Parte XI
—Pensé que te había dicho que permanecieras en el Olimpo —dijo, y antes de que pudiera protestar, antes de que pudiera siquiera pronunciar una sola sílaba en mi defensa, agarró mi mano, y desaparecimos.
—No puedes hacerme esto —aullé, yendo y viniendo por la oficina de Zeus—. Ella confía en mí para sacarla de allí, y para el momento en que el maldito conde descubra que los demás se han ido…
—No tengo idea de lo que estás hablando, ni me importa —dijo Zeus suavemente, sentado en su escritorio—. Los mortales no son de nuestra incumbencia. Obligar a Apolo para salvar la vida de ese chico era tonto e inútil. No es más que un mortal.
—Esa es exactamente el tipo de actitud que está haciendo que nos extingamos.
—Es muy fácil para ti decirlo. Tú no eres el que tiene que explicar a los Fates por qué él está todavía entre los vivos.
A pesar de mi ira, una burbuja de esperanza se formó dentro de mi pecho. Perry estaba vivo. Pero si no podía convencer a Zeus que me dejara ir de nuevo a la superficie, Tuck no lo estaría, no por mucho tiempo.
—Por favor. Diez minutos, eso es todo lo que necesito. Si no me dejas ir, ella va a morir.
—Deberías haber pensado en eso antes de desobedecerme —dijo Zeus—. Vas a quedarte aquí en el Olimpo, como lo he ordenado. ¿Tienes alguna idea de lo que nos has hecho a tu madre y a mí? Pensamos que habías muerto.
—Como has hablado con mi madre en los últimos mil años —dije—. Si no me dejas salir de aquí, yo…
—¿Irte de todos modos? —dijo Zeus con tranquilidad—. ¿Huir, como ya lo has hecho? Que así sea. Si dejas el Olimpo, me ocuparé de que seas removido permanentemente del consejo y se te prohíba poner siquiera un pie aquí. Tus deberes con el Inframundo serán revocados, serás reemplazado y sospecho que muy pronto, te desvanecerás por completo. ¿Es eso lo que quieres?
Tragué saliva.
—Quiero mantener mis promesas.
—¿Y tu promesa con el resto del consejo ya no es una prioridad?
—No cuando la vida de mi amiga está en juego.
—Entonces, es tu elección. Pero apenas creo que tengas alguna posibilidad de llegar a ella a tiempo, así que elige sabiamente. Los mortales tienen un más allá, e incluso si lamentablemente muere antes de su tiempo, vivirá en el reino de Hades. Pero si te vas... bueno, prefiero no ver que eso suceda.
—Eso es un consuelo —espeté, y él se puso de pie.
—No me eches la culpa de este desastre, Hermes. – él aun no sabía que yo portaba un nuevo nombre - Yo solo estoy haciendo lo que tengo que hacer para mantener este consejo intacto.
—Hasta que todos se desvanezcan porque nadie está haciendo absolutamente nada.
—Estamos haciendo todo lo que podemos. Por el hecho de que no estés al tanto de todo lo que sucede, no significa que no hacemos nada. —Él movió su mano con desdén—. Ve a tus aposentos. Mañana vendré con un castigo adecuado por lo que has hecho.
—¿Quieres decir que prácticamente matar a la única amiga que he tenido en siglos no es suficiente? —dije, pero él no escuchaba ya. En cambio, Zeus hojeó varias hojas de pergamino y la oficina se desvaneció, reemplazada por mis aposentos. Perfecto. Ahora sí que estaba atrapado.
Cerré mi mano contra la pared de oro, y la habitación tembló. Sin embargo, no todo el Olimpo se sacudió, como lo haría si mi padre hubiera hecho en mi lugar.
Otro recordatorio de que yo era reemplazable. Casi nada en comparación con los seis originales. Y la neutralidad de Zeus sobre si vivía o moría…
Debería haber protegido a Tuck. Debería haber hecho más de alguna manera. Ellos eran mi verdadera familia, no esto, y aunque durara más tiempo que ellos, por lo menos los habría tenido por un momento. No podía terminar así. No para Tuck, no para los niños, no para nadie.
Pero incluso si cayera del Olimpo, estaría atrapado en el otro lado del mundo. No tenía la capacidad de viajar en un abrir y cerrar de ojos, al igual que los seis originales, me basé en ese punto de entrega, y lo mejor que podía hacer era bajar al atardecer y al infierno con la esperanza que no hubieran colgado a Tuck antes de tiempo. No era suficiente para garantizar su vida, y yo no podía conformarse con nada menos que eso.
