslador.

Ir, aceptar y volver. Esa era el plan, no debía de precisarle más que unos cuantos minutos

Hechó un vistazo al reloj que acaba de colocar en su muñeca;

«03:10 am»

-Ir, aceptar y volver- Se repitió mentalmente.

Tragó saliva, apretó su varita y desapareció de la habitación.

XXX

Las ráfagas de su Aparición, hicieron arremolinar a su alrededor las hojas húmedas con las que el otoño y la lluvia cubrían el mohoso suelo del bosque. Las ramas de los árboles a su alrededor despertaron crujiendo ante el relampagueo de su llegada, observándolo mientras recuperaba su postura durante unos segundos.

Todo el bosque se sintió al instante más grande que la última vez, o tal vez fuese que Albus se sintió mucho más pequeño ante la repentina y lóbrega presencia de la inmensidad. Viajar con trasladores no dejaba de ser una de sus opciones menos favoritas. El cambio fue violento y súbito, sus fosas nasales se quemaron al inhalar el helado aire del exterior y un frío aroma a humedad y pinos que se coló hasta sus pulmones.

El vaho de su aliento no tardo en materializarse y la cara se le congeló al instante. Los árboles eran negras sombras que susurraban sobre él, que subían y bajaban en suaves ondulaciones cubiertas de más naturaleza verde, marrón y gris en la que la luz, si es que la había, era mortecina y difusa. Todo era de una oscuridad profunda total y antinatural.

Frente a él reconoció su destino: La Cabaña. Aquella choza en apariencia roída y destartalada a la que había sido congregado esa misma mañana y a la que ahora regresaba a dar una respuesta.

Caminó lentamente hacia la cabaña, atento a reaccionar con rapidez y estiró su mano hacia la puerta desvencijada que volvió a saludarlo con un chirrido oxidado y exasperante.

La enorme cabeza de lobo huargo con afilados dientes de cuchilla que comprendía la alfombra de bienvenida, se convirtió en la primer panorámica de su llegada, hasta que estiró su visión y recordó la enorme biblioteca de fondo, la robusta mesa de ochos sillas con sus dos candelabros y el escritorio que estaba apostado en una esquina con el tintero y la lámpara de gas encendida.

Dio un par de pasos en su interior hasta la mesa y no tardó en darse cuenta, que no estaba sólo.

-Veo que volvió Monsieur Potter…- Lo asaltó una voz conocida. –Y utilizó el traslador que le fabriqué ¡Charmant! – Agregó el encapuchado francés.-

Albus giró sobre sí y reconoció la capa escarlata junto con la cadencia particular de arrogancia con la que se habían dirigido a él en anterior oportunidad.

-¡Ah! Eres tú otra vez… ¿Es tu turno de hacer la guardia nocturna o algo por estilo?- Se animó a preguntar con más altanería y valor del que verdaderamente sentía. – He vuelto con el juguetito que me preparaste- Indicó levantando la medalla. –

-Digamos que sí, esta noche es mi ronda, debo defender el foyer – Respondió divertido el encubierto. Se levantó de uno de los sillones de la estancia y caminó hasta donde estaba Albus para saludarlo.

Estiró su mano enguantada (al parecer la única que le gustaba enguantarse), y sonrió grácil y superior, bajo el resguardo de su identidad que la gran capa roja le propiciaba. Ambos noctámbulos se fundieron en un apretón de manos.

-Asumo Monsieur Potter, que no ha hablado con nadie acerca de nuestra existencia, inclusive de este encuentro… - Cuestionó inquisidor, tomando asiento.

-Claro que no, he seguido todas sus indicaciones al pie de la letra, es por eso que he tardado todo el día en regresar- Explicó Albus que tomó asiento frente a él. El encapuchado rojo sacó su varita y encendió los candelabros de la mesa. En las afueras se escuchó el sonido centelleante de la tormenta en la lejanía. –Debía esperar a que finalizara la Ceremonia de Elección, y que a que todos se fueran a dormir para poder abandonar el castillo-.

