"Un amigo es una imagen que tienes de ti mismo."—Robert Louis Stevenson
Tras la miríada de sustos que había traído Halloween consigo, tanto para víctimas como para verdugos, todo volvió, en medida razonable, a la normalidad. Una tormenta eléctrica de semejante calibre no se repitió hasta la fecha, y la estoica muchacha parecía encontrarse ciertamente recuperada. William ya ni siquiera tenía la impresión de que su amiga había mudado el color de sus ojos: "debí estar soñando", se decantó a creer. Por lo tanto, la rutina había vuelto a ser la que era. Y había regresado de un modo si no malo, por lo menos algo sorprendente.
—...Lo siento, William. ...No sé lo que me pasó ese día.—se disculpó, de nuevo regresando a su faceta seria e impertérrita, así como su sobria expresión.
—No fue nada, en serio. Me alegro de que ya estés bien.—sonrió el moreno, alegre.
Después del gesto, y casi sin irse percatando de ello, el tiempo fue pasando, y Halloween derivó en las Navidades en un abrir y cerrar de ojos. De hecho, la mejor prueba de ello era que muchos estudiantes ya estaban haciendo las maletas para irse a pasar las tan señaladas fiestas con sus familias, a las que llevaban mucho tiempo sin ver. Un buen ejemplo de ello eran los Guerreros Lyoko.
—Hm. Reunión familiar. Estoy ansioso.—mintió Ulrich, preocupado.
—Anda, vamos, no puede ser para tanto.—trató de animarle Odd.—Qué suerte que mis viejos están ahora en la ciudad, me daba mucha pereza coger un avión hasta la otra punta del mundo. Si mis hermanas no están, serán las mejores Navidades de la historia de los Della Robbia. Al menos, de Odd Della Robbia, es decir, el mejor.—dijo, cual divo
—Sois un par de exagerados.—dictaminó Yumi, con los brazos en jarra.—Menos mal que Aelita y yo pasaremos las fiestas lejos de vuestras tonterías.
—¿Eh? ¿Y eso, Aelita?—la interceptó Jeremy, con una ceja alzada.—¿No te vienes conmigo este año? Ya sabes que no me importa...—admitió, ruborizado.
—No es por ti, Jeremy.—le sonrió la pelirrosa.—Solamente me apetecía ver cómo celebran las navidades en casa de Yumi. Además, ¿No me dijiste que este año te quedas cerca de aquí? Podemos quedar algún día…
—E-ehm… S-sí, suena bien...—tartamudeó el rubio de las gafas.
—¡Eeeh, de eso nada! ¿Por qué Einstein tiene su regalo antes que el resto? ¡Eso no vale!—protestó el de la cresta, provocando carcajadas en todos.
Por un camino que se unía a la intersección de donde estaban, llegaban a escena William y Altaira, que iban a su vez hablando de la navidad a su propia manera.
—Tú te quedas en la academia, ¿No, Altaira? Para Navidad, digo.
—...Supongo que sí. Es decir… No tengo otro lugar al que ir.
—Ehm… No quería hacerte sentir mal.—se disculpó el moreno, sonriendo para quitarle hierro al asunto.—Bueno, no es tan malo. Yo también me quedo. ...Como siempre.
—... Hm. Así que te quedas… Bueno, no estaré sola.
Como de costumbre, William le lanzó una sonrisa, que se quedó algo difuminada al fusionarse ambas conversaciones, aunque el tema prevaleciese.
—¿Qué hay de ti, tío?—interceptó Odd al moreno, hablándole con guasa.—¿Por casualidad no te vas a Escocia a bailar en faldita de cuadros, Will?—se mofó, riéndose a carcajadas complementado por intentos de los otros por reprimirlas.
Todos temieron que Odd no pudiese comer dulces navideños porque William le había partido los dientes cuando vieron al susodicho bajar la cabeza y presionar sus puños.
—No voy a irme a Escocia, no bailo, se llama "kilt" y no me llamo Will. ...Eso son cuatro. Como los pedazos que van a quedar de tu cara.—le retó William, con un aura ciertamente estremecedora que incluso hizo retroceder a Odd.
Ante la declaración de muerte, nadie pudo por menos que reírse a pleno pulmón. En el fondo, consideraban a William como un amigo, y sabían que nunca les haría daño… Aunque algunos se lo ganasen a pulso. Incluso él mismo se rio por la broma… Un poco
—...William me estaba diciendo que se queda en la academia por Navidad.
—Ya veo. ¿Y tú también? En ese caso, no será tan malo.—opinó el castaño.
—Seguro que lo pasáis muy bien en la academia.—animó la japonesa, sonriente.
Una moderna canción sonó de repente: era el teléfono móvil de William.
—Lo siento, tíos, un momento...—y se apartó un poco para responder.
Más le sorprendió al escocés comprobar que se trataba de nadie menos que su padre. Llevaban mucho tiempo sin hablar, por lo que se llevó, ciertamente, una sorpresa.
