Ranma ½ y todos sus personajes son creación y propiedad de la célebre artista japonesa Rumiko Takahashi. Esta historia no la escribo con fines de lucro sino como un homenaje a su gran obra que tras muchos años sigue encendiendo de dicha nuestros corazones y de imaginación nuestras mentes inspirándonos siempre gran diversión.
Fantasy Fics Estudios es un grupo de fans reunidos en torno al amor por la creación del fanfiction, la escritura y la fantasía en general, promoviendo el libre uso de la imaginación y luchando contra la dictadura de la realidad y la gris "madurez" que el mundo trata de imponernos aplacando la exquisita diversidad en nuestras almas.
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Fantasy Fics Estudios presenta un caótico fic escrito por Noham Theonaus.
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Keiko Saotome adoraba esos momentos de paz. Era muy apegada a su hermana mayor Kimiko, a la que sólo un año de diferencia las separaba, pero en ocasiones la exasperaba. ¿Es que jamás se podía quedar callada y dejar de mover los labios? Y ella, obligada a prestarle atención en todo momento y mirarla fijamente para entenderla, se aburría al no poder realizar sus propias tareas. Si por lo menos su hermana dijera algo sensato de vez en cuando, y no la hastiara con su interminable lista de razones por las que un muchacho era más atractivo que otro.
En realidad la amaba, y mucho, adoraba estar con ella, hasta que ella se entusiasmaba con otro chico y no tenía más tema que ése. Luego siempre sucedía lo mismo; la tonta de Kimiko terminaba llorando porque o descubría que él ya tenía novia y jamás la había correspondido, o que en realidad era un pervertido que sólo quiso sobrepasarse con ella. Keiko apretó los puños al recordar al último imbécil que quiso aprovecharse de su torpe hermana mayor, y lo bien que le había quedado el rostro por intentarlo; no por nada ella era la campeona regional de kenpo en su propia división juvenil, a pesar de su corta edad.
Descansó el peso del cuerpo en los brazos inclinándose sobre la mesa, las piernas las tenía bien cubiertas bajo la cálida manta del kotatsu. Una aromática taza de té la acompañaba y, lo mejor de todo, un libro nuevo. ¡Nuevo! No existía mayor placer en el mundo que un libro "nuevo". No significaba que el libro fuera de verdad nuevo; podía ser viejo, de hojas roñosas, como los que a veces se encontraba en la biblioteca de la escuela o en alguna tienda pequeña en el centro de la cuidad. Pero para ella era nuevo, no necesitaba más que eso y su propia curiosidad la colmaba de dicha.
Comenzó a leer las primeras páginas, y con nervioso entusiasmo jaló su larga coleta por delante del hombro con ambas manos, jugando con las puntas de sus cabellos oscuros, mientras movía inconscientemente los labios repitiendo en silencio los diálogos de los personajes a los que un divertido narrador comenzaba a presentar con humildad. El viento abanicaba las hojas secas y las derribaba una tras otra sobre la pileta del jardín, formando un manto suave de color dorado y marrón que flotaba en la superficie de las aguas. El gran ventanal cerrado se estremecía con la fría brisa del exterior. Ella podía sentir cada pequeña vibración aunque no la escuchara.
El suelo se estremeció bruscamente y ella despertó de la ilusión en la que se encontraba por culpa de su maravilloso libro. Se irguió echando los brazos atrás, apoyando las manos en el tatami para sostener el peso de su cuerpo. ¿Qué había sido eso? Cerró los ojos.
Keiko podía sentir desde pequeña todas las vibraciones de esa casa que no tenía muchos más años que ella. Escuchaba la melodía de la madera, los secretos que ocultaba en cada rincón y el moverse de todos los miembros de su familia. El vibrar de los paneles de papel recogía la voz de los que hablaban en la casa, que luego se deslizaba hacia el piso, para llegar finalmente hasta sus dedos.
Percibió los pasos suaves y melódicos de su madre en la cocina, seguramente ya preparando la cena. También el exquisito murmullo con que ella entonaba una dulce melodía, la misma de siempre, cada vez que se encontraba concentrada en una tarea doméstica. Era tal la exactitud con que Keiko podía "escuchar" a su madre a través de sus dedos sobre el piso que casi podía verla; adivinar sus gestos y titubeos cuando volvía una y otra vez los pasos deslizando con pereza las pantuflas. Su madre dudaba, se equivocaba, volvía a abrir la alacena y cambiaba los ingredientes a conciencia riéndose de su propia torpeza, y terminaba consultando el viejo cuaderno de recetas. Luego la sintió detenerse bruscamente, como si algo la hubiera puesto en alerta. Entonces la sintió moverse por el pasillo.
Akane Saotome apareció en la sala limpiándose las manos en el delantal. La mujer que no había perdido su encanto a lo largo de los años, se detuvo al final del pasillo y observó a su hija con sorpresa, después con resignación. Keiko Saotome ya la estaba esperando y se esforzaba por sonreír cuando cerró con cuidado su libro. Akane sabía cuánto le gustaba leer y se sintió culpable por haberla interrumpido.
—Keiko, siento molestarte, ¿pero podrías ayudarme un momento?
Keiko la miró fijamente con curiosidad. Akane se sonrió con ternura al observarla hacer los mismos gestos que su padre; esa muchacha de cabello oscuro, rostro travieso y mirada ingenua era tan idéntica a Ranma, que en ocasiones se sintió tentada a cortarle un poco el largo cabello y hacerle una trenza.
—Tetsu y tu padre quisieron practicar un rato en el dojo y ya sabes lo que eso significa —Akane miró el reloj de la sala con impaciencia—. Les advertí que no exageraran, que pronto cenaríamos, pero ya conoces a ese par de bobos —terminó dando un largo suspiro que no consiguió borrar del todo su enfado.
La chica apoyó con más firmeza la mano en el piso y miró hacia la pared, seguramente en dirección del dojo, como si recién hubiera comprendido la razón de lo que antes había llamado su atención. El estremecimiento que percibió seguramente debió tratarse del cuerpo de uno de esos dos tercos hombres estrellándose contra el suelo. Lo que más sorprendía a la chica era como su madre podía adivinar a veces que uno de ellos se lastimaba aún en las prácticas más insignificantes; ¿es que su madre poseía alguna secreta habilidad parecida a la suya, o sería otra cosa?
—¿Me ayudas a atenderlos? Yo me encargaré de tu padre y tú preocúpate de Tetsu. Tengo el mal presentimiento que esta vez sí se han lesionado seriamente.
La chica alzó una ceja, ¿cómo ella podía saberlo con tanta exactitud? La señora Akane agregó divertida encogiéndose de hombros.
—Sencillo, hace un momento que están muy callados y tampoco han regresado quejándose como siempre. De seguro se han de estar sobando las heridas en silencio para que no los veamos. Con lo orgullosos que son a veces creo que tus hermanos son más maduros que ellos.
Keiko se sonrió, ¿su padre y Tetsu más infantiles que los gemelos? Lo pensó y no le pareció tan desacertado. Luego levantó las manos e hizo una serie de rápidas señas delante de su pecho y rostro.
—¿Tú crees? —le preguntó Akane mirándola fijamente, llevándose un dedo a los labios.
La chica volvió a usar las manos, junto con los labios que movió por reflejo casi en silencio, no murmurando más que un par de suspiros, para terminar levantando las cejas con los ojos bien abiertos como si esperara ilusionada su respuesta.
—Keiko, me encantaría… ¡Pero no podría hacer eso!, ¿dejar que curen solos sus heridas? Ni hablar, con lo torpes que son…
Su hija hizo un gesto de resignación, su madre era demasiado bondadosa. Por ella, los castigaría dejándolos también sin cenar, que bastante molesta ya se encontraba por haber sido interrumpida en su lectura. "Ni modo…", pensó, se levantó de un ágil salto y rápidamente se acomodó el vestido que amenazó con subirse más de la cuenta por culpa de su pirueta, antes que su madre la llegara a regañar como siempre hacía por su descuidada manera de moverse, en especial cuando olvidaba que usaba vestidos o faldas.
—Iré a buscarlos antes que enfermen —mencionó Akane, apurando los pasos—, con lo frío además que debe encontrarse el dojo…
Keiko Saotome llamó la atención de su madre con un rápido batir de palmas y al instante agregó con un sencillo giro y gesto de las manos en que terminó indicándose a sí misma.
—¿De verdad que tú los quieres traes, y que yo me encargue solamente del botiquín? —repitió la madre la propuesta de la hija con curiosidad—. Keiko, no sabía que te preocuparas tanto por ellos, eso es muy noble de tu parte.
La jovencita tuvo que contener las ganas de reír, en realidad ella lo hacía únicamente para ser la primera en atrapar a su patético padre y hermano mayor quejándose por sus heridas. Recordó que primero debía ir por su cámara, supuso que Tetsu había perdido, como siempre que desafiaba a su padre, y guardaría la imagen junto a su colección de vergonzosas escenas de su hermano mayor con que gustaba en ocasiones chantajearlo. Akane, aliviada por la ayuda de su hija, se dirigió a buscar el botiquín, cuando se devolvió a mitad del pasillo para que Keiko pudiera ver su rostro, pero en lugar de hablar se dirigió a ella en lenguaje de señas moviendo graciosamente los dedos.
"Gracias, cariño".
La chica se llevó la mano detrás de la cabeza rascándose en un gesto de timidez, para responder con la otra mano haciendo dos rápidas señas a la altura de su pecho.
"De nada, mamá".
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La esposa secuestrada
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"Okinawa"
- Parte 2 -
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En la playa los niños gritaban escapando del agua, riéndose con entusiasmo. El bullicio era acompañado por el constante murmullo de las voces alegres de los otros veraneantes y del chillido de las gaviotas. La chica de trenza, vestida con una camiseta deportiva y pantalones de baño masculinos, insistía en guardar silencio. Las olas se mecían suavemente llegándole el agua a los tobillos. La arena cosquilleaba bajo la planta de sus pies con cada ir y venir de las aguas, sintiendo que se hundía un poco en el suelo blando cada vez que el mar se recogía. A su lado Akane, cubriendo con una larga camiseta holgada como si fuera un vestido el hermoso traje de baño que vestía, miraba el océano con la misma calmada satisfacción.
Las manos de ambas chicas se entrelazaban, colgando con relajo de la punta de sus dedos.
A ellas ya no les importaba ser el centro de las miradas del resto de los bañistas, a los que también habían dejado de llamarles la atención, ya que tras tantos días en ese lugar comenzaban a reconocerlas como "la pareja especial". Todo lo que existía en el mundo de las dos era el horizonte y las nubes surcando lentamente el firmamento. Las manos se acomodaron y estrecharon con más fuerza, como si ambas hubiesen tenido la misma fantasía al mirar el firmamento y la quisieron compartir con un simple gesto de sus cuerpos. ¿Podrían algún día llegar a ser como esas nubes, volando en paz por sobre todos los problemas del mundo que seguramente los esperarían a su regreso a casa? ¿Serían capaces de llevarse en sus corazones la paz que gozaban cuando las hermosas vacaciones se acercaban a su triste final?
—Ranma…
Junto con la voz de Akane, todos los ruidos del mundo regresaron a la otra chica. Torció los labios con molestia por ello. La trenza se enroscó ligeramente junto con el movimiento que hizo al encogerse de hombros con desgano, antes de animarse a responder con pereza.
—Dime, Akane.
—¿La sorpresa es grande o pequeña?
—Se suponía que nunca lo hablamos.
—Anda, dime, sólo una pista y no volveré a preguntar más. Me dijiste que me tenías una sorpresa.
—"Se me escapó que te tenía una sorpresa", querrás decir. No sé en qué momento te respondí medio dormido esta mañana.
—¿Es es mi culpa acaso que hasta para ser un sonámbulo hables de más?
—No soy un sonámbulo. Dije "medio dormido", nada más. Además, no te lo diré, deja ya de insistirme con eso o me arrepentiré de darte alguna sorpresa o lo que fuera que dije —recobró la sonrisa al haberla molestado. Esperó un momento. Al poco rato ella comenzó a tirar de su mano con un poco más de fuerza.
—Ranma…
—Qué curiosa eres —suspiró profundamente tratando de disimular el nerviosismo que el verdadero secreto le provocaba—. Bien, te daré una pista. Pero después no me preguntes nada más.
—Qué tacaño. Bien, pero no hagas trampas. Soy muy astuta cuando se trata de un misterio —dijo la chica ufanándose.
La chica de trenza la miró incrédula, para agregar con gran sarcasmo:
—Sí… sí, lo que tú digas, Sherlock.
—¿Estás dudando de mí?
—Los hechos hablan por sí solos, Akane.
—¿Qué significa eso?
—Si no lo sabes, adivínalo con tu "gran astucia".
—Me estás molestando, ¿verdad?
—¡Oh!, qué astuta eres, Akane, lo has descubierto…
Akane no lo dejó terminar. Giró delante de la otra chica, en un momento pareció abrazarla, pero en lugar de eso la cogió por la camiseta, cargó su hombro sobre el abultado pecho de la otra joven y, con gran destreza y elegancia, casi sin esfuerzo, deslizó un pie hacia atrás para empujar los pies de Ranma por la arena haciéndolo perder el balance. Lo atrapó en un rápido agarre alzándolo por encima de su hombro. Y lo hundió de espaldas en el agua.
A pocos centímetros de profundidad, Ranma, recostado en la arena, burbujeaba sus quejidos, ante una Akane que no se dignó a mirarlo cruzando los brazos.
—Te lo mereces por… por… bueno, por… —la chica dudó.
Bajo el agua Ranma le devolvió la mirada de indignación cruzando igualmente los brazos y esperando una explicación de la chica que no hallaba qué decir.
—Por… ¡por algo te lo merecerás, supongo! —Akane bufó finalmente con orgullo sacándole la lengua.
Ranma burbujeó otra larga respuesta que por suerte nadie entendió.
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Ranma todavía convertido en chica se paseaba entre los aparadores de la pequeña tienda con las manos dentro de los abultados bolsillos del pantalón de baño. De manera desordenada sobre la camiseta deportiva, vestía abierta y arremangada una de sus viejas camisas chinas.
Con curiosidad se inclinaba mirando los adornos hechos con conchas marinas, arena y vidrio; pequeñas lanchas de madera introducidas en el interior de botellas, collares artesanales, pulseras hechas con dientes de tiburón, peinetas para el cabello de coral. El rostro de la menuda chica de cabello trenzado, con los labios torcidos, pensativa, se desfiguraba tras el vidrio de cada figura al deslizarse de uno a otro.
—Disculpa —dijo un muchacho de buen parecer que se detuvo a su lado—, ¿estás sola, no te gustaría si pudiera invitarte a algún sitio más divertido?
El joven, ahora chica, no se inmutó por el saludo del desconocido, más bien se lo tomó con filosófica resignación.
—No. Estoy con mi esposa.
—¿Esposo, estás casada? Discúlpame, yo no lo sabía, es que te ves tan joven y encantadora, que yo…
—Sí, estoy casado —dijo tirando de la fina cadena dorada alrededor de su cuello, sacando de debajo de la camiseta un anillo dorado que dejó colgar por encima de la prenda—. Y no, no dije "esposo"; dije "mi esposa".
—Ranma, ¿qué haces? —Akane lo llamó del otro extremo de la tienda. Usaba todavía la larga y holgada camiseta sobre el bañador, acompañada por una falda corta acampanada que apenas se veía como un borde de tono verde más abajo de la primera prenda, arrastraba con relajo las sandalias de goma, y cubría su cabeza con un pequeño y divertido sombrero de verano que apenas hacía sombra sobre su corta melena, adornado con una flor. Al igual que su esposo, curioseaba del otro extremo algunas figuras distraídamente. Cargaba en el hombro una bonita cartera de mimbre, grande y ligera con un tejido de cintas de colores en los bordes—. Ven, mira lo que encontré.
—Ella es mi esposa y me llama. Lo siento, amigo, pero hoy no es tu día de suerte—se retiró cerrándole un ojo al muchacho que se quedó pasmado. Se rió apenas le dio la espalda, le encantaba tener esos pequeños momentos de desquite.