-Y lo sensato que ha sido de su parte Monsieur Potter – Respondió con afirmación el francés.

Albus vibraba con la misma sensación de desconfianza que lo había atenazado la primera vez que visitase la Cabaña, aunque ahora con menos misteriosos carmesíes a su alrededor pudo obtener una impresión un poco más exacta del recinto al sentirse menos intimidado. Lo notó mucho más vasto en la oscuridad nocturna.

– Lo que ha sucedido esta noche en el Réfectoire ha sido por completo inesperado para las autoridades de la Academia ¡Tout a été très scandaleux! Madame Baccarout esta tremendamente avergonzada, aunque claro, el Cáliz no es la primera vez que nos sorprende ¿Verdad Monsieur Potter? – Sugirió burlesco. Albus pudo sentir el cinismo en la sonrisa que debía haber esbozado el encapuchado de un solo guante bajo aquella cantidad de paño escarlata que le cubría el rostro.

El inglés atravesado por la acentuación de una fonética francesa, provocaba en el hijo de Harry Potter una culposa aversión al oír a su interlocutor.

Ambos podían percibir un minúsculo y mutuo desprecio en la apariencia de una cortesía malograda, pese a que el alumno de Hogwarts se esforzaba en aceptar la altanería del alumno de Beauxbatons y su pedante inglés afrancesado.

-A mi padre querían asesinarlo por aquel entonces… Él no coloco su nombre en el Cáliz, alguien más se tomó el trabajo de hacerlo- Respondió serio y lacónico. El escarlata volvió a sonreír con satisfacción al haber llegado al punto de la conversación que esperaba.

Albus le clavó una mirada con encono al cuerpo rojizo que oscilaba frente la iluminación mortecina y ondulante que producían las velas.

- ¡Exactament! – Convino apuntando al cielo con su mano enguantada – Usted lo ha dicho mejor que nadie Monsieur Potter, a su afamado padre, querían asesinarlo… - Albus se apresuró a intervenir pero el encapuchado continuó alzando la voz – ¡y aún más interesante! alguien más, colocó su nombre en el Calice de feu.- Continuó realizando un ademán imitando introducir una papeleta en un cáliz invisible- ¿No es acaso un asunto de lo más curioso?...-

Albus respiró hondo. La intriga quedó plasmada en su expresión y el francés pudo verla a través de las llamas del candelabro.

En las afueras un trueno en la lejanía se coló en la conversación. Las gotas volvieron a sentirse repicar en las ventanas.

-¿Estas insinuando que alguien pretende asesinar a uno de los campeones? – Balbuceo Albus consternado, con el goteo de la lluvia coreándolo detrás.

-¿Es esa acaso solo la única línea que le interesa analizar de este caso Monsieur Potter? – La lluvia cobró sonora intensidad – Usted más que nadie debería estar interesado en desmembrar este asunto por completo, después de todo, su amigo Alexander Nott, es nada más y nada menos que el Campeón de Hogwarts-

La mente de Albus divagó en una imagen que de súbito apareció en el imaginario del Slytherin: Alexander Nott apareció muerto. Con el cabello ensangrentado, con los dientes ensangrentados, con moscas en los ojos con moscas en las vísceras...

Palideció ante la atrocidad de su inconsciente y tragando saliva continuó;

-No soy un extranjero ignorante. Sé muy bien quienes son los rivales de Alexander y también sé como suele terminar esta competencia. Es por eso que he venido a dar mi respuesta a su invitación-

-¿Y que es exactamente "lo que sabe"? O lo cree que saber- Lo apuntó directamente con su mano enguantada. El señalado volvió a tragar saliva.

