12
El Ave Fénix
Las puertas se cerraron. James levantó la varita, la sujetaba fuertemente, mientras no perdía de vista a Lily, quien con más cautela observaba alrededor. La habitación estaba tan oscura que las dos varitas no fueron suficientes para alumbrarla por completo.
–¿Quién está ahí? –murmuró Lily, sin temor, intentando encontrar la procedencia de la voz.
Sólo hubo silencio. James estaba preparado para lo que fuese a ocurrir. Sin embargo, presentía que se enfrentarían a algo totalmente desconocido.
–Por mucho tiempo había querido esto… tanto como tú, Potter –sonó la voz fría, proveniente de la nada.
–¿Qué quieres? –exclamó James, intranquilo–. ¿Quién eres?
–Vaya, creí que ya lo habías adivinado, después de todo eres un auror, ¿no? –su voz resonó por todo el lugar.
–Cobarde –dijo James, con una sonrisa triunfal en su rostro.
El suelo comenzó a moverse debajo de sus pies, como si se trata de un terremoto y la oscuridad se hizo aún más intensa. Lily cuidaba la espalda de James. La voz soltó una risa aguda, que era capaz de hacer estallar los oídos. James no se dejó impresionar.
–Los Potter –siguió la voz, arrastrando las palabras–. Los verdaderos Potter, sin nadie más que les proteja, ¿cuánto tiempo creyeron que tardarían hasta llegar a mí? ¿Sus amigos, ¿adónde han ido? Creo que están solos, ¿cierto? Para mí será un verdadero honor presenciar su muerte.
Lily se acercó a James, no sentía miedo, pero intentaba sentir su calor.
–¿Harry? –preguntó la voz, de pronto–. ¿Piensas en Harry, querida muchacha? ¡Oh sí! Tu adorado hijo. Es una lástima que no lo veas crecer. Quizá llegue a ser un gran mortífago, pero eso no lo sabemos aún.
–¡No te atrevas a mencionar el nombre de mi hijo! –gritó James furioso–. ¡Miserable cobarde!
El movimiento del suelo se detuvo y un sonido seco, de algo que se movía, se hizo aún más fuerte. Un siseo desagradable.
–Sí, sí, claro, tu hijo. El hijo de los Potter –guardó silencio unos segundos–. Me muero por conocerlo.
El siseo se intensificó y entre la oscuridad aparecieron dos ranuras rojas, muy brillantes, que eran los ojos de ser lánguido. Una serpiente gigante rodeó a James y Lily, cuando trataban de no separarse. La voz rio de una forma casi inaudible.
–Nagini no ha comido hoy, le prometí un gran banquete. Los Potter como platillo principal y el bebé Potter como postre.
La serpiente los rodeaba de pies a cabeza. James lanzó un hechizo de repulsión y tomó a Lily de la mano. La gran serpiente cayó agitada, pero les siguió el paso mientras la sala se llenaba de risas estridentes y malévolas. James corría con Lily, en direcciones que ni él mismo sabía.
–¡Lo querías, Potter! –gritaba la voz, enardecida en júbilo–. ¡Querías encontrarme! ¡Aquí estoy, vamos, aquí estoy!
James sentía dolor en el pecho: él lo había deseado y lo había obtenido, ahora arrastraba a Lily y a Harry al vacío, quizá, de una pronta muerte.
–¡Crucio!
La voz de Snape retumbaba en el largo pasillo de Hogwarts. Sirius había esquivado ese maleficio también. Snape le lanzaba maldiciones imperdonables mientras corría, se empeñaba en escapar.
–¡Ven acá, sucio bastado! –gritaba Sirius, encolerizado, mientras lanzaba un expelliarmus.
Severus fue rozado por el hechizo de Sirius, la túnica se le rasgó, tenía una herida profunda en el brazo que comenzó a sangrar y con un gesto de dolor y furia giró hacia Sirius Black, quien esperaba atento y sonriendo satisfecho, con la varita lista.
–¿Qué pasa, Quejicus? No me digas que vas a llorar.
–Tú no entiendes, Black.
–¿Qué debo entender?
Snape sonrió, esta vez no trató de huir, se acercó lentamente a Sirius, quien lo observaba fijamente.