Apenas llegó al lado de Akane cogió su mano libre de manera posesiva, incluso un poco brusca.
—Ay, Ranma, ¿qué te sucede ahora? —se quejó, pero en lugar de tirar su mano para soltarse, la acomodó para coger también la de la otra chica mientras le mostraba la figura. Aquél gesto no pasó desapercibido para el otro joven que todavía las observaba a la distancia, para después retirarse de la tienda en silencio rascándose la cabeza—. Mira esto, ¿no crees que sea extraño?
—¿Extraño, qué cosa…? ¡Woah!
En la mano de Akane había una botella redonda como una esfera. En su interior había un fondo de arena, algas hechas de madera y una extraña figura de un gordo oso panda con un gesto de aburrimiento, vistiendo bañador, y que se les hizo más que conocido, sosteniendo un cartel que decía "Bienvenidos a Okinawa".
—¿Y si lo compramos? —Akane parecía conmovida por la extraña coincidencia.
—Olvídalo —pronunció la chica de la trenza apenas conteniendo la risa—, debe ser de mala suerte.
Akane no era supersticiosa, o eso decía, pero por alguna razón esa casualidad la hizo sentirse intranquila tras las palabras de su esposo y devolvió la figura al mostrador para después limpiarse la mano en su camiseta por reflejo.
—¿Ya terminamos? Comienzo a sentir hambre.
—Ranma, ¿otra vez, que no comimos tallarines en ese puesto en la playa? Además, ya hemos pospuesto demasiado las compras, debemos llevarle recuerdos a todo el mundo y no se nos puede olvidar nadie. ¿Ya escogiste algunos para tus compañeros de trabajo?
—¿Para esos idiotas, por qué tendría que regalarles algo?
—Es el deber de un matrimonio, como familia que ahora somos, velar por los lazos de amistad que hemos creado —citó divertidamente, con solemnidad como si estuviera leyendo un discurso de memoria sacado de alguna revista de consejos—. Ranma, ¡no querrás quedar mal con tu jefe y tus compañeros de trabajo! Eso no sería responsable. Además, ¿es que no les tienes afecto?, ellos se han portado muy bien con nosotros, siempre.
—Te lo estás tomando muy seriamente, "señora Saotome".
—Deberías ser igual de consciente, "señor Saotome".
Ambas chicas compartieron una cómplice sonrisa. Repentinamente Akane guardó silencio al seguir paseando la mirada por los adornos, y pensativa inclinó el rostro.
—¿Qué ahora?
—No es nada… Sólo pensaba que quizás podría enviar por correo algunos presentes a nuestras familias en Nerima, y…
—Si haces eso, el remitente les indicaría donde vivimos —respondió un poco apesadumbrado. No por él, sino por Akane que sabía no había pensado en eso.
—¡Oh!, sí, ya veo. Tienes razón —intentó sonreír, pero algo faltaba en su expresión de felicidad—. Nos queda tiempo todavía antes de irnos, será mejor que te haga caso y dejemos las compras para mañana. ¿Por qué no volvemos a cenar a la cabaña?
—¿Y no quieres comer fuera? —le propuso Ranma con entusiasmo, recordaba un puesto de tallarines cerca de la playa que había deseado visitar desde el mediodía.
—No. No, Ranma. Me gustaría volver ya a casa. Estoy un poco cansada.
La repentina y mal disimulada tristeza de Akane no lo alteró. Más siniestra fue la sonrisa que Ranma hizo a espaldas de su joven esposa.
—Sí, tienes razón, será mejor que regresemos. También me siento un poco cansado —respondió estirando el brazo, moviéndolo en círculos alrededor de su hombro.
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Ranma tiró la mano de Akane y juntos abandonaron la tienda. La chica lo miraba de vez en cuando, esperaba que él hubiera notado su incomodidad . Necesitaba un abrazo, necesitaba que él la escuchara un momento, necesitaba lo que fuera, aunque no estaba segura qué, pero que la hiciera sentir mejor. Ranma siempre conseguía, aunque fuera enfadándola, cambiar positivamente su humor al final. No obstante, él actuaba como si no se hubiera percatado de nada. Suspiró con mucha fuerza, apesadumbrada.
—¿Sucede algo, Akane?
—¿Yo?... Ah, bien —sonrojada por su infantil y exagerado gesto para llamar la atención de su esposo, se turbó no sabiendo cómo continuar—. N-No, no es nada, es sólo que yo…
—Bien, si tú lo dices, entonces todo está perfecto.
La ignoró bruscamente y comenzó a silbar una melodía alegre. Akane se quedó perpleja. ¿Cómo es que su esposo volvía a ser el mismo insensible muchacho de hace cinco años? ¿Lo habría enfadado de alguna manera sin saberlo y se estaba desquitando al evitarla? Apretó los labios, confundida entre la rabia que nacía en su pecho, la tristeza que no la abandonaba, y la confusión. La manera en que él tironeaba de su mano, apurando sus pasos, sin ninguna delicadeza, más la incomodaba.
—Ranma —murmuró al rato cuando dejaron la transitada calle desviándose por el tranquilo sendero camino al hotel. Cada vez era más notorio que la chica de trenza tiraba con más fuerza para mover a la desanimada joven de cabello corto—, ¿qué te sucede?
—¿Suceder, a mí? ¿Qué cosa, Akane? A mí no me sucede nada, no te comprendo.
—No, no. No es nada.
—Cómo digas.
Volvió a silbar de manera desatenta. Ni siquiera la miró cuando el rostro de la joven decía a gritos que ya no se encontraba bien. En un momento Ranma miró hacia atrás por sobre el hombro de manera disimulada. La vio triste, realmente triste y turbada. Apretó los dientes, quizás se le estaba pasando un poco la mano con su pequeña broma; quizás ya era hora de contarle la verdad, aquello que lo había tenido preocupado durante todo el día.
—Akane.
—¿Dime, Ranma?
—Yo… Yo quería contarte una cosa.
—¿Qué? —el entusiasmo de la chica por escucharlo hablar era notorio, incluso preocupante.
Ranma se mordió los labios. Su cobardía lo volvió a superar, temía la reacción que ella pudiera tener por haber tomado por su propia cuenta una decisión que podría cambiar el futuro de ambos.
—Podrías… ¿Podrías preparar Oden esta noche?
—¿Oden?
—Sí, Oden.
Por un momento Ranma creyó que ella lo golpearía, de hecho se lo merecía. Pero en lugar de eso Akane relajó la tensión de su cuerpo con resignación, pasándose la otra mano por su agotado rostro.
—Bien —exhaló un profundo suspiro—, si quieres, supongo que no hay problema. Sé que puedo hacerlo bien…
—¿Qué sucede, Akane, creías que te diría otra cosa?
—¿Y qué otra cosa me podrías decir, ah? —protestó, recién revelando el enfado que había contenido desde el principio.
—Nada, supongo —insistió en tirar de ella para obligarla a avanzar, ignorándola de nuevo.
Los árboles se mecieron furiosamente cuando el viento costero del atardecer sopló con toda su fuerza. Los cabellos de ambas chicas revolotearon sobre sus rostros bronceados.
—Ranma —lo llamó de nuevo, presionando con sus dedos los de su esposo, tirando un poco de él para que se detuviera. Pero no lo hizo y la forzó a seguir caminando—, ¿estás molesto conmigo?
—No, Akane —respondió de manera rápida. Fue conciso, severo, sin reparar en ella.
—¿Entonces por qué me ignoras?
—No te estoy ignorando. Tú fuiste la que dijiste que no sucedía nada malo.
—¿Me estás castigando por eso? No puedo creerlo, porque normalmente tu insistes, y entonces yo te digo la razón, y…
—¿Razón de qué? ¿Es que en realidad sí te sucedía algo malo y no me lo dijiste?
—¡Sí!, no, es que… ¿Lo estás haciendo con intención?
Ranma se detuvo en las puertas del hotel y girando tiró de la mano de Akane atrayéndola a su cuerpo. Le dio un abrazo tan brusco y fuerte que le cortó la respiración.
—Perdóname, es que no sé cómo decírtelo.
—¿Decirme qué? —Akane se separó un poco de la otra chica mirándola a los ojos—. ¿Qué sucede, Ranma, qué es eso que no puedes decirme?, me estás asustando.
—Es increíble, ¡así que de verdad lo olvidaste!, sabía que eras distraída, Akane —sonrió no consiguiendo del todo contener sus propios nervios—. Eh, ¿cómo empiezo?… Demonios, es difícil —tosió un poco para aclarar su voz—. ¿Recuerdas ese asunto insignificante de la "sorpresa"?
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Cruzaron la recepción. El encargado se acercó a Ranma, uno de los pocos que conocía sobre la maldición de su huésped y que no le importó, porque confesó seres más extraños había atendido en su vida. Y le explicó en palabras que Akane no pudo comprender algo sobre unos preparativos y un cambio en la cabaña que ocupaban. "¿Cambio, qué cambio?", pensó la chica un metro más atrás incapaz de meterse en la rápida charla que tuvieron los dos.
—Ranma, ¿qué significa todo eso?
—Hubo un problema y ya no podemos seguir ocupando la misma cabaña que antes. Nuestras cosas las movieron mientras estábamos en la playa.
—¿Problema, qué clase de problema podría…?
Akane dejó la pregunta inconclusa cuando Ranma se detuvo ante la nueva cabaña. Era más amplia por ser de tipo familiar, para un gran número de personas. Lo que más la intrigaba era la palidez casi cadavérica de su esposo, "o esposa".
—Ranma, dime honestamente, te prometo que no me molestaré… o intentaré no hacerlo; pero háblame, ¿qué estás tramando ahora?
—Eh… —la chica de cabello trenzado tosió en un gesto varonil, intentando aclarar su voz—... ¿Sorpresa?
Pronunció sin mucha energía, lleno de inseguridad apuntando con la mano extendida hacia la nueva cabaña.
Y ella escuchó una conocida voz provenir como un grito desde el interior de la cabaña:
—¡No es posible que me haya ganado, señor Saotome!
—Ése es… es… ¡Papá!
Ranma no pudo responder, todo lo que hizo fue mirarla encogiéndose de hombros con resignación.
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Akane entró corriendo en la cabaña. Sentía que el corazón daba saltos hasta su garganta. La ansiedad la dominaba, como a una niña perdida que finalmente podría reencontrarse con sus seres amados. Incredulidad, porque no comprendía como allí, en una lejana isla de la prefectura de Okinawa, pudieran estar ellos. Y amor, más que amor; porque comprendía sin poder entenderlo en realidad, todo lo que estaba viviendo había sido obra de ese manipulador, mentiroso, odioso, antipático y querido, mucho más que querido y tierno esposo.
La entrada era similar a la de cualquier casa japonesa. Casi tropezó al tirar las sandalias y correr descalza por el pasillo. No sabía hacia dónde dirigirse, pero las voces la guiaban en la oscuridad creciente del atardecer que dominaba aquel lugar, porque todavía no encendían las luces de la entrada. Y se detuvo ante la puerta de la sala, separada únicamente por el delgado panel corredizo de papel y madera. Apoyó las manos en la superficie, sentía la angustia creciendo dentro en su pecho. Ella, quieta en la oscuridad nostálgica del pasillo. Adentro, ruido, voces y la cálida luz de la habitación tiñendo de dorado el papel de la pared y la puerta.
Contuvo el aire, y la abrió deslizándola con fuerza.
—¡Papá, Nabiki, Kasumi!
Llevó las manos a su rostro cuando los vio. El lugar era distinto, las ropas ligeras llenas de estampados de flores más adecuadas al lugar en el que se encontraban; no obstante, ellos eran los mismos de siempre y la situación tan similar como si los años jamás hubiesen transcurrido.
Soun Tendo y Genma Saotome discutían alrededor de un tablero de shogi. Nabiki bebía un vaso de gaseosa sentada relajadamente en el borde de la sala que daba al jardín pequeño de la cabaña con los pies descalzos rozando el césped, intentando sintonizar la radio pequeña que tenía a su lado. Kasumi servía una taza de té para la tía Nodoka, mientras la mujer no dejaba de comentarle divertidas historias sobre el pasado, con una sonrisa que parecía desconocer a la antes siempre melancólica mujer. Happosai era el más divertido mirando en la televisión, un especial de chicas en bikinis.
—¡Akane! —Kasumi fue la primera en exclamar cuando el resto de la familia giró para ver a la recién llegada.
El momento fue extraño. El silencio se apoderó de todos. ¿Por qué ellos se quedaban callados justo cuando ella tampoco podía decir nada? Había tal falta de sonidos que los pasos lentos y suaves de la otra chica que descalza se acercó por detrás fueron como un estruendo.
—Nunca te dije que la sorpresa sería un regalo —clamó Ranma, todavía convertido en chica, de pie en la entrada detrás de Akane. Se lo veía tan nervioso al enfrentar otra vez a la familia que intencionalmente se había cubierto tras ella.
Pero para Akane escuchar la voz de Ranma quebrando el silencio terminó por desbordar su corazón, y su primera reacción no fue saludar ni abrazar a su amada familia.
Sino que giró y se lanzó sobre el otro miembro de su nueva familia que la había hecho increíblemente feliz. Rodeando con sus brazos el cuello de la otra chica un poco más pequeña que ella.
—¡Akane!, espera un momento, ¿qué vas a hacer, no ves que estoy convertido en una…? ¡Uhmmm…!
Genma se ajustó los anteojos, Nodoka se llevó las manos al rostro, Kasumi dejó caer la bandeja. A Soun la alegría y emoción cedieron ante la sorpresa que le erizó todo el largo cabello y el bigote. Happosai abrió los ojos como platos exagerando su sorpresa.
Nabiki fue la única que no se alteró, no revelando ninguna otra emoción más que la pereza con que antes estaba jugando con la radio. Y con la misma apatía levantó una cámara fotográfica.
El sonido del disparador selló para siempre la más extraña escena familiar que podrían recordar en el futuro con ternura y también mucha vergüenza: La fotografía de dos chicas besándose con tal pasión, que ambas habían olvidado que se encontraban ante toda la familia.
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Ranma se sentó en el borde del jardín. El ruido de los hombres cantando lo había superado. Akane se sentó a su lado un rato después, pues lo había seguido al exterior cerrando la gran puerta al salir.
—Deberías estar con ellos.
—También son tu familia, Ranma.
—A veces creo que no.
—¡Ranma!... —ella se rió tras regañarlo al verlo sonreír también. Dejó caer el cuerpo apoyándose en el hombro de su esposo—. Gracias, me has hecho muy feliz. Ahora, ¿puedes dejar de escaparte cada vez que comienzan a pedirnos nietos? Es injusto que me dejes tratar con ellos sola.
—N-No es verdad —se sonrojó el muchacho—. Además estoy cansado de escucharlos jactarse de que sus planes funcionaron.
—¿Y por qué, no estás contento de que estemos casados? —se preguntó la chica preocupada.
—¡Porque fue mí idea! —orgulloso se apuntó a sí mismo con el pulgar—. Ellos no hicieron nada esta vez.
Akane, en lugar de decirle alguna broma en respuesta, lo sorprendió dándole un suave beso que apenas rozó sus labios.
—Lo sé, y es por eso que funcionó. Tengo al mejor esposo del mundo.
El furor de Ranma se deshizo en una tonta sonrisa. La felicidad de Akane desbordaba en todos sus gestos, de saber que ella se encontraría en ese estado de dicha habría planeado aquel reencuentro mucho antes. Hasta que ambos escucharon el sonido de la cámara de Nabiki.
—Ella no se rinde, ¿eh? ¿Cuántas nos ha sacado ya, diez, quince? Estoy perdiendo la cuenta.
—No me importa, que ella haga lo que quiera —respondió Akane dándole un segundo beso un poco más prolongado que el anterior—. Si quieres, podemos regalarle unas cuantas fotografías más. Me siento generosa.
—¿Qué insinúa, señora Saotome?
—Lo mismo que está pensando, mi pervertido señor Saotome.
—La pervertida eres tú.
