Ep. 12: El trato
Draco se despertó en mitad de la noche pocas horas después, cuando aún faltaba bastante para que amaneciera. Cuando intentó moverse, descubrió que no podía, pues su brazo derecho estaba atrapado bajo la suave cabeza de cierta bruja castaña. Los escasos rayos de luz apenas iluminaban levemente la alcoba, pero fueron suficientes para que pudiera apreciar la silueta desnuda de ambos bajo la sábana, despertando en él nuevamente el instinto salvaje y primario que nunca descansaba cuando se trataba de... de ella, Hermione. Única y exclusivamente ella.
- Contrólate, no eres un animal - se dijo a sí mismo, obligándose a apartar la mirada.
No podía entenderlo. Hermione no era nada fea, pero tampoco era una sex-symbol de revista... y sin embargo algo tenía, algo que le provocaba querer hundirse en su calidez una y otra vez, arder con sus caricias, fundirse en sus besos, recibir en su cuerpo toda la pasión que ella pudiera desprender; era algo que iba más allá del placer, del sexo, de la carne y el deseo. Recordó la confesión que estuvo a punto de hacerle antes de perderse en el torbellino de sus emociones. ¿Qué había intentado decir? No se acordaba, y ciertamente, tampoco había nada especialmente importante que quisiera comunicarle a la leona.
Volvió a fijar los ojos en su compañera, que dormía plácidamente acurrucada contra él. Sus cabellos le hacían cosquillas en el pecho desnudo, y sus labios entreabiertos le tentaban con su cercanía... pero no iba a besarla, porque si lo hacía ya no podría contenerse y se lanzaría sobre ella como un animal en celo. Y después de la agotadora sesión pasional que habían tenido, quería dejarla descansar. Después de todo, debía preocuparse por su bienestar y el de su futuro hijo.
Despacio y con cuidado, tratando de no hacer ningún movimiento brusco, Draco logró sacar su brazo sin despertarla. Hermione farfulló algo en sueños que al rubio le sonó como "Engreído y sexy hurón", pero no podría asegurarlo. Lentamente se levantó de la cama, arropó a la gryffindoriana hasta tapar la sensual curva de su cuello y, tras titubear unos segundos, depositó un casto beso en su frente. Luego regresó en silencio a su propio dormitorio, donde meditaría largo y tendido sobre su relación con Hermione a partir de ahora.
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En cuanto escuchó el sigiloso sonido de la puerta al cerrarse, Hermione abrió los ojos. Aun en medio de la oscuridad, la luz de la Luna le permitía ver lo suficiente como para saber que ahora se encontraba completamente sola en su habitación redecorada. El platinado había huido... ¿o no? ¿Sería correcto considerarlo así, o simplemente se había marchado?
Se incorporó en la cama, quedando medio sentada, y arrebujándose en las carísimas sábanas para mantener un calor que, desgraciadamente, se había disipado casi de inmediato en cuanto Malfoy se fue. Abrazando sus piernas por debajo de la manta, Hermione dejó caer la cabeza sobre sus rodillas, agotada mentalmente por lo que se le venía encima. Sagrada Morgana, ¿qué había hecho? Se había dejado poseer sin ninguna resistencia, sin necesidad de trucos ni engaños, tan sólo por su propio deseo de ser amada... había cedido, y lo peor es que no se arrepentía en absoluto.
Para qué mentirse a sí misma, lo había disfrutado como nunca antes.
Hermione volvió a recostarse contra la cabecera de la cama, dejando escapar un hondo suspiro. No es que nada de lo que le estaba pasando hubiera sido su decisión, pero tal como le había aconsejado Narcissa, las cosas se habían dado así y sería mejor aprovecharlas lo mejor que se pudiera. Y en el fondo de su alma, sentía que quería hacerlo; sí, quería tener una oportunidad con el insufrible y extrañamente dulce Draco Malfoy, lo quería tanto por ella como por él y por su hijo. Los tres se merecían formar una familia feliz.
Lo cual no significaba que estuviera dispuesta a casarse con él, eso ya era otra historia.
