¡Hola queridos Terrafofans!
Un sábado más aquí volvemos con capítulo ^^. Como ya dijimos el miércoles ya estamos de lleno metidos en la historia pese a que todavía teníamos que hacer la presentación más en serio de algunos personajes, y en esta ocasión toca Shokichi. Tenemos que decir que queremos mucho a Shokichi y que por ello a este capítulo le tenemos especial cariño, aunque hasta ahora no haya salido mucho es un personaje que va a tener bastante relevancia en el AU.
Karen: Muchas gracias por dejar review otra vez. Nos alegra muchísimo que te gustase y nos ha hecho tanta ilusión que nos digas que lo has leído varias veces :3, dentro de poco tendrás más Alex y Yaeko , que son muy tontorrones y nos gusta mucho esa pareja ^^. Un abrazo
Lobo: ¡Gracias! lindas no sé, pero una de nosotras ha hecho cosplay de Michelle hace poco así que con lo de capitanas no vas muy desencaminado xD. Y eres también muy oportuno, el capítulo del miércoles que viene está narrado desde el punto de vista de Michelle así que conocerás un poco más de ella y de lo que piensa sobre Akari. Un abrazo también para ti ¡gracias por tu apoyo!
- Título: El animal social
- Autora: Eme sylvestris
- Palabras: 5010
- Personajes: Shokichi, Keiji, Adolf, Michelle, Akari
Y gracias en general a todos los que nos seguís leyendo, estamos muy emocionadas con acogida que está teniendo este proyecto que empezó como algo personal y un poco a lo tonto y ha terminado por convertirse en algo a lo cual nos dedicamos en cuerpo y alma. ¡esperamos no defraudaros con todo lo que queda por venir!
Para más información al respecto podéis consultar nuestro tumblr: cockroacheswetdreams
EL ANIMAL SOCIAL
Si miras la vida positivamente, te pasarán cosas positivas. O por lo menos de eso estaba convencido Shokichi Komachi, 42 años, soltero y Leo.
Si bien es cierto que es mucho más fácil mirar la vida positivamente cuando un despertador no te martillea la cabeza con un incesante pitido a las 5:50 de la mañana. Alargó el brazo hasta el aparato, se estiró en la cama y acto seguido se dio la vuelta, cerró los ojos y se acomodó de nuevo, el día podía esperar…algo así como 10 minutos más. A las 6 en punto la sintonía de su anuncio televisivo favorito empezó a resonar por la habitación.
Levantarse por las mañanas le daba una pereza tremenda, sobre todo si era para ir a trabajar. Le gustaba su trabajo, de hecho le encantaba, lo cual no estaba reñido con el querer acurrucarse en la cama un rato más por las mañanas. Le había costado muchas broncas en anteriores trabajos por llegar tarde el aprender a utilizar dos alarmas cada mañana, para no dormirse de nuevo después del sonido del despertador al hacerse un ovillo bajo las mantas.
No obstante, el método no funcionaba tan bien como parecía, y otros tantos disgustos le había costado el percatarse de que para que fuese suficientemente efectivo la segunda alarma debía estar lejos de su cama, para así obligarle a levantarse y desvelarse del todo. Se desperezó aún sentado en el colchón mientras la pegadiza sintonía sobre una conocida marca de cerveza seguía sonando, y pese a que aún estaba dormido por dentro en su cabeza tarareaba la cancioncilla conforme caminaba hacia cómoda sobre la cual estaba su teléfono móvil.
Ni siquiera se preocupó por calzarse, el suelo de su habitación era de madera, así que solía dejar las zapatillas en la puerta del baño para ponérselas una vez fuese a posar sus pies sobre las frías baldosas del aseo. Su rutina, incluso los fines de semana, siempre era la misma. Una vez estaba levantado lo primero que hacía era mirar por los ventanales de su habitación, tenía unas maravillosas vistas de la ciudad y los días como esos, en los que madrugaba tanto como el Sol, le encantaba observar las calles vacías envueltas en la tímida luz matutina, así como los pájaros que iban a posarse al alféizar de su ventana. Se pasó las manos por la cara y bostezó, le gustase o no, era momento de empezar el día.
