XI
Cuando Elena salió del auto, él, sin previo aviso, la alzó en brazos. Ella se agarró a su cuello.
—¿Qué estás haciendo?
—Sólo quiero que entres en mis brazos a la casa en la que vamos a vivir.
—Pero… pensé que íbamos a un brindis con nuestros amigos.
—Ellos vienen hacia acá; ya les dije.
—O sea, sólo yo no sabía.
—Era una sorpresa —llegaron ante el umbral.
—Esta es la pensión de la señora Flowers.
—Esta es la casa Salvatore, ahora. Y ella vive con nosotros.
Como si la hubieran invocado, apareció más allá de la puerta. Damon besó a Elena apasionadamente y la puso de pie en el piso. La señora Flowers besó a Elena en el rostro.
—Serás muy feliz, pequeña; te lo digo. —Luego se acercó a Damon y lo besó también—. Y tú, muchacho, ¿ya tienes lo que quieres?
—Casi —sonrió él.
Afuera frenaron dos automóviles. De uno de ellos, bajaron Judith, Robert y Margaret. Del otro, Matt y Bonnie; Sage, como siempre, sólo se apareció.
La mesa del salón ya estaba bien surtida; destaparon la botella de champán.
…..
Margaret fue la última en despedirse de los recién casados.
—Elena —se le colgó al cuello—, ¿cuándo vendré a vivir contigo?
—Pronto, pequeña; cuando la tía Judith me ceda tu custodia.
—¿Y si ella no quiere hacerlo?
—Entonces se la pediré al juez, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Judith apuró a Margaret; luego le habló a Elena desde el auto.
—Cuídate, Elena; por favor.
—Claro, tía —Damon la tomó de la cintura y entraron a la casa. Él volvió a alzarla en brazos, esta vez para llevarla por la escalera al segundo piso.
—Esta siempre fue mi habitación aquí —la depositó sobre la cama—. Cuando dormía aquí, o allá en el bosque, siempre soñaba con tenerte así como ahora.
—Imagino que debes haberlo pasado mal mientras yo estaba con… él.
—Moría de celos y de pasión por ti; y estabas tan lejana…
Ella se acomodó en su pecho.
—Si supieras que, en el fondo, yo ya debía saber que íbamos a estar así, casados. ¿Recuerdas aquella noche, en la casa de Bonnie?
—El perro al que me acusaron de asesinar.
—Sí. Ya sé que sólo eras el sospechoso habitual; pero también esa manía de aparecerte sin ser invitado…
—Tú me invitaste.
—Sí, creo que lo hice.
—No sé por qué fui hasta allí, ¿sabes? Pensándolo bien, fue como un llamado.
—Fui yo quien te llamó; fue un hechizo que me enseñó Bonnie. Según ella, había que poner la enorme mesa de nogal negro con un plato, un vaso y un único servicio de plata, sin decir ni una palabra mientras lo hacía. Luego encender una única vela en una candelera en el centro de la mesa y colocarme detrás de la silla ante la que estaba dispuesto el cubierto. Al dar la medianoche debía echar la silla atrás e invitar a mi futuro esposo a sentarse. En ese momento, la vela se apagaría y vería una figura fantasmal en la silla. Cuando el reloj empezó a tocar, me enderecé y sujeté mejor el respaldo de la silla. Bonnie me había dicho que no lo soltara hasta que finalizara la ceremonia. Y cuando el reloj empezó a dar la hora, oí mi propia voz hablando. Dije, Entra, a la habitación vacía, apartando la silla, Entra, entra... Y la vela se apagó.
—Y yo entré.
—Ajá.
—Y te enfadaste. Me dijiste: ¿Siempre entras en las casas de los demás sin que te inviten?, de lo más antipática.
—Y contestaste: Pero tú me pediste que entrara.
Él había cambiado mucho, pero había cosas invariables, como su voz, sosegada,irónicaydivertida. Y su sonrisa. Su cabellonegrobrillandocomosifueralíquido,demasiadosuaveydelicadoparasercabellohumano. Su rostro cautivador. Y unos ojos que sabían atraer los de Elena y retenerlos.
—Estuhermosura,Elena/comoesasnavesniceasdeantes/queporlamarcalmayfragante... —la voz de él repetía aquellos versos que la habían hecho temblar ya una vez. Ella lo abrazó apretadamente.
—Debí haber sabido que los hechizos de Bonnie no fallan tan fácilmente: tú eras el único destinado a ser mi esposo.
Él la besó ansioso. Y empezaron a quitarse la ropa. Sus cuerpos se enredaron una vez más, en una sintonía perfecta, porque así estaba escrito en todos los renglones del universo.