Acarició suavemente su vientre, que aún no mostraba señales de su embarazo, pero no tardaría en hincharse como un globo. Una sonrisa se le escapó imaginándose a su bebé, sus ojos, su sonrisa, su voz, sus gestos... había muchas cosas que le gustaría enseñarle, y suponía que a Malfoy le pasaba lo mismo. ¿Sería rubio o castaño? ¿De qué color serían sus ojos? ¿Niño o niña? ¿Slytherin o Gryff...? No, mejor no pensar en eso. Las cuatro casas valían lo mismo (supuestamente), y aunque ella siempre se inclinaría a favor de los leones, obviamente Malfoy defendería a las serpientes, y lo menos que el niño necesitaba era una disputa interna para tratar de complacer a su padre o a su madre.
Y así, perdida en sus reflexiones, se halló Hermione con las primeras luces del alba.
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Ya bien entrada la tarde, después de que Scorpius se hubo levantado de su siesta, fue el propio Malfoy quien esta vez se lo llevó a su cautiva. Al verles a los dos entrar por la puerta, con el pequeño de pie y agarrado de la mano del mayor, Hermione se sintió un poco cortada, pero cuando el querubín dio un par de pasos vacilantes hacia ella alzando los bracitos, no dudó en ir a recogerlo antes de que pudiese caerse.
- Algún día me gustaría que me recibieras también a mí con las mismas ganas - comentó Draco burlón, tratando de no babear ante la imagen de Hermione sosteniendo en brazos a su hijo.
- Sigue soñando, Malfoy. Eso al menos no te costará dinero - replicó ella, acariciando las mejillas del niño con un dedo y haciéndole reír.
A pesar de la presencia del chiquillo, se notaba el ambiente tenso entre ellos, como si quisieran decirse algo y ninguno se atreviese primero. Pero Draco estaba decidido a no ser él, ya bastante se había humillado rogándole a la leona; esta vez debería ser ella quien diera un paso hacia él.
- Malfoy, yo... - empezó vacilante la joven - He pensado mucho al respecto, y... bueno, también he conversado con Narcissa...
- ¿Narcissa? - no pudo evitar interrumpirla al escuchar esto - ¿Cómo es que a mi madre la llamas por su nombre y a mí me sigues llamando por el apellido?
- Es cuestión de confianza - respondió ella mordaz, pero inspiró profundamente para calmarse - Por favor, tengamos la fiesta en paz. No quiero pelear contigo, mucho menos delante de un niño inocente que no tiene culpa de nada.
Durante unos segundos hubo silencio, mientras ambos adultos trataban de controlar sus respectivos temperamentos.
- Me estabas diciendo...
- Que he pensado mucho. Sobre esta situación, sobre el bebé, sobre tus intenciones... - Hermione dudó - Sobre nosotros...
- ¿Acaso hay un nosotros? - maldición, ¿lo había dicho en voz alta?
- No, no lo hay. Pero... estoy dispuesta a intentar que lo haya.
Los ojos grises se clavaron en ella con tanta fuerza que Hermione casi sintió como si la traspasara un cuchillo, y estuvo a punto de dar un paso atrás por la impresión. Pero haciendo honor al conocido valor que caracterizaba su casa, se mantuvo firme ante esa penetrante mirada, sin dejarse intimidar. Draco caminó lentamente hasta su prisionera, midiendo cada paso que les separaba, hasta quedar a pocos centímetros de ella pero sin tocarla. Sin saber por qué, la castaña dejó a Scorpius con cuidado en el suelo.
- Siempre has tenido la irritante habilidad de confundirme, Granger - murmuró el platinado, mirándola fijamente - Dime, ¿qué exactamente es lo que pretendes?
- Te recuerdo que todo esto es culpa tuya - susurró también Hermione, cohibida por la intensidad de sus ojos - No te equivoques, con esto no he aceptado casarme contigo.
- Aún - puntualizó Draco, él también podía ser terco.
- Estoy accediendo a que tengamos una vida en común, si quieres. O al menos, que lo intentemos.
- ¿Bajo qué condiciones?
- Supongo que pedir de vuelta mi libertad sería demasiado para ti, ¿cierto? - aventuró la leona con un leve tono de esperanza.
- Lo es. Debes permanecer aquí, eso no es discutible.
Hermione resopló fastidiada y apartó la vista de él, girando la cabeza, pero enseguida Malfoy la sujetó de la barbilla para que volviera a centrarse en él y en nada más. A ninguno se le pasó por alto la escasa distancia que les separaba, que iba siendo cada vez menor.
- Si vamos a tener un hijo y a criarlo juntos, ¿debo vivir aquí?
