Samuel cerró la puerta de su despacho, dando la jornada por terminada. Se estiró como un gato de forma que la túnica se le subió ligeramente, mostrando fugazmente unos abdominales casi fosforescentes de puro blancos, bostezando. Los colmillos retráctiles relucieron un segundo, afiladísimos, y luego volvieron a su sitio, ocultándose de la vista. Oteó la puerta de enfrente, de la que provenía un acre aroma de ira. Arqueó una ceja: a veces parecía que Judith sólo fuese capaz de dos actitudes, la fría y la furiosa.
Sin pensar más, dio un par de toques en la madera, con los nudillos.
-Judith –informó-. Es hora de cerrar –esperó unos segundos, pero no obtuvo respuesta. Meditó un instante y luego abrió la puerta-. ¿Judith?
La joven estaba en medio de un montón de informes antiguos y listados, con gesto desquiciado. Su rostro mostraba una expresión atónita, helada, estremecida. El hombre se acercó a ella, cauteloso. Con cuidado, le arrebató las listas de las manos. Las ojeó con presteza. No era más que nombres y más nombres de criaturas mágicas. Alzó una ceja y luego volvió a mirar a su compañera, llamándola suavemente. La mujer alzó la vista.
-Yo no… -susurró. Parecía a punto de echarse a llorar-. Yo no…
-¿Sí…? –musitó Sam. Incluso con sus reflejos inhumanos no la vio venir. El puñetazo directo a la mandíbula le lanzó al suelo, y allí gateó intentando separarse de ella. Sobre su cuerpo llovieron las patadas-. ¡Judith, tu rodilla! ¡¡Te vas a hacer daño!!
-¡¡Yo no soy como tú!! –aullaba la rubia auror. Sin prestar atención a las palabras de Sam, siguió golpeándole. El hombre huyó como pudo y se consiguió incorporar al fin. Ella se le echó encima, tratando de volverle a tumbar. La retuvo por los puños-. ¡No soy como tú!
-¡Joder, Judith, estate quieta, coño! ¡Piensa en tu puta rodilla!
-¡Te estoy pegando, joder! –exclamó ella, furiosa-. ¿¡Quieres dejar de preocuparte por mí!?
Sam la abofeteó secamente, reconociendo una crisis histérica. La rubia por fin se detuvo, mirándole anonadada.
-Me has… -murmuró apenas-. Me has pegado… -y con estas palabras se echó a reír. Pocos instantes después la risa mudaba en lágrimas, y se derrumbó como una marioneta a la que cortan los hilos. Sam la sostuvo con cuidado, inquieto por ella. La llevó hasta su sillón y la ayudó a sentarse en él, secándole las mejillas empapadas y procurando mostrarse reconfortante pese al desconsuelo que emanaba de la joven como un manto. Al menos, se dijo, por una vez no olía su miedo. Había otras emociones más fuertes ahora. Siempre había imaginado que la rubia retenía sus sentimientos como una olla a presión. Parecía que había llegado a su límite, por una vez. Le pasó los dedos por el pelo, apartándoselo de la cara cuadrada y demudada.
-¿Quieres contármelo, Judith? –inquirió en voz baja. La mujer pareció recobrar un lento dominio sobre su expresión. Casi dolía de ver cómo la habitual frialdad profesional se instalaba de nuevo en aquel rostro que tal vez, en otras circunstancias, hubiese podido ser atractivo.
-Estoy bien –la respuesta era mecánica, y Sam la desestimó con un bufido. Se arrodilló delante de ella, mirándola a los ojos.
-No, no estás bien. ¿Quieres que llame a Evan?
Ella negó con la cabeza. Le miró.
-¿Se puede saber por qué demonios eres siempre tan amable…? –susurró. Él le sonrió un poco antes de contestar:
-Con un erizo ya tenemos suficiente en este grupo, ¿no crees? –le sorprendió ver una leve sonrisa torcida en los labios de la rubia en respuesta, y un breve bufido que podría interpretarse como una risa leve-. Bufas como un gato. ¡Qué miedo!
-¿Te doy miedo? –preguntó bajito Judith. Parecía a punto de sonreír de nuevo, o de llorar, o de pegarle. Samuel mantuvo la calma.
-No –mintió descaradamente-. ¿Y tú a mí?