—Oh, sí, ¿y quieres que te lo demuestre?
—A… ¿Akane?
—¡Eso es, muchachos, al fin un poco de acción! —clamó Nabiki, que ahora tenía una cámara de video en la mano, las mejillas sonrojadas por culpa del sake, sentada entre un par de cámaras fotográficas y varios rollos ya utilizados tirados en el piso.
La pareja se apartó rápidamente al ver que la puerta corrediza a sus espaldas estaba abierta desde hacía mucho tiempo atrás. Ya nadie cantaba, sino que todos los observaban con divertida curiosidad.
—Otra vez —se quejó Akane.
—Aquí vamos de nuevo —murmuró Ranma, inclinando el cuerpo, descansando los brazos sobre las rodillas.
—Bien, hijo, finalmente demuestras ser tan gallardo como tu padre —clamó Genma.
—Hija mía, estás convertida en toda una mujer y… —Soun apenas pudo contener las lágrimas cubriéndose el rostro con la manga—… ¡y te pareces tanto a tu madre!
—Mi hijo es muy varonil, ¿verdad, verdad que lo es?
—Así es, tía Nodoka —Kasumi le sirvió un poco más de sake a la ya agitada madre de Ranma, que con el rostro enrojecido y el cabello un poco alborotado no sabía cómo expresar su felicidad—, ellos dos hacen una muy bonita pareja.
—Yo también quiero, Kasumi —rogó el anciano estirando su copa, dando silbidos de alegría—, ¡dame más! ¡Quiero más!
—Ya voy, maestro.
—Ranma —susurró Akane avergonzada. Dándole la espalda a su familia se acurrucó hombro con hombro al lado del joven.
—¿Sí?
—Ya no los extraño tanto.
—No tienes que repetírmelo.
.
..
Akane se quedó perpleja mirando a Ranma, que con el mismo gesto la observaba, para después girar ambos los rostros hacia los miembros de la familia. Los dos sentados y juntos se anteponían en el extremo opuesto de la sala al del resto. Mientras discutían, Kasumi era la única que trabajaba en la pequeña cocina preparando el desayuno con una felicidad que raramente expresaba con tanta energía.
—¿Ustedes pretenden…? —preguntó Ranma.
—¿… que celebremos nuestra boda aquí, ahora? —terminó Akane.
—Akane, Ranma —Soun Tendo, finalmente sobrio y calmado, con un aire de plena satisfacción, no dudó en repetir la idea que habían tenido—, creemos que ustedes se merecen una boda como es debido.
—Pero si ya estamos casados hace meses, nos falta poco para cumplir un año, esto no tiene sentido.
—Ranma, hijo mío —Nodoka se acercó al joven acomodándose en el piso—, no desaprobamos lo que hicieron. Por el contrario, ya sabes mi opinión y lo mucho que los felicito por el valor que han demostrado todo este tiempo —a cada una de sus palabras, Soun asentía con solemnidad—, en especial porque han actuado tan correctamente a pesar del mal ejemplo que han recibido —a las palabras de Nodoka, Soun volvió a asentir, pero se detuvo bruscamente abriendo los ojos, recién dándose cuenta de lo que ella había dicho—. ¿Pero no crees que sea justo festejar la unión como siempre lo hemos soñado, con una fiesta, todos reunidos como una gran familia?
—Además, cuñadito, siempre quise tener fotografías de la gran boda. No me vas a negar ese derecho.
Ranma le dedicó una mirada asesina a su cuñada Nabiki, porque ella había sido la causante de arruinar no sólo una boda, sino varias citas e intentos de declaraciones anteriores. A su lado Akane se limitó a suspirar con desazón, sabiendo que su hermana haría mucho dinero a costa de ellos dos.
—No estoy muy seguro de tus buenas intenciones…
Nabiki levantó una ceja y Ranma al momento recordó la deuda que tenía con ella.
—… Por otra parte, no parece tan mala idea. Pero una boda es costosa —insistió en excusarse.
Recordó el joven que la semana extra que había pagado para la estadía de toda la familia había salido de sus cada vez más exiguos ahorros, los que todavía mantenía para emergencias de lo ganado en su incipiente carrera como profesional de las artes marciales y solicitado doble de películas de acción. Todos los trabajos que abandonó al momento en que se casó para mantener un bajo perfil y así no revelar su paradero junto a Akane.
—No seas tacaño, Ranma —insistió Nabiki—, ¿qué clase de vida le darás a mi hermana si no puedes gastar unos cuantos yenes por su felicidad? ¿No crees que a ella le agradaría tener una auténtica boda?
—Nabiki, basta ya —la regañó Akane—, lo que Ranma dice no es una broma. Todo cuesta y ya con estas vacaciones estamos más que felices, ¿no lo crees? El estar juntos, todos juntos finalmente, es lo que más debería alegrarnos.
Kasumi llegó para preparar la mesa y se entrometió en la conversación.
—Akane tiene razón, el estar reunidos ya es un evento para celebrar.
—Kasumi, hija —protestó Soun—, pero es la boda de tu hermana.
—Ellos ya están casados, papá.
—No, ¡no! Yo quiero celebrar —Happosai lanzó un berrinche y se colgó de la espalda de Ranma tirando su trenza de manera molesta—. No puedes ser así con tu mujer, Ranma, ya verás que el dios de la pobreza te maldecirá por ser tan tacaño.
—¡Ya, suélteme viejo libidinoso! —se sacudió e intentó atrapar al maestro, pero éste lo esquivó rebotando en su frente, saltando a un metro a su lado. Ranma hizo el intento de levantarse para iniciar una pelea, pero Akane lo detuvo rápidamente tomándolo por los hombros, dedicándole una mirada de dulzura que lo calmó. El joven, contenido como un animal enjaulado, se dedicó a responderle al viejo—. Además, no tiene nada que ver con usted. Esto es un asunto de familia.
—Cómo puedes ser tan cruel —Happosai saltó al centro de la sala y de rodillas hizo una de sus escenas—. Me has desechado de la familia sólo porque soy un pobre viejo, sólo y desamparado. Ya nadie me quiere aquí.
Kasumi fue la única que se acercó al anciano y le dio de palmaditas en la espalda intentando consolarlo.
—Maestro, eso no es verdad, usted es parte de nuestra familia.
—¿Entonces me darás más sake, Kasumi?
—No, maestro —lo reconvino en el mismo tono pausado y maternal—, porque es muy temprano para beber.
Se quejó haciendo un puchero.
El joven, exasperado, se levantó sacudiéndose los pantalones.
—Ya escucharon todos y Akane está de acuerdo conmigo, nosotros somos adultos y no necesitamos que sigan haciendo planes con nuestras vidas. Así que dejen de pensar en ideas bobas.
—Ranma, ¿dónde vas?
—Afuera, Akane, necesito tomar un poco de aire.
La joven, a pesar de que estaba de acuerdo con la idea de su esposo, no dejó de mirarlo con una ligera sonrisa que a duras penas conseguía esconder su decepción.
.
..
Se encontró a su padre entrenando en el jardín. Se sentó en una roca cercana sin decir una sola palabra, pensando.
—Tardaste —dijo Genma al final de una compleja kata.
—Y a mí me extraña que no estuvieras haciendo un escándalo junto a los demás.
—Es la hora de tu entrenamiento, ¿ya lo olvidaste? Seguramente estás fuera de forma.
Ranma saltó de la roca y erguido comenzó a girar los brazos haciendo elongaciones con los hombros.
—En tus sueños, papá. Será mejor que no te hagas ilusiones porque vas a volver a perder.
Se puso frente a Genma.
—Estás más alto —dijo su padre.
—Y tú más gordo.
—Más insolente.
—Pero sigo teniendo cabello.
Genma apretó los dientes. Ranma separó un poco las piernas manteniéndose en guardia.
—Yo no te eduqué para ser tan maleducado.
—No, tienes razón, no lo hiciste. Nunca me enseñaste nada, en absoluto.
—¿Y ahora me faltas al respeto?
—Ya no soy un crío, papá, tus provocaciones no te servirán de nada esta vez —la mirada de Ranma se endureció. La experiencia como instructor le había enseñado cierta paciencia que lo ayudaba, sin darse cuenta, a tratar con su padre sin perder el control como le sucedía antes—. ¿Comenzamos?
Ranma lanzó un golpe recto que el viejo detuvo con el antebrazo. Después una patada baja que Genma contuvo alzando la pantorrilla. Ranma sintió los huesos de su padre tan duros como un tronco sólido. Sonrió, el viejo no había cambiado tanto como creía a pesar de los años, que comenzaban a notarse en el peso de los párpados bajo los anteojos y en la redondez de su antes siempre fornido cuerpo; pero no había perdido un ápice de habilidad. Los golpes siguieron, intercambiando ambos rápidas secuencias de ataque y defensa, improvisando giros y maniobras que cambiaban astutamente el blanco y la intención en el último instante.
—Vaya, vaya, parece ser verdad que el muchachito ha perdido algo de condición.
Ranma jadeaba tras haberse separado deteniendo el primer encuentro. Genma también se veía agotado, pero su respiración era calmada, armónica con el lento pulsar de todo su veterano cuerpo. El joven maldijo en un mudo susurro, su padre tenía razón: había perdido un poco de ritmo. Akane era una buena rival durante las prácticas matutinas, con fuerza y cada día mejor velocidad, no por nada era su primera alumna y la mejor que había tenido, aunque fuera todavía la única; sin embargo, ella era tan directa en sus ataques como honesto su corazón. Había olvidado que con su padre Genma un combate podía tener inexplicables resultados, y evitar la decena de trampas durante el corto intercambio con que habían comenzado, improvisando en el momento forzando sus propios músculos a cambiar de velocidad constantemente en desesperadas defensas, le había provocado un esfuerzo mayor del que creía.
El joven, pensando en todo esto, se pasó la muñeca bajo el mentón para sentir la humedad de su propio sudor.
—Bien, esto es perfecto —volvió a sonreír al ver que su padre no había perdido nada de su fastidioso vigor; ya no se preocuparía por contenerse.
Sólo a dos conocidos rivales él no temía atacar con todas sus fuerzas. Y aún así a uno de ellos trataba con el cuidado suficiente para no llegar a lastimarlo seriamente: ese rival era Ryoga Hibiki. Por el contrario, el astuto Genma Saotome era al único con el que jamás se había contenido, y al que tampoco había conseguido siquiera lastimar seriamente no importando lo mucho que se empeñara en agredirlo.
Recordaba su incipiente adolescencia. Con no más de doce o trece años, cuando la ira y el descontrol naturales de esa edad lo habían llevado al borde de la violencia. Genma siempre conseguía retenerlo, luchar tardes enteras con él hasta que terminaba rindiéndose de agotamiento, sin energías. ¿Por qué recordaba en ese momento el pasado? ¿Qué le sucedía, que al ver el rostro de su padre, las imágenes de los años en que juntos viajaron por todo Japón y China volvían a su memoria?
Quizás, muy en el fondo de su corazón, aquél enfrentamiento entre el tonto padre y el estúpido hijo, era la propia manera que ellos tenían para abrazarse y decirse cuánto se habían extrañado. Y los recuerdos seguían fluyendo, toda la relación que habían tenido se desenvolvió siempre en torno al combate; las artes marciales era el único idioma en el que padre e hijo se entendían, no necesitaban ningún otro lenguaje.
"A entrenar".
"¡Deja de holgazanear!"
"Mantente alerta".
"No desatiendas tu entrenamiento".
"¡Entrena!"
"No bajes la guardia".
"Es por el bien de tu entrenamiento".
"Recuerda que todo en esta vida es parte del entrenamiento".
"Algún día me agradecerás el haberte entrenado como lo hice, muchacho malagradecido".
—No pienso agradecerte nada —susurró una respuesta a los recuerdos que avivados por el rostro siempre impasible e irritante de su padre le provocaba, alimentando también su propio resentimiento tras la charla que tuvo en la sala.
A pesar de seguir creyendo que había tenido la razón no dejaba de sentirse frustrado. ¿O habría sido su empeño por ser tan orgulloso el que lo había obligado oponerse al deseo de todos? ¿Era tan malo tener una pequeña ceremonia simbólica, una boda aunque fuese tanto tiempo después? ¿Por qué le costaba tanto ceder cuando alguien le proponía qué hacer, sintiendo que lo estaban obligando? A duras penas conseguía razonar lo que Akane le decía para no negarse en el mismo momento, pero cuando se trataba de cualquier otro que no fuera su esposa, aunque se tratase de su familia, todavía su corazón arrogante era un caso perdido incapaz de escuchar razones.
¿Qué le preocupaba del asunto? Además, insistió enfadado en sus pensamientos, Akane había estado de su parte…
Genma insinuó un movimiento deslizando apenas un pie por el césped en su dirección. Ranma se tensó deslizando su propio pie en respuesta hacia atrás. Diez centímetros, con una sola amenaza ¡lo había obligado a retroceder diez centímetros, a él! Su propia desconcentración le provocó mayor rabia. Y la sonrisa burlona de Genma, que se decía que intencionalmente se había movido sólo para hacerlo despertar, más lo enfureció.
Se arrojó sobre su padre. Otra vez fue detenido en todos sus intentos. Giraron en una rápida danza, cambiaron de lugares. Genma era como una roca, ambos pies clavados en el césped, las piernas gruesas como pilares, todavía lo hacían ver en comparación como a un adolescente a pesar de que los años habían hecho a Ranma madurar. El torso sólido del padre daba la impresión que no cedería ante ningún golpe, y los brazos, siempre en alto y siempre defensivos, eran un escudo que le regalaría los segundos preciados tras cualquier ataque para después contraatacar; que obligaba al joven a arremeter con un pie atrás y la mirada puesta en varios lugares a la vez, para escapar a la primera amenaza que se encontrara.
Lo que más le daba cuidado eran los ojos afilados de su padre que tras los brazos en alto parecían estar planeando, pensando, mirando una debilidad en él, que temía todavía no descubría por sí mismo. ¿Mentía para inquietarlo, o en realidad debía preocuparse? Con él jamás estaba seguro de lo que podía suceder, y más dudaba de su propia capacidad.
Pero Genma Saotome jamás atacaba, no a menos que tuviera una segunda intención. Tan bien lo conocía Ranma que sus golpes de igual manera fueron débiles, simples intentos por provocarlo aunque sabía que nunca lo conseguiría. La astucia de su padre era imperturbable, se escurría constantemente alrededor de los embates de Ranma. Tan sólido como se veía su cuerpo, tan ágil que sorprendería al que lo juzgara únicamente por su apariencia perezosa.
Durante años fueron padre e hijo recorriendo los caminos, pero más fueron maestro y alumno. El escenario que los rodeaba y también sus cuerpos cambiaban tan rápido como los recuerdos que se cruzaban con sus acostumbrados movimientos. Luchaban a la sombra de los árboles, en un bosque bajo una lluvia de hojas doradas y rojas; al girar uno alrededor del otro, ya no estaban allí, sino que descalzos con el agua de un frío riachuelo escarchado llegándoles a los tobillos.
Ranma lanzó una patada que su padre evitó, ahora ambos en el jardín de una modesta casa durante las perezosas tardes después de las clases de secundaria del niño, en que el muchacho ni siquiera se había despojado de su uniforme escolar antes de las acostumbradas contiendas. Las escenas se repetían incansables dentro de la misma secuencia de sus movimientos, no importando la altura ni la edad de Ranma, ni el cabello o diámetro de la cintura de Genma; inmersos en tantos lugares distintos como largo era el país de Japón.
Se detuvieron tras un rápido cruce, en el que ambos practicaban en una playa desierta en las costas de China siendo observados por un cangrejo. Y Genma respondió con una férrea defensa, para después empujar a Ranma con una patada recta al pecho que el joven contuvo con ambos brazos, obligado a retroceder par de metros por culpa del fuerte impacto, trastabillando desesperado para no perder el equilibrio.
El joven lo consiguió deteniéndose con firmeza, hundiendo el talón de su bota en la nieve, cuando ambos practicaban muy abrigados bajo los primeros copos de nieve. Ranma movió bruscamente los brazos, enojado consigo mismo, para recobrar la postura adecuada de defensa tal y como Genma le había enseñado.
