Yuya: Jeje, demasiado tierna para mi gusto x3
Aly: La verdad que si, yo lo escribía pensando "en tu cara, duque de porqueria".
Les pido perdón por tardar tanto, simplemente no lograba inspirarme, por lo que escribía y borraba a cada rato.
Disclaimer: Los personajes de las películas Frozen y Rise of the Guardians no me pertenecen, pertenecen a Disney y DreamWorks respectivamente.
El duque se puso de pie, instando a la princesa a hacer lo mismo. Elsa arqueó una ceja, mientras el muchacho la guiaba a caminar hasta ubicarse en el medio de la sala. Una vez allí, de un movimiento de su mano congeló la cerradura de la puerta, de forma que nadie pudiera salir.
- ¿Qué esta haciendo? - Preguntó la joven, dudando ahora de las intenciones del Overland.
- Por lo que sé, nadie sabe de sus poderes, y si quiero pedirle que practique, esta es la manera de asegurarme de que nadie nos importune -. Explico el muchacho, sonriendo con suficiencia por su brillante idea, la de Arendelle tuvo que concederle que en aquella oportunidad, tenía razón. Que las cerraduras se congelaran misteriosamente en el reino había dejado de ser algo extraño hace tiempo.
- ¿Alguna idea sobre por dónde empezar, profesor? - Inquirió con tono neutro la princesa, despertando algunas carcajadas en el de Ravensay.
- No me llame así, princesa, por favor -. Pidió el muchacho, quitándose ambos guantes para comenzar a crear con sus manos una bola de nieve bastante grande - ¿Qué le parece algo sencillo como esto? Piense en algo divertido, y verá que lo logrará.
La rubia asintió levemente antes de tomar aire, mientras se quitaba ambos guantes. Aquella era probablemente la primera vez en años que se los quitaba, más aún delante de alguien. Apretó los labios hasta formar una línea a la vez que cerraba los ojos. Estaba total y completamente aterrada con aquella idea, el duque estaba loco, totalmente desquiciado. Y ella lo estaba aún más por siquiera intentarlo. Soltó el aire y comenzó a concentrarse en algún recuerdo no-deprimente que pudiera conservar mientras intentaba formar la maldita bola de nieve.
Dariana abrió la puerta de su habitación para dar con la pequeña sala que con la que contaba el lugar alquilado. Allí en uno de los sillones el príncipe de las Islas del Sur leía correspondencía mientras comía un sandwich. Sonrió pensando en lo curioso que le había parecido siempre como alguien de tan alta alcurnia podía decantarse por alimentos tan simples. Se acercó con cautela, ideando una leve travesura, sonriendo con inocencia infantil.
- Si te atreves a tocar mi sandwich, Dariana Rosenrot, lo vas a lamentar -. Amenazó el príncipe sin despegar la vista de su lectura.
La joven aludida bajó los brazos derrotada, algo molesta de que su leve travesura hubiera sido descubierta antes siquiera de terminar de formular el "plan" en su cabeza. Soltó un bufido dejándose caer vencida en uno de los asientos. Se hizo un ovillo en su lugar y se cubrió con una de las mantas que habían dejado allí. Muy bello el festival de invierno, pero hacía demasiado frío en aquel lugar incluso con el pequeño fuego ardiendo en la habitación.
- Sabes Hans, a veces eres un aburrido -. Soltó la joven algo ofendida mirando como el pelirrojo pasaba totalmente de ella. Bufó nuevamente sentándose derecha en su lugar -. Hans... Te estoy hablando. ¡No me ignores!
El aludido siguió sin inmutarse, haciendo que la Rosenrot se molestara aún más, por lo que volteó el rostro, totalmente ofendida por la actitud del príncipe. Detestaba cuando la ignoraba sin saber el tema, podía entender si estaba haciendo algo importante, pero solo leía esas cartas que ya parecía saberse de memoria ¿Cuántas veces las había leído ya? Lo que más le molestaba es que nunca le decía sobre qué eran y mucho menos le permitía leerlas.