-No –respondió ella en un susurro sin apartar la vista de él. Sam le apretó las manos un segundo-. Galael me ha acusado de falsear mi informe, porque según él no puedo haber estado en el auditorio al tiempo que una aparición de clase dos…
-Ah –eso explicaba la furia de la chica, pero no su reacción violenta. El moreno esperó la continuación, que no se hizo rogar.
-No mentí. Nunca miento –la joven cerró los ojos y tocó con la punta de los dedos de la diestra la cruz de plata labrada que llevaba sobre el pecho. A ojos de Samuel, la pieza de joyería pareció relucir un instante de forma casi dolorosa. Él también cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, Judith tenía los suyos fijos en él-. Entré ahí, respiré ese aire, y no noté nada. Nada, Sam… Así que me puse a investigar qué clase de criaturas pueden soportar atmósferas venenosas. Hay casi cincuenta razas distintas… Pero la mayoría de ellas son no-muertos –la joven se estremeció-. De las que respiran todavía, pocas son... Sam –susurró de forma casi inaudible-. Sam, ¿y si tienes razón…? ¿Y si no recuerdo bien lo ocurrido? ¿Y si el vampiro… me mordió y luego alteró mis recuerdos…? –un sollozo seco se le trabó en la garganta, sin lágrimas que lo acompañaran. Él comprendió de golpe el horror que la auror sentía: imaginar siquiera que pudiese ser como la criatura que había aniquilado a su familia debía resultar demoledor. Él sabía muy bien lo que era sentirse como un monstruo. Le apretó las manos, intentando llamar su atención.
-Judith –dijo, deseando con todas sus fuerzas tener aquel encanto con las mujeres que Ethan rezumaba de forma natural. Le hubiese gustado saber qué decir, tener unas palabras que la hiciesen sentir menos desolada-. Judith, escúchame… No eres un vampiro. No lo eres. Tienes pulso, estás viva, mírate… No te pareces en nada a mí.
-Pero y si… mi padre… el vampiro no me tocó, y si mi padre no fuese… –las palabras eran débiles, casi imperceptibles. El cabello rubio de la joven volvía a caer sobre su rostro, y de nuevo su compañero lo apartó con su mano prístina.
-No digas tonterías, Judith –respondió él-. Los vampiros no podemos tener hijos. No tenemos "soldaditos del amor", para entendernos.
-No seas cursi, Sam –espetó ella. Volvieron a mirarse, y de nuevo en el rostro de Judith asomó una lenta, retorcida y dolida sonrisa. Era mejor que nada, supuso el otro agente. Él correspondió, procurando no mostrar demasiado los colmillos que tanto repugnaban a la joven. Le apretó una vez más las manos y luego se las soltó.
-¿Quieres que te acompañe a que te revisen esa rodilla?
-Estoy bie…
-Judith –cortó él. La rubia le miró con aire penitente. Él fingió una severidad que no sentía-. Rubia tenías que ser…
-Natural. ¿Quieres comprobarlo? –la joven soltó ese comentario y luego pareció darse cuenta de lo que había dicho. Se sonrojó violentamente. Sam se quedó unos segundos sin palabras, y luego repuso socarrón:
-¿Cómo, haciéndote sumar dos más dos a ver si respondes cinco…?
-Que te follen, Sam.
-Ya me haría falta…
---
Albert estaba seguro de que la criatura no podía estar muy lejos. La propiedad de los Greythorne era bastante extensa, y el niño debía estar agotado de tanto correr. Lo único extraño era que aún no hubiese vuelto: el auror no descartaba que hubiese tenido un accidente, se hubiese lesionado o estuviese desmayado en algún rincón. El problema ahora era que los diminutos pies habían marcado huellas hasta un sendero de grava. Tenía que vigilar los extremos del caminito, no fuese que el niño se hubiese salido de él, al tiempo que no disminuía el ritmo por si estaba delante de él.
Resopló, pensando que debería ponerse en forma y perder barriga. Estaba más ágil de lo que parecía debido a la acción en campo, a la esquiva de hechizos, pero le faltaba fondo. No tenía resistencia. Sin embargo, su apariencia meliflua e insípida hacía que a menudo le subestimaran. Eso era toda una ventaja. Se sonrió.
Se detuvo de golpe. En el suelo embarrado junto al sendero había unas huellas extrañas. Se acercó y se arrodilló para observarlas. Frunció el ceño.
Empezó a maldecir.
Algún muggle había venido hasta aquí en coche, y ahora no sabía si Grosvernor estaría con él o había seguido su camino. Doble rastro que seguir.
Ahora no quedaba más remedio que esperar a Ethan.