La misma postura separando las piernas con las manos en alto, uno delante del otro, repitiéndose como en otro tiempo. Ahora en una pradera, con la brisa levantando un manto de dientes de león alrededor de sus cuerpos; el de un joven Genma y el de un pequeño Ranma de no más de cinco años, al que le estaba enseñando los primeros pasos para aprender la postura correcta que debía tener un practicante del arte al enfrentarse a ante un rival. El niño imitaba de manera divertida el mismo rostro arrugado de su padre, como enojado, arqueando las cejas con valor.
Y ambos se sintieron, allí en Okinawa, como si los últimos años no hubieran sido más que el descanso de un par de días en mitad del camino. Una vida viajando juntos, y ambos hombres se conocían mejor que nadie y no necesitaban palabras para comunicarse.
Para eso tenían los puños.
Gema sorprendió a Ranma con un repentino ataque. El maestro de la evasión y del engaño ¿lanzándose de frente? El joven dudó, ¿bloquear, o esperar un golpe a traición ignorando el primer embiste? Si hubiera sido Akane, podría haber adivinado su intención con sólo mirarla a los ojos; si se hubiera tratado de Ryoga, habría tenido tiempo para pensar en la situación. Si fuera Mouse, bastaría con quedarse quieto porque el cegatón siempre fallaba, más peligroso era intentar evadirlo.
¡Demasiado lento! Tardó dos segundos más de lo debido en decidir su estrategia, porque ya lo tenía encima y su cuerpo lo traicionó respondiendo por reflejo.
Por instinto bloqueó levantando los brazos cuando sintió la amenaza recorrer su espalda como un escalofrío. Aquellos anteojos brillaron ocultando las intenciones del viejo hombre. Pero no recibió ningún golpe.
¡Él lo sabía, era una trampa! Gruñó quejándose por el inconsciente error.
Genma se había deslizado por su costado y lanzó un golpe recto buscando un punto ciego. Ranma seguía siendo más rápido, y girando el cuerpo en su dirección consiguió evadir el ataque retrocediendo la cabeza. Cuando al deslizar el pie hacia atrás sintió una punzada de dolor que lo paralizó, impidiéndole prepararse para el segundo ataque.
Cerró los ojos cuando vio a su padre alzar la pierna apuntándolo con una patada que seguramente daría en su cabeza sin poder evitarla.
Nada sucedió, otra vez.
—Párate derecho —ordenó su padre, bajando la pierna que tenía a medio doblar al haber interrumpido bruscamente su movimiento, enfriando el ánimo del combate.
—Yo no…
—¡Enderézate!
Ésa no era la voz de un atolondrado padre dirigiéndose a un orgulloso adolescente. Era la del maestro ordenándole disciplina al alumno. Ranma adivinando lo que quería, pero sabiendo que no tenía opción ni manera de negárselo a él, no a él en particular que lo conocía mejor que nadie, obedeció irguiéndose de mala gana, dejando caer los brazos. El sudor empapaba la frente del joven con una expresión de angustia mal contenida que no se debía al agotamiento del momento; y la respiración extremadamente agitada que apenas podía controlar, tampoco se justificaba por el ejercicio.
Genma cogió el brazo de Ranma palpándoselo como lo hacía cuando él era pequeño. Al hacerlo el joven se sintió extrañado, hacía mucho tiempo que no miraba al viejo hombre tan de cerca como para darse cuenta de cuan pequeño se veía en realidad, en comparación ahora que él era un poco más alto y fornido.
—Papá, no es necesario que… ¡Maldición! —se quejó repentinamente apretando los dientes.
Su padre había levantado el brazo de Ranma bruscamente, golpeándolo con la palma extendida en el costado del torso. Y a pesar de la reacción del joven que tiró intentando zafarse por el dolor, lo retuvo sin soltarlo.
—¿Qué demonios te ha sucedido, muchacho? —Genma lo interrogó, a la vez que le levantó la camiseta rápidamente mirando la horrible cicatriz que Ranma tenía en ese costado de su abdomen.
—Fue un accidente —retrocedió soltándose al fin, cubriéndose rápidamente la herida al bajarse la camiseta—, nada serio. Ya estoy completamente recuperado.
Genma se ajustó los anteojos.
—Para moverte normalmente sí, para luchar la historia es diferente. La escuela de combate libre se basa en…
—Velocidad, agilidad y control aéreo; ya me lo has dicho hasta el cansancio. No soy un novato, papá.
—¡Pero no parece que prestaras atención! ¿Cómo permites que tu cuerpo salga lastimado de esa manera? ¿Qué fue lo que te sucedió, niño tonto? Mírate, en esas condiciones hasta el joven Ryoga podría derrotarte con facilidad si conociera que por ese costado eres vulnerable y lento. Tu cuerpo es tu arma, pero también es lo que debes proteger siempre. Sabes cómo recibir cualquier golpe no importando la situación, disminuir los daños, no es posible que te hayas distraído tanto.
—Es una larga historia y… ¡Además es sólo una pequeña molestia!, no exageres, te dije que ya no es de cuidado; ya casi no me molesta.
—Puedes intentarlo, pero nunca fuiste bueno mintiendo —Genma murmuró, como si pensara en voz alta en lugar de responderle al joven, frotándose la frente con preocupación—, debió ser un accidente grave. Seguramente pasaste un tiempo en un hospital. ¿Cómo es posible que Akane no nos informara nada…?
—No te atrevas a meter a Akane en esto —la respuesta fría de Ranma lo hizo titubear.
Genma, resignado por la terquedad de su hijo, continuó:
—Los músculos están dañados, tu movilidad en la cintura está comprometida junto con la velocidad de tus piernas. Si el encuentro se prolonga, lo resentirás en todo tu cuerpo aunque no hayas recibido un solo golpe. Tú mismo te lastimarás si pretendes moverte como siempre lo haces abusando de tu elasticidad. Ranma, es muy irresponsable que no lo tomes con seriedad. Deberías ver al doctor Tofú, con una herida como esa seguramente tardarás un año o más en recuperarte completamente. ¿Piensas volver a competir en esas condiciones?
—No sé de lo que me estás hablando —el joven, enfadado y orgulloso, quiso retirarse con las manos tras la cabeza.
—¡Ranma, debes escuchar a tu padre!
—Te escucho —se detuvo a mitad de camino, un gesto que era inusual en el antiguo muchacho. Bajando las manos y apoyándolas en la cintura, miró hacia atrás—. No te preocupes, papá, sé perfectamente lo que estoy haciendo.
—Te pareces a mí —el padre hizo una irónica mueca—, dudo que siquiera lo estés pensando. Pero ése es tu problema, ya no soy tu maestro para andarte cuidando las espaldas.
El joven lo miró intrigado. Tras años correteándolo a todas horas sólo para obligarlo a entrenar, ¿ahora le decía que se desentendía de él? Ranma torció los labios con un poco de desazón; no le importaba la despreocupación de Genma como un padre, pero como un maestro era una historia completamente distinta. ¿No era aquello lo que más los unía? Se sintió extraño por la situación, antes temió que su padre hubiera hecho un escándalo, que quisiera llevárselo a rastras de regreso a Nerima a la consulta del doctor Tofú, pero no se esperaba esa clase de indiferencia.
—¿A qué te refieres? —preguntó con fuerza, para no revelar la inexplicable tristeza que se reflejó en su mirada.
—Ya eres un adulto, Ranma —Genma se sacó con cuidado sus anteojos y los limpió lentamente con de borde de su sudada camisa de entrenamiento.
Sin los anteojos los pequeños ojos se veían cansados y rodeados de arrugas. Ranma nunca lo había notado antes, pero su padre envejecía, como todos, y no siempre sería el mismo enérgico hombre capaz de escapar de los peligros más rápido que una gacela, o de cometer travesuras infantiles con la genialidad de un crío irresponsable.
Genma terminó de limpiar los lentes y volvió a colocárselos ajustándolos con paciencia, muy lentamente, haciendo esperar a su hijo, que para su asombro lo esperó en silencio como nunca lo había hecho en el pasado. Esa madurez confirmó sus paternas sospechas. Tosió aclarándose la voz antes de seguir con solemnidad:
—Te has casado por tu voluntad y ahora eres el jefe de tu propia familia; en el arte y en la vida ya no tengo nada más que enseñarte. Tú deberás decidir qué hacer ahora, como cuidar nuestro legado, y de qué forma entrenar a los siguientes herederos de nuestra escuela. No te molestaré más… Sólo te pediré una única cosa por todo lo que he sacrificado en tu formación.
—¿Qué quieres? —preguntó el joven con sospecha. Imaginó alguna salida disparatada de su padre, recordando lo bien que él podía mentir o exagerar, mas se contuvo y esperó.
—Te pido que seas prudente, hijo mío.
Ranma se quedó perplejo. Cada vez que su padre actuaba de esa manera no sabía si él bromeaba, lo decía en serio, o ambas. En ello parecían ser iguales, eran capaces de arruinar un momento emotivo únicamente para no develar sus auténticos sentimientos. Tras un intenso momento en que se observaron fijamente, el joven reaccionó cerrando la boca y afilando la mirada disimulando indiferencia, apartando el rostro con fuerza.
—Cómo quieras —se encogió de hombros, dándole otra vez la espalda a su padre para retomar su camino de regreso a la cabaña. Pero al dar un par de pasos se detuvo otra vez llamando la atención de Genma—. Papá…
—¿Sí, Ranma?
El joven guardó silencio otro prolongado momento. Dejó caer un poco los hombros. Desde ese ángulo para Genma le era imposible saber lo que su hijo pensaba al no poder ver sus siempre transparentes ojos. Ranma volvió a levantar los hombros como si hubiera tomado una decisión y habló de nuevo.
—Gracias.
Genma se quedó solo en el centro del jardín observando a su hijo hasta que éste abandonó el jardín desapareciendo por la entrada que daba a la pequeña sala. Y sonrió con orgullo.
Años de entrenamiento, viajes, necesidades y desventuras habían terminado para él. Y su cuerpo viejo resintió en un momento el agotamiento tan largamente pospuesto, dando un prolongado suspiro. Se sentía satisfecho.
—Niño inepto —murmuró.
Volvió su atención hacia el horizonte desde donde podía verse la línea del océano más allá de la cerca que rodeaba la cabaña y el hotel. Con fuerza tiró de los bordes del traje de entrenamiento, ajustándoselo a su maduro y recio cuerpo.
Desde la casa, Nodoka lo observaba con un profundo sentimiento de nostalgia, cuando lo vio adoptar nuevamente su postura recia y comenzar otra vez a hacer una serie de katas. Él era irresponsable, mentiroso, infantil y egoísta; pero ella no podía negar que tratándose del arte, no había otro más dedicado que Genma Saotome. Quizás, no se había equivocado tanto al permitirle entrenar a Ranma; después de todo, ese hombre sí había dedicado la vida a la formación de su hijo más de lo que ella podría sentirse orgullosa jamás. La nobleza del muchacho que contrastaba con la astucia de su padre no se debía más que a ese mismo hombre que lo había educado a su extraña manera.
Nodoka Saotome pensó en ayudar a Kasumi con la comida, recordando cual era el platillo favorito de su problemático marido.
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..
Ranma regresó a la que era su nueva habitación en la cabaña familiar que desde la noche anterior compartían junto a sus familias. Se sobaba el costado torciendo los labios incómodo y al abrir la puerta se topó con Akane. La joven esposa sentada de rodillas en el piso doblaba lentamente un grupo de camisas. Ranma, ante la sorpresa, rápidamente alejó la mano de su torso aparentando normalidad, intentando no pensar en el leve dolor que todavía le provocaba comezón.
—¡Akane!, ah, eh… —tosió forzando la voz—. Yo… estaba entrenando con papá.
—Los escuché —respondió calmada, sin dejar su tarea.
—¿Lo h-hiciste? —el joven se alteró, esperaba idear una buena excusa, pero si ella ya había descubierto que todavía se aquejaba de la herida se volvería a preocupar tontamente.
Jamás le había contado desde el accidente, y tras ser dado de alta, lo mucho que debía batallar contra el dolor durante los entrenamientos matutinos que tenían juntos, o en las jornadas más duras de las clases que impartía en el gimnasio; en parte por su enorme orgullo, y en otra más importante para no volver a ver aquella mirada de miedo en Akane que lo trastornaba completamente.
—¡Quién no! —Akane exhaló cansada, sin notar como su joven esposo se acurrucaba contra la entrada dispuesto a escapar en cualquier momento para no darle explicaciones—, los golpes se escucharon por todo el hotel. Sí que extrañaba el ruido matutino —intentó sonreír sin conseguirlo del todo.
Ranma respiró aliviado al comprender que ella en realidad no había escuchado su conversación con Genma. Al entrar cerró la puerta deslizándola con el talón y cruzó la habitación, sentándose en el marco de la ventana. Podía ver el borde del océano desde el cuarto ubicado en el segundo piso. La altura y el jardín a sus pies lo hicieron sentir nostalgia por el hogar de los Tendo.
—Son increíbles —protestó Akane, cuando luchaba con un botón que tras haberlo abrochado en el ojal equivocado y al intentar arreglarlo, terminó complicándose más de la cuenta hasta enredar toda la camisa entre sus manos. Rindiéndose la dejó caer sobre las piernas—, ¿puedes creerlo?
—¿Qué cosa?
—¡Ellos!... —con movimientos furiosos retomó la tarea, resignándose a desabotonarla completamente para volver a empezar desde el principio—. Esperaba que hicieran un escándalo, o que estuvieran sobre nosotros todo el tiempo acosándonos; pero no ha pasado más que una noche y ya hacen sus vidas normalmente ignorándonos por completo.
—¿De verdad? —Ranma preguntó distraído. Descansando la espalda en el borde de la ventana con un pie sobre el marco y el otro con la pierna estirada apoyado en el piso de tatami. El viento de fragancia salada remeció lentamente sus cabellos. Por instinto volvió a cogerse el costado adolorido. Cerró los ojos y la escuchó seguir con sus protestas.
—Ya ni sé por qué me preocupaba tanto por ellos, cuando en realidad ni siquiera debieron haberse molestado por nosotros durante todo este tiempo.
—Te han secuestrado tantas veces que ya debe ser una rutina para ellos —bromeó el joven a medias, todavía pensativo.
—Oh, no me fastidies ahora. A lo menos tu padre entrenó contigo, el mío está abajo leyendo el periódico. Podría haber hecho algo de ejercicio, pero no; porque pensándolo bien él no me ha vuelto a dar una lección desde que cumplí los quince. ¿Por qué, solamente porque soy una chica, porque ya planeaba casarme con un "artista marcial de verdad" que se hiciera cargo del dojo en mi lugar?
—¿Y?
—¿"Y"? ¿Cómo que "y"?
Ranma torció los labios y retrocedió la espalda cargándose con fuerza contra el marco, asustado por la expresión furiosa de su esposa.
—Yo no quise decir nada con eso, sólo…
—Además —continuó ella con sus protestas, interrumpiéndolo, pero a la vez provocándole alivio al comprender que su enfado no era contra él—, Kasumi me impidió ayudarla en la cocina. Conozco sus excusas aunque suene amable, ya no me engaña. ¿Puedes creerlo?, ni siquiera me están dando la oportunidad para demostrarles cuánto he aprendido.
—Puedes preparar la cena —respondió al momento—, y demostrarles a todos lo mucho que de verdad has mejorado.
Akane negó con la cabeza, tan ofuscada que ni siquiera prestó atención a cómo Ranma la había halagado de una manera más directa de lo que normalmente conseguía.
—Podría haberme dejado por lo menos hacer algo.
—No sé de qué te quejas, Akane, no te entiendo. Si hubieras querido cocinar nadie te podría haber detenido, conozco lo terca que eres.
—Eres tú el que no comprende la situación. ¿Es que acaso no lo ves?, continúan tratándonos como si fuéramos un par de niños.
—Ya no lo somos.
