Capítulo XII: Orgullo

Con sólo poner un pie en las callejuelas del pueblo, Kanon pudo experimentar el terror que su presencia transmitía a los habitantes. Todo el mundo corrió a esconderse en sus casas, y hasta los perros y los gatos que vagabundeaban por los rincones desaparecieron de su vista como alma que lleva el diablo. A cada paso que daba notaba como las miradas aterrorizadas de los lugareños le espiaban a través de los visillos de las ventanas. Las calles quedaron completamente vacías. Únicamente se escuchaba el ruido de sus pasos al avanzar, y Kanon se regocijó con esa sensación de ser temido de nuevo.

Sólo una persona tuvo el valor de salir a su encuentro. Pudo sentir como desde lejos, el viejo con el que había mantenido esa conversación antes de subir al volcán le observaba desde el umbral de su humilde casa. El primer impulso de Kanon fue pasar de él, mostrarle indiferencia y seguir con su marcha, pero finalmente un instinto mucho mas interno y visceral consiguió que girara sobre sus pasos y con renacido orgullo latiendo dentro de sí se dirigió sin dudar a su encuentro. El anciano descansaba sus manos sobre un bastón que servía de apoyo a su encorvado cuerpo castigado por los años. Cuando Kanon le alcanzó y se detuvo frente a su escrutinio, la imponente altura del nuevo Caballero de Géminis casi doblaba la del anciano, el cual tuvo que levantar la vista para mirarle directamente a los ojos. El sol, brillando imperioso detrás de la figura de Kanon, le confería un aspecto feroz.

- El otro día no me presenté, y ésto es de mala educación.- Dijo Kanon sarcásticamente, clavando su mirada sobre el anciano, que seguía inmutable.- Mi nombre es Kanon...- el viejo abrió los ojos con expresión de sorpresa, pero Kanon continuó antes que éste articulara palabra - Sí, sí, lo sé, ostento el mismo nombre que esta maldita isla, y siempre lo odié, pero ahora sé la razón por la que me nombraron así, y por fin me siento orgulloso de ello, - el anciano tragó saliva, sin mediar palabra pero sin apartar la vista de la figura que tenía en frente de él - y déjeme aclararle un detalle sobre la supuesta leyenda que me contó. El hombre que habitó en ese volcán durante dos años, el tan temido ogro, o demonio, o cómo mierda lo llamen aquí, fue el Caballero de Géminis de la anterior Guerra Santa: Defteros. Acuérdese de ese nombre. Defteros de Géminis, hermano gemelo del también Caballero Aspros de Géminis. Defteros, a quién el Santuario quiso ahogar en las sombras. ¿Y sabe por qué? Por haber nacido segundo. Qué justo que ha sido siempre el Santuario, ¿no le parece?, hacer que dos hermanos de idéntico poder se destruyan mutuamente porqué, según un estúpido oráculo de las estrellas, uno debía ser la luz y el otro la sombra. La negación de la existencia de Defteros, que el único pecado que había cometido fue nacer sólo unos minutos después que Aspros, le destruyó el alma, y sólo el volcán de esta isla le arropó sin juzgarle.- El anciano escuchaba atónito todo lo que Kanon estaba soltando casi sin darse el tiempo de respirar - El tan temido ogro, o demonio…- Kanon apretó los dientes al pronunciar estas palabras, notando cómo un nudo estaba formándose en su garganta - fue un hombre herido profundamente en su alma, y su dolor disminuyó, sólo un poco, cuando se mezcló con la ardiente lava del volcán. Ya lo dijo usted, el volcán lo cura todo, ¿no? cuerpo y alma…

Kanon no dijo nada más. Su agitada respiración seguía transmitiendo la rabia con la que había pronunciado todas esas palabras. Y el anciano por fin habló.

- ¿Y tú, hijo? ¿has podido sanar tu alma con los vapores que ofrece el volcán? - inquirió sin apartar sus pequeños ojos de la mirada acuosa de Kanon, el cuál seguía con la mandíbula apretada, respirando pesadamente - Espero de corazón que las respuestas que has encontrado allí arriba te ayuden a calmar la inquietud de tu propia alma. Sé que la montaña despertó apenas pusiste un pie en ella. Toda la isla volvió a temblar como hacía siglos lo había hecho, y creíamos que arderíamos con ella...

- Pero ésto no pasó - contestó Kanon con brusquedad.

- Porqué, en el fondo, tú no querías que ésto pasara.

- No de momento. No esté tan seguro de lo que dice.

- Te agradezco todo lo que me has contado, Kanon. No olvidaré el nombre de Defteros. Durante lo que me quede de vida haré que se transmita su historia tal y como tú lo has hecho conmigo. Te lo prometo. No volverá a caer en el olvido.

- Gracias - dijo Kanon con cierto tono de desprecio.

Kanon había dado media vuelta y estaba dispuesto a marcharse cuando la voz del anciano le detuvo en su intento.

- ¿Por qué aún te sigue causando tanto dolor y sufrimiento lo que le pasó a ese hombre doscientos años atrás? - preguntó con sincero interés.