Sin pensárselo mucho más, pues si lo hacía probablemente acabaría otra vez refugiado bajo sus sábanas color burdeos y llamando a la facultad para decir que estaba enfermo, se desnudó rápidamente y se metió en la ducha. Tras un momento arrinconado en una esquina a la espera de que dejase de salir agua fría, dejó que el líquido elemento le empapase y pudo sentir su cuerpo despertar, para él había pocas cosas tan placenteras en este mundo como un chorro de agua caliente recorriendo su espalda haciendo que sus músculos se desentumecieran.
Una vez hubo terminado, y con el vapor y el intenso olor de su gel inundando el cuarto de baño, abrió la mampara sintiendo el frío del exterior como un azote. Pese los días aún eran tibios, la diferencia de temperatura entre la ducha y el resto del aire del baño se hacía notar, y no tardó más que unos segundos en envolverse en su cálido y suave albornoz negro. Se pasó una toalla por sus pelo corto para escurrir el agua que le goteaba por la espalda, nunca usaba secador, de hecho ni siquiera tenía uno, simplemente eliminaba el exceso de agua y luego lo dejaba secar al aire.
Se plantó frente al espejo ligeramente empañado y comenzó a preparar sus útiles para afeitarse, que era sin duda a lo que más tiempo dedicaba cada mañana. Le gustaba cuidar su barba, de hecho era algo bastante patente al observarle, pues su peculiar corte siempre estaba impecablemente rematado, tanto, que durante un tiempo en su departamento se rumoreaba que en realidad no era pelo, sino que la llevaba pintada.
Una vez hubo terminado de retocar su vello facial y con su barriga reclamando comida de forma bastante escandalosa, pasó por su estudio a recoger su tablet y aún ataviado con su albornoz bajó al piso de abajo. Le gusta aprovechar para leer noticias y revisar sus correos mientras desayunaba, y ya era costumbre para él dejar el aparato encima de la mesa de la cocina y consultarlo mientras cocinaba y se preparaba su café. En un momento se preparó un sándwich, que acompañó de la aromática bebida así como de un zumo de naranja y un yogur. Estaba ya tan acostumbrado a la vida en EEUU que había perdido gran parte de sus costumbres japonesas, como el desayuno, de hecho si no fuese por Keiji probablemente habría olvidado también parte del idioma. No obstante las largas charlas con su amigo y las conversaciones puntuales con alumnos de intercambio como Akari habían conseguido que su japonés sólo se resintiese un poco.
- ¿Hmm?- murmuró repentinamente observando su tablet con curiosidad.
No obstante no fue una noticia lo que le llamó la atención, sino la fecha ¡quedaban poco más de tres semanas para Halloween ¡y no había empezado a preparar nada!
A Shokichi le encantaba preparar fiestas, era un hecho, siempre tenía una excusa para reunir a gente en su casa al ritmo de buena música, acompañados de abundante comida y por supuesto, litros de alcohol. Cuando no era Halloween era Navidad, cuando no Año nuevo, cuando no algún partido. En la universidad se rumoreaba que todos los miembros del equipo docente o administrativo de la universidad habían dormido al menos una vez en su casa, eso no era verdad, había en torno a un 10% que no le caía bien ni siquiera a él y a los que nunca había invitado, ni invitaría nunca. Sin duda quien más veces se había quedado era Keiji, siempre que había algún partido o competición deportiva se apalancaban ambos en el sofá palomitas y cerveza en mano. Shokichi en ocasiones se sentía un poco solo con una vivienda tan grande para su uso exclusivo, así que le encantaba tener visitas en casa y no dudaba en invitar a quien fuese siempre que lo necesitase.
Otra de sus habituales era Michelle. La mujer era una amante de los deportes y en muchas ocasiones se unía a Keiji y Shokichi cuando había acontecimientos deportivos que la interesaban. Ella solía preferir ir a casa porque no le gustaba dejar solo su gata muchas horas seguidas, pero vivía bastante lejos y no le gustaba dejarla irse muy tarde. La conocía desde que la muchacha era una adolescente y para él era como su sobrina, le tenía mucho cariño y no podría perdonarse si algo le pasase. Sabía que era absurdo dado que podía defenderse sola perfectamente, de echo podría darle una paliza de espanto hasta a él, pero la imagen de que algo pudiese pasarle le horrorizaba.