—¿Papá? Sí, eso digo yo, cuánto tiempo. ¿Qué pasa? ¿...Que quieres que hablemos? ¡El graffiti de la cocina venía con la casa! Ah, ¿No es por eso? Entonces, olvídalo. ¿Qué pasa? ¿...Cómo? Espera, ¿Es en serio? Pero, ¡Si tú nunca…! Ya. Ajá. Pues qué remedio. ¿Cuándo es? ¿Esta tarde? ...Pues ya nos veremos. Chao.
Con los ojos abiertos como platos, William colgó el teléfono y regresó con el resto.
—¿Qué quería tu padre, William? ¿Ha pasado algo?—preguntó Yumi, curiosa.
—...Que le han dado vacaciones estas navidades y que coja un avión esta tarde para ir a pasar la Navidad mis padres en Escocia.—explicó, extrañado como nadie.
En la mirada de la rubia se acentuó un brillo de curiosidad, mientras abría más los ojos.
—Vaaaya...—formuló Odd.—Venga, va, todos en fila, todos a la vez no. ¡Odd Della Robbia os va a leer el futuro a todos! Al menos, ya sabéis que funciona.
—Pues ya ves.—concedió William, atónito.—Hace mucho que no veo a mis padres. Creo que casi nunca los veo por Navidad. Qué cosas: en un momento se me han cambiado todos los planes.—alegó, tratando de despejarse un poco.
—Pues ya sabes, Casanova. ¡A sacar tu "kilt" del armario!—rio el de morado con sorna.
Antes de que el moreno pudiese matarle, cosa para la que el tiempo se estaba agotando peligrosamente, las familias de todos fueron llegando a la entrada de Kadic para acompañar a sus hijos a pasar sus vacaciones navideñas.
—¡Pásalo bien en Escocia, William!—no se estuvieron de decirle, con buena fe.
Cuando todos se hubieron ido, William no pudo evitar sentirse incómodo, sobre todo al darse la vuelta y percibir la presencia de su amiga rubia: no había querido crearle una falsa esperanza y ahora le sabía mal dejarla sola en las vacaciones. De repente, se puso a pensar que, sin Altaira, la Navidad no iba a ser lo mismo. Le hubiese gustado mucho pasar las fiestas en compañía de su especial amiga.
"Eh, ¿Y por qué no?" se le ocurrió peligrosamente. "¿Cuándo he aceptado yo un no por respuesta?" Se puso a pensar inmediatamente, cosa que hacía de vez en cuando y le conducía a múltiples líos. Sin embargo, y como siempre, no le importó lo más mínimo.
De repente, tuvo la idea que buscaba. Juraría que hasta se había ruborizado, pero no le dio la menor importancia: estaba demasiado entusiasmado para ello.
—Oye, Altaira, ¿Quieres que vayamos a un sitio?—inquirió, determinante.
—...De acuerdo. ¿...A la sala de recreo, al cine, a un paseo…?
—¡A Escocia!—reveló a gritos, sonriendo ampliamente.
—...Interesante.—respondió la rubia, como sin interés aunque no era el caso.
—Lo digo para que no te quedes sola en Navidad, eso es triste...A mí no me importa. ¿Y bien? ¿Qué me dices?—se notaba ansioso por una réplica afirmativa.
—...Irme a Escocia… ¿Contigo?—parecía pensativa, meditándolo con cautela.
William estaba a un paso de cruzar los dedos, aunque trataba de disimularlo.
—...Está bien. Iré contigo. ...Gracias por la invitación.
—Estupendo. No hay de qué.—contestó el escocés, ruborizándose hasta las orejas.
—¿...Cuándo sería el viaje hacia allí?
—Esta tarde. De hecho, el vuelo sale en unas horas.—se excusó, con guasa.—Deberíamos hacer la maleta, tú y yo. ¿Has ido alguna vez en avión?
—...No. …"Pero siempre hay una primera vez". ¿...No ibas a decir eso?
Le había pillado completamente. O se leían el pensamiento, o pensaban igual.
Acto seguido, ambos se separaron tras acordar quedar en la entrada de la academia a una hora concreta para ir hacia el aeropuerto, cada uno directo a su respectiva estancia para hacerse la maleta para el viaje que se les avecinaba. Mientras hacía lo propio, Jim llamó a la puerta del joven Dunbar, trayéndole un sobre firmado por James Dunbar, su padre. "Será el billete para el vuelo", pensó, y obviamente acertó. Incluso en lo de "billete", en singular. Solo había uno. Y era plenamente consciente de ello.
Terminó de guardarlo todo en una maleta grande, y se llevó otra bastante grande y una mochila como equipaje de mano. De hecho, algo había comenzado a tramar…
A la hora acordada, la rubia le estaba esperando puntualmente en la entrada. Llevaba una maleta de tamaño mediano y diseño femenino y un bolso coqueto.
—Bien, ¿Nos vamos? Hemos de llegar un poco antes del vuelo.
—¿...Qué es lo que llevas en ese sobre, William?