—¡Pero díselos a ellos!
—Akane… —Ranma giró su rostro encontrándose con el de su mujer.
La perezosa paz que irradiaba el muchacho, con el cabello revolviéndose delante de sus ojos, le provocó a ella un poco de vergüenza por su rabieta.
—Lo siento, no sé qué es lo que me sucede… ¡Bien, sí lo sé! —se alteró otra vez al instante—. Y Nabiki con su idea de organizar una boda.
—¿Qué no fue tu padre?
—Ay, Ranma, sigues siendo tan ingenuo. Por supuesto que ha de haber sido idea de Nabiki y con el único fin de ver la cara que poníamos. Y ahora ella salió, está en la ciudad y de seguro divirtiéndose, tras haberme amargado el día con sus tonterías… —se tapó la boca rápidamente.
—¿Te amargó el día, y por qué?... Akane —Ranma se enderezó separando la espalda del marco de la ventana—, dime, ¿qué te sucede?
—Nada.
—¿Estás segura?
—Sí. Sí, no es nada, es sólo que tantas emociones me tienen un poco agotada. Lo lamento, Ranma, no quería preocuparte.
—No tienes que disculparte.
Ella cogió la camisa finalmente doblada, y la paz que había conseguido reunir desapareció tan rápido como fueron sus nuevos pensamientos, azotándola al dejarla caer con brusquedad sobre la pila de las que ya había terminado a su costado.
—Y el maestro Happosai…
—¡Akane!
—¡Qué!
Ranma dejó la ventana y se acercó a Akane, se sentó a su lado en el piso cruzando las piernas y con las manos sobre los tobillos se inclinó hacia ella buscando tenazmente su rostro, de manera acusadora. Akane al instante lo evitó mirando en la dirección hacia pared, a pesar que el aliento de Ranma ya le hacía cosquillas en la oreja, y resentida empuñó las manos sobre las piernas.
—¿Por qué no me dices qué tienes de una buena vez?
—Es una tontería, nada importante.
—Maldición, Akane, no me mientas. Sé que no eres una chica débil ni taimada como para molestarte por algo tan insignificante.
—¿Y si fuera así, y si en realidad no me conoces?
—Vamos, deja ya de ser tan agresiva, que tampoco estás en tus días como para… Ahmmm...
Ambos se sonrojaron. Él por decir algo fuera de lugar, y ella por la manera tan íntima y vergonzosa en que él la conocía. Tantos eran sus nervios, que Akane tenía deseos de enterrar la cabeza de su esposo en el tatami; pero se contuvo, en su lugar insistió en mirar hacia la pared apretando los labios con fuerza.
—Akane… —la llamó con insistencia, pero ahora con un susurro suave que aumentó las cosquillas en su oído, provocándole un incómodo rubor.
Ella no respondió. Deseaba estar enfadada, ¡necesitaba estar enojada! Pero ese idiota no se lo permitía, provocándole otra clase de emociones que no comprendía si eran por culpa de su propio furor, pero que la superaban cuando menos lo quería.
—Akane —insistió el joven con una dulzura que maldijo, porque comenzaba a invadir con sopor y debilidad el resto de su cuerpo. ¿Sabía él lo que le estaba provocando?—, si te quedas callada puede que termine diciendo otra tontería —protestó lentamente, rascándose la cabeza con fuerza, desordenándose el cabello ante la desesperación que comenzaba a embargarlo.
—Lo siento, lo siento mucho —se disculpó la chica, tan dócil, porque se sentía agotada de luchar contra las emociones cruzadas dentro de su corazón. Giró lentamente su rostro para enfrentarlo, y al descubrirlo tan cerca, apenas separados por unos centímetros, lo inclinó otra vez evitándolo—, no pensé que fuera tan importante. Pero ahora que lo pienso…
—¿Pensar qué cosa?
—La ceremonia.
—¿Qué ceremonia?
—¡Ranma, no puedes ser tan distraído! ¿De "qué ceremonia" podría estar hablando?
—Ceremonia, ceremonia, no… Ah, ¡ésa!, ¿te refieres a la boda?
—Pues… —tímida y avergonzada comenzó a jugar con los puños sobre las piernas—, creo que… sí.
—¿Sí?
—Sí.
—Sí…
—… Sí.
—Eh… ¿Sí?
—¡Sí! Ya, deja de hacerme repetirlo, tonto.
—Yo no he hecho nada, boba.
—Pero… pero sé que para ti no es importante.
—No lo entiendo, tú estabas de acuerdo conmigo cuando dije en la sala que no haríamos nada especial, ¿o es que cambiaste de parecer?
—No, sí, un poco, ¡no lo sé! Es que en ese momento, frente a todos, tú te adelantaste y decidiste, y yo… yo quería que nos vieran como a un matrimonio bien constituido, no ponernos a discutir como lo hacíamos antes delante de mi familia.
—Pero si seguimos discutiendo todo el tiempo —Ranma cruzó los brazos confundido, irguiendo la espalda, dándole espacio a su acosada esposa. Pudiendo ella respirar con calma—, eso no es malo para mí.
—Ranma…
—Ya es parte de nuestra rutina —pensó en voz alta con una mano en el mentón.
—¿Cómo que es parte de…?
—Además —volvió a inclinarse sobre ella haciéndola callar al momento por la peligrosa cercanía, en que al no haberlo evitado como antes sus narices casi rozaron sus puntas manteniendo una tensa quietud—, cuando te enfadas tienes un aire sensual que…
—¡Ranma! —lo cogió por la camiseta remeciéndolo muy suavemente, pero no hizo esfuerzos por alejarlo cuando sus labios rozaron los de Ranma que se torcían en una odiosa sonrisa—, ¿quieres dejar de burlarte de mí y escucharme con seriedad?
—¿Y por qué debería? —susurró en respuesta. Ambos sintieron las cosquillas que sus labios se prodigaban al rozarse con cada movimiento y poderosa palabra que influía en sus cuerpos un ligero pero delicioso escalofrío—. Me gusta mucho más verte así de animada.
—¿Así cómo? —fingió enojo, pero Akane ya no era capaz de evitar que sus ojos brillaran, cediendo al desafío. Sus manos se acomodaron en la camiseta de Ranma sin soltarlo, sino para asirlo con mayor seguridad tirando de él, como si no quisiera dejarlo escapar.
—Así… —el joven ladeó ligeramente la cabeza acomodando sus labios sobre los de su esposa, sin llegar a tocarla todavía, no más que los casuales roces cuando se hablaban.
—Ranma... —ella susurró provocando la molestia del joven, que ya no quería más protestas de ella.
—¿Qué?... —gruñó impaciente.
—Tengamos una boda —declaró la chica con seguridad, entrecerrando los ojos, cuando podía sentir la nariz su esposo acariciando su mejilla, todavía resistiéndose a terminar con el último par de milímetros que la protegían de su fuerza.
—¿Una bo…?
Akane dejó de luchar por mantenerlo a raya con sus manos y Ranma perdiendo el equilibrio al haber estado todo el tiempo empujando con su peso cayó sobre ella. Sus labios se fundieron en un tierno y brusco beso. La chica cerró los ojos con placer rodeando con sus brazos el cuello de su esposo, pero al momento se quejó al no poder sostenerlo, y él también se quejó en mitad del beso al caer sin remedio sobre ella, desplomándose ambos sobre el piso.
—Akane… —reaccionó el joven al encontrarse recostado sobre su esposa, sosteniendo el peso de su cuerpo con las manos a los costados en el tatami para no aplastarla. Respiró agitado intentando recobrar el aliento—, ¿entonces sí quieres una boda, estás segura? Porque si es lo que deseas…
Ella lo observó fijamente con el cabello corto revuelto sobre el piso. Tardó unos segundos en interpretar lo que él le estaba diciendo, cuando su corazón dando fuertes latidos era el que hablaba en lugar de su mente.
—Sí… ¡s-sí!
Lo rodeó en un celoso abrazo el torso de su esposo atrayéndolo hacia ella para darle otro largo beso. Ranma comprendía qué tan fuerte era Akane al ser incapaz de mantenerse lejos de sus labios, y terminó por acomodar los codos en el piso en lugar de las manos para poder acoplarse mejor al cuerpo de su mujer. Akane dobló una pierna levantándola con placer rozando el costado de su esposo, él arrugó el rostro apretando los ojos al sentir otra vez el dolor en su sensible herida, pero se contuvo para no demostrarlo, mas contraatacó con malicia. Ella se dobló al sentir la mano de Ranma grande y pesada recorriendo su cadera, deslizándose bajo el borde de su blusa. Contuvo un escalofrío al contacto de la fría mano sobre la piel desnuda de su cintura. En su fervor la chica deslizó una mano por la gran espalda de su esposo y tiró de la trenza desarmando el nudo de la fina cinta con que se la ataba al final, para después enredar los dedos en el largo cabello que comenzó a desarmar entre sus finos dedos.
Tan entusiasmados se encontraban los jóvenes esposos, que al quinto disparo del flash de la cámara recién se percataron de que estaban siendo espiados. Se separaron levemente, mirándose taciturnos, incrédulos, con la esperanza de que ambos sólo lo hubieran imaginado, cuando se escuchó otra vez el disparador del maldito aparato.
—¡Nabiki!
Rugieron al unísono y rápidamente se apartaron, levantándose y sentándose sobre las piernas. Ranma intentó afirmar inútilmente su trenza, cuando su largo cabello a medio desenrollar se esparcía como un velo sobre sus hombros. Akane se bajó la blusa cubriéndose el abdomen desnudo, que él le había levantado hasta revelar el inicio de su prenda íntima, pasándose después rápidamente las manos por su corta melena desordenada, consiguiendo únicamente que su cabello quedara levantado hacia todos lados con mayor porfía. Ambos intentando contener la agitada respiración y el sonrojo furioso de sus rostros.
—¿Cómo, y eso fue todo? —Nabiki Tendo se quejó indignada, acomodada en el borde de la ventana en la que también se asomaba el extremo superior de una escalera. Sacó una última fotografía de la avergonzada pareja y bajó la cámara sosteniéndose del marco con la misma alegría de siempre—. Tras tantos años de ilusiones frustradas, esperaba que finalmente fueran un poco más generosos con su público.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —reclamó Ranma, cuando finalmente consiguió recobrar la voz.
—Nabiki, cómo te atreves a espiarnos —lo respaldó Akane—. ¿O es que piensas vender esas fotografías?
—Oh, Akane, cómo crees que haría algo semejante. Para tu información estos serán recuerdos familiares que algún día podré mostrar convenientemente a sus hijos.
—¡Qué! —chillaron los dos sin comprenderla del todo bien.
—Exacto, querrán saber cómo es que llegaron a este mundo —Nabiki les cerró un ojo.
—No te atreverías…
—¿No, cuñadito? Pero qué hacemos perdiendo el tiempo, deberíamos estar ya preparándonos para el importante evento, después de todo nos queda únicamente hoy para finiquitar los detalles faltantes, y no son pocos. Mañana será el gran día.
—¿Gran día? —Ranma miró a Akane buscando respuestas.
—¿De qué hablas, Nabiki? —Akane, tras la sorpresa y más recobrada, entrecerró los ojos sospechosamente—, ¿qué estás planeando esta vez?
—La boda de ustedes dos, por supuesto.
—¿B-Boda? —murmuraron ambos jóvenes confundidos.
—La sala de eventos del hotel ya está reservada —dijo con calma, mirando hacia el cielo y contando con los dedos como si llevara una lista en la mente—. He comprado un traje a la medida para el afortunado novio y un bonito vestido que esta vez espero no arruines, hermanita. Uhmmm… y por supuesto las flores, la comida, músicos y a un ministro. También un par de camarógrafos, porque no creo que quieran hacer trabajar a un miembro de la familia en un día tan especial; y uno de ellos es muy apuesto también —se sonrió entre dientes realizando rápidos planes—. Conseguir un pastel enorme fue toda una hazaña en tan poco tiempo lo que me costó un poco más, también quería una limusina…
—¿L-Limusina? —Ranma se quedó perplejo.
—Pero en una isla como ésta me fue imposible. Así que les conseguí un carruaje, podrán dar un romántico paseo tras la boda y llenar sus jóvenes corazones de intensos recuerdos; y tengo todo perfectamente preparado antes de la recepción final. Oh… un momento, es que soy tan sensible, la emoción me supera y me es difícil hablar.
—¿C-Carruaje? —murmuró Akane, sin ser capaz de alzar la voz—. Nabiki, pero cómo, si recién nosotros acordábamos…
—¿Dudaban que permitiría que mi hermanita se casara sin celebrarlo como era debido? No importa que tu esposo sea un pobre deportista sin futuro y tan poco romántico que se sienta satisfecho firmando un par de documentos; eso no es digno de una Tendo, ¡oh!, perdón, quise decir de "una Saotome" —Nabiki le cerró un ojo a su confundida hermanita—. Sabes que siempre puedes contar conmigo para todo lo que necesites.
—Nabiki… —el gruñido de Ranma salió desde las profundidades de sus entrañas, no le gustó la manera en que se refirió a él y se habría movido de no ser por Akane que lo retuvo del brazo, casi por reflejo, con ternura y también firmeza, recurriendo a la fuerza que únicamente ella podía tener para controlar a su marido.
—Pero, no lo comprendo, todo eso suena… increíble —Akane ya no sabía si sentirse enfadada, asombrada por la inesperada generosidad de Nabiki, o también emocionada por lo que significaba poder celebrar una boda tan magnífica junto a su familia, en un lugar tan paradisíaco—. ¿Cómo conseguiste hacerlo?
—Es muy sencillo teniendo los recursos adecuados, Akane —sacó del bolsillo un pequeño rectángulo de plástico, que arrojó girando hacia ellos. Ranma lo atrapó entre los dedos con destreza y lo observó con curiosidad.
—Esto es… —ambos esposos miraron la tarjeta de crédito que él sostenía entre sus manos temblorosas. Akane hizo un gesto de dolor erizándosele los cabellos, y Ranma palideció, como si hubiera perdido su alma—, es mía… —sentenció el joven sintiendo el peso del mundo cayendo sobre sus hombros.
—Ranma, ¡Ranma, por favor, resiste! —suplicó Akane remeciéndolo al borde de las lágrimas, temiendo perderlo para siempre al verlo sin reaccionar, más muerto que vivo.
—Deja de lloriquear, "Saotome", no es posible que seas tan tacaño —bufó Nabiki divertida—. Una boda se celebra una vez en la vida, y conociéndolos, lo de ustedes es más que un milagro, así que no podemos pensar en gastos.
—Mi… tarjeta…
—Ranma, mantén la compostura —ordenó Akane, molesta, sin conseguir que el joven reaccionara—. Y tú, Nabiki, debiste habernos consultado primero.
Su hermana mayor chistó sin mostrar el más leve gesto de arrepentimiento.
—Considéralo un regalo de mi parte, Akane.
—Mi tarjeta… de crédito…
—¿Pero con nuestro dinero?, ¿qué regalo es ése?
—Tarjeta… mi… dinero… mis… ahorros…
—Uno de tu querida hermana mayor que te ama. ¡Pero qué malagradecidos son!, ¿no lo cree así, tía Nodoka?
—¿Tía…? —Akane perdió la voz.
—¿… Mamá? —el joven reaccionó recién, pero más pálido que antes.
La pareja se tensó apretando los dientes. Lentamente, muy lentamente, giraron las cabezas y los hombros hacia el centro, donde se encontraron sus miradas un segundo en el que parecían suplicar auxilio, para seguir y observar hacia sus espaldas. La puerta de la habitación se encontraba abierta. Allí toda su familia los observaba con sonrisas culpables intentando mostrarse inocentes.
—No es posible —gruñó el joven.
—Pero, ¿desde cuándo que se encontraban ahí? —preguntó Akane con temor.
Kasumi y la señora Nodoka se miraron entre sí, y sonrojadas evitaron a los jóvenes esposos, confirmándoles el peor de sus temores.
—Se lo dije, Saotome, muy pronto seremos abuelos.
—Estoy de acuerdo, Tendo, esto debemos celebrarlo.