---
Samuel esperaba en la puerta de la enfermería mientras el medimago atendía la pierna de Judith. El hombre emitió sonidos atentos al revisar el estado de la pierna de la mujer, que observaba la pared de enfrente fingiendo paciencia. Hubiese querido que Sam se fuese a casa en vez de esperarla. No se sentía cómoda con el vampiro en la puerta. De hecho, nunca se sentía bien con él, salvo cuando estaban en plena acción. Por eso jamás había escrito pidiendo un cambio de compañero, convencida de que nadie se orquestaría tan bien como él cuando trabajaban juntos. Era triste pensarlo, pero aquel ser aterrador y posiblemente mortífero era el único con el que, pese a los roces que tenían, era capaz de funcionar bien. No porque ella no fuese capaz de ejercer su tarea con cualquier compañero… Pero la mayoría acababan interponiendo sus emociones en detrimento de la efectividad.
Que curioso resultaba, se dijo. Precisamente un Hufflepuff, los más leales y emotivos de todas las casas, era el único con la cabeza lo bastante fría en medio de la acción para combinarse con ella.
Sam y ella apenas habían coincidido un año en Hogwarts: su primer curso fue el último de él y su amigo Ethan. Había sido después de la caída de Voldemort, la que había desatado la alegría en el mundo mágico, una alegría que, para cuando Judith había descubierto su legado, ya estaba remitiendo. Ella había tenido diez años cuando las noticias se habían cargado de asesinatos inexplicables, desapariciones y extraños desastres. Ella se sentaba a leer los periódicos con seriedad, casi obsesión, y recortaba aquellos casos que le parecían más extraños. Cuando había entrado en Hogwarts había comprendido muchos de ellos, aunque no todos. Sin embargo, su obsesión se había centrado en los vampiros.
Al salir de la escuela tenía muy claro que quería ser auror. Había destacado en sus estudios lo suficiente para entrar en el Ministerio. A los diecisiete años, el entusiasmo y la fijación por combatir a los monstruos eran tan intensos como su miedo. Gryffindor, había proclamado el sombrero al posarse en su cabeza. Siempre se había lanzado a la caza de aquello que le asustaba. Algunos le llamaban a eso valor. Evan sostenía que estaba algo chalada. Judith, íntimamente, le daba la razón a su hermano adoptivo.
El medimago alzó la cabeza y miró a Judith.
-Bien –comenzó a decir-, tengo el gran placer de darle el alta.
-¿Cómo? –Judith parpadeó, atónita. Le había dicho tres días, con las pociones y la rodillera. Incongruentemente, pensó que su vecino Malaquías iba a sufrir una desilusión por no tener que pasear más a Shura.
-Lo que oye. Está sana como una manzana. De hecho, debería dejar cualquier poción curativa ahora mismo si no quiere tener problemas de solidificación del ligamento. Está curada –el medimago meneó la cabeza, apuntando algo en el pergamino que sostenía con la zurda. Judith tomó aire y lo dejó escapar lentamente. Luego se quitó la rodillera y, tentativamente, apoyó el peso en la pierna derecha, la que había tenido inmovilizada. Nada, ni el más mínimo atisbo de dolor. El medimago la observó, con impaciencia y quizás una punta de indignación-. ¿No se fía de mi palabra? ¿Qué le he dicho? Bien, buenas tardes, buenas tardes. Vuelva cuando lo necesite –y la empujó, algo molesto, hacia la salida.
---
En el prado ya anochecía cuando Ethan se materializó en él, gracias al permiso especial de los Greythorne. Suspiró, buscando a Albert con la mirada. El mayor de los dos no parecía estar a la vista. Frotó con suavidad el talismán comunicador, poniéndolo en marcha.
-Albert, soy Skilton, ¿estás ahí? –dijo, en voz no demasiado alta por si el hombre, desoyendo su petición, había salido de las tierras de los sangre limpia y estaba espiando a algún grupo de malhechores, o buscando al niño cerca de la guarida de alguna criatura peligrosa. Nunca se sabía cuándo podías estar metiendo en un aprieto a un compañero por cosas tan nimias como aquella. Espero un par de segundos antes de que la voz del mayor le llegase:
-Hola, Ethan, ¿estás delante de la mansión? Si es así, da la vuelta hasta la zona de las caballerizas y busca un rastro de pasos que llevan hasta un portal de plata y hierro, algo oxidado. El niño salió por la puerta trasera –Ethan maldijo en voz baja en respuesta, preguntándose por qué su compañero no le había hecho caso y había salido sin él. Si le hubiese avisado, hubiese vuelto antes y habría pedido a Evan que le enviase sus conclusiones. Aquel caso estaba resultando cada vez más apolítico, y por ello mismo, más misterioso y absurdo. ¿Dónde estaría el pequeño Grosvernor? Estaría terriblemente asustado, seguro.