Se puso de pie, dejando la manta en un rincón, caminando de mala gana hacia la ventana a contemplar un poco más la nieve caer. En el exterior no ocurría mucho más que la nevada, nadie con un poco de sentido común saldría con un tiempo así, sobretodo con lo traicioneras que podían ser las precipitaciones en Arendelle, una simple llovisna se transformaba en tormenta, y un día soleado se volvía tempestad como si nada.
La Rosenrot volteó a ver al príncipe, quien seguía en lo suyo, haciéndola rabiar. Si seguía ignorándola iba a prender fuego las cartas, tan solo para ver si con eso reaccionaba. Aunque seguro solo conseguiría enojo por parte del pelirrojo y que la encerrara en su cuarto. Estaba a punto de decir algo cuando se escuchó a alguien golpear la puerta. Hans levantó, al fin, la vista de sus cartas y echó una mirada extrañado a la puerta, deteniéndose a pocos pasos de la misma.
- ¿Quién llama? - Preguntó el de las Islas del Sur, tratando de adivinar quien había logrado encontrarlo allí, de haber sido el conde de Fresco, hubiera golpeado de una forma particular, y aquello había sido un llamado clásico, dos golpes y ya.
- Alguien en una situación similar a la suya, príncipe -. Respondió una voz de hombre, tan chillona e irritante que solo podía ser de una persona.
Hans consideró el no abrirle por un instante, pero sabía que aquel tipo podía ser peor que una piedra en el zapato cuando se lo proponía, por lo que con toda la parsimonia posible colocó una mano sobre el picaporte de la puerta, deteniéndose un instante a ver a la joven detrás suyo, quien permanecía sorprendida por aquella visita. Reaccionó ante un movimiento de la mano del príncipe, y estaba por preguntarle que le detenía cuando el isleño señaló su cabello.
Dariana arqueó una ceja tocándose la cabellera, descubriendo que no llevaba nada sobre ella, por lo que se precipitó en su propia recámara, cerrando la puerta. Echó una mirada alrededor, mordiéndose la lengua por la intromisión de quien fuera. Contuvo una maldición mientras se recogía el cabello lo más rápido que podía, asegurándose de que ni uno solo quedara fuera de un pequeño cobertor. Luego tomó una peluca simple, de cabellos negros rizados y se la colocó con cuidado, despeinando algunas partes para darle un toque más realista. Tomó aire antes de maquillarse, odiaba tener que hacer aquello, pero usar un antifaz en aquel lugar no tenía sentido alguno. Resopló molesta mientras se acomodaba su vestido, y se acercó a la puerta, tratando de escuchar.
- Entonces duque ¿Va a decirme a que vino o va a seguir hablando sobre lo mucho que ha hecho por Arendelle? - Escuchó preguntar al príncipe del Sur, su tono tan protocolar, tan correcto gritaba por todos lados que estaba bastante molesto por la presencia. Un duque ¿cuál de todos los que paseaban ahora por el reino?
- Alteza real, disculpe que me vaya por las ramas, es solo que estoy preocupado -. Comenzó a decir aquella voz chillona, una que le resultaba vagamente conocida, pero no lograba ubicar.
- Explíquese, pues no le encuentro sentido a lo que dice -. Le atajó el isleño, conteniendo su fastidio. Sopesó si entrar en la sala.
- Creo que ese... Duque de Burguess -. Escupió aquella voz, casi como si soltara una blasfemia -. Esta hechizando a la princesa para hacerse con el trono, y creo, su alteza, es nuestro deber ayudarle.
Escuchó como Hans suspiraba, casi podía verlo en su cabeza como echaba una mirada de arriba a bajo al visitante, tratando de discernir si lo que decía era cierto o un disparate. En su fuero interno deseo que solo fuera un disparate de un pretendiente resentido.
- ¿Qué locuras esta diciendo? Discúlpeme, excelencia, pero ¿Hechicería? ¿Se da cuenta que eso es un disparate? Pensé que usted era un hombre inteligente, pensante, no alguien que se dejaría llevar por habladurías de viejas chismosas -. Respondió molesto el pelirrojo, Dariana sonrió satisfecha, por alguna razón aquella voz le sonaba desesperante, dándole un mal augurio.