Me paseé. Y paseé. Y caminé un poco más. Prácticamente creé un camino en el suelo de mi habitación mientras las horas pasaban y la puesta del sol de Tuck se acercaba más y más. Ella tenía que estar despierta a estas alturas y preguntándose dónde estaba, y el pensamiento de su miedo solo hizo hervir mi ira. No podía permitir que esto suceda, no importa lo que me costara. No podría vivir conmigo mismo de otra manera.
Por fin maldije y me dirigí a la puerta. No tenía elección; descender al atardecer era la única manera que podía esperar para llegar a ella a tiempo. Tenía que ser suficiente. Cualquier otra posibilidad era inaceptable.
Antes de que pudiera cruzar la habitación, sin embargo, un suave golpe sonó en la puerta. La tiré abriéndola, preparado para una pelea, pero en su lugar, Iris estaba al otro lado, con aspecto pálido y desaliñado.
—¿Iris? ¿Estás bien? —Me hice a un lado para que entrara, y ella se deslizó a mi lado, abrazando sus brazos.
—Estoy bien —dijo con una débil sonrisa que no alcanzó sus ojos—. O voy a estarlo muy pronto. Zeus no estaba muy contento conmigo ayudando.
Le toqué el codo. Puso su mano sobre la mía, sosteniéndola como si fuera la única cosa que la mantenía conectada a tierra.
—Lo siento —le dije—. Nunca debí haberte pedido.
—No seas ridículo. Si no hubiera querido ayudar, no lo habría hecho —dijo ella—. ¿Sacaste a la chica de ahí?
Negué con la cabeza, la presión del inminente destino de Tuck pesando fuertemente en mi pecho.
—Ella va a ser ejecutada en unos pocos minutos. Si no llego a ella.
—No te preocupes por eso. Lo tengo cubierto. Parpadeé.
—Iris, no puedes, ya estás en agua caliente y si Zeus se entera.
—No me importa. —Pero había un temblor en su voz que decía lo contrario—. Va a valer la pena si se podemos salvar su vida. Sé que a Zeus no le importa ese tipo de cosas, pero a mí sí. He conocido a innumerables mortales, y aunque algunos de ellos no son exactamente agradables, ella no se merece ser ejecutada. Y esos chicos la aman condenadamente demasiado. —Ella sacudió la cabeza, con los ojos húmedos—. No te molestes en discutir conmigo. Ya he tomado mi decisión. Como has dicho, yo soy la única diosa que se pone al día con las travesuras de Zeus, e incluso si me despide, me va a contratar de nuevo muy pronto.
Abrí la boca para protestar. Con el desvanecimiento dioses, incluso un desempleo temporal no era seguro. Pero antes de que pudiera decir una palabra, el techo azul cielo y el suelo del atardecer se disolvieron, sustituidos por las nubes, la lluvia y el olor a tierra mojada.
El bosque. Y poco más allá, los siervos, los muros, el pueblo…
Sin darle un segundo pensamiento, besé a Iris en la mejilla y salí corriendo por el sendero. Sentí el tirón de Mac, Sprout y Perry detrás de mí, pero no tenía tiempo para celebrar. Empujé mi mente hacia delante, en busca de cualquier signo de Tuck y mi corazón dio un vuelco. Ella estaba en la plaza del pueblo, por la horca.
Corrí a través de las puertas y atravesé el camino de tierra. La plaza no era muy grande, con solo unas pocas tiendas que la rodeaban. Tal vez un cuarto de la población de la aldea podría caber en el interior, pero no se preocupaba por ellos. Los lanzaría a un lado si tuviera que hacerlo, si eso es lo que hacía falta para salvar la vida de Tuck.
Cuando irrumpí en la plaza, sin embargo, estaba vacía. Sin rastros de los espectadores, sin verdugo, sólo un hombre corpulento arrastrando un carro por debajo de la horca.
Sabía lo que estaba pasando. Yo sabía lo que el tirón que me llevaba a ese carro significaba. Pero aun cuando me rompería en pedazos infinitos, corrí hasta el hombre y tiré de la tela cruda de su carga.
El cuerpo de Tuck, pálido e inmóvil, yacía debajo. Alguien afortunadamente había cerrado los ojos, pero pude verlos en mi mente, mirándome por algo que había dicho o hecho. Hubiera sido fácil fingir que estaba durmiendo, si no hubiera sido por el anillo de color morado oscuro y azul alrededor de su cuello roto. Mi propio cuerpo embargado; la ira, el dolor y la pena más allá de palabras arrancándome en pedazos. El hombre robusto echó una mirada hacia mí, brillando con fuego y los gritos de miles de almas muertas, y corrí.