"Se acerca Halloween! "
Escribió en el grupo de whatsapp que compartía con Adolf, Keiji, Michelle y Joseph. Todos los años preparaba una fiesta de Halloween en su casa en invitaba a todos los que se quisieran apuntar. Michelle, aún a regañadientes, acababa cediendo y yendo la mayoría de los años, aunque casi siempre se retiraba pronto. Keiji solía apuntarse y ayudarle tanto a montar la decoración como a recogerla luego, aunque fuese poco por no decir nada fiestero, su sentido del deber le llevaban a echarle una mano a su amigo aunque no le interesase realmente. Joseph siempre iba y siempre acababa acaparando la atención de la mayoría de las mujeres asistentes, siempre y cuando no estuviera persiguiendo a su rubia favorita. Adolf sólo había conseguido que fuese una vez, el pobre hombre se había dejado convencer por Shokichi y había bebido más de lo que debía, lo cual acabó con una resacaba horrible y con su mujer haciéndole dormir en la habitación de invitados porque apestaba a Tequila. Probablemente le diría a Akari que se apuntase, le gustaba el chico y además parecía llevarse muy bien con Keiji, y dado que el último no era una persona excesivamente sociable pese a caerle bien a todo el mundo, era señal de que Hizamaru era buen chaval. Además también estaba Michelle, que le daba clase y parecía haber llegado a buenos términos con él. Quizás fuera imaginación suya, pero le daba la impresión de que el chaval tenía un interés en la rubia más allá del docente.
Terminó su desayuno y metió en el lavavajillas la vajilla y cubiertos utilizados, todavía no estaba lleno, al vivir él solo le costaba llenarlo y muchas veces acababa fregando a mano, pero cuando tenía visitas se le hacía imprescindible. Cerró la puerta del aparato con la cadera mientras comprobaba en su teléfono si le habían contestado o no en el grupo. Adolph y Jospeh no había dicho nada, estarían o durmiendo o desayunando como él, Keiji probablemente corriendo, y Michelle…Michelle estaba en línea y justo en ese momento se desconectó sin decir nada.
Quizás no lo ha visto… se dijo a sí mismo abriendo una conversación privada y diciéndole que cuando pudiera leyese el grupo. En línea, doble check azul, última conexión hace… ¡lo había leído y le estaba ignorando!
Resignado con su propio destino, y sabiendo que si insistía más iba a ser peor pues se iba a mosquear, decidió esperar a hablar con ella en persona y seguir con sus tareas matutinas. Al fin y al cabo aún quedaban más de tres semanas, tenía tiempo de sobra para convencerla. Subió de nuevo las escaleras hacia su habitación a paso ligero, la ducha y el desayuno le habían hecho despertare por completo, y ya estaba dispuesto a afrontar el nuevo día con la energía que lo caracterizaba. Abrió una de las puertas del enorme armario empotrado de su habitación y se encontró con un mundo casi monocromático en negros, grises y azules marinos. Siempre iba a trabajar con traje, le gustaban, y además un cargo como el suyo requería mantener cierta imagen de seriedad que si bien no cuadraba mucho con su verdadero yo, era suficiente para convencer a la gente que no estableciese una conversación de más de 5 minutos con él. Una vez hubo elegido lo que se iba a poner ese día, un sencillo traje de chaqueta negro, combinado con camisa blanca y una corbata fina también negra; hizo la cama y llevó el albornoz de vuelta al baño, ingresando de nuevo en su habitación tal y como su madre le trajo al mundo.
Se vistió, peinó y puso colonia, se miró en el espejo y tras darle un último retoque al nudo de la corbata bajó de nuevo al piso de abajo y tras calzarse y recoger sus llaves de casa y del coche de un pequeño mueble que tenía cerca de la entrada, salió de casa para no volver hasta bien entrada la tarde.
Si había algo de su casa que no le gustaba a Shokichi era tener que bajar al garaje. Era frío, oscuro, húmedo y lo peor había cucarachas ¡cucarachas! Eran probablemente los seres más inmundos y asquerosos sobre la faz de la Tierra. Sintiendo un escalofrío en la espalda abrió la puerta del coche rápidamente y se introdujo dentro, ni siquiera había llegado a ver ninguna pero sólo pensar en ellas le hacía sentir como si sus diminutas y peludas patas estuvieran caminando por su piel. Metió la llave en el contacto dando un respingo, sabía que el sonido del motor le ayudaría a relajarse y olvidarse de eses repugnantes insectos, al menos hasta que volviese a pisar el garaje de nuevo.