—Ah. Eso. Mi billete de avión. Me lo ha mandado mi padre esta mañana.
—...Entiendo. ¿...Por casualidad te ha enviado también uno para mí?
—No exactamente.—comentó con aprobación.—Pero no te preocupes, seguro que mis padres se alegran mucho de conocerte. Es solo que… Verás…
Y le susurró su alocado plan al oído. Altaira, por su parte, pareció conforme.
—...Muy bien. Dime qué es lo que debo hacer...—se prestó.
—Oh, ¿No te importa? Cualquier otra chica me hubiera dado un buen guantazo…
—...Yo no soy cualquier chica, William. ...No lo olvides.—comentó, en serio.
—Eso lo tengo muy presente, tranquila. No osaría olvidarlo.—sonrió, sinceramente.
Pese a que estuvieron unos instantes allí plantados, pues parecían haberse quedado sin palabras, reanudaron su marcha por las frías calles de invierno. La rubia seguía a su acompañante, porque era quien conocía el camino, mientras él le daba instrucciones
—Antes de que se me olvide… Deberías darme todos los objetos metálicos que lleves.—le dijo, parando de repente.—Es bastante importante, ya verás.
No sabía cómo funcionaban los aeropuertos, por lo que siguió ciegamente lo que le decía William, tal y como se había comprometido. Por lo tanto, se quitó los austeros pendientes que llevaba y se desabrochó el cinturón, así como el colgante de la mitad del corazón, y se los dio. El moreno lo guardó todo con cuidado en su bolsillo, y ambos continuaron su camino hasta que llegaron a la terminal correspondiente, como era menester abarrotada de gente, por lo que esperaban pasar mínimamente desapercibidos.
—A ver qué llevas… Dame, tendré que llevar yo tu equipaje. No es mucho, un bolso y una maletita, no creo que haya problema.—William tomó todo el equipaje.—Sígueme. Y ponte la capucha, a ser posible. Así no llamaremos demasiado la atención.
Antes siquiera de chequear el billete o facturar el equipaje, el moreno indómito condujo a su amiga hacia el baño más cercano, y por razones indispensables que fueron útiles un poco más adelante, ambos hicieron vía hacia el baño de hombres.
Una vez allí, festejando porque no hubiese nadie en ese preciso momento, William abrió la maleta grande que llevaba de equipaje de mano que, en realidad, estaba vacía. Ya era sospechoso que alguien como él se llevase tanta ropa, y menos teniendo en cuenta que iba a volver a su casa. De hecho, esa maleta tenía otros fines…
—Si te encoges un poco, podrás caber perfectamente, Altaira.—indicó, inocentemente, rezando porque la chica no maldijera sus huesos.—Mira, ya sé algo más de ti: cabes en una maleta. ...La cuestión es cómo he tenido que darme cuenta de esto...
Contra todo pronóstico, la susodicha no protestó en ningún momento, e hizo lo propio. Haciendo unas pruebas previas, se corroboró que cabía a la perfección. Disculpándose con la mirada y tratando de tranquilizarla con una media sonrisa, el escocés echó el cierre, dejando un espacio para que no se ahogase. Tenía una extraña forma de hacer amistades, ciertamente. No entendía cómo Altaira no le había matado ya.
—Trataré de sacarte de aquí lo antes que pueda, lo juro...—le susurró al objeto.
Con la maleta de su ropa, su mochila, el bolso, la maletita de Altaira y la maleta en la que la propia chica estaba metida, William avanzó con cuidado de que la última de la lista no recibiera ningún golpe hacia la zona de facturación. Al cabo de un rato, le tocó su turno. Una encargada con pinta alegre le atendió.
—Muy bien, la documentación parece en orden. Tenga su billete y su identificación, señor Dunbar.—al interpelado le hizo gracia semejante apelativo para alguien como él.—¿Cuál es el equipaje que desea facturar?
—Pues estas dos maletas.—con su fuerza, puso sin problemas sobre la cinta transportadora la maleta con su ropa y la de Altaira.—Lo demás es equipaje de mano.
—Oh, esto...—la trabajadora luchó por aguantarse la risa.—¿Esta maleta también es suya, señor?—señaló la de la rubia, que se veía más femenina que nunca.
Fue en ese preciso instante en el que William se percató que estaba facturando una maleta de chica y llevaba un bolso de chica en la mano. Se giró para hacerse el despistado, pero era inútil: la gente que esperaba para facturar también se estaba riendo disimuladamente. Jamás había pasado tanta vergüenza. Dijo que sí a la empleada de la facturación, que se esforzaba en parar sus risotadas.
Una vez le hubieron dado el visto bueno, salió de allí a la velocidad de la luz. Al volver de Escocia, no volvería a pisar ese aeropuerto el resto de su vida. Sin embargo, debía sacar fuerza de flaqueza: aún quedaba el control del detector de metales.
—De acuerdo, chaval, pon en esta cinta todo tu equipaje de mano y pasa por el arco.