- Por qué yo, hermano gemelo menor de Saga de Géminis, también sé cómo es de amargo el sabor que tienen las sombras y el destierro, y cuando te quieres dar cuenta, ya te han envenenado el corazón y el alma por completo - contestó secamente, sin darse vuelta, al tiempo que empezaba a andar.

El anciano no se movió del umbral de su puerta, únicamente siguió con una profunda compasión impresa en su anciana mirada la figura de Kanon hasta que éste desapareció de su vista.

- De verdad deseo que tu alma por fin encuentre el descanso que se merece, hijo... - dijo con una voz llena de tristeza, aunque sólo el viento lo escuchó.

Kanon siguió avanzando con paso firme por unas calles completamente desiertas, hasta que topó con la posada dónde había intentado comer algo cuando recién llegó a la isla. Con grata altivez se detuvo frente la puerta, y algo le impulsó a entrar de nuevo.

Al posar la vista sobre él, las personas que estaban dentro se quedaron paralizadas, apenas intentando respirar para no provocar el enfado del recién llegado. El matón que días antes se había atrevido a amenazarle con un simple cuchillo salió corriendo como un relámpago, y la posadera temblaba como una hoja a punto de caer del árbol. Kanon hizo caso omiso de la escena que se había recreado a su alrededor, y aunque interiormente estaba haciendo grandes esfuerzos para no reírse, se sentó en un taburete cerca de la barra, dejando descansar sobre el suelo la gran losa de piedra que llevaba con él, y con la expresión más demoníaca que podía mostrar se dirigió a la camarera.

- Vengo a degustar el menú que el otro día no tuve ocasión de probar.- Dijo mirándola directamente a los ojos - Venga, ¡estoy hambriento! - Continuó viendo que nadie era capaz de mover un dedo delante de su aterradora presencia - ¿O es que acaso tengo que asar a alguno de vosotros con mis propias manos? - Amenazó mirando a su alrededor mientras concentraba energía sobre la palma de su mano - ¿De qué os sorprendéis? Ya lo decíais el otro día, soy un demonio…- Añadió deslizando su infernal mirada entre todos los aterrorizados presentes.

La poca gente que se encontraba en la pequeña taberna imitó con rapidez al matón que había salido corriendo primero. Únicamente quedó la camarera que corrió dentro de la cocina para sacarle una buena ración del plato del día junto con una cerveza.

- ¿Lo ves? No era tan difícil…- Dijo Kanon con sorna antes de empezar a dar cuenta del plato.

Realmente sentía un hambre feroz que le devoraba por dentro, y terminó el plato en un abrir y cerrar de ojos. Con una simple señal pidió que le trajeran otra ración de lo mismo, y la camarera obedeció al instante sin atreverse a mirarle a los ojos, dejándole a solas inmediatamente mientras se escondía de nuevo dentro de la cocina.

Una vez hubo terminado con el segundo plato, rebuscó dentro de la mochila un par de billetes completamente arrugados que depositó sobre la barra al tiempo que se levantaba de su asiento. Con calma y seguridad en cada uno de sus gestos recogió la losa de piedra que lo acompañaba desde que bajó de la montaña, y se fue. Una vez Kanon propinó el portazo de rigor, a la camarera le faltó tiempo para salir corriendo de la cocina y se dirigió hasta la puerta para echar el cerrojo, como si ese simple detalle impidiera que Kanon volviera a entrar si esa fuera su intención.

Él siguió andando calle abajo, notando como era espiado desde todos los rincones del pueblo. Y no pudo resistir la tentación que estaba naciendo dentro de él. Se detuvo en medio de la calle y con fortalecido orgullo empezó a dirigirse a la gente que se escondía detrás de los visillos y persianas de las ventanas.

- ¡¿Qué os pasa?! ¡¿por qué os escondéis?! ¡¿acaso tenéis miedo?! - gritaba con una sonrisa maliciosa dibujada en su rostro - Claro, soy el demonio de la isla, ¿no?, pero no podéis llamarme como tal sin haber probado realmente mi poder…en ese caso, ahora lo vais a ver, ya que tanto lo esperáis…

De repente el suelo empezó a temblar, del cráter del volcán que presidía el pueblo empezó a emerger humo, y seguidamente, la temida lava empezó a avanzar lamiendo la montaña, acercándose sinuosamente al pueblo. La gente comenzó a salir despavorida de sus casas, corriendo sin sentido, gritando, huyendo sin saber dónde. Y Kanon siguió con su camino, sin volver la vista atrás, hasta llegar al puerto. Una vez allí se dio media vuelta para regocijarse un segundo con la escena que estaba presenciando. Y allí su mirada se encontró con la de la muchacha que días antes le había atendido en el hostal del cuál fue expulsado. Los ojos de la chica estaban llenos de desesperación, y un ruego estaba impreso en ellos: que parara todo ese infierno. Que no los castigara de esa manera...que allí había gente como ella que no le había juzgado con malicia...

No hubo palabras. Tampoco hicieron falta, su expresión lo decía todo. Kanon le devolvió la mirada, y le guiñó el ojo pícaramente justo antes de desaparecer.

Kanon desapareció sin más, y con él, la ilusión que había creado para asustar, sólo un poco, a esa población que osó juzgarle sin consideración.

#Continuará#