–No tienes la menor idea –siguió Severus, cara a cara–. Nunca la has tenido. Siempre has creído que la justicia llega, que los buenos ganan. Pero no, Black. Nunca nadie gana. No lo comprendes. Eres un títere más de esta gran farsa. No eres el bueno. No eres el que va a ganar.
Sirius se había concentrado en la varita de Severus, pero por unos segundos parecía imposible, los ojos negros de éste se entornaban fijamente en los suyos y parecía que le inyectaba un veneno letal con ellos. Sirius por un momento quedó desprotegido.
–Desconfía de quienes están contigo, Black. Pueden ser tan infelices e imbéciles como tú –bufó Snape–. Después de todo, ¿qué es la lealtad?
–Tú siempre has sido un pobre diablo –gruñó Sirius, esta vez apuntándole con la varita–. No vengas a proyectar tus frustraciones conmigo, Quejicus.
–Sí, posiblemente lo soy. Quizá toda mi vida seré ese pobre infeliz solitario –sonrió tan funestamente que Sirius sintió asco–. Pero no pasará nada conmigo, no pasará, Black. No estaré gimoteando porque me han traicionado o…
De pronto, se escuchó un chasquido y Sirius giró precipitadamente.
–¡Expelliarmus! –gritó la voz de Lupin.
Snape no tuvo contacto con el hechizo, corrió y se desvaneció entre la oscuridad, desapareció. Lupin llegó al encuentro de Sirius, quien miraba enfurecido hacia el lugar donde antes había estado Severus. Parecía fuera de control y cuando vio a Remus lo fulminó con la mirada.
–¡Iba a atacarte! –exclamó Remus.
–¡Lo hubiera hecho! –gritó exasperado–. ¡Es mejor que lo hubiera hecho!
Lupin lo miró confundido. El pasillo estaba maltrecho y el castillo parecía muy tranquilo. Sirius respiraba agitadamente, formulando los planes perfectos en su cabeza, pero no existían tales.
–¿Dónde están los demás? –preguntó Lupin, desconcertado.
–¡No! –exclamó Sirius, hecho en furia–. ¿Dónde estabas tú?
Remus se quedó unos segundos en silencio y no pudo evitar balbucear.
–Tuvimos algunos problemas… no encontramos a Dumbledore y… –comenzaba a decir.
–¿Tuvimos? –exclamó Sirius, una vez más–. ¿Tuvimos…?¡Ah, sí! Claro, cómo iba a poder olvidarlo: estabas muy bien acompañado.
–No es lo que te imaginas –respondió Remus, mosqueado.
–¿No? –preguntó Sirius y resopló–. ¡No, seguramente no! ¡Estuvimos esperando señales! ¡Temimos que estuvieran heridos o muertos! Pero no, no es lo que me imagino.
Sirius fulminó a Lupin con la mirada y luego giró indignado, pateando un jarrón que había caído en su encuentro con Snape, increíblemente no se había roto, pero él ya lo había hecho sin ningún esfuerzo. Remus cabizbajo y también molesto, se quedó observando el largo pasillo, sin escuchar nada.
–Esto no es por no haber llegado a tiempo –murmuró Remus, mirando de soslayo a Sirius–. Debe haber algo más. ¿De qué hablabas con Snape?
–No creo que te interese, Lunático –siguió Sirius, muy molesto–. ¡Ah, lo olvidaba! Ya sé que tienes nuevos contactos con mortífagos.
Las orejas de Remus enrojecieron. Deseaba golpear a Sirius en ese mismo momento.
–Moody está aquí y trajo los refuerzos –dijo Remus, impaciente–. Pero al parecer no ocurre nada en el castillo.
–Sí, sí ocurre –respondió Sirius–. ¿Sabes? No puedo seguir perdiendo más el tiempo, tengo que encontrar a James y Lily.
–Bien. Yo haré… –decía Remus.
Sirius se marchó por el pasillo, sin decir una palabra más. Caminó con paso rápido y furioso a través del castillo, pensando una sola cosa. Que quizá estaba confiando demasiado. Quizá, el traidor estaba entre ellos.