Mientras William (súper sorprendentemente) obedecía, uno de los guardias le susurró al otro, tapándose la boca para no ser escuchado (cosa que no logró) y no reírse:
—Recuerdo que mi mujer tiene un bolso parecido al de ese chico.—rio intensamente.
En cualquier otra circunstancia, el joven Dunbar ya se habría enzarzado en una discusión, sin embargo ahora no se lo podía permitir, o su plan habría sido en balde. Aún quedaba la parte más difícil, y esa no era la de hacer creer a los policías que
llevaba dos cinturones al mismo tiempo, pendientes y un collar en forma de corazón…
—Disculpe, agente...—empezó, fingiendo su más currada cara de inocencia.—¿Sabe si por ahí…?—señaló la zona opuesta al arco.—¿...puedo ir a las puertas de embarque?
—Pero ¿Qué dices, chico? ¡Al embarque se va por el lado opuesto!
Había parecido un tonto, pero no lo era. Tuvo el tiempo perfecto para que, cuando los policías se dieron la vuelta, mirando hacia donde estaba señalando, él pudiese darle una patada (tan suave pero efectiva como pudo) a la maleta donde estaba escondida Altaira para que atravesara el arco de los metales sin vigilancia. Lo había hecho.
Después de pasar y despedirse de los agentes ("Gracias por las indicaciones, casi no sé lo que hago."), tomó sus cosas (y las de Altaira, por descontado, pero eso nadie más lo sabía) y se encaminó hacia las puertas de embarque, sentándose cerca de la suya correspondiente hasta que llegase la hora de embarcar, la cual no debía de ser lejana.
Esperando, repiqueteó sus dedos en la rodilla, un poco nervioso por su amiga estoica, pues aquella situación no debía de estarle siendo agradable para nada. Fue entonces cuando decidió sacar un tentempié de la máquina y "guardarlo" en la maleta.
—Toma.—bisbiseó a la maleta, tratando de que la gente no le tomara por idiota.—Come algo. Te irá bien.—sentía aquello un modo de disculparse.
—...No me hace falta, William.—le pareció escuchar desde el interior.
—Por favor.—le suplicó, hecho un manojo de nervios.—No quiero que te desmayes.
Suspiró de alivio cuando oyó romperse el envoltorio de la chocolatina, pues supuso que su amiga habría aceptado su consejo. Solo deseaba embarcar ya para sacarla de ahí y poder llegar a Escocia sin ningún otro percance parecido. Menudas Navidades.
Tras lo que le pareció una eternidad, pudieron ("pudo") embarcar por fin. William se sintió de repente algo más reconfortado, tanto que incluso ignoró la evidente mofa en la mirada de la azafata cuando vislumbró un bolso de mujer en su hombro. Tomó sonriendo el billete de su mano ("ojalá te quedes sola", pensó mientras lo hacía) y avanzó rápidamente por el túnel que lo condujo hasta el avión. El pase que le había conseguido su padre era de primera clase, pues eran una familia bastante adinerada, así que tenía que seguir andando hasta el fondo del avión. Sin embargo, no se detuvo ni en su asiento: su primera parada fue el baño, no porque necesitara ir (quizás por los nervios, pero le importaba un soberano bledo), sino para liberar a su compañera.
Se apresuró en desbloquear el cierre de la maleta, abrirla de par en par y ayudar a Altaira servicialmente a salir de allí. Incluso le tendió sus pertenencias ipso facto, todo para asegurarse de que se encontrara más que cómoda, a modo de pedirle perdón.
—Siento lo que ha pasado.—se disculpó sinceramente, con una sonrisa que en nada se parecía a aquellas vacilonas que solía adoptar.—Procuremos no llamar la atención.
Y aquel fue el día en el que un indómito adolescente logró burlar la seguridad de todo un aeropuerto entero, sin embargo se había rebajado a tanta humildad con su amiga por lo que había pasado que ni siquiera se echó flores por ello. Le cedió a Altaira su asiento en primera clase, al lado de la ventana, y él cogió el de su lado, dejando el equipaje de mano en el tercero que completaba la fila. Esperaba que estuviese vacío.
A pesar de que Altaira le miraba de soslayo sentada a su lado en el avión, ella y William no cruzaron ni una palabra hasta que el pájaro mecánico se preparó para el despegue. Fue entonces cuando, quizás, la curiosidad se avivó un poco más.
—...Hey, William…
—Anda, ¿Sigues hablándome? Creía que me odiarías...—admitió el moreno, sonriendo
—...Es cierto que tengo mis motivos.—contestó la rubia, impasible pero no furiosa.—...Pero no me refería a eso. ...Te dije que lo haría, así que lo hice. ¿...No?
—Ehm, sí… Tienes razón.—la sonrisa, obviamente, se acentuó.—Entonces, ¿Qué querías decirme?
—...Te sonará raro, pero… ¿...Por qué nos han hecho apagar el móvil aquí?
—Ah, eso. Al parecer, es peligroso volar con aparatos electrónicos encendidos.—a William también le dio por pensarlo.—Pero no tengo mucha idea. En fin, qué más da.
