Jep jep. ¡Muy buenas! Se me echaba de menos, eh.. Vale, no. Perdónes grandes como panes por no subir la semana pasada, pero hubo un poco de movida en mi casa y bla bla bla. Aquí estoy ahora. He de decir que cuando terminé este capítulo ayer, me sentí hasta orgullosa de él, y aún lo estoy, un poquito, porque la perfección de los capítulos de Ariana me sume en la más absoluta *envidia* miseria. Vale, tampoco así, pero jo, es genial. A lo que iba, que el POV de Danny creo que es de lo mejor que he escrito en toda mi corta e improductiva vida, espero que penséis lo mismo *-* Y Harry es muy... ya lo veréis. Creo que este cap es un poco más corto que los últimos anteriores, pero... :))


Capítulo 11.

Harry

Cuando los cuatro estamos en la pista de paddle (qué pijo suena, ¿verdad?), a Kath se le ocurre, en pos de esa vena feminista que sé que tiene, hacer un partido de chicos contra chicas. Se golpea la suela de sus deportivas como si fuera Rafa Nadal retirándose la tierra batida y nos mira a Danny y a mí con gesto interrogante.

- Por mí perfecto. Me ponga con quien me ponga, voy a ganar...-le digo, y Mery se ríe, pero hablo en serio. Seré muchas cosas, pero competitivo sobre todo. Dirijo mi mirada a Danny, por si acaso él tiene algo que añadir, pero parece que no. Creo que de hecho, no quiere ni mirarme, pero eh, que no soy yo el que va teniendo sueños por ahí con la gente.

- Me da igual...- también él se ajusta sus zapatillas, colocando la lengüeta, e inspira de modo orgulloso.

- ¡Perfecto entonces!

Kath se aleja con Mery y pasan la red para situarse al otro lado de la pista. Recogen un par de pelotas, guardándose algunas en los bolsillos de su vestidito blanco y rosa que me hace acordarme de la Sharapova. Espero que mi mujer no grite tanto como ella.

Les concedo la ventaja del saque, y esto no tarda ni dos minutos en parecerse más a un partido de tenis normal y corriente que a uno de paddle, aunque no sé dónde está la diferencia, salvo en el tamaño de la raqueta. Tal y como mi ego esperaba, empezamos ganando el inglés y yo, y no será gracias a él, porque no atina a darle a la maldita pelotita ni cuando el golpe le llega recto y limpio. Lo dejo pasar un par de minutos porque se le ve realmente incómodo a mi lado y tampoco quiero que me coja manía o peor, que me odie. Pero cuando el "marcador" empieza a cambiar, y Kath y Mery se ponen por delante de nosotros, mi hombría dice "basta".

El golpe nos viene de Mery, que he de reconocer, tiene más clase que mi mujer a la hora de moverse en este deporte, y cae con un bote limpio a la "parcela" que Danny tiene que defender. Es lo lógico, si jugamos en pareja, yo defiendo mi parte y tú la tuya, procurando que ninguna de las dos quede desatendida. Es lo que se hace en un juego así, ¿no? Pues Danny, que estoy descubriendo, es un paquete para los deportes, me mira abriendo los brazos como si me dijera que me deja a mí el golpe. Por supuesto, no me da tiempo a recorrer mi parte de pista, llegar, golpear y encima que no se salga de las líneas.

- ¡Era tuya!- le grito, señalando el suelo, como si esa parte llevara su nombre.

- ¡Me venía de revés! ¡Tienes tú mejor revés que yo, por eso te la cedo!- me grita de vuelta. A lo lejos, oigo las risitas de nuestras mujeres.

- ¡Como si tu derecha fuera buena! ¡Cómo se nota que los ingleses no inventasteis el tenis!- ladea la cabeza como si mi acusación le hubiera dolido, y tira la raqueta al suelo, caminando hacia mí. Está visiblemente enfadado, y algo me dice que el juego es sólo un agravante, no la razón verdadera.