- Alteza, sé que suena a una locura, pero piénselo, usted habrá escuchado el recelo de la princesa, no ha permitido siquiera tener damas de compañía que le ayuden en sus asuntos de mujer ¿Y ahora permite que este recién llegado se acerque tanto a ella? ¿No le suena extraño? ¿No le preocupa? - Respondió aquella voz, intentando sonar preocupada, pero más que preocupación, daba la impresión de estar ofendido, cual anciana religiosa de ver a una mujer mostrar los tobillos.
- Lamento discrepar con usted, pero en mi opinión, se encuentra receloso de que el príncipe de Ravensay haya logrado lo que usted no, excelencia -. Le replicó Hans con un leve tono divertido en su supuesta solemnidad. La de Merryvalle se contuvo, aunque en su fuero interno hizo hurras por el pelirrojo. Por otro lado, escuchó un largo suspiro, seguramente del visitante.
- Príncipe Hans, sé que usted pertenece a otra corona, a otro reino, por lo que tal vez no conozca la naturaleza de Arendelle como quienes hemos visitado estas páramos en más de una ocasión -. Comenzó a decir aquel duque de voz chillona, quien a juzgar por los sonidos de pasos parecía estar dando vueltas en círculos por la habitación, probablemente rodeando al de las Islas del Sur -. Sé que le parecerá ridículo, pero debe comprender que Arendelle no es como las Islas del Sur, es una tierra de leyendas, de seres mitológicos, de criaturas más allá de la imaginación, aquí la magia es palpable, responde a nuestra gente. Hace 5 años hubo una helada, para el momento exacto en que se supo la noticia del fallecimiento de los reyes y la princesa, dios los tenga en su gloria. Desde entonces el frío no se ha ido, así como la tristeza de las perdidas...
- Excelencia. Ahorrese tales palabras, conozco perfectamente la situación de las heladas en Arendelle, así como también parte de su naturaleza mágica -. Le cortó el príncipe, bastante cansado ya de las palabrerías del otro, aunque su tono de voz lo disimulaba bastante -. Pero también debe recordar, que estamos hablando no solo de un pretendiente cualquiera, el duque de Burguess es también el príncipe de Ravensay. No estamos hablando de una tierra mística como Corona o Arendelle, Ravensay es tan o más "normal" que las Islas del Sur. Conociendo a los reyes, y créame, he tenido el gusto, no permitirían que su hijo practicara nada relacionado a la hechicería, aunque si deben haberle orado a todo santo para que el príncipe se comprometiera con la princesa Elsa.
Dicho aquello, Dariana dejó de simplemente escuchar con la oreja en la puerta y pasó a intentar ver cualquier cosa posible por la cerradura. Se mordió el labio algo molesta de no poder ver más que la expresión de Hans, estaba segura que estaba molesto con el visitante de quien no lograba ver nada. Maldijo internamente, pensando en que la próxima vez que se tuviera que quedar espiando conversaciones ajenas pediría una mirilla o algo más práctico. Escuchó entonces un bufido, e intento mirar en la dirección suponía estaba el duque visitante, pero nada, el maldito parecía haberse escondido de alguien que no sabía estaba allí.
- Es lamentable príncipe Hans que no pueda ver lo que ocurre, pensé que contaba con un aliado en usted -. Soltó molesto el duque de voz chillona, dirigiendo sus pasos a la puerta de la habitación -. Espero pueda recapacitar y darse cuenta de la verdad en mis palabras, antes de que sea tarde para todos.
- Esperemos que la verdad sobre todo este asunto salga a la verdad pronto, excelencia, no quisiera vernos envueltos en un desastre fantasioso -. Replicó un Hans sumamente molesto. Segundos después, Dariana escuchó una puerta abrirse y cerrarse con más fuerza de la necesaria.