Tuck. Mi pobre Tuck. ¿Cómo pudo pasar esto? Todavía no era la puesta de sol. Deberíamos haber tenido tiempo, no se supone que terminara aún. Se suponía que debía tener tiempo para salvarla.
Un sollozo tembloroso escapó de mí, y acuné suavemente su cuerpo. Le había fallado. Por mí, estaba muerta, y yo había perdido la única amiga que había tenido en mucho, mucho tiempo. Esa angustia y la culpa se arremolinaban dentro de mí, lo que agravaba mi dolor por una chica que apenas había conocido dos días. Pero el tiempo no significaba absolutamente nada cuando se trataba de amor, y mientras estaba de pie ahí, meciéndome hacia adelante y hacia atrás, tratando de obligar al mundo a enderezarse, toda última gota de esperanza que tenía desapareció.
No sé cuánto tiempo estuve allí, lo suficientemente para que las persianas fueran bajadas y los habitantes del pueblo escaparan a sus casas. No eran mis objetivos, sin embargo, y su temor sólo hizo que mi furia empeorara.
—¿Puck?
La suave voz de Iris me llevó a caer de vuelta a mí mismo, y me volví hacia ella. Su rostro nadaba frente a mí, pero incluso a pesar de las lágrimas pude ver su preocupación.
—Se ha ido. —Me atraganté—. Él la mató. Iris se marchitó, y sus ojos se pusieron rojos.
—Oh, Puck. Lo siento mucho.
—¿Puedes…? —Mi voz tembló—. ¿Puedes llevar su cuerpo de vuelta a los chicos? Ella se merece un entierro digno. Estaré ahí tan pronto como pueda. Tengo algo que necesito hacer.
Iris cogió mi mano.
—Puck...
Me aparté de ella, un instinto, no porque no quería que me tocara. Pero estaba demasiado ido para pedir disculpas, y en su lugar me las arreglé para forzar la salida.
—Por favor. Me reuniré contigo en poco tiempo. Solo asegúrate de que los chicos estén bien.
Sin decir palabra, asintió, dando un paso atrás para darme un momento de privacidad. Apreté los labios a la frente fría de Tuck.
—Lo siento —le susurré—. Espero que hayas encontrado tu felicidad, y te lo juro, me aseguraré de que los chicos estén bien. Y vendré a visitarte tan pronto como pueda.
Pero incluso si pudiera alejarse lo suficientemente rápido como para cazarla en el aparentemente infinito Inframundo, los mortales no estaban completamente allí. Ellos no tenían un sentido de tiempo y lugar, como lo hacían mientras estaban vivos, e incluso si Tuck me reconociera, no sería lo mismo.
No tenía mucha elección ahora, e incluso la mitad de Tuck era mejor que ninguna Tuck en absoluto.
Después de un abrazo más suave, renuncié al cuerpo de Tuck a Iris, quien la levantó y comenzó a caminar hacia la puerta. Ella protegería Tuck mejor que yo, y se encargaría de que de Tuck no fuera enterrada en el mismo lugar que odiaba. Eso era todo lo que podía hacer por ahora.
Tan pronto como estuvieron fuera de la vista, me volví hacia el castillo. No recuerdo haber caminado hasta él; un momento estaba en la sucia plaza y al siguiente de pie en el gran salón, brillando con el mismo fuego. Una docena de guardias me rodearon, pero los dejé de lado, irrumpiendo donde el conde sin una pizca de remordimiento. Si querían proteger a un asesino, entonces era su elección. Esta era la mía.
—Tú la mataste. —Mi voz era atronadora, incluso a mis oídos, y el rostro del conde se drenó de todo color.
—Tú-tú escapaste, y ella no habría entregado tu locación.
Lo agarré por el cuello, donde el colgante que había empezado todo esto colgaba. Ese bastardo.
—Mataste a tu propia hija. ¿Sabes lo que Hades hace a la gente como tú en el Inframundo?
El conde estaba temblando demasiado duro para contestar, y arranqué el colgante de su cuello.
—Esto no te pertenece —dije. Y tampoco este castillo.
—Tú-tú, no puedes… —Él tragó saliva—. ¿Vas a matarme?
Era tentador. Muy, muy tentador. Pero la muerte sería una vía de escape para él, una manera de escabullirse de sus crímenes, aunque Hades pasara un juicio en su contra. Nunca sería plenamente consciente de lo que estaba pasando, nunca sentiría la culpa y el dolor de sus acciones. Y yo no me sentía muy misericordioso en el momento.