- ¿Me vas a decir tú a mí cómo jugar a esto? – me hinca el dedo en el pecho y respiro hondo para no partirle esa carita pecosa que tiene.- ¿Te recuerdo que yo no quería jugar?

- Oh, no, malos modos conmigo no, que te la ganas- le advierto, apartándole el dedito de un manotazo.- Y métete el dedito en el culo, que al parecer eso es lo que te va.

- ¡¿Pero tú eres gilipollas?!- me pega un empujón, que me hace trastabillar hacia atrás y mi mente vuelve a decir "basta". Se lo he advertido, y el que avisa no es traidor.

Tiro yo también mi raqueta al suelo y me lanzo contra él, agarrándole de los hombros y tirándonos a ambos al suelo con un golpe que debe haberle dolido en la espalda. Le estampo el puño derecho en el ojo y cuando voy a descargar el izquierdo, sintiendo sus uñas arañar mis brazos, los gritos cada vez más cercanos de nuestras esposas nos piden que nos separemos y nos estemos quietos. Me detengo aún encima suyo, mirando el rostro de Jones distorsionado por la rabia, y respiro hondo. La presión de sus dedos en mi piel cede un poco, y las aletas de su nariz ya no se abren tanto, señal de que su enfado está remitiendo. Y de pronto, algo hace "clic" en mi cabeza. Me levanto de encima de su cuerpo y le pido perdón en un tono tan bajo que apenas si lo puedo oír yo. Kath me toma de un brazo, como si temiera que me fuera a lanzar de nuevo a él, y Mery hace lo propio, dando el partido por terminado.

En verdad, no sé porqué he reaccionado así. Ni porqué le he provocado hasta llevarle a este extremo. ¿Y por qué mierdas le he dicho lo del dedito? Sé que me he comportado como un auténtico homófobo, y es algo que no va conmigo. Y ni siquiera es que él sea gay, por Dios. Sólo fue un maldito sueño, como si yo soñara con Giselle Bünchen...

Kath y yo nos separamos en los vestuarios para cambiarnos de ropa. Los "trajes" que vestimos son préstamo del hotel, y cuando salgo de las duchas que hay dispuestas en los vestuarios, me cruzo con el inglesito, que al parecer, viene a lo mismo que yo. Me mira un instante y luego se dirige a la taquilla en la que ha guardado su ropa, en silencio. Y yo me siento sorprendentemente mal al ver cómo me baja los ojos.

Me retiro el pelo de la cara, frustrado y cogiendo otra toalla para secarme el torso y me acerco a él en tono dubitativo. Es un querer y no poder. No sé qué decirle, ni cómo, sólo sé que si me siento tan culpable es por una razón, y llevo dos días tratando de negármela a mí mismo. Estiro una mano y la encojo antes de llegar a tocarle, indeciso como un adolescente, pero en cierto modo es así como me siento, y mi inconsciente sabe que si hace un par de minutos he hecho esa acusación contra él, insinuando que se ha cambiado de acera, es porque estoy dudando de a cual pertenezco yo. Con veinticinco años y recién casado, que se dice pronto.

- Dan- uso el diminutivo del diminutivo para que me sienta un poco menos distante, aunque no intento hacer contacto físico con él, no quiero que me huya.- Siento mucho lo de ahí fuera. Haberte golpeado y... ¿Qué tal tu ojo?

- No pasa nada, está olvidado- Se quita la camiseta antitranspirante y la deja sobre el banquito de madera, recogiendo la suya y vistiéndose de nuevo. Ignora mi preocupación y yo me obligo a no mirar su cuerpo o puede que haga algo de lo que más tarde me arrepienta.

- Lo digo en serio. No debería haber insinuado nada con tu mujer delante.

- ¿Pero de qué cojones vas?- me espeta, dándose la vuelta y mirándome. Dirá que está olvidado, pero yo veo claro que no. - ¿Te crees que me he vuelto maricón por tener un puto sueño?

- ¿Te gustó?