A esa hora todavía no había mucho tráfico, no obstante encendió la radio local por si acaso. Le gustaba estar informado y así como solía informarse sobre las noticias nacionales a internacionales mientras desayunaba, el trayecto hasta la universidad era el momento perfecto para enterarse de los acontecimientos de la ciudad. Martilleando con los dedos la sintonía que sonaba a través de los altavoces cada vez que se paraba en un semáforo en rojo, ni siquiera un imbécil saltándose un STOP hizo hincapié en su buen humor, y una vez hubo aparcado el vehículo en su plaza habitual, emprendió en camino hacia la escuela de Ingeniería con una enorme sonrisa plantada en el rostro. Pese a que era de los primeros en llegar a la universidad, se topó en su trayecto tanto a profesores como alumnos que al verlo le saludaban efusivamente, se decía que todo el mundo conocía a Shokichi, de hecho a él mismo le costaba ubicar a mucha de la gente que le saludaba, lo cual no hacía palidecer sus alegres "¡Buenos días!"
Entró en su despacho cerrando la puerta tras de sí, y tras dejar colgada su chaqueta en el perchero que tenía junto a la ventana, se sentó en la mesa y encendió el ordenador. Mientras el aparato arrancada volvió a revisar su móvil, comprobando que esta vez sí tenía respuestas. Michelle seguía sin dar señales de vida por el grupo o por la conversación privada que mantenía con ella; Joseph había aportado un valioso "FIESTAAAAAA" a la conversación y Keiji aún no había contestado. Adolf por su parte le había hablado por privado y un claro y conciso "NO" se leía en la pantalla. Hizo un puchero y apagó la pantalla del teléfono, dejándolo sobre la mesa
La mañana pasó sin mayores contratiempos, contestó los correos pertinentes, rellenó papeleo, dio un par de clases y se dedicó a buscar inspiración para fiestas de Halloween en internet. Al fin y al cabo, su mente estaba más entretenida pensando en adornos, disfraces y comida temática, y ya que no iba a ser productivo como rector por lo menos lo sería como anfitrión de fiestas.
- Te veo entretenido-
Al oír a la más que conocida voz hablándole en japonés levantó la cabeza de la pantalla y miró el reloj que tenía en la pared. Se había dejado llevar por la búsqueda en la red y ni se había percatado de que era la hora de comer. Con un gesto hizo pasar a Keiji, que lo observaba desde la puerta, tenían por costumbre comer juntos y ese día no era una excepción.
- Perdona, estaba buscando cosas de…
- Halloween. Leí tu mensaje, no contesté porque iba a verte ahora.
- ¿Y?- preguntó ladeando un poco la cabeza
- ¿Y…?- cuestionó extrañado. En cuanto se fijó en la mirada de "por favor di que sí" de Shokichi entendió a lo que se estaba refiriendo- Iré a la fiesta ¿no lo hago siempre?
El mayor de los dos sonrió y se levantó, dándole un afectuoso apretón en el hombro al boxeador. Apagando el ordenador mientras se guardaba el teléfono en el bolsillo de la chaqueta le pareció sentir el olor de comida caliente en su despacho, no sabía de dónde vendría, ni qué era, ni siquiera si era real o fruto de su apetito, pero pudo sentir a sus intestinos rugir y se le hizo la boca agua.
- ¿Tú también lo hueles?
- Es mi comida- le enseñó la bolsa que llevaba en la mano y Shokichi le miró con cierta pena.
- Quería ir a comer al restaurante que inauguraron la semana pasada
- Shokichi, soy boxeador profesional, debo controlar mi dieta.
- Un día es un día- insistió
- Eso mismo dijiste la semana pasada… tres veces
Finalmente Shokichi cedió y decidieron ir hasta la cafetería a que el rector se comprase algo. Por el camino se toparon de nuevo con un montón de conocidos, a Keiji le asombraba y en cierto modo le asustaba que su amigo pudiera conocer a tanta gente. Ni siquiera él, que era un boxeador de éxito, recibía tantos saludos como él cuando iba por la calle. No es que le importase, de hecho prefería con mucho pasar desapercibido, pero no dejaba de resultarle gracioso que Shokichi pareciese a su lado un actor hollywoodiense dada su popularidad.