Trató de escuchar los pasos del misterioso duque alejarse, para momentos después correr a la ventana de su habitación, una que poseía vista a uno de los laterales de la posada en la que se encontraba hospedada. En un principio solo veía que la nevada se había detenido, por lo que al cabo de un momento pudo ver un carruaje y como varios guardias le resguardaban. Pegó la cabeza al cristal intentando ver mejor cuando un hombrecillo no demasiado alto se subió al escalón de ayuda del vehículo, este dio una mirada hacia atrás, permitiéndole a Dariana observar su rostro por escasos segundos, y luego ingresó totalmente en el carruaje.
La joven se quedó en su lugar, observando con mirada vacía aquel carruaje perderse en las callejuelas del reino. Tan perdida estaba que no escuchó la puerta abrirse a sus espaldas, ni como el príncipe de las Islas del Sur ingresaba en aquella estancia. Su mente estaba intentando contra algo que desconocía, algo que le removía en su interior y no lograba recordar exactamente qué era aquello que tanto le incomodaba. Soltó un respingo cuando Hans colocó una mano en su hombro, sacándola de sus cavilaciones.
- Hans... ¿Quién fue el que nos visitó? Bueno, en realidad te visitó a ti, pero yo estaba aquí y sólo tu hablaste con él, aunque dudo que sepa que estoy aquí o siquiera existo, bueno, tu entiendes, el punto es... - Comenzó a hablar Dariana, tanto que el príncipe no pudo pensar nada bueno de ello.
- Era Alphonse de Weselton, duque de Weselton ¿Escuchaste la conversación, verdad? - Inquirió Hans con tono burlón, dándole unas palmadas a la muchacha -. Sólo esta furioso de que no va a poder hacerse con el trono de Arendelle y buscará desprestigiar al duque de Burguess a toda costa, todo sea con tal de llevar a cabo sus propias ambiciones.
"Weselton" murmuró Dariana, perdiéndose nuevamente en sus pensamientos, aquel nombre... ¿De dónde era que le sonaba tanto? Recordaba haberlo escuchado antes, bien podría haber sido en alguna de las veces que escuchó al rey de las Islas del Sur o a sus hijos mayores hablar de temas comerciales, pero había algo en las maneras de aquel hombre, y por la forma en que le había hablado Hans, que le indicaba que no era tanto de relaciones con las Islas del Sur. Se alejó de la ventana, dejando al príncipe sorprendido por la concentración en su mirada, y se sentó en los pies de su lecho, cerrando los ojos como si estuviera haciendo un gran esfuerzo mental.
Repitió el nombre varias veces, golpeándose la cabeza en algunos momentos, repicando el pie contra el suelo, como si aquello pudiera destapar algo de su mente que no lograba deducir. El nombre lo conocía, tenía que conocerlo, no era reciente, era algo muy, muy viejo en su memoria, de una época que apenas recordaba. Bufó al pensr que probablemente era de la época en que vivía con su familia biológica.
- Weselton... Weselton -. Se levantó de su lugar, poniendo una de sus manos en su cintura y la otra en su barbilla, caminando de un lado al otro con los ojos en el suelo y su atención en cualquier parte. Se detuvo entonces, y volteó aterrada a observar al príncipe -. Wiseltonio...
El pelirrojo había observado todo sin entender qué le pasaba ahora a la muchacha, sabía que cuando algo se le metía en la cabeza no existía dios que se la quitara, pero no entendía que tenía que ver aquel molesto duque. Hasta donde sabía, la Rosenrot no había tenido contacto con la nobleza, más allá de su familia, hasta después del fallecimiento de sus padres, cuando se le nombrara señora de Merryvalle.
- ¿Qué ocurre? ¿Qué tienes? ¿Qué hay con ese nombre? - Preguntón el isleño dando dos zancadas que le dejaron a escasa distancia de la muchacha, quien le observó con mirada nerviosa.
- Yo... Lo conozco de cuando vivía con mi familia -. Comenzó a decir, antes de echarse a los brazos del príncipe, quien le abrazó sorprendido -. Lo he visto en mis sueños... Junto con la sombra. Hans, tengo miedo.
Ante aquellas palabras, el pelirrojo la estrechó en sus brazos, queriendo protegerla de aquellos terrores tan poderosos, aquellos que la habían alejado de su hogar por tantos años.