Permanece un segundo paralizado, como si no se lo esperase, y después arruga la nariz. Sé que me has entendido, Danny, no te hagas el tonto. Me encuentro con la ardiente necesidad de que me responda, y que su respuesta sea afirmativa.

- ¿Qué?- no esperaba otra cosa que esto. Sé que está intentando rehuirme, por eso me aparta la mirada y finge estar muy ocupado en desabrocharse las deportivas.

- Del uno al diez. ¿Te gustó?

Le insisto tanto por que lo necesito. Necesito que conteste, necesito saber si esto que estoy sintiendo, no lo estoy sintiendo yo solo. Que no soy sólo yo el que está teniendo una crisis de identidad sexual y el que cuando llega la noche, se duerme odiándose por haberse enamorado de un tío.

Pero él continúa a lo suyo, aunque sé que me ha escuchado, y dejo que se ponga sus pantalones y sus zapatillas, esperando que termine con sus tareas y se digne a mirarme a los ojos. Cuando lo hace, precedido por un suspiro cargado de hastío, veo que ha decidido tirar la toalla, metafóricamente hablando.

- Mil.

Respito hondo un segundo después de oír su monosílabo al comprobar que no soy el único entre los dos que está experimentando cambios. Pero tampoco es que me tranquilice mucho. De hecho, no lo hace. Por que si le gustó, si le gustó tanto como parece, hay muchas cosas que tengo que replantearme sobre él y sobre mí mismo. Sobre... nosotros. Que yo no pretendía nada de esto cuando le dije que quería hacerle feliz. Juro que no era mi intención enamorarme de él, pero hay cosas que no se pueden evitar.

Y aunque ahora quisiera reírme porque, dentro de lo que cabe, su respuesta es positiva para mí y me llena de una felicidad que no debería sentir, no lo hago. Prácticamente tengo ganas de echarme a llorar, y buscando algo de compresión por su parte, que de un modo u otro entienda cómo me siento yo también, extiendo ahora sí la mano y trato de alcanzar la suya, pero la aparta y da un paso atrás, con la mirada desconcertada.

- No...- murmura en voz baja, negando con la cabeza como si me intentara hacer entrar en razón como a los niños pequeños.- No quiero sentirme así contigo.

- ¿Es porque soy un tío?- pregunto, a bote pronto, sin poder contenerme. Ni siquiera me ha dado tiempo a pensarlo, pero parece tan evidente que el problema en todo esto es que no tengo un par de tetas, que me parece hasta gracioso.

- Es porque estoy casado. Y no es contigo con quien debería sentir esto.

Me dedica una mirada cargada de un dolor que odio ver en sus ojos, y recoge sus ropas usadas para echarlas al tubo de la colada, con movimientos rápidos, secos, y que encierran más frustración de la que quiere dejar ver. Se acerca a la puerta de salida y se gira para mirarme, pero soy yo ahora quién le rehuye. Un instante después, ha salido de los vestuarios.

La puerta se cierra a su espalda y en un ataque de rabia golpeo las planchas metálicas de las taquillas, provocando un sonido ensordecedor allí dentro, y enrojeciéndome los nudillos. Vamos, Harry, tampoco es para que te pongas así, ¿qué esperabas conseguir? Bufo como un toro en cautiverio y me voy vistiendo mientras mi mente trabaja tan aprisa que apenas si soy capaz de ordenar mis pensamientos y darles un sentido lógico. Lo único que soy capaz de dejarme en claro a mi mismo es que no me ha dicho que no sienta esto (a lo que no sé ni definir ni poner nombre) que hay entre los dos, simplemente se lo ha negado a sí mismo. Es como si luchara contra sus sentimientos. Como si supiera que están ahí, y le estuvieran arañando por dentro y haciendo su cabeza un lío semejante o puede que incluso mayor al mío, y tratara de ahogarlos, enterrarlos debajo de una mentira, o del rechazo, para no sentirse más perdido. Sé lo que es sentirse así. Lo sé porque yo siento lo mismo con respecto a él. Es difícil mirarle a la cara y tener que verle sólo como el recuerdo de dos semanas que me llevaré a California cuando nuestras lunas de miel terminen, obligarte a ti mismo a no pensar que alargarías el tiempo lo máximo posible para no tener que enfrentar nunca la despedida. Y al mismo tiempo no puedo pensar sólo en mí. Porque no puedo negarle que tiene razón al decir "porque estoy casado", y no es conmigo con quien lo está, y sé que no debería querer pasar más tiempo con él que con mi mujer, que, como si todo dependiera de lo que está bien o mal, no está bien sentirte más feliz al lado de alguien que conoces de una semana, que con quien vas a compartir el resto de tus días.