—¡Sake!, sí, más sake —cantó eufórico Happosai—, ya era hora de que esos dos nos dieran algún motivo para celebrar. ¡Y tendremos boda, fiesta, y mujeres hermosas!
—Son unos…
—No lo digas, Ranma —susurró Akane intentando mantener la calma a pesar de todo, en el límite de su paciencia—, por favor, no digas nada.
.
..
Ranma se quedó quieto, ahora sí estaba seguro que ellos no eran más que un par de juguetes para sus padres. ¿Estaba dispuesto a que esos dos se divirtieran a costa de él? Estaba cansado, muy cansado después de ese día en que comenzaron con los planes de Nabiki, para después haber recorrido toda la pequeña ciudad costera por culpa de los preparativos.
Lo había tolerado por Akane, ella a pesar de todo parecía feliz con una boda. En realidad a él también le agradaba; aunque no confesaría que era porque le encantaba la idea de ver a su joven esposa una vez más con un bonito vestido de novia. ¡Pero esto era demasiado!
Con pijama se encontraba sentado en la cama, al lado de una Akane de labios entreabiertos e igual de impactada que él. Minutos antes ambos estaban dispuestos a felizmente dedicarse a dormir cobijados en los brazos del otro. Ahora despertados bruscamente miraban hacia la entrada de su habitación donde, una vez más, sus familias los esperaban también en pijamas y camisas para dormir.
—¿Qué demonios significa esto?
Soun y Genma se rieron, y corriendo hacia el futón de los jóvenes cogieron a Ranma cada uno por un brazo alzándolo hasta ponerlo de pie.
—Tú dormirás con nosotros, hijo —dijo Genma, risueño y algo agitado por el licor que ya había bebido esa noche.
—Un momento, ¿cómo que con ustedes? ¿Y Akane?
Happosai saltó sobre la cabeza de Ranma, obligándolo a agacharse.
—La linda Akane dormirá conmigo…
Tras un fuerte estruendo, el maestro salió volando por la ventana.
—Ella se quedará con nosotras —dijo Kasumi, tan alegre como acostumbraba, entrando en la habitación vestida con su larga camisa para dormir y una almohada que abrazaba tímidamente al sentirse un poco cohibida ante los demás.
—Así es, nosotras cuidaremos muy bien de mi "nueva hija" por esta noche, Ranma. Así que ustedes pueden divertirse todo lo que quieran —anunció Nodoka tan divertida como el resto, con el cabello suelto sobre su yukata, o kimono más delgado, mostrando en su rostro la alegría del licor.
—¿Cómo, de qué se trata ahora? —Akane estaba cansada, todo lo que quería era dormir y más al lado de Ranma—. ¡Esperen, no se lo lleven!
—Está prohibido dormir juntos antes de la boda —cantó Nabiki moviendo el dedo.
—¡Pero nosotros ya estamos casados! —reclamó Ranma, forcejeando pero sin poder librarse de los hombres.
—¡Hace meses! —recalcó Akane, indignada porque nadie parecía entender esa idea, empuñando las manos por sobre las cobijas.
—Eso no importa —declaró Nabiki como si estuviera dando las órdenes. Recién Akane percibió que su hermana también tenía el ligero rubor del alcohol en su rostro—, ¡esta noche ustedes están solteros! ¿Por qué no disfrutar de su último momento de libertad?
—Alto… no… ¡suéltenme! ¡Akane!
—Lo siento, hijo, te vienes con nosotros —dijo Genma, para después cantar ruidosamente ignorando sus reclamos, arrastrándolo junto con Soun a la fuerza, como si fuese uno más de ellos.
—Ranma, está noche te tengo prohibido acercarte a mi hija —proclamó Soun, seriamente, a pesar que el licor le brillaba en los ojos.
—Pero… pero no se lleven a Ranma. ¡Papá, devuélvemelo!
Kasumi cerró la puerta de la habitación, casi por accidente, impidiéndole a su hermana menor correr tras su secuestrado esposo. Y Nabiki rápidamente la abrazó por los hombros obligándola a girar hacia el centro de la habitación, forcejeando con ella cuando protestaba débilmente por volver a la puerta.
No comprendió cómo tan rápidamente las otras dos mujeres habían recogido el futón, armando una pequeña mesa de patas plegables en el centro. Nodoka colocó unas botellas de sake y Kasumi sirvió las copas.
—¿Quién quiere beber un poco más? —preguntó Nabiki entusiasmada, arrastrando a la confundida Akane hacia la mesa y obligándola a sentarse en el piso empujándola por los hombros—. ¿O le preguntamos mejor a nuestra "experta" hermanita algunos de sus secretos maritales?
—Me interesaría saber si mi hijo cumple con sus deberes como debe hacerlo un varón de la familia Saotome —declaró Nodoka con exagerada solemnidad, tras beber un poco, que contrastaba ridículamente con su sonrojo y la imagen que daba con el largo cabello revuelto sobre sus hombros.
—Nabiki, tía Nodoka, no la molesten —las regañó tiernamente Kasumi, risueña, pasándole al momento una copa a su pequeña hermana.
—Yo no quiero beber —reclamó la chica casi llorando de impotencia—, ¡yo quiero a mi marido!
.
..
Era de noche. La habitación de los hombres apestaba a alcohol, las botellas vacías se amontonaban por el piso. Happosai roncaba sobre la panza del enorme panda. Soun Tendo se rascaba a momentos el vientre, y entre murmullos, dormido recordaba el nombre de su querida esposa. A través de la ventana abierta deslumbra la luna llena, y de acercarse al balcón, podría verse también su reflejo sobre el manto oscuro de las aguas del océano.
Ranma roncaba al igual que el resto. En un momento dejó de roncar, abrió un ojo con energía, luego el otro. Se sentó rápidamente y miró al resto. Giró en el piso y se arrastró muy lentamente hacia la entrada. Con una mano comenzó a deslizar la puerta con mucho cuidado. Cuando al salir al pasillo tiró de una cuerda que se enredó en su tobillo, haciéndolo tropezar entre cascabeles y campanas.
—¡Demonios!, ¿una trampa?
—Mira lo que tenemos aquí, Saotome —dijo Soun, parado ante Ranma, con los ojos brillando en la oscuridad.
—Eres todo un truhán, Ranma —lo acusó Happosai con el dedo—. ¿Tratabas de escabullirte en el cuarto de Akane?
—Claro que no, cómo creen que yo querría… —Ranma cortó sus palabras dándose a sí mismo una violenta bofetada que lo consiguió despertar del todo—… No, no, esperen un momento, ¿por qué me estoy justificando? Por supuesto que quiero ir donde Akane, ¡ella es mi mujer!
—Así que confiesas tu crimen, Ranma —habló Soun con mortal seriedad.
El Panda asintió levantando un letrero que decía: "Atrapamos a una rata".
—Ustedes… ¡no conseguirán detenerme!
.
..
Las cuatro mujeres habían juntado los futones en una enorme cama. Akane dormía entre sus hermanas, o lo intentaba. Al momento abrió los ojos y se quedó mirando el techo.
—Duérmete, Akane —dijo Nabiki, acurrucada dándole la espalda a su lado.
—Estoy dormida —se defendió cerrando los ojos.
—Mañana podrás ver a Ranma durante la ceremonia —agregó Kasumi con optimismo, intentando confortarla.
—¿Y por qué no ahora? —azotó los brazos sobre las mantas. En sus gestos y fuerte sonrojo, se notaba que por culpa del sake que no se encontraba del todo coherente—. Se sentó en la cama.
—Ten paciencia, Akane querida.
—Oh, tía, lo siento. ¿La despertamos?
—No, estaba despierta.
—Todas lo estamos —concluyó Kasumi.
—Voy a verlo, esto es infantil, una idiotez. Estoy casada, ¿es que no lo entienden?
—Ya veo —Nabiki sonrió malévolamente—, así que extrañas que él te haga esas "cosas" que nos confesaste hace un rato, ¿eh?
—¡No!, yo n-no… ¡no lo repitas!
—Pero tú lo dijiste.
—Porque tú me obligaste —Akane se volvió a acostar, cubriéndose con la manta hasta los ojos.
—Nabiki, no la molestes.
—Pero es divertido, ¿no sientes un poco de curiosidad también, Kasumi?
—¡Nabiki, ya es suficiente!
—Además —continuó Nabiki sin prestar atención al regaño de su hermana mayor—, no sé por qué te preocupas tanto. Seguramente Ranma ha de estar roncando a estas horas junto con nuestro padre, sin siquiera pensar en ti.
—Eso no… no puede ser verdad —respondió Akane, no muy segura, sentándose otra vez en la cama, mirando hacia la puerta de la habitación.
—¿Quieres apostarlo, hermanita? ¿Tanto miedo tienes de que en realidad esté durmiendo, olvidándose completamente de ti, por lo que quieres ir a despertarlo tú misma?
—Lamentablemente, querida Akane, mi hijo es un Saotome.
—Tía, ¿usted también?
—Ranma siempre fue bueno para dormir, nada lo altera.
—Kasumi… ¿pero es que nadie tiene confianza en él?
—Hagamos una apuesta.
—No pienso apostar contigo, Nabiki.
Nabiki, confiada, se sonrió.
—Así que sabes que vas a perder.
Akane lo pensó detenidamente, con el orgullo siendo alimentado por el calor del sake y también por el de su deseo. Decidida volvió recostarse suavemente y con los brazos sobre su cuerpo esperó mirando el techo.
—Acepto, te aseguro que él vendrá por mí. ¿Qué apostamos?
Su hermana mayor se sonrió, sintiendo que aquello sería muy delicioso.
—Pues yo pediré algo y tú ve pensando en lo que quieres. Pero te advierto que no lo esperes por mucho tiempo. Te verás mal si mañana durante tu boda te presentas con ojeras.
La escalofriante sonrisa de Nabiki la hizo dudar. ¿De verdad ese idiota se habría quedado dormido? Era posible, después de todo se trataba de Ranma, y ella sabía que también lo habrían hecho beber, y con lo malo que era su esposo para tolerar el alcohol... Lo que más la preocupaba era que de no llegar, ella se molestaría con él, y arruinaría su ánimo durante el día que les esperaba. No podía evitarlo, se conocía a sí misma, sabía que lo haría; ¡y todo por culpa de escuchar a Nabiki! Ahora su cabeza daba vueltas en todos los recuerdos amargos de las decepciones que se llevó cuando apenas eran unos niños inmaduros. ¿Pasaría de nuevo, ahora que volvían a estar junto a sus familias, volverían a actuar como hacían antes? ¿Es que los meses durante los que ellos vivieron juntos tantas increíbles experiencias desaparecerían como un bonito sueño bajo el peso de la realidad?
Tantas dudas, ¡tantos pensamientos que no debería tener! El alcohol y las emociones la tenían al límite de la racionalidad. Con los ojos abiertos por el miedo que ahora la invadía siguió pensando, esperando, mirando el techo, jugando con los dedos sobre su cuerpo.
Lo que no sabía era que Nabiki, como siempre, había jugado sucio.
.
..
Ranma se balanceaba lentamente, atado desde los pies hasta el cuello, colgado de cabeza de una viga del techo en el centro de la habitación. Más que enfadado, parecía ya resignado a la estupidez de su familia.
—¿Pueden decirme por qué me están haciendo esto?
—Lo lamento, Ranma, sé cuánto quieres estar con mi hija. Pero esto es por tu bien, sólo será por una noche, debes creernos —dijo Soun asintiendo con profundo pesar.
"Perdóname, hijo", Genma volteó el letrero, "La verdad es que Nabiki nos prometió perdonarnos lo que le debíamos, si te retenemos por esta noche".
—¿Y por qué lo estás escribiendo, si ahora eres un humano?
Genma se ajustó los anteojos cuando intentaba terminar de escribir otro letrero. A su lado descansaba la tetera recién usada. Levantó el cartel delante de la nariz de su hijo para que él lo leyera, y amablemente lo giró al revés al recordar recién que Ranma colgaba de cabeza.
"Es la fuerza de la costumbre".
—Papá, eres un idiota, si pudiera te golpearía.
Genma, a pesar de ser humano, volvió a coger un letrero para escribir en él. ¿Lo hacía intencionalmente para irritarlo?
—Deja de quejarte, muchacho —Happosai aspiró la pipa, para escupir una bocanada sobre el joven haciéndolo toser—. Es tu culpa por no poder permanecerte quieto.
Ranma furioso se balanceó, pero las cuerdas no cedieron. Pensaba que si los tres no lo hubieran atrapado desprevenido, el resultado hubiese muy sido distinto. De pronto una idea cruzó por su cabeza, pero era tan estúpida que no creyó pudiese funcionar.
—Malditas cuerdas, no puedo llegar a mi bolsillo… Justo cuando conseguí esconder una de las bragas predilectas de Akane.
Los tres hombres se paralizaron, y dos de ellos miraron asustados a Happosai.
—¿Las "bombachas" de Akane?... ¡Entrégamelas, Ranma!
—Lo haría si pudiera, maestro, pero están bajo las cuerdas.
—Maestro, tenga cuidado, debe tratarse de una trampa.
Happosai saltó sobre Ranma y trató de hurgar bajo las cuerdas, pero estaban demasiado ajustadas para deslizar incluso sus pequeñas manos.
—Maestro, no lo haga —lo advirtió Soun.
—Sólo aflojaré un poquito, nada más, no sean miedosos.
Al tirar de las cuerdas, el joven sintió que podía mover los brazos. Hubo un brusco movimiento, y Happosai saltó precavidamente hacia atrás.
—Malvado muchacho, me mentiste, ¡querías atraparme!
Pero Ranma sonreía.
—No exactamente, maestro —al girar su cuerpo balanceándose en el aire, los hombres pudieron descubrir que tras su espalda, el joven tenía entre las manos una de las bombas del maestro con la mecha encendida. Happosai, alarmado, se palpó rápidamente el cuerpo comprobando que le faltaba una.
—¡Corran! —gritó Genma, abandonado a los demás y saltando por la ventana.
.
..
Luchaba con todo su fervor para no cerrar los ojos. Pero ya ni siquiera el dolor de sus peores recuerdos podía mantenerla despierta. Nabiki dormía, ¿o aparentaba hacerlo para provocarle más sueño a ella? Se sentía confundida y un poco mareada, no, más que eso, muy mareada por culpa del sake. Quería ir ella misma a buscar a Ranma y por momentos creía que la apuesta de Nabiki había sido sólo una excusa para convencerla de no salir de la habitación. Era una tonta. Entre su orgullo y su palabra empeñada se sentía atrapada. ¿Él vendría? ¡Tenía que hacerlo!, ¿o roncaba plácidamente sin siquiera pensar en ella?
Un poderoso estruendo sacudió toda la cabaña y polvo cayó de las vigas del techo. Las cuatro mujeres se sentaron en las camas asustadas mirándose entre sí.
Kasumi fue la primera en hablar sonriendo, pero una un poco más chispeante de lo habitual, revelando que también había sido afectada por el licor.
—Oh, qué maravilla, parece que ellos todavía se están divirtiendo.
Akane sonrió recobrando toda su seguridad. Nabiki torció los labios exasperada pensando en la situación; ¿por qué esos tres eran incapaces de hacer una única cosa bien?
Escucharon gritos, golpes, amenazas y maldiciones cruzadas. Primero en el pasillo, las mujeres sentadas en la cama giraron rápidamente las cabezas siguiendo el ruido, después las movieron hacia la ventana cuando el escándalo provino desde el jardín más allá del balcón. Volvieron a girarlas en dirección de la puerta cuando escucharon más ruidos provenir en esa dirección y las paredes temblaron. La casa se estremeció otra vez y las cuatro miraron hacia el techo. Se quejaron cuando algo las obligó a dar un ligero brinco, por la sacudida que dio el piso, ya que ahora la contienda se encontraba en el primer piso bajo ellas.
—Esos hombres, ¿es que no saben qué hora es? —se quejó Nodoka—. ¿Akane…?