Albus Potter exaltado por las interpelaciones con los que pretendía enredarlo el francés, carraspeó de súbito y subiendo el tonó irritado respondió;

-Sé que el campeón de Durmstrang intentó asesinar a su hermana- Articuló seriamente unos segundos de pausa dramática – Lo viví en carne propia en la Cacería del Ciervo. Estuvo a punto de lanzarle la maldición asesina, nos atacó a todos- Aseveró perturbado. –Pero ¿Por qué el Cáliz elegiría su nombre? ¿O inclusive por qué el Cáliz elegiría el de la Princesa?... – El francés lo interrumpió-

- O por qué elegiría a Douvres, o por qué a Nott, etcétera, etcétera… No tiene sentido cuestionar las decisiones del Cáliz – El de negro, notó el punto de su homólogo rojo. - Las llamas del Cáliz ya escribieron el destino, nosotros sólo debemos descifrarlo.- Pronunció con determinación.

-Antecedernos y estar preparados a lo que pase…- Culminó Albus intentando reprimir el cuadro putrefacto de su amigo que había imaginado hace un momento.-

- A cada segundo si es posible- Concluyó el escarlata tamborileando contra el mesón sus dedos cubiertos de cuero negro.

-Entonces estoy dentro- Afirmó seguro Albus-

-Mon Cher Monsieur Potter… Ce n'est pas un pique-nique – Rió con sarcasmo- Esto no es el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería en donde nos podemos equivocar mil veces y alguien más limpiara nuestros traseros – Albus sintió el comentario como una cínica burla a su origen, una burla a todo lo que el amaba y conocía - Aquí en la Cabaña no hay autoridades, y no jugamos en el bosque mientras el lobo no está, porque el lobo, siempre… está…- un relámpago iluminó inundando toda la habitación como si la teatralidad con la que hablaba no fuera suficiente- Su ingreso a la Logia no es tan sencillo. Cada paso que dé, implicará un nivel ascendente de compromiso que debe estar dispuesto a cumplir si pretende ser uno de nosotros- Aseveró esperando algún tipo de intervención por parte de un pasmado invitado.

El noctámbulo de Hogwarts no emitió sonido alguno. El anfitrión continuó;

-Como bien sabe, nuestra "política de iniciación", requiere que usted cumpla tres favores asignados, y se le devolverán, por tanto en consecuencia, la misma cantidad de favores en gracia-

-¿Lo que sea?- Inquirió Albus.

-Cuide lo que pide al universo- Bromeo el interpelado, separándose de la mesa para cruzar galante una pierna.-Como bien sabe, el primer favor podrá pedirlo usted, en consecuencia una vez cumplido este, será su turno de devolverlo tres veces. Una vez que haya cumplido sus asignaciones, podrá pedir los segundos y así…-

- ¿Y qué sucederá cuando llegue al tercero? – Interrumpió Albus apoyando sus codos sobre la mesa para sostener su mentón con gesto intrigante.

-Le serment- Respondió adusto.- ¿Ha oído hablar alguna vez del Juramento Inquebrantable?- La intensidad de la lluvia en las afueras pareció disminuir. Una ráfaga de viento azotó las ventanas y silbó por la chimenea.

La temperatura de la habitación decayó notablemente.

Albus sabía muy bien a qué se refería el arrogante.

El juramento inquebrantable utilizaba en garantía la propia vida. Romperlo era mortal.

-Una vez que haya cumplido las tres tareas asignadas, deberá realizar el Juramento Inquebrantable-. Finalizó solemne con el silbido del viento frígido colándose en las rendijas de la estufa.

-Tengo varias preguntas por hacer- Volvió a interrumpir Potter.- No pretendo indagar en problemas familiares ajenos, pero lo haré…-

-Cuide lo que pregunta al universo…- Replicó el escarlata. Albus empezaba a sentirse irritado por la autosuficiencia con la que parecía manejarse el otro.- Veo que su interés por los príncipes no ha cesado, puedo notar que está interesado en los trapos sucios del palacio. Pero déjeme decirle Monsieur Potter, antes de que tome cualquier decisión, que esta metiéndose en un terreno demasiado peligroso y complejo- Sentenció sin titubear.