Dian Roosevelt se apareció en medio del bosque. Iba al "refugio" que nunca pensó volver a tocar. No podía concebir la idea de regresar y sin embargo tenía que hacerlo. Caminó dudosa, con miedo, un temor que no había experimentado antes cuando ella era uno más, un mortífago. Ahora era muy distinto, no sentía ningún deseo por volver a hacer o ser lo de antes. Ya no.
Escuchó unos susurros a través de la mata, aún lejano al lugar donde se encontraba la vieja cueva donde se hallaban los mortífagos. Se armó con la varita, cautelosa. Se detuvo en el lugar donde había escuchado la voz. Por un momento pareció un jadeo, como si alguien suplicara algo. Pensó que podía tratarse de una trampa, así que fue sigilosa, preparada para lo peor. Retiró unas ramas que estorbaban el paso. Al verse expuesta entró rápidamente sobre los arbustos, apuntando con la varita. Pero lo que encontró fue peor de lo que esperaba.
Donovan Juk resoplaba en la yerba, encogido, de rodillas y quejándose de dolor. Dian lo miró alarmada. Fue a su lado, supuso había sido atacado por el cruciatus nuevamente o quizá peor. Pero él aún se encontraba consciente, sin ninguna herida, sin ningún indicio de haber sido torturado. Miró a Dian con ojos tristes, una mirada cansada y suplicante. Bañado en sudor y aún agitado, le sonrió.
–He escapado.
–¿Cómo? –preguntó la chica, confundida y consternada.
–Hay un caos ahí dentro –siguió él, con la respiración cortada–. No sé qué está pasando, pero algo grave debe ser. El Señor Tenebroso se ha ido, se marchó por su cuenta.
–¿Qué te hicieron a ti? –preguntó ella, casi con desesperación.
–Nada. No pudieron verme –se tocó el pecho y respiró profundamente.
–Aún estás débil.
–No para correr –sonrió satisfecho–. Tenemos que escapar.
Dian se compadeció como nunca antes. Le tomó una mano y también le sonrió. Lo ayudaba a levantarse cuando unos pasos se acercaron. Donovan los localizó de inmediato y sacó la varita, antes de que Dian pudiera reaccionar. Entre toda la hierba y maleza, aparecieron Bellatrix Lestrange y Bartemius Crouch Jr., quienes también apuntaban con las varitas.
–Sabía que ibas a escapar, asqueroso débil traidor –dijo Bellatrix, con sus dientes puntiagudos–. ¡Oh, mire quién está aquí! La mujer en quien nuestro Señor Tenebroso confía… ¿o confiaba?
Dian lentamente sacó la varita. Miró con detenimiento a Crouch, éste nervioso sostenía la suya apuntándole a ella.
–Se está acabando, Bellatrix –dijo Dian, con Donovan a su lado–. Sabes bien que se acerca el fin.
–¿El fin? –respondió Bellatrix con una risa estridentemente–. ¿Tú vas a decirme cuándo es el fin? ¿Tú? –rio aún más fuerte–. Te has perdido de grandes cosas, Roosevelt. Ya no eres una de las favoritas, ¿sabías? Estás fuera del plan.
–Vete al infierno –dijo Dian despectivamente, Bellatrix abrió muy grandes los ojos.
–Ya estamos en él –sonrió burlonamente y miró de soslayo a Crouch que aún apuntaba a Dian–. ¿Qué esperas? –le recriminó, gritando–. ¡Hazlo, hazlo!
Crouch temblaba, durante todo ese tiempo Dian había sido su compañera en todos los lugares donde habían sido enviados, en las tareas más inverosímiles, en esos momentos de flaqueza, aun cuando él no podía realizar bien las misiones, ahí estaba ella y, aunque entre mortífagos no existía la amabilidad, le había ayudado.
–¡Crucio! –Crouch lanzó la maldición, pero hacia Donovan.
Éste fue herido en el brazo izquierdo, se quejó de dolor, mientras Bellatrix atacaba a Dian.
–¡Impedimenta! –Dian dio un giro de varita rápido, antes de que la maldición de Bellatrix la tocara.
Las dos se enfrentaron, cara a cara. Bellatrix se contoneaba pavorosamente, Dian le devolvía la sonrisa, satisfecha, por fin, de poner en su lugar a aquella bruja.