—...Es cierto. Supongo que… Para qué pararse a pensar en algo así.
—Sí, ¿Verdad? Ya mismo despegamos. Tú solo disfruta del espectáculo.
En poco tiempo, ya no tuvieron que temer alguna represalia directa por parte del aeropuerto, pues ya se estaban alzando en el aire, rumbo a la tierra natal de William.
—Je, qué pasada.—opinó William, acomodándose en el mullido asiento.—El despegue es mi parte favorita. Cuando sientes que te echas a volar es increíble.
—...Supongo que es cierto.—Pero no parecía demasiado atenta al respecto. De hecho, la rubia había quedado ensimismada mirando una de sus manos, como pensativa.
De improviso, en un instante tan breve que hizo que William ni se percatara de ello, los iris de los ojos de la chica se tornaron rojos como la sangre, pero solo fue un momento, como en un destello. En poco tiempo, volvieron a ser dorados, como de costumbre.
—...Hm...—Altaira entrecerró sus ojos y, con un movimiento perezoso, se inclinó hasta quedar su cabeza cerca del hombro del escocés y pasar a rodearle con los brazos. Daba la impresión de que lo hacía incluso sin querer, como si tuviese ganas de echarse una siesta y solo prefiriese el hombro del moreno antes que el frío de la pared; a William, no obstante, no parecía importarle lo más mínimo si era adrede o sin querer: mientras Altaira estuviese ahí, habría un permanente rubor en sus mejillas. Y no quería que cesase, con todo lo que eso suponía. Obviamente, no iba a protestar lo mínimo.
Paralelamente al sonrojo del muchacho, una neblina mental misteriosa se sumía, completamente invisible para todo el mundo, sobre alguien más…
No recordaba que su campo de visión hubiese cambiado, ni que, por tanto, hubiese salido del avión que la llevaba a Escocia. De hecho, no había sido así. Aquel espacio vacío no era físico: era mental. Se había quedado dormida y, a través de ello, accedía a los recovecos más recónditos de su mente. En realidad, además, ni siquiera lo había hecho a propósito; por el contrario, había sido llamada. Y cuando uno se llama a sí mismo, el no contestar a la llamada no es una opción.
—Lo has hecho muy bien, querida. El hecho de acceder a acompañarle para estar alerta de sus movimientos ha sido una buena idea. Y la naturaleza de esta reunión en sí me da una pista de que ya tienes una sospecha de qué puedes hacer a continuación.
Frente a ella, que no daba señales de vida en ningún momento, se presentó una silueta de su misma altura, complexión y rasgos, con modificaciones cromáticas y de expresión, pues la chica enfrente de la rubia se mostraba perversa en todo momento. Esta aparición levantó su mano derecha, extendiendo la palma de la mano, de la cual inmediatamente brotaron centenares de chispas enormes, más parecidas a rayos que a cualquier otra cosa. Simultáneamente, como si entremedio, más que espacio, hubiese un espejo, la muchacha de cabello dorado hizo exactamente el mismo movimiento, y las mismas centellas adornaron su blanquecina mano. Con otra chispa invisible, las miradas de ambas se cruzaron, como si se leyesen el pensamiento.
—Ahora puedes hacerlo. Es simple, ¿No? Quieres saber por qué no puedes usar un móvil en un avión, ¿Verdad? Yo te lo diré: interferencias. Cualquier interferencia eléctrica puede ser fatal en un vuelo. Incluso el avión podría perder el rumbo y estrellarse. Pero bueno, ¿Por qué te lo cuento? Seguro que ya lo habías pensado. Te conozco bien, muy bien… Mejor que nadie.—rio pérfidamente.—No es necesario ni que te levantes: toca la pared, y listo. La señal llegará de todas formas, eso por seguro.
A continuación, la maquiavélica felicidad que inundaba su semblante se redujo un ápice, mostrando en su rostro una pequeña sombra de duda.
—Es cierto que… Eso de dormir me tenía un poco preocupada… Pero pensándolo bien, es una buena forma que puedo usar para cuando tenga que llamarte para alguna orden o consejo. Hay que sacar provecho de las situaciones...—recuperó lentamente su confianza.—Y ahora, ya puedes despertarte, he terminado. ...Me he aburrido de tanto hablar sola. Je, je, je...—añadió con malicia.—Hasta la próxima… Querida.
Y aquel lugar se desvaneció como si nunca hubiese existido... Si es que lo había hecho
Con otro impulso parecido al que se había producido en sus orbes unos instantes atrás, la muchacha se despertó de súbito, un poco confusa al principio y, por qué no decirlo, provocándole un susto a William, que se había quedado completamente in albis.
—¡Caray!—se asustó.—Vaya, buenos días, bella durmiente.—rio, aunque ¿Lo había dicho de broma?—Me alegro de que, aunque estuvieses cansada, no fuese de mí.