Normalmente no solían emplear mucho tiempo a la hora de la comida. Si bien Shokichi, pese a sus responsabilidades, podría ausentarse un poco más de tiempo, a Keiji no le gustaba dejar el gimnasio abierto durante mucho tiempo sin su presencia. Pese a lo que pudiera parecer, dado que se encontraba en el campus, precisamente era la hora de la comida una de las que más afluencia de gente tenía, muchos de ellos estudiantes que aprovechaban el final de sus clases o el periodo entre las mismas para ejercitarse un rato y relajarse. Se sentaron en una de las mesas y empezaron a comer. A muchos les resultaba extraño ver al rector en la cafetería como uno más, rodeado de alumnos y devorando pizza, dejándose el traje lleno de migas y la barba llena de queso. Pero a él le encantaba.
Se había mudado a EEUU desde Japón gracias a una beca para trabajar en la NASA como ingeniero mecánico. Su expediente no era especialmente brillante, pero el proceso para obtener la beca conllevaba una entrevista personal que había hecho que, gracias a su carisma, superase a los otros aspirantes pese a que todos ellos presentaban una trayectoria académica impecable. ¿Y qué es lo que había llevado a un ingeniero a dejar un jugoso trabajo en la NASA para acabar siendo rector de una Universidad pública? Principalmente la gente. Su anterior trabajo si bien era fascinante a nivel intelectual, le aportaba muy poco a nivel social. El equipo en el que estaba tendía a trabajar de forma muy individualizada, no tenían costumbre de verse más allá de lo necesario, ni siquiera para tomar café juntos a la hora del descanso, y para alguien como él, que necesitaba de las relaciones sociales para ser feliz, se convirtió en una auténtica tortura. En la universidad estaba en su salsa, tratando con personas de todo tipo, edad, nacionalidad y condición, conociendo cada día a gente nueva y pudiendo inspirar a los cientos de jóvenes que acudían a sus clases. Puede que fuese un trabajo con menos status, peor remunerado o en el cual no aplicaba de forma práctica sus estudios tanto como le gustaría, pero ese trabajo conseguía algo que el otro no había logrado, hacerle feliz.
Una vez hubieron terminado se despidieron, no sin quedar para verse a la salida pues emitían un partido de baloncesto que Keiji quería ver así que pasarían la noche en casa del rector. De camino a su despacho se detuvo en los baños de estudiantes para evacuar su vejiga, no es que fueran mejores, o que le gustase ver a jóvenes universitarios con los pantalones bajados, pero el baño que tenía al lado del departamento tenía un grave problema…la puerta se abría hacia dentro. Si había algo que odiaba tanto o más que las cucarachas eran precisamente ese tipo de baños ¿qué mente perversa los ideó? ¿Qué pretendía? ¿Con qué finalidad? No había excusa alguna que justificase que en un baño casi tuvieras que meterte de pies en el inodoro para conseguir cerrar la puerta.
Renegando sobre los baños mal construidos y arquitectos con pocas luces llegó de nuevo a su despacho, repitiendo la rutina de la mañana. Tras un par de horas de trabajo decidió que dado que había terminado con las tareas importantes y que estaba mortalmente aburrido, iba a comenzar a dar su habitual paseo por el campus. Le gustaba mantener el contacto con los decanos y profesores de otras facultades además de la suya, aunque dado que más de una vez le habían regañado (especialmente Adolf) por no estar en su despacho cuando le correspondía, tendía a hacerlos con menos frecuencia de lo que le gustaría. El sol brillaba, los pajarillos, cantaban, había acabado pronto con sus responsabilidades, su fiesta de Halloween estaba en marcha, su mejor amigo iba a pasar la noche en su casa…la vida le sonreía. Su ley de vida se cumplía "Si miras la vida positivamente, te pasarán cosas positivas"…o no.