- Sí.
- No quiero sentirme una extraña en mi propia casa, o por lo menos, no en mi propio cuarto - empezaba a costarle respirar, no digamos ya concentrarse en lo que estaba diciendo - Necesito cosas personales y recuerdos de mi familia como ropa, adornos, libros, fotos...
- Haz una lista de todo lo que desees, y te lo traeré al igual que hice con tu equipaje - prometió Draco, acercando peligrosamente su boca a la de la leona.
- Tener mi varita conmigo también estaría bien.
- Si es necesario... pero tendré que restringir su poder mágico aquí adentro.
- D-de acuerdo - por Merlín, ¿cuánto más iba a tardar en besarla? - Y en cuanto a ti...
- ¿Yo?
- Si vamos a compartir nuestra vida, no quiero que vuelvas a desaparecer cuando algo no te guste - Hermione se ruborizó al hacer esta última exigencia, lo que al platinado le pareció muy seductor - Quiero que absolutamente todos los días, sin faltar ni uno, pases un rato conmigo y con Scorpius. No que seas un aprovechado que viene solamente por las noches.
- ¿Es eso una queja?
- No, pero es un trato. Si lo aceptas, me quedaré contigo.
- Sea un trato entonces.
Y no pudiendo ya ninguno soportar más la tortuosa agonía, sus labios se unieron en un desesperado beso que sellaba todo lo que acababan de acordar. La lengua de Draco se deslizó posesivamente en la boca de Hermione, que le recibió gustosa mientras sus manos se aferraban a la camisa de su raptor. Su cintura fue aprisionada por unos fuertes brazos, pegándola tanto al cuerpo masculino que casi podía notar el latir de su corazón, tan desbocado como el suyo propio. El slytheriano la apretó contra sí, siempre cuidando de no lastimarla, pero asegurándose de que no pudiera escapar.
- Eres mía, Hermione Jane Granger - pensó Draco - Aunque no lo sepas, y aunque tú misma te resistas a ello, eres y serás para siempre mía. De la misma forma que yo soy tuyo incluso si no me amas... pero esto no necesitas saberlo.
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Una vez establecido el trato, las cosas parecieron mejorar entre Draco y Hermione. Él cumplió con todo lo acordado, trayéndole sin demora cuantas cosas le había pedido; ella por su parte dejó de estar a la defensiva por todo, ocupándose de llevar bien su progresiva gestación. Todavía no se resignaba a llamar a Malfoy por su nombre, pero éste no volvió a hacer alusión al respecto.
La verdad sea dicha, la serpiente platinada estaba llevando el embarazo mejor que Hermione. Claro que iba con ventaja, pues ya había pasado antes por la experiencia, pero no dejaba de sorprender a la castaña lo paciente y comprensivo que podía llegar a ser, cuando había veces que no se soportaba ni ella misma. No importaba si le despertaba ocho veces en mitad de la noche por un antojo, o si gritaba echándole en cara todos sus errores pasados, ni si luego era incapaz de detener su llanto descontrolado al arrepentirse por las horribles cosas que le había dicho... Draco simplemente hacía una mueca de frustración o quizás un gesto de hastío, pero nunca protestaba ni se quejaba, y seguía consintiéndola con todo lo que podía.
Pasaron los días y las semanas, y al igual que mejoraba el tiempo, también el humor de Hermione. El mes de Mayo llegó con la culminación de su primer trimestre, y sus hormonas de embarazada parecieron estabilizarse (dentro de lo posible en su estado). Ya no se sentía mal por las mañanas y podía comer sin dificultad; los cambios de humor persistían, pero ya no tan radicales como anteriormente. Los antojos por comidas extrañas y aparentemente incomestibles se mantuvieron, pero aparecieron otros síntomas como la necesidad de ir al baño cada hora, el cansancio muscular, los dolores en los pies... y a medida que su tripita crecía, la hora de dormir también presentó complicaciones, pues la gryffindoriana tenía miedo de lastimar al bebé.
Suerte que para esos momentos, contaba con la compañía del más paciente de los hombres... Draco Malfoy, tal como se auto-proclamaba él. Siempre lograba distraerla y captar su atención para cosas más, digamos, satisfactorias para ambos. Y es que había ciertas hormonas que el rubio estaba más que feliz de que estuvieran allí, y Hermione... bueno, no es que se quejase tampoco. Por su parte, también ella practicaba constantemente con Scorpius para lograr ser una buena madre, tanto para el chiquillo como para el hermanito o hermanita que estaba en camino.