Pero una lectura clara puedo hacer. Me acaba de rechazar un tío. ¿Verdad que es gracioso? Me acaban de rechazar sin siquiera haber hecho una proposición real. A veces los sentimientos que ocultamos son más evidentes que los que queremos mostrar a los demás.

Opto por vestirme y salir de aquí, regresar junto a mi mujer y hacer como si esta primera semana no hubiera existido. Queda borrada del calendario y de mi cabeza. Y sólo puedo recordarme a mí mismo que cuando puse el primer pie aquí, pensé que no era estrictamente necesario hacer amigos en una luna de miel. Ahora lo comprendo más que nunca.

Danny

Nunca había visto solo el mar de noche. Siempre había bajado a las playas de Swansea o Newcastle con amigos, o familia, o incluso alguna vez con Mery, pero nunca solo. He de reconocer que cuando era pequeño, el mar me asustaba y fascinaba a partes iguales. Con mi metro treinta de altura, le veía tan inmenso y majestuoso que tener la certeza de que una ola podría engullirme de un momento a otro me quitó el sueño un par de noches de verano. Fue por eso por lo que no aprendí a nadar hasta bien entrados los catorce años.

La playa es un mundo distinto de noche. De día no es más que un parque de atracciones al aire libre, niños gritones corriendo de un lado para otro, madres gritonas corriendo detrás de esos niños para que se echen la crema, surfistas locos por cazar la mejor ola... Es agobiante. La playa de noche te hace creer que eres su dueño, y que el manto de estrellas que hay encima de tu cabeza está ahí para protegerte incluso de ti mismo. Siempre me ha gustado más la soledad que estar en compañía, es más fácil para mí, tengo que fingir menos. No hay que esforzarse por llenar espesos silencios, ni intentar ser una persona que no eres sólo por encajar en el hueco que la sociedad ha dejado para ti. En soledad puedes ser tú mismo, aunque incluso a ti te asustes, pero al menos no te mientes. Y la soledad en una playa de noche es la cosa más melancólica del mundo.

Siento los granitos de arena colarse por entre los dedos de mis pies al caminar sobre ella con las chanclas en la mano y las olas golpearme los tobillos. Crea una sensación de falso mareo, como si estuvieras en un barco, pero no deja de ser agradable. Lo cierto es que no estoy del todo solo; hay un par de parejas dispersas junto a la orilla regalándose carantoñas, abrazados besándose o simplemente, sentados lejos de la orilla mirando la inmensidad del mar. Tengo que reconocer que las envidio, y al mirar en concreto a una pareja de ancianos caminar en dirección opuesta a la mía, siento una punzada aguda atravesarme el pecho. Eso es lo que yo siempre he querido. Lejos de las juergas, de las fiestas hasta las seis de la mañana, de los polvos rápidos en cualquier baño de cualquier discoteca... El Danny que pocas veces me permito dejar salir siempre ha querido eso, poder tomar de la mano a la persona que le quiera por lo que es y no por lo que otros quieren que sea, y sentir que aunque le cuente el más mínimo pensamiento que se me cruce por la cabeza, no huirá de mi lado. Que me querrá más incluso de lo que yo me quiero a mí mismo y estará dispuesto a matar mis monstruos para que no me ataquen más en mis pesadillas. Y puedo decir que, pese a estar casado, siento que todavía no lo he encontrado, y que ya no lo encontraré nunca. Es como jugar a las tragaperras. Algunas personas tienen la suerte de sacar las tres fresitas, y en cambio mi combinación es totalmente aleatoria. ¿Pero es el amor cuestión de suerte? ¿Me ha señalado alguien con el dedo para que me pase toda mi vida al lado de personas con las que no siento que el vacío termine de llenarse del todo? ¿Encontraré algún día a alguien que, dicho burdamente, me complete?