Su radiante sonrisa se tornó en una mueca de pánico cuando por el rabillo del ojo vio algo negro y con 6 patas salir de detrás de una estantería y correr pegado a la pared hasta detrás de otra. Se levantó como activado por un resorte, tirando la silla en la que estaba aposentado al suelo en el proceso y casi lanzando su ordenador por los aires al engancharse en uno de los cables del mismo al correr hacia la puerta. Se quedó unos segundos en silencio mirando a su alrededor, quería controlar donde estaba, si no lo hacía podría asaltarle en cualquier momento, y abalanzarse a por él desde el techo, o desde una estantería o trepar por su pierna para…y ese último pensamiento fue lo que le bastó para salir de su despacho como una bala, cerrar la puerta de golpe tras él y apoyarse en ella intentado discernir si escuchaba algo en el interior. En vista de que nadie acudió en su ayuda y con un escalofrío aun recorriéndole el cuerpo, cerró su despacho con llave para que el inmundo ser no escapase y decidió salir a buscar auxilio por su cuenta y de paso alejarse de ese edificio antes de pegarle fuego. A paso ligero llegó a la facultad de medicina, allí estarían Adolf o Michelle, a los que seguro que no les importaba echarle una mano con su ligero problema. Fue a buscar primero a la mujer, que solía ser más comprensiva con sus solicitudes que el alemán, pero cuando llegó a su departamento le informaron de que se encontraba dando clase de anatomía a los alumnos de Ciencias del Deporte y que no volvería hasta pasada una hora. Con un nudo en el estómago corrió al despacho de su amigo, para encontrarse con una situación similar, aunque en su caso, se encontraba en el laboratorio.
"Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas" se dijo, y con esa idea en mente partió en búsqueda de Michelle, e irrumpió en la facultad correspondiente sudoroso y pálido como una sábana, si no encontraba ayuda no podría entrar en su despacho nunca jamás, y tenía allí dentro su teléfono móvil, su cartera y las llaves de su casa y su coche, el resto, como si o quemaban, le daba igual. Preguntó en conserjería el aula en el que estaba impartiendo clase, y una vez se lo dijeron llegó a ella como una exhalación y sin siquiera llamar a la puerta la abrió de golpe, topándose con un grupo de alumnos asombrados, un rostro mezcla de sorpresa y odio contenido por parte de Michelle y una expresión de sorpresa que se tornó a preocupación de Akari, que lo miraba desde la primera fila.
- Necesito ayuda… en mi despacho…es importante- dijo resollando y con la cara desencajada.
Al ver su estado la mujer interrumpió la clase y tras indicar que enseguida volvía salió con él del aula, no sin antes disuadir a un inquieto Akari de que los acompañase.
- ¿Qué ocurre?
- No puedo explicártelo, tienes que verlo, es terrible-le apremió a caminar empujándola suavemente de los hombros con su mano izquierda
- Pero… ¿estás bien?- insistió con un halo de preocupación en su mirada. No parecía que el hombre tuviese ningún tipo de lesión o que estuviese enfermo, pero desde luego no tenía buena cara.
- Sí, pero no sé por cuánto tiempo- dramatizó acelerando el paso y siendo seguido por el repiqueteo de los tacones de la chica
- Tranquilízate y cuéntame que ha pasado, sino no puedo ayudarte-
- Michelle…yo…prefiero no hablar de ello- dijo parándose de golpe de repente y tomándola por los hombros. Ella enarcó la ceja confusa pero decidió hacerle caso y seguirle hasta su despacho en un tenso silencio.
Cuando llegaron allí se toparon con que Adolf le esperaba apoyado en la pared y con la vista clavada en el suelo, sus compañeros le habían dicho que Shokichi le buscaba y que parecía algo urgente así que en cuanto se enteró fue a buscarle.
- Ya estás aquí. La puerta está cerrada – indicó señalándola
- Tengo yo la llave
- Bueno ya estamos aquí, ahora dinos qué pasa- expresó una impaciente Michelle, la cual cada vez tenía más claro que todo el asunto iba a acabar siendo una tontería de órdago.
- Hay una cucaracha en mi despacho- reconoció en voz baja sin atreverse a mirarlos a la cara
- ¿Una cucaracha? – preguntó la mujer para asegurarse
- Sí
- ¿Me has sacado de una clase por una cucaracha?- su tono de voz fue tan severo que incluso Adolf dio un respingo, Shokichi directamente no se atrevió a articular palabra y mostró una sonrisa tímida que sólo enfureció más a la rubia.
En un arrebato le arrancó la llave de la mano a Shokichi y entró en el despacho. Adolf se quedó fuera sermoneando al japonés "Eres un hombre adulto, no puedes revolucionar una universidad por una cucaracha, aprende a enfrentar tus miedos…", el cual sólo asentía de vez en cuando e intentaba musitar alguna excusa, que inmediatamente era desechada por el alemán. Al cabo de unos minutos una Michelle iracunda salió les despacho, cogió de la mano a Shokichi, le dejó algo en ella y cogió aire, como si se estuviese conteniendo las ganas de pegarle un puñetazo.