- Bueno, pues por eso mismo he decidió ingresar a la Logia. Como se me ha dicho en varias oportunidades, el primer favor se me otorgará como garantía. Y claro está que necesito su asistencia para entender cosas que todavía no comprendo.- Agregó Albus.

Un pitido eléctrico sonó interrumpiendo el silencio que se extendió por segundos, luego de que Potter concluyera con su intención de iniciarse.

Las manecillas del reloj de James, indicaron las «03:30 am», horario suficiente para que Albus decidiera que el tiempo que había prodigado a la reunión ya había sido suficiente.

Su mente funcionaba a toda caldera, pero su cuerpo ya empezaba a pedirle un descanso. La jornada del día había sido excepcionalmente agotadora.

El enigmático guardián de capa observó el gesto fatigado y débil en las facciones del insomne mago slytherin– ¿Puedo ofrecerle un té? Es de valeriana, dormirá como si fuera inocente – Bromeó con compasión.

Las ojeras de Albus comenzaban a tintarse con intención de quedarse bajo sus verdes ojos por un tiempo prologando.

Suspiró de resignación.

-De acuerdo, necesito una taza. Gracias por el ofrecimiento.- El escarlata se dirigió a un rincón de la estancia en dónde un juego de té humeaba y sirvió una taza de porcelana casi hasta el borde. -¿Cuándo podré pedir mi primer favor?- Continuó Potter recibiendo el platillo humeante.

-Cuando usted lo desee. Pero píenselo bien y recuerde… Sólo habrá un primer favor-. El francés se sentó nuevamente en su lugar, esperando a que el invitado respondiera al finalizar su sorbo de té.

Potter se hundió en sus propias voces que se atropellaban dentro suyo unas a otras exigiendo tomar el primer lugar. Sabía que quería ingresar a la Logia, y tenía identificados los puntos en los que necesitaba su asistencia, aun así, la advertencia del encapuchado lo hacía reflexionar acerca de cuál, y más importante, de cómo y de cuándo; pediría el primer favor.

La letra chica del contrato que estaba a punto de firmar podía ser muy engañosa y su primera petición debía ser hilada con las palabras justas, en el lugar y el momento adecuados, porque como el escarlata acababa de aclararle, sólo habría un primer favor. Sin vuelta a atrás.

Su compromiso con la logia a medida que avanzase terminaría en un Juramento Inquebrantable. Un tipo de magia con la que nadie jugaba, un acuerdo eterno y mortal.

Albus, agotado mentalmente, bebía de la taza de porcelana, ganando tiempo de analizar cuidadosamente a dónde se metía

-Recuerde que deberá ser muy meticuloso respecto a sus visitas a la Academia- Lo interrumpió en sus vacilaciones el francés, levantándose de su asiento para dirigirse a una ventana- Nadie, y escúcheme bien: Nadie…debe estar al tanto de sus actividades, de nuestra locación, y mucho menos; de nuestra mera existencia ¿Comprende?- Aseveró observando con desconfianza las sombras fantasmales del bosque a través de la ventana.

- ¿Beauxbatons no sabe absolutamente nada de su existencia?- Inquirió el slytherin que se puso de pie abandonando el platillo con la taza vacía sobre el mesón.

-Hay leyendas… Susurros y murmuraciones acerca de Los que todo lo pueden, naturalmente. Aunque con exactitud carecen de evidencia real y nunca nadie, ajeno a la Logia, ha podido comprobar a ciencia cierta nuestra existencia. Algunos exploradores han osado adentrarse en la profundidad de los bosques, pero Chambord es un insondable océano de secretos y peligros- Comentó con misticismo mientras Potter caminaba hacia él. – Los miembros nunca han traicionado El Secreto-. Susurró llevando su mano enguantada hacia el gélido vidrio de la ventana para seguir el recorrido de una pequeña gotita del otro lado.