—Peor aún —le dije—. Por la presente, te despojo de tu título, todas tus tierras y propiedades. Quedas desterrado de este lugar, y en vez de matarte, te prometo que vas a vivir por un tiempo muy largo. Pero no vas a vivir aquí, ni vas a vivir en cualquier lugar. Te maldigo a vagar por el resto de tu miserable vida. Nunca te quedarás en un solo lugar más de una noche, cazarás sólo lo suficiente para sobrevivir, y nunca levantarás la mano contra otro inocente de nuevo. Tú no eres nadie, nada, y serás olvidado por todos los que saben de ti.
Los ojos del conde casi se salieron de su cabeza.
—¡No puedes hacerme eso! ¡Yo soy un conde, nombrado por el mismo rey!
—¿Te parece que me importa tu rey? —dije—. Yo soy un dios, y mi palabra es la ley. No se puede romper, y ya está hecho. Ahora vete.
Lo dejé caer con fuerza en su silla, y él hizo una mueca, frotándose las marcas rojas en su cuello. No eran nada en comparación con las marcas de Tuck.
—¿Crees que puedes venir aquí e intimidarme en mi propio castillo? —murmuró con voz ronca—. ¡Guardias!
Los guardias que me habían rodeado previamente se miraron, confundidos y siguieron apuntando con sus espadas. En lugar de centrarse en mí, sin embargo, todos se volvieron hacia el antiguo conde.
—¿Quién eres tú? —dijo el jefe de guardia—. ¿Qué asuntos tienes en este tribunal?
—¿De qué estás hablando? —dijo el conde, estupefacto—. ¡Yo soy tu señor! Le toqué el hombro al guardia.
—Él no es nada, nadie, solo un hombre viejo y confundido que no se conoce a sí mismo. Envíalo fuera del pueblo y a su camino con suficiente comida para que pase la noche.
—Por supuesto —dijo el guardia, y mientras los demás rodearon al balbuceante antiguo conde, me di la vuelta y salí de la sala. No era mucho, y ciertamente no traería a Tuck de vuelta, pero era todo lo que podía darle ahora.
Me encontré con Iris y los chicos poco después. Mis pies se sentían pesados, y cada paso era una batalla, pero me aferré al colgante de Tuck, permitiéndole impulsarme. En el momento en que llegué, Sprout y Perry estaban llorando sobre el cuerpo de Tuck, ahora envuelto cuidadosamente en seda que Iris debió haber creado y Mac había terminado de cavar una fosa entre dos árboles.
—¿Crees que le gustaría aquí? —dijo Sprout, con las mejillas manchadas de lágrimas. Me arrodillé junto a él y asentí con la cabeza.
—Lo siento —susurré—. Nunca quise que esto sucediera.
Vaciló, y justo cuando estaba empezando a preguntarme si me golpearía, echó los brazos alrededor de mi cuello y me abrazó fuerte.
—No lo sientas. Iris nos contó lo que pasó. Hiciste todo lo que pudiste.
Lo abracé, y al lado de nosotros, Perry se unió también. Él se sintió aún más frágil de lo habitual, y su cuerpo irradiaba calor, pero estaba vivo, e iba a estar bien.
—Gracias por salvarme —dijo, apoyando su cabeza en mi hombro—. Sé que Tuck habría estado muy feliz por eso también.
—Lo habría —dije en voz baja, y tragué saliva—. No siempre podré quedarme con ustedes, pero cuando pueda, voy a estar allí cada segundo. Son mi familia ahora, y nunca los dejaré de nuevo.
—Lo sabemos —susurró Perry, y los tres nos arrodillamos allí, simplemente abrazados.
Finalmente Mac puso su mano en mi hombro y liberé a los niños, obligándome a levantarme.
—Cuida de ellos —le dije—. Y cuando esté listo, regresa al pueblo.
La frente de Mac se frunció, y aunque no dijo nada, sabía exactamente lo que estaba preguntando.
—El conde se ha ido. Estás a cargo ahora, cuando estés listo. Sé que vas a ser justo con tu gente, y ellos merecen un buen gobernante.
Su cara de niño se puso blanca, y su boca se abrió, pero no dijo nada.
—Escucha y observa —dije—. Esa es la mayor de las reglas. Recuerda siempre quién eres y quiénes son tu gente. Nunca olvides que no son peones para tu disfrute. Si lo haces, estarás bien.
Siguió mirándome sin decir nada, pero le di una palmadita en la espalda y me arrodillé junto a Tuck.
—Vamos —dije, tocando su mano fría sobre la seda—. Es hora de decir adiós.