Como en tantas veces anteriores, los ojos de ambos quedaron perdidos los unos con los otros, creando una especie de bucle que les dejaba anonadados, y del cual les costaba un buen rato salir. Sin embargo, y como siempre terminaba pasando, lograban salir en un rato, cuando por fin empezaban a tomar consciencia de la situación en la que estaban. El moreno escocés, sin dejar de sonreír, se apartó para "dejar respirar" a su acompañante, y fue en ese instante cuando Altaira hizo un movimiento con su mano derecha, antes de quedar mirándola fijamente. Acto seguido, clavó la vista en la pared del avión, frente a ella, que rodeaba la ventanita.
Solemne, la rubia hizo ademán de acercar su mano a la pared, quedando a pocos milímetros del contacto. Solo un poco más, y lo tocaría. ...Solo un poco más…
—¿Sabes algo, Altaira? Espero que lo pasemos muy bien en Escocia.—sonrió William.
Ante la intervención de su amigo, Altaira detuvo lo que estaba haciendo y se volvió para mirarle de nuevo. Lo último que había dicho no era una pregunta, por lo que no tenía por qué esperar respuesta, pero los ojos azules del rebelde se mostraban inquisitivos, como si quisiesen una opinión. Tras una larga y tendida pausa, la rubia bajó los brazos, descansándolos en su regazo, y contestándole a la afirmación:
—...Yo también lo espero.
Con la sonrisa de William y la condescendencia de Altaira, tuvieron el resto del viaje bastante calmados y callados, esperando el aterrizaje...que acabó llegando.
—Mira, Altaira.—le indicó William, señalando por la ventana cuando el anuncio del cinturón de seguridad se iluminó.—Eso de allí abajo es Escocia.
—...Ya veo. ...Así que eso es Escocia ya. ...Interesante.
Bajo la naciente oscuridad del ambiente se intuía, todavía más negro, un horizonte recortado, flanqueado por luces por doquier. Habían llegado. Sanos y salvos.
El aterrizaje se llevó a cabo sin más complicaciones, y la salida del avión fue, ciertamente, más pacífica que la entrada, pese al caos general que había formado. Una vez ya en la terminal escocesa, recogieron las maletas facturadas y salieron pitando de allí antes de que alguien les llamara la atención en caso de que hubiesen descubierto el truco de despiste que habían empleado. Por suerte, nadie les dijo nada.
Por unas puertas giratorias, salieron del edificio y admiraron algunas vistas provisionales escocesas, pese a que aún faltase por admirar un montón. Además, la escasa luminosidad, y además artificial, que había lo dificultaba en medida.
—Hola, ¿Papá?—el moreno marcó el número de su progenitor.—Sí, acabo de llegar. Sí, sí, ya estoy fuera del aeropuerto. Que sí, todo bien. De verdad, ¿Por qué hablas como si ya debiera estar muerto? ¿Y ahora qué? Oh, vamos, ¿En serio? ¿Ni siquiera vienes a buscarme? Ja. Cómo olvidarme. Vale, vale, llegaré por mi cuenta. Solo robaré un par de coches, pero tú ni te preocupes. ¿Una broma? Ja, no creas, no creas. ¿Qué te apuestas? Vaaaale. Ahora te veo. Chao, chao. —colgó sacudiendo la cabeza.
—…¿Debería preocuparme ese singular que estás usando?—inquirió Altaira, seria.
—¿Para qué tendrías que preocuparte? Mis padres no saben que estás aquí, ¿Para qué decirles algo que verán en un momento?—contestó soberbio, extendiendo los brazos.—Pero para eso, tendremos que llegar primero. Por aquí, por favor.—con una reverencia de guasa, le indicó una dirección a modo de caballeroso guía.
En unos minutos, los cuales aprovecharon para observar un poco más de la pintoresca zona donde estaban, pese a tratarse de una ciudad, llegaron por fin al hogar familiar de un William que no lo había pisado en bastantes meses. A pesar de ello, no se perdió: se trataba de un habitáculo espacioso y moderno, de dos pisos con su jardín modesto. Se notaba que el moreno no la visitaba a menudo, pues aún seguía entera y en buen estado. Tenía un aire un tanto lúgubre ya caída la noche, que quedaba de fondo.
Ya que sabía de su existencia, el moreno cogió una copia de la llave que estaba escondida, mientras Altaira le seguía con la mirada, inquisitiva ("Huy, sí, sabes que hay una llave, ¿Qué harás, matarnos a todos mientras dormimos?") Luego, una vez abierta, abrió la puerta, llevando todo el equipaje a través, y ambos entraron en la casa.
—¡Papá, ya he llegado!—anunció William, sonriendo con chulería.
Cuando los padres del escocés, un hombre de unos 45 años de cabellos grises que antaño fueron negros y una mujer de edad similar de pelo verdoso y una peca en la tez, llegaron a escena, se percataron de que llevaban mucho sin ver a su unigénito, por lo que se abalanzaron sobre él en una metralla de besos y abrazos la mar de embarazosos. Por el contrario, tardaron en reparar que había alguien más allí.