Akane tembló, con el rostro inclinado sacudió los hombros violentamente. Pensaron que se encontraba enfadada, y Nabiki calculó con alegría que su hermana no lo toleraría por más tiempo y crearía "una escena de ésas", que le daría la victoria.
Y ella estalló… Pero en una dulce carcajada que le fue imposible retener descolocando a su hermana mayor. Kasumi se contagió con ella riéndose también; Nodoka se mostró un poco confundida y preocupada por su reacción, temiendo que la joven hubiese bebido demasiado; y Nabiki, de brazos cruzados, bastante molesta, se resignaba a haber perdido la apuesta por culpa de esos tres ineptos. Akane no podía contenerse en una mezcla de alegría y también emoción, como si la hubieran despertado de una pesadilla para encontrarse en un bello sueño. Acompañaba con su cristalina voz el escándalo que las rodeaba y se movía por toda la cabaña, siempre por fuera de esa habitación. Reía a pesar del polvo que caía del techo, reía no importando las voces que se cruzaban entre gritos e insultos, reía y tomaba aire por cada momento que escuchaba alguna pared o puerta destrozándose, para volver a reír con más energía. Las sacudidas del piso que a veces la interrumpían cuando las otras tres se volvían a quejar por el susto, pero más risa le provocaba a ella cada salto.
—Sabía que sólo estando loca podías casarte con él —protestó Nabiki, rumiando su rabia.
Y a Akane más risa le dio su comentario. Todo le provocaba risa.
La puerta se desplomo junto con Ranma, que cayó dando tumbos por el piso hasta chocar contra la pared opuesta. Se sentó al instante sobándose la cabeza con ambas manos, adolorido.
—¡Ranma, cuidado!
La oportuna alarma de Akane lo hizo abrir los ojos, para descubrir que su padre convertido en panda lo había seguido al interior de la habitación. El panda saltó sobre él con las garras extendidas, como si planeara aplastarlo. Sin pensarlo, el joven deslizó su espalda por el piso apartándose de la pared y estirando ambas piernas lo recibió con los pies a la altura del enorme y peludo abdomen, dándole un fuerte impulso que lo envió a seguir su vuelo directo por el balcón. El panda se dio con la cabeza en la baranda, y girando cayó perdiéndose en la oscuridad. Ranma realizó un pequeño giro hacia atrás levantándose de un brinco, girando su rostro hacia la ventana pera ver lo sucedido con su padre.
—Ya no tienes escapatoria, Ranma.
Giró el rostro en la dirección opuesta, hacia la entrada, con la misma velocidad.
—¡Maestro!
Happosai apareció a continuación por la puerta, con sus piernas separadas y las pequeñas manos empuñadas desafiando al heredero de su escuela. El joven lo imitó, adoptando una férrea postura de defensa, preparándose para un combate hasta las últimas consecuencias.
—Papá, ¿ya no vas a participar? —le preguntó Kasumi a su padre, al descubrirlo sentado de brazos cruzados al lado de las mujeres, asintiendo seriamente ante el espectáculo que todos observaban con divertida tranquilidad.
—Es el deber de un artista marcial respetar y no intervenir en un duelo entre hombres —respondió Soun Tendo.
—Sí, cómo no —agregó Nabiki divertida, acompañada por la mirada acusadora de Akane sobre su padre.
La tensión entre maestro y discípulo de la escuela crecía, cuando se observaban atentamente.
—Esta vez te aplastaré, muchacho, por todas las humillaciones que me has hecho pasar.
—¿Humillaciones, a usted? De qué habla, viejo libidinoso, yo debería ser el me sintiera indignado por todas las idioteces que me ha hecho pasar.
—¡Ranma, toma! —Akane le arrojó algo enrollado a Ranma. Él lo atrapó por reflejo, y al estirarlo entre las manos, se sonrojó al instante al descubrir que se trataba del bonito sostén de su esposa.
—¿Y… esto?
—Pero no lo muestres así, bobo.
—¿Y qué quieres que haga entonces, si tú me lo diste?
Todos miraron directamente a la hija menor de Soun, y ésta, sonrojada, se cubrió su cuerpo con recato cruzando los brazos a pesar que su camisa de dormir poco o nada revelaba.
—Es el sostén de Akane, ¡el sostén de Akane! —Happosai cantó feliz, y se olvidó de su rencor por los golpes recibidos danzando alegremente—. Dámelo, ¡dámelo, Ranma, no seas egoísta! ¡Dámelo y te perdonaré todo lo que me has hecho!
—Ni hablar, viejo pervertido.
Ranma no estaba dispuesto a entregarle tan valiosa prenda, ¡no si era de Akane, primero muerto! Lo evitó rápidamente moviéndose por toda la habitación.
—Te dije que me lo dieras, ¡dámelo ahora, o pagarás!
—¡Jamás se lo daré!
—¡Yo lo quiero!
—¡Nunca!
—¿Ni un poquito?
—No, el sostén de Akane ¡es mío! —bramó el joven enfurecido, empuñando la mano con la prenda contra su pecho. Al momento, parpadeó confundido ante el repentino silencio del resto. Tarde comprendió lo que había dicho enrojeciendo hasta las orejas—. Eh… yo quise decir que…
Se agachó para evadir la almohada que Akane le arrojó furiosamente avergonzada.
—Ranma, eres un completo idiota —se quejó su mujer.
Happosai aprovechó la oportunidad y saltó queriendo coger a Ranma desprevenido, pero éste, alertado, retrocedió al momento la mano. El maestro vio delante de sus ojos la bonita prenda de Akane, de color azul juvenil y brillante con transparencias, las cintas ondulando, moviéndose lentamente como si el tiempo se hubiera detenido, y alejándose de él dolorosamente junto con sus más puras esperanzas; pero en su lugar se encontró con los nudillos del muchacho moviéndose a su feliz encuentro, abriendo el anciano los ojos con dolor.
—¡Nunca!
Repitió el joven cuando le dio tal puñetazo al pérfido maestro que lo envió también a volar por la ventana. Justo en el momento en que su padre se asomaba todavía como un gran panda, habiendo trepado dificultosamente. El panda vio al maestro volar contra él y rugió un quejido de terror. Happosai y Genma chocaron cabeza contra cabeza, y soltándose el panda, ambos cayeron al jardín.
—Qué demonios estás pensando, Akane —reclamó el joven, olvidándose de esos dos, cayendo de rodillas delante de su extrañamente risueña esposa. Poniendo enfadado la prenda delante de sus ojos.
—Qué exagerado, era un señuelo —protestó la chica, intentando mostrarse divertida, arqueando los brazos con las mejillas coloradas notándose que no estaba en todos sus sentidos—, tú siempre usas señuelos para engañar al maestro, ¿por qué no puedo hacerlo yo también, ah?
—Claro que no, ¿me escuchaste? No vas a hacerlo ni ahora, ni nunca. Primero prefiero usar mi maldición antes que exponerte a ese viejo libidinoso.
—¿Por qué? Yo también puedo pelear —protestó taimada.
—¡Porque…! ¡Porque eres mi esposa, por eso! No voy a andar ventilando tú ropa interior frente a todo el mundo.
—Entiendo —Akane, cambiando bruscamente de humor, inclinó su rostro humillada. Dio un ligero gimoteo—, no te gusta mi ropa interior, es fea, lo sé.
—Ah… no… espera… Yo no dije eso.
—Lo insinuaste…
—¡No lo hice! —La cogió por los brazos remeciéndola—. Escúchame bien, Akane, a mí me gusta tu ropa interior.
—Pero no quieres que nadie la vea —protestó apretando los labios.
—Porque… bueno, porque… porque yo soy tu esposo.
—¿Y?
—¿Y? ¿Todavía no lo entiendes, boba? —Ranma no sabía si enfadarse o avergonzarse con esa estúpida charla que se le estaba yendo de las manos—, yo soy el único que puede verte en ropa interior, ¿es que todavía no te entra en la cabeza, Akane?
—Ah… ¡Ah! —exclamó sonrojada y feliz—. Tonto, haberlo dicho antes —se rió—, ¿por qué no fuiste más claro desde el principio? Y yo preocupándome… —lo intentó empujar para apartar la ropa de cama, se enfadó porque Ranma estaba aplastando la manta al estar delante de ella—. Muévete, no me dejas destaparme.
—¿Qué estás haciendo, para qué quieres…?
—Si quieres ver mi ropa interior, yo te la muestro —dijo seriamente, insistiendo en tratar de destaparse, y comenzando a recoger el borde de su corta camisón de dormir—, porque soy tu esposa y me gusta hacerte feliz…
—¡No!, espera, yo no quiero… —la detuvo obligándola a dejar las manos abajo y el borde del camisón prudentemente en su lugar. Apartó los ojos de las piernas de Akane, y tuvo que apartar los ojos de las piernas de Akane antes que él también se sintiera un idiota. Miró a los costados girando la cabeza bruscamente en ambas direcciones, donde su madre y las hermanas de Akane los observaban divertidas por el espectáculo sin decir una sola palabra—. ¡Qué no!
—¿No...? —Akane se quedó perpleja, como si tuviera problemas para comprenderlo—. Oh, ya veo, ahora sí que te entiendo; no quieres ver mi ropa interior.
—No ahora —Ranma suspiró aliviado, sintiendo que de tanto calor en su rostro se quemaría.
—Qué difícil es complacerte —protestó contrariada—. ¡Oh!, ya comprendo, lo que quieres es verme a mí; ¡qué travieso eres, Ranma! —ella volvió a reírse, y sorprendiéndolo, comenzó a desatar torpemente la cinta que sostenía el borde de su escote—. Qué difícil esto… espera… sólo momento, espera que termine…
Ranma, sorprendido sin poder creer que Akane estuviera comportándose de esa manera, tardó en reaccionar, cuando vio que ella celebraba porque finalmente consiguió desatar el nudo y comenzó a tirar de las cintas.
—¡No! —la volvió a retener cogiéndola por las muñecas, dejando sus brazos precavidamente en alto—. Maldición, ¿qué te sucede, Akane?… No, espera, ¿estuviste bebiendo sake?
Nabiki dio una carcajada a su lado.
—Qué lento, Ranma, y recién te das cuenta.
—Akane no es muy buena para el licor, me parece —agregó Kasumi con las mejillas rojas y una sonrisa tan preocupante como la de Akane.
—Todas ustedes están…
—Ranma, suéltame las manos, que no puedo desvestirme.
—No te vas a sacar nada, Akane, ¡estás borracha!
—¡Yo no estoy…! Ah, sí, quizás un poquito —se rió otra vez cerrando los labios. Entonces se detuvo y miró a Ranma fijamente, de una forma que a él le recorrió un escalofrío por la espalda.
El joven quiso retroceder, pero ya fue demasiado tarde cuando Akane saltó sobre él, tumbándolo de espaldas en un fuerte abrazo.
—Quítate la ropa.
—¿Cómo?, no…
—¡Que te quites la ropa! —se sentó sobre él y comenzó a tirar de la camisa del pijama, que Ranma defendió con ambas manos forcejeando como si su vida estuviera en peligro—. Soy tu esposa y también quiero verte.
—¡No, Akane, no! Estás loca si piensas que me dejaré desvestir frente a todos —malhumorado siguió luchando con ella, tratando de cogerla por los brazos, pero ella se soltaba insistiendo en tirar de su pijama—. No… no volverás a beber una sola copa de sake en lo que me queda de vida, ¿me escuchaste, Akane?... ¡Jamás!
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El oleaje se iluminaba con pequeños reflejos dorados del sol antes del atardecer. Las pocas nubes que había como largos cúmulos blancos por un costado, púrpuras por el otro, contrastaban con el intenso anaranjado del cielo, mientras cruzaban lentamente por sobre la línea del horizonte. El sonido del mar acercándose y recogiéndose les provocaba paz, a la vez que un intenso escalofrío aumentado por la brisa. Gaviotas recorrían el borde de la playa y la fría humedad de la arena subía por sus pies desnudos, cuando se encontraban a menos de un metro del lugar que besaban las olas.
Con las manos unidas observaban el atardecer. El reflejo del sol sobre el océano se distorsionaba como un largo camino dorado ante ellos. ¿A dónde los llevaría?
El vestido de novia de Akane rozaba la arena. La corbata desatada de Ranma colgaba alrededor de su cuello desabotonado como dos largos lienzos que bailaban al igual que sus cabellos con la constante brisa salada.
—Ranma, fue hermoso —dijo Akane tras el silencio, cerrando los ojos, acomodando y estrechando con fuerza la mano de su esposo.
Recordaba la pequeña ceremonia que acababan de vivir. En especial el largo camino que tuvo que recorrer sobre la alfombra, para llegar donde Ranma. ¿Qué pensaba él? Quizás lo mismo que ella. Cada paso significó un recuerdo, un momento agridulce del pasado que compartieron y que nunca fue tan directo y despejado como que esos últimos metros.
Al primer paso, se vio en el dojo de su padre entrenando junto una jovencita de cabello trenzado y tan o más hábil que ella.
El segundo paso estaba impregnado con el aroma de Ranma, la primera vez que lo percibió tan cerca y que le provocó titubeos en su corazón. Trepados en la rama de un árbol, ambos abrazados; ella turbada, al darse cuenta de lo que sucedía, se apartó lentamente de él, o "ella" en ese momento, asustada de lo que su propio cuerpo le estaba diciendo, más astuto y rápido que su mente.
En el tercer paso, la alegría la desbordó. ¿Él la defendió como a su prometida? Fue la primera vez que escucharlo en lugar de hacerle sentir rechazo, le provocó alegría. Ya sabía entonces que estaba condenada a ese destino.
Cuarto paso, y el camino que creía seguro se resquebrajó bajo sus pies. Los celos, rivales absurdos, deudas pendientes, los errores de sus padres que convirtieron el presente en una pesadilla, y el caos en la compañera de sus vidas; además de su propia inmadurez. ¿Dónde estaba ese bonito destino al que se había entregado al principio? ¿O es que se había confiado, era un error creer que todo estaba escrito? En esos días, la inseguridad la desbordaba. La batalla parecía imposible de ganar.
Cuando dio el quinto paso, inclinó el rostro. La tristeza comenzaba a invadirla recordando la primera vez que temió perderlo de verdad, al ver solamente su espalda alejándose de ella; y no fue la única oportunidad que sucedió. Tantas veces temió que dejaría de estar a su lado cuando ya se había acostumbrado a su compañía, tantas más en que imaginar volver a su vida anterior, sin él, significaba una desdicha que podría haberla destruido. Pero era una niña entonces, ni siquiera en ese momento podría haber adivinado el verdadero terror que significaba perder a la persona que amas, como hace poco había tristemente experimentado.
Con el sexto paso vino la seguridad, y también el sacrificio. Ella estaba decidida a morir por él. No, era mentira, ni siquiera lo había pensado; todo lo que tenía en la mente y corazón era proteger la vida de Ranma, nada más que eso. Jamás se preocupó de sí misma en los momentos que debía saltar al vacío por él. ¿Era el amor tan irracional?
Alzó el rostro cuando dio el séptimo paso. Los ojos de Ranma no la dejaron decaer más, porque tras el salto venía el abrazo. Cada vez que ella había intentado sacrificarse, él conseguía alcanzarla de alguna manera y devolverla al seguro lugar en el que siempre había deseado estar; desde la primera vez que lo sintió sobre un árbol en sus brazos.
Había tardado tanto en comprenderlo. Tal vez, y sólo tal vez, sí era un poco lenta para entender lo obvio como siempre él se lo decía.
Dio el séptimo, giró hacia él, ya no volvería a apartar su mirada de lo que más deseaba. Allí estaba ese destino en el que había creído, por el que cedió sus miedos y perdió la batalla de su orgullo. Cerró los ojos.
Akane abrió los ojos, otra vez estaba en la playa junto a Ranma, el hombre con el que se había casado dos veces. Y dos veces le pertenecía.
—Sí, supongo que estuvo bien —respondió el joven de forma relajada, ignorando todo lo que ella guardaba en su mente y corazón. Con ese orgullo infantil que le impedía reconocer cuando alguna cosa también lo emocionaba.