EL CAMBIO DE NOMBRES: CAMBIO EN EL OLIMPO
Poco después de la medianoche, Iris y yo regresamos al Olimpo. En el momento en que nuestros pies tocaron el suelo, ella chilló y soltó mi mano, corriendo dentro de un pasillo. Y una vez que mis ojos se acostumbraron, me di cuenta de por qué.
El consejo estaba en plena sesión. Perfecto.
—Hermes —dijo Zeus secamente—. Me alegro de que pudieras unirte a nosotros mientras decidimos tu destino. Por favor, permanece de pie.
Había estado a medio camino de mi trono cuando él dijo eso, y me detuve y volví para encarar a los otros. Todos me miraban, algunos con aire satisfecho, algunos furiosos, algunos indiferentes. Pero ninguno de ellos me miró de la forma en que Tuck lo hacía.
—¿Tengo la oportunidad de hablar en mi propia defensa? —dije.
—No veo por qué debería —dijo Theo—. Él sabía las consecuencias cuando se fue. Y salió toda la buena voluntad que habíamos acumulado en los últimos días.
—Sí, pero yo sé algo que tú no —dije—. Yo sé cómo evitar que todos mueran.
Al instante los pocos murmullos que habían estado dando vueltas en el círculo se detuvieron. Zeus se levantó, y aunque trató de ocultarlo, vi el hambre en su mirada.
—¿Y cómo es que te encontraste con esto? —dijo lentamente.
—Esa chica que tú dejaste morir, ella es la que yo estaba buscando cuando me fui—le dije—. Las Parcas me guiaron a ella. Quería respuestas, y ella fue quien me las dio. No directamente, por supuesto, pero las cosas que dijo... yo las uní.
Silencio.
—¿Y? —dijo Zeus después de un largo momento.
—Y si te digo, quiero dos cosas.
—Tú nos dirás porque eres un miembro de esta familia, no porque te hemos sobornado —gruñó él. Era la primera vez que lo había oído hablar en un tono que no fuera neutral en mucho tiempo.
—Ahí es donde te equivocas —le dije—. La familia no trata a la suya de la forma en que ustedes me han estado tratando desde que Perséfone se desvaneció.
Frente a mí, Hades se estremeció, pero seguí. No podía prescindir de sus sentimientos ahora, no cuando era tan importante.
—Cometí un error, uno enorme, y he hecho todo lo que podía para mostrar arrepentimiento. Pero a pesar de que sigo siendo yo, todos ustedes me han tratan como basura desde entonces, y estoy cansado de eso. No trato a ninguno de ustedes de esa manera, salvo tal vez, a Theo, pero sólo porque estoy celoso de sus dientes.
Nadie se rió. Tomé una respiración.
—Escuchen. No quiero que ninguno de ustedes muera. Yo sólo quiero ser parte de la familia de nuevo, una parte de verdad, no una parte de "vamos a fingir hasta que sepamos que todo está bien, entonces lo echamos". No quiero ser forzado a irme, y yo no quiero que ningún daño caiga sobre Iris por ayudarme. Y, eso es todo — dije, incierto ahora que había llegado al final de mi lista—. Sólo trátenme mejor, no castiguen a Iris, y todos podemos resolver esto juntos.
Zeus se quedó parado en silencio durante casi un minuto, obviamente, comunicándose con el resto del consejo en silencio. No me importaba. Con tal de que hicieran lo correcto, ellos podían ser tan mezquinos sobre tenerlo ahí como tenían que ser.
Por fin él se aclaró la garganta.
—Muy bien —dijo lentamente—. Aceptamos tu oferta y tus condiciones, pero tenemos una nuestra, si tu consejo no hace honor a tu promesa, serás expulsado inmediatamente del Consejo y despojado de tu papel como parte del Olimpo y todo lo que conlleva. ¿Entiendes?
Asentí con la cabeza, tragando el nudo en mi garganta. No es como si yo hubiera esperado nada menos de todos modos.
—Entiendo y estoy de acuerdo. Siempre y cuando nada le pasa a Iris.
—Muy bien, Iris está limpia de toda maldad —dijo Zeus—. Ahora, dinos lo que has aprendido.
Esta era la parte difícil. Me paré delante de mi trono, pero sin atreverme a sentarme, y me centré en cada cara. No importa cómo se sentían acerca de mí, yo los amaba, y no podía soportar la idea de que algo le sucediera a uno de ellos. Incluso si me hubieran negado, yo se los habría dicho.