-Nunca podrían- Sentenció lacónico Albus contemplando lánguido el mismo descenso de la gota de lluvia en la ventana.- Les iría la vida en ello-. Finalizó con gravedad.

-Qué bueno que comience a juzgar la consecuencias, Monsieur Potter- Sentenció profundo y resoluto.

Albus tragó guturalmente sus preocupaciones. – Debería volver a mi habitación. Necesito dormir. Volveré aquí para hacerles saber de mi primer favor. Estoy dentro- Culminó.

El encapuchado rojizo contempló el cansancio en la facciones del célebre visitante de Hogwarts y levantando su mano cubierta de cuero para ofrecer un cordial apretón continuó;

-Pues tenga usted a bonne nuit… Y bienvenido a Los que todo lo pueden-.

El de negro debió arremangarse la sudadera para poder fundirse en un apretón de mano vacilante e hipócrita con el de rojo que naturalmente le había sido distante y altanero. Si Albus había desarrollado alguna habilidad en su timidez e introversión, era la de la observación.

Y la observación en consecuencia despierta la curiosidad.

El Potter Slytherin no pudo evitar pensar, mientras sostenía la mano del encapuchado, en los secretos que este guardaría.

Por unos segundos se alejó de sí y de ese momento para contemplarse en aquella habitación. Se observó, viéndose así mismo, en la situación en la que estaba y a la que había llegado -¿Quién era ese Albus Potter?- , conspirando a la mitad de la noche con encapuchados en otro país…

¿En qué instante su vida había abandonado la normalidad? Nunca antes de arribar a Beauxbatons se hubiera imaginado ni en lo más recóndito de sus fantasías, protagonizar lo que estaba presenciando.

La electricidad de lo inusual cosquilleaba en su estomago, advirtiéndole una sensación de peligro pero a su vez el seductor sabor de lo prohibido lo empujaba a continuar caminando por el sendero de los misterios en los que con ese mismo apretón de manos acababa de poner el primer pie.

Soltó la mano del escarlata con una mezcla de intriga, arrojo, curiosidad y una pizca riesgosa de empoderamiento. -Él manejaba información, él era parte de "algo"- Sintió en su fuero interno.

Cuando el reloj de James Potter, marcó las 4:00 am en su muñeca, Albus hacía escasos minutos que había abandonado la Cabaña con un sentimiento de autosuficiencia a plena conciencia de saberse en rebeldía de las reglas. Recostó su cabeza en silencio y con lentitud sobre la almohada para no interrumpir el descanso de Lorcan Scamander y se sonrió sintiéndose insurrecto y valiente.

El castillo continuó navegando inocente e impávido en las más infinitas utopías oníricas, sin saber ni imaginarse, que en ese mismo momento, en el incesante y sólido correr de las manecillas del reloj, mientras uno de sus noctámbulos regresaba para unírseles, otro; de mucha más edad, con secretos y conspiraciones mucho más complejas, abandonaba el castillo.

Mientras Albus Potter cruzaba sin darse cuenta el límite impreciso del mundo de los sueños y Madame Baccarout continuaba perdida en los profundos laberintos oníricos; Monsieur Edmond Devereux se escabullía de camino a su encuentro secreto con el Gran Príncipe, en la protección misma de la única testigo que lo había observado todo y que jamás diría nada, la noche.


Ojala quede algún lector naufrago por ahi :) hace mucho que no actualizaba, pero recordé cuando disfrutaba imaginando esta historia... historia que continúa

El fanfic tambien esta subido a mi wattpad que es BlasBrave y mi perfil de Potterfics, pero algunos capítulos estan en diferente orden (sin alterar la trama) En algunas plataformas el fic va mas adelantado que en otras, pero en definitiva en las tres subo lo mismo.

Juro solemnemente volver a actualizar en una semana (el cap ya esta listo de todos modos)