Él no admiraba el océano, sino que a ella. Ranma abrió los labios y dejó de sonreír, cuando descubrió que los ojos de Akane se encontraban humedecidos. ¿Sería emoción, felicidad? No, no era eso, la conocía; porque siempre la miraba.
—Se acabó, ¿verdad? —Akane lo admitió—. Regresaremos a Nerima, nos haremos cargo del dojo. Volveremos a ser dos hijos de familia, sin control sobre nuestras vidas por más que se los intentemos hacer saber. ¿Y el resto?... Supongo que me había acostumbrado a nuestras "pequeñas vacaciones" —se sonrió con nostalgia—. Ya había perdido la costumbre.
—Supongo… —Ranma, más decidido, se distrajo y mirándose a sí mismo comenzó a buscar con la otra mano en el bolsillo de la chaqueta.
—Quizás —Akane suspiro intentando mostrarse calmada—, tendremos que renunciar a nuestros trabajos, para mudarnos de nuevo. Viajaremos sólo para recoger nuestras pertenencias, y terminar con la renta de "nuestro departamento"… —se contuvo, las palabras se negaron a salir de su boca, cuando pensó que "ya no sería su departamento", ya no sería el hogar de los dos nunca más.
—Eso parece —respondió el muchacho sin prestar atención, levantándose el borde de la chaqueta para meterse la mano en el bolsillo del pantalón. ¡Nada!, se palpó luego el otro bolsillo por encima. ¡Tampoco!
—Y… —respiró una gran bocanada de aire, consiguió calmarse un poco. Ella era fuerte, debía demostrarlo o podría contagiar a Ranma con su tristeza cuando se culpó, porque debería sentirse feliz—. Y despedirnos de nuestros nuevos amigos —la chica dejó caer los hombros con resignación—. Aunque fueron unos pocos meses, siento como si los hubiera conocido toda una vida.
—Sí, sí, eso también —comenzó a darse de palmaditas en el pecho, después llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón. Hizo un gesto de impaciencia.
—Fue divertido haber vivido solos durante tanto tiempo. ¡Demostramos que somos capaces! Ahora que lo pienso, no existe motivo alguno para que nos dejemos pasar a llevar de nuevo por nuestros padres. Será difícil lidiar otra vez con Nerima, pero nosotros podemos…
—Nerima, sí, claro.
Akane recién se percató de la poca empatía de las palabras de Ranma y lo miró girando el rostro bruscamente.
—Ranma, ¿me estás escuchando?
—¿Qué cosa? —dijo el joven, mirándola también en respuesta, metiendo la mano en el bolsillo oculto debajo de la chaqueta.
—¡Ranma! ¿Cómo pudiste ignorarme de esta manera, es que no te importa lo que pueda suceder con nuestro futuro? Acabamos de casarnos por segunda vez y "qué cosa" ¿es todo lo que se te ocurre decirme? ¿Sabes siquiera lo que estoy sintiendo? No, claro que no lo sabes, porque te lo acabo de decir, todo lo que está en mi corazón, ¡y no siquiera me estabas…!
—¡Aquí están! —la interrumpió al conseguir encontrar lo que buscaba, dejando de mirarla al instante.
Sacó dos largos papeles del bolsillo que puso delante del rostro de la chica, justo cuando ésta estaba por regañarlo. Perpleja parpadeo sin entender lo que intentaba decirle.
—Son los pasajes de avión.
—¿Pasajes de avión?
—Claro, boba, para nuestro vuelo de regreso a casa.
—¿Regreso a casa, a Nerima?
—No, a "nuestra casa".
—Pero, cómo que nuestra casa, ¿es que no me escuchaste, no te das cuenta que nosotros tendremos que volver a Nerima ahora que nuestros padres nos encontraron?
Y Ranma la miró fijamente, haciéndola una directa pregunta tan sencilla y sincera que ella se quedó estupefacta.
—¿Tenemos, Akane?
La chica abrió los labios, los volvió a cerrar. Los abrió de nuevo y susurró apenas un suspiro antes de sellarlos otra vez. No tenía palabras para responderle, tampoco argumentos.
—Te dije que no volveríamos hasta que tú quisieras, Akane —respondió Ranma a su propia pregunta—. Y para mí es obvio que tú no quieres hacerlo todavía.
—Pero…
—Dentro de media hora saldrá el último barco del día que nos llevará a la ciudad de "Naha" —Ranma se refería a la ciudad capital de la prefectura de Okinawa, ubicada en la isla principal—. En unas horas estaremos en el aeropuerto y, mañana por la madrugada, ya nos encontraremos de nuevo en nuestro hogar —estiró los brazos con satisfacción.
—Pero, ¿y nuestros padres?
—Les pagamos una semana más aquí, si no la disfrutan serán unos idiotas.
—Pero… ¿y Nabiki, no sabe ya dónde vivimos?
—Ya no me interesa lo que ella haga.
—Pero, ¡y si nos encuentran!
—Entonces tendrás que recibirlos con una taza de té, y yo me veré obligado a comprarles algunos bocadillos y tratar de no mostrarles lo aburrido que me encuentro con la conversación, supongo. ¿No es eso lo que hace un matrimonio cuando recibe a una visita?
—¿Estás hablando en serio? —Akane miró hacia la calle, donde el carruaje con el joven cochero que los había llevado a pasear por la ciudad, los esperaba—. Pero… pero nos están esperando para la recepción.
—Que esperen entonces, esa no fue nuestra idea. Además, de seguro ni siquiera nos están esperando y ya se habrán puesto a comer.
—Lo tenías planeado… todo lo tenías pensado desde el principio y no me lo dijiste.
Ranma, en lugar de mostrarse culpable, la evitó rascándose la mejilla.
—Estuve sufriendo por nada, tú ya habías pensado en esto… ¡Cómo es posible que otra vez me escondieras algo así, y más te estuvieras divirtiendo con mi sufrimiento!
—¿Yo qué?, un momento, yo jamás quise que…
—¡Eres el más grande mentiroso, manipulador, egoísta, tramposo y estúpido hombre que amo!
Akane no le dio tiempo para responder, cuando lo abrazó con fuerza obligándolo a dar un paso atrás para mantener el equilibrio. Y lo besó.
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El ruido era envolvente en la pequeña fiesta que ellos tenían montada en el hotel. Genma y Soun celebraban, felicitándose mutuamente por su gran éxito. Finalmente sus hijos estaban casados, el dojo volvería a abrir sus puertas y todo sería tal y cómo lo habían soñado siempre, viviendo felices y sin más preocupaciones.
Ninguno de ellos notó, en su dicha, que el carruaje ya había llegado en silencio. Nabiki entró en la fiesta portando una pequeña nota que le entregó el cochero. La leía al entrar al ruido, y al momento se la pasó a su hermana mayor Kasumi para que también la viera.
—Oh, esto no le va a gustar a papá —dijo la mayor.
—No se los digas todavía —concluyó Nabiki—, deja que se diviertan un poco. Además, no pienso desaprovechar los días de descanso que nos quedan.
Nodoka, recién leyendo la carta que le entregó Kasumi, comprendió lo que ellas hablaban. Y en lugar de preocuparse sonrió emocionada.
Su hijo lo había vuelto a hacer: Ranma había secuestrado a la novia, a su novia, una vez más.
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La esposa secuestrada
Okinawa
Fin
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Casi viuda
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Las manos frías. El estómago revuelto. La garganta seca. Respiración agitada. Cerró los ojos, necesitaba calmarse. Los pies los sentía pesados como el concreto. Respiró profundamente, otra vez, no conseguía controlar los poderosos embistes de su corazón. Se tensó cuando sintió una mano sobre su cabeza, abrió los ojos y la vio detrás de ella a través del enorme espejo de pared en donde ambas se reflejaban. No abrió los labios y se dejó llevar por la tierna calma que ella le inspiraba.
La otra mujer terminó de ajustar el velo sobre su cabeza con algunos pinchos para el cabello, mientras tarareaba. No podía escucharla, pero no necesitaba hacerlo, la vibración de sus labios le decía a través de su cuerpo que era esa misma melodía de cuna que había sentido acariciando su piel desde su infancia. Cuando la otra mujer terminó con el cabello, estiró la fina tela traslúcida del velo dejándola caer por su espalda, cubriendo como una segunda capa la larga cabellera oscura que le llegaba hasta la cintura, y tras acabar con los últimos detalles del vestido dio un paso atrás para admirarla completamente. Ella misma, ante su reflejo, contuvo la respiración un momento, sosteniendo el pequeño ramo de hermosas flores blancas con pequeños detalles en verde y rosado que sostenía con emoción.
—Te ves perfecta —dijo su compañera, emocionada, jugando con el borde del velo de la más joven como si hubiese algo más que ajustar.
La novia, con un hermoso vestido que se amoldaba a su pequeña figura, se movió ligeramente balanceándose de un lado al otro para admirarse mejor. Dejó caer los hombros con resignación y miró a su acompañante. Inclinó graciosamente la cabeza, sostuvo el ramo con una mano y alzó, lenta y temblorosa, la otra mano; le era imposible mover los dedos con la gracia y rapidez acostumbrada por culpa de la presión que la dominaba, cuando se dirigió a su ayudante con lentas señas que debió corregir en varias oportunidades por culpa de sus nervios.
Su compañera se rió.
—Tienes razón, es una suerte que mamá no nos esté ayudando o habríamos acabado mañana; con lo nerviosa que se pone… ¿Recuerdas cuando me gradué de preparatoria? —Kimiko Saotome, la joven veinteañera de melena corta que la ayudaba a vestirse, arqueó los brazos lanzando un bufido al recordar a su torpe progenitora—. ¡Qué lío fue ese, por poco me pierdo mi propia graduación por su culpa! Además, de ayudarnos ahora, te habría empapado el vestido con sus lágrimas, es una llorona, ¡y ni hablar de cuando…!
Keiko deslizó sus dedos por el borde del velo, mirándose en el espejo. Por el contorno del reflejo podía ver a Kimiko todavía protestando; no necesitaba leer sus labios, se sabía perfectamente de memoria su discurso cuando reclamaba por la torpeza de sus molestosos padres. Su hermana mayor era casi idéntica a su madre, aunque su personalidad fuera un desastre; torpe, brusca y sincera, con escasa o nula prudencia, como toda una Saotome; pero en el fondo, sí, muy en el fondo, era tan dulce e ingenua como su madre. Parecido que se había acentuado en el último año desde que Kimiko había decidido cortarse el cabello de la misma manera que la madre de ambas.
—Pero no cantes victoria —clamó Kimiko, tras terminar su anterior berrinche—, ya volverá, sabes que no te puede dejar por más de cinco minutos sola. La mandé a contener al idiota de papá para distraerla un momento. Y también para evitar que papá termine golpeando a tu novio… de nuevo.
Keiko se tensó, y giró hacia ella palideciendo, moviendo rápidamente ambas manos para hablarle, olvidándose que con una sostenía el ramo que remeció bruscamente.
—Oh, no, no temas, él estará bien —se apresuró Kimiko en responder a su pequeña hermana, cogiendo sus manos para tranquilizarla—. Tetsu y los gemelos demonios también está allí; él puede encargarse perfectamente de papá, no permitirá que asesine a tu adorado novio, no antes que se casen por lo menos —soltó a Keiko y en lugar de hablar movió sus propias manos para comunicarse también con señas. Aunque no necesitaba hacerlo porque Keiko leía perfectamente los labios de cualquiera que le hablara, pero desde pequeñas tenían esa costumbre cuando querían intercambiar un secreto sin que los demás las escucharan tras una puerta o por accidente.
"Tienes suerte que papá todavía no se entere de tu embarazo, porque de hacerlo, ¡te quedarías viuda en el altar!"
Ambas hicieron una mueca de dolor, para después estallar en risas y agitados gestos. Kimiko dio un paso más hacia Keiko y la abrazó con mucha fuerza, dejando recién que la emoción que antes contenía brotara a través de sus cristalinos ojos.
Keiko respondió acurrucándose en los brazos de su hermana mayor, emocionada y dichosa por el futuro, acariciando de la misma manera la corta melena de Kimiko.
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Fin
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Notas del autor: Se terminó Okinawa, y también la "tranquilidad" para nuestros protagonistas. Es el final de la postergada luna de miel y de todo descanso. Es hora de comenzar a preparar el final de esta aventura, retomar el duro trabajo que significa vivir con todos los problemas que conlleva Sí, desde que comencé a jugar con los cortes temporales no pude desprenderme de eso.
Siento deber confesar que este capítulo me ha costado mucho llevarlo a cabo. Se armó en muchas sesiones diferentes, y la idea original se fue complejizando más y más. Además de lo difícil que me era mantener el espíritu estival, cuando de fondo escucho una inspiradora lluvia.
Por lo que no me siento muy conforme con su estructura, y estoy abierto a todas las críticas necesarias por éste. Espero no haberme alejado mucho de los personajes, aunque sé me ha costado mantener el tono mismo que le di a esta serie. Me justifico con que jamás he sido bueno para trabajar la dinámica de la familia Tendo cuando están todos reunidos. En mis fics siempre lo evito, es "agotador", no de una manera negativa. Sino que tantas cosas pueden suceder que en el formato escrito se convierte en una pesadilla intentar controlarlos, o apegados a una línea.
También tuve que luchar contra mi manía por querer contarlo todo. Tuve que cortar muchas escenas o se volvería eterno y más cansador de lo que ya aparenta a veces. Bien, ya pasó, no todo son éxitos y a veces debemos asumir nuestras falencias; para mejorar a futuro.
Pero trataré de redimirme.
Y mi gran pecado, fue haber escrito el capítulo siguiente antes que éste. Lo que me provocó mayor ansiedad para intentar terminarlo. Lo siento, mis queridos amigos, trataré de no volver a cometer estos errores que alteran la obra final. El ánimo es parte importante de la herramienta creativa, no cuidarlo, es no cuidar el resultado; así como el deportista debe cuidar su cuerpo, nosotros también debemos cuidar siempre nuestras mentes.
El siguiente capítulo no lo quiero subir todavía porque, primero, quiero dar tiempo para que disfruten éste. Si bien no es el mejor, a lo menos deseo que pueda divertirlos. Y segundo, quiero evitar las comparaciones directas.
Porque el siguiente capítulo sí está en el tono original de esta serie y espero, de verdad espero, hacerlos llorar un poco. (Pero no de tristeza, no teman)
El tema que seguramente les habrá llamado la atención, es el del personaje nuevo de Keiko Saotome. Ésta chica tiene una particularidad. Sí, es sorda, y sí, habla solamente por lenguaje de señas. Esta fue una idea que manejé mucho tiempo atrás. De hecho, tenía muchas dudas de poderlo abordar de forma adecuada: No quería que fuera un personaje que provocara lástima, ni mucho menos tomar el asunto como una broma.
Uno de mis hermanos es intérprete de lenguaje de señas, dada su especialidad como educador, y por él he conocido mucho sobre este mundo. Para los que no están familiarizados, el lenguaje de señas es como su nombre lo indica, un lenguaje tan complejo como cualquiera, con sus propias reglas gramaticales y tonos. Es extremadamente rico y también posee variantes dependiendo del país donde se hable.
De la misma manera, las dudas me asaltaron sobre como elaborar al personaje. Porque existen muchos casos distintos, donde una persona no oyente puede aprender a hablar para comunicarse con los oyentes, y en otras no, dependiendo de varios factores. Quería hacer un corto con respecto a eso, pero luego me abstuve; sería entrar en terrenos escabrosos del drama humano y cosas por el estilo que me alejarían mucho del tema de esta trama.
No, no quería eso. Quería trabajar al personaje de la manera más normal posible, que se desenvolviera junto a su familia; y que fuera tan especial como lo son todos los Saotome.
Quería demostrar que una diferencia no te hace diferente, sino tan único como todos nosotros lo somos.
Y sí, la vislumbré muy parecida a su padre físicamente.
De ustedes, esperando hasta uno o dos días más, para subir el siguiente capítulo, donde volveremos a tratar algunos divertidos problemas de la vida de casados,
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Noham Theonaus.-