- Era un escarabajo- y sin más se dio la vuelta y se alejó del lugar echando humo, golpeando en el trayecto una pobre papelera que se quedó siniestro total.
Fue entonces cuando el hombre miró lo que tenía en la mano, juraría que notaba que algo se movía dentro de su puño, y efectivamente así era. Desde la palma de su mano un escarabajo le observaba, o por lo menos eso parecía. Con un sobresalto lo soltó y el animal echó a correr pasillo adelante, y acto seguido Shokichi alargó la mano en la que había estado el insecto y se la empezó a limpiar en la bata de su amigo. Tras un nuevo sermón de Adolf, multitud de disculpas y con un sentimiento de culpabilidad sobre los hombros entró de nuevo en su despacho. Se encontró con la silla tal y como la había dejado, en el suelo, además de con las estanterías que normalmente se apoyaban en la pared repartidas por la habitación, suponía que Michelle las habría estado moviendo para ver si encontraba al causante del alboroto.
Colocó su despacho e intentó volver a trabajar algo, pero concentrarse le resultaba imposible. Así que dado que la mayoría de alumnos y personal universitario ya no estaba por el campus y dudaba que recibiese alguna visita, recogió sus cosas y decidió ir a buscar a Keiji. Aun tardaría una hora en salir del trabajo, pero salvo que estuviese especialmente ocupado podría charlar un rato con el hasta que terminase, y así de paso se distraía de lo ocurrido momentos antes. Puede que fuese un escarabajo y no su enemigo mortal, pero no terminaba de librarse de la sensación de que algo le caminaba por la espalda.
- ¡Shokichi-san! – oyó que le llamaban nada más entró en el gimnasio. Al darse la vuelta pudo ver a Akari, que son su habitual mochila cargada del hombro izquierdo se acercaba a él a paso ligero.
- ¡Akari! ¿Aprovechando para practicar unos cuanto katas?
- Sí, aunque ya me voy- explicó rascándose la nuca dubitativo – Si no es indiscreción… ¿Qué pasaba esta tarde? Parecía grave
- Oh no, nada, no tienes por qué preocuparte, fue una falsa alarma- dijo quitándole hierro al asunto.
- ¿En serio? Michelle volvió a clase muy enfadada- agachó la cabeza compungido y le devolvió una sonrisa triste- Cuando le pregunté me gritó, supongo que metí la pata.
Shokichi sintió una punzada en el pecho al oír eso, en esos momentos se sintió como la peor persona del mundo. Le cogió por los hombros y le dio un apretón afectuoso, Akari le miró un poco confundido pero no dijo nada, tras el abrazo que le dio el día que se conocieron ya no le sorprendían las muestras de cariño de ese hombre.
- No te preocupes, no tiene nada que ver contigo, seguro que mañana te habla como siempre
- Eso espero…- murmuró no muy convencido
Con la culpabilidad rondándole la cabeza Shokichi desvió la conversación al jiu-jitsu y el joven en seguida se animó, no sabe cuánto le duraría, pero por lo menos al despedirse el chico ya no mostraba la expresión de derrota que mostraba cuando se encontró con él minutos antes.
No tardó mucho en encontrar a Keiji, que se encontraba en la habitación que utilizaba como despacho poniendo al día las cuentas del gimnasio, era viernes así que no tenía mucha clientela a esas horas, y solía aprovechar los momentos con menos afluencia para dedicarse al papeleo. Conversaron un rato hasta la hora de cierre, y cuando salieron del lugar si bien aún no había empezado a anochecer la luz ya no era tan brillante como ante. Se dirigieron ambos al coche de Shokichi, ya que Keiji solía preferir depender del transporte público, su bici o sus propios pies para llegar a la universidad.
No había pasado ni media hora cuando atravesaron la puerta de la casa del rector, que repitió a la inversa las actividades de la mañana. Se descalzó, dejó las llaves de casa y el coche en el pequeño mueble cerca de la entrada; y mientras Keiji cogía una botella de agua fría de la nevera y encendía la televisión, Shokichi subió al piso de arriba y se desvistió, cambiándose el traje por una camiseta y un pantalón de chándal para estar más cómodo. Volvió abajo y tras coger una cerveza se sentó en el sofá junto a su amigo, su casa parecía más acogedora cuando en ella había alguien más que él mismo.
A Shokichi Komachi, , 42 años, soltero y Leo le encantaban las visitas, al fin y al cabo, el hombre es un animal social.