—Van a objetar —dije—. Es diferente, y todos ustedes van a resistirse. Pero antes de descartarlo, denle una oportunidad, y recuerden que las Parcas mismas me enviaron a ella. —Dudé—. Tenemos que cambiar quienes somos.
Un confuso murmullo se hizo eco a través de la habitación y Zeus levantó una mano. Todo el mundo se quedó en silencio.
—Explica, Hermes.
Me lancé a la historia de Tuck, todo por lo que ella había atravesado y por qué lo había hecho. Cómo se había adaptado. Cuál era su nombre real, como su auto- elegido apodo había sido una manera para recrearse a sí misma y convertirse en la persona que tenía que ser. Cómo había cambiado quién era y lo que había creído, y cómo había actuado, todo por el bien de su nueva vida. Y cuánto esa nueva vida había significado para ella.
—¿Estás diciendo que tenemos que cambiar nuestros nombres? —dijo Afrodita, agarrando la mano de Ares. Asentí con la cabeza.
—Pero no es sólo eso. Es cambiar lo que somos para el mundo. Dependemos de los mortales, y ellos dependen de nosotros, pero no se dan cuenta de eso. La mayoría de ellos son totalmente inconscientes. La gente solía saber quiénes éramos y lo qué estábamos haciendo, y creían en nosotros. Ahora piensan que somos mitos, historias que contar alrededor de un fuego y no personas reales. Y necesitamos esa creencia.
—Entonces, ¿qué propones que hagamos? —dijo Poseidón.
—Tenemos que ser más de lo que somos. Más que dioses y diosas. Más que dioses olímpicos. Sin embargo, al mismo tiempo, tenemos que ser uno de ellos, también. Vivir entre ellos, comprenderlos y ayudarlos. Detener la necesidad de reconocimiento. Tenemos que integrarnos y dejar de ser estas grandes deidades que están tan por encima de la humanidad. Sí, somos inmortales, pero sentimos las mismas emociones que ellos tienen. Estamos contentos, tristes, enojados, emocionados, y tenemos que acabar con esa división. Necesitamos sangrar sangre en lugar de icor. Tenemos que adaptarnos.
—No entiendo —dijo Hades en voz baja—. ¿Cómo vivir entre ellos me beneficiaría?
—No lo haría, no a ti —le dije—. Tus objetivos siempre estarán ahí. Ellos saben quién eres, al menos hasta cierto punto. Pero nosotros, ellos creen en otros dioses ahora, o sólo uno de nosotros a la vez, o lo que sea que pueda ser el caso. Necesitamos convertirnos en esos dioses. Para llegar a ser estas ideas en sus mentes. —Negué con la cabeza—. Sé que suena loco, pero el núcleo del problema es que no saben quiénes somos. Y dejar de exponernos y gobernar como reyes no puede cambiar eso. Pero podemos vivir como, como Rhea.
Al final algunas caras parecieron iluminarse con el entendimiento.
—Ella vive entre la gente. No quiero decir que tengamos que abandonar el Olimpo. Sólo tenemos que unirnos al mundo mortal y entenderlo. Mientras que haya mortales, siempre habrá amor, música y viajes y con el fin de permanecer atado a esas cosas como ahora, debemos bajar a la tierra y representarlos. Todo al que encontremos sabrá quiénes somos, incluso si no saben nuestros nombres, y vamos a arraigarnos entre ellos. Línea final, no podemos mantenernos por encima de ellos nunca más. No somos mejores que ellos y debemos recordar eso. Dependemos de ellos mientras dependan de nosotros y es hora de empezar a actuar como tal.
—Hemos perdido el contacto —dijo Atenea, mirando alrededor a los otros—. No podría lastimar intentarlo.
Casi un minuto pasó mientras todo el mundo parecía absorber esto. Algunos susurraban entre sí, pero no fue hasta que Zeus volvió a sentarse en su trono que todo el mundo pareció relajarse.
—Vamos a tratar —dijo él—. Abstracto como es eso. ¿Tienes alguna sugerencia sólida sobre lo que podríamos hacer para poner en práctica estas… ideas tuyas?
—Sí —le dije con franqueza—. Tenemos que cambiar nuestros nombres. Ahora mismo. Tenemos que dejar de lado nuestras viejas identidades y ser la gente que tenemos que ser con el fin de adaptarnos y sobrevivir. El nombre es sólo el comienzo de esto, pero es tan buen comienzo como cualquier otro.
Nadie parecía feliz por eso, ni siquiera Hefesto, quien no había ganado exactamente el nombre de la lotería.
—¿Qué clase de nombres? —dijo Afrodita, frunciendo el ceño.