—¿Hm? Oye, William, ¿Quién es esta chica?—preguntó James Dunbar, sorprendido.
—Ah, es cierto, no os había presentado.—intervino el susodicho, con una risilla que daba a entender que de apurado no tenía nada.—Altaira, estos son James y Edine Dunbar, mis padres. Papá, mamá, ella es Altaira, una amiga de la academia. La he invitado a pasar las Navidades con nosotros.—les presentó el "cabecilla del plan".
—...Encantada de conocerles.—susurró la rubia, circunstancial.
—¡Vaya! Si tenemos una invitada. Pareces sorprendido, James. De hecho, lo estoy. ¿Y por qué lo estás? ¡Porque mi hijo William no me había dicho nada al respecto!—le retó su progenitor, entablando una cómica conversación consigo mismo como represalia.
—Relájate, James.—se rio William.—No podía llamarte desde el avión para contártelo. Es que… Ella también es de aquí, y venía para acá, casualmente, en el mismo avión que yo… Y como no tiene familia, le he ofrecido que se venga.—anunció, orgulloso.
Ni siquiera alguien tan literal como Altaira desmintió la trola que William se acababa de inventar completamente sobre la marcha. Muchas excusas a su espalda, se notaba.
—E-en fin, un placer conocerte, Altaira, querida.—intervino la madre de William.—Estaremos encantados de que pases las Navidades con nosotros, cielo.
—...Se lo agradezco, señor y señora Dunbar. ...Son ustedes...Muy amables.
Se presentaron definitivamente y padre e hijo Dunbar enterraron un poco el hacha de la discordia. Por lo tanto, ambos jóvenes se instalaron por fin en sus cuartos, William en el suyo y la rubia estoica, en el de invitados. Ante el hecho de que el moreno hubiese mantenido el mutis por el foro con sus progenitores, dicha habitación no estaba lista, sin embargo se prestó a ayudar a su amiga al respecto, y pronto lo estuvo. Mientras tanto, los Dunbar buscaban el teléfono de la ambulancia para tenerlo a mano, pues el ver a su único hijo ayudando a ordenar les hacía pensar en una enfermedad seria.
Pronto, la cena estuvo lista y los Dunbar y su peculiar invitada se reunieron en la mesa.
—Así que, Altaira, ¿No? ¿Eres muy amiga de William?—inquirió James Dunbar.
—No, qué va, es mi peor enemiga, por eso la invito a pasar las Navidades conmigo.—espetó William sarcásticamente, con una sonrisa maliciosa.
—William, no hables de ese modo.—le recriminó su madre.—Es solo que… William no nos había hablado de ti hasta hora, tesoro. ¿Llegaste hace poco al colegio?
—...Sí, señora. ...Llegué hace pocos meses, y conocí a William el día que llegué. Desde entonces… Nos hemos hecho amigos. ...Nos llevamos bien.—dijo la rubia.
—Y yo me alegro de oírlo, sin duda, y es porque me pareces una chica muy correcta y educada que espero que mi hijo no te involucre en sus rebeldías.—continuó el padre.
—Siento decírtelo, papá, pero Altaira y yo somos muy parecidos en realidad.—confesó el moreno indómito, travieso.—Así que las rebeldías las hacemos juntos. Aunque no por ello deja de ser una chica genial y estupenda, ¿No es verdad, Altaira?
Ambos progenitores se sorprendieron un ápice ante semejante réplica de su hijo.
—...Qué tonto eres, William.—le contestó, con tranquilidad.—...Aunque no por ello pienso diferente: no dejas de ser un chico genial y estupendo… Pero eres tonto.
No pudo tomarse la palabra como nada más que un apelativo cariñoso, por lo que no dejó de sonreír en ningún momento, e incluso le dio las gracias.
—Oh, vaya, ¿De veras piensas así de William? Sí que sois amigos...—opinó Edine.
—Claro que somos amigos: somos un gran apoyo el uno para el otro, ¿No crees?
—...Desde luego.—corroboró la rubia, solemne como siempre.—Me fuiste de gran ayuda cuando me salvaste la vida con el boca a boca, me prestaste tu chaqueta cuando me dejaron prácticamente sin ropa y me dejaste quedarme en la cama de tu cuarto cuando me sentía mal. ...Sí, me has ayudado mucho.—dijo, casi con sarcasmo.
A cada situación nueva que añadía, el rubor del moreno se intensificaba un poco más: dicho de ese modo, resultaba fácilmente propenso a confusiones de carácter incluso lascivo, pese a que no fuese el caso. Sin embargo, el premio a la más notable sorpresa seguía siendo para James y Edine, en conjunto, con las orbes abiertas de par en par.
—Ehm… William...—le interpeló su padre.—¿A qué se está refiriendo Altaira?
—¡N-no es lo que estáis pensando!—chilló, exasperado, con un atisbo de vergüenza.