- Magu ta paba... - decía Scorpius, tratando de impresionar a la joven con su sabiduría.
- ¿Has oído, Malfoy? ¡Scorpius dice que le gustan las pasas! - celebró ella, sonriéndole y aplaudiendo - Podríamos pedirles a los elfos que le hicieran un pastelito.
- Ha sacado el carácter de los Malfoy - pensaba el padre con orgullo, sonriendo con arrogancia - ¿Quieres el pastelito para él o para ti?
- Bueno, ya que lo dices, podrían hacer unos cuantos para todos... ¿no? A Narcissa también le gustan los frutos secos.
Si la caída de un ego descomunal produjese ruido, de seguro Hermione se habría quedado sorda. Y no era broma, pues realmente el slytheriano no podía asimilarlo.
- Así que mi madre es Narcissa, pero yo que soy su amante y el padre de su hijo (y futuro marido, porque tarde o temprano caerá) sigo siendo Malfoy - masculló internamente, conteniendo las ganas de golpearse la cabeza contra la pared.
- Caso mai seo tamomo...
- ¿Sí? ¿Cuando seas mayor serás astrónomo?
- ¡Hermione, eso ya es exagerado! - dijo Draco, conteniendo las ganas de reírse.
- ¿Por qué exagerado? - inquirió ella frunciendo el ceño - ¡Que sepas que mi hijo es muy listo, y podrá ser lo que quiera!
El silencio inundó la habitación, roto tan sólo por los balbuceos incomprensibles de Scorpius (incomprensibles excepto para la sabelotodo Granger). Si Hermione hubiera estado un poco más atenta al Malfoy grande y no tanto al pequeño, habría visto lo absorto y tremendamente asombrado que había quedado éste ante su última declaración, pero en este momento apenas alcanzó a verle salir por la puerta.
- Malfoy, ¿ya te vas?
- Sí, yo... he dejado mucho trabajo pendiente hoy, debo terminarlo.
Y sin más dilación se fue, dejando a sus dos tesoros jugando juntos. Al salir al desierto pasillo no pudo reprimir más sus emociones, y apoyando la espalda contra la pared, dejó caer la cabeza y ocultó sus ojos tras una mano para que nadie le viera. Pero quiso la casualidad que precisamente en ese momento su madre apareciese allí, probablemente al ir en su busca, y le encontrase en esa extraña posición.
- ¿Draco? - le llamó la mujer, preocupada, yendo hasta él - Cariño, ¿te encuentras bien?
Y al querer ver el rostro de su hijo, éste se apresuró a impedirlo, refugiándose en cambio en los amorosos brazos de su progenitora. Narcissa reaccionó al instante abrazándole, ofreciéndole el consuelo que le pedía mientras notaba una ligera humedad empapar la cara seda de su vestido.
- ¿Qué ha ocurrido, tesoro? - preguntó con cautela - ¿Ha pasado algo malo?
El joven negó con la cabeza, todavía incapaz de serenar su agitada respiración. ¿Cómo iba a explicar que lo que había atenazado su corazón con un calor indescriptible había sido el inconsciente comentario de Hermione, refiriéndose a Scorpius como su propio hijo? Prefirió descansar su frente en el delicado hombro de su madre hasta recuperar por completo la compostura.
- No ha sido nada, ya estoy bien - aseguró, con su pose fría y altiva de siempre - ¿Me buscabas para algo?
- Sí, quería decirte que en breve recibiremos visita - sonrió Narcissa - Ha llegado una lechuza de los señores Zabinni anunciando su llegada para mañana.
- ¿Qué? - se extrañó Draco - Por Merlín, ¿qué se les ha perdido aquí a Pansy y a Blaise?
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Y mientras Draco liberaba parte de la tensión producida por las emociones que Hermione agitaba en él, en la habitación que acababa de abandonar, dicha castaña arrugaba la frente preocupada mientras vigilaba los juegos del pequeño Scorpius. Preocupada al pensar en algo mientras acariciaba con suavidad su vientre, que ya mostraba una ligera curvatura... y preguntándose por qué, a pesar de haber iniciado su cuarto mes de embarazo, todavía no había sentido moverse a su bebé ni una sola vez.