–¡Expelliarmus!
–¡Depulso!
El hechizo de Dian fue más rápido e hizo que Bellatrix saliera disparada hacia la corteza de un árbol. Donovan y Crouch sostenían una pelea también. El brazo de Donovan se veía muy mal, pero pesar del dolor no bajaba la guardia.
Bellatrix se incorporó inmediatamente, lanzó varios maleficios más. Dian los repelía, parecía más rápida, más ligera. Algunos otros sí la habían tocado y habían rasgado su ropaje, haciéndole pequeñas heridas. Entre ellas se desataba una batalla que cualquiera hubiese querido presenciar: encantamientos atroces y maldiciones imperdonables. Dos de las mejores mortífagos en duelo. Dian le imponía las reglas a Bellatrix, esperando a que ella diera el primer paso, para luego finiquitarlo. Las explosiones y los rayos destellantes rodearon el lugar. Ambas muy poderosas y sin embargo, una de ellas tenía que terminar con la otra.
–¡Expelliarmus! –Bellatrix intentó nuevamente desarmar a Dian.
–¡Crucio!
Dian lo hizo un poco más rápido. Bellatrix cayó en la mata, retorciéndose de dolor. La chica se acercó, lentamente, de su varita salía el chorro de luz que atacaba a Lestrange.
–¡AVADA KEDAVRA!
Una potente luz verde salió de la varita de Crouch, sin flaqueza, esta vez directamente a Dian.
–¡IMPEDIMENTA!
Dian se quedó impávida, observando, por unos segundos, el hechizo con el que Donovan había repelido el de Bartemius, haciéndolo desaparecer. Se quedó impresionada, mientras Donovan, quien le había salvado la vida, la tomaba por un brazo. Ella no podía moverse, abrumada e incrédula miraba a Crouch, quien sobrecogido por su propio hecho, se encontraba de la misma manera: mudo y absorto, mientras presenció sin remedio cómo Donovan escapaba con Dian Roosevelt.
Bellatrix chillaba de dolor, mientras los veía partir.
–¡Lo pagarás muy caro! –gritaba–. ¡Muy caro! ¡Te buscaré hasta matarte, Dian Roosevelt!
La gran serpiente los miraba, los había acorralado. El corazón de Lily palpitaba agitado, no temía por su vida, sino por Harry. No podían morir, no podían dejarlo solo. James lanzó varios hechizos más pero la serpiente no parecía afectada con estos.
–¡Vamos! –decía la voz, identificada ya como la de lord Voldemort–. ¡Demuéstrenme qué tienen los Potter!
Reía estridentemente, mientras la serpiente se ceñía a ellos, con un sonido tan repulsivo y agobiante que la tortura parecía eterna. James sujetó fuertemente la mano de Lily, protegiéndola, mientras sin quitar la vista de ella, pensó una sola cosa: tenían que salir de ahí, tenían que ir por Harry, tenían que escapar y encontrarse con él. Deseaba salir, vivos, con Lily de su mano, encontrar un lugar para esconderse y nunca volver a la sala de los Menesteres.
De pronto, la silueta de la serpiente se perdió poco a poco en la oscuridad. Sus grandes colmillos y su piel escamosa se difuminaron entre las sombras. El grito de lord Voldemort fue agudo y punzante. Parecía que todo se disolvía en un gran hoyo negro y ellos, los Potter, iban en caída libre hacia lo inexplicable y desconocido.
Sus cuerpos golpearon el suelo. Por un momento permanecieron con los ojos cerrados. James se atrevió a mirar, adolorido y aún con la sensación de vértigo en su cabeza. Miró confundido hacia todas direcciones, a su lado estaba Lily, quien también se recuperaba del golpe y, alrededor, los árboles los cubrían; una ligera luz de amanecer se filtraba por sus copas, habían caído muy cerca de un lago. La oscuridad gobernaba parcialmente, pero el olor a fresno les indicó que estaban en un bosque. El bosque prohibido. Habían logrado salir.
–¿Te encuentras bien? –preguntó James, sujetando a Lily del hombro–. ¿Te ha hecho daño?
–No –respondió ella, confundida, observando el lugar–. ¿Cómo es posible?