Se dirigió hacia donde estaba Albert Gytha, dispuesto a darle la gran bronca. Cuando encontraran al niño. Sí.
---
Samuel se dejó caer en el sofá de casa, organizando en su mente lo ocurrido durante el día. Judith, curada. Increíble. No había pasado apenas un día, y los ligamentos de la rodilla eran inusualmente complicados, pero ella ya volvía a estar en pie. Sonrió de lado: dudaba que eso aplacara su frustración ante el hecho de estar apartada de la acción cotidiana. Le iba a tocar soportar el malhumor de la rubia unos días más. Sin embargo, lo prefería a la helada y digna cortesía con la que se revestía habitualmente. Judith era como un animalillo herido y nervioso, siempre dispuesto a atacar, temiendo la mano que se acercaba a tocarla y reaccionando de forma agresiva. Seguramente podía considerarse afortunado ante el hecho de que la mujer no le hubiese pegado un tiro por el mero hecho de cogerle como había hecho. La joven ni le había dado las gracias; él tampoco había esperado que lo hiciera.
Miró al techo. Le había mentido, pero ella también a él. Notaba su miedo, su rabia impotente, teñida de la intensa voluntad que la impulsaba a dar la cara. Nadie en el mundo podía tenerle más terror que Judith.
Debía dejar de pensar todo el tiempo en ella. Estaba claro, tras lo que le había dicho aquella mañana, que la joven era incapaz de superar lo que le había ocurrido. Era normal, suponía: una experiencia semejante a los seis años te marca para toda la vida. Ella le odiaba con todas sus fuerzas, como odiaba a todo vampiro que se cruzara. La había visto actuar en contra de esos seres, cometiendo auténticas matanzas, provocando verdaderos baños de sangre. Y en muchos de ellos, Sam le había ayudado, movido por la furia vengadora que sentía al pensar en cómo habían arruinado su vida, hacía dos años, aquellos Salem manipulados por Mortífagos.
Y el Ministro Fudge había tenido la inmensa desfachatez de declarar que todo estaba en orden, que no había peligro. Por Dios, cuánto odiaba a los burócratas inútiles como él…
Meneó la cabeza, intentando sacudirse aquellas ideas. Cogió el teléfono móvil que reposaba junto al mando a distancia de la enorme televisión y marcó el número de su mejor amigo fuera del mundo mágico. Por hoy, necesitaba olvidarse de magos. Estaba harto de ellos.
-Eh, Jack –dijo-. Soy Sam. ¿Estás liado esta noche?
-Hombre, Sam –repuso una voz cascada, viril y difícil del otro lado de la línea-. Ahora mismo iba a llamarte…
-De puta madre, colega, ¿quieres echarte unas partidas a la Play?
-Me temo que no, Sam… Tengo algo para tus amigos los raros. ¿Podrías pasarte por comisaría…?
Sam enarcó ambas cejas. Mierda. Se acabó el descanso…
---
NdA: Los cliffhangers son malos para la salud. De veras. Pronto más.
He contado mis fans, ¡tengo una Horda de cinco! Arkhane, Art0rius (las dos A's, y ambos chicos, mira qué cosas), Lucy y Naga las chicas fieles, y alguien llamado D. que no ha vuelto a dar señales de vida pero que esperemos siga leyendo esta historia.
Como nota de interés, Naga ha demostrado su capacidad de hincharme el ego decidiendo tomar las riendas literarias… ¡Y escribir una fic de Promesas! Mis personajes originales ya pueden darse por satisfechos, tienen sus propias Side-fics xD En cuanto ella acabe lo colgaré por mi página, con una indicación de autoría apropiada. Estoy orgullosísima de que mis niños hayan llegado tan lejos como para inspirar a esta joven autora, que en mi opinión no escribe lo suficiente (y peor para el mundo, porque debo decir que es buena). ¡Felicidades por la inspiración, Naga!
Pronto, el destino de Grosvernor… Y atentos, porque viene la batalla. Los que habéis leído la novela de HP ya sabéis a lo que me refiero…