Arrastro mis pies por la arena y me cruzo con dicha pareja, que habla en tono bajo y confidente, y al pasar junto a mi lado, alzan ambas cabezas canosas y me miran, dedicándome una sonrisa que vale millones, y no puedo hacer otra cosa que devolvérsela con sinceridad. ¿Cuál es el componente de la felicidad? ¿El conformismo? ¿La esperanza?

Me detengo cuando estoy lo suficientemente alejado de toda persona que deambule por la orilla como yo, y me siento sobre la arena, depositando las chanclas a mi lado y entrelazando mis piernas para después abrazarme a ellas. Debo estar barruntándome la menstruación, o algo por el estilo, porque sino, soy incapaz de explicarme a mí mismo el ataque depresivo del que soy presa. Aunque, si no recuerdo mal, por la noche es cuando a la gente le dan estos bajones, cuando estás tan harto del día que no te quedan fuerzas ni para seguir engañando a tu propio cerebro. Sea como sea, yo me siento pequeño, e inútil. Y llevo horas reprimiéndome a mi mismo pensar en algo que siempre termina volviendo a mi mente, como si me desafiase. Sabéis tan bien como yo a quién me refiero así que no es necesario ni nombrarle. Me estoy volviendo tan paranoico con este tema, que incluso acuno el miedo de que, con sólo pensarle, aparezca de cualquier esquina y me asalte.

Dejo pasar el tiempo muerto ante mis ojos. No puedo enamorarme de él. "¿Es porque soy un tío?". No. Ojalá se redujera a eso, a una simple cuestión de sexos. Sería más fácil si pudiera decirle "no me atraes porque no tienes tetas", pero no se trata de eso. Se trata de que por primera vez en mi vida, el vacío se estaba llenando, con sus ataques de egocentrismo, con sus sonrisas que tratan de humillarme, con sus codazos de cejas alzadas; se trata de que en menos de siete días, yo volveré a Londres y él a California y no volveremos a vernos en nuestra vida; se trata de que siempre pensé que mi mente y mi corazón no estaban hechos a la medida de nadie, y él encaja perfectamente conmigo, rellenando mis huecos y haciendo que el vacío duela menos. Y eso es algo que no puedo permitirme.

Dejo que un suspiro que me estorba dentro salga al exterior y respiro hondo después, llenándome del olor a salitre y escuchando el rumor de las olas como única banda sonora de estos momentos. Ojalá pudiera mirar a Mery con los ojos con los que miro a Harry, ojalá pudiera sentir por ella lo que siento por el americano.

Un par de minutos después, o puede que horas, porque el tiempo aquí parece ser infinito, siento la arena moverse y una figura sentarse a mi lado, soltando un prolongado suspiro como yo instantes antes. No necesito levantar la cabeza de mis rodillas para saber que se trata de él.

- Mery me ha dicho que estarías aquí- dice, expresando absolutamente nada con la voz. Contengo la necesidad de mirarle a los ojos y que estos me hablen, pero me limito a sacar la cabeza de entre las piernas y mirar fijamente la línea del horizonte.- Dice que querías estar solo...

Dejo que hable, sin responderle, pero tampoco finjo no oírle. Sabe que quería estar solo y aun así se planta aquí, no sé lo que quiere.