Por suerte para todos, la cena terminó pronto, y después de recogerlo todo y antes de retirarse a dormir, quedaba algo fundamental por hacer: montar el árbol de Navidad. Así pues, los más jóvenes se pusieron a ello: montaron el abeto artificial y le colocaron toda suerte de adornos, mientras iban charlando de misceláneas temáticas.
—Tú no te cortas ni un pelo, ¿Eh, Altaira?—añadió William, con una ceja alzada.
—...No creo que haya nada de malo en llevar la melena larga.
—Exacto, por eso mismo prefiero que no se me caiga el pelo delante de mis padres.—rio, sin mala fe.—Eres experta en hacer que la gente piense mal de mí.
—…¿Y eso qué? Lo importante es que yo sé cómo eres.—musitó tranquila la chica.
Mientras ella se alzaba ligeramente para colocar el último adorno sobre el árbol, una brillante estrella, en la copa, William la acompañó con una mirada tan brillante como el falso astro: la creyó la mejor respuesta que le podrían haber dado...Mejor que el perdón
—Tienes razón, Altaira. Realmente la tienes.—le sonrió.—Si tú sabes cómo soy, me da igual lo que piensen los demás. Y si yo sé quién eres, los demás que digan lo que les venga en gana, porque todo estará tan bien que no me importará lo más mínimo.
Ella le lanzó una mirada fugaz, mirada que intentó retener continuando su charla.
—Eso sí… Que sepas que me vengaré por lo de antes.—bromeó, guiñando un ojo.
—...Vaya, vaya… Qué interesante.—tras lo cual, calló como una muerta.
Al terminar por fin de decorar el árbol navideño, ya era la hora de acostarse, hasta el día siguiente, que William supuso, si más no, interesante.
—Ya sé que eres una estrella, Altaira, y que por tanto sales por la noche, pero procura dormir, ¿Vale? Buenas noches.—le dedicó una sonrisa y un gesto amable.
Tras lo cual, el moreno se retiró a su habitación, dispuesto a conciliar el sueño si podía. Altaira iba a hacer lo mismo, cuando…
—Ah, por cierto.—retrocedió William.—¿Te gustaría que mañana fuéramos a ver la ciudad? Hay sitios muy bonitos por aquí, y ya que has venido, quizás te guste dar una vueltecita. Y además… ...Los regalos.—susurró justo al final.
—¿...Hm? Disculpa, ¿Dijiste algo?
—Ah, nada, nada. Buenas noches, Altaira, que descanses.—deseó, con simpatía.
Luego de observar cómo el moreno indómito se encerraba en su propio cuarto, ella se dispuso a abrir la puerta del suyo, mientras se decía cosas a sí misma.
—...Los regalos, ¿Eh? ¿...Cuál es el regalo que me podría hacer, que me agradase…? ...Aunque… Quizás sea mejor esperar. Al fin y al cabo, ha de ser una sorpresa…
Tras lo cual, la rubia se deslizó en su habitación cerrando tras de sí, adentrándose en las entrañas de la noche, soñando con lo que le depararía el día siguiente, pese a que lo que soñase fuera algo tan oscuro como una noche.
(...)
^^U William debe de estar pegándome algo de su valentía si me atrevo a dar la cara XDDD Ahora en serio, siento muchísimo haberme demorado tantísimo esta vez, mea culpa T_T Tuve un viaje escolar, líos varios de aquí y de allá, así que no he podido sacar más tiempo para tenerlo listo antes. A ver si ahora que es Semana Santa puedo esprintar un poco -_-U De verdad que lo siento, espero que no me hayáis echado mucho de menos XD
Esta ha sido la parte de la historia en la que cierto moreno indómito ha timado a todo un aeropuerto, vamos, pan de cada día XDDDD Me reí mucho escribiendo esa escena, y más cuando tuve que coger un avión para el viaje que emprendí y que he mencionado antes, como para imaginarme a mí haciendo eso, no sería capaz XD (OK dejo ya de hablar de mí, a nadie le importa XD) Espero que os haya gustado este capítulo en directo desde Escocia / El siguiente también será allí, claro, desde Escocia en Navidades escrito desde España en Semana Santa XDDDD
Contesto a reviews x)
draoptimusstar3: Ese fue el capítulo de los sueños/pesadillas XD Me alegro de haber creado esa sensación de "gato encerrado", aunque me encanten los gatos XD Y aawwwwww gracias, como siempre es muy lindo lo que comentas, y me alegro que los momentos en la habitación te pareciesen tiernos (pero shhhhhhhh que no te oigan los padres de William o pensarían peor XDDD) y el abracito, QUÉ DARÍA YO POR HABER SIDO RUBIA EN ESE MOMENTO XDD—OK me calmo. Intento que los refranes sean acertados, por lo que espero que mis elecciones den la talla XD Gracias por lo del misterio, te lo agradezco de verdad :3
Me despido hasta la próxima, que espero que sea PRÓXIMA de verdad XD Me disculpo de nuevo por la tardanza, y gracias a todo el mundo por el apoyo, significa muchísimo. ¡Besos! :3
Codelyokofan210399