–Yo deseé salir de ahí –dijo James, mirando el amanecer que se aproximaba–. Merecía morir, yo desee encontrarlo, discúlpame Lily.
James tenía los ojos sumidos en arrepentimiento, una lágrima iba a brotar de ellos, Lily le sujetó el rostro, afectada. Lo acarició y James cerró los ojos dejando que la mano de ella le recorriera la cara, como si fuese un milagro sentir aquello, después de haber estado tan cerca de la muerte. Ella sonrió débilmente y lo besó.
–Hogwarts ayuda a quienes se lo piden –dijo Lily, aliviada mientras enjugaba una lágrima de James.
Un sonido se escuchó, ellos se levantaron rápidamente. Apuntaron las varitas. En el suelo, debajo de ellos se escuchaba un ruido, como si algo estuviera a punto de emerger. Con un salto, James y Lily se apartaron rápidamente de ahí. De golpe salió Nagini, rabiosa y sedienta de venganza. Se abalanzó contra ellos quienes repelieron su ataque con unos encantamientos.
La serpiente se quejaba y parecía enloquecida, estuvo a punto de morder a Lily varias veces, pero ella le había hecho ya daño, pues la mitad del cuerpo de Nagini sangraba y se sacudía ferozmente. James le lanzó algunos hechizos aturdidores, dándoles tiempo de alejarse un poco más de ella.
El muchacho tomó una rama seca gruesa, de punta filosa, mientras Lily intentaba herir más a la serpiente que se retorcía de dolor, sus encantamientos eran tan poderosos que el animal retrocedía, impactada por el destello y el sufrimiento. James se dirigió rápidamente a Nagini, que serpenteaba su cola cansadamente, le clavó uno de los extremos de la rama en una de las heridas y ella bramó de dolor, escurriendo de su interior un repugnante líquido rojo, tan oscuro y viscoso que parecía ser lodo.
James se alejó, fatigado. Respirando con dificultad. Sentía el pecho oprimido y adolorido. Lily se acercó lentamente a él, mientras escuchaban cómo la serpiente se debilitaba. Tenían que salir de ahí.
Una brisa cálida, de pronto, les reconfortó. Un suave canto les consoló el alma. Miraron hacia el cielo: un ave fénix se acercaba, sus plumas intensamente escarlatas aleteaban con fuerza. Parecía que estaba llorando. De su cola se desprendió una pluma, ellos se quedaron tan ensimismados en la calma que les producía que olvidaron a la gran serpiente, que aún se retorcía en la hierba. El ave fénix lanzó la pluma a James. Él la tomó entre sus manos y supo lo que debía hacer. Lily lo miró confundida. Fawkes seguía cantando encima de ellos.
–Toca la pluma, Lily –pidió James, sosteniendo el otro extremo.
Lily lo hizo, sin dudar, y cuando sus dedos estaban sujetos a la pluma, comenzaron a ser trasladados.
Albus Dumbledore estaba en una pequeña oficina, en el Ministerio de Magia. El Departamento de Aurores estaba vacío y era una fortuna que se encontrara así. Miraba a través de las llamas de la chimenea y en su rostro se difuminaba una sombra. Parecía más viejo, como si los años le pesaran. De pronto, con un crujido, las siluetas de James y Lily Potter aparecieron en la habitación. Con el corazón temblándoles, miraron a Albus, después de haber encarado la muerte por tercera vez. Algo que Dumbledore parecía ya saber.
–Me alegro que Fawkes los haya encontrado –sonrió tímidamente.
–¿Qué ha pasado, dónde están los demás? –preguntó James, exaltado.
–La Orden llegó a tiempo –dijo Albus, resuelto–. Los mortífagos se vieron obligados a salir. Los alumnos y profesores de Hogwarts fueron trasladados antes de que ellos pudiesen tocarlos. Tenemos heridos, pero afortunadamente nadie ha muerto.
James y Lily se miraron aliviados, recobrando el aliento. Dumbledore sonrió nuevamente, con un gesto que no parecía consolador, pero que ellos no lograron entender.
–Es hora de hacer el Fidelio –dijo con los ojos azules, más brillantes que de costumbre, como si hubiese lágrimas tratando de traspasarlos.