- ¿Sabes?- estira las piernas y las reposa sobre la arena, colocando los brazos por detrás de su cuerpo para que le ayuden a sostenerse, mirando también al frente.- Pasé media infancia en internados porque mis padres no sabían cómo tratar conmigo. A los catorce años, todos mis amigos me dejaron de lado porque era un maldito prepotente y un arrogante que menospreciaba a los demás.

Vaya, yo pensaba que había tenido una infancia perfecta. Parece que él también es un iceberg. Bajo la superficie se encuentra la verdad.

- La gente cambia mucho- continúa, posando ahora sus ojos en mí, pero no le devuelvo el gesto.- Aunque no lo parezca. Eso fue hace más de diez años, y sé que tú sólo ves ese Harry, el Harry que sólo quiere ridiculizarte y reírse a costa tuya, pero quiero que sepas que aquí también hay un Harry que daría lo que fuera por hacerte feliz.

Como si estuviera asustado, rápidamente muevo la cabeza para mirarle. No sé qué pretende conseguir diciéndome eso, pero está claro que lo va a lograr. En verdad, Harry puede lograr lo que quiera de mí, porque ahora mismo me importa más lo que él piense de mí que cualquier otra persona sobre la faz de la Tierra, cualquiera.

Parpadeo sintiendo escozor en los lacrimales. Nadie me ha dicho nunca nada tan bonito y tan sincero, por muy femenino que parezca, y no puedo evitar emocionarme. Sus ojos brillan bajo la tenue luz natural de la luna y todo parece sacado de una película, tan tierno y tan real al mismo tiempo, que duele.

Harry no intenta tocarme, ni acercarse a mí, como hizo en los vestuarios. Respeta mi espacio, mis tiempos y mis miedos. De un modo u otro, soy consciente de que él tiene que estar pasando por algo parecido, sé que no soy el único que siente que todo su mundo está perdiendo sentido. Rompo el contacto visual para poder hablar, porque si no lo hago sé que seré incapaz de pronunciar palabra.

- Me estoy enamorando de ti- le confieso, espiándole de reojo. ¿Sabes cuando quieres contar algo que te da tanta vergüenza que no te atreves a mirar a tu interlocutor a la cara pero al mismo tiempo sabes que su rostro te transmitirá todas sus emociones? Eso me pasa a mí. Harry no parece sorprendido, ni indignado, ni... Sólo comprensivo, y al ver que no me detiene, continúo.- Y sería lo mejor que me podría pasar en la vida, si no fuera porque en seis días nos separaremos y tendré que sobrevivir con un maldito recuerdo tuyo. No tiene nada que ver con Mery, ni con tu mujer, ni con que seas un hombre... Se trata de que no puedo ser dependiente de ti, aunque creo que ya es un poco tarde.

- Si sirve de algo, yo tampoco he pretendido que las cosas tomaran este rumbo- le muestro una sonrisa casi irónica, y niego con la cabeza, con resignación.

- Eso espero, sino tendré que matarte- bromeo, por restar un poco de tensión a la situación. Permanecemos un par de minutos en silencio, contemplando el movimiento de las olas y vuelvo a sentir ese escozor en los ojos. ¿Por qué he tenido que encontrarle justo aquí? ¿Por qué tan tarde?

- Diría que me arrepiento de haberte conocido- dice- pero mentiría. Creo que si supiera que las cosas iban a resultar de nuevo de esta manera, no haría nada por evitarlo.

Le sonrío por obligación, porque todo lo que me apetece hacer en este preciso instante, es poder meterme entre esos enormes brazos que sé que encierran la cura a todos mis traumas y fantasmas pasados, y poder quedarme entre ellos hasta que una ola nos borre de la Tierra. Pero todo lo que hago es ponerme en pie, sacudirme la arena de los pantalones, recoger mis chanclas y alejarme de allí con la sensación de que Harry se queda con una parte de mi alma que sé que no voy a poder recuperar nunca.


Y esto es todo, amigos. ¿Comentarios? ¿Tomate? ¿Lechuga? ¿El B a la basura? Lol. Feliz finde :))