—No lo sé. Los nombres que se quedarán durante siglos, aunque sospecho que podemos cambiarlos de nuevo si tenemos que hacerlo —dije—. Haremos lo que sea que tengamos que hacer para sobrevivir.
—Muy bien —dijo Zeus—. Entonces, ¿por qué no empiezas mostrándonos? ¿Cuál es tu nuevo nombre, hijo?
Hijo. Puede que haya sido una palabra sencilla para él, pero para mí, fue un momento de aceptación, un momento cuando nos trasladamos más allá de las luchas de los últimos millones de años y entramos en una nueva era donde la pizarra fue limpiada.
Era exactamente la clase de vida que Tuck quería. Y era la vida que viviría ahora que ella no podía.
—Puck —le dije—. Mi nombre es Puck.
Tres años después, todavía existíamos todos.
No podía mentir y decir que fue fácil, nada de eso iba a suceder durante la noche, pero para crédito del consejo, cada uno de ellos trató. Sólo Brittany mantuvo un nombre griego, que usaba algunas veces, Calliope, negándose a ceder las raíces que ella tanto apreciaba, aunque por lo menos fuimos capaces de convencerla de que cambiara su nombre al menos conocido de Brittany. Incluso Zeus encontró un nombre lo suficientemente poderoso como para satisfacer su ego.
Lentamente pero con seguridad, el consejo cambió. En lugar de deidades teniendo señorío sobre un mundo que no sabía que existíamos, cada uno de nosotros comenzó a pasar tiempo en la superficie, interactuando con los mortales de una manera que pocos de nosotros habíamos hecho en milenios. No fue indoloro, más de unos pocos intentos resultaron en diferentes desastres, en su mayoría girando en torno a Ava y su nueva serie de conquistas mortales. Al parecer, el mundo había cambiado desde que ella había bailado la última vez en medio de un pueblo y anunciado a sí misma. Pero muy pronto, todos nos adaptamos. Empezamos a andar por el camino de convertirnos en la gente que teníamos que ser en orden para sobrevivir.
En esos tres años visité a Mac, Sprout y Perry a menudo, a veces trayendo a Iris conmigo. Los tres chicos se mudaron al castillo muy pronto y Mac encajó a la perfección en su papel como el nuevo conde. Era una especie de líder justo, exactamente como yo había esperado, y con el paso del tiempo, mi interés por ellos disminuyó. Estarían bien. Ya lo estaban.
Pero a pesar de eso, nunca podría escapar de la culpa que me rodeaba por la muerte de Tuck. A pesar de que los chicos hacía tiempo que la lloraron, yo nunca me había recuperado por completo, y ese fue el por qué tomó tanto tiempo antes de que yo finalmente hiciera el viaje que había estado temiendo.
Me acerqué al trono de Hades con la cabeza baja, en parte como muestra de respeto, pero sobre todo para evitar mirar el trono vacío de Perséfone. Ella no había elegido un nombre todavía, la última de nosotros en hacerlo, pero no había prisa. Si decidía permanecer como Hades, su existencia era segura. Incluso después de que el último mortal muriera y el resto de nosotros se desvaneciera, ella viviría para siempre. Pero si no llenaba el trono de Perséfone, sería un muy, muy largo para siempre. Y no me gustaba el recuerdo de lo que le había hecho.
—Hermes —dijo ella con una voz amortiguada y se detuvo—. Puck. ¿Hay un problema con las almas que has transportado?
—No —dije.
—¿Entonces por qué estás aquí?
Había sido una regla no escrita entre nosotros salir de mi camino para evitar verla mientras hacía mis deberes en el Inframundo. A pesar de algunos roces incómodos, la mayoría de las veces nos las arreglamos para mantener las distancias.
—Tengo una petición.
El silencio colgaba entre nosotros, y por fin Hades suspiró.
—Quieres ver a la niña.
—Yo… —Cerré la boca apretada. Por supuesto que ella lo sabía—. Sí. No voy a quedarme mucho tiempo. Sólo quiero asegurarme de que lo está pasando bien, y tengo algo que darle…
—No. —La palabra resonó en la sala del trono, a pesar de que no había hablado en un tono por encima de un suave murmullo—. No puedo permitir que la veas.
La miré boquiabierto. ¿Hablaba en serio?
—¿Por qué no? Le has permitido a los otros visitar a los mortales en el Inframundo antes. ¿Por qué no puedo ver a Tuck?
Pero incluso mientras lo decía, lo supe. Esta era su venganza por lo que había hecho con Perséfone. Todos estos miles de años de bailar alrededor el uno del otro, pretendiendo ser neutral, ahora que ella se había ido, ahora que ella pensaba que yo había jugado un papel integral en alejarla de ella, estaba alejando a Tuck de mí. Ojo por ojo.
—Tú no puedes hacer esto —le dije—. Ella no ha hecho nada malo.
—Pero tú sí. —Se inclinó hacia delante, sus ojos plateados clavados en mí—. Eres el único que quiere verla y no al revés.
—Tú no sabes eso.
—Sí lo sé. —Se enderezó de nuevo—. No voy a permitirlo, y si intentas escaparte para buscarla, tendré que trasladarla alrededor del Inframundo tantas veces como deba hacerlo para alejarla de ti. Nunca la verás de nuevo, no por tanto tiempo como yo sea la reina del Inframundo.
Ella podría también haberse metido dentro de mí y arrancado cada pedazo que nunca había importado. Me quedé allí, temblando, tratando de pensar en una manera de evitarlo, pero yo ya me había disculpado miles de veces. Ya había hecho todo lo posible para hacer las paces con él. Su orgullo y su furia le impedían ir más allá de esto y ahora, a causa de eso, estábamos atascados.
Mis manos se apretaron en puños. Podría golpearla. Quería golpearla más de lo que quería vivir, pero yo también había trabajado duro para volver incluso en igualdad con el resto del consejo. Cualquier ataque contra Hades sólo me enviaría en una espiral de nuevo.
Yo no podía hacer nada y ella lo sabía.
—Entonces, ¿podrías darle algo por mí? —le dije, deslizando mi mano temblorosa en el bolsillo. En el momento en que mis dedos tocaron el colgante, sin embargo, Hades negó con la cabeza.
—No.
Por supuesto. Maldito por supuesto. Rastrillé la mano libre por mi pelo, mi visión volviéndose roja.
—No es mi culpa lo que le pasó a Perséfone —solté—. Ella fue la única que tomó esas decisiones. Yo solo señalé el hecho de que tenía una opción.
—Ella tenía una opción —dijo Hades—. Pero tú también. No estoy reteniéndote para que rindas cuentas por las acciones de Perséfone. Estoy reteniéndote para que rindas cuentas de las tuyas.
Me di la vuelta. Ella tenía razón, incluso si sus métodos eran despreciables, incluso si no estaba siendo justo. Había hecho mis elecciones, y había sufrido las consecuencias por ellas una y otra vez. Esta era sólo la última.
—Está bien —le dije con voz temblorosa mientras me daba la vuelta para mirarla—. Bien. Acepto tu decisión, bajo la condición de que esto es todo. Puedes odiarme tanto como quieras, pero esta es la última vez que sostienes esto sobre mí. Punto.
Ella inclinó la cabeza casi con curiosidad. Para uno de nosotros hablarle a uno de los seis originales así, era una locura, sobre todo cuando ya no podía detenerme. Pero no me importaba. Ya era suficiente.
—Nosotros estamos a mano. Yo alejé a Perséfone de ti y tú alejaste a Tuck de mí. Fin de la historia.
Pasé mi pulgar contra el colgante mientras hablaba. Yo nunca la volvería a ver. No era fácil de tragar, de ninguna manera, pero me negué a quebrarme frente a Hades. Yo era más fuerte que esto. Tuck me había hecho más fuerte que esto, y aceptarlo con cualquier cosa menos amarga gracia sería deshonrar su memoria. Y yo no haría eso.
—Muy bien —dijo Hades después de un largo rato, tocando el trono vacío junto a ella—. Estamos a mano. Ahora vete.
Me abrí paso más allá de los bancos, consciente de las almas que habían sido testigos de cada momento de nuestra conversación. Ninguno de ellos importaba, sin embargo. La única alma que quería ver era una a la que nunca volvería a ver. Hades se había encargado de ello.
A mitad de camino por el pasillo, sin embargo, me detuve y me enfrenté a él una vez más. Un puño invisible apretó mi corazón.
—¿Ella es feliz?
Incluso desde la distancia, podía sentir la mirada de Hades quemando dentro de mí.
—¿Importa, cuando no puedes hacer nada para cambiarlo?
—Sí —le dije. Importaba.
Frunció los labios, y al fin, suspiró.
—Sí, ella es feliz.
Eso era todo lo que necesitaba saber. Nunca cambiaría el pasado, nunca llegaría a tiempo para salvarla, pero al menos yo podía descansar sabiendo que no tenía ningún tipo de dolor. Esa era una pequeña cantidad de consuelo que Hades nunca podría quitarme.
—Gracias —le dije y sin decir una palabra, me di la vuelta y me alejé.
